LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

lunes, 27 de enero de 2025

LAURITA


Hoy amanecí peor que los últimos días, aunque los dolores son los mismos mi estado de ánimo está mejor, me siento como si tuviera una deuda pendiente por mucho tiempo a punto de pagar, como si hubiera dejado algo muy importante para mi pero no logro identificar qué; aunque a veces pienso que es otra de esas “resacas” de abstemio que suele hundirme en una espantosa depresión que he estado sintiendo casi todos los días. Pero hoy la siento diferente, quizás más intensa.

El cuarto huele a alguna sustancia láctica, puede deberse al incienso que alcanzo a ver sobre la mesita donde coloco mis medicinas, hoy, sin fuerzas para moverme, solo percibo ese olor que le da a todos mis sentidos otro matiz, el cuarto me parece más pulcro e iluminado; definitivamente la luz no proviene del foco ahorrador ni de alguna lámpara, es culpa del incienso que le da esta representación.

La puerta se abre, la penumbra se vuelve claridad, la silueta de ella al cruzar el umbral es clásica en mi consciencia, la he visto durante meses. Laurita lleva una colección de palitos para sahumerio entre sus manos, pegadas a su pecho, camina en puntitas, como una bailarina de ballet clásico calentando antes de su rutina. Escoge dos o tres y los enciende al lado de aquellos que apenas echan humo como si estuvieran luchando por mantenerse encendidos,

La veo orar ante la imagen a la que también oraba mi madre, posiblemente también mi abuela, sin voltear a mirarme, acaba su oración y alcanzo a oír una parte de la petición, los nombres de mis padres, el mío y de familiares que casi no recuerdo. Esta niña tiene un alma inmensa, no pide para ella y espera que sus oraciones tengan efecto sobre las personas que quiere.

Digo niña pues en mis recuerdos se han mantenido frescos los días de su llegada, cuando apenas era una niñita de siete años. Fue mi madre que en uno de sus viajes a su tierra la trajo, tenía un vínculo familiar con nosotros; quizás, la partida del hogar de mis dos hermanas mayores le dejaron un vacío que intentó llenar con Laurita. Mi madre siempre decía que la había traído para que sea su compañía y la ayudara en algunas cosas de la casa, a cambio tendría el calor de un hogar, educación de calidad, alimentación, en resumen, la trataría como una hija, aunque este hogar comenzaba a desmoronarse con la partida de las hijas que, como es natural, formaron sus propias familias.

Quedaba solo yo en casa, soy el tercer y último de los hijos. Aunque siempre conté con el apoyo de mis padres no logré ser profesional, trabajaba en lo que encontrara y vivo de la asignación que mi padre me ha concedido. Siento que por eso, mis hermanas me relegan y me perciben como un vividor, que vive a costillas de sus padres.

No toman en cuenta la dedicación que tuve con ellos, muchos años antes de morir papá quedó relegado a una silla de ruedas debido a una DLC prematura que le diagnosticaron y que fui yo quien lo atendió hasta su muerte, relegando mis propias expectativas. No me dejó tiempo para estudiar o para hacerme de un trabajo estable, sobre la marcha tuve que aprender a cuidar de una persona desvalida con todos los detalles médicos que involucra. Fui yo quien lo cargó a cada una de sus citas médicas, lo alimenté hasta que no pudo pasar bocados, no alcanzo a sumar las horas que le dediqué para mantenerlo limpio, sano y darle calidad de vida hasta el último de sus días.

También quedé solo con mamá, esta etapa fue peor, tratar a una anciana que sufre de eremofobia y nictofobia ni siquiera está documentado. Viví a su lado porque era imposible dejarla sola; a pesar de todo lo que hice, creo que el abandono de sus hijas aceleró su crepúsculo.

Laurita se hizo indispensable entonces. Si, Laurita, la hija menor de mis padres por voluntad de ellos, se hizo cargo de las necesidades de mi madre, aquellas que no podía atender y las que mi madre pedía.

Fue Laurita quien también le puso un poco de brillo a los últimos días de papa. Se daba tiempo para asistir a la universidad y atender a mis padres. Tenía una fortaleza que nunca he visto en mujer alguna, se sobreponía al impacto de cualquier dolor y controlaba la situación, parecía no conmoverse por nada, pero, créanme, la vi llorar muchas veces pidiendo por todos nosotros a la imagen que acababa de orar.

Creció durante los años en que papá estuvo postrado, asumiendo responsabilidades de una persona adulta, quizás por eso nadie se dio cuenta que aquella niñita de trenzas largas que llegó a casa ya se había convertido en una mujer. Tampoco me di cuenta hasta aquel día.

Hacía calor y llevaba despierto buen tiempo dando vueltas en la cama, ya había amanecido y esperaba que dieran las seis y media para levantarme e ir a comprar el pan, mi primera tarea diaria; me levanté somnoliento, creo que los últimos minutos me quedé dormido, tenía que darme un duchazo para comenzar el día fresco, abrí la puerta del baño y allí estaba Laurita. Había terminado de bañarse y estaba secando su cuerpo cuando la interrumpí. La sorpresa de sus ojos se convirtió rápidamente en la calma que siempre mostraba en los momentos difíciles.

-           Disculpa, creo que no cerré bien la puerta, fue mi culpa – me dijo como si nos hubiéramos cruzado en un pasillo, como si la prioridad fuera disculparse antes que cubrir la desnudez de su cuerpo.

Entonces me di cuenta de que estaba frente a una mujer, una de aquellas capaz de traerse un imperio abajo, la niña de las trenzas largas había quedado en algún lugar y cual mariposa había pasado a convertirse en una mujer. Desde aquella vez ya no fui el mismo, me dediqué a observarla, a memorizar cada centímetro de ella, yo tengo buena memoria. Qué placer sentía al verla caminar por la casa despreocupada mientras imaginaba la piel que tenía bajo cada centímetro de ropa, era imposible olvidarse de aquel cuerpo, de aquella mirada, de esa naturalidad salvaje que mostró ante el incidente.

Mi cambio empezó por quedarme en casa mientras ella estaba, a veces dejaba a mi madre sola y la seguía por varias cuadras sin que me notara, de lejos parecía mucho más hermosa, su caminar, su porte, aquella gracias que solo he visto en las modelos de pasarela. Definitivamente, no tenía consciencia de su belleza.

Mis sueños se enfangaron y en todos estaba ella, algunas veces éramos pareja, otras era un esclavo de una reina de infinita sabiduría que manejaba hasta mis instintos con una mirada, cada sueño hacía crecer este sentimiento que entonces negaba que fuera amor. No la puedo amar, sería como intentar tener a una hermana como novia, nadie lo aceptaría; aunque mis hermanas no tienen interés en nada de lo que pasara en esta casa seguro que se opondrían. La decisión está tomada, tengo que tener paciencia, quizás cuando mi madre haya partido podré abrazarla libremente sin la culpa de sentir amor y avidez por tenerla para mi.

Aunque corta, la espera fue un verdadero martirio, teniéndola tan cerca, rozándola descuidadamente, escuchando su respiración sobre mi cara, sintiendo su mano sobre mis brazos y hombros, hirviendo por dentro sin la certeza de que algún día ella se diera cuenta de mi situación.

Mi madre falleció, ahora estábamos solos, más cerca de mis sueños.

Maldito destino que le pone circunstancias negativas a nuestro camino, caí enfermo y tuve que guardar cama, los médicos no concuerdan con el diagnóstico, pero parece grave, no estoy seguro desde cuándo estoy aquí, pero espero, algún día ponerme bien y entonces las cosas se pondrán de mi lado.

No recuerdo haber soñado algo la noche anterior, no me siento peor que antes, pero esta sensación con la cual desperté me causa una gran incomodidad.

Aprovecho para intentar dormir un poco más, cierro mis ojos y como siempre viene la imagen de ella. Cuánta belleza en una sola persona. Qué delicadeza en cada una de las cosas que hace, sus movimientos naturales pero impetuosos la cubren de un halo misterioso. Es una mujer como ninguna.

Tengo algunos sentimientos que no puedo describirlos, solo se que hacen crecer el amor que tengo por ella.

No se de dónde trajo esa costumbre de lavar los pies a los muertos, pero cuando lo hizo con mis padres mientras la miraba, mi corazón se hacía débil pero sentía cada pulso directo a cada una de mis células, el amor por ella se hizo colosal admirando cada uno de sus movimientos. La vuelvo a ver, arrodillada, pasando el trapo húmedo por los pies ya sin vida, movimientos ordenados, lentos, en cada uno de ellos una mujer diferente ¿Podría ella ser varias mujeres? Seguro que sí, pero todas tendrán que ser mías.

Mientras frotaba los pies y acompasadamente remojaba y escurría la toalla en la pequeña tina blanca, agachándose, dejando ver la voluptuosidad de su pecho como si no existiera nadie delante suyo, supe que le pediría que lo hiciera conmigo antes de entregarnos a la dictadura de nuestros sentidos.

En medio de estos pensamientos la puerta se vuelve a abrir, Laurita camina intentando que no la sienta, cierro mis ojos para no incomodarla, se sienta al borde de la cama, su olor mesclado con el incienso me pone en otro plano, me siento inmortal.

Percibo que levanta la sábana dejando libres mis pies. Veo la tina blanca de la que sobresale una toalla también blanca.

Su silueta al contraste de la puerta que quedó abierta me parece una figura inmortal, una diosa, una mujer genuina.

-       Pero ¿qué haces Laurita? ¿Me vas a lavar los pies?

 

 

martes, 10 de diciembre de 2024

EL LETRERO LUMINOSO

Desde la entrada del callejón podía ver que el letrero luminoso del chifa comenzaba a brillar, la secuencia de encendido y apagado de sus letras iluminando la noche siempre le habían parecido mágicos, como si un virtuoso pianista guiara la secuencia desde algún piano fantástico, era la señal de que la atención había comenzado. En una característica peculiar de la Lima de fin de siglo se había convertido el anuncio sobre la azotea del chifa “Yut Kung”, se encendía todos los días al promediar las seis de la tarde y dejaba de alumbrar a las seis de la mañana. Aunque él no tenía la certeza de esto último, le había agarrado cariño al brillo del letrero, se podía ver desde muy lejos, en una noche clara desde la plaza Unión y hasta el final de la avenida Arequipa.

El chifa “Yut Kung”, o tal vez sólo su letrero, eran un objeto de añoranza para él. Desde que había dejado la quinta donde nació, en la calle 6 de agosto, cada que captaba su atención al pasar por Jesus María sentía una nostalgia que le constreñía el corazón.

Andrés Joel había nacido pobre, aunque tenía la certeza que nunca sería rico podía ganar lo suficiente para pagarse un departamento en Breña y vivir solo. Trabajaba en San Borja y casi todos los días en el recorrido entre su departamento y su trabajo pasaba cerca del “Yut Kung”, a veces, se quedaba en el trabajo hasta que caía la noche y cuando retornaba a casa buscaba casi por instinto el letrero y todo su interior se agolpaba en su garganta, llenando su entorno de una bruma con sabor a melancolía.

Llegó al mundo en un cuartucho de uno de los últimos callejones pobres de Jesús María. Era el menor de tres hermanos, y no tenía recuerdo alguno de su padre que se había marchado a las pocas semanas de nacer. Su madre una vez le dijo que se había ido porque tuvo miedo de criar tres hijos. Con el esfuerzo de su madre y de sus hermanas mayores había conseguido terminar el colegio y estudiar en un instituto de la Av República de Chile. Ahora, cosechaba el fruto de esos esfuerzos.

Religiosamente, en forma inter diaria visitaba a su madre, cubría sus necesidades para que pudiera vivir tranquilamente sin preocupaciones, acababa de cumplir setenta años y la edad le había traído complicaciones en su salud, aunque por espacios cortos podía desplazarse sin problemas, no se despegaba de su caballete, un andador para ancianos, necesario para movilizarse debido a la artrosis que padecía. Parecía más anciana. Estaba acabada.

Unos días atrás, después de haber cenado y mientras acompañaba a su madre, sentados en la entrada del callejón como casi siempre, ambos fumando, ella miró el juego de luces del anuncio del chifa y exhaló un gran suspiro, entre bocanadas de humo.

-          Qué lindo se ve – dijo la anciana.

-          Si. A pesar de ser tan viejo todavía funciona.

-          Cuando llegamos a vivir ya funcionaba igual. Inclusive en aquellas noches en que los terrucos nos dejaban sin luz, seguro que tienen un generador o algo así.

-          Si, seguro, mamá  - contestó él, vaciando el humo de sus pulmones.

-          Debe ser lindo mirar Lima desde allí. Y seguro que la comida debe ser buena, mis amigas que han ido me dicen que es lujoso – dijo la madre, con un tono apenado.

Qué increíble, tanto tiempo y nunca me di cuenta, pensó Andrés Joel. ¿Qué clase de hijo soy, que no interpreta los deseos de su madre anciana? ¿Acaso ella no se merece tener las atenciones que toda la vida me dio?.

Por la mente del joven comenzaron a pasar las imágenes de su niñez, su madre siempre atenta a su lado, llevándole al colegio, a las consultas médicas, a comprarle ropa o a cada paseo de navidad y fiestas patrias, paseos que después del pollo a la brasa terminaban al televisor hasta la madrugada. Recordaba las veces que la vio planchar o coser hasta la madrugada, a veces él se quedaba dormido, después la acompañaba a entregar la ropa lavada y perfectamente planchada en  casonas por la avenida Arequipa. La recordaba apurada llevándole al hospital a incontables sesiones, hablándole y calmándole con caricias, para enfrentar con valor algún nuevo examen o el pinchazo de alguna vacuna. Y las veces que al salir del hospital recibía de su madre una moneda para que comprara lo que quisiera, generalmente una bebida o algunas golosinas, obligándole a ir hasta la zona donde estaban los vendedores diciéndole “Tienes que hacerlo solo”. Estaba orgulloso de todo lo que había recibido de su madre y siempre que podía bromeaba con que la quería tanto que era uno de las pocas personas que podía recordar cuando su madre le enseñaba a caminar.

“Tienes que hacerlo solo” fue la recomendación que más recibió de su madre, al principio eran solo palabras, cuando llegó a la adolescencia se dio cuenta que más que palabras era una filosofía de vida; la vida para los pobres es un cúmulo de situaciones que cada quien debe resolver solo, como en un desierto, aunque esté rodeado de un mar de gente. Y vaya que aprendí a defenderme solo.

La admiración de Andrés Joel por su madre era inmensa. Tenía una voluntad y un desprendimiento enormes, nunca dejó de trabajar para que a sus hijos no les faltara nada y, aún sobreponiéndose a su dolor, hizo todo lo posible por que sus hijos se independizaran, salieran del callejón y fueran por la vida dispuestos a alcanzar el éxito.

 

Cómo una mujer con sólo primaria pudo criar a dos hijas y un hijo, a pesar de sus enormes carencias y sin el apoyo de un marido, hijos, que aprendieron a valerse por si mismos desde muy pequeños y siempre fueron estimulados para que estudiaran y puedan marcharse de casa, alejándose de la pobreza, ya capacitados para sobrevivir.

Qué grato recordar su vida en el callejón, después que sus dos hermanas se marcharan, ambas ya profesionales, haciéndose cargo de las atenciones a su madre. Ella siempre insistiéndole que terminados sus estudios buscara su futuro fuera del callejón, era pertinaz con eso, cuando comenzó a estudiar la primaria le decía al oído “recuerda que algún día tienes que ser independiente, sin nadie que te ayude”. Ahora, gracias a ella, se sentía satisfecho por todo lo que estaba consiguiendo.

Con los recuerdos a flor de piel esa misma noche le ofreció a su madre, como un homenaje que tenía postergado, llevarla al chifa.

-          Mami, el viernes nos vamos al chifa ¿Qué te parece?

-          ¿Estás loco?

-          No, para nada, creo que es hora de que vayamos a conocerlo.

-          Pero, mis amigas me han dicho que sólo va gente importante, ¡Ah! y todavía hay que sacar cita – dijo la anciana con los ojos sorprendidos.

-          Ja ja ja… no es cita mamá, es una reservación, Y no te preocupes porque mañana temprano reservo una mesa para dos.

 

Y hoy era el día. Andrés Joel había llegado a recoger a su madre, antes de entrar a la quinta caminó unas cuadras esperando que el anuncio del chifa se encendiera.

La encontró emocionada, radiante, se había puesto la ropa más nueva que tenía, recientemente comprada por el hijo, se había arreglado el cabello y maquillado con ayuda de una vecina.

-          Ya estás lista, viejita, voy a llamar a un taxi, de esos amplios, especiales para acomodarnos y llevar tu andador.

-          Pero está cerca, podemos ir caminando y te ahorras el taxi.

-          Ni lo pienses – dijo él con un tono entre solemne y enérgico – esta noche es nuestra y a partir de ahora lo haremos por lo menos una vez al mes.

Se acomodaron en el taxi, estaban a unas seis cuadras del chifa, caminando, por que el taxi tendría que recorrer algunas cuadras más por el sentido del tránsito. Andrés Joel acomodó primero a su madre en el asiento de atrás, luego colocó el andador de su madre en el asiento del copiloto, así sería más fácil bajarlo, él se acomodó al lado de su madre, el espacio era suficiente, había sido acondicionado para que las personas que usaban prótesis o muletas se sintieran cómodas.

El taxi se desplazaba lentamente acumulando minutos para el taxímetro, se detuvo ante el primer semáforo en rojo, Andrés apoyaba su cara en la ventana y miraba pasar la noche de Lima ante él. Qué difícil era conseguir una mesa especial en el “Yut Kung”. Pidió una mesa para dos, cerca de la ventana que da hacia la Avenida Arenales, tenía planeado enseñarle a su madre el callejón visto desde el décimo quinto piso. Quizás también podría enseñarle su departamento de Breña. Todavía tenía el sabor de la incomodidad que le había ocasionado la señorita que le hizo la reservación. Cuando pidió una mesa para dos personas, adecuada para la discapacidad de su madre, lo sometieron a una batería de preguntas sobre las características de la discapacidad, si era necesario un baño especial, con barandas y agarraderas, si podían usar los cubiertos sin problemas, si el ancho de las rampas serían suficientes, si sabían identificar las baldosas podotáctiles y todo un cheklist

insolente, como extraído de un extraño baremo cuya finalidad era desconocida.

Se sintió humillado, si tuviera una oportunidad hoy les diría sus verdades por discriminadores, si, eso eran, como en todos sitios, a veces nos cuesta, nos duele, pero terminamos dándonos cuenta que idealizamos las cosas a nuestra conveniencia.

Respiró profundamente, cerró los ojos e intentó cambiar todo su interior, hoy todo tenía que ser perfecto, era la noche de su madre.

-          Hoy va a cantar “el mono” César Altamirano, el que te gusta, ya pagué para que te tomen una foto – dijo sin quitar la mirada de la nada que veía a través de la ventana.

 

Llegaron al chifa y sin problema alguno bajaron del vehículo y subieron en el ascensor hasta el piso quince, parecía que la anciana en cualquier momento se echaría a llorar por la emoción. Se registraron con la recepcionista que después de verificar llamó a un mozo, un joven con rasgos orientales quien con una sonrisa bien dibujada y que parecía sincera, les acompañó hasta su mesa.

Era una mesa cuadrada, pegada a la ventana. Tenía dos sillas especiales, cada una con un letrerito que decía “preferencial”, además había una aljaba de metal con un dibujo pequeño de una muleta cruzada con un bastón que informaba cuál era su finalidad.

Acomodó a su madre delicadamente en una silla, plegó el caballete y lo colocó al lado de la aljaba que le recordaba a las películas de vaqueros. El joven mozo retiró la otra silla para que se sentara Andrés Joel, quien se dejó caer en el mueble, como si estuviera cansado y con sus manos acomodó sus rodillas de tal manera que quedaran bajo la mesa. Por un instante, Andrés Joel se recogió el pantalón y dejó que los fierros del aparato ortopédico que usaba para caminar destellaran con la luz mortecina del ambiente.

Miró al mozo, tenía la misma sonrisa pero ahora, además, se notaba el brillo de sus ojos inundados de compasión, aquella que estaba acostumbrado a percibir y que tanto le disgustaba.

 El mozo, circunspecto y con la misma sonrisa, señalando la cartilla de cuero repujado que contenía el menú les dijo:

Bienvenidos al Chifa “Yut Kung”, espero su pedido. Y siéntanse como en casa.

lunes, 4 de noviembre de 2024

EL PACTO

 Se despertó muy sobresaltado, sus sienes retumbaban como una campana silenciada entre algodones, volteó la almohada y el frío de la funda almidonada de sudores le convenció que el lejano bramido venía de dentro de él. Inspiró profundamente y retuvo el aire, uno, dos, tres…sesenta, soltó el aire retenido para evitar que su respiración continúe agitada. Puso su mente en blanco, o en negro, se sintió mejor por un segundo y comenzó a recapitular su sueño.

-       Qué pesadilla de mierda – pensó - ¿Qué significará?

Cerró los ojos y comenzaron a desfilar en su mente algunas escenas, sabía que nunca lograría recuperarlo todo, así funcionan los sueños, es parte de su magia.

Recordó haber visto a Mammón, aquel demonio con el que estaba intentando pactar. Aquel era con el que había conversado y que le diera un tiempo para pedir sus tres deseos a cambio de su alma.

Se levantó y se dio cuenta que estaba húmedo, tibio, tenía ganas de orinar, levantó su frazada deshilachada y olió, era orina, su propia orina, se había meado, suspiró pero no alcanzó a llenar sus pulmones, como si se hubieran achicado, sintió un vacío, casi un final, pensó que estaba regresando de la muerte, eso es, quizás soy un sobreviviente se dijo.

El duchazo en el baño común de su corralón lo despabiló, todavía era el pobre que usaba la misma ropa toda la semana y cada día tenía que ganar unos soles para seguir viviendo. O resistiendo. Odiaba su pobreza, desde niño venía soñando con tener una vida lujosa, en casas como las que acostumbraba limpiar o robar algunos fines de semana, tener los carros lujosos que acariciaba mientras los pulía, asistir a las fiestas, conciertos, orgías que conocía solo de oídas; pero la vida le había dado solo sufrimiento, hambre, humillación permanente, humillación que a veces imaginaba solo para sentirse una eterna víctima, porque sabe que pertenece a un solo lugar, el fondo. Allí donde no hay luz, donde los seres no tienen nombre, donde el frío, el hambre, el dolor, la enfermedad están pegados como sudor en la piel, donde las oraciones se convierten en humo que rápido se disipa y vuelven hechas sombras, ahora cargadas de rencor, de odio, ahora cargadas de esperanzas oscuras en forma de oportunidad, de una oportunidad, la tomas o la dejas, te vuelves duro o sigues siendo el blando que no responde a ningún golpe, te atreves a tomar un arma para matar o a juntar las manos en oración para siempre. De eso está hecha la oportunidad del pobre, de elegir su suerte, su vida, su final.

Entonces, cuando se enteró que había un camino a través del mal lo tomó sin pensar.

Ahora, ya estaba embarcado, tuvo el sueño que le anunciaron que sería la señal de que pronto vendría el pacto, un alma por tres deseos, nada por una verdadera vida, porque hay quienes tienen un alma insignificante, reducida a punto de golpes de la vida, de esos golpes que son como la ira de DIos. Había hecho todo lo leído, paso a paso, la sangre fresca de un animal, una paloma que creyó en la mano que le ofrecía migas, agua bendita tomada de la iglesia durante la plegaria eucarística, un poco de su propia saliva, lágrimas, semen y el tatuaje de una cruz negra invertida detrás del hombro izquierdo, las oraciones antes de dormir entre velas encendidas y rociadas del extraño potingue.

En ese sueño se le presentó Nyarlathotep, a lo lejos, él lo reconoció de inmediato, lo vio de espaldas, como yéndose, corrió hacia el y se le puso delante, lo detuvo.

-       Hola, se quién eres, Nyarlathotep – había cambiado de forma en un instante y ahora no le pareció tan espantoso como lo había imaginado.

-       Si, aquí estoy por tu llamado.

-       ¿Es en serio? ¿Ese mejunje lo hizo posible? – sorprendido.

-       En realidad no son los ingredientes, es la intención, la convicción, las ganas con la que haces la invocación, el ardor que se siente salir de tu interior, acumulado durante toda tu vida, abonado por tu sufrimiento, por tus dudas, por que sientes que necesitas una revancha. Y eso somos, una única oportunidad de revancha - dijo Nyarlathotep o aquella figura casi humana, sin inmutarse.

-       ¿Somos? ¿A qué te refieres con somos?

-       Así como crees que tres cuerpos pueden ser a la vez un solo espíritu y carne, yo soy más que eso, soy muchos a la vez, quizás todos; entonces, si adoras a tres que son uno, a quien oras pero nunca responde, ponme mucha fe que yo ya estoy aquí, estamos aquí, para responderte, por ti – dijo en un tono mordaz mientras su figura volvía a cambiar de forma, esta vez más lentamente.

A Andrés esta apariencia le pareció más familiar, más aterradora. Creyó sentir miedo pero lo manejó adecuadamente pensando en que todo era un sueño.

-       ¿Y quién eres ahora? ¿Uno de tantos? – dijo ya sin miedo

-       No se, dímelo tú ¿a quién me parezco? No me digas que a ti – hubo un cambio de voz al hablar. Andrés supuso que el cambio de apariencia también incluía la voz y posiblemente otras cosas.

-       Te pareces al diablo, al demonio, esos cuernos me lo confirman – dijo Andrés sin titubear y hasta seguro de la situación al pensar que era un sueño.

-       Si, soy él, soy Mammón, al que invocaste, soy Asmodeo, Satanás, Samael, Belial, Tzitzimimeh, Asag y también el Tunche ¿Te das cuenta? Estás con todos nosotros, estás conmigo, estamos juntos, somos todos y todo ¿porqué no creer en mí?, sobre todo si vengo a darte esa única oportunidad que estás pidiendo, que sé que la mereces, tómala, no la deseches, una sola vez se te “presenta la virgencita” – dijo el ser que ya no era Nyarlathotep ni el diablo como los conocía.

Andrés comenzó a sentirse más cómodo, después de todo el demonio no parece tan fiero, se puede conversar con el sin que te coma. Pensó en reírse por lo que acababa de pensar pero prefirió ponerse serio.

-       Entonces ¿cómo firmamos el pacto, te entrego mi alma y me cumples tres deseos así nomás? – gesticulando las manos, como haciendo ruedas hacia adelante, para parecer encantado con la situación.

-       No, paciencia – dijo el demonio – Solo queríamos estar seguros de tu decisión, la próxima vez que te sientas morir en sueños, nos encontraremos para iniciar el pacto, cumpliendo tu primer deseo.

 

Los días siguientes Andrés cambió por completo, dejó de ser el tipo doliente que se sentaba en cualquier esquina y en el que nadie se fijaba, y que, cuando caminaba era invisible, ahora era una persona llena de alegría, de optimismo, rezumaba empatía con todos y conversaba con el primero que le diera la oportunidad. Tenía la sensación de que pronto pasaría algo que lo haría rico, poderoso, esto le levantaba el ánimo y se sentía motivado para grandes cosas, se volvió generoso y comenzó a regalar las pocas cosas buenas que tenía, entre los más pobres que él, algo difícil imaginar, peor encontrar.

 

Algunas noches después volvió a tener esa curiosa pesadilla donde sentía de manera vívida estarse muriendo, se despertó, o soñó despertarse, el olor de su propia orina le confirmó que era la oportunidad.

Se levantó despacio y caminó hacia la calle sin siquiera ponerse el calzado, las cosas parecían estar ralentizadas, solo él conservaba la velocidad “normal”, el resto estaba en cámara lenta. Las cosas parecían tener más brillo, era como si los rayos solares atravesaran paredes y techos, llegó a la calle y el centelleo era enceguecedor, tuvo que achinar los ojos para poder ver. Ahora nada tenía movimiento, todo se había detenido, solo él conservaba la habilidad para moverse. Junto con la quietud el silencio se había apoderado de todo, parecía tener vida y hasta la capacidad de coagularse. Caminó durante un buen rato hasta escuchar una musiquilla suave y agradable, la que siguió con detenimiento. Alcanzó a divisar entre el brillo que cubría todo, como niebla, una figura conocida, astada – ¡Belcebú! – apenas pensó el nombre se vio transportado frente a el.

Como la vez anterior, no sintió miedo. Belcebú se paró y entonces salió un temblor del fondo de sus entrañas, era dos veces más grande de lo que lo imaginaba, un golpe de esas enormes manos adornadas con uñas de arpía bastaría para despedazarlo. Un sueño, lo debo tomar como un sueño – se dio valor.

-       Hola Andrés – dijo el demonio casi sin mover los belfos - ¿Ya estás preparado para el trato?

-     Si, creo que es el momento – contestó tratando de infundirse valor, se dio cuenta que no sentía miedo.

-       Bien, entonces pide tu primer deseo, recuerda que una vez concedido no hay marcha atrás, deberás continuar hasta el tercero.

-     Si, ningún problema, lo tengo muy claro – Andrés se solazaba por dentro pensando lo tanto que cambiaría su vida y comenzó con sus deseos – Quiero ganarme la Tin…

-     Aguanta, aguanta – se apuró el demonio mientras ponía una de sus garras en la boca de Andrés tratando de callarlo – ¡No se te ocurra pedir la Tinka!

Andrés se sorprendió, tenía bien estudiado lo que haría con la Tinka, los casi veinte millones que sorteaba se podían convertir en poco más de cinco millones de dólares, con tres en el banco podría vivir de los intereses toda la vida.

-     ¿Sabes que ese premio no lo vas a recibir hoy? Seguro que no leíste las letras chiquitas – le dijo Belcebú entornando los ojos y arrugando la frente – además te vas a meter en camisa de once varas, tengo algunos casos que  están en la cárcel, uno hasta se suicidó porque la SUNAT y la unidad de inteligencia financiera los denunciaron por enriquecimiento ilícito.

-     ¿Qué…? ¿Cómo es posible? ¡Entonces no eres tan poderoso como haces creer!

-     Hay un orden universal de las cosas, Andrés – pausadamente – los pactos que hacemos son secretos ¿Te has dado cuenta del ambiente? Te he traído a un lugar donde “los otros”, los buenos no pueden darse cuenta, tenemos un orden que respetar, si ellos se enteran que estamos comprando un alma pueden suspender nuestra licencia para operar. Te lo digo figuradamente para que entiendas claramente cómo son las cosas.

Andrés se quedó perplejo. En todas partes existen reglas…¿pero en el infierno? – se dijo. Inconcebible, pero ante eso estamos. Mudo, esperó que Belcebú hablara.

-     Mira muchacho – en tono paternal – algunos pidieron ganarse ese premio sin saber que en ese momento el monto sorteado era pequeño, luego cuando se les acaba vienen por más y es imposible corregir un deseo ¿Sabes en todos los problemas que nos metemos por cubrir la procedencia del dinero cuando la fiscalía y la unidad de inteligencia financiera investigan un enriquecimiento ilícito? No podemos probar la compra del boleto ganador porque nunca lo compraron ¿cómo decirles a los investigadores que fuimos nosotros? No hay forma.

-     ¿Es en serio? – balbuceó en tono confuso Andrés – puta madre nunca lo hubiera imaginado – y continuó – ahora que lo dices ¿cómo se que esto no es sólo un sueño? o mejor ¿una pesadilla?

-     Esa es otra de las cosas que debes saber – parecía que el tono del demonio era ahora angelical – a partir del primer deseo vivirás como en un sueño, como en un capitulo de una novela de la que no podrás salir hasta el cumplimiento de tu tercer deseo. Vivirás preguntándote si todo fue un sueño. Si esto no fuera así, enloquecerías al ver todos tus deseos satisfechos, ya pasó más de una vez.

-     No jodas…

-     Pues si – prosiguió el demonio – necesitas cierto tino para pedir los deseos, recuerdo que hace un tiempo alguien pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro, creo que conoces esa historia, fue su tercer deseo, ya no le quedaba otro, murió porque nunca pudo digerir el oro.

-     Chucha, ahora ¿Cómo pido? ¿En qué orden? ¿Por qué no me explicaron todo esto?

-     Hay otras cosas que debes saber, Andrés. Por ejemplo que, a partir de que te conceda tu primer deseo perderás la conciencia sobre nuestro pacto, vivirás sin saber que eres un pactado, lo ignorarás por completo, tus siguientes deseos se te concederán después de un tiempo, días, meses, años, hubo algunos que tuvieron que esperar siglos para su siguiente deseo, aquellos que primero pidieron vida eterna o muy prolongada, como un sueño eterno.

-     ¿Quién decide en qué momento conceder los deseos?

-     Aunque no lo creas, tú. En tu vida casi perfecta, de fantasía, en algún momento lo pedirás a través de un sueño, tú sentirás que es la hora y lo harás, nosotros solo esperaremos. También pedirás tu muerte.

-     ¿Cómo? ¿Qué tal si uno de mis deseos es ser inmortal? – preguntó un Andrés ahora preocupado.

-     Serás inmortal, pero en el resto del mundo nada cambiará y comenzarás a sentirte extrañamente solo y a alocarte después de perder a tantas personas a las que habrás amado, inexorablemente pedirás tu final.

-     ¿No sería este un cuarto deseo? Retrucó hábilmente Andrés.

-     Lo dice en las letras chiquitas.

-     ¿Qué otras cosas debo saber?

Belcebú, que ahora tenía la forma de un soldado inglés, de aquellos que lucharon en la India contra la rebelión de Gandhi, sentándose a la manera oriental en cuclillas.

-     Que no debes pedir resucitar ni reencarnar, no está permitido. Tampoco puedes transferir un deseo, el pacto es contigo. No debes pedir tener magia como la quisieras, aquella que te permitiría cumplir tu voluntad pestañeando o moviendo la nariz. No debes involucrarte sentimentalmente ni desear la muerte de otro pactado, no debes pedir hacerte invisible porque podrías ser detectado por los buenos y tampoco debes pedir ser el líder de toda la humanidad.

-     Bueno, advertido estoy – sentenció el joven – pero “debes” no es lo mismo que “puedes”. ¿Qué pasa si insisto con un deseo que no debo?

-     Qué bueno que te hayas dado cuenta, puedes hacer lo que no debes, pero hacerlo significará que el pacto estará en peligro y por nuestra salvaguarda tomaremos lo que es nuestro, tu alma – tomó aire y prosiguió -  Entonces, si como primer deseo quieres hacerte rico o, como lo pensaste, ganarte la Tinka, te sugiero que pidas, por ejemplo, que nunca te falte dinero, o que siempre tengas más dinero del que necesitas – recomendó con autoridad el espectro – de esa forma siempre podrás comprar lo que quieras con tan solo abrir la cartera. O presentar la tarjeta de crédito que te daremos nosotros. Nunca tendrás ahorros, no habrá rastro de tus movimientos, adiós unidad de inteligencia financiera, aprenderás a manejar tus propiedades y podrás llegar a ser un personaje sin levantar sospechas.

Andrés pidió que el dinero nunca le falte. Primer deseo concedido.

Vivió la vida como lo había soñado. Creyó haber encontrado la felicidad a la que confundió con la abundancia. Nunca recordó haber hecho un pacto con el diablo y parecía no tener límites, su vida se convirtió en un círculo de placeres y lujuria, todo lo podía, no había nada imposible para su dinero.

Fue en una de sus desenfrenadas noches de fiesta en que se topó con una muchacha que le robó el corazón, era muy joven, tenía una figura que llamaba mucho la atención, él se enamoró de ella. Comenzaron a frecuentarse y cada día que pasaba ella le gustaba más, era decidida, bastante culta, se veía que le ponía mucho empeño a cada cosa que hacía. Andrés, intentó llenarla de regalos pero ella ni se impresionó, fue rechazando cada uno de ellos conforme le llegaban; pero, parecía encontrarse a gusto con Andrés, nunca se negaba cuando él le pedía que lo acompañara a cualquier sitio, cada vez que intentaba sorprenderla, ella se mostraba sorprendida pero no perdía la compostura. Se tomaban de la mano frecuentemente pero nunca pasaron de un beso en la mejilla. Él intentó muchos trucos para conquistarla, en una ocasión contrató unas personas para que simularan un asalto, asalto que él evitó después de pelear a mano limpia con los sujetos armados. Como premio recibió un beso en la mejilla y agua oxigenada en sus heridas,

Andrés se obsesionó. La ineficacia de su dinero frente a ella era lo que más lo enervaba, intento tras intento por conquistarla lo estaban volviendo loco. Ya casi no dormía, sólo pensaba en ella y la forma en que podía conquistarla.

Se dio cuenta que toda su riqueza no servía con Cherí, ella, mostraba desdén por el dinero, cuanto mayor el monto menos parecía interesarse.

El amor que consumía a Andrés lo llevó a buscar “alguna solución” diferente, uno de sus recursos lo encontró entre brujería, santería y otros ritos para conquistar el cariño de la hembra que lo atormentaba. En una de estas sesiones, después de beber ayahuasca, cuando se encontraba sumido en un sueño profundo se volvió a encontrar con Belcebú.

Le reconoció de inmediato, se abrazaron como viejos amigos.

-     ¿Cómo te va con tu primer deseo? – preguntó el demonio.

-     Mejor de lo que esperaba.

-     Lo se, te va tan bien que diría que no te hace falta otro deseo por ahora – dijo Belcebú mientras le tomaba del antebrazo invitándolo a sentarse a la orilla del camino en el que se encontraban. Apareció un cigarrillo y se lo alcanzó a Andrés.

-     No, gracias, no fumo.

-     ¡Carajo! Me sorprendes, solo falta que seas de los que van a misa todos los domingos.

-     Pues si, voy a misa a rezar por los pecados de otros, los míos no serán perdonados después de nuestro pacto.

-     ¿Y ahora qué vas a pedir? – preguntó Belcebú.

-     ¿Sabes? Estoy enamorado.

-     Entonces ¿vas a pedir mujeres?

-     No, no. Mujeres no – apuró Andrés – Sólo el amor de una mujer, las demás no me interesan.

-     Vaya, eres un caso, pudiendo pedir todas las mujeres se hace extraño que quieras tener solo una.

-     Si, es justo la que no puedo tener, se merece más que un deseo - dijo Andrés mostrando una profunda pena.

-     Bueno pues, vamos al grano, veamos de quién se trata – uno de los ojos de Belcebú lanzó un destello de maldad.

-     Tu eres el poderoso, tómala de mis pensamientos y hazla mi esclava.

 

Era una noche lluviosa, aunque no fría, cuando Andrés salió apurado de su casa, preparado para conquistar a la chica que tanto le gustaba. Tenía la seguridad de que esta vez la conquistaría.

-     Cherí, Cherí… - iba repitiendo en su mente - por fin serás mía.

Su cuerpo parecía a punto de estallar, temblaba por todas partes, sus sueños se cumplirían hoy, “después de que seas mi mujer, no podrás separarte de mi, serás mía para toda la vida” no tenía duda alguna de que así sería.

Llegó a la discoteca y apenas ella lo vio entre la multitud se abalanzó a sus brazos, se besaron como si hubieran sido novios de toda la vida, los dos hervían. Bailaron y bebieron lo suficiente como para embriagarse sin perder la conciencia, necesitaba estar sobrio para disfrutar cada segundo de ella, cada milímetro de su cuerpo.

Unos minutos después de la media noche él la invitó a su casa, ella aceptó. Salieron presurosos como si corrieran por su vida. En el trayecto hacia la casa el la miraba de reojo y veía el rostro de ella iluminada con destellos de felicidad.

-     Dios mío, es tan bella – se dijo – y para mi solito. No se imagina la vida que le voy a dar, viajaremos por el mundo disfrutando de nuestro amor, Marco Polo y Magallanes serán solo un asomo de lo que viajaremos.

 

Llegaron a la casa y entraron corriendo, ella parecía conocerla desde mucho, se dirigió hacia el dormitorio jalando de una mano a Andrés. El se dejaba llevar mientras escudriñaba cada milímetro del cuerpo de ella. Qué perfección, una armonía absoluta entre la mirada, la figura y la forma de ser.

A medida que se acercaban al dormitorio ella comenzó a quitarse algunas prendas. Andrés memorizaba cada parte del cuerpo de ella, su color, su perfume, imaginaba la tersura.

Al pasar por un espejo le pareció ver la sombra de un ser maligno, tal vez el diablo, no importa, nada puede detener este amor que recién empieza.

Todo se inmovilizó de pronto, los ojos llenos de espanto parecían querer volar de su cara, en un segundo pasaron por su mente los años en los que vivió en el inframundo de la pobreza. Era imposible romper el pacto cuando todavía le faltaba un deseo.

Sintió miedo. Se soltó de la mano de Cherí, se quedó inmóvil, sin respirar siquiera, mientras no podía dejar de mirar la cruz negra invertida tatuada en el hombro izquierdo de la joven.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...