LA PENSION

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sábado, 31 de diciembre de 2022

LA TÍA LUCY

 

-       ¡La tía Lucy viene la próxima semana!

Hasta hoy suenan en mis oídos las palabras de mi madre cuando nos anunció la visita de su hermana antes de la navidad de hace dos años.

Eran los últimos días de noviembre y en Lima ya se vivían aires de navidad, especialmente en los grandes centros comerciales, malls y otras instalaciones capitalistas que utilizan las fiestas religiosas, en realidad cualquier ocasión, para convertirnos en compradores compulsivos.

Mi primera reacción fue intentar pasar desapercibida la noticia, mi madre nos había hablado tanto de ella que nos hizo perder la emoción que debe sentir cualquier sobrino cuando una tía viene de Estados Unidos después de diez años. La tía Lucy era la segunda de nueve hermanos, mi mamá era la tercera, de una familia pobre y no todos los hermanos pudieron terminar siquiera la secundaria. Como en muchas familias pobres, donde no existe la presencia de un padre, tuvieron que buscar trabajo siendo aún adolescentes.

Se me vinieron a la mente todas las anécdotas y aventuras que mamá contó sobre la tía Lucy. Las dos hermanas eran inseparables, pero apenas terminada la adolescencia tuvieron que apartarse. Mi madre salió en cinta y se marchó a vivir con mi padre mientras que Lucy comenzó a trabajar en una fábrica textil donde ganaba lo suficiente para mantenerse y apoyar a toda la familia, especialmente a los que aún no habían conseguido trabajo.

Después de tener su cuarto hijo mi padre salió un día de casa, sin haber superado la resaca del día anterior, para buscar dinero para el desayuno y no regresó jamás, lo mejor que le pudo haber pasado es que el alcohol de pronto lo privó de la memoria y lo alejó de su familia, cosa que no nos entristeció mucho, teniendo en cuenta la vida de maltrato y miseria que nos daba.

Pero fue después de esto que la tía Lucy cobró importancia. Primero se auto tituló madrina mía y de mis tres hermanos y colaboró con la educación de cada uno de nosotros. Le consiguió trabajo a mamá, en la misma fábrica, claro que con un sueldo menor, insuficiente para las necesidades de un hogar disfuncional con cuatro hijos por mantener, todos en edad escolar; por eso, cada fin de mes, la tía llevaba a mamá de compras y la apoyaba con aquellas cosas que nos permitieran seguir sobreviviendo. Para los cumpleaños y las fiestas ella siempre estaba presente, a veces con la torta, el panetón o el pollo a la brasa, otras veces con un regalito por algún onomástico o una propina por haber terminado el colegio, en sus visitas casi semanales siempre traía algo de ropa para uno de nosotros.

El haberlo vivido, valgan verdades, no lo recuerdo, todo llegó a mi a través de los relatos de mamá.

Cuando la tía Lucy se casó, las cosas cambiaron por completo, se volvió una tacaña y miserable, nunca más aparecieron las propinas o los pollos a la brasa, siempre que nos visitaba llegaba con las manos vacías, para entonces, mi madre y mis hermanos, trabajaban en lo que podían para poder mantener la pequeña casa en donde vivíamos.

Yo la recordaba siempre con la misma ropa, al lado de un señor con lentes oscuros que no se los sacaba ni en noches de lluvia. Era su esposo, un tipo que no trabajaba, que vivía de los ingresos de la tía, del que se decía que era “un choro plantado”, por suerte no tuvieron hijos.

Mi madre perdió su trabajo por quiebra de la empresa y entonces se vinieron años muy difíciles para todos nosotros, dependíamos casi exclusivamente del sueldo de mi hermano mayor, aún después de que éste ya formara su nueva familia.

La tía Lucy jamás nos visitó, nunca nos volvió a traer nada y cuando coincidíamos en alguna reunión familiar ella estaba con la misma ropa siempre y nunca le vi gastar un sol, recuerdo que en algunas reuniones familiares se quedaba hasta el final, recién a partir de las seis de la mañana se retiraba, tomando su combi para evitar el gasto del taxi; su fama de miserable se extendió más allá del ámbito familiar.

Un día nos enteramos que el motivo de su extrema tacañería era ahorrar y poder viajar a Estados Unidos. Vaya que lo consiguió, le dieron visa de turista para ella y su marido, ¿cómo lo hizo?, hasta ahora es un misterio. Pero se fueron en busca de fortuna, como ilegales, con las esperanzas con las que miles de peruanos se fueron para allá.

Esto que cuento fue hace unos veinte años, hoy, la tía ya es ciudadana con todos sus derechos, tiene una casa de su propiedad en Orlando, sigue viviendo con su marido, no tuvo ningún hijo pero se dedicó a trabajar muy duro consiguiendo ser toda una ciudadana norteamericana que puede pasearse libremente por el mundo.

Mi madre vive con dos de mis hermanos en casa de uno de ellos, yo ya me independicé hace años pero creo que sigo siendo una persona en busca de un futuro solvente, sin apremios económicos, por ahora vivo en un departamento alquilado y soy, como millones de limeños, un sufrido usuario del transporte público.

Hace unos cinco años, la tía Lucy regresó al Perú por primera vez desde que se marchó. Vino sola sin su marido, se hospedó en casa de mi madre y su visita duró un mes y medio. Las referencias que tengo es que sigue igual de tacaña, enemiga de dar propinas, solo toma desayuno y almuerza, era evidente que  no cenaba para no gastar, su apoyo en los días que estuvo en casa fue el de comprar pan para el lonche, cuando alguien la visitaba y de proveer cajitas de té filtrante para que nunca faltara algo de tomar. Al marcharse le regaló un cenicero a mi madre, que decía que era de loza china, sabiendo que en casa nadie fuma.

Se imaginan entonces que con esas referencias nadie se alegró cuando mamá anunció su llegada.

Pero pronto las cosas cambiaron, la tía Lucy comenzó a comunicarse por WhatsApp con mamá y otros familiares. Increíblemente les pedía las tallas de sus hijos para traerles ropa y zapatillas “de marca”.

La conmoción fue general. Familiares cercanos y no tan cercanos comenzaron a anotarse y para todos tenía una respuesta, “¿Qué color te gusta? ¿Eres talla chica o grande? ¿Quieres una marca en especial? ¿Eso es todo?” Era increíble cómo todos nos olvidamos del pasado reciente de la tía.

Y me tocó vivir una parte muy especial de esta historia. Fue el destino, cuando pedí mis vacaciones para diciembre nunca pensé que me iban a designar como chaperón de la tía Lucy. Fui designado para recogerla del aeropuerto y para apoyarla en todo aquello que la hiciera feliz durante su estadía; así que me comuniqué con ella para coordinar su llegada y lo primero que me preguntó era que quería que me trajera:

-       Cualquier cosa tía – le dije, pero me acordé que necesitaba una Tablet y había visto una al alcance de mi presupuesto, así que agregué – Más bien tía, te voy a depositar 290 dólares para que me compres una Tablet que venden por delivery.

Ella se comprometió a traerme una más cara y me sentí afortunado porque de pronto la navidad se coloreó para mi.

Su llegada estuvo prevista para la una de la mañana de una madrugada helada, estuve en el aeropuerto muriéndome de frío desde las once de la noche, sin embargo el avión llegó casi a las tres y la tía salió de la sala de embarque a las cuatro.

Éramos un grupo de algo más de diez familiares los que la recibimos, abrazos con todos, lo extraño fue que en el porta equipaje traía dos maletas pequeñas, todos nos preguntamos con las miradas ¿y las cosas para nosotros?.

Después de las acostumbradas bienvenidas y los besos y saludos, la tía sacó un ticket de uno de sus bolsillos y enseñándolos a todos nos advirtió:

-       Estamos con mala suerte, las dos maletas con las cosas no han llegado, se quedaron por error de la aerolínea en Panamá, pero no se preocupen, en máximo una semana estarán aquí para recogerlas.

Esto que pudo ser una noticia desalentadora fue mas bien una suerte de renovación de la esperanza que nuestras navidades vendrían con un regalo especial, a todos nos pareció un hecho anecdótico pues recientemente otro familiar llegado de Estados Unidos tuvo el mismo percance que fue superado en pocos días.

Como guía oficial de la tía Lucy me correspondió embarcarme en el taxi con ella hacia la casa donde vivía mi madre, a unos quince minutos del aeropuerto. Al llegar se produjo uno de aquellos hechos que son parte de las muchas contradicciones en torno a su visita. Me dijo antes de bajar:

-       ¿Podrías pagar el taxi por favor? Después te devuelvo, con tanto ajetreo me olvidé de cambiar mis dólares – en lugar de quedar sorprendido o perplejo un extraño aire navideño me envolvió, convirtiéndome en una suerte de duende que ante la proximidad de Papa Noel no tenía otra alternativa que sentirse feliz.

Claro que pagué y nunca me devolvió, era como una pequeña penitencia en tanto mi Tablet llegara.

Esa madrugada se celebró la visita de la tía hasta pasado el mediodía, luego no recuerdo mucho, solo el café cargado que tuve que tomar para despabilarme al día siguiente, apenas levantarme y poder acudir a acompañar y atenderla.

La llevé a curarse los dientes, a medirse la vista, a visitar a uno y otro familiar. Me quedaba en casa de mi madre, donde estaba cómodamente hospedada, hasta que se acostaba, al día siguiente llegaba temprano para poderla acompañar a atender diversos asuntos; había uno al que la tía le estaba dedicando mucho tiempo, era la gestión para recibir una pensión por el tiempo que había trabajado en aquella fábrica textil, visitamos muchas oficinas, abogados y notarios para completar los trámites, pero me hizo saber que tendría que gestionar unos documentos en Estados Unidos para completar su expediente.

Lo cierto es que, había pasado más de una semana y ya estaba cansado, los continuos viajes en combi, en el metropolitano o en tren y las interminables caminatas me estaban consumiendo, ella nunca viajaba en taxi, pero creo que la esperanza de recibir las maletas olvidadas en Panamá mantenía vivo mi interés en servirle de lazarillo.

Hasta una mañana en que me dijo que nos tocaba ir al aeropuerto para recoger las benditas maletas. Mi excitación se fue al límite, el día tan esperado estaba aquí.

-       Tengo un amigo que nos puede alquilar una camioneta – le ofrecí emocionado.

-       No es necesario, creo que las podemos traer cómodamente en un taxi.

Para mi no había diferencia, las expectativas por tener aquella Tablet soñada en mis manos calmaba cualquier arresto de incomodidad.

Nos fuimos al aeropuerto, ella ingresó sola, tuve que esperarla afuera porque la  seguridad se había extremado después de un paro del personal que operaba el aeropuerto. No me importó en absoluto, esperé casi dos horas. Y me llamó mucho la atención verla salir con un sobre un poco abultado y nada más.

-       ¿Qué pasó? – pregunté algo tolondro.

-       No sabes, las maletas han sido devueltas a Orlando y ya las han entregado en casa, acabo de hablar con tu tío y están conforme; gracias a Dios me envió los documentos que me faltaban.

Esa tarde las comunicaciones entre los familiares fue de grado militar, iban y venían de un lado y de otro, todos se preguntaban cómo haría la tía para pedir las maletas, unos sugerían hacer “una chancha” para pagar  el envío, otros decían que era responsabilidad de la tía; hasta que ella misma lo explicó.

-       Antes de irme les voy a devolver su dinero a todos aquellos que me encargaron algo, como ya compré todo lo que me pidieron, apenas llegue a casa les voy a enviar las maletas para que repartan todas las cosas que pensaba entregarles personalmente, a los que me enviaron dinero sus pedidos les va a salir gratis, es la forma en que se me ocurre compensarles por el mal rato que les hice pasar.

Nada que discutir, todos nos mostramos conformes. Y así fue, dos días antes de su partida, después de haber celebrado un año nuevo como se debe, donde la tía tomó, bailó y comió como nadie, nos volvimos a reunir.

Estaba casi la familia completa, la casa de mi madre resultó pequeña para tanta gente, la tía comenzó a llamar a cada uno de los que le habíamos enviado dinero y nos lo devolvía con un gesto angelical, con una expresión que todavía resumía navidad por todos sus poros. Al terminar no se nos ocurrió mejor idea que comprar trago, comida y poner música para despedirla. Celebramos hasta las diez de la mañana porque tenía que viajar a la medianoche, sino la seguíamos.

Me devolvió los 290 dólares pero gasté 150 en su despedida, recuerdo que me volví solvente y mandé pedir tres pollos a la brasa, qué importaba, total, pronto tendría mi Tablet y 140 dólares ahorrados.

Con el mismo entusiasmo de siempre, la llevé al aeropuerto, me volví a comer el frío de la madrugada pero sentía un calor interno que me mantenía optimista, cada hora que pasaba estaba más cerca de mi sueño tecnológico.

No dormí y me mantuve pendiente de los mensajes de la tía, me consumía la ansiedad, había calculado su tiempo de vuelo, el transporte hasta su casa, el tiempo que le tomaría descansar, las cosas urgentes que tendría que resolver después de su viaje y la hora en que tenía que comunicarse con nosotros.

Unas horas después de mis cálculos por fin tuvimos noticias de ella.

Con bastante dolor nos comunicaba que mientras su esposo fue a recogerla al aeropuerto unos ladrones se metieron a su casa y la desvalijaron, se llevaron electrodomésticos, joyas, dinero en efectivo, muebles, adornos, hasta la ropa de cama, es decir los dejaron con lo que traían puesto en ese momento. Ah! por supuesto, su dolor era tanto que nadie se atrevió a preguntar por las maletas, todos intuimos que también se las llevaron los ladrones.

Personalmente me sentí perplejo, confuso, no lograba cuajar en mi un vil pensamiento que culpara injustamente los esfuerzos de la tía Lucy, ella era quizás el resultado de una situación desgraciada que no merecía vivir.

Le escuché decir entre dientes a mi madre:

-       Pobre Lucy, no ha cambiado.

jueves, 10 de noviembre de 2022

TEMBLOR DE PIERNAS

 Acabo de terminar la llamada y me siento más tranquila, como más aliviada, sabiendo que puedo tomarme el tiempo para hacer mis cosas. Mi novio actual acaba de pedirme que el desayuno de hoy domingo, previsto desde un par de días atrás, lo posterguemos, es difícil ser pareja de un ingeniero que trabaja en una mina no tan cercana, no todos los días puede visitarme, algunas ocasiones, generalmente entre semana, tiene que quedarse a dormir en el campamento minero; así que, respiro profundo con el alivio que ya no tendré que estar pendiente de la hora.

Como ya hice lo más difícil, ordenar el outfit casual de domingo, decido que después de peinarme con calma iré a misa de mediodía y de la iglesia a almorzar, así me ahorro el desayuno, como lo he hecho muchas veces estos últimos meses.

Se me escapa un suspiro al recordar, más por costumbre que por otra razón, que ya tengo más de medio año desde que terminé mi convivencia, de dos años, con aquel otro hombre, el maltratador, que, según todos, me estaba asfixiando. Yo misma no logro entender por qué soporté tanto, éramos tan incompatibles, aunque nunca llegamos a la agresión física, lo que al principio parecía un paraíso con los días se trocaba en infierno, ambos sabíamos que teníamos que cortar, hasta ahora no puedo asegurar quién dio el primer paso, demasiado postergado, tanto que tampoco nos pondríamos de acuerdo en quien dejó a quien. Los dos años vividos en medio de conflictos originados por sus celos parecen muchos menos, como si los problemas de pareja de alguna manera hubieran diluido la noción del tiempo en mi memoria, los días, semanas y meses de permanente pendencia los había fusionado como un tumor inocuo que pasaba desapercibido en la dinámica de mi cerebro.

Bueno, ahora tengo que seguir viviendo. Tengo más de un mes saliendo con mi reciente compromiso, mi ingeniero, a quien confío mi tiempo y mi lealtad, cada día voy descubriendo en él cosas que había olvidado que un hombre puede dar.

Caramba, cómo pasan los minutos cuando pienso en lo vivido. Si no me apuro voy a llegar al final de la misa aunque también odio llegar antes de que se inicie, no me gusta esperar. Es domingo y pienso caminar hasta allá, si voy con mi auto es probable que mientras encuentre un lugar seguro para estacionar la misa haya terminado.

Las calles están menos concurridas, debo caminar unas seis cuadras, las miradas de hombres y mujeres con los que me cruzo me indican que mi outfit casual podría no ser tan aparente para ir a misa, menos mal que traje una chaqueta larga y ligera con la cual me cubro para abreviar mi sensualidad; se que soy una mujer atractiva, a veces muy sugestiva. Muchas amigas me han dicho que envidian esta cualidad con la que he tenido que batallar para aprender a vivir, la misma que generaba los celos de mi ex conviviente, el maltratador.

La puerta de la iglesia está llena de fieles en oración y decidida me abro paso hacia el interior. Hay dos cosas que me gustan de las misas. Llegar y buscar donde sentarme sabiendo que, pese a estar llena, siempre habrá un lugar el que muchos por extrañas razones renuncian a ocupar; decidí ubicarme en una de las bancas más lejanas del altar, mientras miro a los ojos a las personas a las que pido permiso llego a ocupar mi lugar y  percibo en las miradas expresiones claramente diferenciables; es fácil darse cuenta de la envidia, la admiración y el deseo, que son las emociones que rápidamente he aprendido a identificar. También me gusta y me causa una agradable sensación el rito de la paz, aquel momento sublime en que las personas esconden tras la mirada el evidente deseo de acercarse y tocarse entre ellas, la mayoría premeditadas y que disimuladamente rozan la lascivia y, otras que van hacia el otro extremo, hacia los límites del santo respeto.

El sacerdote recién comienza con la Gloria, no me he perdido mucho. Empiezo a ordenar mis ideas para tener centrado a quién o qué dedicar mis oraciones, qué pedir, con la poca fe que me queda, cierro los ojos para rezar el Padre Nuestro y el Ave María, que son las únicas oraciones que he aprendido.

Me vuelvo a persignar y al abrir los ojos mi vista queda clavada en el hombre que está un par de filas delante de mí. Mi corazón salta. Es una silueta conocida, única. Por un momento vivo mi aleluya personal. Cierro los ojos con fuerza, hasta sentir dolor, los abro, enfoco mi mirada, si, es el.

Es el hombre al que en un momento consideré el más grande de mi vida, aquel que me aguantó tres años como su novia, aquel con el que hice planes, con el que tuve grandes sueños que nacieron, crecieron y murieron. Mi primer gran amor, todos tenemos un gran amor que nos cuesta olvidar, aunque no es mi caso porque ya lo superé.

Pero me costó, vaya que me costó.

Trabajábamos en el mismo edificio y casi siempre le veía de lejos, sobre todo cuando salíamos a almorzar y ocasionalmente a la entrada o salida, nos cruzábamos en el ascensor donde algunas veces  nos sorprendimos mirándonos por los espejos.

Apenas había cumplido los veintidós, él cuatro años mayor. Fue en el cumpleaños de mi mejor amiga que por fin nos conocimos, mi alcahuete, mi correveidile, ella fue la que me apañó y me consoló muchas veces durante esa relación.

Cómo olvidar la primera cita, planeada por mi trotaconventos, nunca me sentí tan emocionada, lo esperé en la esquina del trabajo y hasta ahora recuerdo cómo me temblaban las piernas. Intentaba pararme alejando mis rodillas una de otra porque era evidente el choque entre ellas, nunca me había pasado. Lo curioso es que muchos meses después de iniciada nuestra relación, cuando tenía que esperarlo, el temblor de piernas era evidente. Recuerdo cuando se lo comenté a mi confidente y me contestó “Ahí es, si te dejó las piernas temblando, ahí es” con evidente malicia.

Era muy ilustrado, detallista y atento, su preocupación por enseñarme “las cosas de la vida” era permanente, me parecía romántico pero bastante maduro para su edad, me acostumbró a esperar cada mañana su particular saludo con palabras de ánimo,  definitivamente, construyó y elevó mii autoestima, me hizo suficiente y audaz, no le temía a nada con él y, me preparó para grandes cosas. Era un ávido lector y siempre tenía las palabras perfectas para arreglar cualquier diferencia, decía que la vida era una aventura con pequeñas metas para alcanzar día a día. “Los problemas son oportunidades que la vida nos da” y “mi segundo nombre es solución” lo aprendí de él. Definitivamente un soñador.

Vivimos muy enamorados, viajamos algunas veces e hicimos planes para toda la vida. Como es normal tuvimos algunas peleas siempre terminábamos reconciliándonos unos días después, gracias a los esfuerzos que él ponía. Quizás esto me hizo sentir que lo tenía en la palma de la mano, que el vínculo entre nosotros era indestructible. Estaba segura que había hallado a la persona correcta, aquella que se encuentra al otro lado del hilo rojo.

Siempre me pareció inaudita nuestra última pelea, con actitud autosuficiente le tiré la puerta en la cara porque, por segunda vez consecutiva canceló una salida dejándome ya lista, con los crespos hechos; me llamó para explicarme los motivos y después de escucharlo seguí con mi actitud. Quería darle una lección. No le contesté los siguientes mensajes y cuando nos cruzábamos le rehuía, calculé que podía mantener esta situación dos semanas, luego nos reconciliaríamos y todo volvería a la felicidad. Estaba tan segura de lo que hacía que planifiqué la reconciliación para un sábado, cumpleaños de mi mejor amiga, el no se negaría a acompañarme a la fiesta y seguro que la reconciliación sería de antología.

Algo salió mal, el sábado al levantarme leí su mensaje que decía “Bueno, si así lo quieres, así será”. Recién al mediodía, muy segura de mi misma le contesté con otro mensaje, le dije que había recapacitado y quería verlo. No me contestó, ni siquiera lo vio, tardé hasta la noche para darme cuenta que me había bloqueado y ya no figuraba ni siquiera entre sus amigos. Más por rabia que por otra cosa esa noche no dormí, me sentía muy humillada. Pero, si lo tenía calculado al milímetro ¿Qué pasó? ¿Se cansó de la espera? ¿También se sintió humillado? ¿Herí tan profundo su orgullo? ¿O simplemente se quebró el amor?

Al día siguiente comencé a vivir una de las etapas más dramáticas de mi existencia. No comí nada ese día, me levanté, me bañé y regresé a la cama. Una melancolía extraña me consumía, muchas dudas saltaban desde mi interior con cada latido, con cada pulso. Con el paso de las horas mi desconcierto se comió a mi autoestima y mi orgullo. La pena se hizo intensa y el sufrimiento por amor, que nunca había experimentado, parecía acabar conmigo.

Lloré como nunca lo había hecho, no podía sacármelo de la cabeza, todo el día pensaba en él y mis continuos suspiros daban evidencia de mi sufrimiento. Evitaba regresar a casa muy temprano porque tener mucho tiempo sin hacer nada me sumía en lagunas de recuerdos donde lo único que existía eran nuestras vivencias, me prohibí escuchar la música que nos gustaba y de visitar los lugares que recorrimos pero invariablemente terminaba pensando en él. Me refugié en la comida y engordé algunos kilos, apenas me di cuenta que la ropa me ajustaba demasiado adopté una actitud bulímica, vomitaba después de comer y lloraba a escondidas.

Fue, cuando en lo más profundo de esta crisis, mi mejor amiga me llevó a rastras a un psiquiatra, allí tomé conciencia que mi situación se estaba saliendo de control, las terapias me sirvieron y recuperé mis ganas de vivir, mi autoestima y hasta podría decir que, empecé de cero y era otra mujer. “Un clavo saca otro clavo” fue la mejor recomendación que recibí del siquiatra y tal vez por hacerle caso me involucré con mi maltratador, aun contra la opinión de mi celestina, que desde que lo conoció no le dio muchas posibilidades a esa relación.

Siempre lo tuve claro, use la relación para superar mi fracaso. Durante ese tiempo siempre estuve pendiente de la vida de mi novio anterior, por eso cuando me enteré que se había comprometido busqué una oportunidad para cruzármelo en el restaurante donde almorzaba, me fue mal, me pareció que todavía no lo superaba pues apenas verlo me comenzaron a temblar las piernas.

A partir de esta vez, lo volví a ver muchas otras, pero siempre me sucedía lo mismo, me temblaban las piernas, para mi era la clara evidencia de que aún no lo superaba. Tenía que conseguirlo, todavía estaba herida, mortificada con él pero tenía que olvidarlo, sacarlo de mi vida, olvidarlo sería la prueba para demostrar mi absoluta independencia de cualquier hombre.

Recuerdo ese día que justo coincidimos a la salida de esta iglesia con mi gran amor, al verlo venir acompañado de una joven simpática, tomados de la mano, consideré normal sentir temblar mis rodillas, con mucho esfuerzo me asenté bien sobre mis zapatos para evitar cualquier muestra de debilidad. Como si fuera de rutina me saludó con un beso en la mejilla y me presentó a su novia señalándome y diciéndole “Mi ex”.

“Qué fresco”, recuerdo haber pensado, evité entrar en shock e intentaba mostrarme atenta, en el acto me dije que esa muchacha no podía ser mejor que yo, la miré a los ojos sin parpadear obligándola a bajar la mirada, cual rito atávico, tomé esta señal como la aceptación de mi superioridad y, entonces sucedió, mis piernas dejaron de temblar y supe que jamás temblarían por él.

 

La misa va a terminar y de manera silenciosa salgo para cruzarme con el fuera de la iglesia, ya me di cuenta que está solo, ésta será la última oportunidad para comprobar que ya lo superé, tengo la necesidad de verificar que mis rodillas jamás volverán a temblar. Por él no.

Ya en la calle busco su auto, lo ubico por el color y por esa pegatina tan particular que lleva en una de sus ventanas. Camino dando vueltas lentamente, como cuando una fiera enfrenta a una presa peligrosa antes del ataque final. Lo veo salir y camino directamente hacia él, cuidando de no cruzar su mirada hasta el último instante, como si se tratara de un encuentro casual.

Así sucede, veo su sonrisa sincera por encontrarme y también verifico que las rodillas no me tiemblan. Una sensación de satisfacción me invade. Conversamos cosas sin importancia durante unos minutos, le cuento mis cosas, estoy tentada de decir que también estoy en una relación pero lo evito, mejor le pregunto por su novia. Su sonrisa se estremece por un segundo pero la recupera, con mucha naturalidad me dice que hace más de un mes terminó con ella. El brillo en sus ojos que acompañan esa mirada sincera es el mismo que iluminó mi vida durante un tiempo muy feliz. Pienso que es mejor despedirnos, pero ofrece acompañarme, le acepto pero tengo que tomarle el brazo porque casi caigo, me tambaleo, ese maldito temblor de piernas otra vez.

viernes, 21 de octubre de 2022

VINDICTA

 

Apagó el primer cigarrillo de la mañana contra el cemento de la gradería donde estaba sentado, una tribuna abandonada apenas empezada a construir, pensó en prender otro pitillo pero desistió cuando escuchó que la gran puerta del camal, casi debajo de la tribuna, comenzaba a abrirse. De un salto se puso frente a ella hasta que se hubo abierto por completo y como si hubiera estado esperando toda la vida entró; el trabajador que abrió llevaba puesto un gran traje de hule blanco, tipo overol, con botas también blancas, dentro de la caña de la bota derecha había acomodado un gran cuchillo con mango blanco y un afilador que parecían no incomodarlo, el brillo de la mañana resaltaba el blanco, que se notaba reluciente a pesar de las tenues manchas rojas, pese a las lavadas, como si fuera el estampado, que cubrían algunas partes del traje y que daban cuenta de su uso.

Chocaron las manos en puño.

-       Buenos días don Alejandro – saludó el trabajador.

-       Hola Cholo – contestó con la mayor familiaridad - ¿Habrá buena matanza para hoy? No veo camiones.

-       Si don Alejandro, hay de todo para hoy, reses, carneros y chanchos, lo que pasa es que los descargaron anoche y los camiones ya se fueron – mientras aseguraba el portón que acababa de cerrar – ¡Ah! pero solo llegaron cuatro o cinco reses – continuó hablando.

Caminaron juntos hasta el interior del camal, muy al fondo se encontraba el matadero, antes pasaron por los corrales, pudo calcular una treintena de carneros y de cerdos, pero solo cinco reses, separados por rejas móviles para agrandar o reducir los espacios, todos pacían despreocupadamente, sin entender que pronto les llegaría la muerte. Apuró el paso evitando mirar a los ojos de las reses.Toda el área del matadero tenía el piso de mayólicas blancas, que incluso cubrían las pocas paredes, ésta zona estaba cruzada por un sistema de canaletas y se notaba que los pisos tenían una inclinación hacia ellas

Había unos quince trabajadores, todos muy atareados, llevaban la misma vestimenta, unos movían vísceras en una especie de pileta cuadrada, llena de agua, otros atendía una gran marmita que sobre una cocina de pequeña altura amenazaba en romper el hervor del agua que contenía. Los otros trabajadores trapeaban el piso provistos de una manguera cuyo color verde resaltaba sobre el fondo blanco del ambiente.

Uno de estos últimos, al darse cuenta de la llegada de Alejandro, secándose las manos con una franela que sacó de uno de los bolsillos de su overol se les acercó.

-       ¿Cómo está don Alejandro? Buenos días – ofreciendo sus brazos abiertos para un abrazo que Alejandro aceptó sonriendo.

-       Hola Jeremías, qué gusto verte, espero que me hayas dejado algo,

-       Por supuesto, doctor – respondió Jeremías, alejándose un poco, haciendo ademanes como para evitar ensuciar la ropa mientras lo abrazaba.

Alejandro se acomodó el guardapolvo blanco de tela que traía, en uno de sus bolsillos se podía ver colgando la parte de jebe de un estetoscopio.

-       Creo que solo hay cinco reses, doctor.

Hubo un silencio de algunos segundos, como si la escena se tratara de una película que había sido pausada, mientras que, por la mente de Alejandro comenzaron a cruzarse muchas alertas, sus músculos se tensaron y su respiración se hizo entrecortada, acababa de ver a lo lejos que una de las cinco reses del corral era blanca, no lo había notado hasta ahora, completamente blanca. Se sintió como el personaje de Melville, extasiado por el color del animal al que comenzaba a mirar como un enemigo.

Cuántos años habían pasado desde aquel domingo en que su papá lo llevó como compañía mientras él jugaba fútbol en el viejo estadio, Alejandro, con nueve o diez años, se encaramó en la pared tras la tribuna en donde lo habían dejado y de pronto se encontró con un mundo interesante, un universo diferente, se quedó asombrado del orden que se veía en todo lo que se hacía dentro de aquel camal, los animales eran empujados por una sola persona provisto de una picana eléctrica   a través de un pasillo de rejas por el cual solo podía ir uno a la vez, de esa persona dependía la velocidad del tránsito de los animales. Los pocos trabajadores tenían, aquel entonces, monos de hule todos de color anaranjado, complementado con botas de jebe azul y gorras blancas. Le recordaron a los Lemmings que tanto le gustaba jugar en la computadora. Vio como primero se sacrificaban a las reses, en su mayoría toros, aunque de vez en cuando aparecía alguna vaca machorra, después de transitar por el pasillo de rejas eran subidos por un tabladillo a una especie de tolva metálica de camión a más de un metro del piso, después se enteró que era un cajón de noqueo, donde entraban hasta cinco animales, entonces, un puntillero, subía a una saliente, un alero, que corría por fuera de la tolva y comenzaba a picar las nucas de las reses, dejándolas cuadripléjicas para luego sacrificarlas con comodidad, después de haber caído por la puñalada se abría el piso del cajón y las reses caían al piso, inertes, listas para ser beneficiadas.

El propio puntillero, bajaba de la tolva, accionaba el botón que abría el piso de la caja de metal y las reses se despatarraban sobre las mayólicas, luego se les incrustaban unos ganchos metálicos unidos a largas y gruesas cadenas, en una de sus patas traseras y eran subidas por un sistema de cabrestantes eléctricos. Entonces, cada matarife tomaba una de las reses colgadas y la empujaba hasta el lugar donde las convertían en cortes perfectos de carne, atravesando casi todo el lugar sujetadas de los winches que corrían por un sistema de rieles construidos muy cerca del techo. Ese desplazamiento de no más de veinticinco metros le parecían una procesión donde el santo adorado todavía tenía vida y miraba con terror lo que sucedía sin poder entender lo que le estaba pasando. Al ser degolladas la mirada de los animales comenzaba a tornarse vidriosa, poco a poco, a medida que su sangre chorreaba hacia las canaletas.

También se quedó maravillado de cómo una sola persona podía matar muchas ovejas y carneros, cómo sus movimientos ensayados y precisos cual  bailarín de la danza de las tijeras acababa ceremoniosamente con cada uno de los ovinos, a los que luego del degüello introducían una vara metálica por la arteria sangrante, directo al corazón, con lo cual quedaba el animal listo para pasar a otras manos, donde sería despellejado y eviscerado.

Recordaba cómo los cerdos eran beneficiados a partir de las ocho de la mañana, por una  disposición municipal antigua, debido al ruido que hacían, se les ataba a un poste mientras se les proporcionaba alimento para distraerlos, luego el matarife les daba un gran golpe en la frente con un palo cual bate de beisbol, dejando al animal conmocionado, así, casi en silencio, se procedía a matarlo hincándole un puñal directo al corazón. Ahora era muy diferente, con los cerdos se empleaba una vara larga al final de la cual había una horquilla que se le ponía en la cabeza, como audífonos y, luego se disparaba una carga eléctrica que conmocionaba a los animales y quedaban aturdidos y tensos, tirados en el piso en espera del pinchazo final.

Durante mucho tiempo fue testigo dominical de las actividades del camal. Aprendió de lejos las medidas de seguridad que debían observarse mientras se trabajaba, de alguna forma logró darse cuenta que el movimiento se centraba sobre la matanza de las reses; y, la extraña ceremonia en torno a este proceso llegó a gustarle.

Un domingo, después de algunos años, cuando ya estudiaba medicina, al llegar a su lugar de observación en lo más alto de las tribunas, se topó con una gran algarada, la policía y los paramédicos habían reemplazado a los trabajadores que solían encontrarse en plena actividad a esta hora. Desde donde estaba no podía enterarse del motivo de esta batahola, la curiosidad lo obligó a retornar al día siguiente, se armó de valor y por primera vez visitó el camal desde un lugar que no fuera su mirador sobre las tribunas; preguntó e indagó entre las pocas personas, casi todas conocidas desde la distancia, se enteró de lo que había pasado, el puntillero, el que dejaba a las reses a punto de ser sacrificadas, había sido alcanzado por una cornada de un toro moribundo que le atravesó el pecho y le ocasionó una muerte dolorosa, le había mirado directo a los ojos y había quebrado la regla que todo matarife cumple a ciegas, no acercarse a los animales hasta estar seguros de que no se mueven.

Aprovechó la oportunidad para postularse como puntillero, quien lo evaluó fue Jeremías, le hizo algunas preguntas sobre cómo utilizar el puñal que tenía una hoja de sólo diez centímetros, las medidas de seguridad, algunas apreciaciones sobre la finalidad de desnucar a las reses y sobre su experiencia.. Para todo tuvo la respuesta correcta y no le costó trabajo mentir sobre esto último, dijo que lo había hecho durante el tiempo en un camal de la sierra. Siempre sospechó que el hecho de ser estudiante de medicina pesó mucho en su contratación. Y, pese a ejercerla seguía cubriendo exclusivamente el trabajo de picador de vacunos dos días a la semana.

Después de ser aceptado fue Jeremías quien le contó sobre la muerte del anterior puntillero, era una especie de maldición, una leyenda. Escuchó con atención que las reses de color blanco traían un peligro, algún espíritu maligno tomaba posesión de ese cuerpo, se escondía dentro de ellas para castigar al hombre por haber convertido en carne el espíritu de un animal que algunos consideraban sagrado, el mismo Jeremías aseguraba que las reses de color blanco que el había sacrificado siempre estaban extrañamente infestadas de alicuya y otros parásitos desconocidos que de seguro podían contagiar a las personas.,

-       Don Alejandro, están bonitos los animales ¿no?

Regresó desde sus recuerdos a donde había caído, respiró y contestó

-              Si, cada día la gente se esmera para mejorar las razas – terminó de hablar pero con su mirada insistente sobre la res blanca, que ahora identificó como una vaca, trataba de encontrar una mancha, un lunar, quizás una cicatriz o una costra, pero nada. Se restregó los ojos y volvió a mirar, esta vez revisó metódicamente, comenzó desde el rabo del animal hacia la cabeza, buscaba una mancha de cualquier color para asegurarse que no era un animal blanco, poco a poco avanzó hasta llegar a la cara, desde la distancia no le preocupó la mirada del animal, no se distinguían los ojos, pero le parecieron algo rojos. Le invadió un pequeño temor, una duda, pero siguió, aunque ahora sus movimientos le parecieron que no partían de su voluntad, se sentía volando, un raro viento suave lo llevara sin poder evitarlo.

Como un autómata, de un desvencijado pero limpio ropero metálico tomó la picana eléctrica y la puntilla luego de ponerse el overol blanco, se acercó al corral con la intención de empujar a las reses a través del pasadizo enrejado camino a la tolva donde serían puntilladas. Apretó el botón de activar y la corriente eléctrica entre los polos de la picana hicieron ese ruido característico, ruido que necesitaba sentir y que siempre le daban más confianza, las reses parecieron entenderle, iniciaron sin mucho esfuerzo el camino hacia la muerte, el animal blanco, que acababa de confirmar que era una vaca joven, de menos de tres años, lo hizo primero, fue rápido y fácil. Cerró la puerta del cajón y se encaramó hasta el alero desde donde podría picar a las reses sin correr peligro. Comenzó su trabajo evitando mirarlas a los ojos, dio los piquetes casi perfectos, sabía de su técnica y su práctica sin errores, pero la vaca blanca no cayó, era el último animal, sabía que cuando eso pasaba no debía intentar “rebuscar”, mover el puñal hacia los lados para desnucar al animal, tenía que sacar la puntilla y volverla a incrustar; así lo hizo, fueron necesarios cuatro intentos para que la vaca cayera produciendo ese golpe sorpresivo sobre el metal.

Se deslizó hacia el piso y contó hasta veinte como lo hacía siempre para recién accionar la palanca que abría el cajón dejando caer las reses, eso le permitía advertir que no había movimientos peligrosos.

Las miró tiradas en el piso, dibujando un extraño mandala intuitivo con sus cuerpos, ninguna se movía, la vaca blanca había quedado encima pero su cabeza miraba al lado contrario de donde se encontraba, esa fuerza que lo movía antes había desaparecido, se quedó parado un instante, repasó las medidas de seguridad, les tocaba a los matarifes meterse debajo del cajón; alguna vez fue necesario volver a picar a un animal que todavía pataleaba, esta vez no. No aparecía nadie y sintió curiosidad por mirar a los ojos de aquel animal que le recordaba el Moby Dick de su infancia. Siente la fuerza de la curiosidad como nunca antes, arrastrando los pies se acercó muy lentamente hasta ver los ojos de la vaca.

Pensó encontrar desconcierto, dolor, tristeza, como recordaba haber encontrado en las miradas de otros animales. Se sorprendió. Estos ojos estaban vivos, destellantes, destilaban rabia, odio. La impresión lo paralizó. Esa mirada tenía un odio profundo, quizás algo más. Qué era eso? intentó descifrar el contenido de esa mirada, intensa, caliente, como la del juez que después de mirar a la víctima mira al despiadado culpable antes de dictar sentencia. Había un reclamo en esa mirada, algo que le pedía que se acercara y tras de ello una intención que como una nube cubrían esos ojos. Otra vez ese viento, esa fuerza invisible que lo hacía avanzar arrastrando los pies. Se acercó, intentó agacharse para ver mejor esos ojos pero no fue necesario. La fuerte mirada era como un grito de venganza, un reclamo ancestral y protervo acumulado de venganza que lo paralizó, pero, extrañamente no sentía miedo. Hasta pensó en contarle a Jacinto este descubrimiento ¿Qué diría? Ensayó una mueca, media sonrisa como la de quien descubre sin querer un secreto. Seguro que Jacinto también se sorprendería.

Sintió un fuerte golpe en el pecho, luego, un bufido que le golpeó el rostro. Se preguntó si sería la bestia exhalando o la vida que se escapaba con el aire que salía de su pecho.

domingo, 4 de septiembre de 2022

PREGUNTAS DE RUTINA

 

Día domingo, pese a haberse acostado pocas horas antes se levantó temprano y después de un duchazo rápido y un café con tostadas “para tener algo en las tripas”, que pensó para consolarse, arrancó el pequeño auto que tenía, lo calentó por un par de minutos, miró la aguja de combustible y leyó la cantidad de kilómetros que había avanzado desde su última visita al surtidor de gasolina:

-       Tengo para un par de días todavía – se dijo, mientras encendía la radio para acompañarse con música, como siempre.

Tenía que conducir hasta Chorrillos, hoy decidió usar la ruta larga para evitar el pago de doble peaje, estaba en los últimos días del mes, aquellos en que su presupuesto comenzaba a estirarse en espera del pago siguiente. No tocaría sus ahorros porque sabía que hacerlo rompería esta costumbre de “guardar pan para mayo” y podría convertirse en una acción habitual. “ Me conozco perfectamente”.

Llegó a la casa de reposo, eufemismo para asilo de ancianos como se les llamaba antes; esta vez no había traído ningún paquete sino que se dirigió a la cafetería en donde compró un par de empanadas, otro de tamales, una torta helada pequeña y una botella  grande de Coca Cola de dieta, las hizo poner dentro de una bolsa decorada por el día del padre mientras retiraba efectivo de un cajero electrónico, calculando el monto más cercano al que necesitaba para pagar tres meses de atrazo a la casa de reposo – “Si no pago lo echan” pensó” - luego, se dirigió resuelta hacia el interior del pequeño y bien cuidado edificio. Mostró sus documentos a un portero que atendía tras una luna oscurecida mientras pensaba cómo sería el tipo que seguro la miraba, quizás se trate de un padre de familia que tiene que trabajar justo en el día del padre, como policías y bomberos que lo hacen en su día, quizás estaría cansado “¿habrá tomado desayuno?” “¿habrá cenado la noche anterior” “¿le esperará alguien en casa o estará olvidado como muchos padres?” El chasquido de la cerradura eléctrica abriéndole la puerta le arrancó de sus cavilaciones. Ingresó y tras caminar por un extenso jardín adornado por una glorieta rodeada de bancas de madera donde tres ancianos parecían disfrutar de la mañana templada, llegó a la habitación de su padre.

Parada ante la puerta de la habitación, antes de sacar la llave, la empujó, pues sabía que si ya había pasado la asistente con el desayuno ésta estaría junta. No se abrió, quizás todavía dormía, pensó, mientras usaba su llave para entrar evitando cualquier ruido innecesario.

Se acercó a la cama y levantó despacio la cobija y verificó que su padre todavía dormía, se quedó mirándolo por un momento mientras sus recuerdos revoloteaban dentro de su cabeza como un remolino sin fin, trató de coger una imagen de las muchas que pasaban velozmente para quedarse con ella pero después de suspirar volvió a cubrirle el rostro y moviéndose cuidadosamente encendió la cafetera. Se dio cuenta que el café era el que había preparado en su visita anterior, un domingo antes.

-       Puta madre, o sea, una semana más que nadie viene a verlo.

Se sintió molesta pues esperaba que estando cerca el día del padre uno de sus tres hermanos hubiera visitado al anciano.

Se sacó los zapatos que crujían de nuevos, para moverse cómodamente. Después de ordenar algunas cosas, más bien cambiarlas de lugar, por que el orden y la limpieza de aquel recinto parecían perfectos, se acomodó en la poltrona que se encontraba a un lado de la cabecera de la cama, sacó su celular y revisó si tenía pendientes, por varios minutos se distrajo revisando las redes sociales e internet, comenzó a sentirse cansada, la respiración rítmica del anciano hacían las veces de un mantra hipnótico que poco a poco terminaron por dormirla.

Se despertó alarmada, desorientada e inmediatamente miró su reloj había dormido casi dos horas, resopló y con la muñeca se limpió la saliva que tenía alrededor de la boca, se levantó, se alisó la ropa y se dio cuenta que su papá la miraba atentamente, en voz baja se recriminó:

- Carajo, qué manera de dormir, no he sentido ni a la enfermera - de inmediato y levantando la voz - Hola papá ¿Sabes quién soy?.

Era una pregunta que siempre le hacía para saber si estaba en un momento de lucidez, con la edad, además de la diabetes, le había llegado una demencia senil a poco de cumplir 80 años, que lo ponía en una especie de estado catatónico por eepacios, que al principio fueron cortos y poco a poco se hacían más prolongados; cuando se encontraba afectado se quedaba inmóvil a veces durante casi todo el día sin tener conciencia de lo que pasaba a su alrededor, su mirada al frente sin ver, o quizás viendo más allá de lo que él resto no podía ver.

 - Hola hija - le escuchó decir - Te quedaste dormida - mientras levantaba la mano derecha muy lentamente y temblorosa, a manera de saludo.

- ¿Cómo me llamo? - replicó ella.

- Jaqui, como te puso tu madre, aunque yo siempre quise que te llamarás como ella Jaquelyn.

Ella pensó cómo era posible que la demencia senil le permitiera estos momentos de lucidez, como diáfanos amaneceres después de noches oscurecidas por tormentas.

- ¿Cómo estás, viejo? ¿Te siguen tratando bien? ¿Cómo te recibió el día del padre? - mientras colocaba la torta helada en la mesita redonda que luego empujó al lado de la cama sin dejar de mirarlo.

- De la enfermera no me puedo quejar, de la vida, todavía no estoy seguro si fue generosa conmigo, sobretodo por el final, que estoy seguro no me merezco - contestó el anciano, suspirando al final de sus palabras.

Jaqui no se sorprendió de la elaborada respuesta de su padre, sin duda estaba en un momento de lucidez, siempre había sido un hombre de respuestas inteligentes, recordaba que cuando ella era bastante pequeña no entendía el significado de muchas palabras y sobre todo  no podia darse cuenta de las ironías y sarcasmos que habitualmente usaba.

Jaló la poltrona y la acomodó cerca de la mesa, se sentó y comenzó a cortar la torta en pequeños trozos mientras siguió conversando.

- Veo que ninguno de tus hijos se acordó de visitarte,

- Deben estar con problemas o quizás vinieron mientras dormía - se apuró en responder el papá.

- ¡ Jaaa...! ¿No será que los estas defendiendo como siempre? Siempre lo haces, hasta ahora no comprendo por qué les permites que se porten así contigo - tomó aire y continuó como recriminándose - bueno, en realidad ya no puedes hacer nada.

Después siguió un gran silencio interrumpido por el sonido de los cubiertos mientras seguía cortando la torta y en segundo plano la música del televisor que permanecía prendido casi todo el día.

Conversaron hasta después del medio día. Ella le comentó de sus logros, sus proyectos, sus pequeños sueños, porque había aprendido que es mejor soñar cosas pequeñas que puedan lograrse pronto, porque los otros sueños, aquellos que quedan pendientes, se van convirtiendo en intenciones y fracasos, de travesías  que nunca emprendíste y que se convierten en culpas por ofensas que no cometiste y en condena que tendrás que pagar toda la vida.

La enfermera entró a la habitación empujando un carrito de comidas, la saludó cortesmente, era una joven nueva, posiblemente soltera, por que a las casadas se les suele dar permiso por el día del padre, la recién llegada atendió amablemente a su papá y le dejó el almuerzo; Jaqui, dirigiéndose al anciano, mientras le acomodaba para que pudiera alcanzar el almuerzo sin problemas le preguntó

- ¿Vas a orinar antes o después del almuerzo? Para llevarte al baño, supongo que no puedes ir solo.

- Todavía puedo hacerlo, hija, ya fui mientras dormias. A veces no puedo levantarme, en esos casos si necesito ayuda.

- ¿Quieres que te desmenuce la comida? - preguntó ella.

- No es necesario.

El anciano comenzó a almorzar lentamente, llevaba la cuchara a la boca temblando y dejando caer comida en el camino, ella le limpiaba con papel toalla la cara y las manos y también los restos de comida que caían.

De pronto Jaqui recordó haber visto a su madre darle de comer cuando él se enfermaba  y no se levantaba de la cama, sintió un poco de cólera reprimida por preguntas que nunca hizo y entonces le preguntó

- ¿Recuerdas que cuando te enfermabas mi mamá te daba los alimentos de esta manera? pero nunca se lo agradeciste, más bien más de una vez le botaste los platos al piso. -¿Te acuerdas? – y le pegó la mirada, sentía curiosidad por su próxima reacción.

- ¿Yo? Nunca! – casi gritando contestó el anciano – estás loca, seguro que lo has soñado.

- Claro, ahora es fácil para ti negarlo todo, eres el bueno de la película, no reconoces todas las cagadas que nos hacías a mamá y a mi, eras un abusivo de mierda, un pega mujeres, un verdadero crápula – mirándolo fijamente a los ojos, esperando una respuesta inteligente, pero nada - ¿Te acuerdas de ésta cicatriz? – continuó agitada mientras se estiraba el cuello de la blusa para mostrar una cicatriz de unos cinco centímetros sobre la parte más redonda de su hombro derecho.

Jaqui tomó aire lentamente, no quería perder la calma, pero sucedió otra vez, como tantas veces, como aquellas en que quería descargar recuerdos de su dolorosa vida de hija, de única hija mujer, su padre, tenía la mirada perdida, mirando a ningún lugar, las manos caídas, trémulas, con el cubierto y la comida derramada sobre la colcha blanca, la boca entreabierta, tiesa, con la saliva anunciando la intención de caer.

- Qué, ya te fuiste otra vez, como cobarde - mientras abanicaba su mano por la cara del anciano, intentando provocar que cerrará los ojos pero él no daba señal de estar presente - y siguió hablando, vociferando, como si ahora pudiera escucharla.

- Tu nos odiabas, a mamá y yo. Desde que tengo uso de razon, sólo recuerdo golpes, abusos, maltratos ¿O no? Solo te interesaban tus tres hijos, para ellos todo, ellos recibieron cada una de tus tres casas y ahora ni siquiera se preocupan de ti, no se acuerdan ni de tu santo - Jaqui sintió el calor de la cólera que inunda las almas de las personas injustamente desplazadas - y crees que podré sacar de mi mente aquella vez que te negaste a matricularme en un instituto por que yo te daría nietos que acabarían con la continuidad de tu apellido, como si fueras un gentil.

Acomodó la poltrona, se sentó parsimoniosomente y siguió con su soflama.

- ¿Te acuerdas la cantidad de golpes que me diste mientras me "enseñabas y corregias" mis tareas? ¿Cuántas veces golpeaste a mamá por atreverse a defenderme?  ¿Y aquella vez que me pegaste con aquella flauta, que era tu "herramienta" favorita, que se rompió en mi hombro y me quedé marcada para siempre por que la tremenda herida que me hiciste me la tuvieron que curar en casa?.

Se reacomodó, tomó aire,  cerró  los ojos por unos instantes, una lágrima resbaló por su cara, se la limpió con el puño de la blusa un poco molesta por qué sería otra lágrima intrascendente como las millones que había derramado. Pensó quedarse callada como siempre pero esta vez prefirió seguir hablando. 

- Tampoco entendí nunca por qué mis hermanos siempre tenían todas las preferencias, a ellos les permitiste tener amistades, salir a fiestas y jugar en la calle en cambio yo crecí enclaustrada - se levantó pesadamente, quizás las penas le pesaban demasiado, se sirvió la Coca cola en un vaso de plástico y bebió sorbos pequeños.

- No sabes cómo me dolió aquella vez que le tiraste la puerta en la cara al único muchacho que logró  interesarme entonces, incluso sobre las patadas que nos diste a mamá y a mi, culpándonos de haberlo invitado sin autorización - tragó saliva y continuó - nos hiciste esclavas de tus prejuicios, vivíamos aterrorizadas por tus cambios de ánimo, éramos manojos de nervios, nuestros cuerpos saltaban, convulsionaban, apenas levantabas la voz.

La joven se sentó pesadamente, estrujó el vaso con la mano que lo sostenía y lo lanzó a un tacho de basura con movimientos de baloncesto, el vaso quedó tirado cerca del cesto.

- Siempre me despierto a media noche recordando aquellas veces en las que a golpes me hacías estudiar hasta una o dos de la mañana, pese a que tenía las tareas resueltas o la lección aprendida, luego me llevabas a la cama y me apagabas la luz del cuarto. Después  me levantabas muy temprano, siempre antes que mis hermanos para que ayudará a mamá a preparar el desayuno.

Se restregó los ojos con ambas manos, era una alegoría irónica de El pensador de Rodín sentada en la poltrona, parecía estar pensando que más decir o intentado callar algo que la atormentaba, respiró profundamente y preguntó:

- ¿Ya regresaste? - mientras auscultaba en  los ojos de su padre una señal que le diera la certeza que se encontraba lúcido - ¿todavía? - volvió a guardar silencio y su respiración evidenciaba una gran agitación, por su mente corría una cantidad grande de recuerdos, empujándose entre ellos, como el caudal embravecido de un río que arrastra todo a su paso, ella, impotente, a merced de aquella corriente pretendía coger un recuerdo para echarle en cara a la estatua en que parecía haberse convertido su padre.

- Y ahora entiendo por qué te preocupabas en que estudiara tanto, el sueño aquel que tuve muchas noches de mi niñez, soñaba que querías ahogarme metiéndome no se qué en la boca, pero apenas despertaba parecía que huías – sollozó, escupió como si de pronto recordara el sabor de algo muy amargo y se restregó los labios casi hasta sangrarlos – lo comprendí después ¿no?, cuando me llevaste al médico por unos granos que me salieron en la cara y el doctor te dijo, apartándote de mi para que no escuchara, que eran cándidas cutáneas y que tenías que vigilarme por que alguien podría estar abusando de mi.

Se le quebró la voz, se quebró ella, su cuerpo parecía disolverse sobre la poltrona, pero recordó qué había venido a hablar y continuó:

- Dejaste de golpearnos unos días, hasta pensé que sería el final del sufrimiento, pero no, luego te pusiste peor, el maltrato se agravó, preferías llamarme puta antes que hija, me denigraste, me obligaste a irme de casa justo antes de cumplir dieciocho, lo lograste a base de golpes que descargabas sobre mamá – dejó escapar un gemido que se apresuró a silenciar – la pobre la pasaba mal defendiéndome, decidí irme antes que la mataras a golpes.

Jaqui se levantó, se acomodó la ropa, se limpió la cara, se arregló el cabello, luego cogió su pequeña cartera, dejó el dinero que había sacado del cajero y lo puso al centro de la mesa, cogió un pequeño florero, sin flores, de una repisa y lo colocó sobre los billetes. Se dirigió a la puerta, cogió el tirador de la puerta y se detuvo, sin voltearse a mirar a su padre continuó hablando:

- Y ahora pareces indefenso, ni siquiera tienes esa mueca en los labios, mueca irónica con la que acompañabas cada agresión, no se qué era primero, la mueca o la agresion,  pero llegué a temerla y odiarla tanto -  se levantó un mechón de pelo que caía sobre su cara - ahora se que fue esa mueca la que aceleró mi partida, pero me fue muy bien, me acomodé en la casa de mi amiga y la vida me dio una oportunidad y viajé a Estados Unidos, fueron los mejores cinco años de mi vida, trabajando, trabajando para mi y por mi y ahorrando, hasta que me encontraste.

Volvió la mirada por sobre su hombro y vio que su padre seguía inmóvil.

- Me obligaste a regresar con el pretexto de que mamá estaba grave y que solo yo podía salvarla, necesitaba un trasplante de médula - la voz quebrada de Jaqui hacía evidente su llanto - y regresé, pero mamá murió cuando nos preparaban para el transplante, ella quiso morir, era su forma de fugar. Tus hijos y tu parecieron celebrarlo, hasta sospeché de ustedes cuando me enteré que cualquiera de sus hijos pudo ser donante - se secó las lágrimas con el puño de la blusa y soltó como cuando el juez sentencia - ¡Algún día lo pagarás!.

Jaqui rebusca en su pequeña cartera y voltea bruscamente.

- Chucha, mis llaves -

Por un instante le pareció reconocer esa sonrisa de su padre que odiaba tanto, se acercó a la mesa y sin dejar de mirarlo recogió lo que parecía buscar.

Parsimoniosomente y con la frente altiva se retiró de la habitación dejando la puerta abierta, un leve y frío viento vespertino recorrió el cuarto moviendo apenas las cortinas mientras el pequeño florero, solitario, proyectaba su sombra sobre la limpia superficie de la mesa.


PD. Esta historia demoró por que fue escrita completamente en mi viejo Huawei P9.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...