LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

miércoles, 29 de diciembre de 2021

CAELI

 Empecé el día con mucha actitud, hoy cumplo seis meses de mi separación, el divorcio está cada vez más cerca y ya tengo un par de candidatos para celebrarlo en la noche, tengo ganas de un sábado de aquellos.

Desde que me separé, después de haber soportado la convivencia con un hombre completamente inseguro, inmaduro y celoso, que pretendía decidir en todas mis acciones quitándome los espacios a los que estaba acostumbrada, comencé a recuperar esa parte de mi vida que me gustaba vivirla intensamente, independiente, con pasos seguros, sin preocuparme demasiado por el futuro, por lo menos tratando de no convertir una meta en un condicionante que gobierne mis días. ¿Por qué aguanté tanto? Cuatro años. Quizás porque me casé enamorada, o lo creía estar, o porque con mi separación temía no satisfacer las expectativas de todas aquellas personas a las que les tengo afecto, a mi madre, a mi familia. Aguanté, vaya que sí, desde antes de cumplir un año de casada, los problemas, cada vez se hacían más serios, mi madre decía que mi relación se había vuelto tóxica, con idas y venidas, pero también me recomendaba postergar algunas cosas para bien de mi matrimonio, por ejemplo un hijo.

Yo veía todo como si se tratara de un problema sólo de él, que tenía que solucionarlo él, el tóxico, no yo. Qué tonta, tardé demasiado en darme cuenta que la tóxica podría ser yo, o ambos. Cuando se presentó una de nuestras peleas en la que reconoció su responsabilidad, la aproveché para separarme, en el fondo era lo que esperaba, una ocasión en la cual la culpa era de él; en los casos anteriores tenía la sensación de ser la culpable de haber originado el pleito.

Me sorprendió lo bien que lo tomaron en mi familia, me dieron todo su apoyo, mi madre, con quien me había distanciado por culpa de mi matrimonio, comenzó a visitarme más seguido, aunque yo me forzaba a llevar el duelo todavía, mis pensamientos estaban enfocados en rehacer mi vida, recuperar el tiempo perdido, hacer las cosas que me prohibí durante mi lapso de casada.

Sin la preocupación y el estrés que te ocasiona el mal clima hogareño retomé los proyectos en mi trabajo y hace poco más de tres meses me habían ascendido a jefa de departamento, estoy atravesando por una buena etapa y me siento como en mis mejores tiempos, aquellos cuando me repetía “tengo que ser río, en lugar de ser laguna”.

Con mi ascenso llegó esta nueva oficina para mi sola, amplia, con baño propio, con un pequeño privado y bien equipada. Encendí el aire acondicionado, activé el equipo de sonido desde mi laptop, elegí un playlist de merengues y me acomodé en el ergonómico sillón ejecutivo de cuero.

Me aseguré de dejar la puerta entre abierta de tal manera que desde mi lugar pudiera ver el sofá de la antesala de la oficina. Abrí mi mochila, soy de las que prefieren mochilas y bolsos deportivos en lugar de carteras, saqué un par de avioncitos de papel, uno azul y otro amarillo, tenía algunos días practicando este modelito, lo copié de youtube, de un canal especializado en origamis. Los revisé, volví a fijar los dobleces para que parecieran perfectos, me habían salido igual a los modelos del video, eran dos avioncitos modelo F-15, bien elaborados, los coloqué en una esquina de mi escritorio, bien al borde, de tal manera que quien se sentara en el sillón de la antesala pudiera verlos sin problemas.

Me paré, fui hasta la puerta y me cercioré de que se pudieran ver, que fuera lo primero que viera quien se sentara en la antesala.

Regresé a la comodidad de mi sillón, hoy, como todos los sábados, solo se trabaja hasta la una, no hay atención al público y además de dedicarnos a la limpieza, el tiempo lo usamos para revisar los pendientes de la semana, si es que  los hubiera.

Miré mi reloj, miré el sillón de la antesala, volví a acomodar los avioncitos y tomé uno de los documentos de la bandeja de pendientes para comenzar a revisarlos.

Se me escapó un suspiro, por un instante ansié que entrara una llamada a alguno de mis teléfonos, que fuera la confirmación para una salida de sábado por la noche; durante la semana había tenido llamadas insistentes de un antiguo enamorado, pero estaba descartado de plano, el agua del río no pasa por el mismo lugar dos veces, y de un par de amigos que tímidamente intentaron convencerme para acompañarlos, en la idea que me estaban ayudando a romper el duelo de mi fracasado matrimonio. Pero el suspiro que me salió de lo más hondo, como aquellos que solía tener cuando el amor llenaba de mariposas mi estómago, pareció contener el deseo de recibir esa llamada, más bien me llenó de ansiedad por la demora de la niña que, desde que ocupé esta oficina, todos los sábados se sentaba en el sillón de la antesala; a excepción de la semana anterior, que no vino porque su madre, una empleada de mi departamento, que la traía sólo estos días, había pedido diez días de permiso.

Recuerdo mi primer sábado como jefa en esta oficina, había empezado a revisar los documentos pendientes cuando salí para dar instrucciones a algunos empleados y la vi, estaba sentada en el borde del sofá, como intentando ocultarse de que la pudiera ver desde mi sillón, hojeaba una revista especializada que difícilmente un niño le encontraría interés, me llamó la atención lo bien que estaba arreglada, tenía el cabello bastante corto pero adornado con un bonito lazo rojo que la hacían verse más pálida. Me miró directamente a los ojos, con esa mirada de respeto y admiración que sólo un niño puede transmitir.

- Buenos días señorita – me dijo, dibujando una gran sonrisa donde resaltaban dos grandes incisivos y una gran encía mientras sus ojos no dejaban de brillar.

- Hola – le contesté, extendiéndole la mano que ella recibió amablemente y poniéndose de pie – siéntate por favor - y sin mayor diplomacia continué con mis quehaceres.

Esa mañana la pasé sin salir de mi nueva oficina, me dediqué a mover muebles, tirar algunas cosas viejas a la basura, imprimir fotos familiares, en realidad mías y de mi madre acomodar adornos y útiles en el escritorio y llenar la gran credenza para que pareciera una oficina interesante; no soy muy creyente y me centré en sacar un cuadro de un santo que hasta ahora no identifico, me mantuvo ocupada hasta pasada la una de la tarde en que salí y entonces me di cuenta que la niña ya no estaba. Me detuve y comencé a revisar las revistas que se encontraban en la mesita central de la antesala, todas eran muy especializadas, me pareció más atrayente colocar algunas revistas que también pudieran interesar a los niños o jóvenes, total, no todas mis visitas tendrían por qué ser entendidos en nuestra línea comercial.

El lunes, llegué temprano a la oficina y coloqué entre las revistas de la antesala algunas de interés general, sobre todo entretenidas, que encontré en casa, dos de “National Geographic”, dos “Cosas”, dos “15 Minutos” y tres “Condoritos”, no muy recientes, las acomodé prometiéndome recatadamente renovar el material de lectura cada quince días. 

El siguiente sábado, a media mañana, al salir por café para abastecer mi cafetera recién asignada, me encontré otra vez con la niña, estaba hojeando una de las “National Geographic”, apenas notó mi presencia se paró y me saludó.

- Buenos días señorita – otra vez esa sonrisa encantadora, aunque ahora tenía una rendija de alegría en la comisura de sus labios, o algo parecido que no llegué a identificar.

- Hola preciosa ¿Cómo estás? – le pregunté sin esperar respuesta.

- Bien señorita, leyendo estas revistas que están entretenidas – miré de soslayo y me di cuenta que tenía una de “National Geographic” – si no la termino ¿me la puede prestar? – me sorprendió con su respuesta y la seguridad con que conversaba.

- Claro que si – le dije – puedes tomar cualquiera – tratando de ser agradable con ella.

- Gracias señorita, si la termino hasta mañana mi mamita la puede traer el lunes.

- Por supuesto, si no la terminas la traes tu misma el próximo sábado – le contesté deseando que me corroborara que me vendría a visitar todos los sábados.

- Es usted bastante gentil – mientras hacía un rollo con la revista y la pegaba a su pecho y su rostro se iluminaba con una luz que partía de su sonrisa.

- Me llamo Caeli y mi mamita Alessia – adelantándose a la pregunta que no llegó a salir de mi boca, otra vez me embobó su madurez mientras una oleada de confianza que nacía de su voz me atravesaba.

Caeli, me dije, debe ser uno de esos nombres que forman los padres con las iniciales o alguna sílaba de sus propios nombres o los de los abuelos, en mi familia había muchos casos, Joel por José y Elena, Mya por Marina y Alicia, Elen por Elcira y Enrique, mis propias hermanas Adalú y Nadia tenían nombres construidos así. Pero Caeli lo escuchaba por primera vez, es bonito.

Durante los siguientes minutos me contó a qué colegio iba, que su santo era en febrero. cómo estaba en los estudios, qué cursos le gustaban, qué veía en la tv; también, que tenía un hermano mayor, que vivía solo con su mamá y a su papá lo veía dos veces al año, para su santo y navidad, qué le gustaba comer y otras cosas más. Le tuve que cortar la conversación haciéndole creer que había olvidado algo, después de consultar mi reloj.

Los siguientes sábados la esperaba impaciente porque me gustaba conversar con ella, me alegraba el día, me estaba acostumbrando a su presencia para terminar bien el fin de semana, tenía la sensación de que había coincidido su aparición con las oportunidades que se le presentaban a mi vida sentimental.

Tan pronto llegar a la oficina, revisaba que las revistas fueran de interés para ella y luego ponía un playlist con canciones que preparaba durante la semana, dejaba la puerta abierta para que Caeli las pudiera escuchar, a veces tenía que cambiar uno o dos playlists para encontrar uno que le gustara, me lo hacía saber con el tamborileo de uno de sus tacos a la base del sillón. A media mañana le invitaba un jugo o una gaseosa y a veces me aceptaba un paquete de galletas que no las comía, se las guardaba, aprovechaba para conversar con ella lo suficiente como para quedar compensada todo el fin de semana.

Unos sábados atrás, antes de ir a la oficina tuve una reunión de importancia en la matriz de la empresa, con los preparativos y los nervios olvidé actualizar las revistas de la sala de espera y cuando llegué la encontré sentada en el mismo lugar, con los brazos cruzados, las revistas sobre la mesa de centro estaban desordenadas y algunas abiertas, señal de que las había revisado todas y les había perdido interés.

La saludé como siempre y me contestó amablemente, disimulando su malestar si acaso lo tenía, después del establecido jugo y galletas con una conversación intrascendente me acomodé en mi sillón para pensar cómo entretenerla pues sentía que la había desilusionado. Pero mi mente, más preocupada por los acuerdos de la reunión que antes había tenido, no encontraba la forma, o quizás ni siquiera quería pensarlo; se entrecruzaban algunos recuerdos de mi niñez con los compromisos del trabajo y pizcas de mi vida sentimental, era un espacio en el que estaba presente y a la vez no lo estaba, me controlaba mi subconsciente. Sólo se me ocurrió tomar una hoja de papel y construir un avioncito, si, un avioncito, de esos simplones que me enseñó papá cuando se le daba por jugar conmigo como si fuera el hijo varón que nunca tuvo. Y se lo regalé a Caeli.

No había visto hasta ahora esa mirada sorprendida y gozosa que sólo una niña puede regalarnos, no solo se hizo intenso el brillo de sus ojos, sino que toda ella brillaba. Se quedó muda como cuando se recibe el mejor regalo de nuestra vida, su rostro era una pintura de Wai Ming. Volví a mi oficina y fui testigo de la máxima expresión de alegría que jamás había visto en una niña.

Al principio, le daba vueltas sobre su rostro como si volara, sin desprenderse de esa fascinante sonrisa, luego se paró, lo lanzó de un lado a otro de la sala repetidas veces, lo volvía a tomar y simular despegues y aterrizajes sobre los muebles, perdió el interés en la música y hasta en la lectura. Ese sábado terminé sorprendida y la semana también terminó bien para mí, en todos los frentes de mi vida.

Los siguientes sábados hice avioncitos de papel de todos los colores, les pinté puertas, ventanas, logos de empresas conocidas, pilotos y hasta pasajeros, Caeli quedó encantada con cada uno de ellos.

Hace dos semanas, cuando cerraba mi oficina dispuesta a comenzar mi fin de semana me sorprendió encontrar todavía a Caeli, estaba acompañada de su mamá.

- Buenas tardes señora, soy la mamá de Caeli, trabajo en la sección importaciones – me di cuenta de dónde salió la sonrisa de la pequeña, mientras nos estrechábamos las manos – discúlpeme por abusar de su confianza y dejar a mi hija los sábados en la salita, es que de aquí tenemos que irnos a la rehabilitación.

- Debes ser Alessia, Caeli me habló de ti, te felicito tienes una niña bien educada y encantadora – le dije.

- Gracias, es sólo que ella quiere despedirse de usted – me dijo, sin perder la sonrisa.

- ¿Se van de viaje? – pregunté sorprendida por la noticia.

- No, para nada señora, es que el martes la van a operar y es seguro que el sábado siga convaleciente.

- No es nada serio – terció la niña, sus ojos habían perdido intensidad y el avioncito que le había armado con una hoja de papel amarillo, parecía más simplón que nunca entre sus manitos que repasaban los dobleces – el sábado siguiente si podré venir.

Leí en  sus ojos que tenía ganas de abrazarme así que abrí los brazos con las palmas de las manos hacia arriba, invitándola, y recibí aquel abrazo que me hizo sentir tan  genial como nunca, creció en mi la certeza de que hace seis meses había tomado la decisión correcta, tenía que seguir en busca de la vida que quería no resignarme a la que me ofrecían y descubrí que se puede amar tanto como a un familiar cercano a una niña que de la nada se hace trascendente en tu vida.

- Te quiero mucho, Caeli – me salió del corazón y ella me sonrió con esa sonrisa única, inolvidable, épica, eterna.

Ese mismo sentimiento me abruma mientras la espero, poco a poco la impaciencia me satura, comencé a mirar el reloj en forma compulsiva, la sigo esperando. Intento no dejar que la preocupación  me invada mirando cada uno de los bien logrados avioncitos de papel al borde de mi escritorio, imagino la sonrisa de Caeli cuando los viera ¿Cuál sería su preferido, el azul o el amarillo?. Vuelvo a mirar el reloj y ya pasó la hora en la que suele llegar.

Pienso que en realidad no es un esfuerzo grandioso el haber conseguido armar los avioncitos de papel, lo que en realidad rescato de este cometido es que después de muchos meses hago algo con verdadero cariño para alguien, espero que le gusten, que después de la operación sean un motivo de alegría para acompañar su recuperación. A propósito, Alessia nunca me comentó de qué la operarían. Qué falta de delicadeza la mía. Decido bajar a ver que noticias tiene de la niña, es probable que siga convaleciente.

Bajo el volumen del equipo y subo la intensidad del aire acondicionado antes de cerrar la puerta, llevo los avioncitos conmigo, si Caeli sigue convaleciente no tendré más remedio que pedirle a Alessia que se los entregue.

Distingo a Alessia trabajando en uno de los escritorios, está pálida y ojerosa, trae el pelo recogido y lleva aquel lazo rojo que traía su hija cuando la conocí. Qué parecidas.

- Hola – le digo y ella levanta la mirada, sus ojos tienen la misma opacidad de los que viven aferrados a una esperanza sabiendo que nunca la alcanzarán..

Toda ella es una imagen de la desolación, me quedo muda, todas las preguntas se desvanecieron en mi cerebro. Qué extraña sensación, parecida a la que sentí al tomar la decisión de separarme pero nace en otro lado de mí, más profundo, desconocido.

La expresión de su mirada me obliga a sentarme, sigo muda. 

- Ay señora – comienza Alessia en un tono lastimero – mi niña tenía un tumorcito en el cerebro causado por la cisticercosis – sentí entonces cómo todo el aire que tenía comenzó a ser expulsado lentamente, como si mis pulmones tuvieran vida propia, en una interminable exhalación destinada a nunca convertirse en suspiro – sufría de ataques de epilepsia, ya el médico me había dicho que cada ataque era más peligroso, tenían que controlarse, por eso que debía operarse urgentemente – tomó un pañuelito de papel de su escritorio y se secó una lágrima tímida que intentaba caer, respiró hondamente, reconocí en su mirada el carácter de las personas que evitan llorar aún cuando tengan un dolor profundo porque creen que ya lloraron lo suficiente.

- La noche anterior a la operación, cuando estábamos cenando, le dio un ataque bien largo, nunca había tenido uno así, dejó de convulsionar pero no abrió los ojos, parecía profundamente dormida, así que la llevé al hospital. Apenas la recibieron en emergencia me dijeron que tenían que operarla, como ya tenía su riesgo quirúrgico, en la sala de operaciones, antes de iniciar siquiera la operación Dios se la llevó para siempre.

Sentí la necesidad de odiar, hasta mis pequeñas pendencias guardadas y secretamente escondidas se convirtieron en odio profundo, odié a casi todo, un calor pérfido salía de dentro de mi y había poseído todo mi cuerpo. No se por qué le digo en tono amenazante

- Así es tu Dios…

- No diga eso señora, hay que respetar la voluntad de Dios, es una prueba más de su voluntad divina, mi niña tenía más de cuatro años sufriendo, ahora está descansando al lado del Señor – puso los codos en el escritorio y juntó ambas manos en su frente como si comenzara una oración mentalmente.

- Debió llevarse a un maleante, un asesino…o un político, no a Caeli – comenzaron a hervirme las entrañas.

Hubo un silencio prolongado, eterno, sin saber qué decir.

Alessia pareció regresar del lugar en donde se había refugiado mentalmente y como un verso aprendido me dijo

- Hay que respetar la voluntad de Dios.

- ¿Por qué éste sufrimiento? – grité, pero mi voz no salió de mi boca, la cólera la convirtió en mirada candente y la vomitó por mis ojos y Alessia lo entendió.

- Sufrimiento el de la madre macabea que vio morir a todos sus hijos, el de Job, Dios nos prueba con sacrificios, como el de Ana, madre de Samuel o el de Abraham al caminar con su hijo rumbo al altar del sacrificio – dijo ella, no le entiendo nada.

Me pongo de pie, siento que el cuerpo me hierve, salgo de la oficina y la luz del sol me agrede, tengo la mano derecha en puño, cerrada con fuerza hasta casi clavarme las uñas en la palma de la mano, voy aflojando suavemente y separando mis dedos cuidadosamente. Como dos avecillas estirándose para abandonar el nido e intentar su primer vuelo veo los dos avioncitos de papel. Los dejo caer con la esperanza de que levanten vuelo.


LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...