El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este conflicto, revisó que el seguro estuviera quitado y apoyándolo en el hombro apuntó hacia la bruma, hacia una lejana mancha que parecía tener vida, que tomaba muchas formas al compás del viento, trayéndole recuerdos de los demonios feroces, come gente, que le contaron cuando niño. Sintió la humedad en todo su cuerpo y recién se dio cuenta que, mientras el cansancio lo durmió, había llovido. Se frotó los ojos una y otra vez, no podía distinguir entre los demonios de bruma qué estaba pasando más allá de treinta metros, estaba preocupado.
La noche anterior
al salir del puesto de Guabillo, el Sub Teniente les había advertido que hoy
sería un día difícil, el gran día, se esperaba que los peruanos iniciaran una
gran ofensiva, la mayor, quizás hasta Carcabón o hasta el propio Guabillo, por
eso se habían movilizado para proteger Carcabón. Ya unos días antes los
peruanos habían recuperado su puesto fronterizo de Pueblo Nuevo y avanzado
hasta la frontera, estaban cerca.
Fue difícil la
marcha desde Guabillo hasta Carcabón casi a la carrera durante toda la noche,
entre la enredada selva y la lluvia intermitente, llevando con dificultad la
mochila, el morral y el fusil que les habían entregado, evitando hacer ruido y
sin detenerse; pero, por fin habían llegado casi al medio día. No había tiempo
para descansar, les entregaron bolsas con el rancho frío y les designaron
puestos claves que tenían que defender hasta con su vida, para evitar que los
peruanos tomaran Carcabón.
El Sub Teniente
los había dispuesto estratégicamente un soldado en lo alto de un árbol,
escondido, como francotirador, y otro soldado en la base del árbol, oculto,
atento a la cercanía del enemigo, con la misión de dejar su vida antes que el
enemigo pasara.
La noche arribó
imperceptible y el nuevo amanecer parecía fundido a ella. No había viento, el
movimiento de la bruma era lento y lóbrego. Creyó haber escuchado un disparo y
lo atribuyó como parte de un sueño. Una pesadilla. No dejaba de pensar lo que
sus compañeros comentaban antes de salir, el ejército peruano había sido
reforzado por los guardias civiles, policías mucho mejor preparados, mil veces
más crueles y letales, se decía que no conocían derrotas, eran capaces de
lanzarse contra el enemigo con tan solo una bayoneta, sabiendo que morirían,
con la satisfacción de llevarse unos cuántos por delante. Tembló su cuerpo.
Tendido al lado
del árbol que defendía, con el relumbrón del amanecer y la humedad que lo
cubría sintió de golpe el cansancio y el hambre que venía postergando. Se
estiró para alcanzar el morral con el rancho frío y se dio cuenta que todo el
cuerpo le dolía, quizás mantener la misma posición durante mucho tiempo le
había entumecido. Dejó descansar el fusil y a ciegas buscó dentro del morral,
sacó una pequeña caja de cartón y la abrió, dentro había un pan de cebada, dos
chocolates, caramelos y un pedazo de carne seca, acomodados como un
rompecabezas. Tomó el pan y se lo comió casi sin respirar, luego abrió uno de
los chocolates rompiendo la cubierta de platina haciendo un ruido que le
pareció como una bomba en contraste con la sosegada quietud de la selva. Se
quedó quieto de inmediato como si tuviera la impresión de que el enemigo que
estaba cercano lo pudiera escuchar.
Suavemente y con
recelo dejó lo que estaba comiendo y volvió a coger el fusil, lo acomodó para
afinar la puntería y a través de la mira veía la bruma, ahora más clara, como
una turbonada de colores, dispersos, que intentaban reconstruirse para dar paso
a la claridad de la mañana.
Escuchó un
disparo, bastante más cerca, sintió mucho miedo, luego un silencio que pareció
acabar de pronto con el sonido del cuerpo de su compañero arrastrando ramas
durante su caída. El francotirador golpeó contra el suelo húmedo tapizado de
hojarasca con un sonido afligido y
amortiguado. Su miedo se convirtió en pánico. Siguió mirando con el fusil
dispuesto a disparar, esperó, su compañero no emitió ningún sonido, inmóvil, lo
imaginó mirando hacia el infinito. Las hojas del lugar hacia donde apuntaba su fusil
comenzaron a moverse, algo saldría a través de ellas, su dedo temblaba sobre el
gatillo. Vio aparecer lentamente una colosal figura que llevaba un fusil
todavía humeante, miró sus ojos, fríos como la muerte, lejanos como el destino,
grandes, malvados y con el brillo de la mirada del Diablo Huma, el uniforme que
traía puesto aquel coloso parecía reventar por su musculatura, llevaba el fusil
apuntando hacia adelante y barriendo los ciento ochenta grados como si el arma
fuera parte de su cuerpo, se acercaba dando grandes trancadas pisando sobre
troncos y plantas sin hacer ruido, quizás flotaba.
A pesar de su
pánico su mente sabía que lo único que lo podría salvar era un disparo, pero
parecía no recordar cómo apuntar, disparar y dar en el blanco. Ahora quiso
levantarse y correr. Su cabeza parecía no resistir las pulsaciones de sus
venas, comenzó a mearse y tuvo miedo de que la emanación del vaho, que sabía se
formaría siendo tan temprano, pudiera delatarlo. Hizo el último esfuerzo y
apuntó a la pétrea silueta, tal vez ahora si recordase como hacer el disparo,
pero sintió más miedo aún. El guardia civil se acercaba con la clara intención
de revisar al caído, su instinto de conservación le avisó que el momento
indicado para disparar o correr, seria cuando el guerrero aquel se encontrara apuntando
su arma hacia el lado opuesto, en su constante barrido de todo su frente.
Sintió un
campanazo como si fuera el disparo de un juez de partida iniciando una carrera,
en un solo movimiento se incorporó y comenzó a correr con todas las fuerzas
estimuladas por el pánico. Fue tan sorpresivo que pasaron algunos segundos
antes de que sonara el primer disparo a sus espaldas, luego sonaron más, pero
igual siguió corriendo, escabulléndose entre los troncos de los árboles,
zigzagueando, para cubrirse mientras a su alrededor caían ramas y hojas segadas
por las balas.
Siguió corriendo
pese a que hacía un buen rato ya no sonaban los disparos, siguió su orientación
para poner la mayor distancia entre él y el demonio aquel. Cuando ya no pudo
respirar se detuvo, se tiró al piso mientras oteaba hacia la espesura tratando
de identificar si todavía lo seguían y apuntó su fusil hacia las sombras que
danzaban frente a él. Muy a lo lejos escuchó disparos y ráfagas, intuyó que se
trataba de un enfrentamiento entre tropas y sintió alivio por no ser parte. Un
extraño dolor le avisó que algo raro estaba pasando, miró su mano y el dolor se
acrecentó al darse cuenta de que el dedo anular de su mano derecha había sido
arrancado, quizás una bala o una espina grande de los árboles que son
abundantes en la zona. Sacó un pañuelo mugroso del morral que todavía
conservaba y lo anudó en el tocón que quedaba de su dedo, evitaría la hemorragia,
aunque no sabía si la infección también.
Tirado en el piso
permaneció hasta que los rayos de sol le golpearon la cara perpendicularmente a
través de los grandes árboles, se levantó y comenzó a caminar sigilosamente. Su
intención era llegar hasta Zapotillo, su pueblo, sabía que la única forma era
siguiendo el río Chira, porque no tenía ni conocía otra forma de orientarse.
Caminó muchas horas sin rumbo, su gran temor era que estuviera dando vueltas y
regresara al mismo lugar donde se cruzó con el guardia civil. Pronto se
terminaron sus provisiones, pero conocía mucho de árboles, los mismos que había
visto a las afueras de su pueblo y sabía qué frutos aprovechar, “De hambre no
me moriré”.
Cuántos días
anduvo por la selva hasta encontrar un río que supuso sería el Chira, nunca lo
supo. Ahora podía seguir el curso de las aguas y tarde o temprano llegaría a su
pueblo.
Para caminar más
ligero había enterrado el fusil en algún lugar que nunca volvería a encontrar,
algunos días después, al hartarse de frutas y bayas, pensó en cazar monos o
aves que solían cruzarse y se lamentaba de haber prescindido de su arma.
Después de varios
días, tal vez semanas, vio a lo lejos, en un recodo del río a un grupo de
personas que habían levantado una carpa en una pequeña playa, cerca tenían una
fogata sobre la cual calentaban una cacerola, el estómago se le revolvió de tan
solo imaginar que había comida dentro de ella. Dudó si acercarse o rodear el
lugar para seguir el curso de las aguas, se acercó lo más que pudo sin ser
visto y por el dejo parecían peruanos, “me van a matar”.
Se mantuvo
escondido unas horas tratando de adivinar qué hacían y si le harían daño, desde
donde se encontraba pudo escuchar las noticias cuando uno de ellos prendió una
radio, Ecuador se había rendido. No se sorprendió. “No puedo saber si aquellas
personas son ecuatorianas o peruanas”.
La tarde
comenzaba a morir y el viento le trajo el olor de la comida, una nueva que
preparaban en la cazuela sobre el fogón. Decidió acercarse a ellos. Revisó la
ropa que traía puesto, más bien jirones
de ella, no parecían delatarlo como soldado, revisó sus bolsillos, algunos
pedazos de plátano silvestre y un marbete que decía “COSAMALÓN” haciendo
referencia a su apellido y que alguna vez llevó en el pecho de la camisa del
uniforme.
Se acercó a los
hombres, quienes lo recibieron de buena gana, eran lavadores de oro, les dijo
que se había perdido y que quería llegar a Zapotillo, su pueblo. Ninguno tenía
idea de dónde quedaba. Le invitaron a comer y en la noche bebieron aguardiente
y cantaron pasillos hasta quedar rendidos.
Sin tener a dónde
ir, quedarse como parte de esta “nueva familia” fue una elección sencilla, ellos
se dedicaban a la minería aluvial, con ellos durante dos años recorrió ríos
hasta ahora ignotos para él, extrayendo oro. Lo mejor de esta “familia” fue que
no tuvo que contar nunca, nada sobre su pasado, nunca le preguntaron y parecía
no importarle a nadie.
Al finalizar un
día de “lavado” de oro, al caer la noche se reunían alrededor de un horno
construido con mucha precariedad sobre una fogata, en donde se calentaban
cuencos con azogue y servían para fundir la arenilla de oro y agruparla en
“pepitas” de oro puro, que luego eran guardados, casi siempre, en una botella
de vidrio, sin que se hicieran comentarios entre ellos de cuánto oro llevaban o
cuánto habían conseguido ese día. Parecía un sacrilegio contarle a otro
cualquier cosa que tuviera que ver con el oro.
Durante este
tiempo se acomodó muy bien a esa especie de sociedad velada, pero siempre tuvo
en su mente encontrar el río Chira; siguiendo al grupo, se movieron entre los
ríos Chinchipe, Tabaconas y sus confluentes, en forma cíclica, siempre detrás
del oro.
Al finalizar su
segundo año, el líder del grupo, les propuso dirigirse a Cajamarca a vender el
oro, fue una oportunidad de regresar a la civilización, tenía una botella de
medio litro casi llena de polvo dorado y según sus propios cálculos le
permitirían vivir cinco años sin problemas financieros.
El viaje de
regreso a la civilización fue más difícil de lo que esperaba, no podían
utilizar las carreteras por temor a ser asaltados, casi todo el trayecto lo
hicieron a pie durante un mes. Estando en Cajamarca, después de vender una
pequeña parte de su tesoro le comentaron que mejor era dirigirse a Trujillo,
allí le pagarían el doble de lo que recibía en esta ciudad, no lo pensó mucho
y, junto a otros de sus compañeros se embarcaron hacia Trujillo, con la idea de
volver a integrarse al grupo, en dos meses para regresar a la selva por más
oro.
Como le habían
comentado, en Trujillo recibió mucho más por el metal precioso, volvió a vender
una parte pequeña para no cargar mucho dinero encima, era peligroso. La primera
semana se dedicó a frecuentar cantinas y burdeles en los que gastaba a manos llenas,
visitó los lugares más exclusivos, siempre derrochando, parecía haberse
propuesto conocer todo los antros de la vida nocturna trujillana, tomaba hasta
casi el medio día y antes de la medio noche ya estaba rodeado de mujeres y
abundante licor gastando el producto de sus dos años de trabajo.
Una noche, al
salir del hotel donde se hospedaba fue asaltado por unos desconocidos, que lo
golpearon para obligarle a decir dónde tenía su oro. La golpiza fue tan cruel
que no pudo evitar revelar el lugar donde guardaba su tesoro, dentro de la
pared del baño de su cuarto de hotel, los asaltantes lo obligaron a beber
abundante alcohol y le descargaron tal paliza que le dieron por muerto cuando
lo dejaron abandonado en la calle.
Cuando despertó,
en aquella cama de madera, cubierto por frazadas tejidas a mano que nunca había
visto, en un cuarto oscuro cuya única fuente de luz eran dos ventanas grandes y
muy altas que daban a un patio y por donde se metía el sol, no imaginó cuál
sería su suerte. Tenía vendas en la cabeza y por toda la cara, le dolía casi
todo el cuerpo, se tocó los brazos, las piernas, las costillas que ahora las
sentía duras y huesudas y en todas partes sintió mucho dolor. Intentó
levantarse de la cama, pero los mareos que le sobrevenían junto a los dolores
no se lo permitieron. Se esforzó por recordar qué había pasado y lo último que
tenía en su mente era el recuerdo de haber sido arrastrado hacia el interior de
aquel cuarto de hotel por desconocidos, se inquietó por no saber nada de su
fortuna.
A su mente venían
jirones de su vida pasada, como piezas de rompecabezas que trataba de unir y
encontrarles sentido. Levantó la frazada y descubrió que la ropa que llevaba no
era suya. Muchas especulaciones le llenaron la cabeza, teorías de lo que le
había pasado. Su inquietud iba en aumento, se estiró para revisar su espacio
más cercano y tener una mejor idea del lugar en el que se encontraba, pero nada
le resultaba familiar.
De pronto se
abrió la puerta y vio la silueta de una muchacha, una mujer como hace mucho no
veía, o quizás nunca había visto, la luz del sol resaltaba aquella figura
delgada y bien proporcionada. Cuando estuvo más cerca se dio cuenta que traía
un tazón, cerró los ojos y se hizo el dormido.
La muchacha se
sentó a su lado y silabeando alguna canción que nunca llegaría a identificar,
sacó un trapo del delantal que tenía puesto y comenzó a limpiarle las vendas de
la cabeza y la cara con mucha suavidad, después pasó al cuello, le levantó el
camisón y le pasó el trapo húmedo por el pecho tratando de presionar lo menos
posible, le puso una toalla debajo de la cabeza y con una cuchara de palo
comenzó a darle de beber el mejunje que traía en el cuenco. Sin abrir los ojos
bebió, uno, dos, muchos sorbos, los suficientes para seguir simulando que
dormía. Era una sopa casera que nunca había probado y que le sabía a gloria.
Hubiera querido terminarla, pero le pareció prudente seguir haciéndose al
dormido y apretó los labios como si no quisiera más.
La muchacha se
fue dejando un aroma que le aturdía, la miró de espaldas y tuvo la impresión de
haber conocido un ángel.
Con las emociones
presionando todo su ser volvió a dormirse pronto y despertó después de algunas
horas, la luz alicaída entrando por las ventanas le hicieron notar que la noche
comenzaba a caer. Tiene pesadillas en las que vuelve a vivir cada uno de los
golpes recibidos cuando el asalto, además, en ellas puede ver las caras de sus
atacantes, todos rostros conocidos, son los de sus compañeros “lavadores” de
oro.
Pese a la enorme
congoja que le domina intenta levantarse, necesita encontrar algunas respuestas
para todas las preguntas que agitan su cabeza. No puede bajarse de la cama, sus
piernas parecen no obedecerle, estira su mano e intenta tomar las cosas que
están sobre una mesita de noche al costado de la cama, pero, sólo hay una
biblia. La evita, pero nota que tiene algo entre sus hojas. Coge la biblia, la
revisa y saca de ella un pedazo de tela que le parece conocido y que hace las
veces de marcador de lectura, lo reconoce y tiene ganas repentinas de llorar,
es el marbete de tela que llevaba cosido en la camisa de uniforme, en ella lee
su apellido, “COSAMALON”. Ese pequeño retazo le trajo un caudal de recuerdos
que no puede procesar, son tantos que le estimulan el llanto. Estruja la tela contra
su pecho como si intentara fundirse con ella y se vuelve a dormir.
Se despierta
temprano, el día todavía no termina de aclarar, una batahola de aves de corral se
escucha, en algún lugar cercano. Se pone tenso esperando a la bella muchacha
que le atendió el día anterior.
Pasan algunas
horas, posiblemente hasta el almuerzo. La joven apareció como si repitiera una
coreografía aprendida, con los mismos movimientos, la misma canción que
repiqueteaba de manera especial en los labios de la chica. Cuando se disponía a
limpiarle abrió los ojos y le dijo “Hola”. La joven, como si hubiera sido
sorprendida por algún demonio, salió corriendo, gritando mientras agitaba los
brazos como si quisiera volar-
-
¡Se despertó, se despertó “Cabito”!...
Se llenó de
desconcierto porque no sabía exactamente dónde estaba, por un momento se
arrepintió, tal vez no era el momento todavía. ¿Había dicho “Cabito”?
Instantes después
regresaron con la muchacha angelical otras jóvenes casi tan bonitas como ella,
dos mozos corpulentos y una pareja de ancianos que claramente eran marido y
mujer, además quienes mandaban, sobre todo ella.
A partir de
entonces la vida cambió para él.
Había sido
auxiliado por don Camilo, que junto a su esposa doña Encarnación, le
encontraron muy temprano en la mañana, aquel amanecer después de ser asaltado,
apaleado y abandonado en la calle, cuando abrían las puertas del restaurante
“La Amistad”, que también era una pensión donde se alquilaban algunos cuartos
para estudiantes de la Universidad de Trujillo. Los ancianos, desde entonces,
lo habían atendido en la misma cama en la que hoy despertaba, curándole las
heridas y bañándole con emplastos que luego eran cubiertos con jirones de
sábanas de tocuyo a guisa de vendas.
Después de este
renacer tuvo que pasar unos días más en la cama, siendo atendido por las
muchachas, hasta que pudo valerse por si mismo. Nunca hubo un acuerdo, pero
aquel depósito de leña, latas de aceite y costales de harina y de fideos se
convirtió en su morada, cuyo alquiler pagaba con su trabajo. Tampoco hubo
contrato sobre su pago, pero recibía a fin de mes una cantidad que le pareció
siempre suficiente y que ni siquiera ahorraba pues gastaba cubriendo sus
propias necesidades y engriendo a cada una de las muchachas de “La Amistad”.
Don Camilo era un
gran hombre, un viejo como pocos. Tocaba el acordeón en interminables noches de
armonía, aunque no muy frecuentes, llenas de cantos con tonada románticas y
criollas, pasillos tristes que le llamaban a las lágrimas y huaynos lastimeros,
acompañados por cantantes y coros
espontáneos conformados por las muchachas, todas bonitas, y los pensionistas. El
viejo Camilo, tocaba su instrumento como si se tratara de un gran libro, en
manos de un profesor que lo hojeaba para recitar versos que sólo él podía
entender.
Aprovechaba estos
momentos, casi siempre regados con bastante aguardiente de caña para
fraternizar con don Camilo y simpatizar con las muchachas. Así fue como se
enteró que todas las jóvenes eran nietas de Camilo y Encarnación, algunas
venían para terminar su secundaria en la ciudad, otras para hacer un poco de
dinero y alguna llegó para conseguir un pretendiente entre los universitarios
hospedados. Todas venían de Cajamarca. Se enteró también, de los detalles de
cómo fue recogido mal herido, casi moribundo, después de haber sido asaltado. Por
boca de don Camilo se enteró, que, a los dos días de estar siendo atendido
parecía comenzar a recuperarse rápidamente, entonces, contó sobre su vida, de
dónde venía, de su familia, cómo llegó a pelear para el ejército ecuatoriano,
su travesía con los mineros aluviales, hasta lo que consideraba la traición que
terminó en el robo de su oro. También habló sobre su nombre completo y de que
fue ascendido a cabo poco antes del conflicto con Perú, pero, para su mala
suerte, nadie prestó atención a lo de su nombre; y, fue cuando su salud se
agravó. Una infección lo atacó y cuando volvió a recuperarse había olvidado
para siempre su nombre, entonces lo rebautizaron como “Cabito” aunque sabían
que su apellido era Cosamalón, como figuraba en aquel marbete de tela.
Y hete aquí que
“Cabito” se convirtió en poco tiempo en una pieza importante en la vida del
restaurante pensión “La Amistad”, los comensales habituales y los pensionistas
lo conocían, todos lo saludaban, le demostraban su afecto pasándole la voz
efusivamente cuando lo encontraban en el mercado, haciendo las compras, en el
estanco cargando los sacos de sal y de carbón, en la agencia TEPSA ® retirando
las latas de aceite y algunos productos que traían desde Lima, era conocido por
donde fuera.
Sus días parecían
monótonos pero su carácter los volvía coloridos, se levantaba a las cuatro y
media de la mañana y antes de asearse corría a la cocina a prender el fogón con
un poco de leña y carbón, cargaba las grandes ollas con agua para ponerlas a
hervir, antes de bañarse corría a la panadería a recoger el pan del día que
acomodaba en paneras de mimbre y las
tapaba con servilleta de tela para luego ordenarlas en el centro de las mesas
de acuerdo a la llegada de los pensionistas. Terminaba de bañarse y recién
comenzaba a notarse movimiento en el restaurante pensión, las nietas de don
Camilo y doña Encarnación comenzaban a desfilar de una en una hacia el baño
para reaparecer arregladas y prestas a atender el negocio. Cuando aparecía doña
Encarnación todas tenían que estar arregladas, con voz severa la anciana
repartía instrucciones y corregía los detalles que eran necesarios corregir.
“Cabito” tomaba
su desayuno casi siempre de pie, mientras en simultáneo cumplía otra tarea. Después
doña Encarnación le indicaba cuál sería el menú del día, almuerzo y cena, y
comenzaba una carrera frenética para cumplir a cabalidad con la preparación de
los alimentos, yendo y viniendo, trayendo y llevando, cortando, pelando y
probando con verdadera devoción, era un espectáculo verlo trabajar. También se
encargaba del lavado de las grandes ollas al caer la tarde, de verificar que
platos y cubiertos se encuentren en sus lugares correctos secos y ordenados,
trabajo que había sido de las nietas.
Era el encargado
de cerrar y asegurar las aldabas de las puertas con enormes candados, también
de abrirlos, por eso llevaba siempre en la correa un juego completo de llaves.
Y todavía se daba tiempo para leer en las noches, después de ayudar en las
tareas del colegio a las bellas jóvenes entre entretenidos juegos de casinos
hasta quedar vencido por el cansancio y el sueño.
Los domingos sólo
se atendía hasta el mediodía, en la tarde aprovechaban para ir a misa, al cine
o a la verbena de la Plaza Pizarro.
Habían pasado dos
años desde que “Cabito” llegó a la pensión. La impresión que le causara la
belleza de la joven que conoció cuando recobró el conocimiento, María, se había
convertido en amor, amor silencioso, amor doloroso y lejano. La muchacha era la
preferida de doña Encarnación y por eso estaba prohibida para él, no debía
notarse su amor, amor silencioso; y, aunque ella le correspondiera, la
diferencia de edades lo hacían imposible, amor doloroso y lejano.
Cuando lo
asaltaba una pena, algún momento de tristeza nacido en recuerdos que venían a
su mente aleatoriamente, repasaba cada detalle de la primera vez que la vio,
como un ángel, entonces casi de inmediato recobraba su carácter jovial, atento,
enamorado, con un amor que sería imposible pero que sabía que no habría otro
igual; ahora que alternaba en los quehaceres de la casa con ella, su carácter y
su sonrisa habían terminado por enamorarlo.
Se quedaba
mirándola de lejos, asegurándose que nadie notara este momento suspendido en el
tiempo porque no quería herir a nadie con su amor, sobre todo a ella. Tenía la
certeza de que si ella se enteraba de este sentimiento las cosas cambiarían,
para mal. María, María… se repetía todo el día.
Las otras jóvenes
le habían confiado que quisieron ponerle de sobrenombre “Virgen María”, pero
sentían que podía ser un sacrilegio, él sugirió que sería mejor “Santa María”,
porque además de bella parecía tener un halo de santidad que iluminaba los
caminos por donde andaba, su belleza crecía cada día y su piel se iba tornando
del color con el que pintaron la Virgen de la Catedral, pero esta impresión
suya prefería no divulgarla.
“Cabito” la
llamaba “Santita”, era la mejor forma de manifestar su amor, de corresponderle por
su amistad y sobre todo, por los cuidados que había tenido con él cuando se
encontraba postrado.
Tres, o quizás cuatro
años después de su llegada a la pensión, un día cualquiera, la quietud con que
transcurría la vida en la pensión se vio alterada, mucha algarabía, mucho movimiento,
chismes y barullos eran constantes, las muchachas se veían contentas, reían más
de lo común y la chacota iba en aumento.
“Santita” había
conseguido novio. Cuando “Cabito” se enteró una profunda depresión se instaló
en todo su ser, no probó bocado dos días. Sabía que esto era inevitable pero
nunca imaginó el dolor que le causaría.
-
¿Estas enfermo, o también estás enamorado? – le preguntó
una mañana doña Encarnación, al verlo medio aturdido y cabizbajo.
-
No, no es nada, creo que comí muchos nísperos y
me han caído mal.
Para él esto fue
como una advertencia, tenía que seguir comportándose como siempre porque sino
se delataría y pondría en peligro su permanencia en la pensión.
Fueron muchos
días de preparativos, “Santita” era el centro de atención, Se cosieron
vestidos, se limpió la casa, se limpió debajo de cada piedra, los clavos sueltos
fueron clavados de nuevo, se pintó paredes, muebles y hasta se renovó el
letrero de la puerta del restaurante. La hora de dormir se prolongó para poder
reunirse alrededor del acordeón de don Camilo y contar historias de amor, de
novias y esposas que alcanzaron la felicidad al lado de su príncipe azul, todas
indirectas para que “Santita” tomara nota y no cometiera errores, si es que
llegaba a casarse.
Hasta que llegó
la fecha, sería el siguiente sábado. Ese día vendría el pretendiente de “Santita”
a pedir la mano, a presentarse ante los familiares cercanos responsables de la
chica. “Cabito” tenía una sensación de angustia permanente, era consciente de
que estaba teniendo muchas fallas en sus tareas. Es que no podía sacarse a “Santita”
de su cabeza. Era doloroso, pero también era lo mejor. ¿Acaso una mujer tan
bonita no merecía ser feliz al lado del hombre que ama? Claro que si, con mucho
dolor se convenció que tenía que apoyarla para que todo saliera bien.
Como todas las últimas
noches, desde que se supo que el novio de “Santita” vendría solo durmió un par
de horas, el resto se la pasó recordando cómo había sido su vida pasada, aquel
incidente en la frontera donde e enfrentó a un demonio y con suerte logró
sobrevivir, su viaje por diferentes ríos de la selva extrayendo oro, del cual
una gran parte le robaron y que finalmente fue el culpable de su estado actual
y de su llegada al Restaurante “La amistad”. La imagen del demonio armado con
un fusil que disparaba hacia el mientras huía se repetía una y mil veces con
diferentes fondos, pero siempre el mismo demonio.
Se levantó antes
de lo acostumbrado, el novio de “Santita” vendría a tomar desayuno, seguro que
antes de las nueve de la mañana. Todo el que hacer ya e había practicado, las
responsabilidades para este evento tan importante habían sido distribuidas,
Doña Encarnación le había encargado, además de cumplir con sus tareas,
supervisar las otras y corregir lo que estuviera mal.
Desde que se bañó
y se vistió para la ocasión, antes de abrir el restaurante, no había dejado de
moverse, trapeaba, ordenaba las paneras, chequeaba la cocina, revisaba y
colocaba los platos más nuevos en las mesas, en las que, una por una había
desplegado manteles nuevos. Alguien al entrar o salir habia dejado una mancha
de barro justo en la puerta.
Corrió al fondo
de la casa y con un trapeador nuevo regresó para quitar la mancha y dejar
impecable el piso. La limpió, pasó el trapeador cuatro, cinco veces más, por si
acaso, retrocediendo hacia el interior iba trapeando huellas invisibles que deslucían
la presentación, siguió pasando el trapo con ritmo, por la derecha, luego la
izquierda, paso atrás.
De pronto el
ambiente se oscureció.
-
Buenos días, señor ¿Está María? – una voz gruesa
pero juvenil retumbó con eco en el ambiente.
Dejó de trapear y
lentamente alzó la mirada. Sintió un escalofrío. El vivo sol de la mañana cuya
luz venía de la calle le daba un aspecto más lúgubre a la silueta parada en la
puerta. Se frotó los ojos e instintivamente sacó su pañuelo y lo pasó por su
frente. Sintió como el sudor frío humedecía el pañuelo.
-
Un círculo, si, la vida es un círculo, pensó.
Mientras, su pensamiento
se paseaba por todos sus recuerdos convirtiendo en un nudo la realidad con la fantasía.
Sus miedos emergieron como un náufrago en busca de aire para respirar. A veces
las pesadillas se hacen realidad. Solo el que corre para salvar su vida sabe cuándo
parar.
Reconoció esa
silueta, ese uniforme, era un demonio, de aquellos que llamamos guardias
civiles el que venía por “Santita”.
Respiró
profundamente y decidió nunca más volver a correr.