LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

viernes, 2 de diciembre de 2016

ENTRE MAESTROS

Libertad. Siento que la estoy perdiendo en medio de este trabajo agitado, los estudios nocturnos y las responsabilidades con la lejana familia, mis espacios se han ido reduciendo y todo el tiempo que antes tenía para dedicarme a la libre lectura de mis autores favoritos pues ahora lo tengo que dedicar a la lectura especializada de una serie de autores que ni sabía que existían hasta antes de complicarme la vida con esta maestría.
Qué lejanos están aquellos días de la universidad, aquella etapa de mi vida a la que considero la mejor, no pensé que me resultaría tan fácil pasar por la universidad, menos en esta carrera, investigación operativa, fueron diez ciclos cursados sin mayores dificultades y con notas sobresalientes. Claro que la importante ayuda de mi novio fue muy significativa, él era un ingeniero industrial con muchos pergaminos, me llevaba doce años, pero su vitalidad y jovialidad reducían significativamente esta distancia. Lo tuve que cancelar porque sentía que esta relación era muy limitante para las aspiraciones de cada uno de nosotros.
Con veintitrés años de edad, la mujer más joven que ha pasado por esta maestría, me he convertido en el amuleto, la mascota de este grupo de personas adultas, entre 40 y 60 años que ahora son mis compañeros de aula.
Desde que salgo de casa llevo la preocupación de los estudios nocturnos, de seis a diez de la noche como cualquier maestría para gente que trabaja. El horario de la oficina termina a las cuatro, me deja dos horas para llegar a clases, pero éstas casi siempre empiezan cerca de las siete, entonces me tomo una hora completa, después de la oficina para terminar las tareas y revisar las clases de la maestría. Mi hora de meterme al sobre, era casi siempre a las once y media de la noche, con la maldita costumbre de leer antes de dormir. Ahora, no puedo acostarme antes de terminar o dejar a punto las tareas de la maestría, siempre conservando la costumbre de la lectura, nunca después de las dos y media, pues con tres horas tengo para mantenerme en vigilia todo el día.
Hoy es sábado y llegué a casa después de terminar un trabajo grupal con los compañeros de estudios, son cerca de las once, solo pienso en sacarme la ropa que a esta hora pesa, sobre todo el bra push up y darle plena libertad a mis pechos, hasta terminar en trusa. Después de acomodar la ropa sucia y planear lo que usaré al día siguiente recién me pongo un camisón de algodón que me sirve de pijamas. Me preparo algo de comer.
Llevo unos días releyendo “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder, es que tengo un curso de deontología y creí oportuno refrescar algunos conceptos filosóficos, después que en el primer control todos salimos desaprobados pues el profesor nos preguntó sobre historia de la filosofía. No creo que exista una mejor manera de hacerlo.
Así que cogí el libro y a darle hasta que el sueño lo permita.
“Sofía se sentía aturdida. ¿Cómo podía ese hombre misterioso estar, de repente, en la Atenas de hace 2,400 años? ¿Cómo era posible ver una grabación en video de otra época? Naturalmente Sofía sabía que no había video en la antigüedad. ¿Podría estar viendo un largometraje? Pero todos los edificios de mármol parecían auténticos… Tener que reconstruir toda la antigua plaza de Atenas y toda la Acrópolis sólo para una película resultaría carísimo. Y sería un precio demasiado alto sólo para que Sofía aprendiera algo sobre Atenas”.
Lo primero que me llamó la atención al despertar era el brillo del sol entrar por la ventana, era un sol diferente. Vamos, la ventana, las paredes, el piso, todo era diferente. La ventana era una abertura trapezoidal sobre la litera de piedra en la cual dormí, el salón era amplio, escasos muebles, se reducían a sillones con coderas, otros solo banquillos, todos de piedra. Un pedestal sobre el que se ubicaba un gran cuenco tallado en piedra con agua. La impresión de despertarme en un lugar tan diferente al que me acosté me llenaba de curiosidad más que miedo. Me levanté despacio y caminé hacia la puerta como hipnotizada.
Ahora si mi curiosidad se convirtió en algo de temor. ¿Cómo no temer si había reconocido frente a mi el templo de Atenea?
Quede sobrecogida pues no encontraba explicación a este fenómeno.
Me revisé y todavía tenía el gran camisón que me puse al acostarme color rosado sin ningún estampado y que me llegaba hasta las rodillas.
Respiré profundo, la brisa marina que venía de una playa que no lograba divisar era tan fresco y con un aroma muy agradable pero desconocido para mi.
Extendí mi mirada y quedé sorprendida, estaba el Partenón tal cual lo había imaginado alguna vez, tenía una majestuosidad y belleza que era difícil quitarle la mirada. Definitivamente estaba en Atenas.
Comencé a bordear el edificio donde había despertado y me di cuenta que era la Acrópolis. En mi recorrido reconocí el anfiteatro, en cuya tribuna unos adolescentes con el torso desnudo parecían recitar poemas.
Era increíble lo que me estaba pasando.
Al completar la vuelta y reingresar por la puerta que había salido me di cuenta que estaba atravesando los propileos, la mayor puerta de este edificio.
Volví a entrar y entonces recién advertí que había cuatro varones vestidos con túnicas blancas que se diferenciaban por los ribetes que llevaban. Me acerqué a ellos y solo el más joven me prestó atención, los otros, mayores siguieron conversando como si no existiera.
Puse atención sobre lo que discutían y me di cuenta que estaba en una conversación filosófica, reconocí a Platón y Sócrates, pues así los llamó el más adulto de todos, que luego supe que era Critón y por fin alguien llamó por su nombre al cuarto y resultó ser Euclides.
Me dediqué a escuchar atentamente la discusión.
Estaban buscando la mejor forma de graficar en un dibujo la vida y cada uno tenía una posición que defendía y justificaba con argumentos que me parecieron sólidos.
En el medio de la conversación, el más joven, Platón, me miró y me peguntó cómo me llamaba y que hacía allí. Le dije llamarme Alessia y que estaba de paso.
-         Qué extraña tu ropa – alcanzó a decirme antes de voltear y continuar en su discusión como si no existiera.
Me sentí extasiada ver discutir a estas eminencias filosóficas, cada uno tenía una idea descabellada para intentar representar la vida en un solo gráfico. Sócrates había planteado un dibujo como un camino y luego poner algunos obstáculos en forma de piedras, para representar las dificultades de la vida, Platón estaba de acuerdo pero decía que este camino debía estar pegado a un río, el río en algún momento podía invadir el camino, pero el camino no podía invadir el río. Para el, el río era la vida misma y el camino el destino de una persona. Critón decía mas bien que la vida eran muchos caminos, cada uno de ellos una empresa que emprendías, los caminos cortos eran los fracasos y los largos los éxitos de la vida, por eso, la figura más representativa era un gran bosque atravesado por muchos caminos que terminaban en ningún lado. Euclides decía que la vida era fácil de representar como una planta, las raíces eran la base moral e intelectual de la persona y de acuerdo a esta el tallo podía ser endeble como un carrizo o fuerte como un abeto, así, cuando se acababa la vida, el tronco del abeto podía quedar mucho tiempo de pie, porque sus raíces lo permitían.
Era una discusión bastante apasionada, cada uno ponía un punto de vista que parecía ser razonable sin embargo era rebatido por los otros tres. La emoción con la que discutían hacía muy curiosa la escena, sus exposiciones eran serias y apasionadas pero nunca llegaba alguno a perder la compostura, se notaban personas con un control absoluto sobre sus emociones, pero era indudable que el calor de la discusión iba en aumento. Y de todos Sócrates parecía estar a punto de perder la paciencia.
Viéndolos más detenidamente me di cuenta que tras la ligera túnica todos tenían cuerpos musculosos y bien cuidados, se notaba que, o hacían ejercicios o la naturaleza había sido muy generosa con los cuatro. Si alguno de ellos me hubiera coqueteado seguro que hubiera caído rendida a sus pies.
Poco a poco fui acercándome a ellos, que se encontraban ahora de pie, trazando con un pedazo de carbón sobre una especie de pizarrón hecho de cuero, con un marco de troncos rústicos. Trazaban las ideas sobre el y luego las borraban con un paño humedecido. Tan ensimismados estaban ahora en esta discusión que no les importaba mi presencia. Poco a poco me había acercado al grupo, aprovechaba para rozar el brazo o el cuerpo de cada uno, como para salir de dudas que esto estaba ocurriendo. Tanto roce me estaba subiendo la adrenalina y ya comenzaba un fandango hormonal en mí.
Sorpresivamente Euclides me miró y dijo:
-      ¿Y que opina Ud jovencito?
-      En realidad jovencita, maestro – le corrigió Platón – y se llama Alessia.
-      Una niña, al parecer foránea, no recuerdo haberla visto en Atenas – terció Critón.
-      Ah, una niña – dijo Sócrates – Creo que una niña no tiene la posibilidad siquiera de plantear una solución a este problema. ¿O si? – se preguntó con un mohín que tomé como reto.
-      René… - alcancé a decir, pues tuve la intención de referirme a René Descartes, tuve que cambiar sobre la marcha pues advertí que una referencia así era impropia puesto que Descartes nacería siglos después.
-      Rene…goncito, había resultado usted – dije muy entrada en confianza mientras los otros tres ocultaron con dificultad sus risas.
Y comencé con mi punto de vista, muy segura de mi. De pronto se me ocurrió una idea sencilla de cómo graficar la vida.
Tomé el paño húmedo y borré todo lo escrito en el bastidor de cuero que hacía de pizarrón. Más de uno quiso detenerme.
Tracé dos líneas, una vertical y otra horizontal, el primer cuadrante de un plano cartesiano, y les dije:
-      La vida es esta línea – señalando la línea de las abscisas – empieza en la unión con la línea transversal – refiriéndome a las coordenadas.
Noté que había logrado la atención de todos con mi actitud. Y seguí.
-      Este punto, denominado el 0,0 significa el nacimiento, el inicio de la vida, y hacia la derecha el crecimiento, para este caso anual. Entonces anotaremos cada año de vida en esta misma línea. 1,2,3, y así hasta el momento de la muerte, si la persona muriera, por ejemplo a los setenta años, tendríamos en esta recta setenta segmentos del mismo tamaño, uno por año. Es una línea de tiempo.
-      Caramba – se apuró en decir Euclides – es una idea original y sabia, me asombra su simpleza. En una sola línea quedan registrados el nacimiento y la muerte, muy interesante.
-      Sin embargo, para lo que queremos graficar no nos sirve – remarcó  vidrioso, Sócrates - ¿Cómo estarían registrados los eventos más importantes de la vida?, ¿El amor, las alegrías, los sufrimientos, los triunfos y todo aquello que es necesario registrar de nuestras vidas?.
-      Si, maestro, sobre todo el amor – se apuró en decir Platón.
No puedo decirlo ahora pero en ese momento las respuestas a estas preguntas brotaron de mí como si las hubiera preparado, entiendo que podría ser por mi experiencia profesional y mi dominio sobre las matemáticas.
Alcancé a pensar también que intuía de dónde venía el interés de Platón por el amor, si a él le debemos el concepto de amor platónico.
-      Si queremos graficar el amor lo que tenemos que haces es dibujar unas líneas paralelas sobre la línea de la vida, – dije - por lógica la línea del amor debe ser más corta que la vida, incluso alguien podría tener más de una de estas líneas. Tantas como amores haya tenido. Y podría ser necesario que en el mismo lapso de tiempo se registren dos líneas, ¿acaso no hay personas que pueden amar a más de uno?
En seguida comencé a registrar sobre la línea de la vida algunas líneas que graficaran el amor, conforme lo estaba concibiendo.
-      Si, es cierto, esta forma es representativa, pero ¿Cómo graficaría los momentos de felicidad por ejemplo? – volvió a preguntar Sócrates.
Puta madre, filósofo tenía que ser me dije.
Y se me ocurrió casi al instante.
-      Para los momentos de felicidad debemos precisar primero que la felicidad en la vida no puede ser continua, no existe un estado de felicidad permanente, la felicidad son pequeños momentos, unos instantes, pero son tan gratos que su sensación la hacemos duradera porque nos gusta. Por eso que para graficarlos podemos usar puntos – me sentí una genio explicando esta nueva teoría – y para hacerlo más representativa estos puntos podrían ser de colores, un color para las alegrías causadas por el amor, rojo por ejemplo, otro color para las alegrías ocasionadas por los amigos y la familia, y así podríamos registrar nuestros momentos felices.
Parecía que ninguno respiraba, su atención era absoluta a lo que iba diciendo.
-      Entonces – agregué - ¿se imaginan lo colorido que sería graficar la vida de las personas felices y lo sombrío de aquellos que no la conocen o no la han conocido nunca?
-      Y…¿Si quisiera graficar un hecho resaltante en mi vida cómo lo haría?, por ejemplo el nacimiento de un hijo – preguntó Platón.
Respiré profundo y exhalé con lentitud, meditando la respuesta que daría, esto no se me había ocurrido así que la respuesta tendría que ser ingeniosa.
-      Un hecho notable en la vida tiene que ser bueno o malo – apunté – si es bueno, al igual que la felicidad lo anotarás como un punto de color, si el hecho es mucho más duradero, como por ejemplo un cargo público, puedes trazar una línea paralela similar a la del amor, pero acá lo interesante es que debes usar un color, por ejemplo el negro, para los hechos nefastos o malos. Y con colores vivos para hechos que son dignos de recordar y tener presentes siempre. De esta manera, con sólo mirar los colores del gráfico de vida de una persona sabremos si es o fue feliz o por el contrario es una persona infeliz o fracasada.
Comenzaron a aplaudir, no alcanzo a identificar quién fue el primero, pero todos lo hicieron contentos, como era previsible Sócrates parecía hacerlo por compromiso o por no defraudar a sus discípulos.
Ne sentí importante como jamás en mi vida.
Se me escarapeló todo el cuerpo.
De pronto sentí unas inmensas ganas de salir corriendo.
Pensé que seguramente estaba despertando de mi sueño, pues esto solo podía ser un sueño  mío.
Di media vuelta y entre los aplausos me dirigí a la puerta, por donde ahora la luz que entraba era tan brillante que me hizo recordar al túnel que dicen haber visto quienes regresaron del umbral de la muerte.
No hicieron ningún intento por detenerme, pero cuando ya estaba a punto de salir me alcanzaron a gritar, no se quién de ellos:
-      ¿Qué más debemos saber de ti, pequeña extranjera?
Juro que iba a contestar “Pequeña la tienes”, pero preferí seguir adelante.
Mientras levantaba mi brazo derecho sintiéndome una emoji del whatsapp y sabiendo que el término que iba a decir era desconocido todavía, sin voltear alcancé a gritarles:

-      Que soy una sapio sexual…!!!




PD. Gracias a la valiosa colaboración de Patsy Sofía y su alter ego.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...