Querido
César:
Te
escribo esta carta por que se que las cosas que te tengo que decir no las
podría decir mirándote a la cara, además, he decidido no vernos más, no verte
más.
Te
preguntarás por qué tomo esta decisión.
Creo que
es el momento exacto para poner fin a lo nuestro y que cada uno vuelva a su
camino, ni yo puedo andar el tuyo ni tu podrás jamar ser la compañía correcta
en el mío.
Criada
como hija única, rompí muchos de los moldes que acepté voluntariamente desde
adolescente, sin embargo, llegaste tu, con esa apariencia que llamaba la
atención, con ese brillo acentuado con tratamientos de belleza masculina, tus
finos modales, tus maneras para tratar a las mujeres y tu fascinante
verbosidad.
Si,
tienes un arrastre de masculinidad y todas las chicas, especialmente las tontas
como yo, nos dejamos cegar. Cuando te vi por primera vez, se me incrustó en la
cabeza tu figura, tu caminar, decidí acercarme a ti y conseguir tu amistad y
luego tus favores. Desde que nos saludamos por primera vez, sabía que eras un
amor imposible, tienes esposa e hijos. Yo, una pipiola estudiante universitaria,
que sueltamente aceptó una relación que no llegará jamás a buen puerto y por
eso me hago responsable de sus consecuencias.
No sabes
lo difícil que fue ocultarles a mis padres lo nuestro, sobre todo a mi madre,
ella lo intuía, lo veía en sus ojos. Cada despedida al salir de casa con su
mirada profunda, fija y triste, opacada por la sombra de quien sabe que ha
fracasado como mentor de su propia hija, me golpeaba en el centro del corazón,
mi espíritu se derretía cual restos de cera que un cirio deja al llegar el fin
de su luz, que me hacía sentir infinitamente culpable, impura ¿Cómo hacer para
que se vuelva a encender ese cirio y engendre una llama con igual luminosidad?
¿Imposible? Yo lo hacía. Tu amor me levantaba de las cenizas y me reconstruía
como copia del original. Claro, todo era hipocresía, me obligaba a cambiar para
no despertar sospechas, para continuar a tu lado, para seguir contigo porque te
sentía parte de mi, por que creía que te disfrutaba.
Una
hipócrita experta. En eso me convertí ¿me convertiste? Las veces que caminaba a
tu encuentro a dos o tres cuadras de mi casa, atravesando esas calles desiertas
donde estacionabas tu carro para esperarme, sentía como todo mi ser se rediseñaba,
pasaba de las cenizas del fénix al majestuoso ave que iba tras tuyo. Contigo
cada segundo era una explosión de alegría, una aventura con destino desconocido
pero de travesía feliz, me sentía cómoda y el futuro no me interesaba, mientras
estuvieras en mi presente.
Pero te
cuento, siempre intenté salir, escapar de esta relación en la que perdíamos
todos los involucrados menos tu. Juro que lo intenté muchas veces, las tres o
cuatro ocasiones que nos dejamos de ver hasta por dos semanas, por que estaba
enferma, fueron fingidas, intentos de dejarte. Pero, ya ves, quedaron en
intentos.
Y hubo
señales, te lo dije, me convenciste diciéndome que eran como pimienta para el
asado, le daban sabor a lo nuestro, que no nuestro no sólo tenía que ser
prohibido, sino, sobre todo, emocionante.
Cuando a
mi papá se le dio por acompañarme al paradero dejando lo que tuviera que hacer,
fue una señal. Te llamaba y me bajaba de los buses para que me recogieras más
adelante; nos reíamos, éramos felices e inteligentes engañando al resto. Eso
creía.
Otra
señal a la que no hice caso, fue mi madre interrogándome por las cosas que
hacía al salir de casa, aprendió a manejar las redes sociales con una intención
pastoril de tenerme bajo control. Sus ojos acusándome por malas acciones que
percibía pero que no se atrevía a mencionarlas, brillosos, temblorosos,
recónditos, acusadores, pero prorrateando indulgencias inmerecidas que me
llegaban al alma como fierro fundido. Algunas noches me ponía a pensar en cómo
acabaría todo esto, qué haría, además de llorar desconsoladamente.
También aquella
señal del niño gordito que te conté, aquel que no se de dónde ni por qué
apareció. Tendrá unos catorce años, su uniforme confirmaba que era escolar. En
una ocasión, cuando me dirigía a tu encuentro, decaída como siempre, en una de
esas calles vacías, apareció de la nada. Solo dijo “hola”, luego me dio la mano,
saludándome, y enseguida me regaló un chocolate que no recuerdo qué hice con
el. Su sonrisa, sus ojos cristalinos, sobre todo su expresión tan cariñosa me
devolvía el ánimo inmediatamente, su presencia era tan airosa, divina que me
expliqué que tenía que ser un ángel que venía a bendecir nuestro amor. Y volvió
a aparecer al día siguiente y muchos otros, una vez me regalaba una tarjeta con
un paisaje de cuento, otras una medallita de valor casi insignificante, o una
flor arrancada de algún jardín cercano, pero que tenían la propiedad de hacerme
sentir bendecida por lo nuestro. Con el tiempo se animó a saludarme con un
“hola linda”, “hola princesa” u “hola preciosa”.
Seguro
que recuerdas las veces que llegué insegura a nuestras citas, que me ponía el
bolso en la cara para evitar que alguien me viera, pues esos días fueron
aquellos en que aquel “gordito” no apareció en mi camino. Así de importante era
para mi. Comencé a interpretar sus regalos, una flor verde la primera vez, para
hacerme ver que la vida es el destino de la esperanza, justo cuando la
necesitaba. Una rosa azul cuando iba a dar exámenes, para transmitir sabiduría
e inteligencia. Las medallitas, casi baratijas, con santos para mi cumpleaños,
momentos de alegría y circunstancias difíciles, cada uno de ellos el apropiado
para el momento que atravesaba, era una catarsis que me liberaba de culpa y de
remordimiento, no sabes qué feliz me sentí cada vez que lograba interpretar qué
me quería decir, después de googlear.
De dónde
salió este niño que me contagiaba tanto entusiasmo, no lo sé. Siempre quise
indagar por él, pero sus respuestas monosílabas y su obsesión por mirarme
sonriendo, me bastaron para creer en él, para acostumbrarme a sus
insignificantes regalos a los que antes de abandonarlos en lugares que no
recuerdo les buscaba una oportunidad de ser perdurables.
Pero,
hace una semana que no le he vuelto a ver. Te imaginas mi sensación de
inseguridad, entiendo que lo notaste, eres el hombre más inteligente que he
conocido, no puede haber pasado desapercibido mi nerviosismo, mi inquietud.
Estos últimos días a tu lado, además de agradables fueron también de vacilaciones,
de irresolución, me quemaba esta sensación por la imprevista desaparición del
pequeño amigo, mis dudas se agigantaron. Dirás ¿qué chica guapa no tiene dudas?
Te conozco.
Te cuento
que durante mi insomnio de anoche me puse a revisar los hechos sobre la última
vez que lo vi; después de una hora encontré la medallita de lata, oxidada, que
me entregó al mismo tiempo que se despedía con un “adiós preciosa”. La analicé,
busqué mucho la imagen grabada en internet, hasta que logré identificarla, es la
imagen de una valquiria nórdica, de Brynhild.
Me costó
entender lo que el “gordito” quiso decirme, por fin lo entendí.
Me estaba
indicando lo fuerte que tengo que ser para enfrentar a los enemigos más difíciles
y de cuánto valor necesito para superar mis propios temores, que la mejor arma
que tengo es mi orgullo y decencia (que quizás ya los habría perdido) y que
cualquier victoria comienza en nuestro interior.
¿Te
imaginas? Un escolar dándole lecciones a la mujer que cree que se está comiendo
el mundo por que tiene un amorío digno de un bolero cantinero o de cualquier
esquina.
Pero mi
orgullo pudo más.
No voy a
verte. Lo nuestro no puede ser amor.
Y si es
amor, no es más fuerte que mi orgullo. Así lo habría dicho Brynhild.
Es ese
orgullo que necesitaba para dejar esta situación y que aquel niño me ayudó a
recuperar. No sabes cuán feliz y segura me siento.
Pero ese
niño ¿Por dónde andará? ¿Lo volveré a ver?
Ojalá que
si. Quiero darle las gracias por lo que me devolvió, quiero abrazarlo.
En todo
caso estoy segura que voy a rezar mucho por él.
Pretendo
fortalecerme visitando algunas iglesias en esta Semana Santa que habíamos
planeado pasar juntos. También quiero renacer.
No quiero
ni imaginar cómo lo tomarás. No me importa.
Ahora
solo quiero dejarme invadir por esa sensación de libertad, de orgullo, de
alegría y de agradecimiento profundo para aquel niño, que con su sonrisa
inocente tuvo la claridad de convertir su mirada en una luz que como agua
bendita limpió mis pecados. Y sus insignificantes regalos en acerados blindajes
que reconstruyeron mi alma.
Hasta
nunca, César.