Pese a
encontrarse en posición de casi sentado fue necesario que irguiera su tronco
para alcanzar a ver por la ventana del cuarto hacia la calle, pero solo logró
divisar los techos de algunas casas, las mismas de todos sus intentos, pues se
encontraba en el piso décimo cuarto, se contentó con un par de segundos, no tanto por que se
sintiera satisfecho sino porque el cansancio que lo invadía casi por completo
no le permitía más y se había cerciorado que aún no anochecía; había despertado
hace unos instantes por enésima vez sin noción de si era de día, tarde o noche,
le resultaba imposible llevar la cuenta del tiempo, no le interesaba tampoco,
pensó que quizás el desánimo lo estaba invadiendo pero prefirió convencerse que
era por la fiebre que no lo dejaba ¿cuántos días?, tres, cuatro, cinco. Tampoco
le importaba demasiado solo tenía una pequeña preocupación por que le estaba
durando demasiado.
La vida, su
vida, o lo que le quedaba de ella, para Eduardo García se había convertido en
una sucesión interminable de segundos, como un monótono rosario de mantras que
le brotaban con dolor en alguna parte de la cabeza y se instalaban
permanentemente en sus oídos; pero no tenía miedo, quizás el sentir que de
pronto se había quedado sin futuro le había despojado de todo temor. Se esforzó
por inhalar aire pese a que el respirador le ayudaba bastante, le habían dicho
que si no mejoraba le tenían que entubar. Pensó que rezar de nuevo le haría
sentirse mejor, lo dudaba, había rezado tanto desde que se enfermó, no
recordaba que fue primero, sus oraciones compulsivas o el barullo de sus oídos;
comenzó a mover los dedos de sus manos de uno en uno, luego siguió con los de
sus pies, era un ejercicio que realizaba cada que despertaba, tenía la certeza
que antes de que le llegara la muerte le llegaría la inmovilidad total de su
cuerpo. Inhaló, expiró, lentamente, varias veces, evaluó si su dificultad para
respirar se había agravado, le pareció que seguía igual, esto lo tranquilizaba.
Tomó la botella de agua de la mesa con bastante trabajo, solo podía mover el
brazo izquierdo porque el derecho lo tenia inmovilizado por las agujas de las
vías conectadas a dos botellas extrañamente asimétricas, una grande la otra
pequeña, una transparente como agua la
otra turbia como clara de huevo, sorbió un trago y sintió su boca amarga, como
nunca, cada día más amarga que el anterior, intentó pensar en algún sabor para
mejorar esta sensación tan angustiosa pero no pudo, últimamente comía tan poco
que no recordaba exactamente cuando lo había hecho por última vez.
Quiso seguir
bebiendo pero su cuerpo lo rechazó, a lo lejos el ulular de las ambulancias que
entraban y salían frenéticamente del hospital lo devolvieron a su propia
realidad. Se entristeció al punto que sintió que le brotaban lágrimas, desde
que estaba internado nadie lo había visitado, nadie podía visitarlo, la
emergencia sanitaria no permitía visitas, la intención era no arriesgar a mas
personas al contagio, eso le hizo sentirse mejor, así ninguno de sus familiares
se contagiaría ¿cuál de ellos? ¿había alguno? ¿le quedaba familia a sus
cuarenta y dos años? Cuarenta y dos años, es la edad en la que esta enfermedad
comienza a hacerse peligrosa, ¿por qué los jóvenes la superan sin problemas?.
Reparó que
se hacía mas pesado el cansancio en sus ojos, iba a quedarse dormido, entonces
una breve sonrisa, o una mueca que pretendía serlo, se dibujó en su macilento
rostro, antes de dormirse le hacía feliz acordarse de ella, de la persona que
lo había hecho muy feliz los días previos a su hospitalización, la que le dejó
los recuerdos que hoy guarda como el mayor, el único, tesoro de su existencia,
aquella a la que no culpa por nada y por la que gustoso podía dar su vida,
aunque su vida ya no fuera una atractiva promesa.
Amelia Ramos
era la mujer que le había robado el corazón, mas bien él se lo había entregado
voluntariamente. Era una mujer joven, alta, espigada, con un rostro dulce que
expresaba confianza, inteligencia y tenía la mirada que acompaña a las mujeres
indescifrables, exóticas, inmortales. Ella, se sabía una mujer interesante y
decidida, segura de lo que quería en la vida; provenía de una familia asentada
en Huacho, en la que no se conocían las carencias, había decidido estudiar
contabilidad en una universidad de Lima a donde se trasladó sin mayores dramas
pese a que sabía que tenía que vivir sola, estudiando y trabajando. Trabajaba
aunque no tenía necesidad de hacerlo, su padre podía costear sus estudios y su
manutención pero ella quería siempre sentirse independiente, libre de ataduras,
sobre todo económicas; le resultaba imprescindible ser independiente, no por
que pudiera hacer lo que quisiera sino por que tenía la necesidad de sentirse
igual que todos, tener las mismas posibilidades de triunfar y de fracasar, de
ser la responsable de su destino, eso la animaba a ser fuerte y decidida.
Era una
mujer sofisticada que sentía que iba por buen camino, se daba cuenta que la
trataban con respeto, en algunos casos con admiración, siempre se cuidaba de
ser amable con todos; por el lado sentimental había aprendido a tomarse las
cosas no muy en serio, por lo menos a no parecer apresurada por establecer una
relación, había tenido algunos compromisos y antes de involucrarse con Eduardo
García entabló una relación, la más prolongada de su corta vida, tenía veintiocho
años, con Jónathan. Los que los vieron juntos pensaron que estaban destinados a
formar un hogar, parecían el uno para el otro, pero sin embargo terminó. Ella
lo superó rápidamente, levantó la cabeza dignamente iniciando su siguiente
relación mientras que el tal Jónathan parecía haberse llevado la peor parte,
haber perdido a una mujer tan trascendente habían abreviado sus ganas de vivir,
se le notaba muy desmejorado. ¿Pero en realidad Amelia lo había superado? Se sorprendió
muchas veces haciéndose esa pregunta, inmediatamente reconocía que si, era un
capítulo culminado y desviaba sus pensamientos pero sabía que el solo haberse
preguntado era porque quedaba algo por saldar dentro de si, los recuerdos no se
invocan sin alguna voluntad, se demandan porque tenemos algún interés, no nacen
como las flores, los animales y cualquier ser vivo, que previamente fue
concebido y sabes que en algún momento emergerá, no, los haces nacer tú en el tiempo
deseado, cuando los necesitas o por lo menos crees que los necesitas; sin
embargo, ella nunca reconoció interés alguno más bien puso empeño en reforzar
su actual relación.
Eduardo y
Amelia se habían conocido un año antes, desde que el la vio por primera vez se
sintió impactado por su belleza pero prefirió mantener su distancia porque
entonces ella era la enamorada oficial de Jónathan, Eduardo era un hombre
maduro que provenía de una familia cañetana, su padre era el dueño de un
restaurante muy exitoso y preferido por los turistas, en clara oposición a la
tradición familiar, eligió no dedicarse al mismo negocio, aunque desde pequeño
cocinaba prefirió la ingeniería y se graduó de ingeniero pesquero, se casó muy
joven y se divorció veinte años después, llevaba dos años como divorciado
oficialmente y cinco separado de su ex esposa con la que tuvo una hija, ellas
se quedaron residiendo en Cañete mientras el buscó que rehacer su vida en Lima,
en realidad solo buscaba huir del ambiente aquel que creía le hacía daño; había
cultivado un extraño respeto por su esposa e hija y por eso vivía solo, en
realidad solitario, tenía pocos amigos y no tenía muy claro si sería bueno para
el un nuevo episodio sentimental hasta que la conoció a ella, a Amelia.
Se dedicó a
admirarla y cultivar con mucho cuidado ese sentimiento que crecía dentro de si cuidándose
de mantenerlo oculto, pensó si no sería necesario hacer algo que lo
evidenciara, quizás algo extremo, hasta que se enteró que Amelia había
terminado con Jónathan, entonces se decidió a conquistarla y después de ocho
meses se hicieron enamorados.
Acababan de
cumplir un mes cuando el gobierno anunció el inicio de una cuarentena como
medida para combatir la pandemia del coronavirus o COVID-19, el vio los
detalles de la noticia la noche de un domingo, después de dejar a Amelia en el
cuarto donde ella vivía tras disfrutar de un día a su lado celebrando estos
primeros treinta días de relación.
Tirado en la
cama, intentando adivinar cómo influiría esta situación en su relación, la
mayoría de personas no sabía qué cosas tendrían que modificarse en su
comportamiento durante un estado de necesidad como el que les tocaba vivir, se
le vino la idea que era una buena ocasión para aprovechar, para tener por más
tiempo a Amelia a su lado, quizás era la oportunidad para convencerla que le
dejara quedarse en su departamento, ella siempre evitaba invitarle a pasar, hasta
había creado una regla que les impedía a ambos quedarse en el departamento del
otro, pese a que ya habían tenido relaciones en hoteles.
No esperó
más, la llamó por teléfono y después de media hora de conversación le propuso
pasar la cuarentena juntos, en el departamento de él, con cierto recelo por el
temor de recibir una respuesta negativa; pero no, ella aceptó de buena gana,
con la condición de que pudiera retirarse en cualquier momento porque pensaba
que en estos quince días que duraría la cuarentena se podría presentar algún
problema familiar que la obligara a viajar a Huacho pues desde algunas semanas
atrás su padre la reclamaba.
Esa noche
Eduardo García no durmió, buscaba aprovechar esta ocasión para demostrar el gran
compañero que podía ser, quería fortalecer su vínculo afectivo, atraparla para
siempre, hacerla dependiente de el, convertirse en la pareja inolvidable,
imprescindible, obligatoria, quizás inevitable.
Se había
dado cuenta que a ella le encantaban los hombres hogareños, sobre todo los que
cocinaban. Preparó un plan, calculó los tiempos y memorizó las cosas que
tendría que hacer desde muy temprano, la emoción que sentía le puso impaciente,
no durmió repasando cada una de las tareas del plan y hasta pensó en las formas
de corregir las cosas sobre la marcha si acaso alguna de las tareas fallaran,
para todo tenía un plan b.
La llamó muy
temprano, apenas después de levantarse y se pusieron de acuerdo en que ella
llegaría para almorzar juntos después de arreglar algunos asuntos pendientes en
su trabajo. Sin desayunar salió al mercado cercano a su casa para comprar las
cosas que necesitaba para cumplir todo lo planeado; durante las largas
conversaciones que tuvieron se había dado cuenta que a Amelia no solo le
gustaba un hombre que supiera cocinar sino que también supiera preparar dulces
y postres, ella decía que la parte más importante de un almuerzo era el postre,
porque concentraba no solo el arte y la experiencia del cocinero sino sus
sentimientos, su espíritu todo metido en una porción que además terminaba
transformándose de poesía en sabor, pasaba de ser una cantidad de ingredientes
a la marca del espíritu del cocinero, encerraba y transmitía la calidez del
alma de su autor. Tal era la importancia que ella le daba al postre.
Al mediodía
Eduardo terminaba de preparar el almuerzo con el que esperaba encantar a
Amelia, en el horno, recién apagado, reposaba una porción de lasagna. Por algún
razonamiento que nació en su corazón o tal vez porque conocía poco de postres
había decidido preparar lo único que le salía bien, dulce de camote o
“camotillo”, como se le conoce en la región a una especie de mermelada
endurecida hecha con camote, chancaca y especias, además, a última hora se le
ocurrió también preparar unos vasos de un postre conocido como “carlota”, un
batido con un poco de gelatina de diferentes sabores, ambos en el mismo
recipiente pero separados.
Amelia llegó
antes de lo esperado, él se desvivió en atenciones por ella y era notoria su emoción
por pasar esta aventura juntos, sin darse cuenta se entregaron al amor como si
fuera un ritual de iniciación, como una ceremonia por un servinacuy tácito.
Se ducharon
juntos y en paños menores se sirvieron el almuerzo. La lasagna aún caliente fue
el preámbulo perfecto para esta temporada de amor.
Cuando ella
retiró el plato muy elegantemente hacia el centro de la mesa como señal de
haber terminado el le dijo:
- Te
he preparado un dulce muy sencillo que me enseñó mi abuela, me parece que es
una buena elección para un almuerzo familiar, por lo menos yo lo elegiría
siempre.
- ¿Qué
es? – preguntó ella emocionada.
- Un
poco de “camotillo”, es un dulce de camote muy tradicional en mi región.
- Ahhh…”camotillo”
– replicó ella tratando de mostrarse más emocionada de lo que estaba – desde mi
época de escolar que no lo he vuelto a probar, si me encanta.
El se
levantó de la mesa lentamente, sin dejar de observarla para percibir su reacción,
tratando de ser misterioso se acercó caminando, como si bailara, al fríobar que
tenía en el departamento, lo abrió lentamente y por completo para que ella
viera el dulce y los vasitos descartables llenos del batido con gelatina que
nunca se juntaban. Esperaba una reacción favorable pero alcanzó a notar que el
efecto fue mayor, ella se mostró más que sorprendida, quedó encantada y su
rostro irradiaba mucha felicidad, sus ojos brillosos eran el reflejo de una
gran emoción y despedían gotas de luz
que llenaban la habitación alejando la oscuridad de todos sus rincones; Eduardo
sintió que había acertado, su corazón se enterneció y se llenó de tanto amor
como nunca había sentido por aquella mujer que a pesar de su delgada pero
formada figura transmitía una gran fuerza y un optimismo que contagiaba
fácilmente a quien la mirara. Y el no dejó de mirarla por un gran rato pues una
interrogante se incrustó en sus pensamientos ¿en dónde había visto esa mirada?
quizás se parecía a la mirada de felicidad de su hija, no, este brillo en los
ojos de Amelia es más de mujer, de pasión, de deseo en crecimiento, de corazón
que pide amor, de mujer que sabe que ya lo encontró.
Pasaron tres
días durante los cuales solo les interesó amarse y entregarse olvidándose de
todo y de todos, solo les quedaba lugar para una pequeña noción del tiempo para
preparar el almuerzo y el postre; él cocinaba mientras ella lo miraba extasiada
como si quisiera guardar cada uno de estos momentos para toda la vida.
En la noche
del tercer día, mientras ambos fumaban después de hacer el amor, tirados sobre
la cama formando un nudo con sus cuerpos ella le dijo:
- En
verdad eres lo mejor que me ha pasado, eres el mejor que he conocido.
- Creo
que una mujer como tu vale cualquier esfuerzo, gracias por el halago querida,
no podría decirte que tienes la razón porque sólo conocí a Jónathan y tendría
que haber conocido a todos los que fueron en tu vida para evaluar aquello de lo
mejor que te ha pasado – le contestó tratando de ser divertido.
- Es
mejor no hablar de él, ya es cosa del pasado, ya fue…
- Bueno,
bueno…pero recuerda que no hablar de el no quiere decir que no existe, al pobre
lo vi hace unos días y parece que todavía no te supera, es más, no se si me miró
con odio o con envidia – insistió Eduardo.
- Si
pues…– parecía como si ella acabara de echar a volar su pensamiento hacia un
lugar lejano mientras lanzaba el humo del cigarrillo y su mirada se opacaba
como si una niebla, que baja del alma,
la invadiera, pareció sobreponerse de inmediato y alcanzó a decir – Pero contigo estoy mejor,
Edú, eres mejor.
- Sácame
de una duda Ami – la llamó así para ponerse a tono con los diminutivos que a
ella le encantaba usar y le desembuchó – ¿Por qué terminaron? ¿por qué lo
dejaste? ¿o el te dejó?
- Me
llegó un correo con una foto donde estaba con otra en una situación complicada,
me engañaba y yo cojudamente detrás de el – simultáneamente apagaba el cigarro
metiéndolo en un vaso que todavía tenía un poco de vino del que habían tomado
con la cena.
- Qué
buenos amigos tienes que se preocupan por ti – dijo Eduardo mientras besaba
suavemente su nuca.
- Fue
un anónimo, un correo desconocido, no se quién podría haber sido, pero en todo
caso se lo agradezco, de no ser por el todavía tendría una venda en los ojos y
la oportunidad de conocerte se hubiera perdido, solo tengo agradecimientos para
esa persona – le contestó empleando el tono que se emplea para acabar una
conversación; pero Eduardo insistió:
- Ah…¿y
cambiaría algo si te enteras quién te envió esa foto? – preguntó con una
extraña inquietud que quebraba su voz, era evidente que no había sido fácil
hacerla y que la respuesta le preocupaba, ella le contestó rápidamente para
ayudarlo a superar este momento embarazoso.
- No,
nada, para esa persona solo tengo mi agradecimiento – entonces se acomodó entre
los brazos de el y le besó los labios, con un beso cálido, casi desesperado,
mientras su respiración se agitaba como se agitan las olas en el preámbulo de
las tormentas.
Muy
temprano, mientras se bañaba Eduardo García ordenaba sus pensamientos,
aprovechando la frescura del agua, esperaba no despertarla para hacerle un
desayuno sorpresa, como una forma de prepararla para contarle un secreto; toda
la noche una duda había martillado sus pensamientos, era de esas dudas que se
convierten en un peso o una muralla que advertimos al menor movimiento y por
eso precede a todos nuestros actos llenando nuestro espíritu de dudas mayores.
No se sentía seguro aún, quizás observándola durante el desayuno podría
percibir una señal que le animara o desanimara, no tenía una decisión todavía y
se conformó pensando que podría postergar cualquiera sin ningún problema.
Mientras se
secaba alcanzó a ver por la pequeña ventana del baño una figura de mujer que
cruzaba la calzada alejándose, la comparó con la figura y el caminar de Amelia,
se le había hecho una costumbre compararla con toda mujer bonita que se le
atravesaba, siempre ganaba, no había mujer que le opacara su belleza, pensó que
este sentimiento por ella era nuevo en el ¿sería por la diferencia de edades?
¿es lo que siente un hombre maduro por el amor de una mujer tan joven? Evitó
responderse para no ampliar las dudas que esta mañana enfrentaba.
Sintió frío,
como aquel que lo hace tiritar cuando está con fiebre, mientras salía del baño,
se sorprendió de no ver a Amelia en la cama pues suponía que todavía dormía, el
departamento solo tenía dos habitaciones y casi se inmediato se dio cuenta que
no estaba ¿se habría marchado? Buscó con la mirada las cosas de ella y no vio
ninguna. Sintió más frío, se tocó la frente y estaba sudando, hervía,
definitivamente tenía fiebre. Abrió la ventana que daba a la calle de par en
par y sacó el torso, buscó a ambos lados de la calle la figura de Amelia, aunque
en el fondo presentía que se había ido.
Una
corriente de aire frío de improviso le dio en la cara y apreció que la garganta
le ardía, no era un ardor nuevo, advirtió que toda la noche lo había sentido
pero la imagen de Jónathan derrotado, destruido, había disimulado toda
sensación, cerró la ventana y se tiró en la cama escondiendo la cara en la
almohada. Comenzó a toser desesperadamente, en cada convulsión de su pecho la
imagen de Amelia lo invadía, lo consumía, Presintió que esta enfermedad no lo
dejaría huir fácilmente, quizás ya estaba grave. Total ¿quién podría estar sano
después de su partida?.