Otra vez esta soledad, esta sensación dolorosa que atraviesa todo mi ser, ese hoyo profundo en el que me sumerjo y me abandono al pesimismo, a la eterna espera de algo que tarda demasiado en llegar. Encima hoy es domingo. Cómo odio los domingos. La resaca acentúa esta sensación que acompaña al feriado que me obligo a pasar en casa.
Por la cantidad de luz que atraviesa mis cortinas calculo que estamos
cerca del medio día. Me levanto despacio para no despertar al hombre que ronca
en mi cama, me dirijo al baño, me doy un rápido duchazo de agua fría, me
cepillo los dientes con rabia y después bebo un poco de Gatorade® y bastante
agua helada que siempre guardo en el frío bar.
Regreso a la cama, me acomodo muy suavemente para no despertar a mi
compañero, total, no hay apuro, apenas despierte le diré que ésta es la última
vez que nos veremos, hasta aquí llegó nuestra relación. Puedo adivinar lo que
me dirá ¿qué pasó? ¿qué cambió? ¿las cosas que nos dijimos anoche en la discoteca
no fueron ciertas?, no lo entenderá; además, no puedo decirle que era un
experimento, una perla más del rosario de pretendientes que no logran hacerme
olvidar a Fernando, un paso en falso en el camino que tengo que recorrer para
encontrar a la persona adecuada. Aquella que acabo de descubrir no es quien me
acompaña hoy. Ya imagino la cara que pondrá.
Además es domingo, un buen día para terminar una relación, mañana con el
tráfago de mis labores diarias es probable que seas solo un recuerdo y para el
próximo fin de semana ni siquiera serás.
Así soy yo, así he sido siempre.
Y así ha sido siempre, o mejor dicho desde que comenzó la búsqueda del
reemplazo de ti, Fernando. ¿Por qué me dejaste? Bueno, la pregunta debería ser
¿Por qué te dejé? ¿Por qué tomé esta decisión cuando parecía que todo iba bien
entre nosotros? ¿Por qué se me ocurrió creer todo aquello que decías sobre mi?
Que era sumamente independiente, suficiente, luchadora e incansable guerrera.
Me decías lúcida e irreverente, que todo lo que me propusiera lo conseguiría y
me lo creí. Pensé que podría olvidarte y enrumbarme hacia una meta que aún hoy
no tengo clara, que no eras la compañía adecuada, que no te extrañaría nunca,
pero en esto último me equivoqué. Ya han pasado más de tres años y todavía te
recuerdo como si fuera ayer; en cambio tú, tú, ya tienes un nuevo hogar, se
suponía que tenía que ser al revés, las mujeres somos las del luto corto.
Siento un temblor frío en mi cuerpo, una pequeña brisa debe haberse
colado entre las cortinas, jalo las sábanas y cubro mi cuerpo todavía húmedo y
otra vez me zambullo en el hoyo de la soledad, respiro profundamente pero mi
respiración es más bien un suspiro entrecortado, esa sensación que me hace
recordar que desde siempre le tuve miedo solo a dos cosas, a la muerte y a
estar sola. Bueno, como decías, Fer, la muerte es la nada, dejar de ser, dejar
de soñar, dejar de sentir, sobre todo dejar de sufrir, entonces no tiene porqué
ser mala. Pero qué te digo, siempre me ha causado un gran temor, miedo profundo
a dejar de ser para siempre, pánico a no tener otro despertar, a dejar gente
que seguro sentirá tristeza por mi, a perder todo sin siquiera haber comenzado
muchas cosas. “No te preocupes, es natural que las mujeres se preocupen por la
muerte, acaso no son ellas las que crean vida” me contentabas, me
tranquilizabas. También la soledad me atemoriza desde siempre, no recuerdo
desde cuándo, me parece haber nacido con este miedo. Peor, sentirse sola
estando rodeada de personas. “Yo también me siento solo, a veces, aún cuando
estoy en casa rodeado por mi familia; y es cuando me doy cuenta que tú me
faltas” Tú siempre Fer, aprovechando para ser galante, inventando situaciones
románticas de la nada.
Lo cierto es que el miedo a la soledad y a la muerte siempre me acosan,
a veces en mis mejores momentos aparecen como una nube negra que oculta el sol
en un santiamén, mis instantes de alegría súbitamente se tornan inciertos, mi
estado de ánimo cambia de la nada cuando este temor me invade; y tú, Fer,
encontraste que me portaba insegura por culpa de esto “conmigo lo superarás, lo
prometo”, te ofreciste.
Vuelvo a suspirar y me invade un enorme deseo de fumar, de encender un
cigarrillo que consuma lentamente esta sensación, este temor a las dos cosas
que se que todos le temen, por lo menos eso me hiciste creer, Fer. Pero también
me enseñaste que tengo que vivir con ambas como si no existieran, con la
esperanza de que nunca me alcancen, o por lo menos no tan pronto. Eso lo supe
por ti. Aprendí tantas cosas de ti. Ahora que lo pienso, el hombre que sigue
durmiendo a mi lado ya no tiene nada que enseñarme y quizás por eso dejó de ser
interesante.
Recapitulo, de ti aprendí todos los días algo nuevo, algunas cosas
importantes y otras pequeñas pero trascendentes, aprendí a tener paciencia
frente a los imprevistos, aprendí que todo puede solucionarse y que a veces
esperar un poco nos acerca a esa solución, aprendí que era fácil memorizar una
canción si la escuchas todo el día, que el café es la mejor bebida para
acompañar la soledad, que la música a veces llena espacios y otras crea vacíos,
que leer un libro nos hace más libres pero primero nos esclaviza, que el sol
amanece y se oculta cada día de forma diferente, que las ensaladas a veces son
más ricas sin aliño, que hay que estar de buen humor para lavar el colador o el
rallador, que cuando haces un dulce no es tan bueno si no lo compartes, que
siempre es mejor guardar un vino dulce en el frío bar, que un beso de improviso
y cogiéndome la cintura se hace eterno, que hacer el amor es diferente a tener
sexo, que llorar resulta más común de lo que parece, que mi nombre en francés
es “mon chéri”, que entre dos se puede hacer una fiesta, que una flor tras la
oreja de cualquier mujer resalta su belleza, que caminar a tu lado diluye el tiempo
y acelera el metabolismo, que no necesitas soñar cuando la persona que quieres
duerme a tu lado, que no hay nada más erótico que el perfume del maracuyá
recién cortado, que aprender poemas largos es sencillo, tan sencillo que
memoricé muchos y ahora todos me recuerdan a ti, Fer. ¿Habrá alguna manera de
olvidarlos? de borrarlos de mi memoria sin que queden trazas y que nada me
recuerde a ti como me recuerda cada verso de ellos.
Pasaron las horas y sucedió todo cual lo planeado, soy una mujer soltera
otra vez, nada me ata a nadie, como decías Fernando, nadie es de nadie y todos
somos libres, con contrato o sin el. No me fue difícil decirle adiós a este
último pretendiente ¿o será que cada vez lo hago mejor? ¿me estaré
acostumbrando? No me conviene acostumbrarme pues mi temor a la soledad y a la
muerte podrían apoderarse de mi, podrían terminar con mi aparente tranquilidad,
con mi fortaleza, con aquellas cualidades que veías en mi.
Como ves, sigo armando mi futuro, “Tú, siempre armando” decías en tono
de burla, si supieras cómo quisiera que tuvieras razón y terminara de armar mi
vida.
¿Pero por qué seguir pensando en ti? ¿Para evitar sentir ese miedo que
los domingos por la tarde siempre me apuñala el alma? ¿Para evitar esa soledad
que duele más que nada? ¿Esa soledad que resuena en todo mi cuerpo como una
campanada cercana? ¿Para mantener la inútil esperanza de que todavía serás mío?
¿O porque recordarte es la única manera de tenerte conmigo, Fer?
Como ya es mi costumbre comienzo a recitar cada uno de los poemas que me
hiciste aprender esperando que me gane el sueño.
Extrañamente me siento bien, mi respiración no está agitada como otras
veces, de pronto me siento ligera, libre de peso, me invade una inusitada
tranquilidad, un desasosiego. Repaso la última estrofa que acabo de recitar
“Por eso en lo profundo de mis sueños despiertos, yo sigo esperando que vengas
un día, buscando el refugio de mis brazos abiertos. Y tendrás que ser mía”.
Sonrío, acabo de sentir una transformación en mi que hace bullir mis
entrañas. Si, algo acaba de cambiar en mi. No se cómo, solo se que es así.
Hasta mi soledad se siente cómoda. Ya no tendré dos temores jamás. Seguro que
la vida es mejor con tan solo uno.
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