¿Cuántas
horas llevaba frente a la computadora investigando? ¿seis? ¿ocho? ¿diez? Había
perdido la cuenta, recordó que no había probado bocado desde el desayuno, miró
su reloj que indicaba 20:48, entonces calculó unas doce horas de trabajo incesante.
Apagó el monitor y se puso una casaca ligera, el clima había comenzado a
cambiar; se cercioró de llevar las llaves de la casa consigo palpando de
memoria la cadena del llavero sujeto del lado izquierdo de su correa que
terminaba con el manojo de llaves dentro del bolsillo posterior de sus
pantalones, como lo hacía hace ¿veinte?, ¿veinticino? o treinta años quizás. De
sólo pensarlo un temblor sonoro le recorrió la espalda.
Como todos
los domingos se dirigió a la misma pollería, apenas se sentó se le acercó un
mozo y con acento que no lograba identificar si era colombiano o venezolano le
dijo mientras pasaba un trapo nuevo sobre la mesa y acomodaba los cubiertos
dentro de una servilleta de papel de color rojo con el logo de la pollería:
-
Buenas noches
señor ¿Lo de siempre verdad?
-
Buenas. Si, por
favor, pero no me traigas una gaseosa sino un café, después que termine –
contestó sin mirarlo, a la vez que vertía un chorro apreciable de alcohol en
gel del gran dispensador que ahora reemplazaba a las flores y otros adornos en
las mesas de todos los negocios de comida.
Durante
toda la cena se dedicó a revisar mentalmente la información que afanosamente
había estado buscando todo el día, mientras posaba sus ojos en un programa
dominical en el gran televisor que tenía frente a él, porque no lo veía, su
mirada parecía más lejana; no se sentía seguro si había despejado sus dudas o
mas bien se multiplicaron. Su investigación en internet sobre la manía que se
le pegó sin darse cuenta, que se había apoderado de él poco a poco,
imperceptiblemente, lo tenía inconforme. Ablutomanía, era lo más cercano
que había encontrado para lo que le pasaba. Esta es la definición a la obsesión
y compulsión crónica por lavarse las manos, considerado un trastorno obsesivo
compulsivo (TOC) por lo tanto era una enfermedad, una enfermedad siquiátrica.
Sin
embargo, estimaba que de ninguna manera lo de él era una enfermedad
siquiátrica, no podía ser un enajenado y a la vez un buen profesional y encima
buena persona, porque eso era él, se lo decían sus compañeros, sus amigos, sus
familiares y todos aquellos que tenían una relación con él. Estaba claro que,
como eran muchos los que tenían esa opinión de él, había que tomarlo por
cierto. Entonces lo suyo no era un TOC, no era una enfermedad, tal vez una
manifestación temporal e involuntaria como respuesta a algún evento
significativo en su vida.
Como
cuando de niño comenzó a arrancarse los pelos, esta mala costumbre le apareció
de pronto, sin siquiera darse cuenta, apenas su mamá lo notó le sometió a un
tratamiento contra los piojos, pediculosis, lo recordó por la mañana durante su
investigación. Así como apareció de pronto se fue, claro que los tratamientos
que soportó fueron mayúsculos. Al principio su mamá pensó que con solo untarle
los cabellos con un fijador o con vaselina sería suficiente, él intentaba
justificar lo que hacía porque no estaba contento con su peinado, quería
mejorarlo, además sus compañeros se burlaban de él por eso. Pero no respondió a
esta medicina. Luego le untaban la cabeza, primero con pasta de limón, luego
con café molido y hasta con el agua con que humedecían el tabaco durante una
noche, para desalentarlo al sentir el sabor amargo cuando se llevara los pelos
a la boca. Y nada. Hasta que un día, así como le vino esta mala costumbre se le
fue.
Acababa de
descubrir que esto podría ser una manifestación de un TOC, se le conoce como tricotilomanía
o tricofagia, es una de las más difícil de tratar, la recuperación de
los pacientes toma tiempo. Entonces lo de el no había sido una enfermedad, solo
una manía temporal. Duró ¿meses? ¿años? No podía precisarlo. Lo que si había
conseguido, aunque todavía no estaba seguro de su exactitud, es relacionar este
periodo de su vida con el evento condicionador. Todavía no lo daba por cierto
pero había trabajado con fechas y la la primera vez que se arrancó el pelo, fue
el día en que sus padres tuvieron una discusión bastante subida de tono y que
casi los llevó a la agresión. De eso estaba seguro, entonces, se metió bajo un
escritorio y cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos. Permaneció
acurrucado mucho después de que su padre se fuera de casa para retornar horas
después borracho, dando por terminado el incidente; pero él, permaneció allí
acurrucado todo este tiempo, rezando para que Dios lo ayudara e hiciera un
milagro que juntara a sus padres como antes. Llegó a pensar que la discusión
era por su culpa, se sintió un malhechor, su plegaria ya no pedía un milagro
que volviera a unir a sus padres, sino uno que le hiciera pagar su culpa. El
portazo anunciando la llegada de su papá ebrio lo transformó, le dio vida
propia a cada uno de sus órganos, de sus músculos, entonces jaló un mechón de
pelo de su cabeza pensando sentir dolor pero fue insensible, pensó que con eso
pagaría la voluntad divina de reunir a sus padres plenos de amor, como antes.
Cuánto
tiempo ha pasado y cuántas cosas han sucedido en su vida pero hasta ahora se
daba cuenta que ésta había sido una sucesión de manías, de obsesiones quizás
pero para nada enfermedades, no, lo suyo era controlable, no hay por qué
preocuparse.
Hoy había
identificado como dermatofagia la costumbre que tuvo durante algún
tiempo de arrancarse la piel de alrededor de las uñas de la mano, de morderse y
pellizcarse los callos o las partes donde la piel era gruesa, a veces hasta
sangrar, para arrancar pequeños pedazos de piel, pellejitos, que luego devoraba
como si se tratara de la comida postergada de un náufrago. Casi había olvidado
esta parte de su vida, ¿por qué durante tanto tiempo no le había dado
importancia? quizás tenía un motivo para no recordar, para olvidar.
Sin lugar
a dudas había tenido costumbres extrañas de las que recién hoy, con su
investigación tomaban importancia en su pasado; tenía que haberlas recordado,
es más, era necesario recordarlas porque lo contrario sería aceptar que se
trataban de verdaderos trastornos, TOCs, como dicen los médicos. Pero no, lo de
él no eran enfermedades siquiátricas de ninguna manera.
Encontró
otro capricho que también lo acompañó durante un tiempo, se llamaba ablutomanía,
fue la mala costumbre que desarrolló también de manera imprevista de lavarse
las manos a cada rato, le vino de la nada, sin darse cuenta de pronto sentía un
impulso por lavarse las manos, las sentía sucias no porque la estuvieran sino
porque un cambio de temperatura, un ruido alto, el paso de un vehículo a
velocidad, la caída de un objeto banal de manera casual fueron algunas de las
causas que lo impulsaban a buscar apremiadamente un baño, un lugar donde
lavarse las manos. Pero quizás esto podría haber sido una misofobia, es decir
un excesivo temor a los gérmenes y bacterias, temor que antes lo invadía muchísimas
veces en un día. Luego desapareció misteriosamente como llegó.
Pero solo
para dar paso a otro capricho, las compras, su deseo por visitar esas tiendas
grandes que ahora invadían la ciudad y adquirir algo, cualquier cosa, algunas sin
estar seguro si las necesitaba o si aunque sea le gustaban; se obligó a
levantarse apenas amanecía para cubrir su horario laboral más temprano y dedicarle
el resto del día a deambular por los centros comerciales, siempre hasta que
cerraran, de donde salía con el dinero justo para su pasaje, cuando no tenía
carro, después de haber gastado la última moneda que llevaba. Sus finanzas
andaban en rojo y se olvidó de socializar, prefería estar solo y quizás andaba buscando
la compañía de las cosas que compraba,
como quien adquiere amigos. Llegó a padecer hambre por que le debía a medio
mundo, lo que cobraba con las justas le alcanzaba para alimentarse y pagar
algunas deudas obligado a dejar otras para después.
Con la
información encontrada durante su investigación de hoy, sabe que se trata de la
oniomanía, claro, cuando nos referimos a una obsesión enfermiza, un mal
siquiátrico, que definitivamente no era su caso.
Y fue éste
estado de necesidad en el que se encontraba, apurado por las deudas, la misma que
lo sacó de esta situación, decidió no comprar nada más cuando se dio cuenta que
ya no disponía de créditos y que su relación con los bancos sólo eran por las
deudas por pagar hasta que equilibrara su presupuesto.
Definitivamente
que el recurso fue genial, quién lo hubiera hecho igual, reemplazó hacer compras
por hacer regalos, comenzó a obsequiar una a una las cosas que había adquirido,
casi todas aún nuevas, primero las que tenía guardadas porque eran inútiles
para él, pero quizás valieran algo para otros, luego siguió con las cosas que
consideraba menos importantes entre las que le quedaban. Pronto le agarró ese
gustito que se siente cuando uno recibe un premio o una palmadita en el hombro,
se sentía mejor cuando también comenzó a recibir regalos de otras personas,
salía de casa con algún objeto para regalar en el trabajo a alguien que
previamente había decidido pero, habitualmente lo regalaba por el camino.
Pronto se dio cuenta que era una manía, cuando comenzó a perder cosas que
apenas entregarlas tomaba en cuenta que eran necesarias. Si, claro, entre los
Trastornos obsesivos, compulsivos es conocido como doromanía, es decir el
trastorno siquiátrico que te impulsa a dar y recibir regalos, que tampoco era
su caso.
El mozo se
acercó con su pedido y le puso otra servilleta, la que había en la mesa se
había transformado en un origami, como siempre no podía identificar de buenas a
primeras a qué o quién representaba, lo haría al recoger la mesa, había
encontrado palomas, sapos, dinosaurios, osos, aviones, le daba curiosidad ver
de qué se trataba en esta ocasión, por eso se retiró mirando de reojo la
pequeña figura de papel que parecía un adorno más de la mesa.
Volvió a
esparcir abundante alcohol en gel sobre sus manos y frotárselas con una toalla
invisible como si se las secara apenas lavarlas, luego las levantó y las
abanicó con fuerza cerca de sus hombros como un músico en un cierre sinfónico
con panderetas imaginarias, frotó sus cubiertos limpios en la servilleta nueva
y con movimientos parecidos al de un neurocirujano a punto de operar comenzó a
comer el chaufa humeante.
Las cosas
que había encontrado durante su última navegación en internet giraban alrededor
de su cabeza, intentaba controlar sus ideas pero cual carrusel musical y
colorido las imágenes que había analizado durante todo el día lo llenaban todo
dentro de su conciencia.
Hipnomanía, así se llamaba una de los
trastornos siquiátricos que había revisado hace poco, no podía establecer en
qué época de su vida había pasado por una etapa en que se le dio por dormir, se
levantaba apremiado por su horario de entrada al trabajo, pero en el trayecto
hacia el, en el transporte público, buscaba la manera de echarse una dormidita
un ratito, había adquirido la habilidad de dormitar apenas se sentaba y de
despertarse una cuadra antes de llegar a su paradero; una vez en casa, cenaba y
veía televisión por un rato y con un libro bajo el brazo se iba a dormir de
inmediato. Pero también dormía en el trabajo, había acondicionado un rincón en
un almacén donde se escondía para darse una “pestañeada”, aunque nunca pasó de
cuarenta minutos, era una necesidad que se le aparecía de pronto ¿una manía?
Claro que no. El controlaba la situación, decidía la hora y el lugar en donde
dormir, lo había hecho inclusive de pie en el tren eléctrico o en el
metropolitano, en el interior de un baño y por esa época si iba al cine era
solo para dormir.
Claro, de
ninguna manera podía tratarse de una manía.
Dejó los
cubiertos un rato, volvió a verter un chorro del alcohol en gel sobre sus manos
y se las frotó ávidamente hasta que hubiera desaparecido rastros de humedad
sobre su piel.
- Qué rico… – se dijo en voz no muy
baja, como cuando se le habla a una persona cercana a uno – Estoy seguro que
esto no es una manía, es el gusto de sentir como el gel poco a poco se
desvanece de la piel, cómo cambia de temperatura pasando a dejarte ese frío que
es la metáfora de la vida, de lo efímero, de lo que tiene que acabar ¿por qué
todo tiene un final? ¿por qué no tenemos
algo eterno? – se dio cuenta que estaba hablando solo y se reacomodó en la
silla que parecía estar hecha para su cuerpo - bueno,
por lo menos no es ablutomanía, de eso estoy seguro.
Dejó los
cubiertos sobre el plato y se limpió los
labios y parte de la cara con la servilleta nueva, procurando no deformarla.
¿Por qué
tengo que pensar que algo que me gusta es una manía? ¿Si no lo acepto significa
que estoy loco? Y si lo acepto también, no me dejan alternativa – pensó a la
vez que soltaba un suspiro discreto que nacía de la sensación que le había
dejado las cosas encontradas en internet durante el día – acaso acostumbrarse a
algo tiene que ser una manía, no, en mi caso es orden, responsabilidad, eso que
le dicen disciplina.
Sacó un
papel doblado del bolsillo de su camisa, lo alisó sobre la mesa, a un costado
del plato y lo alejó hacia el centro de la misma pero no tanto como para no
poder leerlo, eran las fechas y los acontecimientos de su vida que había
comenzado a ordenar a medida que avanzaba su investigación. Después de aceptar
la primera coincidencia de que su comportamiento maníaco de arrancarse los cabellos
y comérselos cuando niño podría haber sido una tricofagia y, tras haberse
convencido de que la causa fue el inicio de la violencia entre sus padres y que
terminó cuando ellos se separaron, encontró que las otras manías que desarrolló
también coincidían con fechas de eventos importantes que podrían ser los
desencadenantes. Pero, con seguridad esto se debía a su necesidad de ser
disciplinado pues de otra manera no sería lo que ahora es.
Miró las
fechas, al costado de cada una de ellas había hecho una anotación, leyó la
primera, decía “compromiso de mamá”. La dermatofagia que lo persiguió durante
una parte de su vida coincidía con la fecha en que su mamá se comprometió con
quien hasta hoy es su marido, a él le gustó la idea al principio, pero cuando
percibió que su madre ya no era solo para él las cosas cambiaron, comenzó a
morderse las uñas frente a la televisión, muchas veces lo mandaron a dormir
temprano creyendo que se ponía nervioso con los programas que veía pero su
comportamiento se agravó. Su madre lo llevó al médico y aunque nunca recibió el
diagnóstico frente a él, sospechaba que no era una enfermedad, pues de pronto
pasó, se acabó, desapareció, de ser una manía la tendría hasta ahora. Sonrío
levemente mientras bebía el café que le habían traído y que parecía seguir
hirviendo.
A través
de la nube de vapor volvió a mirar el papel sobre la mesa y leyó “la bonita dos
veces”. Así llamaba a su primer amor, si aquella bella muchacha, de delicada
figura y mirada coqueta de la que se enamoró ¿o se enamoraron? Era maravillosa,
al principio, luego cambió un poco ¿qué será de su vida? ¿habrá conseguido sus
sueños? Estoy seguro que si, era bien decidida, y bastante lúcida para su edad.
Se llevaban muy bien hasta que escuchó a alguien decir que era mucha mujer para
él. Entonces vino lo de lavarse las manos a cada rato.
Al
principio tampoco le prestó importancia, recién lo consideró un problema cuando
ella se lo dijo. Pero ¿por qué se lo dijo así? “Si no te controlas, te dejo”
Fue peor, sus ansias de lavarse las manos se volvieron irreprimibles, probó
muchas formas para esconder esta manía que le costaba muchas burlas, usó
guantes, hidratantes, humectantes, astringentes entre otros productos pero,
nada le quitaba ese deseo constante e intenso, parecía crecer cada día, lo
enfermaba, no lo dejaba llevar una vida normal, imagínense, todo el día
pensando en lavarse la mano. Lo peor era que cada vez le tomaba más tiempo jabonarse
y enjuagarse, como si un sudor que brotaba de sus manos que contenía los olores
de las cosas que había tocado y había imaginado se hiciera más espeso cada día.
Y claro
que esta manía también se le fue, cuando ella le dijo que no le volvería a ver,
después de haberla avergonzado quedándose atorado en el baño de una fiesta a la
que fueron juntos. La verdad era que él puso seguro a la puerta para no salir
pues no podía pasar más de cinco minutos sin lavarse, entonces todos se darían
cuenta y hubiera sido peor. Ella se fue y se llevó la ablutomanía, ¿eso era posible?
clínicamente no, por eso siempre digo que no era un trastorno obsesivo
compulsivo, era una manía cualquiera.
Se dio
valor respirando profundo y volvió a beber el café que parecía no haberse
enfriado, leyó la siguiente línea escrita que decía “adiós”, se refería a la
etapa en que comenzó a vivir solo. Desde muy joven consiguió trabajo pero parte
de lo que ganaba tenía que gastarlo en mantener la casa, por disposición del
marido de su mamá, al que nunca llamó papá, para entonces había nacido su
primer hermanastro y para contentar a su mamá y porque se había encariñado con
el recién nacido, todos los días, al retornar de trabajar le compraba algo,
generalmente pequeñeces, chupones, baberos, mitones, biberones y cosas como
esas. Cuando se marchó porque vivir con su padrastro se hizo insoportable
comenzó la manía de comprar, la que hoy sabía que se llamaba oniomanía. Claro,
para el no había sido ningún trastorno emocional sino un pasatiempo, una manera
de sentirse bien, hasta que su situación económica se hizo insoportable.
Parecía que nunca terminaría, no distinguía solución a la vista hasta que
consiguió un nuevo empleo, mucho mejor pagado, entonces con el empleo anterior
también se fue la oniomanía. En Buena
hora.
Entrecerró
los ojos para leer otra vez “chamba nueva” decía, si, con mejores ingresos que
le permitieron pagar todas sus deudas e inclusive comprarse su primer carro, el
bólido como lo llamaba. Claro, pensándolo con más calma, la idea de comprarse
un carro se volvió el impulso de sus días ¿una nueva manía? ¡Por supuesto que
no! Sólo quería mejorar, como cualquier persona y, lo logró, alcanzó su meta
entonces no está relacionado para nada con un TOC ¿o acaso a las personas
exitosas por alcanzar sus sueños se les considera maniáticas? claro que no,
pero después de este logro comenzaron esos días de regalo, de esa compulsión
por regalarlo todo, doromanía, también por recibir regalos, era una sensación
que lo completaba cuando daba y recibía, se sentía una persona importante, un
personaje. Nadie me puede decir que por eso soy un sicópata.
-
Peruvian Psycho –
dijo y soltó una risa que casi de inmediato tuvo que reprimir pues unas señoras
que comían en la mesa frente a la suya lo miraban entre curiosas y alarmadas.
Volvió a beber del café amargo y reparó en el gran televisor que colgaba
del techo, una banda peruana tocaba frente a una multitud que acompasadamente
movía sus cuerpos como si bailaran bailes diferentes, leyó el banner de la
pantalla “Glastonbury Festival – Cumbia all star from Perú”, qué bien se siente
esa música pensó, mientras parecía que sus vísceras se encogían y una extraña
evocación de recuerdos se disparó dentro de el como si su cuerpo sólo fueran
neuronas, nada de huesos, músculos ni órganos. Esa remembranza en que se había
convertido lo paseó por unos segundos a través de toda su vida, en realidad a
través de toda la música que había escuchado, de todo tipo, desde la clásica
hasta la urbana actual, había vivido etapas, pequeños ciclos en los que por
razones que no deseaba recordar había preferido un solo tipo de música, no fue
difícil reconocer de inmediato la canción que el televisor reproducía, “Cuando
se quiere como te quise no logra cerrar la herida que me abriste…” cantó
mentalmente por un momento con un profundo recogimiento acompañando la música:
-
Esa es “Traicionera”,
de los Destellos – se dijo – claro, es una composición de Manuel Mantilla, año
1977.
Se quedó
embelesado mirando la pantalla mientras pensaba que ésta podría haber sido otra
de sus manías, la música; pero no, sólo fue una cuestión de gustos, los gustos
pueden cambiar cada tanto, hasta el amor cambia y en el caso de la música es
una necesidad explorar todos los géneros para decidir cuál es el que preferimos
¿o acaso nos casamos con la primera persona de la que nos enamoramos?.
Tampoco es
una manía usar siempre zapatos marrones, ni la ropa interior color blanca o
azul o que todos tus pañuelos sean blancos o celestes, usar la billetera en el
mismo bolsillo durante años y que tus pantalones sean azules o negros tampoco,
menos juntar lapiceros de distintos colores o agendas con una página por cada
día del año, o escaparse para fumar cigarritos de canela de esos que se invitan
a las chicas en las discotecas, o usar mantequilla de cacao para tener los
labios como los de las mujeres que no pueden vivir sin ponerse labial, o
bañarse con agua fría todo el año. “Oye traicionera aunque me muera, donde yo
me encuentre rogaré por tu alma…” volvió a acompañar la música.
Durante
unos minutos esperó que terminara la canción para seguir con sus pensamientos,
mientras se dejaba llevar por esa sensación que provocaba la música, que lo
ponía en estado de indefensión, como si cayera en un pozo sin fondo en un viaje
agradable del que no pudiera salir mientras tuviera los ojos cerrados.
Abrió los
ojos apenas terminó la canción y reparó en los dos pequeños grupos de arroz que
había dejado en el plato.
-
Vaya manía la
mía, no logro relacionar esto con nada en mi vida, por lo menos no hasta hoy.
Volvió a
contar cada uno de los montoncitos de arroz que quedaron de su comida, era
llamativo ver los retos de comida agrupados en un solo lado del plato mientras
al otro aparecían estos dos grupos de
arroz, “como esas montañas solitarias en Marte”.
Con el
filo del cuchillo los iba separando sabiendo ya lo que encontraría.
-
Treinta y dos en el
de la izquierda y ciento cincuenta en el de la derecha.
Era lo que
esperaba, siempre que comía solo, casi todos los días, inconscientemente
formaba estos dos montoncitos de arroz en el plato, no lo entendía, no encontraba
una relación entre estos números y algún acontecimiento en su vida ¿Qué
significaban? ¿por qué se repetían? Gruñó y volvió a sus anteriores
pensamientos.
Con la canción
recordó que ésta estaba asociada a la etapa en que su manía era dormir, lo hacía
para escuchar la música romántica que por entonces se le había metido en la
cabeza, por eso se sentía seguro que la hipnomanía que lo afligió un tiempo no
era una enfermedad, solo era su deseo de aislarse para sentir la esencia de
cada canción. Claro que por eso ésta desapareció; entonces volvió a mirar el
papel y leyó al lado de la última fecha que había escrito, “Babe” decía.
Suspiró
con fuerza y los aromas de ella parecían invadirlo otra vez, recordó cada una
de las emociones que sintió y los momentos que vivió con ella, su última
relación, la que para él fue la única, la mejor, la mujer más grande que había
conocido, a la única que le alcanzó ese adjetivo “babe”, la dos veces bella mujer
o lo que es lo mismo, mujer con doble mayúscula. Le había costado mucho
conquistarla, nunca imaginó tener a una hembra así en su vida. Ahora ya no
estaba, se había ido, le dejó sólo porque su destino era otro, lo que él le
podía dar no era suficiente para una mujer brillante, intensa, insolente, ella
se merecía mucho más. Y se fue. Le dolió y la recordaba siempre. Pero el lo
entendió.
Claro,
ahora reconocía que la fecha coincidía con esta especie de manía, no era
ablutomanía, ya la había padecido y superado, ahora era el extraño gusto que
sentía después de rociarse abundante alcohol en gel en las manos y frotarlas,
dejar que el gel comenzara a secarse primero, dejando sus manos como de cuero, resistentes
al frotamiento, luego, a medida que cambiaban de temperatura, de caliente a
frío y luego a normal, se iba diluyendo esta sensación de papel hasta pasar a
una tersura comparada con la piel de un niño, o de una mujer como aquella. Y
que suerte que haya coincidido con esta pandemia, así donde fuera siempre
encontraría y tendría una justificación para echarse abundante gel en las manos
y volver a sentir que por un instante pasaba de no tener nada a rozar la piel
de ella.
Era una
metáfora del amor, porque así como el gel el amor también se va desvaneciendo,
ahora, mañana o más tarde, se hará nada, se va a evaporar después de habernos
regalado gratas sensaciones, al final solo será un recuerdo, un momento grabado
en nuestra mente, de donde cada vez que lo evoquemos emergerán alucinaciones
que extrañamos. Pero ¿cuánto tiempo sobrevivirá? A veces igual que el gel.
Pagó su
cena y muy despacio se levantó, se acomodó la correa y los pantalones, se puso
el cubre bocas, suspiró antes de colocarse las ligas en las orejas y volvió a
rociarse abundante alcohol en gel sobre las manos, se las frotó, separó y movió
los dedos como si tecleara un teclado imaginario.
-
Treinta y dos y
ciento cincuenta – pensó – sicópata peruano…jajaja – río de buena gana, sobre
todo porque sabía que nadie se daría cuenta por la mascarilla, mientras por un
instante sentía la piel de ella en sus manos.