LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

sábado, 20 de noviembre de 2021

MANÍA

 

¿Cuántas horas llevaba frente a la computadora investigando? ¿seis? ¿ocho? ¿diez? Había perdido la cuenta, recordó que no había probado bocado desde el desayuno, miró su reloj que indicaba 20:48, entonces calculó unas doce horas de trabajo incesante. Apagó el monitor y se puso una casaca ligera, el clima había comenzado a cambiar; se cercioró de llevar las llaves de la casa consigo palpando de memoria la cadena del llavero sujeto del lado izquierdo de su correa que terminaba con el manojo de llaves dentro del bolsillo posterior de sus pantalones, como lo hacía hace ¿veinte?, ¿veinticino? o treinta años quizás. De sólo pensarlo un temblor sonoro le recorrió la espalda.

Como todos los domingos se dirigió a la misma pollería, apenas se sentó se le acercó un mozo y con acento que no lograba identificar si era colombiano o venezolano le dijo mientras pasaba un trapo nuevo sobre la mesa y acomodaba los cubiertos dentro de una servilleta de papel de color rojo con el logo de la pollería:

-       Buenas noches señor ¿Lo de siempre verdad?

-      Buenas. Si, por favor, pero no me traigas una gaseosa sino un café, después que termine – contestó sin mirarlo, a la vez que vertía un chorro apreciable de alcohol en gel del gran dispensador que ahora reemplazaba a las flores y otros adornos en las mesas de todos los negocios de comida.

Durante toda la cena se dedicó a revisar mentalmente la información que afanosamente había estado buscando todo el día, mientras posaba sus ojos en un programa dominical en el gran televisor que tenía frente a él, porque no lo veía, su mirada parecía más lejana; no se sentía seguro si había despejado sus dudas o mas bien se multiplicaron. Su investigación en internet sobre la manía que se le pegó sin darse cuenta, que se había apoderado de él poco a poco, imperceptiblemente, lo tenía inconforme. Ablutomanía, era lo más cercano que había encontrado para lo que le pasaba. Esta es la definición a la obsesión y compulsión crónica por lavarse las manos, considerado un trastorno obsesivo compulsivo (TOC) por lo tanto era una enfermedad, una enfermedad siquiátrica.

Sin embargo, estimaba que de ninguna manera lo de él era una enfermedad siquiátrica, no podía ser un enajenado y a la vez un buen profesional y encima buena persona, porque eso era él, se lo decían sus compañeros, sus amigos, sus familiares y todos aquellos que tenían una relación con él. Estaba claro que, como eran muchos los que tenían esa opinión de él, había que tomarlo por cierto. Entonces lo suyo no era un TOC, no era una enfermedad, tal vez una manifestación temporal e involuntaria como respuesta a algún evento significativo en su vida.

Como cuando de niño comenzó a arrancarse los pelos, esta mala costumbre le apareció de pronto, sin siquiera darse cuenta, apenas su mamá lo notó le sometió a un tratamiento contra los piojos, pediculosis, lo recordó por la mañana durante su investigación. Así como apareció de pronto se fue, claro que los tratamientos que soportó fueron mayúsculos. Al principio su mamá pensó que con solo untarle los cabellos con un fijador o con vaselina sería suficiente, él intentaba justificar lo que hacía porque no estaba contento con su peinado, quería mejorarlo, además sus compañeros se burlaban de él por eso. Pero no respondió a esta medicina. Luego le untaban la cabeza, primero con pasta de limón, luego con café molido y hasta con el agua con que humedecían el tabaco durante una noche, para desalentarlo al sentir el sabor amargo cuando se llevara los pelos a la boca. Y nada. Hasta que un día, así como le vino esta mala costumbre se le fue.

Acababa de descubrir que esto podría ser una manifestación de un TOC, se le conoce como tricotilomanía o tricofagia, es una de las más difícil de tratar, la recuperación de los pacientes toma tiempo. Entonces lo de el no había sido una enfermedad, solo una manía temporal. Duró ¿meses? ¿años? No podía precisarlo. Lo que si había conseguido, aunque todavía no estaba seguro de su exactitud, es relacionar este periodo de su vida con el evento condicionador. Todavía no lo daba por cierto pero había trabajado con fechas y la la primera vez que se arrancó el pelo, fue el día en que sus padres tuvieron una discusión bastante subida de tono y que casi los llevó a la agresión. De eso estaba seguro, entonces, se metió bajo un escritorio y cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos. Permaneció acurrucado mucho después de que su padre se fuera de casa para retornar horas después borracho, dando por terminado el incidente; pero él, permaneció allí acurrucado todo este tiempo, rezando para que Dios lo ayudara e hiciera un milagro que juntara a sus padres como antes. Llegó a pensar que la discusión era por su culpa, se sintió un malhechor, su plegaria ya no pedía un milagro que volviera a unir a sus padres, sino uno que le hiciera pagar su culpa. El portazo anunciando la llegada de su papá ebrio lo transformó, le dio vida propia a cada uno de sus órganos, de sus músculos, entonces jaló un mechón de pelo de su cabeza pensando sentir dolor pero fue insensible, pensó que con eso pagaría la voluntad divina de reunir a sus padres plenos de amor, como antes.

Cuánto tiempo ha pasado y cuántas cosas han sucedido en su vida pero hasta ahora se daba cuenta que ésta había sido una sucesión de manías, de obsesiones quizás pero para nada enfermedades, no, lo suyo era controlable, no hay por qué preocuparse.

Hoy había identificado como dermatofagia la costumbre que tuvo durante algún tiempo de arrancarse la piel de alrededor de las uñas de la mano, de morderse y pellizcarse los callos o las partes donde la piel era gruesa, a veces hasta sangrar, para arrancar pequeños pedazos de piel, pellejitos, que luego devoraba como si se tratara de la comida postergada de un náufrago. Casi había olvidado esta parte de su vida, ¿por qué durante tanto tiempo no le había dado importancia? quizás tenía un motivo para no recordar, para olvidar.

Sin lugar a dudas había tenido costumbres extrañas de las que recién hoy, con su investigación tomaban importancia en su pasado; tenía que haberlas recordado, es más, era necesario recordarlas porque lo contrario sería aceptar que se trataban de verdaderos trastornos, TOCs, como dicen los médicos. Pero no, lo de él no eran enfermedades siquiátricas de ninguna manera.

Encontró otro capricho que también lo acompañó durante un tiempo, se llamaba ablutomanía, fue la mala costumbre que desarrolló también de manera imprevista de lavarse las manos a cada rato, le vino de la nada, sin darse cuenta de pronto sentía un impulso por lavarse las manos, las sentía sucias no porque la estuvieran sino porque un cambio de temperatura, un ruido alto, el paso de un vehículo a velocidad, la caída de un objeto banal de manera casual fueron algunas de las causas que lo impulsaban a buscar apremiadamente un baño, un lugar donde lavarse las manos. Pero quizás esto podría haber sido una misofobia, es decir un excesivo temor a los gérmenes y bacterias, temor que antes lo invadía muchísimas veces en un día. Luego desapareció misteriosamente como llegó.

Pero solo para dar paso a otro capricho, las compras, su deseo por visitar esas tiendas grandes que ahora invadían la ciudad y adquirir algo, cualquier cosa, algunas sin estar seguro si las necesitaba o si aunque sea le gustaban; se obligó a levantarse apenas amanecía para cubrir su horario laboral más temprano y dedicarle el resto del día a deambular por los centros comerciales, siempre hasta que cerraran, de donde salía con el dinero justo para su pasaje, cuando no tenía carro, después de haber gastado la última moneda que llevaba. Sus finanzas andaban en rojo y se olvidó de socializar, prefería estar solo y quizás andaba buscando la compañía  de las cosas que compraba, como quien adquiere amigos. Llegó a padecer hambre por que le debía a medio mundo, lo que cobraba con las justas le alcanzaba para alimentarse y pagar algunas deudas obligado a dejar otras para después.

Con la información encontrada durante su investigación de hoy, sabe que se trata de la oniomanía, claro, cuando nos referimos a una obsesión enfermiza, un mal siquiátrico, que definitivamente no era su caso.

Y fue éste estado de necesidad en el que se encontraba, apurado por las deudas, la misma que lo sacó de esta situación, decidió no comprar nada más cuando se dio cuenta que ya no disponía de créditos y que su relación con los bancos sólo eran por las deudas por pagar hasta que equilibrara su presupuesto.

Definitivamente que el recurso fue genial, quién lo hubiera hecho igual, reemplazó hacer compras por hacer regalos, comenzó a obsequiar una a una las cosas que había adquirido, casi todas aún nuevas, primero las que tenía guardadas porque eran inútiles para él, pero quizás valieran algo para otros, luego siguió con las cosas que consideraba menos importantes entre las que le quedaban. Pronto le agarró ese gustito que se siente cuando uno recibe un premio o una palmadita en el hombro, se sentía mejor cuando también comenzó a recibir regalos de otras personas, salía de casa con algún objeto para regalar en el trabajo a alguien que previamente había decidido pero, habitualmente lo regalaba por el camino. Pronto se dio cuenta que era una manía, cuando comenzó a perder cosas que apenas entregarlas tomaba en cuenta que eran necesarias. Si, claro, entre los Trastornos obsesivos, compulsivos es conocido como doromanía, es decir el trastorno siquiátrico que te impulsa a dar y recibir regalos, que tampoco era su caso.

El mozo se acercó con su pedido y le puso otra servilleta, la que había en la mesa se había transformado en un origami, como siempre no podía identificar de buenas a primeras a qué o quién representaba, lo haría al recoger la mesa, había encontrado palomas, sapos, dinosaurios, osos, aviones, le daba curiosidad ver de qué se trataba en esta ocasión, por eso se retiró mirando de reojo la pequeña figura de papel que parecía un adorno más de la mesa.

Volvió a esparcir abundante alcohol en gel sobre sus manos y frotárselas con una toalla invisible como si se las secara apenas lavarlas, luego las levantó y las abanicó con fuerza cerca de sus hombros como un músico en un cierre sinfónico con panderetas imaginarias, frotó sus cubiertos limpios en la servilleta nueva y con movimientos parecidos al de un neurocirujano a punto de operar comenzó a comer el chaufa humeante.

Las cosas que había encontrado durante su última navegación en internet giraban alrededor de su cabeza, intentaba controlar sus ideas pero cual carrusel musical y colorido las imágenes que había analizado durante todo el día lo llenaban todo dentro de su conciencia.

Hipnomanía, así se llamaba una de los trastornos siquiátricos que había revisado hace poco, no podía establecer en qué época de su vida había pasado por una etapa en que se le dio por dormir, se levantaba apremiado por su horario de entrada al trabajo, pero en el trayecto hacia el, en el transporte público, buscaba la manera de echarse una dormidita un ratito, había adquirido la habilidad de dormitar apenas se sentaba y de despertarse una cuadra antes de llegar a su paradero; una vez en casa, cenaba y veía televisión por un rato y con un libro bajo el brazo se iba a dormir de inmediato. Pero también dormía en el trabajo, había acondicionado un rincón en un almacén donde se escondía para darse una “pestañeada”, aunque nunca pasó de cuarenta minutos, era una necesidad que se le aparecía de pronto ¿una manía? Claro que no. El controlaba la situación, decidía la hora y el lugar en donde dormir, lo había hecho inclusive de pie en el tren eléctrico o en el metropolitano, en el interior de un baño y por esa época si iba al cine era solo para dormir.

Claro, de ninguna manera podía tratarse de una manía.

Dejó los cubiertos un rato, volvió a verter un chorro del alcohol en gel sobre sus manos y se las frotó ávidamente hasta que hubiera desaparecido rastros de humedad sobre su piel.

-           Qué rico… – se dijo en voz no muy baja, como cuando se le habla a una persona cercana a uno – Estoy seguro que esto no es una manía, es el gusto de sentir como el gel poco a poco se desvanece de la piel, cómo cambia de temperatura pasando a dejarte ese frío que es la metáfora de la vida, de lo efímero, de lo que tiene que acabar ¿por qué todo tiene  un final? ¿por qué no tenemos algo eterno? – se dio cuenta que estaba hablando solo y se reacomodó en la silla que parecía estar hecha para su cuerpo -      bueno, por lo menos no es ablutomanía, de eso estoy seguro.

Dejó los cubiertos sobre el  plato y se limpió los labios y parte de la cara con la servilleta nueva, procurando no deformarla.

¿Por qué tengo que pensar que algo que me gusta es una manía? ¿Si no lo acepto significa que estoy loco? Y si lo acepto también, no me dejan alternativa – pensó a la vez que soltaba un suspiro discreto que nacía de la sensación que le había dejado las cosas encontradas en internet durante el día – acaso acostumbrarse a algo tiene que ser una manía, no, en mi caso es orden, responsabilidad, eso que le dicen disciplina.

Sacó un papel doblado del bolsillo de su camisa, lo alisó sobre la mesa, a un costado del plato y lo alejó hacia el centro de la misma pero no tanto como para no poder leerlo, eran las fechas y los acontecimientos de su vida que había comenzado a ordenar a medida que avanzaba su investigación. Después de aceptar la primera coincidencia de que su comportamiento maníaco de arrancarse los cabellos y comérselos cuando niño podría haber sido una tricofagia y, tras haberse convencido de que la causa fue el inicio de la violencia entre sus padres y que terminó cuando ellos se separaron, encontró que las otras manías que desarrolló también coincidían con fechas de eventos importantes que podrían ser los desencadenantes. Pero, con seguridad esto se debía a su necesidad de ser disciplinado pues de otra manera no sería lo que ahora es.

Miró las fechas, al costado de cada una de ellas había hecho una anotación, leyó la primera, decía “compromiso de mamá”. La dermatofagia que lo persiguió durante una parte de su vida coincidía con la fecha en que su mamá se comprometió con quien hasta hoy es su marido, a él le gustó la idea al principio, pero cuando percibió que su madre ya no era solo para él las cosas cambiaron, comenzó a morderse las uñas frente a la televisión, muchas veces lo mandaron a dormir temprano creyendo que se ponía nervioso con los programas que veía pero su comportamiento se agravó. Su madre lo llevó al médico y aunque nunca recibió el diagnóstico frente a él, sospechaba que no era una enfermedad, pues de pronto pasó, se acabó, desapareció, de ser una manía la tendría hasta ahora. Sonrío levemente mientras bebía el café que le habían traído y que parecía seguir hirviendo.

A través de la nube de vapor volvió a mirar el papel sobre la mesa y leyó “la bonita dos veces”. Así llamaba a su primer amor, si aquella bella muchacha, de delicada figura y mirada coqueta de la que se enamoró ¿o se enamoraron? Era maravillosa, al principio, luego cambió un poco ¿qué será de su vida? ¿habrá conseguido sus sueños? Estoy seguro que si, era bien decidida, y bastante lúcida para su edad. Se llevaban muy bien hasta que escuchó a alguien decir que era mucha mujer para él. Entonces vino lo de lavarse las manos a cada rato.

Al principio tampoco le prestó importancia, recién lo consideró un problema cuando ella se lo dijo. Pero ¿por qué se lo dijo así? “Si no te controlas, te dejo” Fue peor, sus ansias de lavarse las manos se volvieron irreprimibles, probó muchas formas para esconder esta manía que le costaba muchas burlas, usó guantes, hidratantes, humectantes, astringentes entre otros productos pero, nada le quitaba ese deseo constante e intenso, parecía crecer cada día, lo enfermaba, no lo dejaba llevar una vida normal, imagínense, todo el día pensando en lavarse la mano. Lo peor era que cada vez le tomaba más tiempo jabonarse y enjuagarse, como si un sudor que brotaba de sus manos que contenía los olores de las cosas que había tocado y había imaginado se hiciera más espeso cada día.

Y claro que esta manía también se le fue, cuando ella le dijo que no le volvería a ver, después de haberla avergonzado quedándose atorado en el baño de una fiesta a la que fueron juntos. La verdad era que él puso seguro a la puerta para no salir pues no podía pasar más de cinco minutos sin lavarse, entonces todos se darían cuenta y hubiera sido peor. Ella se fue y se llevó la ablutomanía, ¿eso era posible? clínicamente no, por eso siempre digo que no era un trastorno obsesivo compulsivo, era una manía cualquiera.

Se dio valor respirando profundo y volvió a beber el café que parecía no haberse enfriado, leyó la siguiente línea escrita que decía “adiós”, se refería a la etapa en que comenzó a vivir solo. Desde muy joven consiguió trabajo pero parte de lo que ganaba tenía que gastarlo en mantener la casa, por disposición del marido de su mamá, al que nunca llamó papá, para entonces había nacido su primer hermanastro y para contentar a su mamá y porque se había encariñado con el recién nacido, todos los días, al retornar de trabajar le compraba algo, generalmente pequeñeces, chupones, baberos, mitones, biberones y cosas como esas. Cuando se marchó porque vivir con su padrastro se hizo insoportable comenzó la manía de comprar, la que hoy sabía que se llamaba oniomanía. Claro, para el no había sido ningún trastorno emocional sino un pasatiempo, una manera de sentirse bien, hasta que su situación económica se hizo insoportable. Parecía que nunca terminaría, no distinguía solución a la vista hasta que consiguió un nuevo empleo, mucho mejor pagado, entonces con el empleo anterior también se fue la  oniomanía. En Buena hora.

Entrecerró los ojos para leer otra vez “chamba nueva” decía, si, con mejores ingresos que le permitieron pagar todas sus deudas e inclusive comprarse su primer carro, el bólido como lo llamaba. Claro, pensándolo con más calma, la idea de comprarse un carro se volvió el impulso de sus días ¿una nueva manía? ¡Por supuesto que no! Sólo quería mejorar, como cualquier persona y, lo logró, alcanzó su meta entonces no está relacionado para nada con un TOC ¿o acaso a las personas exitosas por alcanzar sus sueños se les considera maniáticas? claro que no, pero después de este logro comenzaron esos días de regalo, de esa compulsión por regalarlo todo, doromanía, también por recibir regalos, era una sensación que lo completaba cuando daba y recibía, se sentía una persona importante, un personaje. Nadie me puede decir que por eso soy un sicópata.

-       Peruvian Psycho – dijo y soltó una risa que casi de inmediato tuvo que reprimir pues unas señoras que comían en la mesa frente a la suya lo miraban entre curiosas y alarmadas.

Volvió a beber del café amargo y reparó en el gran televisor que colgaba del techo, una banda peruana tocaba frente a una multitud que acompasadamente movía sus cuerpos como si bailaran bailes diferentes, leyó el banner de la pantalla “Glastonbury Festival – Cumbia all star from Perú”, qué bien se siente esa música pensó, mientras parecía que sus vísceras se encogían y una extraña evocación de recuerdos se disparó dentro de el como si su cuerpo sólo fueran neuronas, nada de huesos, músculos ni órganos. Esa remembranza en que se había convertido lo paseó por unos segundos a través de toda su vida, en realidad a través de toda la música que había escuchado, de todo tipo, desde la clásica hasta la urbana actual, había vivido etapas, pequeños ciclos en los que por razones que no deseaba recordar había preferido un solo tipo de música, no fue difícil reconocer de inmediato la canción que el televisor reproducía, “Cuando se quiere como te quise no logra cerrar la herida que me abriste…” cantó mentalmente por un momento con un profundo recogimiento acompañando la música:

-       Esa es “Traicionera”, de los Destellos – se dijo – claro, es una composición de Manuel Mantilla, año 1977.

Se quedó embelesado mirando la pantalla mientras pensaba que ésta podría haber sido otra de sus manías, la música; pero no, sólo fue una cuestión de gustos, los gustos pueden cambiar cada tanto, hasta el amor cambia y en el caso de la música es una necesidad explorar todos los géneros para decidir cuál es el que preferimos ¿o acaso nos casamos con la primera persona de la que nos enamoramos?.

Tampoco es una manía usar siempre zapatos marrones, ni la ropa interior color blanca o azul o que todos tus pañuelos sean blancos o celestes, usar la billetera en el mismo bolsillo durante años y que tus pantalones sean azules o negros tampoco, menos juntar lapiceros de distintos colores o agendas con una página por cada día del año, o escaparse para fumar cigarritos de canela de esos que se invitan a las chicas en las discotecas, o usar mantequilla de cacao para tener los labios como los de las mujeres que no pueden vivir sin ponerse labial, o bañarse con agua fría todo el año. “Oye traicionera aunque me muera, donde yo me encuentre rogaré por tu alma…” volvió a acompañar la música.

Durante unos minutos esperó que terminara la canción para seguir con sus pensamientos, mientras se dejaba llevar por esa sensación que provocaba la música, que lo ponía en estado de indefensión, como si cayera en un pozo sin fondo en un viaje agradable del que no pudiera salir mientras tuviera los ojos cerrados.

Abrió los ojos apenas terminó la canción y reparó en los dos pequeños grupos de arroz que había dejado en el plato.

-      Vaya manía la mía, no logro relacionar esto con nada en mi vida, por lo  menos no hasta hoy.

Volvió a contar cada uno de los montoncitos de arroz que quedaron de su comida, era llamativo ver los retos de comida agrupados en un solo lado del plato mientras al otro  aparecían estos dos grupos de arroz, “como esas montañas solitarias en Marte”.

Con el filo del cuchillo los iba separando sabiendo ya lo que encontraría.

-       Treinta y dos en el de la izquierda y ciento cincuenta en el de la derecha.

Era lo que esperaba, siempre que comía solo, casi todos los días, inconscientemente formaba estos dos montoncitos de arroz en el plato, no lo entendía, no encontraba una relación entre estos números y algún acontecimiento en su vida ¿Qué significaban? ¿por qué se repetían? Gruñó y volvió a sus anteriores pensamientos.

Con la canción recordó que ésta estaba asociada a la etapa en que su manía era dormir, lo hacía para escuchar la música romántica que por entonces se le había metido en la cabeza, por eso se sentía seguro que la hipnomanía que lo afligió un tiempo no era una enfermedad, solo era su deseo de aislarse para sentir la esencia de cada canción. Claro que por eso ésta desapareció; entonces volvió a mirar el papel y leyó al lado de la última fecha que había escrito, “Babe” decía.

Suspiró con fuerza y los aromas de ella parecían invadirlo otra vez, recordó cada una de las emociones que sintió y los momentos que vivió con ella, su última relación, la que para él fue la única, la mejor, la mujer más grande que había conocido, a la única que le alcanzó ese adjetivo “babe”, la dos veces bella mujer o lo que es lo mismo, mujer con doble mayúscula. Le había costado mucho conquistarla, nunca imaginó tener a una hembra así en su vida. Ahora ya no estaba, se había ido, le dejó sólo porque su destino era otro, lo que él le podía dar no era suficiente para una mujer brillante, intensa, insolente, ella se merecía mucho más. Y se fue. Le dolió y la recordaba siempre. Pero el lo entendió.

Claro, ahora reconocía que la fecha coincidía con esta especie de manía, no era ablutomanía, ya la había padecido y superado, ahora era el extraño gusto que sentía después de rociarse abundante alcohol en gel en las manos y frotarlas, dejar que el gel comenzara a secarse primero, dejando sus manos como de cuero, resistentes al frotamiento, luego, a medida que cambiaban de temperatura, de caliente a frío y luego a normal, se iba diluyendo esta sensación de papel hasta pasar a una tersura comparada con la piel de un niño, o de una mujer como aquella. Y que suerte que haya coincidido con esta pandemia, así donde fuera siempre encontraría y tendría una justificación para echarse abundante gel en las manos y volver a sentir que por un instante pasaba de no tener nada a rozar la piel de ella.

Era una metáfora del amor, porque así como el gel el amor también se va desvaneciendo, ahora, mañana o más tarde, se hará nada, se va a evaporar después de habernos regalado gratas sensaciones, al final solo será un recuerdo, un momento grabado en nuestra mente, de donde cada vez que lo evoquemos emergerán alucinaciones que extrañamos. Pero ¿cuánto tiempo sobrevivirá? A veces igual que el gel.

Pagó su cena y muy despacio se levantó, se acomodó la correa y los pantalones, se puso el cubre bocas, suspiró antes de colocarse las ligas en las orejas y volvió a rociarse abundante alcohol en gel sobre las manos, se las frotó, separó y movió los dedos como si tecleara un teclado imaginario.

-      Treinta y dos y ciento cincuenta – pensó – sicópata peruano…jajaja – río de buena gana, sobre todo porque sabía que nadie se daría cuenta por la mascarilla, mientras por un instante sentía la piel de ella en sus manos.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...