LA PENSION

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miércoles, 12 de febrero de 2020

HILANDO FINITO


Cuando Toribio le reconoció se llevó una gran impresión, jamás se hubiera imaginado que volvería a verlo, había pasado a su lado mientras se dirigía a sacar su automóvil del estacionamiento, siguió de largo y cruzó la calzada, pero luego, al voltear a verlo pudo percibir algunos movimientos que le permitieron asegurarse que era el. “Efraín, es el…” pensó, como si gritara el nombre, dio media vuelta y regresó para conversar con el, para abrazarlo después de tiempo; sin salir del estado en el que la sorpresa lo había dejado, en esos pocos metros que le faltaban caminar recordó cosas que, pese a los años transcurridos, parecían haber sucedido recientemente.
Toribio era de aquellas personas que siempre están dando consejos, apoyando al compañero, metiéndose en cosas que no le interesan, pero con la sana intención de ayudar. Era médico, uno de los médicos más jóvenes en recibirse en la Universidad de San Marcos. Con tan solo veintiséis años ya era un especialista en pediatría y a los treinta fundó una de las mejores academias de preparación pre universitaria para postulantes a medicina. Los que lo conocían quedaban encantados con su personalidad, era optimista, alegre, con una sonrisa permanente en los labios y las palabras exactas para tratar a las personas, sumamente práctico, daba la impresión que su vida se regía por refranes y sentencias que durante el día repetía y se le había pegado la expresión “hilando finito”. La usaba para generar interés en alguna cosa que quería que se hiciera, para expresar que el trabajo que se venía requería mucho esfuerzo o para motivar a sus estudiantes a que desarrollaran todas sus capacidades para conseguir su ingreso a medicina.
Recordó que fue en la academia que conoció a Efraín, un muchacho provinciano de escasos recursos que vino a Lima con la intención de estudiar medicina; era habitual en Toribio, que además de director era docente, identificarse con aquellos alumnos de pocos recursos, pero en quienes reconocía cierto potencial, a los que les brindaba muchas facilidades para estudiar, no solo exonerándolos de algunos pagos sino con una orientación personalizada que el se encargaba de dirigir.
La primera vez que conversaron Toribio se dio cuenta que Efraín no tenía la preparación suficiente para postular a la universidad, había estudiado primaria y secundaria en su tierra en un ambiente educativo muy precario.
-       Doctorcito, yo también quiero estudiar medicina, quiero ser médico, pero soy pobre – le había dicho.
-       No te preocupes Efraín, todo se puede, pero desde ahora tienes que hilar finito, tienes que esforzarte bastante, tener mucha fe y vas a ver que con voluntad todo se puede.
La experiencia le había enseñado a advertir cuando un joven no tenía la base escolar adecuada como soporte para la preparación pre universitaria, definitivamente, Efraín se encontraba en este grupo desfavorecido, sin embargo, decidido a ayudarle, le recomendó una estrategia. Le ofreció prepararlo intensivamente para postular a la facultad de Enfermería, luego, continuar con la preparación, en este caso especial, para trasladarse a la facultad de medicina, esto le ocasionaría hasta dos años más de estudios pero le garantizaba conseguir recibirse de médico. Cuando Efraín recibió la oferta de que sus estudios en la academia serían gratis no pudo negarse a seguir este plan trazado por Toribio.
El periodo de preparación para la escuela de enfermería no resultó nada fácil pero ambos nunca dejaron de esforzarse, siempre hilando finito, fueron seis meses de trabajo diario con evaluaciones permanentes que le permitirían a Efraín ingresar a la escuela de enfermería en el primer intento; para Toribio, fue la puesta en práctica de una serie de simuladores como parte del proyecto de preparación en su academia.
Se hicieron muy amigos, ambos parecían haber convertido el ingreso a medicina de Efraín el objetivo más importante por conseguir, se notaba que desarrollaban una estrategia planificada, los fines de semana Toribio evaluaba los avances de Efraín y le recomendaba las materias que debía revisar durante la semana, sus días se iniciaban a las ocho de la mañana y siempre terminaban después de las diez de la noche.
Cuando llegó la fecha del examen de admisión a la escuela de enfermería el más emocionado era Toribio pues le había agarrado mucho afecto al muchacho provinciano y sabía que si fracasaba sería doloroso para ambos; muy temprano le había dicho, cuando partía hacia la evaluación.
-       Acuérdate que hoy comienza la verdadera prueba, pase lo que pase, a partir de ahora las cosas no serán las mismas, por eso, tienes que hilar finito, confío plenamente en ti por que he visto cómo te vienes esforzando. La vida no te va a regalar nada ni te va a hacer las cosas fáciles, todo lo tienes que conseguir con tu esfuerzo.
Le pareció ver que los ojos de Efraín se humedecieron y desvió su mirada para evitar que le brotaran las lágrimas, creía que llorar a poco tiempo del examen podría alterarlo y perjudicarlo; pero esa mirada se quedó con el para toda la vida, una mirada de esperanza, de valentía, como la de un soldado que va a la guerra sabiendo que va a ganar, de agradecimiento y de compromiso, como diciendo “este triunfo será de ambos” pero también de vacilación porque un fracaso sería malversar  el tiempo, el esfuerzo y todo el apoyo recibido, una mirada de responsabilidad por asumir.
Y esta fue la primera victoria para ambos. Efraín alcanzó una de las últimas vacantes pero teniendo en cuenta el estado inicial con que había emprendido esta tarea era un logro descomunal.
Se matriculó en los cursos recomendados por Toribio de tal manera que tuviera tiempo de seguir con su preparación para poder enfrentar los exámenes para su traslado a la facultad de medicina. Para conseguir un traslado era necesario estudiar cuatro ciclos de enfermería, no se especificaba cuántos cursos o créditos se necesitaban y se aprovecharon de esta situación legal.
Iniciaron un nuevo plan de estudios quizás más estricto que el anterior, Efraín ya  no sólo recibía información sino algunas técnicas que le permitían retener los nuevos conocimientos; ambos se mantenían optimistas y por todo lo que hacían el triunfo estaba descontado.
Al inicio del cuarto ciclo de estudios, cuando los esfuerzos por la preparación de Efraín se hicieron más severos llegó a la academia una muchacha, intentó recordar el apellido de ella, “Colón , Cano, Polo, Darwin…no se cual de ellos” sólo recordaba que era el apellido de un gran descubridor. Lo que si recordaba claramente es que era una muchacha bonita a la que todos decían “Barbie” por su figura delgada y casi perfecta, por la dulzura de su rostro y sobre todo porque siempre vestía como aquella muñeca que por entonces estuvo de moda.
Toribio la vio por primera vez una mañana cuando entró al aula donde Efraín estudiaba y donde le tocaba dar clases, la chica estaba parada sola al lado de la pizarra, como si estuviera analizando a todos los otros alumnos, estaba vestida para otra ocasión, quizás una fiesta o un evento social, llevaba un vestido de una pieza bastante corto, color concho de vino, ajustado especialmente para replicar cada una de sus curvas delicadamente formadas, los tacones altos le daban un aspecto de mujer fatal, la hacían mayor, cuando en realidad todavía no alcanzaba la mayoría de edad.
Durante toda la mañana, después de clases, buscó la forma de conversar con ella, la encontró en la cafetería, sentada en la mesa más alejada, sola, como si no necesitara de nadie para sentirse cómoda, o quizás, como suele suceder, la belleza de las mujeres también espanta a los hombres. Aunque nunca dejó de tratarle de Usted logró sacarle bastante información, se hizo una idea general, niña rica, procedente de un buen colegio, con un nivel intelectual deficiente porque consideraba que tenía su futuro asegurado.
Ese encuentro fue suficiente para sentirse enamorado, profundamente atraído por la bella muchacha, aunque no sabía qué hacer exactamente pues sus prejuicios morales y su sólida formación le imposibilitaban tener una relación con una de sus alumnas.
Después de unos días comprobó que la muchacha comenzaba a integrarse con sus compañeros de aula, le pareció perfecto pues la soledad de ella había sido una de sus preocupaciones los últimos días, entonces retomó los trabajos con la preparación de Efraín, ya solo faltaban poco más de dos meses para el examen de traslado.
Se le ocurrió que después de conseguir el ingreso podría dedicarse, con un poco más de tiempo libre, a conquistar a la Barbie, ¿por qué no? También tenía derecho a enamorarse, como cualquier hombre soltero. El conocerla y verla de cerca le habían convencido de dar un paso más, consideraba que la diferencia de casi doce años no era un impedimento, mas bien era una oportunidad de poder establecer una relación seria, por lo menos eso estaba comenzando a planear, lo soñaba algunas noches, pero también evitaba exteriorizar sus emociones a fin de que nadie se diera cuenta, se esforzaba por manejarse lo mas formal posible, como todas las cosas en su vida, todavía podía controlar sus emociones, sabía que cuando se enamorara de verdad ya no podría hacerlo.
Una noche, cuando buscó a Efraín para evaluar los avances de la semana, lo encontró en la cafetería junto a la Barbie, estaban tomados de la mano, lo vieron venir y no hicieron nada por separarse, por el contrario, parecían querer demostrar a todos que tenían una relación, que andaban juntos.
-       Puedo acompañarlos – lo dijo sin dirigirse a nadie y a ambos a la vez mientras retiraba una silla para poder sentarse, sintió un ruido extraño, no logró identificar si fue la silla o algo que se rompió dentro de el.
-       Por favor profe – dijo ella, hablando por los dos.
-       Toribio, disculpa si no te lo dije antes, aunque hoy es una buena ocasión para que sepas que somos enamorados – señaló Efraín mientras acariciaba la barbilla de la muchacha.
-       Bueno, permítanme felicitarles por esto, creo que hacen un a linda pareja y espero de corazón que les vaya bien – luego se sintió tan hipócritamente vació que su mente se nubló y no encontró palabras para seguir hablando.
-       También permíteme aprovechar este momento Toribio, para agradecerte por todo lo que me has brindado, sin tu apoyo no estaría donde estoy…y ahora esto – hizo una pausa para tomar aire y darse el valor para decir lo que seguía – Lo nuestro es serio, tan serio que hace un par de semanas que estamos viviendo juntos, su familia ya lo sabe, ahora mismo estamos poniéndonos de acuerdo para cambiarnos a otro sitio más cómodo y gentilmente cedido por su papá, mi futuro suegro – tomando las manos de la chica entre las suyas.
-       Me parece bien si ambos están de acuerdo, pero, ¿cómo harás con tu examen para el traslado a medicina? – preguntó Toribio verdaderamente intrigado.
-       A partir de ahora te libro de toda responsabilidad, no es justo que sigas sacándote la mierda por mi, además, estoy seguro de encontrarme ya en condiciones de poder aprobar cualquier examen – nuevamente la pausa para tomar aire – mi suegro también me va a apoyar y dice que mi ingreso está garantizado; él es médico también y tiene muchos contactos.
-       Si, es cierto – replicó Toribio mientras calculaba que decir.
Se produjo un silencio de algunos segundos eternos que parecía incomodar sólo a Toribio, calculaba qué decir para salir de esta situación que se estaba convirtiendo en incómoda.
-       Bueno, solo me queda desearles lo mejor de lo mejor, se que con el esfuerzo que haces el éxito está asegurado en todo lo que hagas – quiso pararse entonces pero se le ocurrió mirar a la Barbie por última vez, quizás.
Ella también lo miró y el pudo ver en esos ojos una mirada de felicidad que intentaba gritarle al mundo que había encontrado al hombre de su vida, el que la llenaría de orgullo siempre, el que podría acompañarla en cualquier ocasión, el que siempre estaría comiendo de su mano y que poco a poco sería grande, tan grande como ella quisiera; el brillo especial de esa mirada, aunque franca, no parecía completa.
-       Bueno chicos, hasta cualquier momento – recordó que fue lo último que dijo mientras se ponía de pie arrastrando la silla que nuevamente producía aquel sonido que parecía venir de su interior.

No volvió a saber más de el hasta hoy que de casualidad lo acababa de encontrar.
-       Efraín – gritó, mientras apresuraba su paso al encuentro del amigo.
La sorpresa inicial se iba convirtiendo en una gran emoción. Tenía tantas preguntas por hacerle. De sorpresa a emoción y ahora hasta un poco de desconcierto.
A medida que tenía más cerca a Efraín se iba dando cuenta de lo mal trajeado que estaba, el pelo descuidado, la barba de tres o cuatro días sin afeitarse ocultaban el rostro que no había recibido agua y jabón probablemente por algunos días, antes de abrazarlo sintió el olor fuerte a alcohol barato, al que huelen los alcohólicos por las mañanas. Al abrazarlo pudo sentir cada uno de sus huesos, descarnados, como veía a menudo en pacientes con enfermedades terminales. Sintió una pena profunda y lo apretó mas fuerte. Ahora sintió miedo de hacerle daño. Extendió sus brazos mientras tomaba sus hombros para poder observarlo mejor.
Toribio sintió ganas de llorar. Se acordó del día que conoció a Efraín, de las horas que pasaron juntos leyendo, de las noches que caminaban por las calles buscando donde comer, de todas las pollerías y chifas que visitaron, de los cines que visitaron y los parques en cuyas bancas rememoraban todo lo recientemente aprendido. También se acordó de la Barbie, y de aquella mirada de orgullo y llena de esperanza que fue lo último que guardó de ella en el momento mismo que renunció a enamorarse.
-       Toribio, que tonto fui – escucho decir a Efraín, o lo que quedaba de el.
Le miró a los ojos, comenzaron a humedecerse y esta vez le faltó valor para desviar la mirada, quiso verlos llorar, pero no vio llanto, vio una luz que se apagaba, un grito por perdón, una aceptación de culpa, dolor, profundo dolor por haber dejado lo que nunca debió, por haber cambiado el éxito por el fracaso, más culpa, error, caída, pecado, abandono. Detrás de todo esto una luz que ilumina la oscuridad de su mirada, una luz de odio, de rencor, de resentimiento, de aquellos que no matan, que te hacen sufrir eternamente, de aquellos que solo una bella mujer puede causar.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...