¿EL DIA DEL PADRE... O DE LA BACKUS?
Tercer domingo de junio, otra celebración del día del padre, algunos sentimientos de nostalgia seguro que nos embargan, sobre todo cuando no estamos cerca de los que más queremos, pero claro, siempre es fácil superarlos por el bendito celular (que sería de muchos de nosotros sin este aparatito). Pero también recuerdos de tantas celebraciones de esta fecha. La verdad que tal parece que este día no es en realidad tan trascendente, basta ver los despliegues televisivos y las invitaciones a regalar tal o cual cosa al rey de la casa. Tengo la impresión que este año los más interesados en celebrar este día son nuestros amigos chilenos de Saga, Ripley, Sodimac y disculpen los otros sureños por no acordarme de ellos. Qué diferencia con los despliegues del día de la madre o del día del niño, que quieren imponernos a la fuerza, a costo de dejarnos completamente misios a los que tenemos niños a los que agasajar.
Pero es interesante preguntarse porqué para el día de la madre siempre nos ofrecen facilidades para comprar refrigeradoras, cocinas, televisores, planchas o “combos” de artefactos como es la moda, no sucede lo mismo con las otras fechas, a los padres no nos ofrecen herramientas, artefactos, que seguramente sabemos usar, ni a los niños se les ofrece calculadoras, libros, rompecabezas, u otros implementos, que para el caso del día de la madre, más que servir a la madre nos sirven a todos en casa, ¿será para fortalecer el espíritu maternal de compartir con todos lo que tiene?. Lo cierto es que en el día del padre quien más se beneficia es la Backus, y la verdad que los padres también nos sentimos invadidos de un espíritu solidario y pretendemos compartir con todo el mundo nuestras “chelas”, o por lo menos que los otros las compartan con nosotros. Lo dejo ahí para un análisis futuro más “sesudo”.
Lo que vino a mi mente apenas abrí los ojos el día de hoy es lo que me pasó el año pasado casi por estos días. Había sido citado a la escuela de mi hijo a una de esas reuniones obligatorias de “escuela de padres” a la que tienen que asistir papá y mamá, pero yo andaba esos días como se dice “a salto de mata”, mi jefe me tenía en la mira, a tiro, esperando el momento de apretar el gatillo, yo, como es mi naturaleza, hacía más esfuerzos que cualquier presa para evitar ser cazada, trataba de mantenerme siempre en el trabajo para no dar un motivo de ser la siguiente víctima de un disparo certero. Para empeorar la situación en la misma fecha habíamos sido citados también papá y mamá, al colegio de mis hijas, así que por acuerdo con mi esposa decidimos ir uno a cada colegio y por supuesto que me tocó al colegio de mi hijo.
Pero preocupado por vigilar los movimientos de mi jefe a fin de prever mi siguiente movimiento defensivo y no darle motivo para desenfundar el arma se me pasó la mañana y parte de la tarde, cuando me di cuenta ya eran las cinco de la tarde y la cita era para las tres en punto (sin tolerancia ni excepciones decía la citación). Tomé un taxi y a la carrera me dirigí al colegio de mi hijo. En el camino iba meditando sobre las excusas y la cara que tendría que poner para hacerla creíble, finalmente me dije, seguro que no soy el único padre que falta a una “escuela de padres”. ¿Una,…? creo que dos o tres, en fin, cuando la excusa es bastante trabajada con buenos elementos histriónicos (lo cual siempre me he preciado de manejar bien) los resultados son a favor.
Baje del taxi, casi cayéndome, exagerando los movimientos porque la ocasión lo ameritaba, con la esperanza de que me viera la directora o algún responsable de la escuela de padre. Llegué a la puerta y estaba cerrada. Primer acto en vano, nadie me vio. Me sorprendió el silencio del colegio, parecía que no había ningún alma, con cierto temor toqué el timbre, preparándome para tocar varias veces, pero casi de inmediato salió el guardián que sin mediar saludo frontalmente me preguntó casi como una orden “¿Su apellido completo y año y sección de su hijo o hija?”, entregándome casi inmediatamente después de mi respuesta una libreta de notas.
Cerró la puerta sin más. Seguro que la sorpresa me dejó parado ahí por varios segundos. Cuando eché a andar para tomar el taxi que me regresara al trabajo, para continuar delante de las intenciones de mi apreciado jefe, abrí la libreta y sólo pude ver notas en rojo. Me olvidé por completo de mi jefe y sus intenciones. Me acordé de mi hijo, bueno, primero de su mamá. ¿Cómo era posible que después de tanto conversar, de venir gastando tanto para ponerle un profesor pudiera hacerme esto? ¿Tenía conciencia este muchacho de lo que estaba haciendo? No encontraba explicación para que un niño, al que uno cree que todo le da, no pueda rendir como debe en el colegio, cuando lo cierto es que en la casa se le han quitado todas las preocupaciones para que estudie y sólo estudie. Cuando subí al taxi ya no pedí ir a la chamba sino a mi casa. La cabeza se me calentaba de lo irresponsable que estaba resultando mi hijo. Volví a abrir la libreta para ver las notas otra vez, con la esperanza de haberme equivocado, pero no, ahí estaban, eran cinco dieces, dos nueves y un seis, ¡si un seis¡ ¿Cómo es posible sacarse un seis con todas las facilidades que uno recibe? me preguntaba. La cabeza me hervía, cuanto más cerca estaba de mi casa más seguro estaba que tenía que darle su chiquita, mientras acariciaba la correa de mi pantalón (no sirve, es de lona, juro que llegué a pensar).
El taxi se detuvo, me bajé, tomé aire y escuché a lo lejos sus gritos, los gritos del tantas veces mentado, que alegremente jugaba en medio del parque como si no fuera culpable de nada. Lo llamé, tratando de disimular el tono de “no sabes la que te espera”, mientras venía hacia mi corriendo alegremente, volví a abrir la libreta y leí lo que allí decía: “Evaluación del padre de familia fulano de tal. Asistencia a las actividades del colegio: diez. Por aportar en las tareas de su hijo: diez. Por acompañarlo a las actividades deportivas: diez. Por preguntar sobre el al profesor: diez. Por traerlo y llevarlo al colegio: diez. Por darle muestras de cariño frente a sus compañeros: nueve. Puntualidad en el pago de las mensualidades: nueve. Por participar en las escuelas de padres: seis”.
“¿Si, papi…? Estoy jugando un rato”, me dijo, mientras me abrazaba por la cintura.
Me había quedado sin palabras y sólo pude decirle “Hijo, dame un beso”.
Un rincón para leer algunos cuentos de desconocida inspiración. No es pretencioso intentar que durante la lectura tengas que guglear, la idea es incorporar algo nuevo a tu conocimiento con cada lectura. Es una apuesta, si no googleas durante uno de los cuentos, me avisas en cual fue y te haces merecedor a un regalo digital. La casa recomienda usar BARD, la inteligencia artificial de Google.
LA PENSION
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