LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

martes, 29 de abril de 2025

TU CUENTA PRIVADA

 Cerró la tapa de su laptop y se levantó malhumorado, sintiéndose defraudado, molesto, no lograba entender el cambio que había tenido Mariela, ya no podía verla en ninguna de sus redes, las que antes eran públicas ahora las había vuelto privadas. Esperaba con ansias que ella se corrigiera y los volviera públicos otra vez.

“Cómo ha cambiado esta muchacha, es increíble, no ha pasado ni un año pero ella ya no es la persona que conocí. Y lo que mas me duele es que también cambió de número de celular, no responde mis mensajes y no encuentro la forma de comunicarme con ella” se dijo desencantado.  Aunque comunicarse no es precisamente lo que quisiera hacer, tan solo quería poder seguir viéndola en cada posteo, en cada foto subida, a veces sola, a veces con amigos, divirtiéndose, de compras, en el trabajo, con un “novio”, como ella solía llamar a todos sus enamorados, que antes creía pocos pero que ahora no podría precisar con certeza cuántos fueron.

Piensa, como siempre que piensa en ella, que quizás hoy es el día adecuado para encontrarla y conversar, decirle que no tiene ninguna esperanza de volver a ser una pareja, pero el poder verla todos los días en algunas de sus cuentas de internet eran el alimento que le ayudaba a soportar la tristeza de haber terminado este romance, que aunque duró poco, parecía que sería para toda la vida.

-       ¿Acaso tú, mi querida Mariela, no me escribías mensajes desde muy temprano, que convertían cualquier mañana fría en una llena de cálida esperanza? Y me acostumbré a ti muy rápido, me volví adicto a una droga difícil de resistir, parecíamos hechos el uno para el otro, lucíamos felices, inmensos, eternos. Parecíamos…

 

Gustavo tiene el carácter como una veleta, cambia de acuerdo a la dirección del viento, en su caso, de acuerdo a si podía mirar o no las publicaciones de su exnovia. No se daba cuenta de que ya había entrado en un terreno peligroso, en una dependencia total a la búsqueda en la red. Ni siquiera se preocupaba con quien estaba ella o qué hacía, su interés era superior, él tan solo quería mirarla, volverla a analizar a través de la pantalla, pixel por pixel, sus ojos, sus dientes cuando ríe, sus manos cuyo movimiento imaginaba, cual gaviotas al viento, la caída de su blusa, de la falda, construir a partir de sombras y pliegues el cuerpo perfecto que siempre había imaginado y que alguna vez tuvo en sus manos.

Esta revisión devota que realiza tan pronto levantarse condiciona su carácter durante el día, si accede a una imagen, un video de ella, el día será magnífico, lleno de optimismo, sonrisas para todo el mundo, si por el contrario, no había nada nuevo, se convertía en el Gustavo parco, el mismo insensible desde que su exnovia comenzara a volver privados sus perfiles.

Le había enviado solicitudes de amistad, pero ninguna tuvo respuesta. Parecía no interesarle nada de su existencia. Además, los pocos intentos que hacía por verla, por encontrarla cara a cara, siempre terminaban en dolorosos fracasos. Así vivía, se sobreponía rápidamente a estos estados en los que parecía haber caído muy a fondo, de pronto emergía como un legendario abisal encontrado en costas nórdicas, o como un cálido géiser que lleva semanas sin emerger. Tal cual. No como un ave fénix porque en este caso sería renacer y, renacer, implica una nueva vida. La de él era siempre la misma, monótona, aburrida, salpicada de pequeños espacios de animación.

Mariela y Gustavo se conocieron en la universidad, tenían la misma edad y comenzaron sus estudios en la misma facultad aunque no en los mismos horarios, al principio ninguno de ellos mostró interés por el otro, pero después de unos meses ella, involuntariamente, pues su naturaleza era así, pareció coquetearle y Gustavo, entonces, por primera vez se fijó en ella.

Le pareció una muchacha muy jovial, extrovertida, llamaba a las cosas por su nombre y sobre todo que, pese a que nunca parecía molestarse, tenía un carácter recio. Durante el segundo ciclo de estudios tuvieron el “noviazgo” que tanto extraña, se encontraban al entrar o salir de clases, al cruzarse durante el día, a la hora del desayuno y el almuerzo, se consultaban los pequeños inconvenientes que aparecían durante sus estudios, se rozaban las manos, el olía su pelo siempre que podía y ella le ponía la mano sobre el hombro para darle las gracias por algo y que Gustavo interpretaban como si marcara su territorio.

No tenía claro cuándo oficializaron su noviazgo, no podía precisar desde cuándo ella comenzó a llamarlo “novio”, pese a que esta relación no llegó a los cuatro meses, había quedado dependiente de ella. Lo que si tenía claro era el día en que ella le dijo “hasta aquí nomás”, de manera sorpresiva, cuando todo parecía ir bien la relación se quebró y con ella también se quebró todo su ser.

Entonces comenzó su sufrimiento. Increíblemente ella, a los pocos días ya mostraba otros pretendientes en sus perfiles de la red, antes del segundo mes oficializaba nuevo “novio”, desde entonces no sabía cuántos fueron; sin embargo, él, a partir del día en que ella le dijo “ya no me busques más” parecía haber llegado a su final, se le derrumbó todo.

Había cambiado de horarios y no se volvieron a cruzar en la universidad.

Su desconsuelo era permanente, pero no podía renunciar a seguir buscándola; buscarla, era el impulso que le daba sentido a su vida, si dejaba de pensarla no comía, no dormía, no se preocupaba de nada. Al principio recuperarla era su motivación, ahora, solo verla en una foto, en un post, de lejos en alguna calle.

Alguien dijo que la vida es la suma de casualidades y coincidencias, para Gustavo sería cierto.

A una cuadra de la universidad había una plazuela, una especie de gran glorieta, en cuyo alrededor se encontraban muchos negocios y restaurantes especializados en menús baratos para estudiantes y trabajadores, en el centro, un amplio jardín bordeado por bancas antiguas de madera, que se llenaba de gente a la hora del almuerzo, algunos esperando que se desocupara un lugar o tan solo para conversar o dormitar mientras intentaban leer un diario o esperaban el inicio de la siguiente clase.

Hacia allá se dirigió Gustavo a paso de explorador, mirando para todos lados, con la esperanza de encontrarse o solo mirar de lejos a Mariela. Dio una vuelta a la glorieta mientras decidía que comer, escogió el pequeño restaurante donde muchas veces había almorzado con la mujer que ahora extraña, siempre con la misma esperanza de encontrarla. Halló una mesa para dos y se sentó, pidió un menú ejecutivo y comenzó a revisar el celular, una manía que parece universal, de manera inconsciente buscó las fotos más recientes de Mariela. Una muchachita le trajo los cubiertos y le tomó su pedido. Siguió con su ritual telefónico con la misma turbación con la que un cenobita revisa una biblia mientras ofrece su primera extremaunción.

Infló sus pulmones y decidió dedicarse un momento a los recuerdos, mientras le traían su pedido. Evocó aquellos días en que almorzaban juntos, quizás en esta misma mesita, al principio como compañeros de estudios, luego como amigos y finalmente como novios. ¿Habrá alguna oportunidad en la que almorcemos como exnovios? se preguntó, mientras una ligera sonrisa iluminaba esa expresión de galán no correspondido que le acompañaba todo el día. Al fondo del pequeño salón una pareja de enamorados intercambiaba cucharadas de comida como una liturgia que precede a la mayor expresión carnal del amor, otra vez la sonrisa iluminándolo, pero esta vez tenía tintes de envidia, de desazón. Miró hacia otro lado para que no lo sorprendan viéndolos de manera atrevida, corrió la silla unos centímetros hacia su derecha y acomodó la mesita para evitar darle frente a la pareja que continuaba melosamente como si no les importara nada.

¿Cómo empezamos esto? se preguntó, era la pregunta filosófica, rebuscaba pretendiendo encontrar alguna nueva explicación, cada vez más elaborada, para zambullirse en sus recuerdos y por un momento hacerse creer que aún seguían juntos. Quizás la explicación estaba en que tenían algunos gustos y cosas comunes, pero también tenían otras totalmente raras y desiguales, que finalmente alimentaban su pasión al ir descubriéndolas poco a poco, con el pasar de los días.

Cerró los ojos para imaginarse que ella estaba junto a el. En la radio sonaba aquella canción que alguna vez le dijo que la escuchara atentamente, ahora sabía que se llamaba “María Teresa y Danilo”, era una de las que cargaba en el celular para escucharlas en cualquier ocasión como fondo musical a sus evocaciones.

“Empecemos por el principio…” Como cada vez que cierra los ojos para recrear los momentos que tanto añora. Se vio junto a ella caminando feliz por algún lugar conocido, a lo lejos las canciones preferidas de ella se sucedían una a otra en tan solo segundos, su sonrisa, sus manos apretando las suyas, la firmeza de su piel y su cabello largo que le golpeaba la cara. También escuchaba su voz, su risa, la agitación de su respiración cuando la besaba, las ondas que atravesaban su cuerpo mientras toda ella comenzaba a arder. Sus manos se estremecían al recordar todas aquellas intimidades que le había tocado, podía percibir el olor, su olor.

Entonces volvía a su mente el final, inesperado y cruel de su relación, justo un día después de haberla hecho suya, de “haber bebido el verdadero elixir del amor del cuerpo de ella” se decía, mientras evocaba que también se quedó con una promesa, “la próxima semana lo planificamos para que salga mejor”, como dijo ella. Y no hubo una próxima vez.

En medio de este ambiente lleno de aromas y olores de condimentos, comidas y bebidas de todo tipo, con los ojos cerrados, Gustavo, tenía la habilidad para recordar el olor de su cabello. También el timbre de su voz ignorando todos los sonidos del ambiente como si todo en su ser estuviera preparado para ella.

-       Hola Gus ¿Te puedo acompañar?

Era la voz de ella, de Mariela. ¿Es esto posible? Se preguntó aún con los ojos cerrados. Sintió temor de abrirlos y comprobar que se trataba de su imaginación.

La misma voz, el mismo timbre, el mismo tono, con carácter, con la misma firmeza con la que escuchara tantas veces decir “Gus”; aun cuando la solemnidad, aquella con la que pronunció “no me busques más”, había desaparecido.

Más bien tenía el tono de aquel “es mejor que no nos veamos más”, o de “haz tu vida con otra, te lo mereces”, o del “me llevo un bonito recuerdo, déjalo así”.

Hubiera querido estar mucho tiempo con los ojos cerrados repitiéndose mil veces los recuerdos que le vienen a su mente como un tropel de emociones, porque cada frase es una emoción diferente, la voz es la misma, pero el efecto es otro.

¿Y cuál es el primer recuerdo de ella? No lo sabe, en su mente cada experiencia vivida emerge como si tuviera vida, sin orden, sin propósito.

En menos de un segundo le vienen muchos recuerdos, vividos precisamente en esta misma mesita, fue al día siguiente de haberse dado el primer beso, se contaron cosas de sus familias para conocerse mejor, ambos venían de padres separados, él había sido criado por su madre ella por su padre, los papás de ambos eran del ejército, quizás de la misma promoción. Gustavo conocía a su padre solo por fotos, se marchó cuando tenía apenas dos años, le decía “sargento Saunders”, como un personaje de televisión, porque era la leyenda escrita en una de sus fotos, si lo alcanzara a ver lo identificaría; en el caso de ella, su madre la abandonó y la dejó al cuidado de su padre apenas cumplir un año, fue criada entre tías y primas y no volvió a ver a su madre, el cariño que sentía por su papá se notaba cuando se refería a él, “todo lo que soy se lo debo a él”. Ambos tenían hermanastros, Gustavo dos hermanas y Mariela dos hermanos, cada quien tenía muchas vivencias que al contarlas les hacía fácil encontrar coincidencias que los llevaba a pensar que eran el uno para el otro. Ese día hablaron tanto y con tanto gusto que prefirieron no entrar a la siguiente clase.

“Qué recuerdos aquellos”.

-       ¿Puedo? – Otra vez la voz de ella.

Abrió los ojos con aprieto y a pesar de encontrarse contra la luz la reconoció de inmediato, su perfil, la delicadeza de sus formas. Se paró de inmediato.

-       Por favor – le dijo ofreciéndole la silla.

No lo podía creer, si, era ella.

De golpe todo cambió a su alrededor, los aromas y olores de huarique desaparecieron y todo fue inundado por la fragancia que salía de su cabello.

Se sentó y quiso tomar sus manos como antes lo había hecho, pero se frenó, se dedicó a mirarla dos o tres segundos que le parecieron una eternidad, su piel fresca, sus ojos brillosos, su cabello gracioso y sus labios con esa sonrisa a medio dibujar que nacía de la juntura de sus labios, moviéndolos sensualmente con cada palabra que pronunciara.

-       Qué suerte encontrarte, Gus.

-       Creo que lo haces porque no hay otro lugar disponible – bromeó y ella se río de buena gana echando la cabeza para atrás y dejando ver el nacimiento enhiesto de sus pechos.

-       Te veo más linda que nunca – dijo tratando de darle la mayor emoción a sus palabras.

-       Tu siempre coqueto – “otra vez esa sonrisa que adoro” pensó.

Para Gustavo era un sueño, las cosas a su alrededor parecían en cámara lenta y su foco estaba centrado en Mariela, el resto de su espacio visual era cubierto por manchas de colores, borrosas.

Almorzaron y conversaron sobre muchas cosas lindantes con sus recuerdos, bromearon y rieron como grandes amigos, pero como siempre, la procesión iba por dentro. Gustavo estaba tenso y parecía a punto de saltar sobre ella para abrazarla, acariciarla y poseerla como si solo existieran ella y él.

-       Creo que es hora de irme – advirtió la chica mirando la hora en su celular.

Una desesperación súbita invadió a Gustavo, comenzó a temblar, su cuerpo se puso aún más tenso, como cuando el depredador va sobre su presa.

-       Me hiciste una promesa ¿lo recuerdas? – le dijo a Mariela mientras la miraba a los ojos como queriendo encontrar la respuesta en ellos.

-       Lo nuestro no puede ser, nunca debió ser, no debería existir “lo nuestro” – contestó la muchacha – es más, no creo que haya forma de cumplir esa promesa, tengo novio y estoy segura que de hacerlo caería sobre mi algún castigo divino.

-       Vamos, no es para tanto, basta con que digas “NO, hay promesas que nunca cumplo” – pensando darle bajo la línea de flotación.

-       Ja, ja, ja…como dije alguna vez, eres un estratega de la conversación. Pero sabrás que no me siento culpable por romper esta promesa.

-       Entiendo de veras tu situación, pero ¿por qué tienes tus cuentas privadas? ¿es en contra mía, contra lo nuestro? – replicó Gustavo, pensando en las horas de su vida que pasaba buscando un mensaje, una foto de ella en las redes.

-       Nooo…”no te creas tan importante” – esto último lo dijo con el tono de una canción conocida – es porque así me siento más segura, me hace sentir que tengo el control de mi vida, lejos de las críticas de los demás…

-       Pero, yo sería incapaz de alterar tu vida, recuerda lo que siempre te dije que te quiero tanto que soy incapaz de hacer algo que te ocasiones el menor malestar – casi suplicante.

-       No, creo que por ahora lo voy a mantener así – dijo ella, mirándolo a los ojos y haciendo el además de levantarse y dar por finalizado el encuentro.

 

Para Gustavo, parecían desvanecerse las pocas expectativas que con el encuentro había vuelto a cebar, sintió que se quemaba por dentro ¿eran llamas de pasión, de temor, de furia por la frustración? No importaba, quería responder de una manera dura, quizás cruel, que lleguen al alma de Mariela, quería remecerla, era necesario un golpe. No debía dejarla ir así tan fácilmente, como un arcángel que llega entrega un mensaje mortal y se va. Tenía que decirle algo que recuerde para siempre.

Decidido a tomar ventaja, Gustavo se puso de pie más rápido con la intención de marcharse mientras Mariela, sorprendida, volvió a sentarse. El había recordado algo que leyó en las redes y que guardó en alguna parte de su memoria especialmente para esta ocasión. Aunque las cosas no habían salido como quisiera creía tener la última movida para hacerla reaccionar.

-       ¿Por qué tus cuentas son privadas si tu vagina es pública? – espetó con minúsculas gotas de saliva y los ojos vidriosos.

Luego, en una fracción de segundo percibió como la sorpresa cubrió la expresión de la muchacha, sus ojos se hicieron inmensos a través de la contraluz y su faz empalidecía, si, parecía un golpe bajo la línea de flotación; sin embargo, inmediatamente recuperó su compostura y dibujó una más de aquellas sonrisas angelicales dignas de perennizar, parecía querer hablar pero las palabras se negaban a salir de su boca. Gustavo aprovechó para dar media vuelta y dirigirse a la salida del huarique, como el conquistador que acaba de finalizar su última victoria.

Era de noche cuando despertó sudoroso en su cama, se había dormido, su mente, su piel, el ambiente estaban llenos de los acontecimientos de la tarde, creía haberle devuelto el golpe a Mariela, el golpe que significó para él haber finalizado su relación sin motivo aparente. No se sentía ni satisfecho ni victorioso, por el contrario, un sabor agrio de soledad lo empezaba a invadir poco a poco.

Lánguidamente se dirigió hacia su computadora y comenzó a revisar las redes sociales, la primera, le causó una emoción que le puso a temblar, el perfil de Mariela era público ahora, revisó todos los perfiles de ella, eran públicos. Esto era increíble, sonrió como el verdugo que mata al condenado en el segundo intento. La emoción que sentía era intensa, pasó de la frustración a la victoria final demasiado rápido, sus sentidos estaban a punto de explotar. Ingresó al primer perfil que encontró, sólo mensajes, memes y videos reposteados. Su temblor se hacía evidente, tenía algunos problemas para digitar el teclado. Siguió intentando encontrarla. Después de mucho navegar encontró una foto de ella, la miró, la analizó, estaba radiante, perfecta. Leyó el encabezado, era de dos días atrás “Aquí con mi papá”. No importa con quién esté, solo le interesa Mariela.

Estuvo horas mirando fotos y videos y su emoción no decaía, las volvía a ver una y otra vez, pasaba su mano sobre la pantalla como tocándola a ella. No había dormido y ya comenzaba a amanecer, volvió a revisar las imágenes que le parecían como de ángeles, entonces se dio cuenta que muchas de ellas tenían el mismo encabezado, “Aquí con mi papá”. Era una invitación a conocerlo, a verlo por primera vez “quizás hubiera sido mi suegro” se dijo socarronamente.

Miró el rostro del uniformado que aparecía al lado de Mariela, le pareció conocido, una súbita ola de emoción lo invadió, como una onda sísmica que nacía en su interior y se propagaba hasta llenar toda la habitación, sintió un chasquido en su garganta ¿o sería su corazón?

Como si alguien más lo escuchara en aquella habitación dijo atragantado:

-       El “sargento Saunders…”

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...