Cerró la tapa de su laptop y se levantó malhumorado, sintiéndose defraudado, molesto, no lograba entender el cambio que había tenido Mariela, ya no podía verla en ninguna de sus redes, las que antes eran públicas ahora las había vuelto privadas. Esperaba con ansias que ella se corrigiera y los volviera públicos otra vez.
“Cómo ha cambiado esta muchacha, es increíble, no ha pasado ni un año
pero ella ya no es la persona que conocí. Y lo que mas me duele es que también
cambió de número de celular, no responde mis mensajes y no encuentro la forma
de comunicarme con ella” se dijo desencantado.
Aunque comunicarse no es precisamente lo que quisiera hacer, tan solo
quería poder seguir viéndola en cada posteo, en cada foto subida, a veces sola,
a veces con amigos, divirtiéndose, de compras, en el trabajo, con un “novio”,
como ella solía llamar a todos sus enamorados, que antes creía pocos pero que
ahora no podría precisar con certeza cuántos fueron.
Piensa, como siempre que piensa en ella, que quizás hoy es el día
adecuado para encontrarla y conversar, decirle que no tiene ninguna esperanza
de volver a ser una pareja, pero el poder verla todos los días en algunas de
sus cuentas de internet eran el alimento que le ayudaba a soportar la tristeza
de haber terminado este romance, que aunque duró poco, parecía que sería para
toda la vida.
- ¿Acaso tú, mi querida Mariela, no me escribías
mensajes desde muy temprano, que convertían cualquier mañana fría en una llena
de cálida esperanza? Y me acostumbré a ti muy rápido, me volví adicto a una
droga difícil de resistir, parecíamos hechos el uno para el otro, lucíamos
felices, inmensos, eternos. Parecíamos…
Gustavo tiene el carácter como una veleta, cambia de acuerdo a la
dirección del viento, en su caso, de acuerdo a si podía mirar o no las
publicaciones de su exnovia. No se daba cuenta de que ya había entrado en un
terreno peligroso, en una dependencia total a la búsqueda en la red. Ni
siquiera se preocupaba con quien estaba ella o qué hacía, su interés era
superior, él tan solo quería mirarla, volverla a analizar a través de la
pantalla, pixel por pixel, sus ojos, sus dientes cuando ríe, sus manos cuyo
movimiento imaginaba, cual gaviotas al viento, la caída de su blusa, de la falda,
construir a partir de sombras y pliegues el cuerpo perfecto que siempre había
imaginado y que alguna vez tuvo en sus manos.
Esta revisión devota que realiza tan pronto levantarse condiciona su
carácter durante el día, si accede a una imagen, un video de ella, el día será
magnífico, lleno de optimismo, sonrisas para todo el mundo, si por el
contrario, no había nada nuevo, se convertía en el Gustavo parco, el mismo insensible
desde que su exnovia comenzara a volver privados sus perfiles.
Le había enviado solicitudes de amistad, pero ninguna tuvo respuesta.
Parecía no interesarle nada de su existencia. Además, los pocos intentos que
hacía por verla, por encontrarla cara a cara, siempre terminaban en dolorosos
fracasos. Así vivía, se sobreponía rápidamente a estos estados en los que
parecía haber caído muy a fondo, de pronto emergía como un legendario abisal
encontrado en costas nórdicas, o como un cálido géiser que lleva semanas sin
emerger. Tal cual. No como un ave fénix porque en este caso sería renacer y,
renacer, implica una nueva vida. La de él era siempre la misma, monótona,
aburrida, salpicada de pequeños espacios de animación.
Mariela y Gustavo se conocieron en la universidad, tenían la misma edad
y comenzaron sus estudios en la misma facultad aunque no en los mismos horarios,
al principio ninguno de ellos mostró interés por el otro, pero después de unos
meses ella, involuntariamente, pues su naturaleza era así, pareció coquetearle
y Gustavo, entonces, por primera vez se fijó en ella.
Le pareció una muchacha muy jovial, extrovertida, llamaba a las cosas
por su nombre y sobre todo que, pese a que nunca parecía molestarse, tenía un
carácter recio. Durante el segundo ciclo de estudios tuvieron el “noviazgo” que
tanto extraña, se encontraban al entrar o salir de clases, al cruzarse durante
el día, a la hora del desayuno y el almuerzo, se consultaban los pequeños
inconvenientes que aparecían durante sus estudios, se rozaban las manos, el
olía su pelo siempre que podía y ella le ponía la mano sobre el hombro para
darle las gracias por algo y que Gustavo interpretaban como si marcara su
territorio.
No tenía claro cuándo oficializaron su noviazgo, no podía precisar desde
cuándo ella comenzó a llamarlo “novio”, pese a que esta relación no llegó a los
cuatro meses, había quedado dependiente de ella. Lo que si tenía claro era el
día en que ella le dijo “hasta aquí nomás”, de manera sorpresiva, cuando todo
parecía ir bien la relación se quebró y con ella también se quebró todo su ser.
Entonces comenzó su sufrimiento. Increíblemente ella, a los pocos días
ya mostraba otros pretendientes en sus perfiles de la red, antes del segundo
mes oficializaba nuevo “novio”, desde entonces no sabía cuántos fueron; sin
embargo, él, a partir del día en que ella le dijo “ya no me busques más”
parecía haber llegado a su final, se le derrumbó todo.
Había cambiado de horarios y no se volvieron a cruzar en la universidad.
Su desconsuelo era permanente, pero no podía renunciar a seguir
buscándola; buscarla, era el impulso que le daba sentido a su vida, si dejaba
de pensarla no comía, no dormía, no se preocupaba de nada. Al principio
recuperarla era su motivación, ahora, solo verla en una foto, en un post, de
lejos en alguna calle.
Alguien dijo que la vida es la suma de casualidades y coincidencias,
para Gustavo sería cierto.
A una cuadra de la universidad había una plazuela, una especie de gran
glorieta, en cuyo alrededor se encontraban muchos negocios y restaurantes
especializados en menús baratos para estudiantes y trabajadores, en el centro,
un amplio jardín bordeado por bancas antiguas de madera, que se llenaba de
gente a la hora del almuerzo, algunos esperando que se desocupara un lugar o
tan solo para conversar o dormitar mientras intentaban leer un diario o
esperaban el inicio de la siguiente clase.
Hacia allá se dirigió Gustavo a paso de explorador, mirando para todos
lados, con la esperanza de encontrarse o solo mirar de lejos a Mariela. Dio una
vuelta a la glorieta mientras decidía que comer, escogió el pequeño restaurante
donde muchas veces había almorzado con la mujer que ahora extraña, siempre con
la misma esperanza de encontrarla. Halló una mesa para dos y se sentó, pidió un
menú ejecutivo y comenzó a revisar el celular, una manía que parece universal,
de manera inconsciente buscó las fotos más recientes de Mariela. Una muchachita
le trajo los cubiertos y le tomó su pedido. Siguió con su ritual telefónico con
la misma turbación con la que un cenobita revisa una biblia mientras ofrece su
primera extremaunción.
Infló sus pulmones y decidió dedicarse un momento a los recuerdos,
mientras le traían su pedido. Evocó aquellos días en que almorzaban juntos,
quizás en esta misma mesita, al principio como compañeros de estudios, luego
como amigos y finalmente como novios. ¿Habrá alguna oportunidad en la que
almorcemos como exnovios? se preguntó, mientras una ligera sonrisa iluminaba
esa expresión de galán no correspondido que le acompañaba todo el día. Al fondo
del pequeño salón una pareja de enamorados intercambiaba cucharadas de comida
como una liturgia que precede a la mayor expresión carnal del amor, otra vez la
sonrisa iluminándolo, pero esta vez tenía tintes de envidia, de desazón. Miró
hacia otro lado para que no lo sorprendan viéndolos de manera atrevida, corrió
la silla unos centímetros hacia su derecha y acomodó la mesita para evitar
darle frente a la pareja que continuaba melosamente como si no les importara
nada.
¿Cómo empezamos esto? se preguntó, era la pregunta filosófica, rebuscaba
pretendiendo encontrar alguna nueva explicación, cada vez más elaborada, para
zambullirse en sus recuerdos y por un momento hacerse creer que aún seguían
juntos. Quizás la explicación estaba en que tenían algunos gustos y cosas
comunes, pero también tenían otras totalmente raras y desiguales, que
finalmente alimentaban su pasión al ir descubriéndolas poco a poco, con el
pasar de los días.
Cerró los ojos para imaginarse que ella estaba junto a el. En la radio
sonaba aquella canción que alguna vez le dijo que la escuchara atentamente,
ahora sabía que se llamaba “María Teresa y Danilo”, era una de las que cargaba
en el celular para escucharlas en cualquier ocasión como fondo musical a sus
evocaciones.
“Empecemos por el principio…” Como cada vez que cierra los ojos para
recrear los momentos que tanto añora. Se vio junto a ella caminando feliz por
algún lugar conocido, a lo lejos las canciones preferidas de ella se sucedían
una a otra en tan solo segundos, su sonrisa, sus manos apretando las suyas, la
firmeza de su piel y su cabello largo que le golpeaba la cara. También
escuchaba su voz, su risa, la agitación de su respiración cuando la besaba, las
ondas que atravesaban su cuerpo mientras toda ella comenzaba a arder. Sus manos
se estremecían al recordar todas aquellas intimidades que le había tocado,
podía percibir el olor, su olor.
Entonces volvía a su mente el final, inesperado y cruel de su relación,
justo un día después de haberla hecho suya, de “haber bebido el verdadero
elixir del amor del cuerpo de ella” se decía, mientras evocaba que también se
quedó con una promesa, “la próxima semana lo planificamos para que salga mejor”,
como dijo ella. Y no hubo una próxima vez.
En medio de este ambiente lleno de aromas y olores de condimentos,
comidas y bebidas de todo tipo, con los ojos cerrados, Gustavo, tenía la
habilidad para recordar el olor de su cabello. También el timbre de su voz
ignorando todos los sonidos del ambiente como si todo en su ser estuviera
preparado para ella.
-
Hola Gus ¿Te puedo
acompañar?
Era la voz de ella, de Mariela. ¿Es esto posible? Se preguntó aún con
los ojos cerrados. Sintió temor de abrirlos y comprobar que se trataba de su
imaginación.
La misma voz, el mismo timbre, el mismo tono, con carácter, con la misma
firmeza con la que escuchara tantas veces decir “Gus”; aun cuando la
solemnidad, aquella con la que pronunció “no me busques más”, había
desaparecido.
Más bien tenía el tono de aquel “es mejor que no nos veamos más”, o de
“haz tu vida con otra, te lo mereces”, o del “me llevo un bonito recuerdo,
déjalo así”.
Hubiera querido estar mucho tiempo con los ojos cerrados repitiéndose
mil veces los recuerdos que le vienen a su mente como un tropel de emociones,
porque cada frase es una emoción diferente, la voz es la misma, pero el efecto
es otro.
¿Y cuál es el primer recuerdo de ella? No lo sabe, en su mente cada
experiencia vivida emerge como si tuviera vida, sin orden, sin propósito.
En menos de un segundo le vienen muchos recuerdos, vividos precisamente
en esta misma mesita, fue al día siguiente de haberse dado el primer beso, se
contaron cosas de sus familias para conocerse mejor, ambos venían de padres
separados, él había sido criado por su madre ella por su padre, los papás de
ambos eran del ejército, quizás de la misma promoción. Gustavo conocía a su
padre solo por fotos, se marchó cuando tenía apenas dos años, le decía “sargento
Saunders”, como un personaje de televisión, porque era la leyenda escrita en
una de sus fotos, si lo alcanzara a ver lo identificaría; en el caso de ella,
su madre la abandonó y la dejó al cuidado de su padre apenas cumplir un año,
fue criada entre tías y primas y no volvió a ver a su madre, el cariño que
sentía por su papá se notaba cuando se refería a él, “todo lo que soy se lo
debo a él”. Ambos tenían hermanastros, Gustavo dos hermanas y Mariela dos
hermanos, cada quien tenía muchas vivencias que al contarlas les hacía fácil
encontrar coincidencias que los llevaba a pensar que eran el uno para el otro.
Ese día hablaron tanto y con tanto gusto que prefirieron no entrar a la
siguiente clase.
“Qué recuerdos aquellos”.
-
¿Puedo? – Otra vez la
voz de ella.
Abrió los ojos con aprieto y a pesar de encontrarse contra la luz la
reconoció de inmediato, su perfil, la delicadeza de sus formas. Se paró de
inmediato.
-
Por favor – le dijo
ofreciéndole la silla.
No lo podía creer, si, era ella.
De golpe todo cambió a su alrededor, los aromas y olores de huarique
desaparecieron y todo fue inundado por la fragancia que salía de su cabello.
Se sentó y quiso tomar sus manos como antes lo había hecho, pero se
frenó, se dedicó a mirarla dos o tres segundos que le parecieron una eternidad,
su piel fresca, sus ojos brillosos, su cabello gracioso y sus labios con esa
sonrisa a medio dibujar que nacía de la juntura de sus labios, moviéndolos
sensualmente con cada palabra que pronunciara.
-
Qué suerte encontrarte,
Gus.
-
Creo que lo haces porque
no hay otro lugar disponible – bromeó y ella se río de buena gana echando la
cabeza para atrás y dejando ver el nacimiento enhiesto de sus pechos.
-
Te veo más linda que
nunca – dijo tratando de darle la mayor emoción a sus palabras.
-
Tu siempre coqueto –
“otra vez esa sonrisa que adoro” pensó.
Para Gustavo era un sueño, las cosas a su alrededor parecían en cámara
lenta y su foco estaba centrado en Mariela, el resto de su espacio visual era
cubierto por manchas de colores, borrosas.
Almorzaron y conversaron sobre muchas cosas lindantes con sus recuerdos,
bromearon y rieron como grandes amigos, pero como siempre, la procesión iba por
dentro. Gustavo estaba tenso y parecía a punto de saltar sobre ella para abrazarla,
acariciarla y poseerla como si solo existieran ella y él.
-
Creo que es hora de irme
– advirtió la chica mirando la hora en su celular.
Una desesperación súbita invadió a Gustavo, comenzó a temblar, su cuerpo
se puso aún más tenso, como cuando el depredador va sobre su presa.
-
Me hiciste una promesa
¿lo recuerdas? – le dijo a Mariela mientras la miraba a los ojos como queriendo
encontrar la respuesta en ellos.
-
Lo nuestro no puede ser,
nunca debió ser, no debería existir “lo nuestro” – contestó la muchacha – es
más, no creo que haya forma de cumplir esa promesa, tengo novio y estoy segura
que de hacerlo caería sobre mi algún castigo divino.
-
Vamos, no es para tanto,
basta con que digas “NO, hay promesas que nunca cumplo” – pensando darle bajo
la línea de flotación.
-
Ja, ja, ja…como dije
alguna vez, eres un estratega de la conversación. Pero sabrás que no me siento
culpable por romper esta promesa.
-
Entiendo de veras tu
situación, pero ¿por qué tienes tus cuentas privadas? ¿es en contra mía, contra
lo nuestro? – replicó Gustavo, pensando en las horas de su vida que pasaba buscando
un mensaje, una foto de ella en las redes.
-
Nooo…”no te creas tan
importante” – esto último lo dijo con el tono de una canción conocida – es porque
así me siento más segura, me hace sentir que tengo el control de mi vida, lejos
de las críticas de los demás…
-
Pero, yo sería incapaz
de alterar tu vida, recuerda lo que siempre te dije que te quiero tanto que soy
incapaz de hacer algo que te ocasiones el menor malestar – casi suplicante.
-
No, creo que por ahora
lo voy a mantener así – dijo ella, mirándolo a los ojos y haciendo el además de
levantarse y dar por finalizado el encuentro.
Para Gustavo, parecían desvanecerse las pocas expectativas que con el encuentro
había vuelto a cebar, sintió que se quemaba por dentro ¿eran llamas de pasión,
de temor, de furia por la frustración? No importaba, quería responder de una
manera dura, quizás cruel, que lleguen al alma de Mariela, quería remecerla,
era necesario un golpe. No debía dejarla ir así tan fácilmente, como un arcángel
que llega entrega un mensaje mortal y se va. Tenía que decirle algo que
recuerde para siempre.
Decidido a tomar ventaja, Gustavo se puso de pie más rápido con la
intención de marcharse mientras Mariela, sorprendida, volvió a sentarse. El
había recordado algo que leyó en las redes y que guardó en alguna parte de su
memoria especialmente para esta ocasión. Aunque las cosas no habían salido como
quisiera creía tener la última movida para hacerla reaccionar.
-
¿Por qué tus cuentas son
privadas si tu vagina es pública? – espetó con minúsculas gotas de saliva y los
ojos vidriosos.
Luego, en una fracción de segundo percibió como la sorpresa cubrió la expresión
de la muchacha, sus ojos se hicieron inmensos a través de la contraluz y su faz
empalidecía, si, parecía un golpe bajo la línea de flotación; sin embargo,
inmediatamente recuperó su compostura y dibujó una más de aquellas sonrisas angelicales
dignas de perennizar, parecía querer hablar pero las palabras se negaban a
salir de su boca. Gustavo aprovechó para dar media vuelta y dirigirse a la
salida del huarique, como el conquistador que acaba de finalizar su última
victoria.
Era de noche cuando despertó sudoroso en su cama, se había dormido, su
mente, su piel, el ambiente estaban llenos de los acontecimientos de la tarde, creía
haberle devuelto el golpe a Mariela, el golpe que significó para él haber
finalizado su relación sin motivo aparente. No se sentía ni satisfecho ni
victorioso, por el contrario, un sabor agrio de soledad lo empezaba a invadir
poco a poco.
Lánguidamente se dirigió hacia su computadora y comenzó a revisar las
redes sociales, la primera, le causó una emoción que le puso a temblar, el
perfil de Mariela era público ahora, revisó todos los perfiles de ella, eran
públicos. Esto era increíble, sonrió como el verdugo que mata al condenado en
el segundo intento. La emoción que sentía era intensa, pasó de la frustración a
la victoria final demasiado rápido, sus sentidos estaban a punto de explotar. Ingresó
al primer perfil que encontró, sólo mensajes, memes y videos reposteados. Su
temblor se hacía evidente, tenía algunos problemas para digitar el teclado.
Siguió intentando encontrarla. Después de mucho navegar encontró una foto de ella,
la miró, la analizó, estaba radiante, perfecta. Leyó el encabezado, era de dos
días atrás “Aquí con mi papá”. No importa con quién esté, solo le interesa
Mariela.
Estuvo horas mirando fotos y videos y su emoción no decaía, las volvía a
ver una y otra vez, pasaba su mano sobre la pantalla como tocándola a ella. No
había dormido y ya comenzaba a amanecer, volvió a revisar las imágenes que le
parecían como de ángeles, entonces se dio cuenta que muchas de ellas tenían el
mismo encabezado, “Aquí con mi papá”. Era una invitación a conocerlo, a verlo
por primera vez “quizás hubiera sido mi suegro” se dijo socarronamente.
Miró el rostro del uniformado que aparecía al lado de Mariela, le
pareció conocido, una súbita ola de emoción lo invadió, como una onda sísmica
que nacía en su interior y se propagaba hasta llenar toda la habitación, sintió
un chasquido en su garganta ¿o sería su corazón?
Como si alguien más lo escuchara en aquella habitación dijo atragantado:
-
El “sargento Saunders…”