LA PENSION

LA PENSION
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domingo, 15 de marzo de 2020

MIS SESENTA


Es común escuchar la expresión que el Perú  es un país de contrastes, donde los casos de antagonismos son frecuentes, tenemos los lugares más bellos pero ellos se convirtieron en refugio de terroristas y narcotraficantes cada cual mas sanguinario, tenemos las mentes más lúcidas, que son admiración del mundo pero también somos cuna de cada imbécil (la conformación del Congreso 2016-2019 dan fe de ello), contamos con la burguesía más refinada pero también con uno de los colchones mas grandes de pobreza extrema, tenemos colegios privados donde tu pensión mensual alcanzaría para pagar a todos los profesores de una escuela rural; y, así por el estilo, los contrastes se dan cada nada en nuestro querido país.
Y ahora que están de moda los destapes por los grandes casos de corrupción nos damos cuenta que esta especie de polaridad se puede demostrar más fácilmente con los políticos, algunos de ellos presos; lo podemos graficar con el caso de nuestro ex alcalde apodado “el mudo”, él, ha sido incluido recientemente en las investigaciones del caso Lava Jato, por haber recibido dinero sucio proveniente de Odebrecht para su campaña política (es evidente que algo le quedó para sus bolsillos), sin embargo, pese a las pruebas y a lo indudable de su accionar delincuencial, muchas personas todavía creen en el, o si no creen por lo menos justifican su accionar diciendo “roba pero construye”, y esas mismas personas son las que critican y piden el linchamiento de otros políticos quizás menos corruptos, como si existiera una escala para medir la corrupción.
O sea, los peruanos estamos normalizando una doble apreciación sobre un mismo punto, no me atrevería a decir doble moral porque me parece que no es intencional, es como una moda, como una protesta, como si quisiéramos gritar “basta”, entonces nos ponemos del lado de quien creemos que es una persona honesta, digna, sin conocer su otro lado (ahora estamos casi seguros que todos lo tenemos) o simplemente nos ponemos del lado de quien es diferente sin importar nada mas, como queriendo decir “yo elijo a quien me de la gana”; esta apreciación personal la confirmo con el resultado de las elecciones para congresistas 2020-2021, podría afirmar que quienes se harán cargo de lo que queda del ciclo legislativo del Congreso disuelto ni siquiera tienen las condiciones mínimas para representarnos, los escogimos en un rapto de sinrazón, de desprecio por el establishment impuesto por los defenestrados. En todo caso falta poco tiempo para saber si tengo o no razón.
Somos el país de “Pepe el vivo”, el país del “lorna”, del “caído del palto”, lo curioso es que la misma persona puede pasar de “Pepe el vivo” a “lorna” y después a “caído del palto”. Desde muy pequeños somos educados en nuestras familias con los moldes de “Pepe el vivo”. Cuando viajamos en el transporte público nuestros padres nos obligan a ocupar un asiento delante de ancianos o personas con alguna discapacidad, metiéndonos en la cabeza que eso es una viveza. Nos llevan al cine cuando ya hemos pasado la edad mínima para ser menores y nos obligan a mentir sobre ello para pagar menos, en nuestras casa se justifica la piratería de libros, música y videos porque esto es de vivos. Si cuando nos dan el vuelto el vendedor se equivoca y nos da más, jamás devolvemos el dinero, no serías un “vivazo” sino un “caído del palto”.
Entonces el peruano que es honesto, que cumple con sus obligaciones ciudadanas, que no se pasa el semáforo en rojo, que paga sus deudas regularmente, que es disciplinado y respeta a los demás y a si mismo es un “caído del palto”.
Hace algunos días cuando pasaba por el cine Tacna, en la avenida del mismo nombre se me vino a la memoria que por esas calles, el personaje “nobelesco” (si, con b, no con v, porque me refiero a que se merecía un premio Nobel), de Conversación en la Catedral, una de las mejores obras de Vargas Llosa, Santiago Zavala se preguntó “¿En qué momento se había jodido el Perú?”; y, con esa pregunta nos había vuelto a joder porque hasta ahora no encontramos una respuesta que pueda ser considerada correcta por todos, o por la mayoría  de peruanos. No tenemos noción de cuándo exactamente nos jodimos pero actuamos para seguir jodiéndonos entre nosotros.
Lo peor de este asunto es que hemos perdido la capacidad de darnos cuenta cuáles de nuestros actos son los que nos joden, no lo sabemos a ciencia cierta.
En el Perú se dan leyes para que se cumplan pero el peruano cree que antes de cumplirlas debe buscar la manera de evitarlas, si la encuentra entonces si está ejerciendo su rol de “Pepe el vivo”, solo a un vivazo se le puede permitir incumplir las normas, los que las cumplen son los otros, los “lornas” y los “caídos del palto”.
Hace unos días, conversando con un familiar, médico, me comentaba que durante sus guardias en el servicio de emergencias del hospital donde trabaja se había dado cuenta que en días lluviosos llegaban entre 1 a 5 personas adultas, algunos ancianos, a atenderse por golpes, a veces fracturas al haberse resbalado cuando caminaban sobre las rampas construidas en las aceras y que según reglamento tienen que estar señalizadas, pintadas de amarillo.
-       Creo que voy a hacer un informe para pedirle a la municipalidad que cuando construyan estas rampas las hagan con una superficie antideslizante para que las personas no se resbalen – me dijo orgulloso.
Me miró a los ojos esperando mi aprobación, o quizás un gesto de admiración por tan loable proceder, pero, lamentablemente estoy curtido con esto de las leyes que se cumplen y las que no, instintivamente me doy cuenta cuando alguien está quebrando alguna norma, no se por qué desarrollé esta cualidad. Entonces le respondí.
-       Creo que esas rampas están construidas para ser empleadas por las personas que se movilizan en sillas de ruedas. Lo que deberías hacer es llamar la atención de todos esos “lornas” por caminar sobre ellas, pues no les corresponde.
Vi la sorpresa reflejada en el rostro de mi interlocutor, es más, yo mismo me sorprendí de haber hecho un comentario casi autómata, ni siquiera lo había meditado, me salió así de repente.
Allí estaba probado otra vez que un mismo hecho es explicado, de acuerdo a la interpretación de cada quien, para algunos puede ser una “viveza” y para otros una “gran cojudez”.
Pero la cosa se agrava cuando se siguen dando leyes y normas que parecieran haberse diseñado para incumplirlas, para que la mayoría de peruanos, porque la mayoría nos creemos “pepes”, inmediatamente busquen y encuentren la manera de evitarlas o de favorecerse con ellas.
Una de estas es la ley de atención preferencial que otorga un derecho especial en la atención de mujeres embarazadas, personas discapacitadas y del adulto mayor (LEY Nº 28683) Esta norma es la que obliga, entre otras cosas, a separar cierta cantidad de asientos en todo transporte público para el uso de estas personas y de atenderlos en forma preferente tratando de evitarles las largas colas durante las gestiones de todo tipo.
Desde su entrada en vigencia he sido testigo de muchas formas que inventamos los peruanos par favorecernos de la ley.
He sido testigo de innumerables casos, algunos muy bien planeados, en los bancos, en las oficinas de servicios públicos, en los cines, en los hospitales, en las cajas del supermercado y hasta para subir a las “combis”, de “pepes” sacándole la vuelta al resto.
Peruanos vivazos que son capaces de prestarse el hijo de la vecina o usar a un sobrino para concurrir a hacer gestiones y acomodarse en las colas preferenciales; también vendarse un brazo o emplear un bastón para fingir alguna discapacidad que les permita este privilegio.
Recuerdo que una vez, mientras hacía una larga cola para actualizar mi DNI, atrás mío se encontraba una señora, joven aún, quizás de 38 o 40 años, que llamó con su celular a un familiar y le pidió que lo más rápido trajera a Paquita por que la necesitaba. Una hora después, cuando el sol nos torturaba en esta cola que parecía no avanzar, llegó otra joven trayendo de la mano a una niña con síndrome de Down, la mujer que había pedido su presencia, sin ningún rubor, la tomó de la mano y pasó de frente a la ventanilla. Nadie le dijo nada, yo tampoco, porque era evidente que una protesta no encontraría eco teniendo en cuenta la situación de la menor. Tanta fue mi cólera, que después de esa gestión tuve una cefalea que me duró dos días.
También he visto a muchos adultos mayores superar milagrosamente una cojera después de haber culminado su gestión por la directa, muchas veces, cuando estaba a punto de ser atendido se presentaban uno o dos personas en situación preferencial que eran atendidos antes que yo y me dejaban una extraña sensación de odio, odio a todo el mundo, a las leyes, a los vivazos. ¿Porqué tengo tan mala suerte?.
Por eso, cuando por la mañana llegué a la clínica dental, casi de urgencia porque tenía un dolor de muelas, de esos insoportables, que están prendidos todo el día, que intentaba paliar con pastillas para el dolor y anti inflamatorios auto medicados, sentí otra vez este odio que estoy seguro salía de mis genes, de mi estructura más interna, al retirar el clásico papelito para esperar mi turno. Mi número era el 63 y el televisor al frente con el sonido de campanitas navideñas anunciaba que era el turno del 39 para acercarse a una de las dos ventanillas y ser derivado a un consultorio. Esperé tragando abundante saliva y tratando de poner mi mente en blanco para perder voluntariamente la noción del tiempo, cosa que iba a lograr, cuando me di cuenta que había una cola preferencial que nunca pasaba de tres personas a quienes se les atendía casi de inmediato, tuve que cerrar los ojos e intentar cantar mentalmente para evitar pensamientos nocivos con tendencia a convertirme en asesino.
Después de mucho sufrimiento y un par de horas de por medio llegó mi turno. El televisor anunciaba que al 63 le correspondía la ventanilla 2, aunque esta vez no hubo campanita (podría haber jurado que hasta el televisor estaba en mi contra), respiré profundamente y me acerqué a la ventanilla mirando a mis costados, preparado para meterle un codazo de necesidad mortal a cualquier “preferencial” que intentara ganarme el turno.
Como era la primera vez que me atendían procedieron a generarme una historia clínica, me pidieron mis datos, y entre estos mi edad.
-              Sesenta recién cumplidos…- dije, lo más serio posible. La señorita que me atendía levantó la vista para mirarme mejor.
Si me dice “no parece” le meto un “combo” entre ceja y ceja, gracias a Dios, no me dijo nada y continuó con su trabajo. Me entregó otro papelito como contraseña para dirigirme al consultorio 703. Tomé aquel pequeño papel de la puntita esperando que no se ajara porque de pronto sentí temor, como una premonición de que algo tenía que pasar para que las cosas no me salieran tan bien.
-              Es un consultorio preferencial y le van a atender ahora mismo – me dijo. ¿Qué? No puedo creerlo, yo preferencial. Se iluminó todo el recinto, la voz era un arrullo angelical, me levanté y una nube me llevó hasta el consultorio 703, porque caminando no fui.
La puerta estaba entreabierta, cuando iba a tocar con los nudillos se abrió y el mismo odontólogo, ataviado con su ropaje verde y un tapaboca que le cubría más de medio rostro me indicó sin preámbulos – Tome asiento – señalándome la silla dental que ahora se me hacía como un cómodo diván en donde se quedaría mi dolor de muelas.
Media hora después, cuando salía de la clínica con el cachete izquierdo todavía adormecido por la anestesia, completamente aliviado de ese dolor que sonaba en el fondo de mi cabeza, me sentía otra persona, una entidad superior, un campeón, con la certeza que a partir de ahora no habría cola que pueda conmigo.
Agárrense el común de los mortales que todavía tiene que hacer colas, si agárrense de donde puedan por que acaba de nacer un “Pepe el vivo”.


LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...