Es común
escuchar la expresión que el Perú es un
país de contrastes, donde los casos de antagonismos son frecuentes, tenemos los
lugares más bellos pero ellos se convirtieron en refugio de terroristas y
narcotraficantes cada cual mas sanguinario, tenemos las mentes más lúcidas, que
son admiración del mundo pero también somos cuna de cada imbécil (la
conformación del Congreso 2016-2019 dan fe de ello), contamos con la burguesía
más refinada pero también con uno de los colchones mas grandes de pobreza
extrema, tenemos colegios privados donde tu pensión mensual alcanzaría para
pagar a todos los profesores de una escuela rural; y, así por el estilo, los
contrastes se dan cada nada en nuestro querido país.
Y ahora que
están de moda los destapes por los grandes casos de corrupción nos damos cuenta
que esta especie de polaridad se puede demostrar más fácilmente con los
políticos, algunos de ellos presos; lo podemos graficar con el caso de nuestro
ex alcalde apodado “el mudo”, él, ha sido incluido recientemente en las
investigaciones del caso Lava Jato, por haber recibido dinero sucio proveniente
de Odebrecht para su campaña política (es evidente que algo le quedó para sus
bolsillos), sin embargo, pese a las pruebas y a lo indudable de su accionar
delincuencial, muchas personas todavía creen en el, o si no creen por lo menos
justifican su accionar diciendo “roba pero construye”, y esas mismas personas
son las que critican y piden el linchamiento de otros políticos quizás menos
corruptos, como si existiera una escala para medir la corrupción.
O sea, los
peruanos estamos normalizando una doble apreciación sobre un mismo punto, no me
atrevería a decir doble moral porque me parece que no es intencional, es como
una moda, como una protesta, como si quisiéramos gritar “basta”, entonces nos
ponemos del lado de quien creemos que es una persona honesta, digna, sin
conocer su otro lado (ahora estamos casi seguros que todos lo tenemos) o
simplemente nos ponemos del lado de quien es diferente sin importar nada mas,
como queriendo decir “yo elijo a quien me de la gana”; esta apreciación
personal la confirmo con el resultado de las elecciones para congresistas
2020-2021, podría afirmar que quienes se harán cargo de lo que queda del ciclo
legislativo del Congreso disuelto ni siquiera tienen las condiciones mínimas
para representarnos, los escogimos en un rapto de sinrazón, de desprecio por el
establishment impuesto por los defenestrados. En todo caso falta poco tiempo
para saber si tengo o no razón.
Somos el
país de “Pepe el vivo”, el país del “lorna”, del “caído del palto”, lo curioso
es que la misma persona puede pasar de “Pepe el vivo” a “lorna” y después a
“caído del palto”. Desde muy pequeños somos educados en nuestras familias con
los moldes de “Pepe el vivo”. Cuando viajamos en el transporte público nuestros
padres nos obligan a ocupar un asiento delante de ancianos o personas con
alguna discapacidad, metiéndonos en la cabeza que eso es una viveza. Nos llevan
al cine cuando ya hemos pasado la edad mínima para ser menores y nos obligan a
mentir sobre ello para pagar menos, en nuestras casa se justifica la piratería
de libros, música y videos porque esto es de vivos. Si cuando nos dan el vuelto
el vendedor se equivoca y nos da más, jamás devolvemos el dinero, no serías un
“vivazo” sino un “caído del palto”.
Entonces el
peruano que es honesto, que cumple con sus obligaciones ciudadanas, que no se
pasa el semáforo en rojo, que paga sus deudas regularmente, que es disciplinado
y respeta a los demás y a si mismo es un “caído del palto”.
Hace algunos
días cuando pasaba por el cine Tacna, en la avenida del mismo nombre se me vino
a la memoria que por esas calles, el personaje “nobelesco” (si, con b, no con
v, porque me refiero a que se merecía un premio Nobel), de Conversación en la
Catedral, una de las mejores obras de Vargas Llosa, Santiago Zavala se preguntó
“¿En qué momento se había jodido el Perú?”; y, con esa pregunta nos había
vuelto a joder porque hasta ahora no encontramos una respuesta que pueda ser
considerada correcta por todos, o por la mayoría de peruanos. No tenemos noción de cuándo
exactamente nos jodimos pero actuamos para seguir jodiéndonos entre nosotros.
Lo peor de
este asunto es que hemos perdido la capacidad de darnos cuenta cuáles de
nuestros actos son los que nos joden, no lo sabemos a ciencia cierta.
En el Perú
se dan leyes para que se cumplan pero el peruano cree que antes de cumplirlas
debe buscar la manera de evitarlas, si la encuentra entonces si está ejerciendo
su rol de “Pepe el vivo”, solo a un vivazo se le puede permitir incumplir las
normas, los que las cumplen son los otros, los “lornas” y los “caídos del
palto”.
Hace unos
días, conversando con un familiar, médico, me comentaba que durante sus
guardias en el servicio de emergencias del hospital donde trabaja se había dado
cuenta que en días lluviosos llegaban entre 1 a 5 personas adultas, algunos
ancianos, a atenderse por golpes, a veces fracturas al haberse resbalado cuando
caminaban sobre las rampas construidas en las aceras y que según reglamento
tienen que estar señalizadas, pintadas de amarillo.
- Creo
que voy a hacer un informe para pedirle a la municipalidad que cuando
construyan estas rampas las hagan con una superficie antideslizante para que
las personas no se resbalen – me dijo orgulloso.
Me miró a
los ojos esperando mi aprobación, o quizás un gesto de admiración por tan loable
proceder, pero, lamentablemente estoy curtido con esto de las leyes que se
cumplen y las que no, instintivamente me doy cuenta cuando alguien está
quebrando alguna norma, no se por qué desarrollé esta cualidad. Entonces le
respondí.
- Creo
que esas rampas están construidas para ser empleadas por las personas que se
movilizan en sillas de ruedas. Lo que deberías hacer es llamar la atención de
todos esos “lornas” por caminar sobre ellas, pues no les corresponde.
Vi la
sorpresa reflejada en el rostro de mi interlocutor, es más, yo mismo me
sorprendí de haber hecho un comentario casi autómata, ni siquiera lo había
meditado, me salió así de repente.
Allí estaba
probado otra vez que un mismo hecho es explicado, de acuerdo a la interpretación
de cada quien, para algunos puede ser una “viveza” y para otros una “gran
cojudez”.
Pero la cosa
se agrava cuando se siguen dando leyes y normas que parecieran haberse diseñado
para incumplirlas, para que la mayoría de peruanos, porque la mayoría nos
creemos “pepes”, inmediatamente busquen y encuentren la manera de evitarlas o
de favorecerse con ellas.
Una de estas
es la ley de atención preferencial que otorga un derecho especial en la
atención de mujeres embarazadas, personas discapacitadas y del adulto mayor (LEY
Nº 28683) Esta norma es la que obliga, entre otras cosas, a separar cierta
cantidad de asientos en todo transporte público para el uso de estas personas y
de atenderlos en forma preferente tratando de evitarles las largas colas
durante las gestiones de todo tipo.
Desde su
entrada en vigencia he sido testigo de muchas formas que inventamos los
peruanos par favorecernos de la ley.
He sido
testigo de innumerables casos, algunos muy bien planeados, en los bancos, en
las oficinas de servicios públicos, en los cines, en los hospitales, en las
cajas del supermercado y hasta para subir a las “combis”, de “pepes” sacándole
la vuelta al resto.
Peruanos
vivazos que son capaces de prestarse el hijo de la vecina o usar a un sobrino
para concurrir a hacer gestiones y acomodarse en las colas preferenciales;
también vendarse un brazo o emplear un bastón para fingir alguna discapacidad
que les permita este privilegio.
Recuerdo que
una vez, mientras hacía una larga cola para actualizar mi DNI, atrás mío se
encontraba una señora, joven aún, quizás de 38 o 40 años, que llamó con su
celular a un familiar y le pidió que lo más rápido trajera a Paquita por que la
necesitaba. Una hora después, cuando el sol nos torturaba en esta cola que
parecía no avanzar, llegó otra joven trayendo de la mano a una niña con
síndrome de Down, la mujer que había pedido su presencia, sin ningún rubor, la
tomó de la mano y pasó de frente a la ventanilla. Nadie le dijo nada, yo
tampoco, porque era evidente que una protesta no encontraría eco teniendo en
cuenta la situación de la menor. Tanta fue mi cólera, que después de esa
gestión tuve una cefalea que me duró dos días.
También he
visto a muchos adultos mayores superar milagrosamente una cojera después de
haber culminado su gestión por la directa, muchas veces, cuando estaba a punto
de ser atendido se presentaban uno o dos personas en situación preferencial que
eran atendidos antes que yo y me dejaban una extraña sensación de odio, odio a
todo el mundo, a las leyes, a los vivazos. ¿Porqué tengo tan mala suerte?.
Por eso,
cuando por la mañana llegué a la clínica dental, casi de urgencia porque tenía
un dolor de muelas, de esos insoportables, que están prendidos todo el día, que
intentaba paliar con pastillas para el dolor y anti inflamatorios auto medicados,
sentí otra vez este odio que estoy seguro salía de mis genes, de mi estructura
más interna, al retirar el clásico papelito para esperar mi turno. Mi número era
el 63 y el televisor al frente con el sonido de campanitas navideñas anunciaba
que era el turno del 39 para acercarse a una de las dos ventanillas y ser
derivado a un consultorio. Esperé tragando abundante saliva y tratando de poner
mi mente en blanco para perder voluntariamente la noción del tiempo, cosa que
iba a lograr, cuando me di cuenta que había una cola preferencial que nunca
pasaba de tres personas a quienes se les atendía casi de inmediato, tuve que
cerrar los ojos e intentar cantar mentalmente para evitar pensamientos nocivos
con tendencia a convertirme en asesino.
Después de
mucho sufrimiento y un par de horas de por medio llegó mi turno. El televisor
anunciaba que al 63 le correspondía la ventanilla 2, aunque esta vez no hubo
campanita (podría haber jurado que hasta el televisor estaba en mi contra),
respiré profundamente y me acerqué a la ventanilla mirando a mis costados,
preparado para meterle un codazo de necesidad mortal a cualquier “preferencial”
que intentara ganarme el turno.
Como era la
primera vez que me atendían procedieron a generarme una historia clínica, me
pidieron mis datos, y entre estos mi edad.
-
Sesenta recién
cumplidos…- dije, lo más serio posible. La señorita que me atendía levantó la
vista para mirarme mejor.
Si me dice “no
parece” le meto un “combo” entre ceja y ceja, gracias a Dios, no me dijo nada y
continuó con su trabajo. Me entregó otro papelito como contraseña para
dirigirme al consultorio 703. Tomé aquel pequeño papel de la puntita esperando
que no se ajara porque de pronto sentí temor, como una premonición de que algo
tenía que pasar para que las cosas no me salieran tan bien.
-
Es un consultorio
preferencial y le van a atender ahora mismo – me dijo. ¿Qué? No puedo creerlo,
yo preferencial. Se iluminó todo el recinto, la voz era un arrullo angelical, me
levanté y una nube me llevó hasta el consultorio 703, porque caminando no fui.
La puerta estaba entreabierta, cuando
iba a tocar con los nudillos se abrió y el mismo odontólogo, ataviado con su
ropaje verde y un tapaboca que le cubría más de medio rostro me indicó sin
preámbulos – Tome asiento – señalándome la silla dental que ahora se me hacía
como un cómodo diván en donde se quedaría mi dolor de muelas.
Media hora después, cuando salía de la
clínica con el cachete izquierdo todavía adormecido por la anestesia,
completamente aliviado de ese dolor que sonaba en el fondo de mi cabeza, me
sentía otra persona, una entidad superior, un campeón, con la certeza que a
partir de ahora no habría cola que pueda conmigo.
Agárrense el común de los mortales que
todavía tiene que hacer colas, si agárrense de donde puedan por que acaba de
nacer un “Pepe el vivo”.