Había pasado cinco años trabajando para una empresa encargada del mantenimiento de carreteras en la selva norte, sin siquiera salir de vacaciones, pero, cuando consideró que el mundo ya no lo observaba por haber perdido una lucha cuerpo a cuerpo contra una mujer, decidió dedicarse a estudiar, sus ahorros eran el mejor soporte para ello. Aquella pesadilla, en la que noche tras noche se veía humillado por una muchacha que, en un combate pulcro de judo le infringió una humillante derrota había desaparecido y, no sentía incomodidad por un hecho, que valgan verdades, nunca nadie se lo había comentado. (Esta historia quedó registrada en el relato Verde contra Blanco, el 2011, en este mismo blog).
A Henry Maslucán, más conocido como el “loco William”, la curiosidad lo
había convertido en un profesional, como el mismo lo contaba, unos años antes
se había recibido como sociólogo de una universidad recién creada, ahora estaba
por terminar su maestría y todo lo que veía en esta zona selvática era
aprovechable para su investigación final. Su energía la utilizaba casi
completamente para su investigación social, estaba interesado en la cultura
Jíbaro, actualmente la etnia Wampi, y, por supuesto que en sus descendientes.
No había luna pero la noche tampoco estaba cerrada, el río cercano
servía de espejo para amplificar la luz de las estrellas disipando la oscuridad
próxima a sus orillas. Terminó de beber el contenido del vaso descartable, lo
estrujó, lo arrojó al cesto de basura simulando un tiro de básquet pero no
acertó, con la punta del zapato lo empujó, una, dos, tres veces pero el vaso
parecía querer alejarse del cesto, más tarde lo recogería, total, por aquí lo
que más sobra es el tiempo, pensó,
mientras achicaba los ojos para distinguir la fuente de aquella luz amarilla
que había aparecido de pronto y que parpadeaba a la distancia, como queriendo
apagarse.
No recordaba por qué y quién le puso el apodo de “loco William”, quizás
porque muchas decisiones las tomaba a la carrera, en el momento, casi sin
analizar las consecuencias. Solo tenía claro que al salir de su natal Chota no
lo llamaban así. Desde los diez años de vida, había sido un verdadero errante y
su pasión era viajar, pero ahora llevaba casi dos residiendo en Chachapoyas
debido a sus estudios; por eso, cuando convocaron a profesionales para trabajar
como coordinadores de las elecciones generales para el distrito electoral de
Condorcanqui, no lo pensó dos veces y se anotó.
Así es como le dieron la responsabilidad del sector conocido como El
Pozo, en Puerto Galilea, tenía dos locales a su cargo. Había caminado mucho por
la selva pero nunca tan al norte, era la primera vez que visitaba los fragosos
distritos de Condorcanqui. Se encontraba encantado de poder conocer en su
propio hábitat a la etnia Wampi, también conocida como Huambiza, materia
central de su investigación, sabía que eran una raza descendiente de los
jíbaros, reducidores de cabezas y, además, quería encontrar respuestas a muchas
inquietudes que lo inquietaban, guardaba las ansias secretas de repetir una
experiencia pasada, beber aquella pócima preparada del tallo de la ayahuasca e
intentar explicar las imágenes que pasaron por su mente y las sensaciones
desconocidas de algunos años atrás cuando lo bebió por primera vez en uno de
sus viajes a Iquitos; dos días antes había llegado a la zona y desde entonces
esta idea le martillaba la cabeza, en cualquier momento lo haría.
Se frotó los ojos para ver mejor aquel destello y por unos instantes le
pareció distinguir una silueta humana, respiró tranquilo, sin dudas era una
persona y decidió caminar hacia alla. Avanzar a través de aquella senda entre
la orilla del río y el muro oscuro de la selva, iluminada por el resplandor de
las estrellas que rebotaba en el agua como un enjambre de luciérnagas con luz
negra que convertían a las sombras que se escapaban del lado oscuro, en
danzantes de una chumaichada con connotaciones guerreras. El sonido del río lo
invadía como una legión de notas musicales procedentes de un anen wampi, que
una a una se introducían por sus oídos apretadamente, frotándolos y dejándole
una sensación de estar siendo de alguna forma desvirgado. Placer o temor, algo
parecido lo invadía como olas que lo atravesaban intermitentemente, pautados
por el resplandor hacia el cual se dirigía.
Hizo ligeros sus pasos, por lo menos eso le parecía, no se escuchaba ni
la hierba seca quebrarse bajo su peso, sentía que estaba levitando a unos
centímetros del suelo, le gustó esa sensación y trató de concentrarse en lo que
sentía al avanzar lentamente.
-
¡La naca naca, la naca
naca…¡
Un grito desesperado lo asustó y le enfrió todo su ser, sintió a su
corazón salir y regresar a su pecho, se le cortó la respiración y con mucho
esfuerzo recuperó su ritmo respiratorio. Era una mujer, de unos treinta años,
la identificó como nativa a pesar de que sus vestimentas eran criollas.
- Maldita naca naca, maldita naca nada – seguía
vociferando desesperadamente la mujer con los ojos desorbitados y las manos
extendidas, como suplicando ayuda de algún ser superior, quizás de Étsa.
Señalando hacia algún lugar del lado oscuro, la desesperada mujer se le
prendió de la cintura y se puso a sus espaldas utilizándolo como escudo contra
un peligro que no alcanzaba a ver.
Intentó calmarla pero seguía gritando las mismas palabras. No sabía el
significado de “naca naca”. La abrazó y la condujo lo más amable posible hacia
el local electoral por ayuda.
Para su mala suerte parecía que ya no había nadie, incluso los
encargados de la seguridad habían desaparecido.
Sentó a la mujer en la silla vieja más cercana e intentó encontrar una
botella de agua para calmarla y fue cuando apareció como por arte de magia un
nativo, casi desnudo, sólo traía un taparrabo y una pucuna colgada a la espalda
de donde asomaban algunos palos delgados y puntiagudos a modo de flechas.
Le pidió que buscara agua pero el nativo parecía no entenderle, y sin
importarle su presencia le tomaba el rostro a la mujer tratando de calmarla,
mientras le hablaba en tono muy calmado en una lengua que Henry no conocía pero
parecía entender; además, cada palabra apenas salir de esa boca se convertía en
un haz de luz multi color y sicodélica que desaparecían flotando a merced del
viento.
Se apartó unos metros y la escena le pareció desprendida de algún cuento
wampi que había oído con incredulidad, donde un kakajam, haciendo uso de su
autoridad tomaba posesión de la voluntad de una de sus mujeres, las luces que se elevaban antes de
desvanecerse se convertían por un instante en rostros de mujeres nativos, todas
muy parecidas. Recordó aquel aspecto importante de su investigación, el encontrar
la explicación a la costumbre de desposar a hermanas, una poliginia sororal, que
suponía aparecida apenas después de Adán y Eva.
Lo llenó una oleada de satisfacción convertida en una suave sensación
que no lograba identificar a través de cuál de sus sentidos lo percibía, las
cosas que estaba viendo, “in situ”, eran muy valiosas para su investigación.
La mujer, despatarrada sobre la vieja silla parecía más calmada, en un
extraño trance, el nativo con señas y ligeros alaridos le hizo entender que
quería que lo siguiera, y tras de él salió nuevamente por el sendero aledaño al
río.
Henry se preguntó quién era este personaje aparecido sin más ni más, de
dónde había venido y qué es lo que pretendía. Una de aquellas luces que se
elevaba con cada palabra del nativo cayó justo sobre su cabeza y de pronto sus
recuerdos de historias leídas sobre los jíbaros se dibujaron claramente en su
mente. Era Pamuk Kirup, el valiente jíbaro que lideró aquel levantamiento
contra los invasores españoles que se dedicaron a saquear las tribus bajo el
pretexto de buscar oro para sus reyes, se notaba el carácter y la firmeza de
sus movimientos, conforme lo había imaginado. Con la claridad podía recordar hasta la fecha de
aquellos sucesos, en 1599, en ese levantamiento, Pamuk Kirup había asesinado al
gobernador español echándole oro fundido por la boca, debido a esto no pudieron
hacer el ritual tzanza, reducirle la cabeza. “El loco William”, se sintió
afortunado por haber sido elegido para recibir la visita de este personaje y
eso lo llenaba de felicidad y orgullo que percibía a través de todos sus
sentidos.
Cuando llegaron aproximadamente al lugar donde apareció la mujer el
nativo, con una espada de palo que se materializó por arte de alguna brujería
en la mano del ancestral guerrero, cuya punta brillaba como acero fundido,
señaló hacia el lado oscuro del sendero y exclamó:
-
¡ Naca naca, maldita
naca naca !
Henry alcanzó a ver una serpiente de unos tres metros que se arrastraba
lentamente, tenía los colores de la coralillo o loro machaco, como él la
conocía, pero el brillo de esta era sobrenatural, se podía palpar, incluso notó
que por donde se arrastraba la hierba quedaba impregnada con estos colores
brillantes.
El nativo se puso delante de ella para impedirle que avanzara hacia el
río y la serpiente adoptó una posición agresiva levantando la cabeza tan alto,
casi hasta el rostro del guerrero, que parecía querer iniciar una conversación.
Durante unos instantes realizaron movimientos similares a una danza, la
serpiente intentando llegar hacia el río y el nativo con su pequeño cayado con
movimientos de lado a lado se lo impedía. Henry se dio cuenta que la parte iluminada
del palo tenía vida propia y se movía como intentando encontrar un lado débil
en el reptil, tenía forma de una pequeña cabeza de serpiente, puntiaguda, que a
pesar del brillo dejaba notar los ojos y los colmillos que sobresalían a ambos
lados.
- Maldita naca naca, devuelve el alma que has
tomado – dijo el nativo mientras sus palabras convertidas en brillo se perdían
en la inmensidad de la noche en forma recta, parecía que el viento había
desaparecido – No volverás a tu reino si no devuelves lo que no es tuyo –.
Henry se dio cuenta que los labios del guerrero no se movían, era
increíble la magia que rodeaba su presencia, el lo entendía a la perfección, se
sintió un privilegiado. Si alguna vez había tenido dudas sobre la existencia de
Panki, narrada por Ciro Alegría, por su trama fantástica, ahora estaba seguro
que aquella historia era cierta.
- ¿Crees que no se que has traído la desgracia a las purmas de la yuca? ¿Acaso
no es cierto que con tu mirada les robas el fruto del vientre a las mujeres? ¿Y
que merodeas los pueblos de los blancos soplándoles al oído los lugares
secretos donde Étsa enterró el oro para nuestro pueblo? - vociferaba el nativo
mientras intentaba golpear la cabeza de la naca naca con su cayado; las luces
multicolores que salían de la boca de Pamuk Kirup iluminaban la noche dándole
un aspecto mitológico a la escena.
El sonido de la selva pasó a ser una sinfonía coordinada de miles de
instrumentos que se intensificaban al compás de las luces, el fondo se hizo más
oscuro, azabache de terciopelo, sobre el que resaltaban los colores como palíndromos
de luz.
Henry sintió un odio enorme por la naca naca y una pulsión que le
incitaba a atacarla, quería pisarle la cabeza, si fuera necesario por una
eternidad, quería quedarse sintiendo las emociones que le invadían ahora, dejándolas
escapar poco a poco pero después de convertirlas en odio. Intentó saltar sobre
la serpiente pero no pudo mover siquiera un músculo
Pero su inmovilidad era acompañada por un hormigueo dulce, a ratos
caliente a ratos frío, era el sonido de la noche selvática, los ruidos que se
metían a su interior dejando apagada la noche.
En medio de ese silencio iluminado la pelea entre Pamuk Kirup y la naca
naca eran una metáfora de la vida, el olor que percibía venía de las luces de
colores, feromonas que se notaban en el brillo del sudor del guerrero.
Se dio cuenta que no podía hacer nada para ayudar al wampi y se le
ocurrió intentar un grito con la boca cerrada, transformado en un haz de luz,
cerró los ojos aunque siguió viendo a través de sus párpados y concentró su fuerza
en su garganta, en sus cuerdas vocales. Sintió una explosión enceguecedora que
lo llenó de nuevas sensaciones, más allá de cualquier placer que antes hubiera
sentido, era la luz de una abducción o la luz al final del túnel que cuentan
los que regresaron de la muerte.
La claridad que precede al amanecer comenzó a notarse en el horizonte y
uno de los encargados de la seguridad llegó al local electoral. Se sintió
sorprendido porque una voz interna, casi imperceptible y desconocida, parecía
señalarle al cuerpo tirado sobre el piso de tierra del aula electoral:
- Don Henry, don Henry - gritó, inclinándose sobre el tendido, puso el oído
sobre su pecho y después de comprobar que latía su corazón comenzó a darle de
cachetadas.
- Despierte Don Henry - logró sentarlo - ¡carajo, necesito agua! - y lo
Arrastró hasta recostarlo contra la pared.
Con la vista buscó un depósito para ir por agua y vio un vaso de plástico,
medio estrujado, al lado de un tacho de basura - Servirá...- se dijo. Lo recogió
y miró en su interior, lo olió:
- Mierda, parece natem, ayahuasca - dijo, mientras sus labios dibujaban
una sonrisa.