LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

lunes, 14 de agosto de 2023

LA NACA NACA

 Había pasado cinco años trabajando para una empresa encargada del mantenimiento de carreteras en la selva norte, sin siquiera salir de vacaciones, pero, cuando consideró que el mundo ya no lo observaba por haber perdido una lucha cuerpo a cuerpo contra una mujer, decidió dedicarse a estudiar, sus ahorros eran el mejor soporte para ello. Aquella pesadilla, en la que noche tras noche se veía humillado por una muchacha que, en un combate pulcro de judo le infringió una humillante derrota había desaparecido y, no sentía incomodidad por un hecho, que valgan verdades, nunca nadie se lo había comentado. (Esta historia quedó registrada en el relato Verde contra Blanco, el 2011, en este mismo blog).

A Henry Maslucán, más conocido como el “loco William”, la curiosidad lo había convertido en un profesional, como el mismo lo contaba, unos años antes se había recibido como sociólogo de una universidad recién creada, ahora estaba por terminar su maestría y todo lo que veía en esta zona selvática era aprovechable para su investigación final. Su energía la utilizaba casi completamente para su investigación social, estaba interesado en la cultura Jíbaro, actualmente la etnia Wampi, y, por supuesto que en sus descendientes.

No había luna pero la noche tampoco estaba cerrada, el río cercano servía de espejo para amplificar la luz de las estrellas disipando la oscuridad próxima a sus orillas. Terminó de beber el contenido del vaso descartable, lo estrujó, lo arrojó al cesto de basura simulando un tiro de básquet pero no acertó, con la punta del zapato lo empujó, una, dos, tres veces pero el vaso parecía querer alejarse del cesto, más tarde lo recogería, total, por aquí lo que  más sobra es el tiempo, pensó, mientras achicaba los ojos para distinguir la fuente de aquella luz amarilla que había aparecido de pronto y que parpadeaba a la distancia, como queriendo apagarse.

No recordaba por qué y quién le puso el apodo de “loco William”, quizás porque muchas decisiones las tomaba a la carrera, en el momento, casi sin analizar las consecuencias. Solo tenía claro que al salir de su natal Chota no lo llamaban así. Desde los diez años de vida, había sido un verdadero errante y su pasión era viajar, pero ahora llevaba casi dos residiendo en Chachapoyas debido a sus estudios; por eso, cuando convocaron a profesionales para trabajar como coordinadores de las elecciones generales para el distrito electoral de Condorcanqui, no lo pensó dos veces y se anotó.

Así es como le dieron la responsabilidad del sector conocido como El Pozo, en Puerto Galilea, tenía dos locales a su cargo. Había caminado mucho por la selva pero nunca tan al norte, era la primera vez que visitaba los fragosos distritos de Condorcanqui. Se encontraba encantado de poder conocer en su propio hábitat a la etnia Wampi, también conocida como Huambiza, materia central de su investigación, sabía que eran una raza descendiente de los jíbaros, reducidores de cabezas y, además, quería encontrar respuestas a muchas inquietudes que lo inquietaban, guardaba las ansias secretas de repetir una experiencia pasada, beber aquella pócima preparada del tallo de la ayahuasca e intentar explicar las imágenes que pasaron por su mente y las sensaciones desconocidas de algunos años atrás cuando lo bebió por primera vez en uno de sus viajes a Iquitos; dos días antes había llegado a la zona y desde entonces esta idea le martillaba la cabeza, en cualquier momento lo haría.

Se frotó los ojos para ver mejor aquel destello y por unos instantes le pareció distinguir una silueta humana, respiró tranquilo, sin dudas era una persona y decidió caminar hacia alla. Avanzar a través de aquella senda entre la orilla del río y el muro oscuro de la selva, iluminada por el resplandor de las estrellas que rebotaba en el agua como un enjambre de luciérnagas con luz negra que convertían a las sombras que se escapaban del lado oscuro, en danzantes de una chumaichada con connotaciones guerreras. El sonido del río lo invadía como una legión de notas musicales procedentes de un anen wampi, que una a una se introducían por sus oídos apretadamente, frotándolos y dejándole una sensación de estar siendo de alguna forma desvirgado. Placer o temor, algo parecido lo invadía como olas que lo atravesaban intermitentemente, pautados por el resplandor hacia el cual se dirigía.

Hizo ligeros sus pasos, por lo menos eso le parecía, no se escuchaba ni la hierba seca quebrarse bajo su peso, sentía que estaba levitando a unos centímetros del suelo, le gustó esa sensación y trató de concentrarse en lo que sentía al avanzar lentamente.

-       ¡La naca naca, la naca naca…¡

Un grito desesperado lo asustó y le enfrió todo su ser, sintió a su corazón salir y regresar a su pecho, se le cortó la respiración y con mucho esfuerzo recuperó su ritmo respiratorio. Era una mujer, de unos treinta años, la identificó como nativa a pesar de que sus vestimentas eran criollas.

-      Maldita naca naca, maldita naca nada – seguía vociferando desesperadamente la mujer con los ojos desorbitados y las manos extendidas, como suplicando ayuda de algún ser superior, quizás de Étsa.

Señalando hacia algún lugar del lado oscuro, la desesperada mujer se le prendió de la cintura y se puso a sus espaldas utilizándolo como escudo contra un peligro que no alcanzaba a ver.

Intentó calmarla pero seguía gritando las mismas palabras. No sabía el significado de “naca naca”. La abrazó y la condujo lo más amable posible hacia el local electoral por ayuda.

Para su mala suerte parecía que ya no había nadie, incluso los encargados de la seguridad habían desaparecido.

Sentó a la mujer en la silla vieja más cercana e intentó encontrar una botella de agua para calmarla y fue cuando apareció como por arte de magia un nativo, casi desnudo, sólo traía un taparrabo y una pucuna colgada a la espalda de donde asomaban algunos palos delgados y puntiagudos a modo de flechas.

Le pidió que buscara agua pero el nativo parecía no entenderle, y sin importarle su presencia le tomaba el rostro a la mujer tratando de calmarla, mientras le hablaba en tono muy calmado en una lengua que Henry no conocía pero parecía entender; además, cada palabra apenas salir de esa boca se convertía en un haz de luz multi color y sicodélica que desaparecían flotando a merced del viento.

Se apartó unos metros y la escena le pareció desprendida de algún cuento wampi que había oído con incredulidad, donde un kakajam, haciendo uso de su autoridad tomaba posesión de la voluntad de una de sus  mujeres, las luces que se elevaban antes de desvanecerse se convertían por un instante en rostros de mujeres nativos, todas muy parecidas. Recordó aquel aspecto importante de su investigación, el encontrar la explicación a la costumbre de desposar a hermanas, una poliginia sororal, que suponía aparecida apenas después de Adán y Eva.

Lo llenó una oleada de satisfacción convertida en una suave sensación que no lograba identificar a través de cuál de sus sentidos lo percibía, las cosas que estaba viendo, “in situ”, eran muy valiosas para su investigación.

La mujer, despatarrada sobre la vieja silla parecía más calmada, en un extraño trance, el nativo con señas y ligeros alaridos le hizo entender que quería que lo siguiera, y tras de él salió nuevamente por el sendero aledaño al río.

Henry se preguntó quién era este personaje aparecido sin más ni más, de dónde había venido y qué es lo que pretendía. Una de aquellas luces que se elevaba con cada palabra del nativo cayó justo sobre su cabeza y de pronto sus recuerdos de historias leídas sobre los jíbaros se dibujaron claramente en su mente. Era Pamuk Kirup, el valiente jíbaro que lideró aquel levantamiento contra los invasores españoles que se dedicaron a saquear las tribus bajo el pretexto de buscar oro para sus reyes, se notaba el carácter y la firmeza de sus movimientos, conforme lo había imaginado. Con  la claridad podía recordar hasta la fecha de aquellos sucesos, en 1599, en ese levantamiento, Pamuk Kirup había asesinado al gobernador español echándole oro fundido por la boca, debido a esto no pudieron hacer el ritual tzanza, reducirle la cabeza. “El loco William”, se sintió afortunado por haber sido elegido para recibir la visita de este personaje y eso lo llenaba de felicidad y orgullo que percibía a través de todos sus sentidos.

Cuando llegaron aproximadamente al lugar donde apareció la mujer el nativo, con una espada de palo que se materializó por arte de alguna brujería en la mano del ancestral guerrero, cuya punta brillaba como acero fundido, señaló hacia el lado oscuro del sendero y exclamó:

-       ¡ Naca naca, maldita naca naca !

Henry alcanzó a ver una serpiente de unos tres metros que se arrastraba lentamente, tenía los colores de la coralillo o loro machaco, como él la conocía, pero el brillo de esta era sobrenatural, se podía palpar, incluso notó que por donde se arrastraba la hierba quedaba impregnada con estos colores brillantes.

El nativo se puso delante de ella para impedirle que avanzara hacia el río y la serpiente adoptó una posición agresiva levantando la cabeza tan alto, casi hasta el rostro del guerrero, que parecía querer iniciar una conversación.

Durante unos instantes realizaron movimientos similares a una danza, la serpiente intentando llegar hacia el río y el nativo con su pequeño cayado con movimientos de lado a lado se lo impedía. Henry se dio cuenta que la parte iluminada del palo tenía vida propia y se movía como intentando encontrar un lado débil en el reptil, tenía forma de una pequeña cabeza de serpiente, puntiaguda, que a pesar del brillo dejaba notar los ojos y los colmillos que sobresalían a ambos lados.

-      Maldita naca naca, devuelve el alma que has tomado – dijo el nativo mientras sus palabras convertidas en brillo se perdían en la inmensidad de la noche en forma recta, parecía que el viento había desaparecido – No volverás a tu reino si no devuelves lo que no es tuyo –.

Henry se dio cuenta que los labios del guerrero no se movían, era increíble la magia que rodeaba su presencia, el lo entendía a la perfección, se sintió un privilegiado. Si alguna vez había tenido dudas sobre la existencia de Panki, narrada por Ciro Alegría, por su trama fantástica, ahora estaba seguro que aquella historia era cierta.

- ¿Crees que no se que has traído la desgracia a las purmas de la yuca? ¿Acaso no es cierto que con tu mirada les robas el fruto del vientre a las mujeres? ¿Y que merodeas los pueblos de los blancos soplándoles al oído los lugares secretos donde Étsa enterró el oro para nuestro pueblo? - vociferaba el nativo mientras intentaba golpear la cabeza de la naca naca con su cayado; las luces multicolores que salían de la boca de Pamuk Kirup iluminaban la noche dándole un aspecto mitológico a la escena.

El sonido de la selva pasó a ser una sinfonía coordinada de miles de instrumentos que se intensificaban al compás de las luces, el fondo se hizo más oscuro, azabache de terciopelo, sobre el que resaltaban los colores como palíndromos de luz.

Henry sintió un odio enorme por la naca naca y una pulsión que le incitaba a atacarla, quería pisarle la cabeza, si fuera necesario por una eternidad, quería quedarse sintiendo las emociones que le invadían ahora, dejándolas escapar poco a poco pero después de convertirlas en odio. Intentó saltar sobre la serpiente pero no pudo mover siquiera un músculo

Pero su inmovilidad era acompañada por un hormigueo dulce, a ratos caliente a ratos frío, era el sonido de la noche selvática, los ruidos que se metían a su interior dejando apagada la noche.

En medio de ese silencio iluminado la pelea entre Pamuk Kirup y la naca naca eran una metáfora de la vida, el olor que percibía venía de las luces de colores, feromonas que se notaban en el brillo del sudor del guerrero.

Se dio cuenta que no podía hacer nada para ayudar al wampi y se le ocurrió intentar un grito con la boca cerrada, transformado en un haz de luz, cerró los ojos aunque siguió viendo a través de sus párpados y concentró su fuerza en su garganta, en sus cuerdas vocales. Sintió una explosión enceguecedora que lo llenó de nuevas sensaciones, más allá de cualquier placer que antes hubiera sentido, era la luz de una abducción o la luz al final del túnel que cuentan los que regresaron de la muerte.

La claridad que precede al amanecer comenzó a notarse en el horizonte y uno de los encargados de la seguridad llegó al local electoral. Se sintió sorprendido porque una voz interna, casi imperceptible y desconocida, parecía señalarle al cuerpo tirado sobre el piso de tierra del aula electoral:

- Don Henry, don Henry - gritó, inclinándose sobre el tendido, puso el oído sobre su pecho y después de comprobar que latía su corazón comenzó a darle de cachetadas.

- Despierte Don Henry - logró sentarlo - ¡carajo, necesito agua! - y lo Arrastró hasta recostarlo contra la pared.

Con la vista buscó un depósito para ir por agua y vio un vaso de plástico, medio estrujado, al lado de un tacho de basura - Servirá...- se dijo. Lo recogió y miró en su interior, lo olió:

- Mierda, parece natem, ayahuasca - dijo, mientras sus labios dibujaban una sonrisa.

 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...