Salió de su casa más emocionado que de
costumbre, más apresurado, tenía las horas del día contadas para terminar de
hacer lo que se habían propuesto. Antes de salir de casa debía realizar una
pequeña rutina que estaba obligado a revisar, pequeñas cosas que le servían
para recordar algunos rostros importantes en su vida y apretó la agenda que
llevaba en la mano. Pero hoy, era el último día en este lugar, en unas horas
iniciaría la partida hacia un nuevo destino, una nueva vida, se había tomado
tiempo planificarlo pero valía la pena. Hoy tenía que hacer esta gestión
importante para ambos, se encontrarían en las oficinas del registro civil de la
municipalidad para firmar junto a los testigos, el acta de matrimonio que los
uniría para siempre. Tenía que tomar el primer taxi que encontrara. Vio pasar
uno por la calzada contraria y le levantó el brazo, el auto se detuvo unos diez
metros más adelante y se apresuró a llegar a el. Se cruzó con una señora que
parecía conocerle, el le dibujó una sonrisa seca, como restándole importancia
pero alcanzó a mirar que llevaba una flor anaranjada adornándole la cabellera,
desviándole la mirada se apresuró en subir al taxi que había detenido.
No había podido dormir solo, Ana Claudia, había
tenido su último turno de noche en el hospital y habían quedado que temprano
pasaría ella por los dos testigos, los llevaría a la municipalidad y allí se
encontrarían para realizar el matrimonio civil programado para las nueve de la
mañana.
Marco Aurelio había conocido a Ana Claudia dos
años atrás en el hospital donde trabajaban, el acababa de llegar del interior
del país donde vivía, donde logró conseguir un puesto en el sector salud, de
donde fue trasladado a Lima por exceso de personal, era el más joven de todos y
le tocó en suerte. Apenas verla se enamoró de ella, quedó prendado, nunca había
tenido un amor en serio, por lo menos no con una mujer como Ana Claudia, una
belleza exquisita, una mujer que con solo quedarse quieta resaltaba en un grupo
de ellas. Le llamaron la atención su carácter, siempre estaba haciendo algo y
nunca se quedaba callada cuando se tenía que decir algo, llamaba a las cosas
por su nombre y, aunque parecía una mujer dominante, con el era bastante dócil,
si cabe el término. Antes de seis meses ya vivían juntos en un cuarto alquilado
por el. Al principio no hacían planes pero luego de casi un año de convivir se
les metió en la cabeza la idea de casarse y más adelante, especializarse con la
idea de viajar al extranjero, a Estados Unidos, así no le gustara a Trump.
Hace unas semanas se les presentó una
oportunidad, leyeron un comunicado en internet de una empresa que estaba
buscando personal de tripulantes para trabajar en un crucero que recorría el
Caribe, entre las especialidades que pedían se encontraban la de ellos, no lo
pensaron, se inscribieron por internet y casi de inmediato les comunicaron que
habían sido aceptados y recibieron un plazo para presentar la documentación que
les permitiera trabajar en el extranjero. No fue difícil conseguirla, pero para
ellos faltaba lo más importante, el matrimonio, la unión legal antes de salir
del país.
Estaba todo calculado, la idea era, apenas
tuvieran oportunidad de pisar suelo norteamericano quedarse a vivir, aún como
ilegales, estaba decidido. Tenían algunos ahorros y juntando todo lo que les
pagarían durante seis meses, que era el tiempo previsto antes de tocar suelo
americano, les alcanzaría para darse una estabilidad hasta que consiguieran algo
seguro en las tierras del Tío Sam.
Cuando se acostó la noche anterior, se le vino
a la cabeza las conversaciones que había tenido con su mamá la última vez que
junto a Ana Claudia viajaron a visitarla, fue para el último feriado largo, su
mamá, a solas le había dicho que cuidara de involucrarse demasiado con Ana
Claudia pues ella se había enterado de algunas cosas que no le gustaban y que
familiares cercanos estaban tratando de confirmar, era sobre su pasado, para su
mamá ninguna mujer sería buena pues contaba con la ayuda mensual que el podía
alcanzarle, esta ayuda debería continuar porque todavía tenía dos hijos más que
mantener, y como el esposo la había abandonado Marco Aurelio se convertía en el
reemplazo, en el “hombre de la casa”, como solía decirle. Evaluó si había sido
bueno no contarle nada sobre su decisión, de casarse y viajar al extranjero,
quizás le chocaría un poco, ya había pensado llamarla apenas se encontraran
fuera del país y después de haberle depositado un poco de dinero para aliviarle
su pena de alguna forma, no tenía otra. Se le vino a la cabeza también que le
dijo que estaba preocupada pues las cosas que sabían de “esa chica”, por Ana
Claudia, eran terribles. ¿Cuán terribles tendrían que ser para dejar de amarla?
se preguntó ¿Qué tipo de traición tendría que haberme hecho para dejarla? ¿Su
pasado es importante para nuestro futuro? ¿Lo que haya hecho antes es
importante para su relación actual? ¿Si decido dejarla podré olvidarla? ¿Podré
vivir sin ella? ¿Cuánto tiempo pasará para encontrar otra mujer como ella?
¿Habrá otra mujer como ella? Todas estas preguntas se hizo durante la noche,
pero ninguna tuvo respuesta, no quería conocer las respuestas, no le
interesaba. No. Ana Claudia estaba siempre por encima de cualquier dura. ¿Lo
estaba? Recordó que los últimos días discutieron porque alguien le había
mandado varias fotos de ella, extraídas de las redes sociales, donde se le veía
con diferentes compañías bailando, tomando, cenando, en discotecas, bares,
piscinas, y hasta posando sola, con ropa interior, de manera provocativa.
Cuando el le preguntó por estas fotos, sin inmutarse demasiado, tomando apenas
aire le dijo que eran cosas del pasado y que si quería se las explicaría una
por una pero prefería que no se lo pidiera como muestra de confianza. Y el
confió, no le pidió nada, solo le exigió que le asegurara que mientras
estuvieran juntos no habría secretos entre ellos, “lo nuestro es una vida nueva
juntos” había dicho Ana Claudia para zanjar la discusión y antes de entregarse
como si fuera la primera vez.
Con estos pensamientos bien entrada la
madrugada se durmió. Y tuvo un sueño. Vio a su madre, con un rostro que no
reconocía, que le mostraba unos papeles y le decía que tenía pruebas de Ana
Claudia, “Ella no es una mujer cualquiera, ella es un demonio” le gritó en su
cara y el despertó sudando y con todos sus signos vitales acelerados. Ya
comenzaba a amanecer, miró la hora en el celular que siempre dejaba bajo la
almohada y decidió levantarse. Se fue directo a la ducha. Intentó reconstruir
el rostro de su madre y le fue imposible. Esta prosopagnosia no me va a dejar
nunca pensó. Cuatro años antes, después de saltar de un muro de más de tres
metros, al caer sintió un dolor en el cuello al que no le dio importancia, con
el tiempo, los médicos identificaron este hecho como la causa de su
prosopagnosia, posiblemente había sido adquirida por una pequeña lesión en la
base del cerebro. No podía recordar algunos rostros, con el tiempo descubrió
que solo le sucedía con algunos, no podía precisar cuáles, ni las razones, casi
todos de parientes lejanos y conocidos, el único caso de parientes cercanos y
de personas que a el le interesaban eran el de su madre, su madrina Juana y su
prima Pilar. No encontró la razón por qué el rostro de estas personas que
estimaba no podía recordarlas y el de otras personas si. No tenía problemas con
el rostro de sus hermanos, dos hombres y una mujer, tampoco con tíos o primos,
ni siquiera con los amigos del barrio. Lo cierto era que por alguna causa
desconocida algunos rostros se le borraban de la memoria durante la noche. Si
lograba identificar uno de ellos durante la mañana, el resto de ese día los
podía recordar, pero después de dormir los olvidaba por completo. Esto le había
ocasionado muchas contrariedades en su vida, alguna gente que no lo conocía
bien lo tildaba de “sobrado” o “creído” porque no devolvía el saludo, cuando lo
más probable era que el no podía recordarlas.
Había inventado un sistema para minimizar sus
problemas. Siempre llevaba una agenda en donde, en diversas partes de ella,
sobre post it recordatorios, al borde de muchas hojas había escrito datos que
le permitían recordar a las personas que solía olvidar; además, había aprendido
a usar el mecanismo de la sonrisa para expresar sus emociones, cuando se le acercaba
alguien que le despertaba interés y quería seguir averiguando de quién se
trataba sonreía de una forma amigable, dándole confianza, invitándole a la otra
persona a continuar. Si por el contrario no deseaba saber nada de la persona
que lo abordaba su sonrisa era una especie de mueca que decía “no te conozco y
no me interesa conocerte”, un rictus de cortesía que mataba la intención de
cualquiera de acercársele.
Ya en el taxi comenzó a repasar las cosas que
tenía que hacer durante el día, el último día antes de comenzar su nueva vida.
El día anterior habían llevado a la agencia que
los contrató las maletas con la ropa y las cosas que habían decidido conservar,
el resto lo habían vendido y el cuarto ya había sido entregado al propietario,
quien lo ocuparía a partir del mediodía. Después de la ceremonia civil irían a
almorzar, junto con los testigos a aquel restaurante que le gustaba tanto a Ana
Claudia, había mandado a preparar para todos, panceta de chancho a la caja
china y dos rondas de pisco sour. No irían a trabajar, nadie los echaría de
menos por faltar un turno, en la tarde se irían al cine y luego quizás a una
disco, finalmente, con lo que tenían puesto y los papeles de su matrimonio se
embarcarían, habían sido citados a las tres de la mañana y el barco zarparía a
las ocho.
Recapitular las cosas que había planeado lo
ponían un poco tenso, cerró los ojos y respiró profundamente para
tranquilizarse, entonces recordó que no había revisado la agenda. La abrió
lentamente y leyó uno de los muchos post it de colores que se encontraban por
todas las hojas “Madrina Juana, mordiendo lentes”, si, era la forma en que ella
debía acercársele para que el la recordara, era una manera hábil de superar su
mal. Por supuesto que su madrina lo sabía, ella usaba lentes los que se quitaba
y mordisqueaba una de las patitas como señal de identificación, este
conocimiento junto a la voz de la madrina disparaban los recuerdos en su mente
permitiéndole superar la prosopagnosia. Siguió leyendo “Pilar chasqueando los
dedos”. Sonrió. Intentó recordar la voz de su prima para luego hacer emerger el
recuerdo de su rostro, volvió a cerrar los ojos. No consiguió materializar en
su recuerdo ningún rostro. Abrió los ojos y continuó leyendo uno de los
papelitos de colores brillantes. “Mamá, flor anaranjada en el cabello”. Cerró
de golpe la agenda. Miró hacia atrás por la ventana del taxi intentando
encontrar la imagen de su mamá. Quiso volver. Pensó en Ana Claudia y su “vida
nueva juntos”. Recordó el rostro de sus hermanos, el de su padre, el de casi
todas las personas que podía recordar. Entonces escuchó la voz del taxista.
-
Señor,
llegamos al registro civil.