No se cuándo sucedió pero me acabo de dar
cuenta que le he agarrado cariño a mis visitas al hospital, hace unos años era
lo que más odiaba, cada visita la comparaba como un paseo por el purgatorio
previo a descender a los infiernos del Dante, sin embargo ahora, otro
sentimiento es el que me invade, cuando llego y sobre todo cuando me retiro,
pese a que por lo general no estoy para nada conforme con la atención recibida.
Lo he meditado para mencionar lo de “por lo
general” porque también debo reconocer que algunas veces fui bien atendido,
quizás la suerte o la situación en la que ingresé fue lo que influyó en estos
casos. La primera vez que recibí una atención agradable fue cuando me operaron
la rotura de mi tendón de Aquiles derecho, estuve hospitalizado casi 20 días,
no porque fuera grave sino porque mi operación coincidió con la semana santa y
fueron casi quince días de preparación antes de la operación.
La segunda vez fue cuando tuve un incidente
de tiro y una bala me atravesó, ingresando por debajo de mi axila derecha y
saliendo por el pecho, casi por la tetilla, pero sin afectar ni huesos ni
órganos, la bala milagrosamente rebotó en una costilla, se fraccionó en por lo
menos cuatro pedazos y todos salieron por el pecho, la hemorragia inicial fue profusa
pero después de controlarla en mi casa fui al hospital casi un día después
donde me dieron una atención que me dejó conforme.
Y la última vez fue una operación para
sacarme un racimo de pólipos que habían llenado la cavidad de mi bóveda nasal y
comenzaban a complicar la garganta y otras partes de la cara, en esta ocasión,
aprovecharon para corregirme el tabique del lado izquierdo que lo tenía
desviado y en hacerme un limpieza de lo que parecía una sinusitis crónica.
Y punto.
Después de estas diría que todas mis
asistencias al hospital fueron desagradables, incluidas las fichas médicas que
tenía que pasar cada año durante mis treinta y nueve años de servicios.
Pero como lo señalé, últimamente esto ha
cambiado. No se cómo ni cuándo.
Presiento que lo que inicialmente nació como
una ansiedad, la ansiedad que me provocaba la esperanza de encontrarme con
alguien conocido en el hospital, es a lo que luego, poco a poco le he ido
agarrando cariño.
Algunas veces me encontraba con amigos que
acababan de recuperarse de una enfermedad grave o la de su esposa o uno de sus
hijos, la alegría con que lo comentaban me alegraba, me llenaba de optimismo
por la vida y me hacía sentir que yo podría ser uno de ellos en cualquier
momento. Y regresaba a casa contento.
Pero otras veces me encontraba con conocidos
que recientemente había sido diagnosticados con una enfermedad grave que no
sabían que tenían, casi siempre cáncer, el pesar, la tristeza, el abatimiento
porque quizás solo estaban esperando el momento del desenlace final, me lo
contagiaban, me iba a casa lleno de pesar, todo el día pensaba en su caso y
como antes, me veía en una situación similar y me deprimía; ahora que hago este
análisis, caigo en cuenta que a muchos de ellos los vi en sus últimos días o
semanas de vida, antes de enterarme de su triste deceso. Como soy una persona
que no puede asistir ni a velorios ni a sepelios, cosa que algún día se los
contaré, me sentía pésimo por saber que los tenía al alcance de la mano para
por lo menos despedirme de ellos con una oración
Lo peor de este encuentro era cuando estaban
acompañados de familiares. Las expresiones de padres, esposas o hijos
angustiados porque no sabían lo que les pasaría, con esa mirada que he visto en
gente desesperada que cuestiona a Dios el porqué de su actitud contra uno. Esos
rostros se apoderaban de mi pensamiento, me martillaban con recuerdos durante
todo el día y para acostarme tenía que recurrir a pastillas para dormir,
completamente deprimido.
Pero en una extraña sinergia, estos dos
aspectos de mi visita al hospital se juntaron y cambiaron mi manera de pensar. Ya
no paseo por purgatorios imaginarios, ahora camino con la confianza que me da
la esperanza de que me encontraré con alguien para conversar, recordar momentos
vividos y hacer proyectos para un próximo encuentro.
No había reparado, sino hasta hace poco, que
uno de los aspectos que han producido este cambio en mi, ha sido el encontrarme
con compañeros que llevaban a sus hijos con habilidades diferentes, niños con
síndromes diversos, down, áspeger, moebius y otros tantos, niños con autismo
ligero hasta severo. De estos compañeros intentaba contagiarme su alegría, su
tesón, su empeño por llevar a sus hijos a su tratamiento. Recordé, al apreciar
que todos estos niños eran felices, exento de toda maldad que alguien me dijo “Dios
manda a esos angelitos a hogares donde sabe que los van a cuidar”. Por haber
conocido de antes a estos padres abnegados me daba cuenta que habían cambiado
bastante, para ellos la responsabilidad de educar y darle la mejor vida a sus
hijos es fundamental, con su forma de conversar, de tratar cualquier tema con
alegría y optimismo nos cuentan que llevan una vida feliz, al lado de sus hijos
especiales.
Ahora que tengo mi angelito a quien veo crecer
y que con todas sus limitaciones, pese a todos los problemas, las operaciones y
las asistencias a diversos hospitales para tratar los diferentes males
asociados a su síndrome, mi alma, mi conciencia, se contagia de su voluntad, de
su inocencia, de su absoluta falta de maldad para hacerme más llevadera esta
vida. Me di cuenta que lo necesitaba, más que el a mi, cuando alguien, haciendo
referencia a mi edad y al hecho de haberme convertido en pensionista mencionó
que “Tenía mi vida resuelta”. Sentí que me decía que ya no tenía más porqué
luchar, ya había logrado lo que tenía que lograr, era un muerto que no se había
enterado que lo estaba, quizás un inútil.
Me hice muchísimas preguntas, no lograba
contestarme porqué y para qué seguía en este mundo, me deprimí, tenía ganas de
pelear con todos, me convertí en un ogro para mi familia, esa sola apreciación
había tenido la propiedad de sacarme del camino de la vida, de convertirme en
un “caminante” esperando sucumbir a manos de cualquier Rick Grimes que se me
cruzara y que finalmente no podría evitar.
Y así vivía, casi llamando a la muerte, sin
visión, sin futuro, sobre todo sin ganas.
Hasta aquel día en que llevé a mi hijo a visitar
a su abuelo. Mi padre, está cerca de los noventa años y no puede hacer casi nada
solo, ese día lo encontré con la barba muy crecida y le dije que podía
afeitarlo, aceptó; para que mi hijo no se aburra le pedí al niño que me
ayudara. Solo miraba, me alcanzaba la toalla, la loción, la máquina de afeitar
a cada pedido mío. Al terminar lo vi bastante alegre, parecía impresionado por
el cambio en el rostro de su abuelo.
En un momento en que estábamos solos me jaló
del brazo para que acercara mi cara a el, tenía algo que decirme. Casi pegué mi
oreja a su boca y el niño moebius, el que no puede hablar y nunca debe sonreir
me dijo “Papá, cuando tu seas viejito yo te voy a afeitar”.
Ahora cuando regreso del hospital me siento
como esos padres que nunca muestran abatimiento ni cansancio, ni pesar, no
tienen temor de nada, no se les nota sufrir, tienen un futuro, un compromiso
con sus hijos. Si, me siento como ellos.
No tengo nada resuelto. Dios me ha mandado un
angelito.