LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

viernes, 22 de marzo de 2019

MI VIDA RESUELTA


No se cuándo sucedió pero me acabo de dar cuenta que le he agarrado cariño a mis visitas al hospital, hace unos años era lo que más odiaba, cada visita la comparaba como un paseo por el purgatorio previo a descender a los infiernos del Dante, sin embargo ahora, otro sentimiento es el que me invade, cuando llego y sobre todo cuando me retiro, pese a que por lo general no estoy para nada conforme con la atención recibida.
Lo he meditado para mencionar lo de “por lo general” porque también debo reconocer que algunas veces fui bien atendido, quizás la suerte o la situación en la que ingresé fue lo que influyó en estos casos. La primera vez que recibí una atención agradable fue cuando me operaron la rotura de mi tendón de Aquiles derecho, estuve hospitalizado casi 20 días, no porque fuera grave sino porque mi operación coincidió con la semana santa y fueron casi quince días de preparación antes de la operación.
La segunda vez fue cuando tuve un incidente de tiro y una bala me atravesó, ingresando por debajo de mi axila derecha y saliendo por el pecho, casi por la tetilla, pero sin afectar ni huesos ni órganos, la bala milagrosamente rebotó en una costilla, se fraccionó en por lo menos cuatro pedazos y todos salieron por el pecho, la hemorragia inicial fue profusa pero después de controlarla en mi casa fui al hospital casi un día después donde me dieron una atención que me dejó conforme.
Y la última vez fue una operación para sacarme un racimo de pólipos que habían llenado la cavidad de mi bóveda nasal y comenzaban a complicar la garganta y otras partes de la cara, en esta ocasión, aprovecharon para corregirme el tabique del lado izquierdo que lo tenía desviado y en hacerme un limpieza de lo que parecía una sinusitis crónica.
Y punto.
Después de estas diría que todas mis asistencias al hospital fueron desagradables, incluidas las fichas médicas que tenía que pasar cada año durante mis treinta y nueve años de servicios.
Pero como lo señalé, últimamente esto ha cambiado. No se cómo ni cuándo.
Presiento que lo que inicialmente nació como una ansiedad, la ansiedad que me provocaba la esperanza de encontrarme con alguien conocido en el hospital, es a lo que luego, poco a poco le he ido agarrando cariño.
Algunas veces me encontraba con amigos que acababan de recuperarse de una enfermedad grave o la de su esposa o uno de sus hijos, la alegría con que lo comentaban me alegraba, me llenaba de optimismo por la vida y me hacía sentir que yo podría ser uno de ellos en cualquier momento. Y regresaba a casa contento.
Pero otras veces me encontraba con conocidos que recientemente había sido diagnosticados con una enfermedad grave que no sabían que tenían, casi siempre cáncer, el pesar, la tristeza, el abatimiento porque quizás solo estaban esperando el momento del desenlace final, me lo contagiaban, me iba a casa lleno de pesar, todo el día pensaba en su caso y como antes, me veía en una situación similar y me deprimía; ahora que hago este análisis, caigo en cuenta que a muchos de ellos los vi en sus últimos días o semanas de vida, antes de enterarme de su triste deceso. Como soy una persona que no puede asistir ni a velorios ni a sepelios, cosa que algún día se los contaré, me sentía pésimo por saber que los tenía al alcance de la mano para por lo menos despedirme de ellos con una oración
Lo peor de este encuentro era cuando estaban acompañados de familiares. Las expresiones de padres, esposas o hijos angustiados porque no sabían lo que les pasaría, con esa mirada que he visto en gente desesperada que cuestiona a Dios el porqué de su actitud contra uno. Esos rostros se apoderaban de mi pensamiento, me martillaban con recuerdos durante todo el día y para acostarme tenía que recurrir a pastillas para dormir, completamente deprimido.
Pero en una extraña sinergia, estos dos aspectos de mi visita al hospital se juntaron y cambiaron mi manera de pensar. Ya no paseo por purgatorios imaginarios, ahora camino con la confianza que me da la esperanza de que me encontraré con alguien para conversar, recordar momentos vividos y hacer proyectos para un próximo encuentro.
No había reparado, sino hasta hace poco, que uno de los aspectos que han producido este cambio en mi, ha sido el encontrarme con compañeros que llevaban a sus hijos con habilidades diferentes, niños con síndromes diversos, down, áspeger, moebius y otros tantos, niños con autismo ligero hasta severo. De estos compañeros intentaba contagiarme su alegría, su tesón, su empeño por llevar a sus hijos a su tratamiento. Recordé, al apreciar que todos estos niños eran felices, exento de toda maldad que alguien me dijo “Dios manda a esos angelitos a hogares donde sabe que los van a cuidar”. Por haber conocido de antes a estos padres abnegados me daba cuenta que habían cambiado bastante, para ellos la responsabilidad de educar y darle la mejor vida a sus hijos es fundamental, con su forma de conversar, de tratar cualquier tema con alegría y optimismo nos cuentan que llevan una vida feliz, al lado de sus hijos especiales.
Ahora que tengo mi angelito a quien veo crecer y que con todas sus limitaciones, pese a todos los problemas, las operaciones y las asistencias a diversos hospitales para tratar los diferentes males asociados a su síndrome, mi alma, mi conciencia, se contagia de su voluntad, de su inocencia, de su absoluta falta de maldad para hacerme más llevadera esta vida. Me di cuenta que lo necesitaba, más que el a mi, cuando alguien, haciendo referencia a mi edad y al hecho de haberme convertido en pensionista mencionó que “Tenía mi vida resuelta”. Sentí que me decía que ya no tenía más porqué luchar, ya había logrado lo que tenía que lograr, era un muerto que no se había enterado que lo estaba, quizás un inútil.
Me hice muchísimas preguntas, no lograba contestarme porqué y para qué seguía en este mundo, me deprimí, tenía ganas de pelear con todos, me convertí en un ogro para mi familia, esa sola apreciación había tenido la propiedad de sacarme del camino de la vida, de convertirme en un “caminante” esperando sucumbir a manos de cualquier Rick Grimes que se me cruzara y que finalmente no podría evitar.
Y así vivía, casi llamando a la muerte, sin visión, sin futuro, sobre todo sin ganas.
Hasta aquel día en que llevé a mi hijo a visitar a su abuelo. Mi padre, está cerca de los noventa años y no puede hacer casi nada solo, ese día lo encontré con la barba muy crecida y le dije que podía afeitarlo, aceptó; para que mi hijo no se aburra le pedí al niño que me ayudara. Solo miraba, me alcanzaba la toalla, la loción, la máquina de afeitar a cada pedido mío. Al terminar lo vi bastante alegre, parecía impresionado por el cambio en el rostro de su abuelo.
En un momento en que estábamos solos me jaló del brazo para que acercara mi cara a el, tenía algo que decirme. Casi pegué mi oreja a su boca y el niño moebius, el que no puede hablar y nunca debe sonreir me dijo “Papá, cuando tu seas viejito yo te voy a afeitar”.
Ahora cuando regreso del hospital me siento como esos padres que nunca muestran abatimiento ni cansancio, ni pesar, no tienen temor de nada, no se les nota sufrir, tienen un futuro, un compromiso con sus hijos. Si, me siento como ellos.
No tengo nada resuelto. Dios me ha mandado un angelito.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...