LA PENSION

LA PENSION
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sábado, 5 de febrero de 2022

EL HOMBRE Y EL FUTURO (Casi una fábula)

 Sentado en su sillón de madera tallada de la cual se había perdido su procedencia y su tiempo, como todos los días, después del desayuno y también del almuerzo, el hombre intentaba leer unas líneas de un libro de tapas grasosas donde el título era lo que menos se notaba, frente a una gran ventana abierta de par en par. De rato en rato espantaba las moscas que se paraban sobre el o revoloteaban por su cara. Desde muchos días atrás que no avanzaba una página, en realidad ya no leía, solo miraba las líneas y trataba de encontrar entre ellas las respuestas a las preguntas que últimamente le devoraban la paciencia, sumiéndolo en una duda perpetua con preguntas que día a día se repetía.

Sus recuerdos se entreveraban en un remolino en cuyo centro oscuro, negro, se reservaba espacio para aquellas memorias que le ocasionaban una gran inquietud que no estaba dispuesto volver a sufrir. Levantó la rodilla derecha para frotarse porque se le había adormecido sin que pudiera precisar desde cuándo. Le preocupaban los males que ahora le agobiaban. Tenía la seguridad de que su vida ya no tenía futuro.

Cavilaba que hace solo un año se paseaba por donde quería y a la hora que le apetecía conduciendo un Mustang rojo hoy abandonado sabe Dios dónde, sin mayores ansiedades que el pensar en su futuro precario, era viudo y todos sus hijos vivían con sus propias familias. Faltaban pocas semanas para que cumpliera sesenta y cinco años pero se sentía y tenía el aspecto de más de ochenta, pero ¿Cómo empezó todo? se preguntó por enésima vez.

Claro, en aquella fiesta, donde estaba tan a gusto hasta que sorprendió a la mujer que decía querer terminar sus días junto a él en los brazos de otro. Fue una gran impresión, de pronto todo su mundo erigido para ser feliz por siempre se desmoronó, desapareció, la realidad le pegó un duro golpe que estaba acabando con él; primero fue un gran mareo, después le comenzó a faltar aire, el dolor de cabeza crecía en proporción con el alcohol que consumía casi con desesperación con la esperanza de que todo fuera una pesadilla, hasta que perdió el conocimiento. Volvió en sí, en la cama de un hospital, conectado a varios aparatos y con varias agujas clavadas en el brazo por las cuales discurrían preparados, que sentía helados cuando ingresaban en su torrente sanguíneo.

Cuando dejó el hospital pertenecía al club de los hipertensos, ese maldito “asesino silencioso”, era el principio de todo. Aquella mujer se llevó su futuro, o lo que quedaba de el.

A las semanas comenzaron a dolerle las rodillas y otras articulaciones, solo buscó asistencia médica cuando le era muy difícil caminar, entonces le diagnosticaron artrosis: Después se vio forzado a usar lentes porque su visión se degeneraba muy rápidamente. Además, comenzaron a manifestarse los males que oprimen a los hombres de avanzada edad. Pero prefería dedicarle más tiempo a sus pensamientos, a los recuerdos, que a su salud. Parecía vivir de aquellos que guardaba de su última relación, los momentos vividos durante unos pocos meses ocupaban todo su espacio, tenía la esperanza de volver atrás, quería volver atrás. Quizás por eso no pasó mucho para que le diagnosticaran una depresión, de aquellas en las que las noches se volvían interminables por la ausencia del sueño y convertían sus horas de vigilia en un tormento.

Sus recuerdos se convirtieron en su aliento de vida, era más importante recordar que alimentarse, comenzó a perder peso y a desinteresarse por su salud. Pasaron pocas semanas para que le diagnosticaran, además de todo lo que padecía, una fribromialgia. quizás como consecuencia de somatizar sus recuerdos.

Los dolores lo envejecieron pronto y le redujeron su vida a una rutina reducida, como la de un condenado a trabajos forzados. La historia que había acumulado durante su vida se redujo a levantarse muy temprano y ubicarse en la misma silla durante todos los días, si bien al principio la lectura lo ayudaba mucho, ahora ni siquiera eso le interesaba, sus movimientos estaban reducidos al espacio que tenía que transitar hasta el comedor y el baño. Dependía para casi todo de una mujer que gracias a la gestión de sus hijos le atendía, se encargaba del aseo y de las comidas.

Había amanecido con un dolor en los dedos, sus males se comenzaban a convertir en impredecibles, no había día en que algún padecimiento no le apareciera o por lo menos le recrudeciera. Estaba estresado porque a sus recuerdos le agregaba la preocupación por cuál sería el siguiente malestar.

-       Maldita sea, ya no tengo futuro – murmuró fingiendo que conversaba con alguien - ¿Para qué seguir viviendo de ésta manera? Prefiero morir que vivir sin futuro.

Suspiró y le dolió un pulmón. O por lo menos creyó sentir un dolor. Así era su vida, disimular que su cuerpo padecía. Con el aire contenido y cerrando fuertemente los ojos intentó pararse, pero el dolor de sus rodillas y su columna se lo impidieron y volvió a tirarse con fuerza sobre el sillón.

-       ¿Quién fue el que dijo que la vejez era una bendición? Se ve que no llegó a viejo o no pensó en el futuro – se preguntó en voz alta – ¿Qué futuro tiene un hombre que la edad lo tiene postrado? ¿Cuál es mi futuro, Dios mío? Concédeme la gracia de conocerlo o de acabar con este sufrimiento.

Cuando iba cayendo sintió una brisa de aire frío, filoso, cortante, apenas abrió los ojos vio frente a el, enhiesto como si siempre hubiera estado allí y recién se hiciera visible, observándole, a ese hombre mucho más viejo, que creía haber imaginado alguna vez, con múltiples arrugas que atravesaban su rostro, sus brazos, sus piernas, dándole una apariencia milenaria. No se sobresaltó como lo hubiera hecho años antes, ahora todo lo tomaba con calma y con paciencia. Intentando no mostrar sus emociones lo observó mejor mientras evaluaba exactamente qué palabras usar. Fácilmente lo identificó, era un quipucamayo, lo indujo fácilmente por el gran quipu que llevaba, tenía un llauto en la cabeza de color rojo avejentado por el sudor, no llevaba borla o plumas como los incas de la nobleza pero sus orejas estaban atravesadas por tulumpis de alguna semilla desconocida cubiertas con plata, cubría todo su cuerpo con una llacolla desgastada, que daba la impresión ser lo único que lo vestía, sus sandalias de cuero crudo, ennegrecidas por el uso continuo decían que había caminado bastante.

-       Seguro que eres el futuro, mi futuro – le dijo, tratando de parecer tranquilo y acentuando la última parte de sus palabras.

-       Casi, casi. Soy El futuro, el único, el de todos, no soy exclusivo de nadie pero especial para todos – contestó el aparecido y se calló esperando la respuesta.

-       Y supongo que ese quipu tiene la historia de mi vida y estás escribiendo mi futuro – intentó adivinar.

El quipucamayo acomodó el inicio de la cuerda gruesa del quipu, que parecía estar urdida de muchos hilos de colores diversos sobre su hombro derecho mientras lo dejaba caer por su brazo de tal manera que con ambas manos podía extender la parte final.

-       Es cierto, este quipu contiene la historia de tu vida, acá están registrados los hechos importantes que te tocaron vivir, y cada nudo, el grosor y el color de cada una de estas cuerdas cuentan tu vida – agregó mientras abanicaba las diversas cuerdas de colores que conformaban el quipu.

El hombre, que era culto, que había leído mucho sobre historia y que siempre mostró especial interés por la época inca, observó detenidamente el quipu que le mostraba. Los nudos eran variados, de una, dos y más vueltas, unos cruzados y otros planos, a diferentes distancias de la cuerda principal, también tenían diferentes tamaños.

-       Bueno, supongo que ya sabes mi futuro, puedes decírmelo por cruel que éste sea – casi suplicó al quipucamayo, al mirar sus ojos percibió esa mirada, piadosa, tierna, como aquella que refleja la pena del secuestrador por el secuestrado al que se ha encariñado.

-       No, las cosas no funcionan así, este quipu registra sólo tu presente, cada una de estas cuerdas representa un ciclo, una parte de tu vida y cuando comienza un ciclo el anterior se convierten en pasado.

-       Pero yo invoqué al futuro no a un escribano – casi desesperado le retrucó el hombre – no necesito a nadie para saber qué hice y qué no hice en mi vida.

-       Me dicen, futuro, porque te puedo recordar todo lo que hiciste, solo eso, pero sabiendo lo que hiciste sabrás lo que recibirás – mientras anudaba una cuerda nueva, delgada, color tierra, o quizás blanca manchada, que sacó de un quipe que llevaba colgado al hombro y que recién advirtió el hombre – Ahora empiezas una nueva etapa de tu vida, ya sabrás que cada cuerda es para eso.

-       No lo sabía, pensé que cada cuerda delgada era una cantidad de años, una edad por la que atravesé ¿No es así?

El quipucamayo ajusto la última cuerda que había agregado al quipu y armó un nudo con un movimiento que demostraba la gran destreza que tenía para esta labor.

-       No, cada cuerda es un ciclo en tu vida, el color tiene relación con cómo te sientes durante esta etapa y la cantidad de nudos con las decisiones importantes que tomaste dentro de ese ciclo, por eso puedes tener cuerdas de un solo nudo – Entonces escogió una cuerda delgada del quipu, de color ocre y la leyó – Esta es la que nos cuenta de tu paso por la universidad, tu primer trabajo y hasta cundo falleció tu papá.

-       ¿Y por qué ese color? – preguntó el hombre alarmado - ¿No fue una buena etapa en mi vida? ¿Por qué ese ciclo empieza con la universidad y termina con la partida de mi viejo? No le veo relación alguna.

El quipucamayo se puso en cuclillas y extendió el gran quipu en el suelo mostrando su grandiosidad, sobre el contraste del piso encementado de inmediato se hicieron notorios los colores variados de las cuerdas delgadas de diferentes extensiones que impresionaron al hombre; las había moradas, verdes, amarillas, rojas, en diversas tonalidades, también pudo ver algunas negras, que no eran muchas, supuso que eran los pasajes tristes de su vida. Sí, porque habían sido pocos.

Quiso inclinarse sin abandonar la silla para tocar ese majestuoso quipu pero un dolor intenso en su columna le recordó que tenía algunos movimientos limitados. Señalando con el dedo hacia el extremo inicial del quipu indagó

-       ¿La primera cuerda es blanca y pequeña porque todos nacemos inocentes?

-       Si, es igual para todos en cuanto al color pero no el tamaño ni los nudos, como supondrás – levantó la cuerda para que se notaran los nudos y sobre todo su corto tamaño – Eras blanco y te sentías de ese color hasta que falleció tu mamá.

-       Si, fue cuando tenía tres años, ya no la recuerdo pero te diré que mi infancia continuó después de eso, no tendría por qué cambiar de color.

-       Cada cuerda registra los acontecimientos de tu vida que se originan por una decisión tuya, a excepción de las blancas, el color lo decide el estado de satisfacción con que vives esa etapa de tu vida – hurgando entre las cuerdas el quipucamayo volvió a tomar la ocre – por ejemplo ésta, se inicia con la elección de presentarte a la universidad, fue una decisión que te llevó a sentirte pleno, lleno de confianza, con ganas de hacer cosas grandes. Así te sentiste hasta que falleció tu papá, que consta en el último nudo, también registra que entonces decidiste cambiar tu actitud frente a la vida, dejaste de enfrentar la vida con el optimismo y las ganas que venías haciéndolo, entonces cambiamos de cuerda y de color. La cuerda que registra tu última decisión antes de tu muerte también es blanca.

El hombre además de la sorpresa que le causó este entendimiento analizó las cuerdas sobre el piso, contó algunas ocres más, repasó y se sintió satisfecho al constatar que las cuerdas de colores vivos, verdes, amarillas, rojas eran abundantes y sólo veía tres o cuatro cuerdas oscuras, casi negras. todas ellas cortas, con seguridad sus momentos de tristeza o de fracasos pues eran muchos menos que los de alegría.

-       Entiendo, supongo que estas cuerdas negras fueron mis momentos de tristeza.

El quipucamayo se puso de pie, se volvió a echar el quipu sobre el hombro dejando la parte final de la cuerda principal entre sus manos, lo cual le permitiría adicionar otra cuerda.

-       No, estas cuerdas negras son tus momentos de felicidad.

Con los ojos inflados por la sorpresa el hombre le exigió una respuesta

-       Pero ¿cómo es eso? ¿lo podrías explicar?

-       Ya te dije que el color de las cuerdas refleja tu estado de ánimo, la forma cómo ves la vida, cómo la enfrentas, es tu respuesta frente a una decisión, cuando eres feliz dejan de importarte muchas cosas, te aíslas, vives en una burbuja, las personas no se dan cuenta pero en alguna medida todas se vuelven egoístas cuando son felices, quieren conservar ese estado por siempre a costa de lo que sea, generalmente a costa del sufrimiento ajeno ¿No te has dado cuenta que hasta el amor significa sacrificio para uno de ambos? ¿Nunca pensaste en que la otra persona podría estar sacrificando más que tú? ¿Ni siquiera lo pensaste o no te importó? Para que un objeto se vea negro significa que no deja escapar ningún otro color, se queda con ellos, de igual forma, las personas cuando son felices se quedan con la luz de los demás, perdemos el interés por el color de los demás, está en la naturaleza humana. Entonces tu felicidad se tiene que ver de color negro. Hasta que tomas la decisión de cambiar este estado, esa decisión es el último nudo de esa cuerda, como los últimos nudos de cada cuerda. Finalmente queda registrado el pasado en las cuerdas anteriores mientras que el presente es el ciclo representado por la cuerda a la que le falta el último nudo. El futuro no existe, es el resultado de las decisiones anteriores. Y esto solo se lo explico a personas elegidas.

Entonces el quipucamayo metió la mano en su quipe con la clara intención de sacar una cuerda nueva.

Recién el hombre interpretó las últimas palabras del quipucamayo y sintió un gran temor ancestral, como el pánico que a veces se siente por una decisión mal tomada, un miedo que le obligó a cerrar los ojos y desear con todas sus fuerzas que no saliera de aquel quipe una cuerda blanca.

 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...