LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

viernes, 17 de marzo de 2023

PERJURIO

 “Minutos antes del mediodía de este lunes 6 de febrero, se reportó el asesinato de seis personas en los exteriores del centro comercial Plaza San Miguel. Se trataba de una familia que iba a bordo de un vehículo blanco, el cual se detuvo por unos minutos en el semáforo del cruce de las avenidas La Marina con Riva Agüero. Ahí, aprovechando la luz roja, tres sicarios les propinaron múltiples disparos en plena vía pública. Dentro de auto se encontraban dos menores, de 10 y 12 años, junto a sus padres y sus abuelos. Agentes de la PNP indicaron que podría tratarse de un ajuste de cuentas.”

 

LA PATRONA

Miró su celular de manera rutinaria y comprobó que no había recibido mensajes importantes, eran importantes los de su “batería”, de su entorno principal dentro del gran grupo criminal que lideraba, aquellos con los que se planeaban las acciones y que los consideraba de su familia. Su “negocio” era la extorsión, pero si existía la posibilidad de una ganancia apreciable y sobre todo fácil, entraban a los asaltos de todo tipo, robo de vehículos, asesinatos por encargo y últimamente había decidido también entrar de lleno en la trata de personas. Había analizado y llegado a la conclusión, que la prostitución sería el negocio del futuro.

Volvió a revisar su celular para cerciorarse que estaba corriendo la aplicación en donde se podía ver su ubicación casi exacta, eran pocos los que estaban autorizados para compartir esta información, los que conocían su último número telefónico; había ordenado a sus esbirros que no lo llamaran cuando se encontraba en casa y, si era necesario verlo personalmente, así sabrían dónde encontrarlo. Todos los asuntos, aún los de mayor importancia, se veían en la calle o en una cevichería, club o bar donde ocasionalmente podían asistir. Esto garantizaba la seguridad de su organización.

Desde temprano sabía que durante el día se reuniría con algunos importantes miembros de su organización, pues tenía que recibir algunos “encargos” pendientes, especialmente por el nuevo emprendimiento de la prostitución y uno muy especial, el más fuerte, el pago mensual por “protección” de las empresas de construcción civil que tenían obras en ejecución y a las que “protegía”.

Se peinó con aquella loción que le recomendaron para el cabello teñido, se miró en el espejo y sintió algo de molestia pues sentía que había subido de peso, se echó bastante “1 Millón” de Paco Rabanne y el aroma lo tranquilizó, se sentía mejor saber que olía a uno de los perfumes más caros que le habían regalado. Obsequio por navidad de su esposa, claro que él tenía que pagarlo, “Las mujeres saben lo que hacen” pensó.

Se acercó al pequeño altar que tenía en un rincón de su dormitorio, con una imagen de Sarita Colonia al centro, se persignó, rezó a media lengua un padre nuestro y extrajo una pistola con cacerina artesanal de 40 municiones que estaba cubierta con un mantel doblado, con el arma volvió a hacer la señal de la Cruz sobre la imagen, tocándola cuatro veces, la acomodó en la parte posterior del cinturón y se persignó tres veces, con devoción pero de manera acelerada, quizás una demostración de su vida agitada. Abrió su billetera y sacó una estampita enmicada de Sarita, la besó con fruición y la acercó a la altura de su corazón, luego la devolvió con cuidado a la billetera que regresó al mismo bolsillo.

Encendió su carro, el menos “rochoso”, un Honda comprado de ocasión con el motor tuneado, también usaba una camioneta Audi blindada cuando se movilizaba con su familia, más por ostentación que por seguridad, después de un atentado que sufriera mucho tiempo atrás, solo había tenido pequeñas discusiones con otros de su nivel de otras bandas, debido a su incursión en la prostitución, problemas, que estaba seguro, pronto se zanjarían.

Todavía en la cochera de la casa, llamó a su señora para despedirse. Ella se acercó casi corriendo y tomándolo del cuello, como siempre hacía para convencerlo de algo, le dijo casi susurrando:

-       Gordo, danos una vuelta por la playa, mis suegros quieren tomarse algunas fotos como recuerdo.

Tuvo sus dudas pero considerando que sus padres se encontraban de visita por unos días y sobre todo calculando que tenía tiempo para encontrarse con sus “muchachos” aceptó.

Pasó por su mente cambiar de carro, usar la Audi, pero al ver la alegría en el rostro de su mujer se convenció que no era necesario, ¿por qué no? podrían comerse un ceviche cerca a la orilla del mar, disfrutar de la brisa por un momento y hasta tomarse un par de cervezas bien frías.

-       Nosotros nos acomodamos, Gordo – y terminó convencido.

Puso el celular en mute para que no le interrumpieran las llamadas, tenía la costumbre de tratar sus asuntos de “negocio” fuera de su entorno familiar, ellos no tenían por qué enterarse de las cosas que hacía, por experiencia sabía que las llamadas mal interpretadas originaban grandes sospechas que generalmente terminaban en discusiones; respiró profundamente pues se sentía protegido por la fuerza de su fe en Sarita Colonia..

-       Listo, dijo su esposa como señal de partida.

Se habían ubicado, a su derecha su padre, en el asiento trasero su esposa, su madre al centro y su hijo mayor en la ventanilla derecha, sus otros dos hijos menores estaban sentados en las rodillas de las dos mujeres.

Puso el celular sobre el tablero, se tocó cerca del hombro derecho y sintió un leve dolor, agradable, el tatuaje de Sarita Colonia que se había hecho ya estaba cicatrizando, tocó la imagen que colgaba del espejo retrovisor y luego se persignó y arrancó hacia la avenida Faucett, desde donde tomaría la ruta que Google Maps eligiera para él.

Manejó veinte minutos, el sol calentaba cada vez más y de rato en rato tenía que pasarse el pañuelo por la cara, pese a llevar todas las lunas abiertas, inspiró tres veces rápidas para sentir que aquel fino olor todavía lo acompañaba, el semáforo se había puesto en rojo y se detuvo. Aprovechó el tiempo para revisar su teléfono, tenía nueve llamadas perdidas de dos de sus más cercanos compinches, lo volvió a poner en el tablero “Apenas lleguemos les contesto” pensó. Volvió a tocarse el hombro derecho y presionó más fuerte hasta hacerse doler, quizás como un tributo a la protección que recibía.

Sintió un estallido cerca de su oreja izquierdo, se paralizó, pese al esfuerzo para sacar el arma que llevaba tras la cintura. Escuchó otros disparos, quiso pensar en algo rápido pero parecía caer en un pozo negro y profundo, gritó con todas sus fuerzas pero no escuchó ni su voz ni la de los demás, solo reconoció en algún lugar de su mente algo que probablemente le habían gritado recién “Es lo que te mereces concha de tu madre” mezclado con una extraña danza de siluetas en arabescos macabros que entraban y salían por las ventanas del carro. Luego, el vacío total.

 

EL FETICHE

Estaba preocupado, no había dormido casi nada, quizás los porros, le habían quitado el sueño, era raro, siempre que terminaba con bastante licor encima, como la noche anterior, dormía plácidamente. El sonido de mensaje entrando en su celular terminó por despabilarlo, se frotó los ojos para leer mejor "Es la hora" dijo.

Bajó al primer piso de la casa y dos muchachos con la misma expresión lo esperaban sentados frente a una mesa en lo que parecía la cocina de un pequeño departamento. Ambos tenían una lata de cerveza en una de sus manos, el que parecía el menor de los tres le ofreció una, la recibió, la abrió acercándola a su cara para que el estallido de la lata le rociara la cara con espuma helada, la estrujó y la tiró al centro de la mesa, entre muchas botellas de licor a medio tomar, se frotó la cara con ambas manos esparciendo la humedad hacia su cabello.

Se escuchó el celular haciendo un bisbiseo que anunciaba la llegada de un mensaje, lo revisó y mirando a los dos jóvenes les preguntó “¿Están listos para el trabajo?”. Ambos asintieron con sonrisas en sus rostros. Casi de inmediato se pusieron de pie y se abrazaron los tres como los deportistas lo hacen antes de una competencia importante y al unísono corearon “Lo que tenga que suceder sucederá. Bueno o malo pero siempre con tu protección”.

Sacó un cigarrillo de marihuana de su bolsillo, donde tenía algunos más acomodados dentro de un pañuelo, lo encendió y aspiró profundamente como la primera bocanada de aire de un neonato recién parido, luego, poniéndolo en los labios de sus compañeros les invitó a fumar; fumaron en ese orden hasta terminarlo, los residuos que quedaron entre sus dedos se los metió a la boca y con una señal partieron, enfundados en el valor alimentado con la droga.

Antes de salir a la calle, levantó un gran tapete de color amarillo detrás de la puerta, que descubrió un extraño altar, en el centro un muñeco con una expresión amenazante, diabólica, tenía la cara atravesada por muchas cicatrices y costuras de heridas salvajes, un ojo cerrado y atravesado por una costura de cirugía, el pelo anaranjado e hirsuto dejaba ver algunas suturas sobre el cuero cabelludo, sujetaba una pistola y una daga antigua en sus manos que con los brazos abiertos parecían invitar a un abrazo mortal, eterno, espantoso. A sus pies una paloma disecada, calaveras y huesos de aves y mamíferos pequeños, junto a velas negras a medio consumir, una lata llena de balas pintadas de rojo simulando ser sangre, un carrito patrullero de juguete, chancado y volteado, una cerámica en forma de cráneo abierto, conteniendo monedas de diferentes países y varios frascos con insectos y lagartijas sumergidos en pócimas de diversos colores, le daban una apariencia infernal a lo que parecía un altar de santería creado por alguna mente satánica.

Vaciaron sus bolsillos, las billeteras con dinero, documentos, teléfonos que llevaban y los dejaron entre las cosas del altar, pasaron sus dedos por el muñeco, como si con ello se integraran a una gran presencia, que a partir de entonces ya no serían tres, sino uno. Con un encendedor que tomaron de la mesa encendieron una a una todas las velas, después de apagar cada quien una con el centro de la palma de la mano, salieron hacia la calle.

Afuera los esperaba un taxi, los dos muchachos jóvenes subieron en la parte de atrás mientras que el se acomodaba la lado del chofer. “Buenos días, hagamos bien esto” dijo impostando su voz, sabía que los pequeños detalles son los que sirven a la policía para identificarlos. Como respuesta, el taxista le entregó un morral, de él sacó tres pistolas y un celular, se quedó con la que tenía la cacerina más grande y las otras dos les dio a sus dos compañeros. Leyó los mensajes del teléfono y con una expresión copiada de alguna película gansteril noir le ordenó al chofer “Vamos, es la hora”.

Rodaron por las calles de San Miguel durante veinte minutos y se detuvieron en una esquina, muy cerca del cruce, con el equipo del carro a bajo volumen escuchaban cumbias y reggaetón de moda, a pesar de las ventanas abiertas el calor del carro era infernal, todos sudaban y tenían las axilas marcadas por la humedad; impacientes, se movían de lado a lado rítmicamente, como zombis atrapados por el vudú emergido de las cicatrices del muñeco.

El teléfono comenzó a ronronear, revisó el mensaje y lo dejó caer en el piso del carro, instantes después chilló “Ese es, ese es, no lo pierdas” golpeando con una mano el tablero del vehículo, señalando con la pistola al auto Honda que acababa de pasar, volteó y mirando a los dos muchachos, con los ojos inyectados de droga les dijo “Lo que tenga que suceder sucederá…”.

Minutos después se produjo la matanza.

 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...