“Minutos antes del mediodía de este lunes 6 de febrero, se reportó el asesinato de seis personas en los exteriores del centro comercial Plaza San Miguel. Se trataba de una familia que iba a bordo de un vehículo blanco, el cual se detuvo por unos minutos en el semáforo del cruce de las avenidas La Marina con Riva Agüero. Ahí, aprovechando la luz roja, tres sicarios les propinaron múltiples disparos en plena vía pública. Dentro de auto se encontraban dos menores, de 10 y 12 años, junto a sus padres y sus abuelos. Agentes de la PNP indicaron que podría tratarse de un ajuste de cuentas.”
LA PATRONA
Miró su celular de manera rutinaria y comprobó que no había recibido
mensajes importantes, eran importantes los de su “batería”, de su entorno
principal dentro del gran grupo criminal que lideraba, aquellos con los que se
planeaban las acciones y que los consideraba de su familia. Su “negocio” era la
extorsión, pero si existía la posibilidad de una ganancia apreciable y sobre
todo fácil, entraban a los asaltos de todo tipo, robo de vehículos, asesinatos
por encargo y últimamente había decidido también entrar de lleno en la trata de
personas. Había analizado y llegado a la conclusión, que la prostitución sería
el negocio del futuro.
Volvió a revisar su celular para cerciorarse que estaba corriendo la
aplicación en donde se podía ver su ubicación casi exacta, eran pocos los que
estaban autorizados para compartir esta información, los que conocían su último
número telefónico; había ordenado a sus esbirros que no lo llamaran cuando se
encontraba en casa y, si era necesario verlo personalmente, así sabrían dónde
encontrarlo. Todos los asuntos, aún los de mayor importancia, se veían en la
calle o en una cevichería, club o bar donde ocasionalmente podían asistir. Esto
garantizaba la seguridad de su organización.
Desde temprano sabía que durante el día se reuniría con algunos
importantes miembros de su organización, pues tenía que recibir algunos
“encargos” pendientes, especialmente por el nuevo emprendimiento de la
prostitución y uno muy especial, el más fuerte, el pago mensual por
“protección” de las empresas de construcción civil que tenían obras en
ejecución y a las que “protegía”.
Se peinó con aquella loción que le recomendaron para el cabello teñido,
se miró en el espejo y sintió algo de molestia pues sentía que había subido de
peso, se echó bastante “1 Millón” de Paco Rabanne y el aroma lo tranquilizó, se
sentía mejor saber que olía a uno de los perfumes más caros que le habían
regalado. Obsequio por navidad de su esposa, claro que él tenía que pagarlo,
“Las mujeres saben lo que hacen” pensó.
Se acercó al pequeño altar que tenía en un rincón de su dormitorio, con
una imagen de Sarita Colonia al centro, se persignó, rezó a media lengua un
padre nuestro y extrajo una pistola con cacerina artesanal de 40 municiones que
estaba cubierta con un mantel doblado, con el arma volvió a hacer la señal de la
Cruz sobre la imagen, tocándola cuatro veces, la acomodó en la parte posterior
del cinturón y se persignó tres veces, con devoción pero de manera acelerada,
quizás una demostración de su vida agitada. Abrió su billetera y sacó una
estampita enmicada de Sarita, la besó con fruición y la acercó a la altura de
su corazón, luego la devolvió con cuidado a la billetera que regresó al mismo
bolsillo.
Encendió su carro, el menos “rochoso”, un Honda comprado de ocasión con
el motor tuneado, también usaba una camioneta Audi blindada cuando se
movilizaba con su familia, más por ostentación que por seguridad, después de un
atentado que sufriera mucho tiempo atrás, solo había tenido pequeñas
discusiones con otros de su nivel de otras bandas, debido a su incursión en la
prostitución, problemas, que estaba seguro, pronto se zanjarían.
Todavía en la cochera de la casa, llamó a su señora para despedirse.
Ella se acercó casi corriendo y tomándolo del cuello, como siempre hacía para
convencerlo de algo, le dijo casi susurrando:
- Gordo, danos una vuelta por la playa, mis
suegros quieren tomarse algunas fotos como recuerdo.
Tuvo sus dudas pero considerando que sus padres se encontraban de visita
por unos días y sobre todo calculando que tenía tiempo para encontrarse con sus
“muchachos” aceptó.
Pasó por su mente cambiar de carro, usar la Audi, pero al ver la alegría
en el rostro de su mujer se convenció que no era necesario, ¿por qué no? podrían
comerse un ceviche cerca a la orilla del mar, disfrutar de la brisa por un
momento y hasta tomarse un par de cervezas bien frías.
- Nosotros nos acomodamos, Gordo – y terminó
convencido.
Puso el celular en mute para que no le interrumpieran las llamadas,
tenía la costumbre de tratar sus asuntos de “negocio” fuera de su entorno
familiar, ellos no tenían por qué enterarse de las cosas que hacía, por
experiencia sabía que las llamadas mal interpretadas originaban grandes
sospechas que generalmente terminaban en discusiones; respiró profundamente
pues se sentía protegido por la fuerza de su fe en Sarita Colonia..
- Listo, dijo su esposa como señal de partida.
Se habían ubicado, a su derecha su padre, en el asiento trasero su
esposa, su madre al centro y su hijo mayor en la ventanilla derecha, sus otros
dos hijos menores estaban sentados en las rodillas de las dos mujeres.
Puso el celular sobre el tablero, se tocó cerca del hombro derecho y
sintió un leve dolor, agradable, el tatuaje de Sarita Colonia que se había
hecho ya estaba cicatrizando, tocó la imagen que colgaba del espejo retrovisor
y luego se persignó y arrancó hacia la avenida Faucett, desde donde tomaría la
ruta que Google Maps eligiera para él.
Manejó veinte minutos, el sol calentaba cada vez más y de rato en rato
tenía que pasarse el pañuelo por la cara, pese a llevar todas las lunas
abiertas, inspiró tres veces rápidas para sentir que aquel fino olor todavía lo
acompañaba, el semáforo se había puesto en rojo y se detuvo. Aprovechó el
tiempo para revisar su teléfono, tenía nueve llamadas perdidas de dos de sus
más cercanos compinches, lo volvió a poner en el tablero “Apenas lleguemos les
contesto” pensó. Volvió a tocarse el hombro derecho y presionó más fuerte hasta
hacerse doler, quizás como un tributo a la protección que recibía.
Sintió un estallido cerca de su oreja izquierdo, se paralizó, pese al
esfuerzo para sacar el arma que llevaba tras la cintura. Escuchó otros
disparos, quiso pensar en algo rápido pero parecía caer en un pozo negro y
profundo, gritó con todas sus fuerzas pero no escuchó ni su voz ni la de los
demás, solo reconoció en algún lugar de su mente algo que probablemente le
habían gritado recién “Es lo que te mereces concha de tu madre” mezclado con
una extraña danza de siluetas en arabescos macabros que entraban y salían por
las ventanas del carro. Luego, el vacío total.
EL FETICHE
Estaba preocupado, no había dormido casi nada, quizás los porros, le
habían quitado el sueño, era raro, siempre que terminaba con bastante licor
encima, como la noche anterior, dormía plácidamente. El sonido de mensaje
entrando en su celular terminó por despabilarlo, se frotó los ojos para leer
mejor "Es la hora" dijo.
Bajó al primer piso de la casa y dos muchachos con la misma expresión lo
esperaban sentados frente a una mesa en lo que parecía la cocina de un pequeño
departamento. Ambos tenían una lata de cerveza en una de sus manos, el que
parecía el menor de los tres le ofreció una, la recibió, la abrió acercándola a
su cara para que el estallido de la lata le rociara la cara con espuma helada, la
estrujó y la tiró al centro de la mesa, entre muchas botellas de licor a medio
tomar, se frotó la cara con ambas manos esparciendo la humedad hacia su
cabello.
Se escuchó el celular haciendo un bisbiseo que anunciaba la llegada de
un mensaje, lo revisó y mirando a los dos jóvenes les preguntó “¿Están listos
para el trabajo?”. Ambos asintieron con sonrisas en sus rostros. Casi de inmediato
se pusieron de pie y se abrazaron los tres como los deportistas lo hacen antes
de una competencia importante y al unísono corearon “Lo que tenga que suceder sucederá.
Bueno o malo pero siempre con tu protección”.
Sacó un cigarrillo de marihuana de su bolsillo, donde tenía algunos más acomodados
dentro de un pañuelo, lo encendió y aspiró profundamente como la primera
bocanada de aire de un neonato recién parido, luego, poniéndolo en los labios
de sus compañeros les invitó a fumar; fumaron en ese orden hasta terminarlo,
los residuos que quedaron entre sus dedos se los metió a la boca y con una
señal partieron, enfundados en el valor alimentado con la droga.
Antes de salir a la calle, levantó un gran tapete de color amarillo detrás
de la puerta, que descubrió un extraño altar, en el centro un muñeco con una expresión
amenazante, diabólica, tenía la cara atravesada por muchas cicatrices y
costuras de heridas salvajes, un ojo cerrado y atravesado por una costura de
cirugía, el pelo anaranjado e hirsuto dejaba ver algunas suturas sobre el cuero
cabelludo, sujetaba una pistola y una daga antigua en sus manos que con los
brazos abiertos parecían invitar a un abrazo mortal, eterno, espantoso. A sus
pies una paloma disecada, calaveras y huesos de aves y mamíferos pequeños, junto
a velas negras a medio consumir, una lata llena de balas pintadas de rojo simulando
ser sangre, un carrito patrullero de juguete, chancado y volteado, una cerámica
en forma de cráneo abierto, conteniendo monedas de diferentes países y varios
frascos con insectos y lagartijas sumergidos en pócimas de diversos colores, le
daban una apariencia infernal a lo que parecía un altar de santería creado por
alguna mente satánica.
Vaciaron sus bolsillos, las billeteras con dinero, documentos, teléfonos
que llevaban y los dejaron entre las cosas del altar, pasaron sus dedos por el
muñeco, como si con ello se integraran a una gran presencia, que a partir de
entonces ya no serían tres, sino uno. Con un encendedor que tomaron de la mesa
encendieron una a una todas las velas, después de apagar cada quien una con el
centro de la palma de la mano, salieron hacia la calle.
Afuera los esperaba un taxi, los dos muchachos jóvenes subieron en la
parte de atrás mientras que el se acomodaba la lado del chofer. “Buenos días,
hagamos bien esto” dijo impostando su voz, sabía que los pequeños detalles son
los que sirven a la policía para identificarlos. Como respuesta, el taxista le
entregó un morral, de él sacó tres pistolas y un celular, se quedó con la que
tenía la cacerina más grande y las otras dos les dio a sus dos compañeros. Leyó
los mensajes del teléfono y con una expresión copiada de alguna película
gansteril noir le ordenó al chofer “Vamos, es la hora”.
Rodaron por las calles de San Miguel durante veinte minutos y se
detuvieron en una esquina, muy cerca del cruce, con el equipo del carro a bajo
volumen escuchaban cumbias y reggaetón de moda, a pesar de las ventanas
abiertas el calor del carro era infernal, todos sudaban y tenían las axilas
marcadas por la humedad; impacientes, se movían de lado a lado rítmicamente,
como zombis atrapados por el vudú emergido de las cicatrices del muñeco.
El teléfono comenzó a ronronear, revisó el mensaje y lo dejó caer en el
piso del carro, instantes después chilló “Ese es, ese es, no lo pierdas”
golpeando con una mano el tablero del vehículo, señalando con la pistola al
auto Honda que acababa de pasar, volteó y mirando a los dos muchachos, con los
ojos inyectados de droga les dijo “Lo que tenga que suceder sucederá…”.
Minutos después se produjo la matanza.