LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

miércoles, 29 de diciembre de 2021

CAELI

 Empecé el día con mucha actitud, hoy cumplo seis meses de mi separación, el divorcio está cada vez más cerca y ya tengo un par de candidatos para celebrarlo en la noche, tengo ganas de un sábado de aquellos.

Desde que me separé, después de haber soportado la convivencia con un hombre completamente inseguro, inmaduro y celoso, que pretendía decidir en todas mis acciones quitándome los espacios a los que estaba acostumbrada, comencé a recuperar esa parte de mi vida que me gustaba vivirla intensamente, independiente, con pasos seguros, sin preocuparme demasiado por el futuro, por lo menos tratando de no convertir una meta en un condicionante que gobierne mis días. ¿Por qué aguanté tanto? Cuatro años. Quizás porque me casé enamorada, o lo creía estar, o porque con mi separación temía no satisfacer las expectativas de todas aquellas personas a las que les tengo afecto, a mi madre, a mi familia. Aguanté, vaya que sí, desde antes de cumplir un año de casada, los problemas, cada vez se hacían más serios, mi madre decía que mi relación se había vuelto tóxica, con idas y venidas, pero también me recomendaba postergar algunas cosas para bien de mi matrimonio, por ejemplo un hijo.

Yo veía todo como si se tratara de un problema sólo de él, que tenía que solucionarlo él, el tóxico, no yo. Qué tonta, tardé demasiado en darme cuenta que la tóxica podría ser yo, o ambos. Cuando se presentó una de nuestras peleas en la que reconoció su responsabilidad, la aproveché para separarme, en el fondo era lo que esperaba, una ocasión en la cual la culpa era de él; en los casos anteriores tenía la sensación de ser la culpable de haber originado el pleito.

Me sorprendió lo bien que lo tomaron en mi familia, me dieron todo su apoyo, mi madre, con quien me había distanciado por culpa de mi matrimonio, comenzó a visitarme más seguido, aunque yo me forzaba a llevar el duelo todavía, mis pensamientos estaban enfocados en rehacer mi vida, recuperar el tiempo perdido, hacer las cosas que me prohibí durante mi lapso de casada.

Sin la preocupación y el estrés que te ocasiona el mal clima hogareño retomé los proyectos en mi trabajo y hace poco más de tres meses me habían ascendido a jefa de departamento, estoy atravesando por una buena etapa y me siento como en mis mejores tiempos, aquellos cuando me repetía “tengo que ser río, en lugar de ser laguna”.

Con mi ascenso llegó esta nueva oficina para mi sola, amplia, con baño propio, con un pequeño privado y bien equipada. Encendí el aire acondicionado, activé el equipo de sonido desde mi laptop, elegí un playlist de merengues y me acomodé en el ergonómico sillón ejecutivo de cuero.

Me aseguré de dejar la puerta entre abierta de tal manera que desde mi lugar pudiera ver el sofá de la antesala de la oficina. Abrí mi mochila, soy de las que prefieren mochilas y bolsos deportivos en lugar de carteras, saqué un par de avioncitos de papel, uno azul y otro amarillo, tenía algunos días practicando este modelito, lo copié de youtube, de un canal especializado en origamis. Los revisé, volví a fijar los dobleces para que parecieran perfectos, me habían salido igual a los modelos del video, eran dos avioncitos modelo F-15, bien elaborados, los coloqué en una esquina de mi escritorio, bien al borde, de tal manera que quien se sentara en el sillón de la antesala pudiera verlos sin problemas.

Me paré, fui hasta la puerta y me cercioré de que se pudieran ver, que fuera lo primero que viera quien se sentara en la antesala.

Regresé a la comodidad de mi sillón, hoy, como todos los sábados, solo se trabaja hasta la una, no hay atención al público y además de dedicarnos a la limpieza, el tiempo lo usamos para revisar los pendientes de la semana, si es que  los hubiera.

Miré mi reloj, miré el sillón de la antesala, volví a acomodar los avioncitos y tomé uno de los documentos de la bandeja de pendientes para comenzar a revisarlos.

Se me escapó un suspiro, por un instante ansié que entrara una llamada a alguno de mis teléfonos, que fuera la confirmación para una salida de sábado por la noche; durante la semana había tenido llamadas insistentes de un antiguo enamorado, pero estaba descartado de plano, el agua del río no pasa por el mismo lugar dos veces, y de un par de amigos que tímidamente intentaron convencerme para acompañarlos, en la idea que me estaban ayudando a romper el duelo de mi fracasado matrimonio. Pero el suspiro que me salió de lo más hondo, como aquellos que solía tener cuando el amor llenaba de mariposas mi estómago, pareció contener el deseo de recibir esa llamada, más bien me llenó de ansiedad por la demora de la niña que, desde que ocupé esta oficina, todos los sábados se sentaba en el sillón de la antesala; a excepción de la semana anterior, que no vino porque su madre, una empleada de mi departamento, que la traía sólo estos días, había pedido diez días de permiso.

Recuerdo mi primer sábado como jefa en esta oficina, había empezado a revisar los documentos pendientes cuando salí para dar instrucciones a algunos empleados y la vi, estaba sentada en el borde del sofá, como intentando ocultarse de que la pudiera ver desde mi sillón, hojeaba una revista especializada que difícilmente un niño le encontraría interés, me llamó la atención lo bien que estaba arreglada, tenía el cabello bastante corto pero adornado con un bonito lazo rojo que la hacían verse más pálida. Me miró directamente a los ojos, con esa mirada de respeto y admiración que sólo un niño puede transmitir.

- Buenos días señorita – me dijo, dibujando una gran sonrisa donde resaltaban dos grandes incisivos y una gran encía mientras sus ojos no dejaban de brillar.

- Hola – le contesté, extendiéndole la mano que ella recibió amablemente y poniéndose de pie – siéntate por favor - y sin mayor diplomacia continué con mis quehaceres.

Esa mañana la pasé sin salir de mi nueva oficina, me dediqué a mover muebles, tirar algunas cosas viejas a la basura, imprimir fotos familiares, en realidad mías y de mi madre acomodar adornos y útiles en el escritorio y llenar la gran credenza para que pareciera una oficina interesante; no soy muy creyente y me centré en sacar un cuadro de un santo que hasta ahora no identifico, me mantuvo ocupada hasta pasada la una de la tarde en que salí y entonces me di cuenta que la niña ya no estaba. Me detuve y comencé a revisar las revistas que se encontraban en la mesita central de la antesala, todas eran muy especializadas, me pareció más atrayente colocar algunas revistas que también pudieran interesar a los niños o jóvenes, total, no todas mis visitas tendrían por qué ser entendidos en nuestra línea comercial.

El lunes, llegué temprano a la oficina y coloqué entre las revistas de la antesala algunas de interés general, sobre todo entretenidas, que encontré en casa, dos de “National Geographic”, dos “Cosas”, dos “15 Minutos” y tres “Condoritos”, no muy recientes, las acomodé prometiéndome recatadamente renovar el material de lectura cada quince días. 

El siguiente sábado, a media mañana, al salir por café para abastecer mi cafetera recién asignada, me encontré otra vez con la niña, estaba hojeando una de las “National Geographic”, apenas notó mi presencia se paró y me saludó.

- Buenos días señorita – otra vez esa sonrisa encantadora, aunque ahora tenía una rendija de alegría en la comisura de sus labios, o algo parecido que no llegué a identificar.

- Hola preciosa ¿Cómo estás? – le pregunté sin esperar respuesta.

- Bien señorita, leyendo estas revistas que están entretenidas – miré de soslayo y me di cuenta que tenía una de “National Geographic” – si no la termino ¿me la puede prestar? – me sorprendió con su respuesta y la seguridad con que conversaba.

- Claro que si – le dije – puedes tomar cualquiera – tratando de ser agradable con ella.

- Gracias señorita, si la termino hasta mañana mi mamita la puede traer el lunes.

- Por supuesto, si no la terminas la traes tu misma el próximo sábado – le contesté deseando que me corroborara que me vendría a visitar todos los sábados.

- Es usted bastante gentil – mientras hacía un rollo con la revista y la pegaba a su pecho y su rostro se iluminaba con una luz que partía de su sonrisa.

- Me llamo Caeli y mi mamita Alessia – adelantándose a la pregunta que no llegó a salir de mi boca, otra vez me embobó su madurez mientras una oleada de confianza que nacía de su voz me atravesaba.

Caeli, me dije, debe ser uno de esos nombres que forman los padres con las iniciales o alguna sílaba de sus propios nombres o los de los abuelos, en mi familia había muchos casos, Joel por José y Elena, Mya por Marina y Alicia, Elen por Elcira y Enrique, mis propias hermanas Adalú y Nadia tenían nombres construidos así. Pero Caeli lo escuchaba por primera vez, es bonito.

Durante los siguientes minutos me contó a qué colegio iba, que su santo era en febrero. cómo estaba en los estudios, qué cursos le gustaban, qué veía en la tv; también, que tenía un hermano mayor, que vivía solo con su mamá y a su papá lo veía dos veces al año, para su santo y navidad, qué le gustaba comer y otras cosas más. Le tuve que cortar la conversación haciéndole creer que había olvidado algo, después de consultar mi reloj.

Los siguientes sábados la esperaba impaciente porque me gustaba conversar con ella, me alegraba el día, me estaba acostumbrando a su presencia para terminar bien el fin de semana, tenía la sensación de que había coincidido su aparición con las oportunidades que se le presentaban a mi vida sentimental.

Tan pronto llegar a la oficina, revisaba que las revistas fueran de interés para ella y luego ponía un playlist con canciones que preparaba durante la semana, dejaba la puerta abierta para que Caeli las pudiera escuchar, a veces tenía que cambiar uno o dos playlists para encontrar uno que le gustara, me lo hacía saber con el tamborileo de uno de sus tacos a la base del sillón. A media mañana le invitaba un jugo o una gaseosa y a veces me aceptaba un paquete de galletas que no las comía, se las guardaba, aprovechaba para conversar con ella lo suficiente como para quedar compensada todo el fin de semana.

Unos sábados atrás, antes de ir a la oficina tuve una reunión de importancia en la matriz de la empresa, con los preparativos y los nervios olvidé actualizar las revistas de la sala de espera y cuando llegué la encontré sentada en el mismo lugar, con los brazos cruzados, las revistas sobre la mesa de centro estaban desordenadas y algunas abiertas, señal de que las había revisado todas y les había perdido interés.

La saludé como siempre y me contestó amablemente, disimulando su malestar si acaso lo tenía, después del establecido jugo y galletas con una conversación intrascendente me acomodé en mi sillón para pensar cómo entretenerla pues sentía que la había desilusionado. Pero mi mente, más preocupada por los acuerdos de la reunión que antes había tenido, no encontraba la forma, o quizás ni siquiera quería pensarlo; se entrecruzaban algunos recuerdos de mi niñez con los compromisos del trabajo y pizcas de mi vida sentimental, era un espacio en el que estaba presente y a la vez no lo estaba, me controlaba mi subconsciente. Sólo se me ocurrió tomar una hoja de papel y construir un avioncito, si, un avioncito, de esos simplones que me enseñó papá cuando se le daba por jugar conmigo como si fuera el hijo varón que nunca tuvo. Y se lo regalé a Caeli.

No había visto hasta ahora esa mirada sorprendida y gozosa que sólo una niña puede regalarnos, no solo se hizo intenso el brillo de sus ojos, sino que toda ella brillaba. Se quedó muda como cuando se recibe el mejor regalo de nuestra vida, su rostro era una pintura de Wai Ming. Volví a mi oficina y fui testigo de la máxima expresión de alegría que jamás había visto en una niña.

Al principio, le daba vueltas sobre su rostro como si volara, sin desprenderse de esa fascinante sonrisa, luego se paró, lo lanzó de un lado a otro de la sala repetidas veces, lo volvía a tomar y simular despegues y aterrizajes sobre los muebles, perdió el interés en la música y hasta en la lectura. Ese sábado terminé sorprendida y la semana también terminó bien para mí, en todos los frentes de mi vida.

Los siguientes sábados hice avioncitos de papel de todos los colores, les pinté puertas, ventanas, logos de empresas conocidas, pilotos y hasta pasajeros, Caeli quedó encantada con cada uno de ellos.

Hace dos semanas, cuando cerraba mi oficina dispuesta a comenzar mi fin de semana me sorprendió encontrar todavía a Caeli, estaba acompañada de su mamá.

- Buenas tardes señora, soy la mamá de Caeli, trabajo en la sección importaciones – me di cuenta de dónde salió la sonrisa de la pequeña, mientras nos estrechábamos las manos – discúlpeme por abusar de su confianza y dejar a mi hija los sábados en la salita, es que de aquí tenemos que irnos a la rehabilitación.

- Debes ser Alessia, Caeli me habló de ti, te felicito tienes una niña bien educada y encantadora – le dije.

- Gracias, es sólo que ella quiere despedirse de usted – me dijo, sin perder la sonrisa.

- ¿Se van de viaje? – pregunté sorprendida por la noticia.

- No, para nada señora, es que el martes la van a operar y es seguro que el sábado siga convaleciente.

- No es nada serio – terció la niña, sus ojos habían perdido intensidad y el avioncito que le había armado con una hoja de papel amarillo, parecía más simplón que nunca entre sus manitos que repasaban los dobleces – el sábado siguiente si podré venir.

Leí en  sus ojos que tenía ganas de abrazarme así que abrí los brazos con las palmas de las manos hacia arriba, invitándola, y recibí aquel abrazo que me hizo sentir tan  genial como nunca, creció en mi la certeza de que hace seis meses había tomado la decisión correcta, tenía que seguir en busca de la vida que quería no resignarme a la que me ofrecían y descubrí que se puede amar tanto como a un familiar cercano a una niña que de la nada se hace trascendente en tu vida.

- Te quiero mucho, Caeli – me salió del corazón y ella me sonrió con esa sonrisa única, inolvidable, épica, eterna.

Ese mismo sentimiento me abruma mientras la espero, poco a poco la impaciencia me satura, comencé a mirar el reloj en forma compulsiva, la sigo esperando. Intento no dejar que la preocupación  me invada mirando cada uno de los bien logrados avioncitos de papel al borde de mi escritorio, imagino la sonrisa de Caeli cuando los viera ¿Cuál sería su preferido, el azul o el amarillo?. Vuelvo a mirar el reloj y ya pasó la hora en la que suele llegar.

Pienso que en realidad no es un esfuerzo grandioso el haber conseguido armar los avioncitos de papel, lo que en realidad rescato de este cometido es que después de muchos meses hago algo con verdadero cariño para alguien, espero que le gusten, que después de la operación sean un motivo de alegría para acompañar su recuperación. A propósito, Alessia nunca me comentó de qué la operarían. Qué falta de delicadeza la mía. Decido bajar a ver que noticias tiene de la niña, es probable que siga convaleciente.

Bajo el volumen del equipo y subo la intensidad del aire acondicionado antes de cerrar la puerta, llevo los avioncitos conmigo, si Caeli sigue convaleciente no tendré más remedio que pedirle a Alessia que se los entregue.

Distingo a Alessia trabajando en uno de los escritorios, está pálida y ojerosa, trae el pelo recogido y lleva aquel lazo rojo que traía su hija cuando la conocí. Qué parecidas.

- Hola – le digo y ella levanta la mirada, sus ojos tienen la misma opacidad de los que viven aferrados a una esperanza sabiendo que nunca la alcanzarán..

Toda ella es una imagen de la desolación, me quedo muda, todas las preguntas se desvanecieron en mi cerebro. Qué extraña sensación, parecida a la que sentí al tomar la decisión de separarme pero nace en otro lado de mí, más profundo, desconocido.

La expresión de su mirada me obliga a sentarme, sigo muda. 

- Ay señora – comienza Alessia en un tono lastimero – mi niña tenía un tumorcito en el cerebro causado por la cisticercosis – sentí entonces cómo todo el aire que tenía comenzó a ser expulsado lentamente, como si mis pulmones tuvieran vida propia, en una interminable exhalación destinada a nunca convertirse en suspiro – sufría de ataques de epilepsia, ya el médico me había dicho que cada ataque era más peligroso, tenían que controlarse, por eso que debía operarse urgentemente – tomó un pañuelito de papel de su escritorio y se secó una lágrima tímida que intentaba caer, respiró hondamente, reconocí en su mirada el carácter de las personas que evitan llorar aún cuando tengan un dolor profundo porque creen que ya lloraron lo suficiente.

- La noche anterior a la operación, cuando estábamos cenando, le dio un ataque bien largo, nunca había tenido uno así, dejó de convulsionar pero no abrió los ojos, parecía profundamente dormida, así que la llevé al hospital. Apenas la recibieron en emergencia me dijeron que tenían que operarla, como ya tenía su riesgo quirúrgico, en la sala de operaciones, antes de iniciar siquiera la operación Dios se la llevó para siempre.

Sentí la necesidad de odiar, hasta mis pequeñas pendencias guardadas y secretamente escondidas se convirtieron en odio profundo, odié a casi todo, un calor pérfido salía de dentro de mi y había poseído todo mi cuerpo. No se por qué le digo en tono amenazante

- Así es tu Dios…

- No diga eso señora, hay que respetar la voluntad de Dios, es una prueba más de su voluntad divina, mi niña tenía más de cuatro años sufriendo, ahora está descansando al lado del Señor – puso los codos en el escritorio y juntó ambas manos en su frente como si comenzara una oración mentalmente.

- Debió llevarse a un maleante, un asesino…o un político, no a Caeli – comenzaron a hervirme las entrañas.

Hubo un silencio prolongado, eterno, sin saber qué decir.

Alessia pareció regresar del lugar en donde se había refugiado mentalmente y como un verso aprendido me dijo

- Hay que respetar la voluntad de Dios.

- ¿Por qué éste sufrimiento? – grité, pero mi voz no salió de mi boca, la cólera la convirtió en mirada candente y la vomitó por mis ojos y Alessia lo entendió.

- Sufrimiento el de la madre macabea que vio morir a todos sus hijos, el de Job, Dios nos prueba con sacrificios, como el de Ana, madre de Samuel o el de Abraham al caminar con su hijo rumbo al altar del sacrificio – dijo ella, no le entiendo nada.

Me pongo de pie, siento que el cuerpo me hierve, salgo de la oficina y la luz del sol me agrede, tengo la mano derecha en puño, cerrada con fuerza hasta casi clavarme las uñas en la palma de la mano, voy aflojando suavemente y separando mis dedos cuidadosamente. Como dos avecillas estirándose para abandonar el nido e intentar su primer vuelo veo los dos avioncitos de papel. Los dejo caer con la esperanza de que levanten vuelo.


sábado, 20 de noviembre de 2021

MANÍA

 

¿Cuántas horas llevaba frente a la computadora investigando? ¿seis? ¿ocho? ¿diez? Había perdido la cuenta, recordó que no había probado bocado desde el desayuno, miró su reloj que indicaba 20:48, entonces calculó unas doce horas de trabajo incesante. Apagó el monitor y se puso una casaca ligera, el clima había comenzado a cambiar; se cercioró de llevar las llaves de la casa consigo palpando de memoria la cadena del llavero sujeto del lado izquierdo de su correa que terminaba con el manojo de llaves dentro del bolsillo posterior de sus pantalones, como lo hacía hace ¿veinte?, ¿veinticino? o treinta años quizás. De sólo pensarlo un temblor sonoro le recorrió la espalda.

Como todos los domingos se dirigió a la misma pollería, apenas se sentó se le acercó un mozo y con acento que no lograba identificar si era colombiano o venezolano le dijo mientras pasaba un trapo nuevo sobre la mesa y acomodaba los cubiertos dentro de una servilleta de papel de color rojo con el logo de la pollería:

-       Buenas noches señor ¿Lo de siempre verdad?

-      Buenas. Si, por favor, pero no me traigas una gaseosa sino un café, después que termine – contestó sin mirarlo, a la vez que vertía un chorro apreciable de alcohol en gel del gran dispensador que ahora reemplazaba a las flores y otros adornos en las mesas de todos los negocios de comida.

Durante toda la cena se dedicó a revisar mentalmente la información que afanosamente había estado buscando todo el día, mientras posaba sus ojos en un programa dominical en el gran televisor que tenía frente a él, porque no lo veía, su mirada parecía más lejana; no se sentía seguro si había despejado sus dudas o mas bien se multiplicaron. Su investigación en internet sobre la manía que se le pegó sin darse cuenta, que se había apoderado de él poco a poco, imperceptiblemente, lo tenía inconforme. Ablutomanía, era lo más cercano que había encontrado para lo que le pasaba. Esta es la definición a la obsesión y compulsión crónica por lavarse las manos, considerado un trastorno obsesivo compulsivo (TOC) por lo tanto era una enfermedad, una enfermedad siquiátrica.

Sin embargo, estimaba que de ninguna manera lo de él era una enfermedad siquiátrica, no podía ser un enajenado y a la vez un buen profesional y encima buena persona, porque eso era él, se lo decían sus compañeros, sus amigos, sus familiares y todos aquellos que tenían una relación con él. Estaba claro que, como eran muchos los que tenían esa opinión de él, había que tomarlo por cierto. Entonces lo suyo no era un TOC, no era una enfermedad, tal vez una manifestación temporal e involuntaria como respuesta a algún evento significativo en su vida.

Como cuando de niño comenzó a arrancarse los pelos, esta mala costumbre le apareció de pronto, sin siquiera darse cuenta, apenas su mamá lo notó le sometió a un tratamiento contra los piojos, pediculosis, lo recordó por la mañana durante su investigación. Así como apareció de pronto se fue, claro que los tratamientos que soportó fueron mayúsculos. Al principio su mamá pensó que con solo untarle los cabellos con un fijador o con vaselina sería suficiente, él intentaba justificar lo que hacía porque no estaba contento con su peinado, quería mejorarlo, además sus compañeros se burlaban de él por eso. Pero no respondió a esta medicina. Luego le untaban la cabeza, primero con pasta de limón, luego con café molido y hasta con el agua con que humedecían el tabaco durante una noche, para desalentarlo al sentir el sabor amargo cuando se llevara los pelos a la boca. Y nada. Hasta que un día, así como le vino esta mala costumbre se le fue.

Acababa de descubrir que esto podría ser una manifestación de un TOC, se le conoce como tricotilomanía o tricofagia, es una de las más difícil de tratar, la recuperación de los pacientes toma tiempo. Entonces lo de el no había sido una enfermedad, solo una manía temporal. Duró ¿meses? ¿años? No podía precisarlo. Lo que si había conseguido, aunque todavía no estaba seguro de su exactitud, es relacionar este periodo de su vida con el evento condicionador. Todavía no lo daba por cierto pero había trabajado con fechas y la la primera vez que se arrancó el pelo, fue el día en que sus padres tuvieron una discusión bastante subida de tono y que casi los llevó a la agresión. De eso estaba seguro, entonces, se metió bajo un escritorio y cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos. Permaneció acurrucado mucho después de que su padre se fuera de casa para retornar horas después borracho, dando por terminado el incidente; pero él, permaneció allí acurrucado todo este tiempo, rezando para que Dios lo ayudara e hiciera un milagro que juntara a sus padres como antes. Llegó a pensar que la discusión era por su culpa, se sintió un malhechor, su plegaria ya no pedía un milagro que volviera a unir a sus padres, sino uno que le hiciera pagar su culpa. El portazo anunciando la llegada de su papá ebrio lo transformó, le dio vida propia a cada uno de sus órganos, de sus músculos, entonces jaló un mechón de pelo de su cabeza pensando sentir dolor pero fue insensible, pensó que con eso pagaría la voluntad divina de reunir a sus padres plenos de amor, como antes.

Cuánto tiempo ha pasado y cuántas cosas han sucedido en su vida pero hasta ahora se daba cuenta que ésta había sido una sucesión de manías, de obsesiones quizás pero para nada enfermedades, no, lo suyo era controlable, no hay por qué preocuparse.

Hoy había identificado como dermatofagia la costumbre que tuvo durante algún tiempo de arrancarse la piel de alrededor de las uñas de la mano, de morderse y pellizcarse los callos o las partes donde la piel era gruesa, a veces hasta sangrar, para arrancar pequeños pedazos de piel, pellejitos, que luego devoraba como si se tratara de la comida postergada de un náufrago. Casi había olvidado esta parte de su vida, ¿por qué durante tanto tiempo no le había dado importancia? quizás tenía un motivo para no recordar, para olvidar.

Sin lugar a dudas había tenido costumbres extrañas de las que recién hoy, con su investigación tomaban importancia en su pasado; tenía que haberlas recordado, es más, era necesario recordarlas porque lo contrario sería aceptar que se trataban de verdaderos trastornos, TOCs, como dicen los médicos. Pero no, lo de él no eran enfermedades siquiátricas de ninguna manera.

Encontró otro capricho que también lo acompañó durante un tiempo, se llamaba ablutomanía, fue la mala costumbre que desarrolló también de manera imprevista de lavarse las manos a cada rato, le vino de la nada, sin darse cuenta de pronto sentía un impulso por lavarse las manos, las sentía sucias no porque la estuvieran sino porque un cambio de temperatura, un ruido alto, el paso de un vehículo a velocidad, la caída de un objeto banal de manera casual fueron algunas de las causas que lo impulsaban a buscar apremiadamente un baño, un lugar donde lavarse las manos. Pero quizás esto podría haber sido una misofobia, es decir un excesivo temor a los gérmenes y bacterias, temor que antes lo invadía muchísimas veces en un día. Luego desapareció misteriosamente como llegó.

Pero solo para dar paso a otro capricho, las compras, su deseo por visitar esas tiendas grandes que ahora invadían la ciudad y adquirir algo, cualquier cosa, algunas sin estar seguro si las necesitaba o si aunque sea le gustaban; se obligó a levantarse apenas amanecía para cubrir su horario laboral más temprano y dedicarle el resto del día a deambular por los centros comerciales, siempre hasta que cerraran, de donde salía con el dinero justo para su pasaje, cuando no tenía carro, después de haber gastado la última moneda que llevaba. Sus finanzas andaban en rojo y se olvidó de socializar, prefería estar solo y quizás andaba buscando la compañía  de las cosas que compraba, como quien adquiere amigos. Llegó a padecer hambre por que le debía a medio mundo, lo que cobraba con las justas le alcanzaba para alimentarse y pagar algunas deudas obligado a dejar otras para después.

Con la información encontrada durante su investigación de hoy, sabe que se trata de la oniomanía, claro, cuando nos referimos a una obsesión enfermiza, un mal siquiátrico, que definitivamente no era su caso.

Y fue éste estado de necesidad en el que se encontraba, apurado por las deudas, la misma que lo sacó de esta situación, decidió no comprar nada más cuando se dio cuenta que ya no disponía de créditos y que su relación con los bancos sólo eran por las deudas por pagar hasta que equilibrara su presupuesto.

Definitivamente que el recurso fue genial, quién lo hubiera hecho igual, reemplazó hacer compras por hacer regalos, comenzó a obsequiar una a una las cosas que había adquirido, casi todas aún nuevas, primero las que tenía guardadas porque eran inútiles para él, pero quizás valieran algo para otros, luego siguió con las cosas que consideraba menos importantes entre las que le quedaban. Pronto le agarró ese gustito que se siente cuando uno recibe un premio o una palmadita en el hombro, se sentía mejor cuando también comenzó a recibir regalos de otras personas, salía de casa con algún objeto para regalar en el trabajo a alguien que previamente había decidido pero, habitualmente lo regalaba por el camino. Pronto se dio cuenta que era una manía, cuando comenzó a perder cosas que apenas entregarlas tomaba en cuenta que eran necesarias. Si, claro, entre los Trastornos obsesivos, compulsivos es conocido como doromanía, es decir el trastorno siquiátrico que te impulsa a dar y recibir regalos, que tampoco era su caso.

El mozo se acercó con su pedido y le puso otra servilleta, la que había en la mesa se había transformado en un origami, como siempre no podía identificar de buenas a primeras a qué o quién representaba, lo haría al recoger la mesa, había encontrado palomas, sapos, dinosaurios, osos, aviones, le daba curiosidad ver de qué se trataba en esta ocasión, por eso se retiró mirando de reojo la pequeña figura de papel que parecía un adorno más de la mesa.

Volvió a esparcir abundante alcohol en gel sobre sus manos y frotárselas con una toalla invisible como si se las secara apenas lavarlas, luego las levantó y las abanicó con fuerza cerca de sus hombros como un músico en un cierre sinfónico con panderetas imaginarias, frotó sus cubiertos limpios en la servilleta nueva y con movimientos parecidos al de un neurocirujano a punto de operar comenzó a comer el chaufa humeante.

Las cosas que había encontrado durante su última navegación en internet giraban alrededor de su cabeza, intentaba controlar sus ideas pero cual carrusel musical y colorido las imágenes que había analizado durante todo el día lo llenaban todo dentro de su conciencia.

Hipnomanía, así se llamaba una de los trastornos siquiátricos que había revisado hace poco, no podía establecer en qué época de su vida había pasado por una etapa en que se le dio por dormir, se levantaba apremiado por su horario de entrada al trabajo, pero en el trayecto hacia el, en el transporte público, buscaba la manera de echarse una dormidita un ratito, había adquirido la habilidad de dormitar apenas se sentaba y de despertarse una cuadra antes de llegar a su paradero; una vez en casa, cenaba y veía televisión por un rato y con un libro bajo el brazo se iba a dormir de inmediato. Pero también dormía en el trabajo, había acondicionado un rincón en un almacén donde se escondía para darse una “pestañeada”, aunque nunca pasó de cuarenta minutos, era una necesidad que se le aparecía de pronto ¿una manía? Claro que no. El controlaba la situación, decidía la hora y el lugar en donde dormir, lo había hecho inclusive de pie en el tren eléctrico o en el metropolitano, en el interior de un baño y por esa época si iba al cine era solo para dormir.

Claro, de ninguna manera podía tratarse de una manía.

Dejó los cubiertos un rato, volvió a verter un chorro del alcohol en gel sobre sus manos y se las frotó ávidamente hasta que hubiera desaparecido rastros de humedad sobre su piel.

-           Qué rico… – se dijo en voz no muy baja, como cuando se le habla a una persona cercana a uno – Estoy seguro que esto no es una manía, es el gusto de sentir como el gel poco a poco se desvanece de la piel, cómo cambia de temperatura pasando a dejarte ese frío que es la metáfora de la vida, de lo efímero, de lo que tiene que acabar ¿por qué todo tiene  un final? ¿por qué no tenemos algo eterno? – se dio cuenta que estaba hablando solo y se reacomodó en la silla que parecía estar hecha para su cuerpo -      bueno, por lo menos no es ablutomanía, de eso estoy seguro.

Dejó los cubiertos sobre el  plato y se limpió los labios y parte de la cara con la servilleta nueva, procurando no deformarla.

¿Por qué tengo que pensar que algo que me gusta es una manía? ¿Si no lo acepto significa que estoy loco? Y si lo acepto también, no me dejan alternativa – pensó a la vez que soltaba un suspiro discreto que nacía de la sensación que le había dejado las cosas encontradas en internet durante el día – acaso acostumbrarse a algo tiene que ser una manía, no, en mi caso es orden, responsabilidad, eso que le dicen disciplina.

Sacó un papel doblado del bolsillo de su camisa, lo alisó sobre la mesa, a un costado del plato y lo alejó hacia el centro de la misma pero no tanto como para no poder leerlo, eran las fechas y los acontecimientos de su vida que había comenzado a ordenar a medida que avanzaba su investigación. Después de aceptar la primera coincidencia de que su comportamiento maníaco de arrancarse los cabellos y comérselos cuando niño podría haber sido una tricofagia y, tras haberse convencido de que la causa fue el inicio de la violencia entre sus padres y que terminó cuando ellos se separaron, encontró que las otras manías que desarrolló también coincidían con fechas de eventos importantes que podrían ser los desencadenantes. Pero, con seguridad esto se debía a su necesidad de ser disciplinado pues de otra manera no sería lo que ahora es.

Miró las fechas, al costado de cada una de ellas había hecho una anotación, leyó la primera, decía “compromiso de mamá”. La dermatofagia que lo persiguió durante una parte de su vida coincidía con la fecha en que su mamá se comprometió con quien hasta hoy es su marido, a él le gustó la idea al principio, pero cuando percibió que su madre ya no era solo para él las cosas cambiaron, comenzó a morderse las uñas frente a la televisión, muchas veces lo mandaron a dormir temprano creyendo que se ponía nervioso con los programas que veía pero su comportamiento se agravó. Su madre lo llevó al médico y aunque nunca recibió el diagnóstico frente a él, sospechaba que no era una enfermedad, pues de pronto pasó, se acabó, desapareció, de ser una manía la tendría hasta ahora. Sonrío levemente mientras bebía el café que le habían traído y que parecía seguir hirviendo.

A través de la nube de vapor volvió a mirar el papel sobre la mesa y leyó “la bonita dos veces”. Así llamaba a su primer amor, si aquella bella muchacha, de delicada figura y mirada coqueta de la que se enamoró ¿o se enamoraron? Era maravillosa, al principio, luego cambió un poco ¿qué será de su vida? ¿habrá conseguido sus sueños? Estoy seguro que si, era bien decidida, y bastante lúcida para su edad. Se llevaban muy bien hasta que escuchó a alguien decir que era mucha mujer para él. Entonces vino lo de lavarse las manos a cada rato.

Al principio tampoco le prestó importancia, recién lo consideró un problema cuando ella se lo dijo. Pero ¿por qué se lo dijo así? “Si no te controlas, te dejo” Fue peor, sus ansias de lavarse las manos se volvieron irreprimibles, probó muchas formas para esconder esta manía que le costaba muchas burlas, usó guantes, hidratantes, humectantes, astringentes entre otros productos pero, nada le quitaba ese deseo constante e intenso, parecía crecer cada día, lo enfermaba, no lo dejaba llevar una vida normal, imagínense, todo el día pensando en lavarse la mano. Lo peor era que cada vez le tomaba más tiempo jabonarse y enjuagarse, como si un sudor que brotaba de sus manos que contenía los olores de las cosas que había tocado y había imaginado se hiciera más espeso cada día.

Y claro que esta manía también se le fue, cuando ella le dijo que no le volvería a ver, después de haberla avergonzado quedándose atorado en el baño de una fiesta a la que fueron juntos. La verdad era que él puso seguro a la puerta para no salir pues no podía pasar más de cinco minutos sin lavarse, entonces todos se darían cuenta y hubiera sido peor. Ella se fue y se llevó la ablutomanía, ¿eso era posible? clínicamente no, por eso siempre digo que no era un trastorno obsesivo compulsivo, era una manía cualquiera.

Se dio valor respirando profundo y volvió a beber el café que parecía no haberse enfriado, leyó la siguiente línea escrita que decía “adiós”, se refería a la etapa en que comenzó a vivir solo. Desde muy joven consiguió trabajo pero parte de lo que ganaba tenía que gastarlo en mantener la casa, por disposición del marido de su mamá, al que nunca llamó papá, para entonces había nacido su primer hermanastro y para contentar a su mamá y porque se había encariñado con el recién nacido, todos los días, al retornar de trabajar le compraba algo, generalmente pequeñeces, chupones, baberos, mitones, biberones y cosas como esas. Cuando se marchó porque vivir con su padrastro se hizo insoportable comenzó la manía de comprar, la que hoy sabía que se llamaba oniomanía. Claro, para el no había sido ningún trastorno emocional sino un pasatiempo, una manera de sentirse bien, hasta que su situación económica se hizo insoportable. Parecía que nunca terminaría, no distinguía solución a la vista hasta que consiguió un nuevo empleo, mucho mejor pagado, entonces con el empleo anterior también se fue la  oniomanía. En Buena hora.

Entrecerró los ojos para leer otra vez “chamba nueva” decía, si, con mejores ingresos que le permitieron pagar todas sus deudas e inclusive comprarse su primer carro, el bólido como lo llamaba. Claro, pensándolo con más calma, la idea de comprarse un carro se volvió el impulso de sus días ¿una nueva manía? ¡Por supuesto que no! Sólo quería mejorar, como cualquier persona y, lo logró, alcanzó su meta entonces no está relacionado para nada con un TOC ¿o acaso a las personas exitosas por alcanzar sus sueños se les considera maniáticas? claro que no, pero después de este logro comenzaron esos días de regalo, de esa compulsión por regalarlo todo, doromanía, también por recibir regalos, era una sensación que lo completaba cuando daba y recibía, se sentía una persona importante, un personaje. Nadie me puede decir que por eso soy un sicópata.

-       Peruvian Psycho – dijo y soltó una risa que casi de inmediato tuvo que reprimir pues unas señoras que comían en la mesa frente a la suya lo miraban entre curiosas y alarmadas.

Volvió a beber del café amargo y reparó en el gran televisor que colgaba del techo, una banda peruana tocaba frente a una multitud que acompasadamente movía sus cuerpos como si bailaran bailes diferentes, leyó el banner de la pantalla “Glastonbury Festival – Cumbia all star from Perú”, qué bien se siente esa música pensó, mientras parecía que sus vísceras se encogían y una extraña evocación de recuerdos se disparó dentro de el como si su cuerpo sólo fueran neuronas, nada de huesos, músculos ni órganos. Esa remembranza en que se había convertido lo paseó por unos segundos a través de toda su vida, en realidad a través de toda la música que había escuchado, de todo tipo, desde la clásica hasta la urbana actual, había vivido etapas, pequeños ciclos en los que por razones que no deseaba recordar había preferido un solo tipo de música, no fue difícil reconocer de inmediato la canción que el televisor reproducía, “Cuando se quiere como te quise no logra cerrar la herida que me abriste…” cantó mentalmente por un momento con un profundo recogimiento acompañando la música:

-       Esa es “Traicionera”, de los Destellos – se dijo – claro, es una composición de Manuel Mantilla, año 1977.

Se quedó embelesado mirando la pantalla mientras pensaba que ésta podría haber sido otra de sus manías, la música; pero no, sólo fue una cuestión de gustos, los gustos pueden cambiar cada tanto, hasta el amor cambia y en el caso de la música es una necesidad explorar todos los géneros para decidir cuál es el que preferimos ¿o acaso nos casamos con la primera persona de la que nos enamoramos?.

Tampoco es una manía usar siempre zapatos marrones, ni la ropa interior color blanca o azul o que todos tus pañuelos sean blancos o celestes, usar la billetera en el mismo bolsillo durante años y que tus pantalones sean azules o negros tampoco, menos juntar lapiceros de distintos colores o agendas con una página por cada día del año, o escaparse para fumar cigarritos de canela de esos que se invitan a las chicas en las discotecas, o usar mantequilla de cacao para tener los labios como los de las mujeres que no pueden vivir sin ponerse labial, o bañarse con agua fría todo el año. “Oye traicionera aunque me muera, donde yo me encuentre rogaré por tu alma…” volvió a acompañar la música.

Durante unos minutos esperó que terminara la canción para seguir con sus pensamientos, mientras se dejaba llevar por esa sensación que provocaba la música, que lo ponía en estado de indefensión, como si cayera en un pozo sin fondo en un viaje agradable del que no pudiera salir mientras tuviera los ojos cerrados.

Abrió los ojos apenas terminó la canción y reparó en los dos pequeños grupos de arroz que había dejado en el plato.

-      Vaya manía la mía, no logro relacionar esto con nada en mi vida, por lo  menos no hasta hoy.

Volvió a contar cada uno de los montoncitos de arroz que quedaron de su comida, era llamativo ver los retos de comida agrupados en un solo lado del plato mientras al otro  aparecían estos dos grupos de arroz, “como esas montañas solitarias en Marte”.

Con el filo del cuchillo los iba separando sabiendo ya lo que encontraría.

-       Treinta y dos en el de la izquierda y ciento cincuenta en el de la derecha.

Era lo que esperaba, siempre que comía solo, casi todos los días, inconscientemente formaba estos dos montoncitos de arroz en el plato, no lo entendía, no encontraba una relación entre estos números y algún acontecimiento en su vida ¿Qué significaban? ¿por qué se repetían? Gruñó y volvió a sus anteriores pensamientos.

Con la canción recordó que ésta estaba asociada a la etapa en que su manía era dormir, lo hacía para escuchar la música romántica que por entonces se le había metido en la cabeza, por eso se sentía seguro que la hipnomanía que lo afligió un tiempo no era una enfermedad, solo era su deseo de aislarse para sentir la esencia de cada canción. Claro que por eso ésta desapareció; entonces volvió a mirar el papel y leyó al lado de la última fecha que había escrito, “Babe” decía.

Suspiró con fuerza y los aromas de ella parecían invadirlo otra vez, recordó cada una de las emociones que sintió y los momentos que vivió con ella, su última relación, la que para él fue la única, la mejor, la mujer más grande que había conocido, a la única que le alcanzó ese adjetivo “babe”, la dos veces bella mujer o lo que es lo mismo, mujer con doble mayúscula. Le había costado mucho conquistarla, nunca imaginó tener a una hembra así en su vida. Ahora ya no estaba, se había ido, le dejó sólo porque su destino era otro, lo que él le podía dar no era suficiente para una mujer brillante, intensa, insolente, ella se merecía mucho más. Y se fue. Le dolió y la recordaba siempre. Pero el lo entendió.

Claro, ahora reconocía que la fecha coincidía con esta especie de manía, no era ablutomanía, ya la había padecido y superado, ahora era el extraño gusto que sentía después de rociarse abundante alcohol en gel en las manos y frotarlas, dejar que el gel comenzara a secarse primero, dejando sus manos como de cuero, resistentes al frotamiento, luego, a medida que cambiaban de temperatura, de caliente a frío y luego a normal, se iba diluyendo esta sensación de papel hasta pasar a una tersura comparada con la piel de un niño, o de una mujer como aquella. Y que suerte que haya coincidido con esta pandemia, así donde fuera siempre encontraría y tendría una justificación para echarse abundante gel en las manos y volver a sentir que por un instante pasaba de no tener nada a rozar la piel de ella.

Era una metáfora del amor, porque así como el gel el amor también se va desvaneciendo, ahora, mañana o más tarde, se hará nada, se va a evaporar después de habernos regalado gratas sensaciones, al final solo será un recuerdo, un momento grabado en nuestra mente, de donde cada vez que lo evoquemos emergerán alucinaciones que extrañamos. Pero ¿cuánto tiempo sobrevivirá? A veces igual que el gel.

Pagó su cena y muy despacio se levantó, se acomodó la correa y los pantalones, se puso el cubre bocas, suspiró antes de colocarse las ligas en las orejas y volvió a rociarse abundante alcohol en gel sobre las manos, se las frotó, separó y movió los dedos como si tecleara un teclado imaginario.

-      Treinta y dos y ciento cincuenta – pensó – sicópata peruano…jajaja – río de buena gana, sobre todo porque sabía que nadie se daría cuenta por la mascarilla, mientras por un instante sentía la piel de ella en sus manos.

viernes, 1 de octubre de 2021

LAS SOFÍAS

La miraba mientras su hermana absorta a lo que ocurría en la pantalla del cine parecía haberse desconectado de la realidad para introducirse por completo en la trama de la película; cuando decidió llamarla Sol nunca pensó que estaría tan cerca de la realidad, las luces de la pantalla que bailoteaban en su rostro resaltando en cada cambio de color la belleza de su hermana mayor, le daban la razón.

Isabel Sofía la menor, Olivia Sofía la hermana mayor por un poco más de un año, habían sido criadas como mellizas, quizás sus padres pensaron que así se facilitaba la formación de las dos niñas y porque las hubieran preferido mellizas les pusieron nombres parecidos. Crecieron muy unidas, fueron al mismo colegio, tenían los mismos amigos, los mismos gustos, vestían muy parecido, de adolescentes hicieron las mismas palomilladas, siempre juntas, aunque su hermana prefería que la llamaran por su nombre completo ella sólo se hacía llamar Isabel. Se diría que la vida la vivieron juntas, como verdaderas mellizas, ya de joven, Olivia Sofía conoció a quien ahora es su esposo, Andrés y, desde entonces comenzaron a distanciarse poco a poco.

Isabel Sofía, la más pragmática, sabía desde adolescente que algún día tendría que seguir su camino sola, apenas se enteró que su hermana había decidido casarse decidió abrirse al mundo en busca de su propio futuro, un futuro que al igual que el de su hermana, no tenía  por qué ser compartido. Ella dejó la casa y fue en busca de su destino a otra ciudad, ahora, aunque seguía siendo soltera no precisamente por falta de oportunidades, sentía que estaba consiguiendo aquellas cosas que desde muy pequeña soñó, aunque a veces no le parecía así, a pesar que muchos la veían como una mujer exitosa.

Siempre había admirado a su hermana mayor, además del profundo cariño que tenía por ella, le guardaba una absoluta confianza, la veía como una persona sumamente inteligente, atrevida, visionaria, era su heroína, lo había sido siempre. Ahora, a pesar que llevaba una vida tediosa en la casa de sus padres la seguía admirando, era una madre muy protectora y dedicada, además trabajaba como administradora de una agencia de transportes y se daba tiempo para andar bonita, a todas las reuniones familiares asistía junto a su esposo, algo admirable en estos tiempos; además, la veía mas bonita, mas atractiva, mas mujer, por eso, aprovechaba cualquier ocasión propicia para hablar bien de ella, asignándole algunas cualidades que no tenía, total no importaba, Olivia Sofía siempre sería la más bonita de la familia.

Habían pasado dos años desde la última vez que se vieron, en aquella oportunidad el nacimiento del hijo de Olivia Sofía fue el motivo para que se diera un tiempo a guisa de  vacaciones y visitar de paso a sus padres, fueron días muy agradables, los pasó casi todos dentro de casa pues la debutante madre le dedicaba el tiempo completo a su hijo recién nacido, no se atrevía a salir sola, sabía que también la mayoría de sus amigos habían emigrado.

Esa visita anterior era el motivo de la actual, había una relación entre estos dos viajes, aunque Isabel Sofía se negaba a aceptarlo, les contó a sus padres y a todo el que quisiera escucharla, que regresaba después de dos años por que extrañaba a su sobrino, en general a toda su familia, total, el asunto que la inquietaba era una trivialidad, una banalidad, algo insignificante.

El último día de su anterior visita, estaban las dos hermanas en aquel parque donde habían jugado y corrido tantas veces, donde habían quedado los vestigios de toda su infancia, como rastros profundos en un camino viejo y de légamo por secar, tan profundos que ya no pueden ser más transitados sin que tengas que sufrir para avanzar, sentadas en la misma banca pretérita, donde sus cuerpos seguro que dejaron una marca, o quizás sería al revés, las dos conversaban, ella distraídamente jugaba con su teléfono mientras Olivia Sofía le daba un biberón a su hijo, que dejaba escapar su jadeo al alimentarse, pese a  las mantas con que estaba cubierto para protegerse del clima que a esa hora comenzaba a tornarse frío.

En aquella conversación de despedida acordaron que a partir de entonces ella sería Mary y Olivia Sofía sería Sol, ambas juntas serían Mary y Sol, un parónimo gentil de Marisol. También fue cuando se enteró de aquella historia curiosa de su hermana mayor. Le sorprendió enterarse que fue la correctora oficiosa de un escritor de cuentos que había conocido en un grupo de Face Book, el escritor, antes de publicar un cuento en internet le enviaba a Olivia Sofía la versión todavía inédita de su obra para que la corrigiera. El trabajo no era tan difícil pues solo se encargaba de encontrar las redundancias, la cacofonía, el pleonasmo y hasta el solecismo, esto último fue una iniciativa de ella, que el autor dejaba pasar por alto en ocasiones.

Era un aporte a la obra del cuentista pues no cobraba por este trabajo, a cambio de ello él podía cambiarle el nombre a los personajes por el que ella quisiera, también había aceptado una que otra sugerencia de cambios en algunos de los cuentos ganándose la mención respectiva en los pies de página, aunque para el caso sólo la nombraba, por mutuo acuerdo como “Sofía”.

-       - ¿Y desde cuándo eres la correctora oficial de un escritor? – preguntó en aquella ocasión Isabel Sofía.

-         - En realidad poco tiempo, unos seis meses, no más.

-         -  ¿Y lo conoces? ¿Alguna vez se vieron?

-       - Si, una vez ¿Recuerdas cuando viajé y estuve tres meses contigo? esos tres meses que trabajé en la agencia principal, pues una de las tardes en que salí temprano del trabajo me encontré con el y me acompañó hasta tu departamento. Conversamos sobre cualquier cosa sin importancia, pero descubrí que es un hombre de una gran sensibilidad, tiene una interpretación diferente de cada cosa que le preguntaba, se nota que es muy inteligente – parecía emocionarse al recordarlo.

Aquella vez, tan pronto regresó a su ciudad Isabel Sofía se dio de alta en el grupo de Face Book del escritor e inició la lectura de sus publicaciones en internet, de inmediato se sintió atraída por los cuentos que se zampó con interés, en cada uno de ellos encontraba un parecido, una referencia, una coincidencia con alguna parte de su vida, era lógico, la temática del escritor era mundana, urbana, muy común en acontecimientos cotidianos.

Por recomendación de Olivia Sofía se ofreció como correctora en la primera oportunidad que el escritor solicitó una, sin hacerle conocer su relación con ella, después de algunos mensajes más fue aceptada.

Durante algunos meses en los que revisó una docena de cuentos Isabel Sofía no dejaba de sorprenderse, muchas escenas parecidas a momentos que había vivido se reproducían en las ficciones que leía, hechos de su vida que casi no recordaba regresaban de pronto en cada lectura, cada coincidencia parecía  un deja vu que, además, aumentaban su interés por el hasta ahora desconocido autor ¿Cuál era su fuente de inspiración? ¿De dónde tomaba esos argumentos que describían algún hecho conocido por ella? ¿Eran posibles tantas coincidencias?

Tuvo que esforzarse bastante Isabel Sofía para conseguir un encuentro con el cuentista, él, quería evitar el contacto con ella pues sostenía que cualquier relación personal malograría ese trato tan cordial que tenían a través de los cuentos, en una reunión personal ella podría llevarse una mala impresión de él y esto pondría en peligro su trabajo como correctora, era la principal justificación del autor. Por fin se reunieron, ella lo citó en un café a unas cuadras de su casa, el llegó a la hora exacta de la cita, no parecía el tipo taciturno que pensó encontrar, por el contrario, era un sujeto muy alegre, entretenido, muy culto pero sobre todo irónico. Para conversar con el se tenía que contar con la habilidad de entender los sarcasmos muy rápido, intercalaba frases de doble sentido con otras  irónicas en forma tan natural y rápida que a veces era difícil entenderle. Los primeros dos minutos de la conversación fueron suficientes para darse cuenta que era un tipo agradable, parecía tener unos cincuenta años bien puestos que se hacían casi núbiles tan pronto se ponía a hablar.

Aquella reunión duró cuatro horas que pasaron sin sentirlas, conversaron de todo, ella le mintió y le dijo que era una mujer a punto de casarse, el pareció no prestar atención a este hecho y más bien le confesó que había decidido vivir solo el resto de su vida, arrastraba una condena eterna, le contó que una mujer tan joven como ella le había robado el corazón y se había marchado sin siquiera despedirse y le había dejado una extraña enfermedad.

Cuando Isabel Olivia le contó su curiosidad por saber algo sobre la fuente de sus argumentos y le pidió detalles sobre cómo así muchas partes de su narración coincidían con hechos de su vida, el simplemente contestó

-         - Supongo que me los dejó ella – refiriéndose a la mujer que le había roto el corazón, fue este instante quizás el único momento en que vio en sus ojos un brillo de tristeza, de oscuridad sin esperanzas – es una mujer difícil de olvidar, me niego a olvidarla, se llevó la mejor parte de mi y me dejó la extraña enfermedad que ahora tengo, todas las mujeres bonitas se parecen a ella, todas tienen algo de ella, aunque ninguna es tan bonita, a veces hasta las fotos antiguas y los cuadros me la traen a mi, incluso ahora, en ti encuentro también algunas cosas de ella, es como una eterna penitencia, recordarla en cada mujer que me cruce.

Parecía que iba a quebrarse pero suspiró quedamente y luego volvió a ser el mismo tipo con el que el sarcasmo adquiría su máxima expresión.

 

Las luces de la pantalla del cine seguían brincando sobre el rostro de su hermana, los claroscuros que se formaban y que en instantes desaparecían como una extraña danza de bailarines formados por haces de luz resaltaban su hermosura. Es que ella era bonita no solo de rostro sino, además de su escultural físico pese a ser madre, tenía muchas virtudes que Isabel Sofía secretamente siempre había admirado, ella misma no sería la mujer que ahora es si no la hubiera tenido como ejemplo. Que duda cabía, tenía una gran hermana, un ejemplo de mujer, de madre.

La había invitado a tomar un café y luego la llevó a ver ese estreno del que todos hablaban. Quiso hacerle aquella pregunta casi insignificante que tenía guardada durante el café pero supuso que era mejor momento hacerla durante la función de cine.

La noche anterior había pensado mucho sobre el origen de este viaje, antes de dormirse y durante bastante rato se dedicó a calcular en qué momento le haría esa pregunta casi trivial a Olivia Sofía, también caviló bastante sobre las coincidencias de aquellos pasajes de su vida que tan bien habían sido descritas por el escritor, quiso encontrar algún patrón entre ellas que le explicaran este raro concurso de situaciones conocidas pero no encontró ninguno, o tal vez lo ignoró; antes de quedarse dormida, cuando ya empezaba el camino hacia el sueño se le vino a la mente aquella reunión con el escritor

-       - Es una historia interesante – le dijo ella, después que el confesara lo de su extraña enfermedad, pues el aire por un momento se había tornado en una bruma oscura pero cálida que parecía haberle oprimido un poco la respiración al cuentista.

-         - Y esa mujer tan bella ¿tiene un nombre?

-           -Si – dijo el escritor – como todos los personajes de mis cuentos.

Por un momento Isabel Sofía se incomodó – qué preguntas tan tontas hago – se dijo – claro, hasta mis nombres ahora están en uno de sus cuentos y los de mi hermana y también los otros que le pedí los incluyera.

-       -Ella se llamaba Olivia Sofía – recordó que le escuchó decir justo cuando se quedaba dormida.

Esperó que la intensidad de la película bajara y viendo que la expresión de Olivia Sofía estaba serena apoyó su cabeza en el hombro de ella y quiso soltarle esa pregunta sobre el asunto tan simple que la trajo hasta aquí, pero se quedó callada, sintiéndose tranquila porque cualquiera que fuera la respuesta nada cambiaría.

 

miércoles, 18 de agosto de 2021

LOS OJOS DEL ANIMAL

Había dejado su cama antes de que amaneciera, no pudo conciliar el sueño pensando en ir por aquella pelota, aquella que se metió a una chacra cuando se jugaba la final del campeonato en el que participaron equipos muy conocidos de las haciendas más cercanas, durante la tarde anterior, domingo, en honor al patrón local San Lorenzo, o Tayta Lencho como le  llamaban los lugareños. Había ido con el patrón don Gonzalo desde muy temprano a ver los partidos, porque el patrón que era muy querido y respetado, todos los años se hacía cargo de los premios para los campeones, este año no fue la excepción, aunque muchos no lo esperaban porque don Gonzalo había viajado a Huancayo por motivos de salud, esa misma madrugada había regresado a Chapi, la hacienda de su propiedad y, con las justas había salido a apadrinar el campeonato como tantas otras veces.

Para Alex era un honor acompañar al patrón, cargar a la tolva de la camioneta los porongos de aguardiente y algunas cajas de cerveza, regalos, pelotas y hasta un carnero que iba maneado, rumiando quizás su mala suerte de haber sido elegido como premio mayor. Disfrutaba viajar al lado de la carga y gozar del viento restregándose en su cara mientras el polvo se acumulaba en todo su cuerpo para luego, con saltos desempolvarse creando una nube a su alrededor que se encargaba de disipar con las manos y soplidos. A sus doce años, huérfano y sin futuro, viviendo bajo el amparo de don Gonzalo, que parecía ser la única persona que le daba muestras de afecto, sus mayores alegrías eran aquellas que el mismo se podía dar.

Por eso, había escogido la misma piedra en donde se sentó muchas veces, buscando un lugar un poco alejado desde donde podía gozar en soledad todo lo que pasaba en los encuentros de “fútbol cholo” que se iban sucediendo uno a uno. Desde allí, pudo observar cuando una de las pelotas que el había cargado y que el patrón había regalado para el campeonato salió despedida muy lejos de la polvorienta cancha y se metió entre un brote de pacha mulakas y carrizos. Algunos mozos fueron en busca de la pelota para devolverla al juego pero Alex veía con sorpresa cómo pasaban muy cerca de ella y no la llegaron a advertir, hasta que, después de muy poco desistieron, pues habían tantas pelotas nuevas que una no importaba.

Se pasó el resto de la tarde vigilando desde su puesto; cuando comenzó a anochecer y todos retornaban después de haberse acabado el aguardiente y la cerveza  que llevó el patrón, Alex quiso sacar la pelota de su escondite ocasional y llevársela con él, pero desistió porque alguien podía darse cuenta.

-      Mejor regreso mañana – pensó con una sonrisa que desde sus labios llegaba a sus cejas y se aseguró, hasta que subió de regreso a la camioneta de don Gonzalo, que nadie había reclamado la pelota que seguía perdida.

La noche la pasó casi en vela, durmiendo como si el dormir se tratara de una sucesión de puntos suspensivos, donde cada uno de ellos guardara un sueño irreal o real pero que no tenían relación con el otro, imaginando por ratos aquella pelota, nueva, lustrosa, turgente, sin ningún rasguño todavía, que le estaba esperando; y, soñando episodios cercanos y lejanos que no podía precisar si los había vivido o solo eran evocaciones de momentos que se habían acurrucado en su memoria.

En una de esas recordaciones le vino a la mente la maestra Elicha, tan airosa ella, pero últimamente misteriosa, sigilosa, preguntándole todas las mañanas por cosas de don Gonzalo, si eran parientes, porqué le había matriculado en el colegio, si tenía más hijos, que hacían durante la semana, a dónde iban, a qué hora se acostaban en la hacienda, cuántos la cuidaban, si tenían escopetas o solo zunchos, a dónde viajaba y porqué se había ido a Huancayo. Y cómo le había agradecido la maestra cuando le comentó, el último sábado al mediodía después de finalizar las clases, que el patrón regresaría en la madrugada pues por nada se perdía el campeonato ni las fiestas en honor del Tayta Lencho.

Su cuerpo se puso más tenso después que calculó que si caminaba apurado hasta el lugar en donde se encontraba la pelota de sus sueños tardaría dos horas en ir y venir, tenía que salir cuando el gallo cantara por primera vez para que don Gonzalo no se diera cuenta. Con la ansiedad que le causaban estos pensamientos se vistió y esperó sentado en la cama, cubriéndose con el uncu que alguna vez había sido del patrón, apenas aleteó el gallo se puso en marcha, muy sigiloso pero contento porque comenzaba a construirse un episodio feliz de su vida en el que aquella pelota sería una protagonista importante.

Cuando retornaba feliz con su trofeo envuelto en la chompa que se había sacado porque la mañana comenzaba a elevar la temperatura escuchó aquellas explosiones, como de bombardas, le recordaron que en honor a Tayta Lencho durante la semana se quemaban bombardas y cohetes de hasta siete tiempos que anunciaban el inicio de las misas diarias en su honor, se apuró pues parecían que habían sido en la hacienda, quizás el patrón estaba celebrando, con lo alegre que era; y apuró el paso.

Le faltaban unos dos kilómetros para llegar cuando vio que por el camino que bajaba venían en sentido contrario un grupo de unas veinte personas, desconocidos, algunos con escopetas y armas colgadas al hombro o enfundadas en la cintura; pensó en esconderse como reacción natural pero estaban a una distancia que ya no podía hacerlo sin que lo notaran, no había ningún lugar propicio cerca al sendero así que tras asegurarse que no conocía a nadie de ellos continuó su marcha pues no tenían porqué meterse con él.

Los primeros que cruzó eran niños apenas mayores que él, algunas jovencitas, en el centro el que parecía el jefe, un hombre joven, de unos veinticinco años, con la ropa avejentada por el uso continuo, llevaba una gorra muy parecida a la que tenía don Gonzalo colgada en el centro de la habitación que usaba como oficina, alguna vez le comentó que la tenía colgada como recuerdo del tiempo que había trabajado en el ejército; cuando parecía que ya habían pasado sintió la voz aquella que se grabó en su memoria para siempre:

-       Hey, chiuchi ¿de dónde vienes?

Se detuvo casi de inmediato y volteó lentamente mientras aquel que parecía el jefe estaba casi sobre él. Miró a los ojos del extraño y percibió esa mirada profunda que tenía extraños destellos de desprecio, de rencor, de rabia contenida, de deseos de sangre, como los ojos que una vez había visto en una muca que le atacó cuando accidentalmente invadió su madriguera, ojos de muca que amenazaban, no eres culpable pero igual tienes que pagar con tu sangre, sin que importe otra cosa, tu sangre.

Ahí estaban esos ojos acercándose a el, tras unos lentes de intelectual que más bien parecían vidrios especiales para ampliar el odio y la violencia que reflejaban, Alex pensó rápidamente y contestó:

-       De la banda, papay….

-      ¿De la banda? ¿Has visto policías por ese lado? – volvió a preguntarle el extraño personaje, mientras se acomodaba el arma que llevaba colgada al hombro dejando ver en un gesto ensayado un collar que colgaba de su cuello, al niño le pareció que aquella extraña gargantilla estaba hecha con orejas humanas momificadas, pero eso era imposible, ni al shapi se le ocurriría tal cosa.

-      No papay, allá no hay ni puesto siquiera – tratando de ocultar toda traza de nerviosismo.

-      Cuidado que me mientas, carajo, porque yo soy peor que los pishtacos ¿Qué llevas allí? – le preguntó mientras con la mano le hacía indicaciones para que mostrara el paquete que  quería ocultar.

-      Ah, ésta pelota que me han regalado por mi santo, tayta.

-      ¿Cómo? En lugar de pensar en la revolución, en la guerra popular estás pensando en cosas de la oligarquía, tu eres peón no patrón.

Aguantando las lágrimas a más no poder Alex presenció como aquel sujeto sacó el cuchillo que llevaba en la cintura y con verdadera fruición y un enfermizo deleite la atravesó dejándola cortada en dos pedazos. Lo volvió a mirar con esos ojos que solo podían ser del diablo y poniéndole el cuchillo a la altura de su cara le gritó:

-       Cuidado me mientas porque regreso por ti.

 

El resto del camino hasta la hacienda Chapi lo hizo corriendo, llegó bastante agitado y lo que encontró le produjo tal impresión que recién al día siguiente recuperó el habla. La casa había sido saqueada, los campesinos que el día anterior habían estado en la celebración deportiva ahora se repartían las cosas de la hacienda, los animales, los víveres, los muebles y hasta la ropa. Corrió sin rumbo entre la multitud que enloquecida saqueaba el lugar, no sabía lo que había pasado pero estaba claro que tendrían que haberle hecho algo a don Gonzalo, el no permitiría este vandalismo.

Cuando encontró aquel cuerpo destrozado, irreconocible, que parecían colgajos de distintos cadáveres reunidos por algún artista perverso, sospechó que se trataba del patrón, no tenía forma de identificarlo, la masa que la sangre había formado con el polvo no permitían reconocer de quien se trataba, pero cuando reconoció parte de la ropa y sobre todo aquel calzado militar que conservaba adentro una parte de la pierna era señal indiscutible que el cadáver era de don Gonzalo. Todo era irreal, parecían las pinturas de Théodore Géricault, de uno de los libros que el patrón se empeñaba en mostrarle. La mente se le nubló en ese momento.

 

Cincuenta y cinco años después, Alex, hoy retirado del ejército desde un lustro antes, sentado en el sillón reclinable, comprado especialmente para el, frente al televisor vuelve a revivir parte de esas sensaciones que lo marcaron para siempre. Cuando creció se enlistó en el ejército donde después de casi cuarenta años de trabajo se había retirado, durante su servicio había laborado por mucho tiempo en la sierra central y en la zona de selva combatiendo al terrorismo, esta etapa de su vida le dejó algunas cicatrices y males que hoy padece, agravados por la edad; su vida, como muchos de los héroes olvidados del país, transcurría frente al televisor, aunque no se perdía uno o dos noticieros al día se había visto seducido con aquellos documentales sobre historias del holocausto judío y sobre los juicios de Núremberg, el seguimiento y la captura de estos asesinos; se había quedado impresionado con el caso de Rudolph Hess, “el animal de Auschwitz”, el arquitecto y corresponsable del exterminio de más tres millones de judíos.

Esos ojos bajos dos cejas pobladas le habían impresionado, esa mirada que siempre le había parecido el tránsito entre la locura y la maldad, mirada que como el camaleón cambiaba de tono, como si el color proviniera de esas pupilas y no de la luz, mirada alimentada de odio nacido en lo profundo de un alma de nigromante. En lo más profundo de su ser, sin querer reconocerlo, rehuía la casi certeza de reconocer en esa mirada la maldad que había visto reflejada en el larguirucho extraño aquel que cambió su vida en la hacienda Chapi. En muchas de sus noches en vela se pasaba horas escapando del recuerdo de aquellas miradas, sentía que desde su interior una voz le advertía que no intentara siquiera compararlas porque descubriría un pasaje a la oscuridad, al averno, al corazón de la maldad, una crueldad perpetua, holística.

Sus manos se crisparon, su corazón se disparó y una efervescente sensación que no debía dejar que lo invadiera por completo pues podría tratarse de esa “deficiencia cardíaca” que algún doctor le diagnosticó. El noticiero de la mañana de un canal opositor al gobierno recién instalado había propalado, a toda pantalla la imagen del nuevo ministro de relaciones exteriores bajo el titular “El canciller de la muerte”.

Aquel anciano, parado al lado del pabellón nacional, con el fajín de ministro lo miraba con menosprecio, con encono, con esa conjugación perfecta de locura y odio que había visto en el “animal de Auschwitz” y aquel furibundo sujeto que atacó Chapi, con la misma expresión que quizás vio Abel en el rostro de su hermano. Alex se paralizó, quiso encontrar la explicación cuerda de porqué ese asesino había llegado a tal posición. Sintió la necesidad de escapar de la realidad, era preciso, se negaba a aceptar este contexto, de pronto, el demonio disfrazado de anciano, con la mirada más cruel que vería en su vida, le señaló, como si se tratara del Tío Sam más siniestro imaginable y le dijo:

-       ¡Por fin te encontré…!

  

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...