Sentado en
su sillón de madera tallada de la cual se había perdido su procedencia y su
tiempo, como todos los días, después del desayuno y también del almuerzo, el
hombre intentaba leer unas líneas de un libro de tapas grasosas donde el título
era lo que menos se notaba, frente a una gran ventana abierta de par en par. De
rato en rato espantaba las moscas que se paraban sobre el o revoloteaban por su
cara. Desde muchos días atrás que no avanzaba una página, en realidad ya no
leía, solo miraba las líneas y trataba de encontrar entre ellas las respuestas
a las preguntas que últimamente le devoraban la paciencia, sumiéndolo en una
duda perpetua con preguntas que día a día se repetía.
Sus
recuerdos se entreveraban en un remolino en cuyo centro oscuro, negro, se
reservaba espacio para aquellas memorias que le ocasionaban una gran inquietud
que no estaba dispuesto volver a sufrir. Levantó la rodilla derecha para
frotarse porque se le había adormecido sin que pudiera precisar desde cuándo.
Le preocupaban los males que ahora le agobiaban. Tenía la seguridad de que su
vida ya no tenía futuro.
Cavilaba
que hace solo un año se paseaba por donde quería y a la hora que le apetecía
conduciendo un Mustang rojo hoy abandonado sabe Dios dónde, sin mayores ansiedades
que el pensar en su futuro precario, era viudo y todos sus hijos vivían con sus
propias familias. Faltaban pocas semanas para que cumpliera sesenta y cinco
años pero se sentía y tenía el aspecto de más de ochenta, pero ¿Cómo empezó
todo? se preguntó por enésima vez.
Claro, en
aquella fiesta, donde estaba tan a gusto hasta que sorprendió a la mujer que
decía querer terminar sus días junto a él en los brazos de otro. Fue una gran
impresión, de pronto todo su mundo erigido para ser feliz por siempre se
desmoronó, desapareció, la realidad le pegó un duro golpe que estaba acabando
con él; primero fue un gran mareo, después le comenzó a faltar aire, el dolor
de cabeza crecía en proporción con el alcohol que consumía casi con
desesperación con la esperanza de que todo fuera una pesadilla, hasta que perdió
el conocimiento. Volvió en sí, en la cama de un hospital, conectado a varios aparatos
y con varias agujas clavadas en el brazo por las cuales discurrían preparados,
que sentía helados cuando ingresaban en su torrente sanguíneo.
Cuando dejó
el hospital pertenecía al club de los hipertensos, ese maldito “asesino silencioso”,
era el principio de todo. Aquella mujer se llevó su futuro, o lo que quedaba de
el.
A las
semanas comenzaron a dolerle las rodillas y otras articulaciones, solo buscó
asistencia médica cuando le era muy difícil caminar, entonces le diagnosticaron
artrosis: Después se vio forzado a usar lentes porque su visión se degeneraba
muy rápidamente. Además, comenzaron a manifestarse los males que oprimen a los
hombres de avanzada edad. Pero prefería dedicarle más tiempo a sus pensamientos,
a los recuerdos, que a su salud. Parecía vivir de aquellos que guardaba de su
última relación, los momentos vividos durante unos pocos meses ocupaban todo su
espacio, tenía la esperanza de volver atrás, quería volver atrás. Quizás por
eso no pasó mucho para que le diagnosticaran una depresión, de aquellas en las
que las noches se volvían interminables por la ausencia del sueño y convertían
sus horas de vigilia en un tormento.
Sus
recuerdos se convirtieron en su aliento de vida, era más importante recordar
que alimentarse, comenzó a perder peso y a desinteresarse por su salud. Pasaron
pocas semanas para que le diagnosticaran, además de todo lo que padecía, una fribromialgia.
quizás como consecuencia de somatizar sus recuerdos.
Los
dolores lo envejecieron pronto y le redujeron su vida a una rutina reducida,
como la de un condenado a trabajos forzados. La historia que había acumulado
durante su vida se redujo a levantarse muy temprano y ubicarse en la misma
silla durante todos los días, si bien al principio la lectura lo ayudaba mucho,
ahora ni siquiera eso le interesaba, sus movimientos estaban reducidos al
espacio que tenía que transitar hasta el comedor y el baño. Dependía para casi
todo de una mujer que gracias a la gestión de sus hijos le atendía, se
encargaba del aseo y de las comidas.
Había
amanecido con un dolor en los dedos, sus males se comenzaban a convertir en
impredecibles, no había día en que algún padecimiento no le apareciera o por lo
menos le recrudeciera. Estaba estresado porque a sus recuerdos le agregaba la
preocupación por cuál sería el siguiente malestar.
-
Maldita sea, ya
no tengo futuro – murmuró fingiendo que conversaba con alguien - ¿Para qué
seguir viviendo de ésta manera? Prefiero morir que vivir sin futuro.
Suspiró y le dolió un pulmón. O por lo menos creyó sentir un dolor. Así
era su vida, disimular que su cuerpo padecía. Con el aire contenido y cerrando
fuertemente los ojos intentó pararse, pero el dolor de sus rodillas y su
columna se lo impidieron y volvió a tirarse con fuerza sobre el sillón.
-
¿Quién fue el que
dijo que la vejez era una bendición? Se ve que no llegó a viejo o no pensó en
el futuro – se preguntó en voz alta – ¿Qué futuro tiene un hombre que la edad
lo tiene postrado? ¿Cuál es mi futuro, Dios mío? Concédeme la gracia de
conocerlo o de acabar con este sufrimiento.
Cuando iba cayendo sintió una brisa de aire frío, filoso, cortante, apenas
abrió los ojos vio frente a el, enhiesto como si siempre hubiera estado allí y
recién se hiciera visible, observándole, a ese hombre mucho más viejo, que creía
haber imaginado alguna vez, con múltiples arrugas que atravesaban su rostro,
sus brazos, sus piernas, dándole una apariencia milenaria. No se sobresaltó
como lo hubiera hecho años antes, ahora todo lo tomaba con calma y con
paciencia. Intentando no mostrar sus emociones lo observó mejor mientras
evaluaba exactamente qué palabras usar. Fácilmente lo identificó, era un
quipucamayo, lo indujo fácilmente por el gran quipu que llevaba, tenía un
llauto en la cabeza de color rojo avejentado por el sudor, no llevaba borla o
plumas como los incas de la nobleza pero sus orejas estaban atravesadas por
tulumpis de alguna semilla desconocida cubiertas con plata, cubría todo su
cuerpo con una llacolla desgastada, que daba la impresión ser lo único que lo vestía,
sus sandalias de cuero crudo, ennegrecidas por el uso continuo decían que había
caminado bastante.
-
Seguro que eres
el futuro, mi futuro – le dijo, tratando de parecer tranquilo y acentuando la
última parte de sus palabras.
-
Casi, casi. Soy
El futuro, el único, el de todos, no soy exclusivo de nadie pero especial para
todos – contestó el aparecido y se calló esperando la respuesta.
-
Y supongo que ese
quipu tiene la historia de mi vida y estás escribiendo mi futuro – intentó
adivinar.
El quipucamayo acomodó el inicio de la cuerda gruesa del quipu, que
parecía estar urdida de muchos hilos de colores diversos sobre su hombro
derecho mientras lo dejaba caer por su brazo de tal manera que con ambas manos
podía extender la parte final.
-
Es cierto, este
quipu contiene la historia de tu vida, acá están registrados los hechos
importantes que te tocaron vivir, y cada nudo, el grosor y el color de cada una
de estas cuerdas cuentan tu vida – agregó mientras abanicaba las diversas
cuerdas de colores que conformaban el quipu.
El hombre, que era culto, que había leído mucho sobre historia y que
siempre mostró especial interés por la época inca, observó detenidamente el
quipu que le mostraba. Los nudos eran variados, de una, dos y más vueltas, unos
cruzados y otros planos, a diferentes distancias de la cuerda principal,
también tenían diferentes tamaños.
-
Bueno, supongo
que ya sabes mi futuro, puedes decírmelo por cruel que éste sea – casi suplicó
al quipucamayo, al mirar sus ojos percibió esa mirada, piadosa, tierna, como
aquella que refleja la pena del secuestrador por el secuestrado al que se ha
encariñado.
-
No, las cosas no
funcionan así, este quipu registra sólo tu presente, cada una de estas cuerdas
representa un ciclo, una parte de tu vida y cuando comienza un ciclo el
anterior se convierten en pasado.
-
Pero yo invoqué
al futuro no a un escribano – casi desesperado le retrucó el hombre – no
necesito a nadie para saber qué hice y qué no hice en mi vida.
-
Me dicen, futuro,
porque te puedo recordar todo lo que hiciste, solo eso, pero sabiendo lo que
hiciste sabrás lo que recibirás – mientras anudaba una cuerda nueva, delgada, color
tierra, o quizás blanca manchada, que sacó de un quipe que llevaba colgado al
hombro y que recién advirtió el hombre – Ahora empiezas una nueva etapa de tu
vida, ya sabrás que cada cuerda es para eso.
-
No lo sabía,
pensé que cada cuerda delgada era una cantidad de años, una edad por la que
atravesé ¿No es así?
El quipucamayo ajusto la última cuerda que había agregado al quipu y
armó un nudo con un movimiento que demostraba la gran destreza que tenía para
esta labor.
-
No, cada cuerda
es un ciclo en tu vida, el color tiene relación con cómo te sientes durante
esta etapa y la cantidad de nudos con las decisiones importantes que tomaste dentro
de ese ciclo, por eso puedes tener cuerdas de un solo nudo – Entonces escogió
una cuerda delgada del quipu, de color ocre y la leyó – Esta es la que nos
cuenta de tu paso por la universidad, tu primer trabajo y hasta cundo falleció
tu papá.
-
¿Y por qué ese
color? – preguntó el hombre alarmado - ¿No fue una buena etapa en mi vida? ¿Por
qué ese ciclo empieza con la universidad y termina con la partida de mi viejo?
No le veo relación alguna.
El quipucamayo se puso en cuclillas y extendió el gran quipu en el suelo
mostrando su grandiosidad, sobre el contraste del piso encementado de inmediato
se hicieron notorios los colores variados de las cuerdas delgadas de diferentes
extensiones que impresionaron al hombre; las había moradas, verdes, amarillas,
rojas, en diversas tonalidades, también pudo ver algunas negras, que no eran
muchas, supuso que eran los pasajes tristes de su vida. Sí, porque habían sido
pocos.
Quiso inclinarse sin abandonar la silla para tocar ese majestuoso quipu
pero un dolor intenso en su columna le recordó que tenía algunos movimientos
limitados. Señalando con el dedo hacia el extremo inicial del quipu indagó
-
¿La primera
cuerda es blanca y pequeña porque todos nacemos inocentes?
-
Si, es igual para
todos en cuanto al color pero no el tamaño ni los nudos, como supondrás – levantó
la cuerda para que se notaran los nudos y sobre todo su corto tamaño – Eras
blanco y te sentías de ese color hasta que falleció tu mamá.
-
Si, fue cuando
tenía tres años, ya no la recuerdo pero te diré que mi infancia continuó
después de eso, no tendría por qué cambiar de color.
-
Cada cuerda
registra los acontecimientos de tu vida que se originan por una decisión tuya,
a excepción de las blancas, el color lo decide el estado de satisfacción con
que vives esa etapa de tu vida – hurgando entre las cuerdas el quipucamayo
volvió a tomar la ocre – por ejemplo ésta, se inicia con la elección de
presentarte a la universidad, fue una decisión que te llevó a sentirte pleno,
lleno de confianza, con ganas de hacer cosas grandes. Así te sentiste hasta que
falleció tu papá, que consta en el último nudo, también registra que entonces
decidiste cambiar tu actitud frente a la vida, dejaste de enfrentar la vida con
el optimismo y las ganas que venías haciéndolo, entonces cambiamos de cuerda y
de color. La cuerda que registra tu última decisión antes de tu muerte también
es blanca.
El hombre además de la sorpresa que le causó este entendimiento analizó
las cuerdas sobre el piso, contó algunas ocres más, repasó y se sintió satisfecho
al constatar que las cuerdas de colores vivos, verdes, amarillas, rojas eran
abundantes y sólo veía tres o cuatro cuerdas oscuras, casi negras. todas ellas
cortas, con seguridad sus momentos de tristeza o de fracasos pues eran muchos
menos que los de alegría.
-
Entiendo, supongo
que estas cuerdas negras fueron mis momentos de tristeza.
El quipucamayo se puso de pie, se volvió a echar el quipu sobre el
hombro dejando la parte final de la cuerda principal entre sus manos, lo cual
le permitiría adicionar otra cuerda.
-
No, estas cuerdas
negras son tus momentos de felicidad.
Con los ojos inflados por la sorpresa el hombre le exigió una respuesta
-
Pero ¿cómo es eso?
¿lo podrías explicar?
-
Ya te dije que el
color de las cuerdas refleja tu estado de ánimo, la forma cómo ves la vida,
cómo la enfrentas, es tu respuesta frente a una decisión, cuando eres feliz
dejan de importarte muchas cosas, te aíslas, vives en una burbuja, las personas
no se dan cuenta pero en alguna medida todas se vuelven egoístas cuando son
felices, quieren conservar ese estado por siempre a costa de lo que sea,
generalmente a costa del sufrimiento ajeno ¿No te has dado cuenta que hasta el
amor significa sacrificio para uno de ambos? ¿Nunca pensaste en que la otra
persona podría estar sacrificando más que tú? ¿Ni siquiera lo pensaste o no te
importó? Para que un objeto se vea negro significa que no deja escapar ningún
otro color, se queda con ellos, de igual forma, las personas cuando son felices
se quedan con la luz de los demás, perdemos el interés por el color de los
demás, está en la naturaleza humana. Entonces tu felicidad se tiene que ver de color
negro. Hasta que tomas la decisión de cambiar este estado, esa decisión es el último
nudo de esa cuerda, como los últimos nudos de cada cuerda. Finalmente queda
registrado el pasado en las cuerdas anteriores mientras que el presente es el
ciclo representado por la cuerda a la que le falta el último nudo. El futuro no
existe, es el resultado de las decisiones anteriores. Y esto solo se lo explico
a personas elegidas.
Entonces el quipucamayo metió la mano en su quipe con la clara intención
de sacar una cuerda nueva.
Recién el hombre interpretó las últimas palabras del quipucamayo y
sintió un gran temor ancestral, como el pánico que a veces se siente por una
decisión mal tomada, un miedo que le obligó a cerrar los ojos y desear con
todas sus fuerzas que no saliera de aquel quipe una cuerda blanca.