LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

sábado, 21 de abril de 2012

DE LA VICTORIA SOY, SEÑORES...

No se dejen llevar por el título porque fácilmente podrían creer que es una alegoría al último triunfo del alianza lima sobre la u, (así con minúsculas), cuando saben que mi renuncia al fútbol es total, bueno al fútbol profesional, al fútbol espectáculo, porque todavía pienso practicarlo en su modalidad romántica, el fulbito del barrio. Lo que pretendo ahora es hacer una descripción social de cómo el cambio que muestran las sociedades también se dan en aquellos pequeños espacios en los que nos movemos y que pasamos desapercibidos.

La gracia de Dios ha querido que regrese a caminar por el Distrito que me vio nacer, crecer y espero que morir (últimamente estoy “tanatizado” por no se qué sentimientos, es que mi nueva chamba es lo más parecido a un inquisidor o un verdugo, ambos sinónimos de muerte), que pueda caminar como un ciudadano más, por el barrio y las esquinas que transité hace más de dos décadas y los encuentros y reencuentros con amigos, compañeros de tantas esquinas, de noches de peña en las calles, de horas de caminata y conversa sobre cosas que antes fueron importantes y que hoy ni siquiera quisiéramos acordarnos de ellas, de tardes de estadio, de noches de cine y de juergas terminadas en un exuberante caldo de gallina que no hoy tomaría (no porque haya dejado de gustarme sino por los infames triglicéridos y toda esa gavilla de asesinos que llevamos dentro). La verdad que el cambio de la ciudad es enorme. En general toda Lima está diferente, la veo más grande, inmensa, mucha tecnología por todos lados, impersonal como siempre, como el monstruo de millones de cabezas tal cual la describen algunos autores, algunas costumbres son las mismas, como votar papeles y envolturas donde nos de la gana. Algunos “baches” todavía los puedo reconocer, el tránsito da miedo (no se si podría volver a conducir, por lo menos todavía). Pero en mi Victoria si he visto cambios. Ahora se come con clase en la calle, los mozos que te atienden en todos los restaurantes llevan mandil y te dan una carta para que escojas, tienen los diferentes menús con precios en pizarritas y cartelitos cada cual más mono que el otro, pienso que solo falta su cartelito con esa frase que se le ocurrió a un gordo que estafó a medio Perú con una intervención en Santa Anita, “El rancho es sagrado” (Según el, más sagrado que el trabajo, que la salud, que la educación, que los valores, que la disciplina, el rancho es rancho a la mela). Las cadenas de pollerías, dulcerías, pizzerías y cuanta transna esté operando en Lima las podemos encontrar en La Victoria, en todas ellas chicas guapas atendiendo con una sonrisa tatuada de cachete a cachete, cuando comes solo hay espacio para la alegría, hasta que llegue la hora de pagar. Y se nota esta nueva afluencia e influencia de modernidad en mi Victoria.

Salgo a caminar con cualquier motivo, siempre trato de subir al Metropolitano o al Tren Eléctrico, de todas maneras es otra cosa. Esto ha obligado a las empresas de transporte a modernizar sus flotas, están desapareciendo las “coaster” o “cúster”, como solemos decir a esa especie de casa del terror con ruedas que nos moviliza por todas las calles de Lima, ahora se ven buses y minibuses, mayormente coreanos, nuevos o más nuevos que todas las “cúster”, la mayoría a gas, GNV o GLP, no se cual es la diferencia, pero hoy, caminar por el centro de Lima un par de horas ya no te “broncea” como hace algunos años, recuerdo que el oyín y el smog del centro de Lima me obligaba a cambiarme de camisa dos veces al día, los pañuelos para secarte el sudor no deberían ser blancos nunca, porque a la primera lavada perdían su calidad de Albión, y esto también se refleja en La Victoria.

Y quien no se ha dado cuenta de la abundancia de canchas de gras sintético, llenas desde las seis de la mañana hasta pasada la medianoche, donde jóvenes muchachos y viejos van a practicar su deporte favorito, el de meter la pelota en un rectángulo con red a punta de patadas. He ido a mirar, ojo solo a mirar algunos. Ayer estuve desde las cuatro de la tarde hasta las dos de la mañana visitando dos de estas canchitas cerca de mi casa.

Se ven jugadores buenos y malos, a medida que se hace más tarde más malos son, y más gordos también, podría pensar que prefieren esta hora para evitar las miradas ajenas. Como siempre el fulbito despertando pasiones. Es increíble cómo se disputa un balón, con que empeño, pese a que es notorio que no hace mucho que han aprendido a jugar, pretenden parar un balón a lo profesional. Que tal desfile de camisetas, zapatillas y pelotas, pareciera que en su entender el que viste mejor ya está ganando alguito, no se de repente tienen un reglamento que lo dice así. Y al verlos discutir en todos los partidos sin excepción, con bravura, convencidos de su posición, con los ojos irritados por la cólera más que por el esfuerzo, expulsando saliva como tetera que por descuido hierve más de una hora, porque pese a la raya pintada como área unos dicen que fue fuera, me pregunto ¿…y donde están los buenos pisteros?.

Ahora que lo pregunto no he visto más palomillas jugando en las calles de La Victoria como antaño ¿Dónde están?. Las pistas siguen allí, es más, ahora hay una refacción de pista casi en todas las cuadras con ladrillos que ni pintados para hacer de arco y con pistas cerradas como para jugarse una pichanguita con revancha incluida.

Y ahora me doy cuenta de la diferencia entre los pisteros de antes y los amantes del gras sintético de hoy.

Antes jugábamos con nuestras “bata” o “tigre”, zapatillas de lona con una rayita azul que como guante se calzaban al pie y se agarraban con tracción de 4 x 4 en cada jugada que hacías en pista, la pelota vinyball, casi siempre a medio inflar porque las infladas terminaban en la casa de alguna vecina adulta acuchillada antes de llegar al fin de su vida útil, o porque un patrullero se la llevaba para hacerles atestado de vagancia. Pero la gran diferencia está en la cordialidad y la nobleza con que se jugaba. Sólo dos piedras o ladrillos señalaban el arco, nos poníamos de acuerdo al inicio de la contienda, “solo vale arrastrado” o “a media altura” y listo. Nunca discutíamos, nos dábamos cuenta cuándo era gol y cuándo no. Todos parecíamos físicos matemáticos, por la forma del golpe, por la posición del pie o por el ruido de la pelota al recibir la patada sabíamos si la pelota había llevado trayectoria de gol o no. No existía el árbitro para un buen pistero. Muchas veces valíamos un gol no por el hecho de haber atravesado la raya de la pista sino por lo hermoso de su concepción o para premiar el esfuerzo de su ejecutante, así era la nobleza del pistero. Esto es lo primero que he notado en mis paseos por La Victoria, la gente está cambiando, nadie se preocupa de lo que pasa a su costado y todo se reclama, el viajar en el transporte público nos permite ver todo tipo de conflictos y discusiones, la mayoría tontas, en las que la gente se involucra fácilmente, pero cuando de ayudar se trata “trágame tierra”.

Volviendo a lo nuestro, para el pistero lo bueno venía al final. El “full vaso”, el “par de chelas” o “el cebichito”. El problema es que a veces se prolongaba desde el sábado hasta la madrugada del lunes. No siempre por supuesto. Y el que no quería no iba, o el que iba y “tenía algo que hacer” se retiraba después de “poner un par”. Así era la concepción del pistero de La Victoria.

Y en el fondo creo que no me molesta tanto que hayan cambiado la pista por el gras sintético como el que hayan cambiado “las chelas” por el agua mineral y el gatorade y todo tipo de bebidas que terminan en …ade.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...