LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

martes, 10 de diciembre de 2024

EL LETRERO LUMINOSO

Desde la entrada del callejón podía ver que el letrero luminoso del chifa comenzaba a brillar, la secuencia de encendido y apagado de sus letras iluminando la noche siempre le habían parecido mágicos, como si un virtuoso pianista guiara la secuencia desde algún piano fantástico, era la señal de que la atención había comenzado. En una característica peculiar de la Lima de fin de siglo se había convertido el anuncio sobre la azotea del chifa “Yut Kung”, se encendía todos los días al promediar las seis de la tarde y dejaba de alumbrar a las seis de la mañana. Aunque él no tenía la certeza de esto último, le había agarrado cariño al brillo del letrero, se podía ver desde muy lejos, en una noche clara desde la plaza Unión y hasta el final de la avenida Arequipa.

El chifa “Yut Kung”, o tal vez sólo su letrero, eran un objeto de añoranza para él. Desde que había dejado la quinta donde nació, en la calle 6 de agosto, cada que captaba su atención al pasar por Jesus María sentía una nostalgia que le constreñía el corazón.

Andrés Joel había nacido pobre, aunque tenía la certeza que nunca sería rico podía ganar lo suficiente para pagarse un departamento en Breña y vivir solo. Trabajaba en San Borja y casi todos los días en el recorrido entre su departamento y su trabajo pasaba cerca del “Yut Kung”, a veces, se quedaba en el trabajo hasta que caía la noche y cuando retornaba a casa buscaba casi por instinto el letrero y todo su interior se agolpaba en su garganta, llenando su entorno de una bruma con sabor a melancolía.

Llegó al mundo en un cuartucho de uno de los últimos callejones pobres de Jesús María. Era el menor de tres hermanos, y no tenía recuerdo alguno de su padre que se había marchado a las pocas semanas de nacer. Su madre una vez le dijo que se había ido porque tuvo miedo de criar tres hijos. Con el esfuerzo de su madre y de sus hermanas mayores había conseguido terminar el colegio y estudiar en un instituto de la Av República de Chile. Ahora, cosechaba el fruto de esos esfuerzos.

Religiosamente, en forma inter diaria visitaba a su madre, cubría sus necesidades para que pudiera vivir tranquilamente sin preocupaciones, acababa de cumplir setenta años y la edad le había traído complicaciones en su salud, aunque por espacios cortos podía desplazarse sin problemas, no se despegaba de su caballete, un andador para ancianos, necesario para movilizarse debido a la artrosis que padecía. Parecía más anciana. Estaba acabada.

Unos días atrás, después de haber cenado y mientras acompañaba a su madre, sentados en la entrada del callejón como casi siempre, ambos fumando, ella miró el juego de luces del anuncio del chifa y exhaló un gran suspiro, entre bocanadas de humo.

-          Qué lindo se ve – dijo la anciana.

-          Si. A pesar de ser tan viejo todavía funciona.

-          Cuando llegamos a vivir ya funcionaba igual. Inclusive en aquellas noches en que los terrucos nos dejaban sin luz, seguro que tienen un generador o algo así.

-          Si, seguro, mamá  - contestó él, vaciando el humo de sus pulmones.

-          Debe ser lindo mirar Lima desde allí. Y seguro que la comida debe ser buena, mis amigas que han ido me dicen que es lujoso – dijo la madre, con un tono apenado.

Qué increíble, tanto tiempo y nunca me di cuenta, pensó Andrés Joel. ¿Qué clase de hijo soy, que no interpreta los deseos de su madre anciana? ¿Acaso ella no se merece tener las atenciones que toda la vida me dio?.

Por la mente del joven comenzaron a pasar las imágenes de su niñez, su madre siempre atenta a su lado, llevándole al colegio, a las consultas médicas, a comprarle ropa o a cada paseo de navidad y fiestas patrias, paseos que después del pollo a la brasa terminaban al televisor hasta la madrugada. Recordaba las veces que la vio planchar o coser hasta la madrugada, a veces él se quedaba dormido, después la acompañaba a entregar la ropa lavada y perfectamente planchada en  casonas por la avenida Arequipa. La recordaba apurada llevándole al hospital a incontables sesiones, hablándole y calmándole con caricias, para enfrentar con valor algún nuevo examen o el pinchazo de alguna vacuna. Y las veces que al salir del hospital recibía de su madre una moneda para que comprara lo que quisiera, generalmente una bebida o algunas golosinas, obligándole a ir hasta la zona donde estaban los vendedores diciéndole “Tienes que hacerlo solo”. Estaba orgulloso de todo lo que había recibido de su madre y siempre que podía bromeaba con que la quería tanto que era uno de las pocas personas que podía recordar cuando su madre le enseñaba a caminar.

“Tienes que hacerlo solo” fue la recomendación que más recibió de su madre, al principio eran solo palabras, cuando llegó a la adolescencia se dio cuenta que más que palabras era una filosofía de vida; la vida para los pobres es un cúmulo de situaciones que cada quien debe resolver solo, como en un desierto, aunque esté rodeado de un mar de gente. Y vaya que aprendí a defenderme solo.

La admiración de Andrés Joel por su madre era inmensa. Tenía una voluntad y un desprendimiento enormes, nunca dejó de trabajar para que a sus hijos no les faltara nada y, aún sobreponiéndose a su dolor, hizo todo lo posible por que sus hijos se independizaran, salieran del callejón y fueran por la vida dispuestos a alcanzar el éxito.

 

Cómo una mujer con sólo primaria pudo criar a dos hijas y un hijo, a pesar de sus enormes carencias y sin el apoyo de un marido, hijos, que aprendieron a valerse por si mismos desde muy pequeños y siempre fueron estimulados para que estudiaran y puedan marcharse de casa, alejándose de la pobreza, ya capacitados para sobrevivir.

Qué grato recordar su vida en el callejón, después que sus dos hermanas se marcharan, ambas ya profesionales, haciéndose cargo de las atenciones a su madre. Ella siempre insistiéndole que terminados sus estudios buscara su futuro fuera del callejón, era pertinaz con eso, cuando comenzó a estudiar la primaria le decía al oído “recuerda que algún día tienes que ser independiente, sin nadie que te ayude”. Ahora, gracias a ella, se sentía satisfecho por todo lo que estaba consiguiendo.

Con los recuerdos a flor de piel esa misma noche le ofreció a su madre, como un homenaje que tenía postergado, llevarla al chifa.

-          Mami, el viernes nos vamos al chifa ¿Qué te parece?

-          ¿Estás loco?

-          No, para nada, creo que es hora de que vayamos a conocerlo.

-          Pero, mis amigas me han dicho que sólo va gente importante, ¡Ah! y todavía hay que sacar cita – dijo la anciana con los ojos sorprendidos.

-          Ja ja ja… no es cita mamá, es una reservación, Y no te preocupes porque mañana temprano reservo una mesa para dos.

 

Y hoy era el día. Andrés Joel había llegado a recoger a su madre, antes de entrar a la quinta caminó unas cuadras esperando que el anuncio del chifa se encendiera.

La encontró emocionada, radiante, se había puesto la ropa más nueva que tenía, recientemente comprada por el hijo, se había arreglado el cabello y maquillado con ayuda de una vecina.

-          Ya estás lista, viejita, voy a llamar a un taxi, de esos amplios, especiales para acomodarnos y llevar tu andador.

-          Pero está cerca, podemos ir caminando y te ahorras el taxi.

-          Ni lo pienses – dijo él con un tono entre solemne y enérgico – esta noche es nuestra y a partir de ahora lo haremos por lo menos una vez al mes.

Se acomodaron en el taxi, estaban a unas seis cuadras del chifa, caminando, por que el taxi tendría que recorrer algunas cuadras más por el sentido del tránsito. Andrés Joel acomodó primero a su madre en el asiento de atrás, luego colocó el andador de su madre en el asiento del copiloto, así sería más fácil bajarlo, él se acomodó al lado de su madre, el espacio era suficiente, había sido acondicionado para que las personas que usaban prótesis o muletas se sintieran cómodas.

El taxi se desplazaba lentamente acumulando minutos para el taxímetro, se detuvo ante el primer semáforo en rojo, Andrés apoyaba su cara en la ventana y miraba pasar la noche de Lima ante él. Qué difícil era conseguir una mesa especial en el “Yut Kung”. Pidió una mesa para dos, cerca de la ventana que da hacia la Avenida Arenales, tenía planeado enseñarle a su madre el callejón visto desde el décimo quinto piso. Quizás también podría enseñarle su departamento de Breña. Todavía tenía el sabor de la incomodidad que le había ocasionado la señorita que le hizo la reservación. Cuando pidió una mesa para dos personas, adecuada para la discapacidad de su madre, lo sometieron a una batería de preguntas sobre las características de la discapacidad, si era necesario un baño especial, con barandas y agarraderas, si podían usar los cubiertos sin problemas, si el ancho de las rampas serían suficientes, si sabían identificar las baldosas podotáctiles y todo un cheklist

insolente, como extraído de un extraño baremo cuya finalidad era desconocida.

Se sintió humillado, si tuviera una oportunidad hoy les diría sus verdades por discriminadores, si, eso eran, como en todos sitios, a veces nos cuesta, nos duele, pero terminamos dándonos cuenta que idealizamos las cosas a nuestra conveniencia.

Respiró profundamente, cerró los ojos e intentó cambiar todo su interior, hoy todo tenía que ser perfecto, era la noche de su madre.

-          Hoy va a cantar “el mono” César Altamirano, el que te gusta, ya pagué para que te tomen una foto – dijo sin quitar la mirada de la nada que veía a través de la ventana.

 

Llegaron al chifa y sin problema alguno bajaron del vehículo y subieron en el ascensor hasta el piso quince, parecía que la anciana en cualquier momento se echaría a llorar por la emoción. Se registraron con la recepcionista que después de verificar llamó a un mozo, un joven con rasgos orientales quien con una sonrisa bien dibujada y que parecía sincera, les acompañó hasta su mesa.

Era una mesa cuadrada, pegada a la ventana. Tenía dos sillas especiales, cada una con un letrerito que decía “preferencial”, además había una aljaba de metal con un dibujo pequeño de una muleta cruzada con un bastón que informaba cuál era su finalidad.

Acomodó a su madre delicadamente en una silla, plegó el caballete y lo colocó al lado de la aljaba que le recordaba a las películas de vaqueros. El joven mozo retiró la otra silla para que se sentara Andrés Joel, quien se dejó caer en el mueble, como si estuviera cansado y con sus manos acomodó sus rodillas de tal manera que quedaran bajo la mesa. Por un instante, Andrés Joel se recogió el pantalón y dejó que los fierros del aparato ortopédico que usaba para caminar destellaran con la luz mortecina del ambiente.

Miró al mozo, tenía la misma sonrisa pero ahora, además, se notaba el brillo de sus ojos inundados de compasión, aquella que estaba acostumbrado a percibir y que tanto le disgustaba.

 El mozo, circunspecto y con la misma sonrisa, señalando la cartilla de cuero repujado que contenía el menú les dijo:

Bienvenidos al Chifa “Yut Kung”, espero su pedido. Y siéntanse como en casa.

lunes, 4 de noviembre de 2024

EL PACTO

 Se despertó muy sobresaltado, sus sienes retumbaban como una campana silenciada entre algodones, volteó la almohada y el frío de la funda almidonada de sudores le convenció que el lejano bramido venía de dentro de él. Inspiró profundamente y retuvo el aire, uno, dos, tres…sesenta, soltó el aire retenido para evitar que su respiración continúe agitada. Puso su mente en blanco, o en negro, se sintió mejor por un segundo y comenzó a recapitular su sueño.

-       Qué pesadilla de mierda – pensó - ¿Qué significará?

Cerró los ojos y comenzaron a desfilar en su mente algunas escenas, sabía que nunca lograría recuperarlo todo, así funcionan los sueños, es parte de su magia.

Recordó haber visto a Mammón, aquel demonio con el que estaba intentando pactar. Aquel era con el que había conversado y que le diera un tiempo para pedir sus tres deseos a cambio de su alma.

Se levantó y se dio cuenta que estaba húmedo, tibio, tenía ganas de orinar, levantó su frazada deshilachada y olió, era orina, su propia orina, se había meado, suspiró pero no alcanzó a llenar sus pulmones, como si se hubieran achicado, sintió un vacío, casi un final, pensó que estaba regresando de la muerte, eso es, quizás soy un sobreviviente se dijo.

El duchazo en el baño común de su corralón lo despabiló, todavía era el pobre que usaba la misma ropa toda la semana y cada día tenía que ganar unos soles para seguir viviendo. O resistiendo. Odiaba su pobreza, desde niño venía soñando con tener una vida lujosa, en casas como las que acostumbraba limpiar o robar algunos fines de semana, tener los carros lujosos que acariciaba mientras los pulía, asistir a las fiestas, conciertos, orgías que conocía solo de oídas; pero la vida le había dado solo sufrimiento, hambre, humillación permanente, humillación que a veces imaginaba solo para sentirse una eterna víctima, porque sabe que pertenece a un solo lugar, el fondo. Allí donde no hay luz, donde los seres no tienen nombre, donde el frío, el hambre, el dolor, la enfermedad están pegados como sudor en la piel, donde las oraciones se convierten en humo que rápido se disipa y vuelven hechas sombras, ahora cargadas de rencor, de odio, ahora cargadas de esperanzas oscuras en forma de oportunidad, de una oportunidad, la tomas o la dejas, te vuelves duro o sigues siendo el blando que no responde a ningún golpe, te atreves a tomar un arma para matar o a juntar las manos en oración para siempre. De eso está hecha la oportunidad del pobre, de elegir su suerte, su vida, su final.

Entonces, cuando se enteró que había un camino a través del mal lo tomó sin pensar.

Ahora, ya estaba embarcado, tuvo el sueño que le anunciaron que sería la señal de que pronto vendría el pacto, un alma por tres deseos, nada por una verdadera vida, porque hay quienes tienen un alma insignificante, reducida a punto de golpes de la vida, de esos golpes que son como la ira de DIos. Había hecho todo lo leído, paso a paso, la sangre fresca de un animal, una paloma que creyó en la mano que le ofrecía migas, agua bendita tomada de la iglesia durante la plegaria eucarística, un poco de su propia saliva, lágrimas, semen y el tatuaje de una cruz negra invertida detrás del hombro izquierdo, las oraciones antes de dormir entre velas encendidas y rociadas del extraño potingue.

En ese sueño se le presentó Nyarlathotep, a lo lejos, él lo reconoció de inmediato, lo vio de espaldas, como yéndose, corrió hacia el y se le puso delante, lo detuvo.

-       Hola, se quién eres, Nyarlathotep – había cambiado de forma en un instante y ahora no le pareció tan espantoso como lo había imaginado.

-       Si, aquí estoy por tu llamado.

-       ¿Es en serio? ¿Ese mejunje lo hizo posible? – sorprendido.

-       En realidad no son los ingredientes, es la intención, la convicción, las ganas con la que haces la invocación, el ardor que se siente salir de tu interior, acumulado durante toda tu vida, abonado por tu sufrimiento, por tus dudas, por que sientes que necesitas una revancha. Y eso somos, una única oportunidad de revancha - dijo Nyarlathotep o aquella figura casi humana, sin inmutarse.

-       ¿Somos? ¿A qué te refieres con somos?

-       Así como crees que tres cuerpos pueden ser a la vez un solo espíritu y carne, yo soy más que eso, soy muchos a la vez, quizás todos; entonces, si adoras a tres que son uno, a quien oras pero nunca responde, ponme mucha fe que yo ya estoy aquí, estamos aquí, para responderte, por ti – dijo en un tono mordaz mientras su figura volvía a cambiar de forma, esta vez más lentamente.

A Andrés esta apariencia le pareció más familiar, más aterradora. Creyó sentir miedo pero lo manejó adecuadamente pensando en que todo era un sueño.

-       ¿Y quién eres ahora? ¿Uno de tantos? – dijo ya sin miedo

-       No se, dímelo tú ¿a quién me parezco? No me digas que a ti – hubo un cambio de voz al hablar. Andrés supuso que el cambio de apariencia también incluía la voz y posiblemente otras cosas.

-       Te pareces al diablo, al demonio, esos cuernos me lo confirman – dijo Andrés sin titubear y hasta seguro de la situación al pensar que era un sueño.

-       Si, soy él, soy Mammón, al que invocaste, soy Asmodeo, Satanás, Samael, Belial, Tzitzimimeh, Asag y también el Tunche ¿Te das cuenta? Estás con todos nosotros, estás conmigo, estamos juntos, somos todos y todo ¿porqué no creer en mí?, sobre todo si vengo a darte esa única oportunidad que estás pidiendo, que sé que la mereces, tómala, no la deseches, una sola vez se te “presenta la virgencita” – dijo el ser que ya no era Nyarlathotep ni el diablo como los conocía.

Andrés comenzó a sentirse más cómodo, después de todo el demonio no parece tan fiero, se puede conversar con el sin que te coma. Pensó en reírse por lo que acababa de pensar pero prefirió ponerse serio.

-       Entonces ¿cómo firmamos el pacto, te entrego mi alma y me cumples tres deseos así nomás? – gesticulando las manos, como haciendo ruedas hacia adelante, para parecer encantado con la situación.

-       No, paciencia – dijo el demonio – Solo queríamos estar seguros de tu decisión, la próxima vez que te sientas morir en sueños, nos encontraremos para iniciar el pacto, cumpliendo tu primer deseo.

 

Los días siguientes Andrés cambió por completo, dejó de ser el tipo doliente que se sentaba en cualquier esquina y en el que nadie se fijaba, y que, cuando caminaba era invisible, ahora era una persona llena de alegría, de optimismo, rezumaba empatía con todos y conversaba con el primero que le diera la oportunidad. Tenía la sensación de que pronto pasaría algo que lo haría rico, poderoso, esto le levantaba el ánimo y se sentía motivado para grandes cosas, se volvió generoso y comenzó a regalar las pocas cosas buenas que tenía, entre los más pobres que él, algo difícil imaginar, peor encontrar.

 

Algunas noches después volvió a tener esa curiosa pesadilla donde sentía de manera vívida estarse muriendo, se despertó, o soñó despertarse, el olor de su propia orina le confirmó que era la oportunidad.

Se levantó despacio y caminó hacia la calle sin siquiera ponerse el calzado, las cosas parecían estar ralentizadas, solo él conservaba la velocidad “normal”, el resto estaba en cámara lenta. Las cosas parecían tener más brillo, era como si los rayos solares atravesaran paredes y techos, llegó a la calle y el centelleo era enceguecedor, tuvo que achinar los ojos para poder ver. Ahora nada tenía movimiento, todo se había detenido, solo él conservaba la habilidad para moverse. Junto con la quietud el silencio se había apoderado de todo, parecía tener vida y hasta la capacidad de coagularse. Caminó durante un buen rato hasta escuchar una musiquilla suave y agradable, la que siguió con detenimiento. Alcanzó a divisar entre el brillo que cubría todo, como niebla, una figura conocida, astada – ¡Belcebú! – apenas pensó el nombre se vio transportado frente a el.

Como la vez anterior, no sintió miedo. Belcebú se paró y entonces salió un temblor del fondo de sus entrañas, era dos veces más grande de lo que lo imaginaba, un golpe de esas enormes manos adornadas con uñas de arpía bastaría para despedazarlo. Un sueño, lo debo tomar como un sueño – se dio valor.

-       Hola Andrés – dijo el demonio casi sin mover los belfos - ¿Ya estás preparado para el trato?

-     Si, creo que es el momento – contestó tratando de infundirse valor, se dio cuenta que no sentía miedo.

-       Bien, entonces pide tu primer deseo, recuerda que una vez concedido no hay marcha atrás, deberás continuar hasta el tercero.

-     Si, ningún problema, lo tengo muy claro – Andrés se solazaba por dentro pensando lo tanto que cambiaría su vida y comenzó con sus deseos – Quiero ganarme la Tin…

-     Aguanta, aguanta – se apuró el demonio mientras ponía una de sus garras en la boca de Andrés tratando de callarlo – ¡No se te ocurra pedir la Tinka!

Andrés se sorprendió, tenía bien estudiado lo que haría con la Tinka, los casi veinte millones que sorteaba se podían convertir en poco más de cinco millones de dólares, con tres en el banco podría vivir de los intereses toda la vida.

-     ¿Sabes que ese premio no lo vas a recibir hoy? Seguro que no leíste las letras chiquitas – le dijo Belcebú entornando los ojos y arrugando la frente – además te vas a meter en camisa de once varas, tengo algunos casos que  están en la cárcel, uno hasta se suicidó porque la SUNAT y la unidad de inteligencia financiera los denunciaron por enriquecimiento ilícito.

-     ¿Qué…? ¿Cómo es posible? ¡Entonces no eres tan poderoso como haces creer!

-     Hay un orden universal de las cosas, Andrés – pausadamente – los pactos que hacemos son secretos ¿Te has dado cuenta del ambiente? Te he traído a un lugar donde “los otros”, los buenos no pueden darse cuenta, tenemos un orden que respetar, si ellos se enteran que estamos comprando un alma pueden suspender nuestra licencia para operar. Te lo digo figuradamente para que entiendas claramente cómo son las cosas.

Andrés se quedó perplejo. En todas partes existen reglas…¿pero en el infierno? – se dijo. Inconcebible, pero ante eso estamos. Mudo, esperó que Belcebú hablara.

-     Mira muchacho – en tono paternal – algunos pidieron ganarse ese premio sin saber que en ese momento el monto sorteado era pequeño, luego cuando se les acaba vienen por más y es imposible corregir un deseo ¿Sabes en todos los problemas que nos metemos por cubrir la procedencia del dinero cuando la fiscalía y la unidad de inteligencia financiera investigan un enriquecimiento ilícito? No podemos probar la compra del boleto ganador porque nunca lo compraron ¿cómo decirles a los investigadores que fuimos nosotros? No hay forma.

-     ¿Es en serio? – balbuceó en tono confuso Andrés – puta madre nunca lo hubiera imaginado – y continuó – ahora que lo dices ¿cómo se que esto no es sólo un sueño? o mejor ¿una pesadilla?

-     Esa es otra de las cosas que debes saber – parecía que el tono del demonio era ahora angelical – a partir del primer deseo vivirás como en un sueño, como en un capitulo de una novela de la que no podrás salir hasta el cumplimiento de tu tercer deseo. Vivirás preguntándote si todo fue un sueño. Si esto no fuera así, enloquecerías al ver todos tus deseos satisfechos, ya pasó más de una vez.

-     No jodas…

-     Pues si – prosiguió el demonio – necesitas cierto tino para pedir los deseos, recuerdo que hace un tiempo alguien pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro, creo que conoces esa historia, fue su tercer deseo, ya no le quedaba otro, murió porque nunca pudo digerir el oro.

-     Chucha, ahora ¿Cómo pido? ¿En qué orden? ¿Por qué no me explicaron todo esto?

-     Hay otras cosas que debes saber, Andrés. Por ejemplo que, a partir de que te conceda tu primer deseo perderás la conciencia sobre nuestro pacto, vivirás sin saber que eres un pactado, lo ignorarás por completo, tus siguientes deseos se te concederán después de un tiempo, días, meses, años, hubo algunos que tuvieron que esperar siglos para su siguiente deseo, aquellos que primero pidieron vida eterna o muy prolongada, como un sueño eterno.

-     ¿Quién decide en qué momento conceder los deseos?

-     Aunque no lo creas, tú. En tu vida casi perfecta, de fantasía, en algún momento lo pedirás a través de un sueño, tú sentirás que es la hora y lo harás, nosotros solo esperaremos. También pedirás tu muerte.

-     ¿Cómo? ¿Qué tal si uno de mis deseos es ser inmortal? – preguntó un Andrés ahora preocupado.

-     Serás inmortal, pero en el resto del mundo nada cambiará y comenzarás a sentirte extrañamente solo y a alocarte después de perder a tantas personas a las que habrás amado, inexorablemente pedirás tu final.

-     ¿No sería este un cuarto deseo? Retrucó hábilmente Andrés.

-     Lo dice en las letras chiquitas.

-     ¿Qué otras cosas debo saber?

Belcebú, que ahora tenía la forma de un soldado inglés, de aquellos que lucharon en la India contra la rebelión de Gandhi, sentándose a la manera oriental en cuclillas.

-     Que no debes pedir resucitar ni reencarnar, no está permitido. Tampoco puedes transferir un deseo, el pacto es contigo. No debes pedir tener magia como la quisieras, aquella que te permitiría cumplir tu voluntad pestañeando o moviendo la nariz. No debes involucrarte sentimentalmente ni desear la muerte de otro pactado, no debes pedir hacerte invisible porque podrías ser detectado por los buenos y tampoco debes pedir ser el líder de toda la humanidad.

-     Bueno, advertido estoy – sentenció el joven – pero “debes” no es lo mismo que “puedes”. ¿Qué pasa si insisto con un deseo que no debo?

-     Qué bueno que te hayas dado cuenta, puedes hacer lo que no debes, pero hacerlo significará que el pacto estará en peligro y por nuestra salvaguarda tomaremos lo que es nuestro, tu alma – tomó aire y prosiguió -  Entonces, si como primer deseo quieres hacerte rico o, como lo pensaste, ganarte la Tinka, te sugiero que pidas, por ejemplo, que nunca te falte dinero, o que siempre tengas más dinero del que necesitas – recomendó con autoridad el espectro – de esa forma siempre podrás comprar lo que quieras con tan solo abrir la cartera. O presentar la tarjeta de crédito que te daremos nosotros. Nunca tendrás ahorros, no habrá rastro de tus movimientos, adiós unidad de inteligencia financiera, aprenderás a manejar tus propiedades y podrás llegar a ser un personaje sin levantar sospechas.

Andrés pidió que el dinero nunca le falte. Primer deseo concedido.

Vivió la vida como lo había soñado. Creyó haber encontrado la felicidad a la que confundió con la abundancia. Nunca recordó haber hecho un pacto con el diablo y parecía no tener límites, su vida se convirtió en un círculo de placeres y lujuria, todo lo podía, no había nada imposible para su dinero.

Fue en una de sus desenfrenadas noches de fiesta en que se topó con una muchacha que le robó el corazón, era muy joven, tenía una figura que llamaba mucho la atención, él se enamoró de ella. Comenzaron a frecuentarse y cada día que pasaba ella le gustaba más, era decidida, bastante culta, se veía que le ponía mucho empeño a cada cosa que hacía. Andrés, intentó llenarla de regalos pero ella ni se impresionó, fue rechazando cada uno de ellos conforme le llegaban; pero, parecía encontrarse a gusto con Andrés, nunca se negaba cuando él le pedía que lo acompañara a cualquier sitio, cada vez que intentaba sorprenderla, ella se mostraba sorprendida pero no perdía la compostura. Se tomaban de la mano frecuentemente pero nunca pasaron de un beso en la mejilla. Él intentó muchos trucos para conquistarla, en una ocasión contrató unas personas para que simularan un asalto, asalto que él evitó después de pelear a mano limpia con los sujetos armados. Como premio recibió un beso en la mejilla y agua oxigenada en sus heridas,

Andrés se obsesionó. La ineficacia de su dinero frente a ella era lo que más lo enervaba, intento tras intento por conquistarla lo estaban volviendo loco. Ya casi no dormía, sólo pensaba en ella y la forma en que podía conquistarla.

Se dio cuenta que toda su riqueza no servía con Cherí, ella, mostraba desdén por el dinero, cuanto mayor el monto menos parecía interesarse.

El amor que consumía a Andrés lo llevó a buscar “alguna solución” diferente, uno de sus recursos lo encontró entre brujería, santería y otros ritos para conquistar el cariño de la hembra que lo atormentaba. En una de estas sesiones, después de beber ayahuasca, cuando se encontraba sumido en un sueño profundo se volvió a encontrar con Belcebú.

Le reconoció de inmediato, se abrazaron como viejos amigos.

-     ¿Cómo te va con tu primer deseo? – preguntó el demonio.

-     Mejor de lo que esperaba.

-     Lo se, te va tan bien que diría que no te hace falta otro deseo por ahora – dijo Belcebú mientras le tomaba del antebrazo invitándolo a sentarse a la orilla del camino en el que se encontraban. Apareció un cigarrillo y se lo alcanzó a Andrés.

-     No, gracias, no fumo.

-     ¡Carajo! Me sorprendes, solo falta que seas de los que van a misa todos los domingos.

-     Pues si, voy a misa a rezar por los pecados de otros, los míos no serán perdonados después de nuestro pacto.

-     ¿Y ahora qué vas a pedir? – preguntó Belcebú.

-     ¿Sabes? Estoy enamorado.

-     Entonces ¿vas a pedir mujeres?

-     No, no. Mujeres no – apuró Andrés – Sólo el amor de una mujer, las demás no me interesan.

-     Vaya, eres un caso, pudiendo pedir todas las mujeres se hace extraño que quieras tener solo una.

-     Si, es justo la que no puedo tener, se merece más que un deseo - dijo Andrés mostrando una profunda pena.

-     Bueno pues, vamos al grano, veamos de quién se trata – uno de los ojos de Belcebú lanzó un destello de maldad.

-     Tu eres el poderoso, tómala de mis pensamientos y hazla mi esclava.

 

Era una noche lluviosa, aunque no fría, cuando Andrés salió apurado de su casa, preparado para conquistar a la chica que tanto le gustaba. Tenía la seguridad de que esta vez la conquistaría.

-     Cherí, Cherí… - iba repitiendo en su mente - por fin serás mía.

Su cuerpo parecía a punto de estallar, temblaba por todas partes, sus sueños se cumplirían hoy, “después de que seas mi mujer, no podrás separarte de mi, serás mía para toda la vida” no tenía duda alguna de que así sería.

Llegó a la discoteca y apenas ella lo vio entre la multitud se abalanzó a sus brazos, se besaron como si hubieran sido novios de toda la vida, los dos hervían. Bailaron y bebieron lo suficiente como para embriagarse sin perder la conciencia, necesitaba estar sobrio para disfrutar cada segundo de ella, cada milímetro de su cuerpo.

Unos minutos después de la media noche él la invitó a su casa, ella aceptó. Salieron presurosos como si corrieran por su vida. En el trayecto hacia la casa el la miraba de reojo y veía el rostro de ella iluminada con destellos de felicidad.

-     Dios mío, es tan bella – se dijo – y para mi solito. No se imagina la vida que le voy a dar, viajaremos por el mundo disfrutando de nuestro amor, Marco Polo y Magallanes serán solo un asomo de lo que viajaremos.

 

Llegaron a la casa y entraron corriendo, ella parecía conocerla desde mucho, se dirigió hacia el dormitorio jalando de una mano a Andrés. El se dejaba llevar mientras escudriñaba cada milímetro del cuerpo de ella. Qué perfección, una armonía absoluta entre la mirada, la figura y la forma de ser.

A medida que se acercaban al dormitorio ella comenzó a quitarse algunas prendas. Andrés memorizaba cada parte del cuerpo de ella, su color, su perfume, imaginaba la tersura.

Al pasar por un espejo le pareció ver la sombra de un ser maligno, tal vez el diablo, no importa, nada puede detener este amor que recién empieza.

Todo se inmovilizó de pronto, los ojos llenos de espanto parecían querer volar de su cara, en un segundo pasaron por su mente los años en los que vivió en el inframundo de la pobreza. Era imposible romper el pacto cuando todavía le faltaba un deseo.

Sintió miedo. Se soltó de la mano de Cherí, se quedó inmóvil, sin respirar siquiera, mientras no podía dejar de mirar la cruz negra invertida tatuada en el hombro izquierdo de la joven.

jueves, 4 de julio de 2024

LINDITO

 A lo lejos suena la corneta llamando a la formación del día lunes, me estremece y me produce un leve escalofrío, de pronto siento que el ambiente es bastante frío. Es pequeño, dos sillones, además del que ocupo y una mesita de centro es todo el mobiliario. El techo bastante elevado, más de tres metros calculo, una ventana, más bien un tragaluz, porque está tan alto que no se puede ver a través de ella, ni siquiera se han preocupado de ponerle cortinas. Además de una puerta labrada que da al despacho sólo hay un cuadro en la pared, grande, parece un acrílico, es la imagen de Santa Rosa de Lima sosteniendo al Niño entre sus brazos. Fue pintado por algún efectivo policial pues puedo ver las letras que identifican su grado antes de sus iniciales.

Vuelvo a ensayar las respuestas para las posibles preguntas que he calculado se me harán. Estoy citado por el comandante jefe de la unidad. Definitivamente me siento incómodo, no debería estar en esta situación, pero supongo que debo estar preparado para estas sorpresas propias de la vida policial, todavía no he cumplido un año como alférez y, todo lo que me sucede aún es parte de mi preparación para algo importante que seguro sucederá durante mi carrera policial.

Miro mis zapatos, los froto en mis pantorrillas para que la punta brille más, me paro un momento, me aliso la ropa, el paquete de cigarrillos que llevo en el bolsillo de la camisa no se nota pues la camisa me queda bastante ancha. Evalúo tirarme un pedo pero el temor de que alguien ingrese sorpresivamente me desanima, pese a que mi estómago parece estar bailando.

Al salir al servicio policial fui asignado a una unidad que había sido creada para dar seguridad a la zona del puerto del Callao, dentro de las instalaciones portuarias, ya que los ataques que realizaban los grupos terroristas que operaban entonces, habían orientado sus esfuerzos destructivos hacia los activos críticos. Habían pasado seis meses y todavía no se instalaba esta unidad y momentáneamente nos encontrábamos alojados en el local de la 24ª Comandancia de Caballería en El Potao.

A inicios de junio nos hicieron conocer que se había creado un nuevo requisito antes de instalar nuestra unidad, sólo sería conformada por efectivos preparados en la lucha contra subversiva, entonces se nos comunicó que todos seguiríamos un curso de dos meses, llamado Comando Policial, el cual pese a ser voluntario, debíamos aprobar para formar parte de este proyecto.

En unos días habíamos sido divididos en seis secciones, cada una de veinticinco efectivos, formada por oficiales y suboficiales. En mi sección, éramos cuatro alféreces, y veinticinco suboficiales. bajo el mando del que era el teniente más antiguo de la base, el teniente Martínez, “Lindito” que era su nombre de combate, a quien a veces preferíamos llamar “el viejo” pues tenía quince años de servicios y por problemas de disciplina todavía era teniente, cuando la mayoría de su promoción ya eran mayores.  “Lindito”, sabe Dios quién se lo puso, era respetado por todos lo que formábamos el curso, al resto de oficiales nos asignaron un “nombre de combate”, el mío era “cernícalo”, que nos entregaron grabado en un marbete para ser usado en el uniforme de faena.

Pero ¿qué son dos meses para una trayectoria de décadas? ¿debo seguir considerando desacertada esta etapa de mi vida?, dos meses en el transcurrir de una vida no son nada. No representan nada. Puede uno enviarlas al olvido fácilmente. ¿Debería? Pienso entonces en los presos de cualquier penal, en los prisioneros de los campos de concentración nazis ¿serían importantes dos meses para ellos?

La idea del Curso era formar hombres capaces de soportar las inclemencias de tiempo, resistir los sufrimientos físicos de tal manera que se olvidaran del cansancio, del dolor, del hambre y siempre buscara sobrevivir para cumplir su misión; al fin y al cabo la práctica hace de cualquier persona un experto.

El curso lo llevamos en situación de extrema necesidad, los dos meses de la instrucción vivimos en carpas de ocho personas cada una, bajo el puente Balta, a orillas del Rímac, en la primera cuadra de la Av Abancay. Se inició a fines de junio, la época más fría del año.

El primer día apenas llegar, formamos en el patio de lo que era la Comandancia de Seguridad de Palacio de Gobierno, nos revisaron minuciosamente la bolsa de lona que llevábamos, nos decomisaron todos los artículos que estaban prohibidos, perfumes y lociones, talco, chocolates o cualquier golosina, piyamas, ropa innecesaria, sólo nos dejaron lo estrictamente necesario para sobrevivir quince días, que era el período inicial que teníamos que pasar internados, sin salir e incomunicados. Algunos peluqueros, la mayoría improvisados, nos raparon en medio de burlas y nos dejaron dos horas parados, hasta que por fin nos llevaron en “marcha del pato”, cargando nuestra bolsa de lona, hacia lo que sería nuestra morada, una húmeda carpa que tenía un número pintado, apenas patente, como identificación.

Fueron mis primeros cien metros de sufrimiento, recuerdo haber sentido un gran dolor al pararme, pero no me dieron tiempo a pensar, a empujones nos tiraron al suelo, después de dejar nuestro equipaje sobre una bolsa de dormir, que sería nuestra cama durante los dos meses y, rampando como lagartijas, nos hicieron dar vueltas alrededor del área donde se encontraban el grupo de once carpas, mientras los instructores, golpeaban con una vara delgada, de álamo, a los que osaban levantar demasiado la cabeza.

Corrimos, reptamos, saltamos todo el día, a la hora del almuerzo recibimos una sopa aguada con unos pocos fideos y tres panes, que muchos ni siquiera probamos porque estábamos conmocionados por el mal trato y el acoso constante de los instructores; con el transcurso de las horas entraríamos en razón que era mejor comer, con tanto ejercicio era imprescindible aprovechar el tazón de avena pálida, que tenía restos de leche y los tres panes del desayuno, el almuerzo, como lo describí con olor a pollo, gallina o carne, donde a diario sólo cambiaba el tipo de fideo y, la cena que era una especie de engrudo con cocoa endulzado con escaza azúcar rubia, le llamábamos la “amenaza marrón” y un pan, para no ir a descansar con el estómago lleno.

Lo de descansar era una venia, era difícil hacerlo dentro de una bolsa de dormir, con la misma ropa que pasaste todo el día revolcándote o haciendo ejercicios (al principio nos sacábamos los pantalones, luego no nos importaba dormir con ellos) aún estando húmedos; el primer día nos entregaron un testigo, un cilindro de cemento de unos cincuenta centímetros, que usan las empresas para probar si tiene la dureza necesaria para construir postes, al cual llamábamos “ñaño”. Este bendito “ñaño” tenía un número, para los instructores eran nuestras “esposas”, al dormir lo usábamos como almohada y durante las comidas como asiento, nos ordenaban sentarnos agrupados; en cada carpa habitábamos ocho efectivos, cada grupo tenía un oficial, normalmente un alférez, había una carpa con dos oficiales, la mía, de la cual “Lindito” era el jefe y brigadier del curso.

La mayoría de los que participábamos ya teníamos alguna experiencia con estos cursos y sabíamos que era fundamental tomar las cosas en son de broma, hacer hígado significaba una carga emocional que pasaba factura.

Para recibir instrucción en aulas, se colocaba uno o dos parantes y aprovechando algún árbol o pared se extendía una lona o poncho de agua que usábamos para guarecernos de la lluvia, bajo el cual nos agrupábamos sentados en el “ñaño”, parado por una de sus bases, es decir, no teníamos ni comedor ni aulas físicas, cualquier lugar podía servirnos como tales.

No hubo noche en la que nos enviaran a dormir antes de las once, tampoco hubo amanecida en la que empezáramos a correr pasadas las cuatro de la mañana y, todos los días, nos despertaban uno o dos veces para cumplir algún castigo pendiente haciendo ejercicios. Falta que alguien cometía la pagaba todo el grupo. La segunda noche rociaron polvo de las bombas lacrimógenas dentro de las bolsas de dormir, haciendo imposible que siquiera pestañeáramos, y siempre nos levantaban arrojando una bomba lacrimógena en el interior de la carpa.

 

Durante las dos primeras semanas llamadas de adaptación, calculo haber dormido unas ocho horas dentro de mi bolsa de dormir, por lo general lo hacíamos en cualquier sitio, por segundos o minutos, apenas nos daban un momento de tranquilidad. La instrucción de “aulas” provocaba que algunos cayeran de los “ñaños” en los que estábamos sentados, abatidos por el cansancio, cada caída era una falta que todo el grupo tenía que “pagar” con ejercicios o pruebas de valor.

Nos enseñaban teoría y especialmente mucha práctica sobre operaciones urbanas, anfibias y de montaña y, hasta primeros auxilios; la idea era conseguir un perfil para cada efectivo que le permitiera enfrentar con éxito las operaciones contra subversivos, sobre todo, sobrevivir para cumplir la misión que le fuera asignada.

Siempre viene a mi mente aquella ocasión en la que fuimos castigados de forma “creativa”, aún ahora el cuerpo me tiembla, a todo el grupo nos metieron a una tanqueta apenas después de haber almorzado, antes de cerrar la escotilla tiraron una bomba lacrimógena dentro. Me sentí morir, comenzamos a gritar desesperadamente, el corazón se me salía por los ojos y el almuerzo parecía brotar de todos los orificios de la cara, afuera instructores y espantados participantes gritaban “usen las troneras para respirar”, el problema era que sólo había cinco troneras y éramos ocho. Los compañeros que presenciaron este castigo hasta ahora me felicitan, dicen que fuimos un grupo muy coordinado y que nos turnábamos para respirar por las troneras como si antes hubiéramos ensayado y, era yo quien dirigía una especie de coreografía organizada para tomar bocanadas de aire a través de ellas, además de arrastrar a “Lindito”, que había perdido el conocimiento, hacia la tronera cuando le correspondía. Lo cierto es que no me acuerdo de nada.

 

Durante la primera semana renunciaron veinte participantes de ochenta que iniciamos, era necesario hacer todas las cosas en grupo, nos apoyábamos entre nosotros para poder pasar todas las pruebas a las que fuimos sometidos. Y aquí es donde “Lindito” mostró su verdadero potencial. Nos exigía, nos apoyaba en todo, nos empujaba, a veces cargaba el arma de algún compañero que no podía, la mía la cargó muchas veces, alguna vez lo vi llegar, después de una amanecida trepando el cerro San Cristóbal, cargando cuatro fusiles FAL, que era parte de nuestro armamento oficial. Fuimos el grupo que terminó el curso con sus efectivos casi completos gracias a él, sólo uno abandonó, debido a un accidente. Aquel compañero fue atropellado por una motocicleta durante una amanecida en que nos encontrábamos rampando por las inmediaciones del terminal pesquero de la avenida San Pablo, en La Parada. Hundidos sobre la pestilente sanguaza formada por restos de pescados del día anterior, nos arrastrábamos intentando mantener la nariz y la boca lejos de esta materia viscosa que nos ocasionaba grandes arcadas porque no teníamos qué vomitar. Hundidos en el canal de drenaje sintiendo haber descendido a las puertas del infierno, cubiertos de un barro hediondo del que emanaba una bruma siniestra, compitiendo con algunos gusanos y con el chillido de las ratas que protestaban por la invasión de su territorio; el desaprensivo motociclista que circulaba por la pista cercana no pudo evitar meterse al canal cuando creyó haber visto que un demonio se levantaba del barro.

Así era de duro el curso.

A partir del incidente de la tanqueta, “El viejo” fue mi guía y protector, estaba permanentemente preocupado por mi, me daba valor cuando parecía que no conseguiría finalizar una prueba, me empujaba y animaba, cuando estaba extenuado me obligaba a ir delante suyo. En algunas ocasiones se declaró culpable y afrontó los castigos por faltas mías. Era una verdadera autoridad para todo el grupo, qué distante de aquella persona que conocíamos. Pero, nunca terminé de agradecerle su preocupación sobre todo porque hasta ahora no recuerdo haberlo auxiliado en la tanqueta como la mayoría decía.

 

Cuando por fin llegó nuestra primera salida después de las dos semanas de adaptación, abandonamos el local policial un sábado a las dos de la tarde para retornar el domingo a las ocho de la noche, así fue durante las siguientes semanas que duró el curso, al final concluimos nuestra preparación solo treinta y dos.

En aquella primera salida me sentí un desconocido cuando llegué a mi casa, la casa de mis padres donde vivía, estaba mucho más flaco y quemado o teñido color barro, de tantas horas que pasaba en el, tenía una mirada paranoica y repetidamente miraba por sobre mis hombros, nervioso, como si alguien estuviera a punto de atacarme. Comí en abundancia, casi hasta reventar, llamé a mi enamorada para decirle que en la noche la visitaría y me dediqué unos minutos a acomodar ropa limpia que llevaría al retornar al curso. Intenté sentarme un rato frente al televisor y mi madre me cuenta que me encontró profundamente dormido y me ayudó a llegar a mi dormitorio donde me dejó acostado. Cerca de las tres de la mañana mi padre me encontró tirado en el piso al lado de la cama y me despertó, “Cholo, te caíste”. Esperé sentado al borde de la cama hasta que volvieran a apagar las luces, no podía dormir en una cama tan limpia, mi cuerpo lo rechazaba, volví a tirarme al piso. A las seis de la mañana mi padre volvió a despertarme con su paciencia perpetua “Loco de mierda”.

Fue en una de las últimas salidas que “Lindito” me invitó a almorzar a su casa, lo pensé, conociéndolo no dudé en qué terminaría el almuerzo, pero acepté de buena gana.

 

En el trayecto a su casa conversamos sobre las cosas que tendríamos que hacer durante la semana que venía, todas las pruebas a las que nos someterían eran de máximo esfuerzo, formaban parte de un “circuito de valor” que teníamos que atravesar durante una “marcha de campaña” de cinco días. Era enorme el sacrificio que habíamos realizado hasta entonces. Durante unos segundos de silencio lo miré y me sentí agradablemente sorprendido, antes del curso dábamos por hecho que “Lindito” era un oficial acabado, nadie imaginó el valor, la decisión y el esfuerzo que demostraría en estas semanas de “preparación”, parecía querer ser el mejor, el primero, nunca se le vio quedarse dormido y cuando se trataba de “pagar” las faltas nunca se quejaba. Era difícil imaginarlo en estas circunstancias de su vida, sobre todo porque, antes del curso, era una persona de comportamiento impredecible, permanentemente en desacuerdo con todo lo que significara disciplina, tremendo bebedor (borracho se le dice), en constante juergueo, amiguero, mujeriego (putañero se le dice), el menos indicado para asignársele responsabilidades, divorciado, sin rumbo, desquiciado y defraudado por la vida. Era alto, corpulento, el pelo siempre corto, tenía ojos claros y una presencia que siempre atraía las miradas femeninas. No parecía ser la misma persona que estaba a mi lado.

Antes de llegar a su casa me contó que vivía con su mamá, una hermana y su hijita Micaela, que nunca se había divorciado sino que su esposa simplemente lo dejó, sabía que ella vivía ahora en Estados Unidos desde hace unos doce años. Me pareció sentir algo de nostalgia cuando me lo contaba, más cuando dijo “por mi hija es que estoy dispuesto a dejarlo todo”, que preferí ahorrarme todas mis preguntas.

Del almuerzo sólo queda en mi memoria que fueron varios platos con mucho pescado, la abundante cerveza me impide acordarme de todas las cosas que hice, me dicen que estuve divertido, bailé bastante y me emborraché, “Lindito” me dejó en un taxi y no recuerdo nada hasta que desperté el día siguiente en un sofá en la sala de mi casa.

Lo que más evoco y claramente, es a Micaela, cuando la vi, su tranquila belleza me impresionó tanto que pensé lo bonita que tendría que haber sido su madre, me imaginé a “Lindito” casándose con una Miss Perú. La muchacha de unos dieciséis años tenía una mirada que parecía nacer detrás de sus ojos casi azules, de esas miradas que te descubren, que desnudan tu alma y te obligan a decir verdades porque se llevan las mentiras, sus ojos profundos parecían decirlo todo, como una imagen del alma, como un mar en calma, como un camino tapizado de la mejor música convertida en color. Cuando me la presentó “Lindito” quedé paralizado pensando si debía acercarle mi cachete para intercambiar un beso de saludos o debía darle la mano, ella también parecía desconcertada, su mirada era demasiado espesa y me inmovilizó como a una mosca atrapada en un papel matamoscas.

Le extendí la mano y ella la tomó entre ambas palmas y con una expresión de diosa, inmortal, me dijo “hola loco”.

Todos estallaron en risa, tuve que esforzarme para disimular mi desconcierto pues no me esperaba esta respuesta. La miré y ahora su mirada tenía una inocencia infinita, parecía estar disfrutando el momento pero distante, inalcanzable, a salvo. Mi cuerpo comenzó a estirarse como jebe, su mirada, sus ojos me succionaban, yo tenía que hundirme en ellos.

“Lindito” me puso una mano sobre el hombro y me hizo aterrizar.

-       Así es mi hijita Micaela, le caíste bien.

Seguía desconcertado, mis labios mudos y temblorosos me delataban. Revisé en mis recuerdos, en mi experiencia, revisé las páginas de Carreño y no encontré cómo salir de esta situación. Mis mejillas parecían hervir, mi piel era ahora una mucosa y mis labios se negaban a obedecer.

-       Vamos “Cernícalo”, tómate un vaso – apareció “Lindito” salvándome – pocas veces se pone tan contenta, ella es autista.

 

La puerta de la salita se abrió y entró un sub oficial llevando un maletín y un colgador de ropa con dos camisas de uniforme, tras de el se sentían las pisadas enérgicas del comandante, me puse de pie y adopté la posición correcta para saludar a un superior. El comandante ingresó, sentí un frío que no identifiqué si era de alivio o de agobio, le saludé casi gritando:

-       Buenos días mi comandante.

Siguió directo a su oficina, sin mirarme y cerró la puerta como si yo no existiera.

Pasaron los minutos y mi estómago ocupaba todo mi cuerpo, se revolvía de impaciencia, trataba de imaginar cómo sería el despacho del comandante para combatir la impaciencia, me parece que nunca sentí la angustia que ahora siento, debe ser el resultado del curso. Si, eso es.

Me sorprendió en mis pensamientos cuando se abrió la puerta del despacho y de un salto me puse en atención, el comandante se puso frente a mi y me miró de pies a cabeza, como tratando de encontrar alguna falla en mi uniforme.

-       Así que tú eres el anormal que quiere malograrme el curso – dijo en voz alta – otro que nada hasta la orilla para ahogarse.

-       No mi comandante – grité disciplinadamente – jamás haría eso.

-       Usted conoce las reglas, la prueba final es la demostración individual que me sirve para saber que he cumplido con formar un comando, tiene que ser individual – remarcó esto último mientras aspiraba de su cigarrillo que apareció como por birlibirloque – ¿Es consciente de lo que ha hecho? Ahora, su compañero se va a recibir y usted no, quizás hasta quede como un antecedente en su legajo – dijo mientras expiraba el humo en mi cara.

El día anterior había terminado nuestra preparación, el curso de comando policial. La prueba final era una marcha de campaña, una prueba de supervivencia, nos dejaron en los cerros más elevados de Laraos, un distrito de Huarochirí, en la parte alta de San Mateo, con escasa ropa y casi nada de alimentos, nuestro fusil, una topográfica y cuatro días para llegar al estadio Santa Lucía de Barrios Altos caminando por sitios inhóspitos. El recorrido tenía algunos puntos de control por los cuales teníamos que pasar, formamos grupos de cuatro para esta prueba, “Lindito” comandaba mi grupo. Como siempre, nos mantuvo unidos y su apoyo fue importante para llegar todos juntos en la madrugada del cuarto día. Pensábamos que arribar al estadio era la etapa final pero nos equivocamos. Nos tuvieron dos horas haciendo ejercicios, luego nos formaron y partimos corriendo hacia la base que se encontraba bajo el puente Balta antes de que el sol saliera, esta vez nos dieron un tiempo máximo para llegar, el que llegaba fuera del tiempo sería desaprobado.

Todos estábamos preparados para hacer este último tramo sin problemas, tanto así que “Lindito” nos dejó en libertad para correr, “cada uno por su pellejo” nos había dicho. Así que empezamos a correr, el tiempo se convirtió en la carga más pesada esta vez, los instructores que estaban apostados a los costados de la ruta nos gritaban “vas bien”, “están en el tiempo”, “respiren con calma, falta poco”. Para evitar el cansancio en este tipo de pruebas normalmente llevamos nuestra mente a otro lugar, evitamos pensar en lo que falta para llegar, en el cansancio y en cualquier idea que signifique un peso más. “Sobrado, te faltan dos cuadras” escuché gritar a alguien y me puse alerta, me invadió un presentimiento “¿Y Lindito?”, me pregunté. No lo veía, desaceleré un poco y a uno de los instructores le pregunté

-       ¿Ya pasó Lindito?

-       No, tu eres el quinto.

Reduje la velocidad de la marcha, dejé pasar varios corredores y ninguno era “Lindito”.

-       Sigue corriendo, ya falta poco – me gritó alguien preocupado.

Estaba trotando sobre un mismo lugar esperando que apareciera “Lindito” y nada. Mi angustia aumentaba con los gritos de los instructores animándome a seguir. Entonces lo vi, venía con la cabeza bastante inclinada, cojeaba notoriamente y tenía la palidez que tienen los que se saben derrotados a pesar del esfuerzo que hagan.

Me acerqué, su mirada estaba perdida, se había torcido el tobillo y se notaba en cada paso cómo convertía su dolor en valor, intentaba seguir pero no sería suficiente, le quité su fusil, me lo puse en el hombro y comencé a empujarlo hacia la meta. Era pesado, mis brazos se cansaban rápidamente con su peso, me dolían, los bajaba y apoyando mi hombro en su espalda y también lo impulsaba. Vi sus lágrimas, vi el dolor en sus ojos y a través de ellos percibí la nobleza de su alma, vi a Micaela mirarme y con esa mirada mis fuerzas crecieron.

A los costados las voces que sonaban en mi oído como si vinieran de la bruma “déjalo, te van a joder”, “no lo toques porque te eliminan”, “devuélvele su fusil”, “sigue ya llegan”, “eso es, falta poco”, cada quien opinaba desde su punto de vista. Y en medio de aplausos y ovaciones, llegamos.

 

-       Sabe usted que la ayuda que le dio a su compañero solo lo beneficia a él, usted se perjudica. Son las normas – gritó en mi cara el comandante.

-       Si lo se, mi comandante.

-       ¿Entonces por qué lo hiciste, sabiendo que terminarías fuera? ¿No te interesa? – sus ojos se achinaron como para escrutarme mejor.

-       Sólo puse en práctica lo que me enseñaron, mi comandante – le dije sin pensar.

-       ¿Cómo es eso? A ver explíqueme – votando pequeñas espirales de humo hacia mi cara.

-       La finalidad de este curso es aprender a operar en grupo, que nada ni nadie detenga una misión, me lo dijeron todos los días – expulsé una bocanada de aire para aligerar mis pulmones – salimos siendo un grupo y teníamos que regresar igual, sabemos que al compañero se le ayuda hasta el final, solo si está muerto nos atreveríamos a dejarlo, además, “Lindito” siempre nos ayudó, no merecía quedarse, el hubiera hecho lo mismo, estoy seguro.

-       Pero eso le puede costar el curso.

-       No importa, mi comandante – chillé hinchando el pecho – “Lindito” se lo merece, el más que ninguno de nosotros tiene derecho a graduarse. Y si ese es el costo, lo asumo porque siento que es la obligación de un comando. Y créame, también me sentiré un comando, toda la vida, y siempre obraré como tal, mi comandante.

Su mirada parecía ablandarse, me tomó la mano, por un brevísimo instante creí sentir un extraño afecto, lo miré a los ojos y noté la calma y la sapiencia de los hombres justos, pero de pronto volvió a endurecerse.

Volteó mi mano, con la palma hacia arriba y apagó su cigarrillo en mi mano. No sentí nada.

-       Puede retirarse comando, ya veremos – me dijo.

Salí de la oficina temblando, tratando de descubrir el verdadero significado de sus palabras.

Caminé sintiendo que iba por un sendero nuevo, nunca transitado, faltaban dos horas para la ceremonia de graduación, me senté sobre un ñaño abandonado, sin número, prendí un cigarrillo y aspiré todavía temblando. A lo lejos veía las carpas, parecían nuevas, desde aquí las lonas levantadas de sus ventanas sonreían quizás tratando de animarme, estaban de fiesta. Aspiré profundamente, la melancolía me invadía.

Caminé hacia el grupo lejano y sentía una mirada detrás de mí. Vinieron a mi mente los ojos nobles de “Lindito”. O quizás de Micaela.

 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...