Lo conocí cuando ingresé a trabajar a la administración pública, en la época en que me convertí en un verdadero burócrata. El era el Jefe de la Oficina del Ministerio del Interior, en donde trabajábamos una docena de empleados, encargada de la selección de personal civil para todo el sector y, como suele suceder en la administración pública, esto le otorgó cierto poder y posición.
Se le conocía como “Tatis”, su nombre no viene al caso recordarlo, si se preguntan el porqué de este apelativo, pues tampoco lo se, lo cierto es que el no estaba enterado de este sobrenombre y cuando nos referíamos a el lo hacíamos en voz baja.
Era un tipo casi bonachón, pues tenía sus ratos extraños durante los cuales parecía no conocer a nadie, era costumbre encontrarlo meditando sobre aspectos filosóficos con los que luego sorprendía a todos. Recuerdo cuando se pasó más de un mes dándonos explicaciones sobre los cínicos, los estoicos, los epicúreos y los neoplatónicos. Nadie le entendía, durante ese lapso cuando se acercaba a algún grupo de los que con el trabajábamos era normal que saliéramos corriendo, todos recordábamos de pronto una tarea pendiente pero siempre había uno, el menos despabilado o el que se encontraba de espaldas cuando Tatis atacaba, que tenía que aguantar la clase de sofismas y temas similares.
Por cierto que tenía otras cualidades, por ejemplo veía las películas que le gustaban hasta aprendérselas de memoria y luego las analizaba, casi escena por escena, encontrándole mil y una interpretaciones, además de la que el director de la película pretendía darle; y, por supuesto que éramos nosotros el obligado auditorio de estas ficciones. También era un poco despistado con los tiempos, era común que llegara a trabajar cerca del mediodía por que decía que se había quedado dormido recién a las tres o cuatro de la mañana, después de estar repasando una de sus películas o por encontrarse dedicado a escribir alguna de sus observaciones filosóficas, no le importaba si había trabajo o no.
Tenía también la cualidad de parecer honesto, porque a ciencia cierta no lo era. Sólo porque no quería. En realidad no teníamos muchas evidencias de haber utilizado el cargo para hacerse millonario. Pero, un seguimiento no muy especializado de su movimiento económico daba cuenta que, precisamente después de un proceso de selección, Tatis, había cambiado su vehículo por uno más moderno, o había vendido su casita para comprarse una mejor (había vivido en El Agustino, La Victoria, Lince, Jesús María, San Borja y ahora en La Molina), y muchos de los contratados gracias a los procesos que el dirigía le decían padrino. Hasta ahora no se si esto era una torpeza de su parte o una consecuencia de su interpretación filosófica de las cosas.
Tatis también era un soberbio tacaño, miserable, era incapaz de gastarse un sol si no era por una extrema necesidad, recuerdo que le decíamos que era más duro que carne de loro. Siempre que íbamos a la cafetería del ministerio o no tenía sencillo, o se demoraba en sacar el dinero para pagar la cuenta o se encargaba el de pagar la cuenta, cobrando a los demás y quedándose siempre con los vueltos. Como era el jefe no podíamos decirle nada. Tenía la certeza de que por tener esa condición todos los que estábamos a sus órdenes debíamos invitarle siempre. Casi nunca venía con su propio vehículo, prefería viajar colgado en micros y buses que gastar un poco de gasolina. Cuando lo hacía, era porque venía con uno de sus hijos o con su señora. Inclusive con ellos demostraba su tacañería. Cuando quería almorzar siempre se aseguraba que alguno de los empleados lo acompañáramos para hacernos pagar la cuenta, su estilo era darnos las gracias por adelantado, al sentarse a la mesa, recuerdo que les decía a sus hijos, “Hijitos, denle gracias a mengano por la invitación”, comprometiéndonos siempre con el pago.
Era hábil para sacar ventaja de todo, recuerdo que todos los años, como es costumbre, al realizar la bajada de reyes, entre la gente de la oficina lográbamos juntar unos soles para usarlos en el nacimiento del año siguiente, dinero que el se daba la maña suficiente para guardar, el hecho era que el nacimiento completo tenía muchos años que no se renovaba.
Recibía una partida para gastos de administración de la oficina que nadie sabía en que lo gastaba y siempre nos argumentaba de que ese dinero lo empleaba para apoyar a sus superiores, como no había forma de probarle nos dábamos por conformes.
En una ocasión, cuando se casó una de las compañeras se hizo una colecta de veinte soles por cada trabajador comprometiéndose Tatis a poner una parte de los gastos de administración para hacerle varios regalos a la futura esposa, la idea era comprar un microondas, de moda por esa época, más los otros regalos que Tatis pondría de su parte. Justo antes de la ceremonia se presentó el mismo, en nombre de toda la oficina a dejar tres paquetes en la casa de la novia. Durante la fiesta comió, bebió y bailó a más no poder, los padres de la novia, me imagino que en retribución por los tres regalos recibidos lo agasajaron como se debía.
Pero, la sorpresa llegó cuando la novia abrió los regalos, uno contenía el microondas sin caja, el otro la caja del microondas con los accesorios y el tercero contenía los manuales y un libro de cocina que regalaban por la compra del microondas en SagaFalabella. Finalmente el se salió con la suya, como era su costumbre, compró un regalo a un costo menor que el dinero que habíamos recolectado y gozó de la fiesta como si hubiera sido suya.
Tatis tenía dos hijos, un varón y una señorita, recuerdo que el varón era un jipi pero de verdad, según me confió el mismo Tatis, cambiaba de ropa cada cuatro años, comía sólo verduras, no tenía interés por estudiar ni le interesaba trabajar, frecuentaba algunos grupos que hacían vida en comunidad, procurándose entre ellos mismos su alimentación y sus otras necesidades. Ya hacía algunos años que Tatis había dejado de preocuparse de el.
En cambio con su hija era diferente, estudiaba en la Unifé, le compraba las mejores ropas, aprovechaba cualquier ocasión para mostrarla, y, ella era muy educada, se notaba que tenía una educación de colegio de monjas y tenía el perfil de una futura profesional exitosa. Sin embargo, ni ella podía ablandar los bolsillos de Tatis. Con frecuencia me preguntaba para cuándo guardaba todo su dinero.
Recuerdo que por esa época trabajaba con nosotros un joven (joven por su apariencia pero de edad incierta, como casi todos los cholos cajamarquinos, siempre aclarando, uso esta expresión por parecerme más literaria y sin la menor intención peyorativa), a quien llamábamos “muchachito” Guerrero, por su apellido, que durante etapas, sobre todo durante los procesos de selección de personal se convertía en el brazo derecho de Tatis. Este era un tipo soberbio, pretensioso, muy merecido, creía que todos le debíamos favores. Era de los que “dan una aguja y sacan una barreta”, a todo y a todos nos sacaba provecho, tenía una rara habilidad para adelantarse a los hechos y actuar siempre de tal manera que salía ganando, sin importar a costa de quién, no hacía nada sin antes estar seguro de que obtendría algún beneficio, miraba a todos por sobre el hombro y le gustaba salir con muchachitas de aquellas que por un pollo a la brasa se prestan para acompañarnos, mostrándose por todos lados con la intención de aparentar ser un conquistador. Pretencioso como el solo, muchas veces le escuché decir que estaba buscando la oportunidad de dar un “braguetazo” con la hija de alguna familia adinerada, cosa que creía poco probable por la calidad de chicas que frecuentaba (vuelvo a señalar que mi intención es solo literaria). La verdad es que a la mayoría nos caía mal. Pero así como era el brazo derecho también tenía épocas en que peleaba con Tatis. No teníamos la certeza pero presentíamos que se originaban por cuestiones de repartijas.
En este ambiente trabajé algunos años, no exagero si digo que aprendí mucho sobre el comportamiento de un burócrata, gané experiencias que luego me sirvieron como oro en los trabajos que desempeñé posteriormente y soy sincero y a la distancia le envío un gracias a Tatis.
Hago esta evocación por que hace unos días me crucé con Tatis, iba en la parte posterior de un Mazda deportivo del año, lo seguí durante algunos metros con mi carcochita y pude ver que a su lado iba su esposa, siempre tan digna ella. No me llamó la atención reconocer a su hija al lado del conductor, seguía teniendo la apariencia de niña triste con que la recordaba, agobiada por los límites que le ponía su padre. Pero juro que si me causó una gran sorpresa ver que quien conducía el vehículo era “muchachito guerrero”, con la misma actitud cerril con que lo recuerdo, la nariz levantada como desafiando cualquier circunstancia de la vida y ufanándose por estar donde estaba.
Recordé entonces uno de los refranes que usaba mi abuelo, que me pareció digno para esta ocasión y que me hubiera encantado decirles a cada uno de los que fueron mis compañeros en esta etapa de mi vida “Que cada palo aguante su vela”.