LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

miércoles, 27 de septiembre de 2023

NERUDA ENTRE BALAS

Qué difícil es levantarse después de haberse tomado algunos tragos y, sobre todo, haber fumado tanto, el cuerpo se resiente cada vez más. La edad le dicen. Sólo queda meterse a la ducha y despertarse por completo bajo el chorro frío, helado, cantando alguna canción, la que primero llegue desde mis recuerdos. Pero hoy no viene a mi mente ninguna canción, mi pensamiento está ocupado con el seguimiento que voluntariamente me he asignado, como si no tuviera tanto trabajo atrasado, mi jefe ya comienza a incomodarse porque ya no produzco como antes. El agua fría me hace recordar mis sueños. Como siempre la veo a ella, pero hoy la vi de luto.

Trato de pensar en otra cosa pero ella no me deja. Qué puedo hacer, van cuatro años que no hablamos y más de cinco que me dejó, y todavía cada vez que me despierto mis pensamientos son de ella; es un decir cada vez que me despierto, porque en realidad es   todo el tiempo, si sueño es por ella, sigue siendo el personaje principal. No se cuánto más me tomará olvidarla, en realidad no se si quiero. Quisiera que volviera.

Tengo que apurarme, como siempre el desayuno lo voy a dejar para más tarde, creo que debo intentar acostarme más temprano, haber cambiado los cigarrillos por el vape no está dando resultados. Al final va a terminar matándome, total, de algo hay que morir y para mí, solo cuenta morir como policía.

Hace frío y la calle está húmeda, se nota que ha llovido bastante, posiblemente toda la noche, es una mañana oscura, el marco adecuado para mi vida, desde que ella no está.

Con el motor del auto encendido ordeno mis ideas mientras vapeo llenando de una niebla perfumada y densa el auto, cierro los ojos, aclaro mi mente esperando encontrar espacio para organizarme, pero allí está ella otra vez, tal y como la recuerdo, sus grandes ojos negros, profundos, bulliciosos capaces de hacerte prisionero en una cárcel de la que intuyes será imposible escapar.

Como dijo ¿Pablo Picasso? No, fue Neruda “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido” ¿Pero cuán largo? No tengo la más mínima idea, ya se que el amor siempre es corto, sobre todo para mi, pero ¿el olvido será para siempre? No la puedo sacar de mí, me sigue doliendo todos los días, he intentado reemplazarla, pero en vano. Ella sigue siendo infinita, real, penetrante y hermosamente absoluta, sin tiempo, sin pasado ni futuro, ella es el ahora eterno. ¡Carajo¡ las cosas que pienso. Con razón las mujeres que me conocen me dicen que soy romántico. Odio ser romántico. Odio a Bécquer tanto como a Isaacs. Y a ése Pablo.

Ni el exceso de licor, de desenfreno, de regodeos, ni la cercanía a la demencia han disipado en lo mínimo los recuerdos, maldita memoria la mía que me fuerza a mantenerla. Está acabando con lo que me queda de vida ¿mi memoria o el recuerdo? No lo se, al final coinciden fundiéndose en el mismo dolor. ¿Es que no la quiero olvidar? Pues no, es lo que más deseo ¿Debo olvidarla? Claro que sí ¿Quiero seguir recordándola? Definitivamente si. Entonces todo se vuelve un círculo del que no espero salir pero tampoco se a dónde me lleva. Ni siquiera me interesa llegar a algún dónde. Así tengo que seguir viviendo, difícil ¿dolor? ¿Cuál dolor? Siempre hay cosas más importantes que el dolor. Por ejemplo, ir tras de ella intentando respirar el aire que ella exhala.

Conduzco unas cuadras y me estaciono cerca de la entrada del supermercado que él administra, es su último novio, a veces la trae del brazo, se les ve tan felices, ella cada día más bonita, más mujer, más ángel. A él se le ve bien pero no me importa. ¿Será que el dolor no deja espacio a la envidia? Ya debería dejar de seguirlos, pero no creo que lo haga ahora.

Después que ella me dejó sin decirme el motivo o nada parecido, cuando solo pronunció “Adiós, que te vaya bien” y me dio la espalda de la manera más gloriosa; después de un tiempo todavía seguíamos siendo amigos en las redes. Yo visitaba sus perfiles durante el trabajo, cuando buscaba información de los delincuentes que perseguía siempre me daba tiempo para encontrar algo de ella. He reunido tantas imágenes, sus imágenes, que podría hacerle una biografía gráfica. Y ella mutis, ni una llamada. Recuerdo la primera sorpresa, desesperación después, que me invadió cuando descubrí que me había bloqueado hasta en su teléfono, comenzó el dolor y el acecho. No se cuándo acabarán, cuando acabaremos. ¿Nunca?

Me di la maña para “coincidir” con ella en algunos lugares, nunca me rechazó un beso de saludo en la mejilla, pero no pasamos de “hola, que tal”. Cada beso frío tardó semanas en desvanecerse, el último lo llevo cuatro años conmigo. Guardo todos sus números en mi celular, quizás alguna vez me llame, la sorprendería diciéndole “hola querida…”, como le gustaba. Pero no ocurrirá, quizás en nuestras siguientes vidas.

La primera vez que la vi caminar con otro hombre me invadió una angustia que casi me mata, luego lo superé, si siempre le decía que jamás haría algo que la dañara y, odiar a la persona que la acompaña quizás sea hacerle daño. Nunca más me volvió a importar quien anduviera a su lado, todos son insignificantes eventos al lado de ella. Y ella camina del brazo de ellos, hermosa, hermosa, tan hermosa como se le puede ver, pero pocos sabemos que es mucho más de lo que muestra. A todas sus parejas los enumeré, éste es el quinto. Para ella el amor es tan cómodo. Y le cae perfecto.

No me produjo sentimiento alguno conocer al tuno que ahora la acompaña, como si fuera un ornamento a punto de caer. Me dio la oportunidad de evitar manejar hasta la casa de ella para poder verla de lejos, como habitualmente lo hago, ahora, espero en el supermercado, los veo llegar a pie, luego de algunos minutos salen en un auto de la empresa y la deja en su trabajo. Cuando ella se despide con un beso, aspiro y lleno mis pulmones, quizás el aire me traiga el sabor de sus labios. Luego manejo hasta mi unidad policial a lidiar con mis casos pendientes.

Aprendí su rutina. Un día a la semana él viene solo, y apenas lo veo me voy al trabajo de ella y espero, la veo caminar, flotar, inmensa como siempre, aspiro el aire como fiera olisqueando a su presa, para percibir su perfume. Me alimenta.

Ya llevó algunos minutos estacionado a buena distancia del supermercado, esperando que lleguen juntos, aunque ahora pienso tomarles una foto con el teléfono para verla cuando quiera. Vapeo un poco y pongo las noticias en la radio. No llegan, cambio de radio, mucho crimen, robos, asaltos, sicarios, quiero música, la que ella escuchaba. Veo pasar un vendedor de café al paso, sin pensarlo me bajo y le pido uno acompañado de un pan con palta, a esta hora me saben a gloria. Entonces lo veo venir, hoy le tocó llegar solo, pago apresurado lo consumido, miro la hora en el celular y calculo que tengo tiempo más que suficiente para llegar a verla. Pero se me ocurre tomarle una foto a él, puede servir para algo.

Enfoco la cámara del celular, parece apurado y lleva un pequeño morral de color rojo con el logotipo del supermercado, el mismo que lleva siempre que llega solo, cuadro la imagen para que se vea el morral, se me ocurre importante.

Un par de semanas atrás, mientras buscaba al testigo de uno de mis casos atrasados, entré a un casino y allí lo encontré, llevaba ese morral rojo; jugó hasta las siete de la mañana, hora en la que salió directo a trabajar. Lo vi perder bastante dinero que sacaba de su inseparable morral rojo. Por la mañana indagué en su trabajo, con la experiencia que tengo fue fácil enterarme que tomaba dinero de las ventas del día y lo usaba para apostar; si ganaba, devolvía el dinero que había tomado, si perdía, esperaba su próxima visita al casino con la esperanza de ganar y reponer lo tomado. Lo último que había averiguado, estaba pendiente confirmarlo, es que se había prestado dinero de un “colocho” para reponer el faltante, aunque no era una gran cantidad.

Mientras enfoco la imagen algo llama mi atención, un auto rojo se ha detenido de pronto frente a la puerta del supermercado, es zona prohibida. Mi cuerpo se tensa y mis sentidos toman el control, mi mente escanea todo lo que sucede alrededor y fija lo que pueda servir en caso de una intervención, es mi instinto policial, así funciona. Bajan dos tipos del auto por las puertas del mismo lado, los dos miran al mismo sitio y entones percibo que llevan armas de fuego. Espero, siempre lo hago, uno o dos segundos para tener la certeza de qué intentan para decidir qué hacer. Así funciona. Tomo mi pistola de la sobaquera, pero no la saco, no es el momento. Soy de los policías antiguos, sólo desenfundo el arma cuando se que la voy a enfundar con honor. Se dirigen hacia él y tienen los ojos fijos sobre el pequeño morral rojo, entiendo de qué se trata. Calculo las distancias y me pongo en movimiento, lento como un león preparándose para saltar a su presa, saco la pistola y la rastrillo, a mi alrededor todo se detiene, las cosas que son irrelevantes son borradas de mi mente. Así funciona.

Mi mente repasa en una milésima de segundo las cosas que tengo que hacer para salir bien librado, es un checklist de los procesos mínimos para asegurar mi integridad, lo principal es que debo tener a todos los que están armados a la vista, apenas alguno me apunte debo disparar dos tiros, uno a la cabeza otro al pecho, así me entrenaron para actuar en estas situaciones. Así funciona. Miro al que quedó en el auto y no está en posición de riesgo para mí, por lo menos por ahora. Lo reconozco, es “Armandito”, mi objetivo actual, al que vengo buscando día y noche. Confirmado que se trata de un asalto. Es la modalidad de “Armandito”, aunque nunca ha asaltado de día, es él. Siempre va a lo seguro, hace seguimiento a sus víctimas. Debo estar volviéndome perezoso, no advertí nada mientras observaba al hombre que disfruta de la mujer que extraño.

Veo a los dos tipos que bajaron del auto apoderarse del pequeño morral rojo, su propietario no opuso mucha resistencia y a pesar de ello le revientan la cabeza de un golpe con la cacha del arma. Seguro que ha gastado todo el dinero pues podía haber puesto algo de resistencia. Es el momento de actuar.

Corro hacia ellos centrando mi arma en el más cercano, “Alto, policía…” me escucho gritar, mi voz suena igual que al de muchas veces. Veo la sorpresa en los ojos de los bandidos, los de la víctima también están helados, me mira, hay asombro en esa mirada, esperaba miedo o un pedido ahogado de auxilio. Mientras los hechos suceden en cámara lenta mi mente vuela, voy repasando la teoría ¿Debo disparar al aire? Me respondo que no, estoy muy cerca ya y eso podría darles tiempo a que me disparen. Pero ¿Qué es esto? Ahora entiendo la mirada de sorpresa de él, la casaca se le levanta un poco y advierto lo que parece el pequeño morral rojo metido entre la correa del pantalón, son dos. Analizo a quién disparar primero, siempre al que me está apuntando o al que está próximo a hacerlo. Si es diestro debo moverme a su derecha y si toma el arma con la izquierda debo moverme hacia su izquierda, para aprovechar el movimiento de la mano que el tirador urgido por disparar hará hacia el centro de su cuerpo. El de la derecha es zurdo y el de la izquierda es diestro. Debo decidir a quien disparar primero. Puta madre, lo que faltaba, los dos me apuntan y es igual de peligroso  moverme para cualquier lado, perdí la ventaja.

Entonces, una duda me envuelve, como una luz ámbar de algún flash disparado desde dentro de mi ¿Y si le disparo a él? Al novio ¿No es esta la oportunidad que esperaba? Puedo deshacerme de él. No creo que ella sepa nada de lo que está pasando, la conozco. Cuando estábamos juntos salía corriendo de nuestras citas para no llegar tarde al trabajo, se de su carácter, sus virtudes, su delicadeza. No, ella no participa en esto.

Acabo con él y con uno de los delincuentes y tendré una oportunidad para mi. Le puedo dar en el cuello, así es fácil que la bala lo atraviese y se pierda. No podrán probarme nada. Con uno o dos delincuentes abatidos su muerte sería un daño colateral inevitable. ¿Y las cámaras? Toda esta zona está vigilada, las cámaras pueden ser muy objetivas pero no graban nuestras intenciones. ¿Qué estoy pensando? ¿No había prometido nunca dañarla? Pero es quizás la mejor oportunidad para terminar con este largo olvido.

Voy a disparar al de la izquierda, es el más corpulento, menos probabilidad de fallar, uno, dos. En menos de un segundo. De pronto tropiezo y caigo al suelo, el ruido de los disparos de alguna manera amortigua mi caída, como un colchón aparecido del humo de las balas.

No entiendo cómo dejé pasar el objeto con el que tropecé, definitivamente la falta de sueño y los excesos comienzan a hacer mella. Intento levantarme rápido pero me es difícil, el golpe fue fuerte. El eco del último disparo sigue retumbando en los espacios entre mi cuerpo y mi ropa. No puedo ver mucho desde donde estoy, apenas si logré sentarme. Entonces llega ella. Si, es ella. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar, no hay duda, es la mujer que alimenta mis penas. Levanto mi mano izquierda para que me ayude a erguir, porque con la derecha sostengo el arma. Siento su mano fría, al trasluz percibo sus formas, coinciden a la perfección con mis recuerdos.

-       Hola querida – le digo – no esperaba verte.

No me contesta pero su mirada me habla, me dice que también está contenta de verme, también me extraña y que es una pena volver a vernos así. Acerca su mano a mi rostro, su mano de ángel y huelo su perfume, es el de siempre, intenta cerrarme los párpados y acepto de buena gana. Solo es mi imaginación. Lo dije, ella está siempre en mi mente.

En el último instante logro ver a un asaltante tirado en el piso, al más corpulento, tiene clavadas mis dos balas, no hay más que hacer. ¿Para el o para mí?

El otro asaltante sube al auto que arranca, pude ver que llevaba el pequeño morral rojo. Un cansancio bastante agradable e inexplicable me acomete, intento resistirme pero es evidente que es más fuerte que yo, me dejo llevar. Otra vez el rostro de ella, sus ojos grandes en armonía perfecta con su sonrisa original. Quiero volver a hablarle, ¿para qué? Es solo una ilusión mía, ella es un espejismo, desde que se fue, un eterno espejismo. Disculpa, ahora tengo que preocuparme por mi, luego será, seremos.

Me toco el pecho y lo siento bastante húmedo, cálido, todos los asuntos pendientes de mi vida se diluyen entre mis dedos, el tiempo que me queda se va desvaneciendo, como el amor frente al olvido, como los recuerdos frente al presente. Si, nunca te haría daño. Otra vez recuerdo a Pablo, Neruda, “Eso es todo. A lo lejos alguien canta, a lo lejos”.

 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...