Poco tiempo antes se había percatado que era
un poco más de la medianoche, pero como le sucedía siempre que empezaba a
revisar los archivos de su computadora encontraba fotos, canciones, imágenes y
otras cosas que se ponía a revisar y el tiempo se le iba y terminaba haciendo
menos cosas de las que se había propuesto. Era imposible hacerle un buen
mantenimiento a su laptop.
Pero ahora había encontrado un screenshot de
whatasapp que hizo que inmediatamente le vinieran, como un tsunami, cantidad de
recuerdos que se entrecruzaban y pugnaban por robarle su atención, haciendo que
su cuerpo temblara y algunas partes de el se le escarapelaran.
La captura de pantalla era un diálogo que por
alguna razón, que ahora no recordaba, había guardado, eran unas líneas entre
ella y uno de sus ¿enamorados? ¿compromisos? ¿novios?, no sabía como llamarlo.
Lo leyó y releyó varias veces como pretendiendo traer cada uno de los momentos
que la llevaron a escribirlo, consiguiendo que, más recuerdos se agolparan en
su cabeza, al punto de llegarse a intranquilizar. Lorena sabía que no le
convenía llegar a ese estado que le ocasionaba una profunda melancolía, no
tanto por lo que significara la relación, sino por mirar hacia atrás y
descubrir todas las cosas que había vivido y que ahora pretendía olvidar,
enterrar en el pasado, borrar cada vestigio de esa vida que ella decía
superada.
Eran solo unas líneas sobre el fondo clásico
del WhatasApp®, de un poco más de cinco años atrás, por alguna razón había
capturado la pantalla a las 2:42 pm, pero las líneas escritas iban de las 11:08
pm a las 11:11 pm de unos días antes con seguridad. En la cabecera decía “Señor
Cueva” al lado del ícono de identificación, que era el rostro del hombre con
quien tuvo una relación secreta, prohibida y corta.
Ella había escrito “Supongo que la 3 puede
ser que existan horarios… Tampoco me gusta saberlo en circunstancias…Así como
me cuenta”, el le había contestado “Como sería? Parece complicado”. En seguida
había contestado “Ya veremos…es precedente de la 2…Ya que vamos a respetar la U
y el trabajo…Nos queda…Casi una hora al día para hablar…Jajaja”.
Terminó de leer y lo marcó para borrarlo.
Entonces se quedó pensando mientras los recuerdos comenzaban a ordenarse en su
cabeza.
Recordó que con José Luis, de quien “Señor
Cueva” era el sobrenombre que le servía para que ojos curiosos no lo
identificaran en caso llegaran a fisgonear su celular. Ingresaron a trabajar
juntos a la empresa, el era administrador y ella técnica en recursos humanos, a
el le designaron como jefe de varias unidades y ella era una de las empleadas
encargada de la administración del personal, dependía de el aunque varios
escalones abajo. Tenían algunas cosas comunes, ambos estudiaban en
universidades aunque diferentes, el una maestría y ella administración, les
gustaba la misma música, llegar temprano e irse al último, desayunaban y almorzaban
lo mismo y casi siempre se encontraban conversando de algún tema que les
interesaba a ambos.
Al cabo de pocos meses ella terminó
deslumbrándose por la personalidad de el, de su inteligencia, su paciencia y su
costumbre de explicar siempre al detalle la cosas, le parecía un hombre
interesante; en cambio el, a pesar de pasar muchas horas juntos no demostraba
ningún interés, aparte del laboral por ella, quizás por ser casado. Eso la
desconcertaba un poco porque se sabía bonita, era bonita, tenía buen cuerpo y
era atractiva para solteros y casados. Durante un día normal, durante muchos
momentos se dedicaba a rechazar ofertas y citas de hombres de toda condición y
estado. Por eso la conducta de José Luis la turbaba.
Un día, tímidamente el la invitó a almorzar,
ella vio la ocasión para hacerse notar más de lo que pensaba la consideraba, le
contestó que no podía, que primero le explicara cuáles eran sus intenciones
pues el era un hombre casado y ella una señorita con novio. Para su sorpresa el
no se mostró extrañado sino que le dio muchas justificaciones, todas agradables
para ella, le habló de su belleza, de lo grandioso que era conversar con ella,
de lo bonito que sonaba su voz y de lo encantadora que se le veía cuando
sonreía, “habemos hombres que nos contentamos con almorzar en compañía de una
mujer valiosa como tu, sea cual fuere el riesgo” le había dicho. Esto la
convenció, pero para hacerlo intrigante le dijo que en otra ocasión.
Pasaron unos días y ella se preocupó porque
el no la volvía a llamar, entonces decidió tomar la iniciativa. Lo ubicó en el
FaceBook® y después de presentarse y saludarlo le pidió que le diera una
definición del amor y la fidelidad mencionando que era para un trabajo de la
universidad. Después de escribirle algunas definiciones personales e
interesante el volvió a invitarla a almorzar y ella tras hacerse la difícil
aceptó.
Salieron algunas veces pero la otra relación
que ella tenía con su “novio” y el hecho que el fuera casado hacía difícil el
que se pudieran ver fuera del trabajo y dar un paso adelante, además que era
riesgoso porque la empresa prohibía la relación entre sus empleados, si esta no
era declarada y se descubría ambos eran despedidos, si era declarada a tiempo
uno de los dos tenía que renunciar; y, ninguno de ellos quería dejar el puesto.
El screenshot que estaba leyendo era de esos
días, cuando ella aún no lo tuteaba y el ya le había amenazado, después de la
segunda cena que tuvieron, que el siguiente paso sería robarle un beso, lo que
significaba que quería seguir adelante. Ella le propuso entonces, crear algunas
reglas para que las cosas salieran bien y ninguno saliera perjudicado.
Acordaron comunicarse por WhatsApp, en lo posible no usar el teléfono “pues no
puedo ocultar mis emociones fácilmente” había dicho Lorena.
Decidió no borrar el pantallazo que instantes
antes había marcado sino hasta recordar las reglas que habían creado. Comenzó a
hurgar en su memoria con ansias, el hacerlo la llevaba casi a un punto de
excitación, sentía todo su cuerpo sudar frío con ese temblor previo al éxtasis.
Vino a su mente la cuarta regla “Utilizar
solo el WhatsApp®”. Esta regla había sido propuesta por ella, con esta
mensajería instalada sólo en su teléfono tenía el control absoluto de su
privacidad, nadie podría, ni por casualidad, enterarse de la relación que tenía,
evitaba usar la computadora para comunicarse y así asegurarse de no dejar nada
abierto cada que se levantaba de su puesto o cada que se acercaba alguien a
ella mientras trabajaba. Y vaya que esta regla funcionó bien, chateaban en
cualquier momento, incluso en horas de la madrugada, era excitante saber que el
estaba escondido en algún rincón de su casa para que no lo sorprendieran
mientras chateaban, intercambiaban mensajes y fotos a cada momento y cada uno inventaba
mil formas para no ser descubierto. Ella manejaba con mucha habilidad los
emojis para hacerle saber a el su estado de ánimo, el de inmediato se daba
cuenta y procuraba sintonizarse con ella. Las cosas que se decían antes de un
encuentro eran el preludio perfecto para un momento de amor intenso en algún
cuarto de hotel, cuando se encontraban no necesitaban decirse mucho, casi todo
lo habían dicho ya en el chat.
Luego recordó la tercera regla “Respetar los
horarios sin celos”, también propuesta por Lorena. Un tema importante pues
ambos debían respetar el tiempo que dedicaban a su relación formal y sobre todo
evitar los celos, por lo menos no demostrarlos. Ambos descubrieron que la mejor
forma de no sentir celos era evitar los mensajes en horas que sabían que eran
dedicadas a su relación formal, mensaje que no se contesta estimula la
imaginación; y, sobre todo no preguntar, no se puede sentir celos de lo que no
se sabe. A pesar del esfuerzo ambos pusieron a prueba su capacidad para superar
situaciones que los llevaron al límite de la razón, era imprescindible dejar
los celos de lado para continuar con la relación.
“Respetar la Universidad y el trabajo” fue la
segunda regla, la propuesta fue de ambos, coincidieron en ello pues sabían que
su relación además de prohibida era peligrosa, vivían al filo de la navaja,
cada encuentro, cada salida tenía que hacerse planificada y coordinada al
milímetro; para esto les servía mucho el WhatsApp y las llamadas telefónicas
cuando sabían que no habían testigos. Aprendieron a movilizarse por las
sombras. A pesar que el la esperaba a la salida de la universidad y a la salida
del trabajo nunca se dejaron ver, pasaron muchos sustos y situaciones
complicadas, como cuando tuvieron que esconderse en los baños de un restaurante
por más de dos horas porque otros empleados del trabajo llegaron cuando ellos
se encontraban a punto de terminar. O aquella vez que entraron a un karaoke y
se dieron cuenta que dentro de el se encontraban dos personas conocidas y no se
movieron de aquel lugar oscuro que tuvieron que elegir hasta que tuvieron que
retirarse a la carrera, aprovechando que ellos fueron a los baños.
Como siempre los recuerdos llaman más
recuerdos, o son la excusa para sentirnos melancólicos reviviendo sentimientos,
por eso dicen que recordar es vivir, a pesar que muchos de ellos son como heridas
que nunca cierran, cual frutos que nunca maduran y nunca se desprenderán de la
rama, poniéndose añejos al punto de hacer peligrar a la planta toda. Los
recuerdos nos envuelven, nos devuelven emociones a veces perdidas, nos
castigan, nos duelen. O simplemente nos apenan y llenan algunos espacios de
nuestro espíritu porque nos sentimos responsables de cosas que pasaron. Lorena
se sentía confundida y emocionada, sentía su corazón cerca de sus oídos. Miró
la hora, la una y media.
Sin querer había entrado a su correo
electrónico y encontró todos los mensajes de José Luis que nunca había leído,
los había marcado como spam. Era fácil reconocerlos, pese a que venían de
diferentes cuentas porque siempre tenían como remitente a “Angelito”, que así
se hacía llamar para evitar ser reconocido por otros. Instintivamente también
revisó su celular y verificó que tenía todos los números de el en la lista
negra, pese a que ella había cambiado varias veces de teléfono y era probable
que el no supiera el actual.
Esto le permitió acordarse que cuando sintió
que la relación se ponía incómoda para sus planes le puso fin, al principio le
pareció que era de mutuo acuerdo, ambos coincidían en terminar, pero luego
vinieron algunos meses de llamadas insistentes de el, de correos, mensajes,
regalos enviados por mensajería, de intentos de acercarse en el trabajo,
siempre para pedirle que continuaran porque el se encontraba enamorado, no
podía vivir sin ella, que le diera tiempo para tomar una decisión con su
compromiso formal. Le dejaba mensajes encubiertos en el FaceBook haciéndole
saber cómo se encontraba sufriendo. Lorena dejó de estudiar un ciclo en la
universidad para evitar que el la buscara o la esperara a las salidas, había
decidido enterrar todo vestigio de la relación; aún cuando algunos recuerdos de
el la sobresaltaban y le producían un calor inexplicable en sus entrañas tenía
que dedicarse a su nueva relación, también tenía derecho a formalizar y
construir una familia y ser feliz.
Tuvo deseos de abrir alguno de los correos,
sabía que tenía que ser uno de los antiguos pues los correos que recibía de el
estaban programados para reportar en cuanto eran abiertos, así podría engañarle
que había leído un correo por error. Pero no lo hizo. Comenzó a imaginar qué le
habría escrito “Angelito” en cada uno de ellos. Sin duda habría escrito
halagando su belleza de mujer, sus cualidades, que lo de ellos no fue para
siempre pero que el tiempo compartido había sido maravilloso, y agregaría
“gracias por todo amor”, que cuando mires el cielo nublado sabrás que detrás de
las nubes siempre hay estrellas y una de ellas seré yo, mirándote, cuidándote,
presto a acudir a una llamada tuya. También le diría “quiero que seas feliz,
aunque sea con otro, porque te quiero tanto que soy incapaz de hacer algo que
te haga daño”. Y seguramente con alguna frase inteligente, de esas que solía
usar casi naturalmente pero que a ella le impresionaban, como aquella vez que
le dijo que era del tipo de mujer de las que no se regresa porque era el camino
y el destino.
Volvió a marcar y desmarcar la captura de
pantalla sin atreverse a eliminarla.
Cerró los ojos y suspiró mientras con voz
casi callada decía “primera regla: sin enamorarse”.
Regla propuesta por ella y aceptada de inmediato
por el.
Pensó que José Luis no había cumplido esta
regla y que por eso estaría sufriendo, se sintió culpable, como cuando se acusa
a otro por actos que uno cometió, culpable por las promesas que le hizo y nunca
cumplió. ¿Hasta cuándo no podría cumplirla?
Aunque no tenía sueño cerró con fuerza la
laptop y decidió irse a dormir.
PD. Feliz Año Nuevo para todos ustedes, gracias por leerme.