Como todos los humanos también me emociona un
mundial de fútbol. Por ser peruano la emoción se quintuplica, por lo menos, teniendo
en cuenta que, como país futbolero, regresábamos a un mundial después de
treinta y seis años. Particularmente, había dejado de incumbirme mucho con el
fútbol, hasta que nos clasificamos, entonces volvió a prosperar en mi la misma pasión
de antaño, el interés por los partidos de mi selección, aquella que tuvo mil y
un tropiezos pero todos los supo superar, aquella que nos hermanó y resucitó en
nosotros el verdadero interés nacional, nos permitió recuperar nuestra dignidad
nacional ya venida a menos desde mucho atrás.
Volver a sentir las mismas experiencias después
de más de treinta años es como volver a conocer por primera vez, cuatro décadas
más adelante, a alguien a quien querrás para siempre, las ganas con que se
esperan este acontecimiento le ponen un nuevo sabor a tu vida, sobre todo
cuando sientes que ya empezaste la rutina de tu último tramo de vida, cuando tu
línea de expectativas es eso, una línea recta, sin siquiera un pico de
esperanza que te regale buenos momentos y nuevas experiencias, retos y logros.
Había que prepararse para este magnífico
evento. Todos lo hacían, la televisión nos martillaba a cada minuto, los
diarios, las radios, los paneles publicitarios, las conversaciones en las
combis, en los paraderos, en las esquinas, en las colas de las tiendas y hasta
en los colegios y universidades se hablaba hasta no más de la participación de
la selección en el mundial. A veces uno se siente agobiado de tanto fútbol, se
hacen reportajes especiales sobre cada uno de los futbolistas, su vida
familiar, sus mamás son el ejemplo para todas las mujeres del Perú, no interesa
que otra cosa sepan hacer, además de ser las mamás de.
Y en mi caso, mejor dicho en mi casa, también
fue así. Mis hijos, dos hombres y dos mujeres preguntaban a cada rato sobre
hechos futbolísticos, sobre el fútbol del Perú, no conocen más allá de los
nombres de los actuales seleccionados, así que cada cosa nueva que escuchan soy
su inmediato intérprete, historiador, notario; eso me obliga a estar a cada
rato googleando para poder absolver todas sus consultas, es claro que algunas
de ellas no las se o no las recuerdo.
En algún momento me di cuenta que ellos
tenían más interés que yo, posiblemente porque no sienten mayor atracción por
ningún otro deporte que no sea algún juego digital. Puedo ver tenis, fórmula 1,
básquet, béisbol y en general cualquier deporte que me permita pasarme unas
horas frente a la televisión.
Televisión!!!. Con la mamá a la cabeza, mis
cuatro hijos comenzaron a presionarme para cambiar de aparato, querían uno de
65 pulgadas y de buena marca para poder apreciar todas las jugadas de la
selección. Comencé a sospechar que en realidad mis hijas querían ver más de cerca
a sus ídolos, lo digo porque de pronto comenzaron a interesarse por Cristiano
Ronaldo, Allison Becker, Andrés Silva, Paulo Dybala, Toni Kroos y otros, que
resultaron ser los jugadores más guapos de este mundial. Mi hijo también me
presionaba, comentaba que en casa de sus amigos solo veían fútbol en
televisores que se activaban con señales o con la voz. Y de eso se aprovechó mi
señora para darme la estocada final.
Como antaño, cuando los trabajadores
presentaban su pliego de reclamos ante los patronos sin derecho a dar marcha
atrás, una noche me presentaron el presupuesto para la compra del nuevo tv y
los muebles necesarios para su correcta instalación. Estaba comiendo, cosa rara
en mi porque hacía mucho tiempo que no cenaba, cuando recibí el presupuesto, me
atraganté de tal manera que comenzó a silbarme la garganta, los pulmones y no
se qué más. Fue necesario que me tomara un par de antihistamínicos para poder
recuperar la calma.
El presupuesto había sido redondeado en trece
mil soles, en realidad un poco menos pero que importan unos soles más si
redondeando las cifras se hace más fácil llegar a un consenso, sobre todo para
ellos (hablo del recientemente formado frente familiar integrado por mi esposa
y mis hijos, eso me convierte en el patrono).
Como siempre, porque creo que es una buena
costumbre no ceder fácilmente, después de mucho regañar y darle mil vueltas
innecesarias al asunto, cedí por hacer entrega de los trece mil soles,
haciéndoles saber que a partir de entonces la economía familiar entraba en crisis.
Siempre lo hago y cada vez les importa menos.
En realidad me sentía satisfecho, también me
alegraba la idea de ver los partidos de mi selección en un televisor más grande
y de mejor calidad, así que esperé a que el bendito aparato llegara para su instalación.
Y no tardó en llegar. Y con el una nueva
negociación presupuestal. El bendito aparatito había costado casi tres mil
dólares y el presupuesto había resultado insuficiente.
Otra cólera, otra discusión, nuevas amenazas
de la bancarrota familiar, pero sabía que era inexorable ceder. Y así fue. El
costo, casi cinco mil soles más para satisfacer la demanda del frente familiar.
La ilusión de ver la inauguración del mundial
compartiendo los momentos con mis hijos y acompañado de un buen chilcano de
pisco le daba un sabor especial a estos días previos al mundial.
Pero como dicen, uno propone pero Dios
dispone.
Se contrató y se pagó por adelantado a los
que deberían instalar el televisor, era necesario que se construyera el mueble
a la medida primero y sobre el luego iría el televisor.
Lamentablemente no llegaron a tiempo, la
inauguración la vi en el mismo televisor de siempre y sólo. Mis hijos mayores
en clases universitarias y los dos menores viendo otros programas en otros
televisores de casa. Ah, tampoco hubo pisco, ni puro ni en ninguna de sus
formas, la discusión previa con la jefa del sindicato por la frustrada
instalación de la nueva caja boba fue lo suficientemente agria como para que el
patrono fuera confinado a la soledad.
No importa, siempre he sido un optimista a
rabiar, me dije si no es en la inauguración será para los partidos de mi
selección y para la final.
Ja, ilusiones. La instalación se comenzó el 7
de julio a las nueve de la mañana y se terminó a las ocho de la noche, el día
en que se jugaron los últimos dos partidos de cuartos del final. Los cuales
tampoco pude verlos en 65 pulgadas. Lo peor fue que luego vinieron dos días sin
fútbol. Para demostrar mi descontento les dije que vería los partidos en el
modesto televisor de mi dormitorio. Lo cierto es que en forma milagrosa ese fin
de semana me quedé solo en casa por muchas horas y aproveché para ponerme al
día viendo hasta el capítulo que habían dado la semana anterior de la serie de
Luis Miguel.
Mi primer partido en 65 pulgadas oficial fue
el Francia-Bélgica de la semifinal, también vi la otra semifinal y el partido
por el tercer puesto.
Y otra vez la mano de Dios, no la del Diego
por supuesto, nos invitaron a la inauguración del campeonato oficial del club
al que pertenecemos, que se realiza cada año, justo el mismo día de la final,
el 15 de julio en Ñaña, una localidad con buen clima a una hora de Lima. Puta
madre qué cólera. Tuvimos que alquilar una cabaña para pasar el fin de semana
en el club, porque con la inauguración se realiza una fiesta que por lo general
comienza después del desayuno y se prolonga hasta las primeras horas de la
noche. Y allí estuvimos. Los amigos que encontramos en la fiesta nos obligaron
a olvidarnos del fútbol, tomamos, comimos y bailamos al extremo que no recuerdo
a qué hora y en qué condiciones me retiré a dormir.
A las seis de la mañana del día lunes, cuando
dormía plácidamente pues era usual dormir hasta las nueve por lo menos en estas
circunstancias, me despertó mi hijo mayor.
-
Papá,
– me dijo – hoy tengo examen a las diez y media, lo había olvidado.
¿Qué he hecho para que me pasen estas cosas?
Le metí una puteada como lo hago cada vez que me hace encolerizar y me miró
como siempre, haciéndome sentir que le hablaba a la pared. Respiré
profundamente, señal inequívoca de que me había resignado y me levanté, sin
lavarme siquiera los dientes lo llevé en el auto hasta la carretera central
para que pudiera tomar una combi. Me estacioné al lado de un paradero, mi hijo
abrió la puerta para bajarse y como quien no quiere me preguntó:
-
¿La
puerta de la cocina está sin llave?
Nuestra casa tiene dos puertas que dan a la
calle, la principal y la cochera, de la principal mis hijos mayores, mi esposa
y yo tenemos llave. Luego vienen otras tres, una que da a la cocina, que se usa
de diario y de allí se comunica con toda la casa, otra que da a la sala y se
abre para las visitas y una mampara grande que se abre muy ocasionalmente
cuando hacemos reuniones. Al Salir de casa estas tres quedan con llave y solo
yo tengo la llave de la puerta de la cocina pues las otras no las suelo llevar
conmigo. Y si mi vástago no abre una de estas puertas no podrá entrar a la casa
por sus cosas para ir luego a la universidad.
De golpe sentí que mi hígado copaba toda mi
cavidad abdominal, mi salivación seguro que era de la un perro con rabia,
comencé a gritar, a llamarle la atención en voz alta aprovechando que no había
gente cerca, mi presión se elevó de súbito y los pelos de la nuca se me
erizaron como los de una rata antes del combate. Pero el con la cara de
siempre, si bien no había una pared cerca a la que le pudiera hablar pero
seguro que las lunas del carro las reemplazaban adecuadamente. Como siempre
también terminé resignándome y regresamos por la llave mientras intentaba
recordar dónde la había guardado.
Después de entregarle la bendita llave y
mientras regresábamos al paradero de la carretera central le iba dando las
recomendaciones de cómo debía realizar el viaje, pues me di cuenta que pese a
su edad nunca había hecho un viaje tan lejos de casa solo. Le pedí que
memorizara cada dato que le daba, le dije que tomara una combi hasta la
estación del tren eléctrico en la Avenida Grau, allí se podría embarcar en el
tren con dirección a Surco y calculamos que todo el viaje lo haría en alrededor
de hora y media.
Regresé con la intención de volver a la cama
y pescar sueño aunque sea por una hora más. El frío invitaba a arroparse y a
buscar el calor de mi esposa, pensé en ponerme en “cucharita” pero tenía un
dolor en la columna de unas semanas atrás que me obligaba a dormir en posición
fetal justo hacia el otro lado de la cucharita. El sueño comenzó a invadirme y
mis músculos se iban relajando; pero de pronto sonó el celular, ¿porqué Dios
mío? Miré de quien era la llamada, era de mi hijo.
-
Papá,
-escuché su voz un poco angustiada y me preocupé, miré mi reloj y no había
pasado media hora desde que lo dejé- estoy en la estación del tren y me parece
que no es la avenida Grau.
-
Puta
madre huevón, te has bajado en la estación del ferrocarril central.
Para entonces mi esposa también se había
levantado y asustada preguntaba qué había pasado, al borde del colapso
originado por la cólera irracional comencé a darle nuevas indicaciones para
volverse a embarcar y le corté la llamada molesto. Su mamá se las agarró
conmigo. Yo era el culpable por no haber sabido explicarle a su hijito la forma
correcta para el viaje. Opté por levantarme y a la ducha.
Parece que no sería un buen día, no había
agua caliente y salí morado del baño. Y como seguramente lo saben, el agua fría
calma los nervios. Me tranquilicé y volví a llamar a mi hijo, ya se había
embarcado correctamente y dentro del tiempo necesario llegó a su destino.
Esa noche en casa, sentado frente a la
televisión, esperando que terminara el noticiero para conectarme con el nuevo
capítulo de la serie de Luis Miguel, pasaron el resumen de las noticias del
mundial, no sentí ninguna emoción, lo juro. No me explico que pasó, estaba
frente al televisor indicado, veía a los dos mejores equipos del mundo jugar
una de las finales más emocionantes de los últimos años pero no sentía nada más
allá que el frío del crudo invierno limeño. Hice lo primero que se me ocurrió,
sonreir levemente para recuperar el optimismo que podría haber perdido este fin
de semana.
Cerré los ojos y me dije “Será para el próximo
mundial, ojalá que el Perú clasifique”.