Bajó las estrechas escaleras que llevaban del segundo piso a la calle y parado bajo el umbral de la puerta tuvo que entrecerrar sus ojos para acostumbrarlos al brillo solar de la una de la tarde, había entrado al hostal en la madrugada. Con la mirada buscó un ambulante para comprar una botella de agua y apagar la resaca que tenía, la calle le pareció extrañamente vacía, no había un alma; con aspecto cansado inició el camino a su casa pero prefirió regresar al hotel tras recordar haber visto en el segundo piso una máquina expendedora de refrescos. Introdujo las monedas suficientes para dos botellas de agua, y su atención fue atraída por las imágenes que se veían en un televisor que parecía clavado en la pared, olvidado como un viejo crucifijo clamando por oraciones, se sentó en un viejo sofá cubierto con un protector de una tela difícil de identificar que parecía haber sido encerada y se acabó una de las botellas mientras veía las noticias que en ese momento se transmitían.
Una turba se enfrentaba a la policía intentando traspasar unas rejas colocadas en alguna calle del centro de Lima mientras el reportero corría de un lado a otro tratando de evitar los gases lacrimógenos; no logró identificar cuál era la calle pese a que Marco había nacido en Barrios Altos y desde su niñez había transitado por todos los recovecos del centro de Lima a partir de finales del gobierno militar. Era impresionante la fuerza con que la policía repelía la violenta manifestación, la protesta se había iniciado el día anterior, lo recordaba vagamente porque tuvo la intención de asistir, se pedía la renuncia del presidente recientemente asumido como consecuencia de una vacancia promovida por un Congreso deslegitimado.
Se paró, destapó la botella de agua que le quedaba, dio un sorbo y la cerró, se quedó un momento inmóvil en el rellano de la escalera, parecía meditar como cuando se va a tomar una decisión importante en la vida, escupió hacia un lado y con un gesto de desaire bajó las escaleras casi a la carrera.
Marco tenía una relación clandestina de casi dos años con Caeli, compañera de trabajo, el día anterior, como muchos sábados, salieron a almorzar y contra su costumbre de despedirse después de pasar unas horas en algún motel fueron a una discoteca, bailaron, tomaron hasta emborracharse, como nunca, como cuando se sabe que es la última vez. Pero era la primera vez que pasaban una noche completa, él siempre había llegado a su casa antes de las cuatro de la mañana para que su esposa no sospechara de esta relación, las excusas que había inventado en cada ocasión, si bien al principio parecían increíbles, terminaron siempre siendo ciertas para la mujer porque tenía mucha confianza en su esposo, aunque ahora él no sabía que excusa daría y si se la creerían.
Al alcanzar la primera esquina el aire seco de la tarde le trajo el aroma del gas lacrimógeno que usaba la policía, había participado en tantas manifestaciones que todos sus sentidos lo identificaban de inmediato, sintió un leve escozor en la piel, especialmente en las partes humedecidas; tenía decidido caminar hasta la Av. Emancipación y de allí hacia Tacna, pero prefirió voltear en la esquina a la que acababa de llegar porque el camino hacia la Emancipación podría ser riesgoso.
Mientras le llegaba el bochinche lejano de algún enfrentamiento entre policías y manifestantes, en el que destacaba el sonido de las bombas y petardos pensó en Caeli, en la última mirada que le había dado al salir de la habitación mientras ella continuaba dormida. Su cuerpo atractivo, llamativo y voluptuoso yacía descuidadamente cubierto por una sábana mientras que su cara descansaba sobre su brazo derecho con el cual abrazaba una gran almohada, con la abundante cabellera negra recogida sobre su cabeza le vino a la mente “La Venus del Espejo”. La miró extasiado y apenado, tratando de grabar en una última mirada cada una de las formas de ese bello cuerpo, cada uno de los matices que despedía aquella piel blanca y apenado porque sabía que sería la última vez que la vería.
Apuró el paso mientras mentalmente calculaba la ruta que tomaría hacia su casa; había decidido ir caminando para que en el trayecto se le quitara el olor a licor y a noche de hotel que llevaba encima.
- Sólo son unas veinte cuadras – se dio ánimo – llego a Tacna, luego hasta el Paseo Colón, de allí a la Plaza Bolognesi, entro a la Av. Arica y en media hora más estoy en casa.
Pocos años antes se había mudado de Barrios Altos a Breña después de evaluar muchas posibilidades y precisamente había escogido Breña porque consideraba que era un punto al cual podía llegar fácilmente a pie.
Llevaba muchas cosas en mente pero difícilmente lograba concentrarse en otra que no fuera Caeli, los momentos que habían pasado juntos durante esta aventura comenzaron a mezclarse en su mente, todos eran de felicidad, la habían pasado bien; entonces ¿por qué tenemos que dejar de vernos? ¿es necesario? ¿no habrá otra manera de sobrellevar esta situación? ¿si le explico mi condición actual ella me seguirá queriendo igual?
Su cuerpo se estremecía con interrogantes que por el momento no tenían respuestas conocidas o porque las respuestas no lo favorecerían. Eran tiempos muy difíciles no solo para ellos, para todo el mundo. Después de estar encerrados por la pandemia, periodo durante el cual habían sorteado muchas situaciones a veces peligrosas para poder verse, por fin podían hacerlo casi a diario, como antes, al recuperarse las actividades laborales. Ambos habían sido considerados para seguir trabajando en la empresa aunque con recortes significativos de sus ingresos. Quizás por culpa de esta nueva situación, con nuevas necesidades ella había comenzado a pedirle algunas cosas. Era muy extraño para ambos, hasta ahora, por decisión de Caeli, todos los gastos habían sido compartidos, incluidos los almuerzos, cenas, hoteles y tragos, no era su estilo pedirle dinero, lo que hacían, ambos lo hacían por amor.
- Eres una gran mujer, Caeli, única, inteligente, hermosa, gracias por elegirme.
Ahora caminaba por la avenida Tacna, como otras veces, al pasar por la iglesia donde antes funcionaba el cine Tacna, se le vino a la memoria Zavalita, el alter ego de Vargas Llosa, preguntándose “¿En qué momento se jodió el Perú?” Pregunta que tampoco nunca tendría respuesta. Cruzó la avenida Emancipación y la cantidad de piedras tiradas, pedazos de ladrillos y baldosas extraídas de las mismas veredas, trapos, papeles y palos a medio quemar le indicaron que la manifestación cuyo barullo todavía le llegaba a los oídos había sido de gran magnitud. Aligeró su paso entre piquetes de policías y algunos transeúntes que evidentemente no formaban parte de la protesta, para alcanzar la avenida Wilson.
Su mente alborotada seguía trabajando y todo su ser se ensombrecía a cada momento por la tristeza que con la ayuda del aire recién comenzaba a aquilatar. ¿Podría dejarla fácilmente? Le parecía imposible. La conversación con ella la noche anterior antes de embriagarse por completo había sido sencilla, habían quedado que ésta sería la última vez que se verían, y se entregaron a la noche sabiendo que no habría otra. Pero ya la extrañaba, parecía que parte de su vida se quedaba con ella, era recomenzar una nueva vida, no una etapa, sino toda una vida sin Caeli. ¿Cómo serían los siguientes días si ahora por cada cuadra que se alejaba el sentimiento de angustia y de pena crecía, proporcionalmente a la distancia que avanzaba hacia su casa?
Sacó el pañuelo limpio y bien planchado del bolsillo y se secó el sudor que comenzaba a brotar en su frente, la delicadeza de la tela sobre su piel le hizo recordar su familia, su casa, sus hijos, sus responsabilidades; comenzó a rebuscar qué excusa usaría ahora, enumeraba las que recordaba para evitar repetir y quizás ser descubierto, aunque ya casi no le importaba pues no habría necesidad de una siguiente excusa. O quizás haría como en muchas ocasiones, le diría a su esposa que luego le contaría y se iría a dormir mientras se le ocurría la justificación adecuada.
Pensó otra vez en Caeli, aspiró desesperadamente como si acabara de salir de aguas profundas con la esperanza de que le llegara alguna molécula del aroma de ella, no distinguió nada. Volvió a aspirar pero esta vez cerró fuertemente los ojos mientras fijaba la imagen de ella en su mente, ahora si, le llegó hasta el fondo del alma el aroma de ella, su pelo, sus manos, su cuerpo, su mirada, su sonrisa, todo tenía un aroma que hacía que sintiera su interior iluminarse. ¿Cómo haría para vivir sin estas emociones que lo motivaban a seguir las rutinas de días casi siempre aburridos sin ella? ¿Cómo quitarse esta sensación de encontrarse a punto de llorar que comenzó a crecer dentro de él apenas dejó aquella habitación de hotel? ¿Cómo superar la ausencia de la mujer que se quiere con todo el corazón? ¿Cómo resignarse a vivir sin verla, sin tocarla, sin tenerla? ¿Cómo soportar los días pensando que estará siendo feliz en los brazos de otro? ¿Cómo sobrellevar la idea de que con cada día que pasa la distancia entre ellos será mayor? ¿Cómo no perder interés en la vida sabiendo que nunca más la verás?
Sintió el sabor frío y salado que cubría sus labios, pasó su lengua pensando que sería sudor, comprendió que estaba llorando. Se detuvo y se arrinconó contra una ventana inmensa tras la cual se veía un viejo televisor encendido y a todo volumen, su idea era quedarse parado un rato hasta que el viento secara por completo el rastro de las lágrimas que seguían cayendo por su mejilla, con la mente en blanco veía las imágenes que pasaban, la policía resistiendo, la policía disparando, la multitud tirando piedras inmensas cuyo sonido al caer sobre las pistas o los escudos de los policías imaginaba a la perfección. Alcanzó a leer el banner sobre las imágenes “Renunció Merino”. ¿Se alegró? más que alegría sintió un extraño alivio. Quizás le diría a su señora que estuvo detenido erróneamente por la policía. Si, podría ser. Se animó y continuó su camino. Pasó por un edificio en el cual muchas personas golpeaban ollas y cacerolas por las ventanas. Sonrió y se preguntó:
- ¿Cuándo se jodió el Perú otra vez?