LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

sábado, 26 de diciembre de 2020

OLISQUEANDO

 “El perfume: historia de un asesino es la primera novela del escritor alemán Patrick Süskind, publicada en 1985 bajo el título original Das Parfüm, die Geschichte eines Mörders. Inmediatamente se convirtió en un best-seller, y es la obra de la literatura alemana más traducida: a más de cuarenta lenguas en todo el mundo. El perfume, dividido en cuatro partes y cincuenta y un capítulos, transporta al lector a un mundo con el que no está familiarizado, "el evanescente reino de los olores", a través de su protagonista, Jean-Baptiste Grenouille (grenouille significa rana en francés)” WIKIPEDIA.



Como lo venía haciendo desde muchas semanas atrás, se acomodó en el estribo del puente, lo más cerca del curso de agua, donde sintiera sobre su cara una lluvia de diminutas gotas que pronto la humedecían y lo transportaban hacia lugares que solo la imaginación de quien ha vivido la verdadera historia puede modelar sus recuerdos con mucha cercanía a la realidad. El río Rímac era un libro, una enciclopedia que transportaba entre sus aguas historias de muerte, de sufrimiento, de lucha bravía y también de amor sublime que él ya había percibido durante su pasada vida. 

Todas las mañanas muy temprano dejaba la casa donde solía pasar la noche y luego se echaba a andar, su itinerario eran los puentes sobre el río Rímac, había descubierto una nueva actividad, sentarse a orillas del río y escribir poemas, poesías, cuentos, lo que sea, pero escribir. Su inseparable viejo bolso de cuero, recogido en alguno de los basurales que abundan muy cerca de las aguas, le colgaba del hombro como si se tratara de un apéndice más de su cuerpo, además de llevar muchas botellas pequeñitas, de diferentes formas y colores, guardaba un cuaderno donde escribía lo que se le ocurría, trataba de hacerlo en verso pero no siempre lo lograba. En ocasiones, una vez que terminaba de escribir, arrancaba la hoja que contenía lo escrito y lo acomodaba dentro de una botella de vidrio que luego aventaba al río, con la esperanza de que alguien la encontrara y leyera, lo que quizás, como en el caso de Robinson Crusoe, en realidad era un llamado de auxilio.

Recordaba con claridad su vida pasada, hasta el día aquel en que fue atacado por una horda de gitanos que comenzaron a comerlo vivo, pero en un evidente acto de supervivencia consiguió sacar un frasquito con un perfume que aún no había terminado de desarrollar, contenía la fragancia de la invisibilidad más el miedo a la muerte, lo esparció con la violencia que el momento de agresión lo pedía y como se expande una gota de aceite sobre el agua los gitanos se espantaron y tomaron distancia sin siquiera mirarlo. Luego se vio con la ropa convertida en remiendos, ensangrentado, adolorido, indefenso, desvalido, abandonado a su suerte, que no era otra que la muerte, tratando de sobrevivir; y, después de eso no recuerda nada. Despertó un día en otro lugar, otro tiempo, tirado a la orilla de este río que lo trasladaba por recuerdos y nuevas vivencias que percibía con el mejor de sus sentidos, el olfato.

Apenas darse cuenta que había desarrollado las ganas de escribir también se dio cuenta que en este aspecto tenía mucho por descubrir aún. 

Quizás por que sentarse muy cerca del río, en aquellos sitios peligrosos donde se formaban remolinos que revolvían el agua de adentro hacia afuera y liberaban olores con reminiscencias a las tullerías y desagues de París, le traían como un deja vu trozos de su pasado, había decidido vivir aferrado al río Rímac, de el tomaba la energía que cada día le permitía levantarse en una casa desconocida, con personas desconocidas, que realizaban sus ritos y tareas familiares sin percatarse de su presencia; cuando por las noches se sentía cansado y necesitaba comer y dormir, simplemente elegía una casa la que invadía pues todo el día andaba cubierto con la fragancia de la invisibilidad y sin importarle nada se acomodaba en una cama, si había una disponible o en un sofá o mueble que le permitiera descansar adecuadamente y tomaba las cosas que le permitían mantenerse vivo. 

Aprovechaba las horas del amanecer para producir los diferentes perfumes cuyos aromas le ayudaban a mantenerse vivo y desapercibido, los cuales acomodaba siempre en el viejo bolso de cuero, que era su equipaje. Había perdido el interés por desarrollar nuevas fragancias, copiadas del mundo, su mundo, pero ocasionalmente encontraba una nueva fragancia que copiaba y luego le buscaba una utilidad.

Consideraba que todavía tenía mucho que aprender, a veces sentía miedo caminar por lugares nuevos pues las cosas que nunca había visto le atemorizaban..

Tampoco tenía aquella sensación permanente de desasosiego que lo impulsó en su búsqueda del perfume, que finalmente descubrió, aquel que nacía en el interior de una mujer virgen, ahora su vida era más apacible, sabía que buscaba algo, que tenía que encontrar algo más allá de ésta insignificante existencia. ¿Acaso todas las personas no buscaban algo? Si, todas. Había olido la inquietud que empuja a la gente a seguir adelante inclusive con todas las fuerzas de la naturaleza en su contra, ese empeño por seguir, por salir del propio lugar y avanzar solo podía significar que la vida del hombre era una búsqueda constante, no sabía qué, pero era evidente que más adelante había algo que se convertía en una fuente de atracción universal. Estaba convencido que existía una fuerza superior, quizás el destino, a veces intentó pensar que era la voluntad de Dios y desechaba esta idea cuando recordaba sus primeros años de vida entre los cerdos, al lado de madame Bussie, con monsieur Baldini, si Dios existiera no hubiera permitido todo este sufrimiento.

La noche anterior, de navidad, escogió una de las casas mejor decoradas e iluminada con motivos navideños, pasó la noche con sus ocupantes sin que ellos lo supieran, acompañó a la familia durante el abrazo de la noche buena, oró con ellos antes de cenar y también disfrutó de la alegría de abrazar a familiares después de mucho tiempo sin ellos, tomó dos copas de champán y como siempre el alcohol le afinó los sentidos.

Percibió con agudeza todos los olores de la gente en los que sobresalía notoriamente el de la alegría, la fraternidad, la felicidad repentina, eran fragancias que las conocía muy bien, quizás las primeras que aprendió a identificar junto al odio, la desesperación y la venganza, pero apenas se acostaron y apagaron las luces de la casa comenzó a esparcirse muy lentamente una fragancia que antes había percibido pero que no se había preocupado de identificar. Intentó dormir un poco pero la creciente intensidad del olor lo inquietaron, no esperó a que terminara de amanecer y salió a caminar por las orillas del río. Aunque estaba lejos decidió caminar hasta el puente Balta o quizás hasta el Huánuco, había encontrado que en estos dos lugares los olores eran más variados, muchos de ellos por descubrir, aunque su instinto le aseguraba que no eran nuevos, que quizás estaban allí por siglos, guardando episodios de las historias que seguro se vivieron en torno al río Rímac, fragancias que habían quedado como improntas que las aguas se encargaban de conservar y sacar a la superficie con cierta regularidad.

Se subió a una de las barandas del puente Balta y comenzó a olisquear, el viento que venía como impulsado a través del corredor de la avenida Abancay, se mezclaba con los efluvios que brotaban del río y formaban un caleidoscopio de sentimientos que nacían del tamiz de sus fosas nasales y poco a poco colmaban todo su cuerpo y lo transportaban por imágenes que no sabía que existieran en sus recuerdos. Cerró los ojos y aspiró con fuerza y luego contuvo la respiración  mientras su cerebro buscaba a qué correspondía la fragancia que había identificado esa madrugada. 

Se vio trabajando en un circo, luego en medio de un juicio en donde parecía que sería condenado, en ceremonias fúnebres de personas que seguro había conocido, sintió un gran vacío, una tristeza que parecía haber arrastrado siempre, dura, cruel, longeva. Quizás no había podido identificar ese olor porque también lo llevaba encima, quizás olía así y no se había dado cuenta hasta ahora. Abrió los ojos cuando ya no pudo sostener la respiración contenida y junto con la luz apareció en su cerebro la respuesta: melancolía.

¿Melancolía? Pero si todos olían a felicidad, felicidad por la navidad, ¿porqué tendrían que estar melancólicos? ¿no son estos dos sentimientos antagónicos? hasta donde sé no pueden mezclarse sentimientos contrarios, como la felicidad y la tristeza.

Fue entonces que le vinieron ganas de escribir, bajó por el estribo del puente, se acomodó muy cerca del agua y comenzó a anotar en el cuaderno arrugado que llevaba en ese bolso de cuero viejo, olvidado, agonizante.


¡… Diciembre, mes de Navidad!

Mes de los niños, de regalos, de dulces-

Mes de melancolía, para algunos.

De recuerdos dolorosos para otros.

Pero es navidad, las luces de la Navidad

Nos hacen olvidar todo.

Las risas de los niños, de nuestros hijos,

Sus sonrisas, su alegría nos contagian

Nos trasladan hacia tierras felices.

Sin sufrimiento, sin frío.

¿Y qué hay de aquellos que en verdad si sufren?

Los desahuciados, los olvidados.

Los que decidieron dejar este mundo por propia mano

Los cobardes ¿O valientes?

Los olvidados, los que no reciben ni un abrazo

Los desterrados por propia voluntad

En busca de mejora.

Los sentenciados sin prueba suficiente

Los deudos de los que partieron por voluntad ajena

Los hijos de los que murieron defendiendo a otros

Los sufridos que nunca se quejan

Porque se les calló a tiempo.

Los miserables cuyo techo y abrigo es la noche.

¿Para ellos también es Navidad?

Si, porque la Navidad además de alegría es dolor.

Dolor como ninguno, el de la madre que sabe

que quien nació debe acabar en una cruz.

Si, la Navidad también es dolor…

Jean Baptiste Grenouille


jueves, 3 de diciembre de 2020

CAMINO A CASA

 Bajó las estrechas escaleras que llevaban del segundo piso a la calle y parado bajo el umbral de la puerta tuvo que entrecerrar sus ojos para acostumbrarlos al brillo solar de la una de la tarde, había  entrado al hostal en la madrugada. Con la mirada buscó un ambulante para comprar una botella de agua y apagar la resaca que tenía, la calle le pareció extrañamente vacía, no había un alma; con aspecto cansado inició el camino a su casa pero prefirió regresar al hotel tras recordar haber visto en el segundo piso una máquina expendedora de refrescos. Introdujo las monedas suficientes para dos botellas de agua, y su atención fue atraída por las imágenes que se veían en un televisor que parecía clavado en la pared, olvidado como un viejo crucifijo clamando por oraciones, se sentó en un viejo sofá cubierto con un protector de una tela difícil de identificar que parecía haber sido encerada y se acabó una de las botellas mientras veía las noticias que en ese momento se transmitían.

Una turba se enfrentaba a la policía intentando traspasar unas rejas colocadas en alguna calle del centro de Lima mientras el reportero corría de un lado a otro tratando de evitar los gases lacrimógenos; no logró identificar cuál era la calle pese a que Marco había nacido en Barrios Altos y desde su niñez había transitado por todos los recovecos del centro de Lima a partir de finales del gobierno militar. Era impresionante la fuerza con que la policía repelía la violenta manifestación, la protesta se había iniciado el día anterior, lo recordaba vagamente porque tuvo la intención de asistir, se pedía la renuncia del presidente recientemente asumido como consecuencia de una vacancia promovida por un Congreso deslegitimado.

Se paró, destapó la botella de agua que le quedaba, dio un sorbo y la cerró, se quedó un momento inmóvil en el rellano de la escalera, parecía meditar como cuando se va a tomar una decisión importante en la vida, escupió hacia un lado y con un gesto de desaire bajó las escaleras casi a la carrera.

Marco tenía una relación clandestina de casi dos años con Caeli, compañera de trabajo, el día anterior, como muchos sábados, salieron a almorzar y contra su costumbre de despedirse después de pasar unas horas en algún motel fueron a una discoteca, bailaron, tomaron hasta emborracharse, como nunca, como cuando se sabe que es la última vez. Pero era la primera vez que pasaban una noche completa, él siempre había llegado a su casa antes de las cuatro de la mañana para que su esposa no sospechara de esta relación, las excusas que había inventado en cada ocasión, si bien al principio parecían increíbles, terminaron siempre siendo ciertas para la mujer porque tenía mucha confianza en su esposo, aunque ahora él no sabía que excusa daría y si se la creerían. 

Al alcanzar la primera esquina el aire seco de la tarde le trajo el aroma del gas lacrimógeno que usaba la policía, había participado en tantas manifestaciones que todos sus sentidos lo identificaban de inmediato, sintió un leve escozor en la piel, especialmente en las partes humedecidas; tenía decidido caminar hasta la Av. Emancipación y de allí hacia Tacna, pero prefirió voltear en la esquina a la que acababa de llegar porque el camino hacia la Emancipación podría ser riesgoso.

Mientras le llegaba el bochinche lejano de algún enfrentamiento entre policías y manifestantes, en el que destacaba el sonido de las bombas y petardos pensó en Caeli, en la última mirada que le había dado al salir de la habitación mientras ella continuaba dormida. Su cuerpo atractivo, llamativo y voluptuoso yacía descuidadamente cubierto por una sábana mientras que su cara descansaba sobre su brazo derecho con el cual abrazaba una gran almohada, con la abundante cabellera negra recogida sobre su cabeza le vino a la mente “La Venus del Espejo”. La miró extasiado y apenado, tratando de grabar en una última mirada cada una de las formas de ese bello cuerpo, cada uno de los matices que despedía aquella piel blanca y apenado porque sabía que sería la última vez que la vería.

Apuró el paso mientras mentalmente calculaba la ruta que tomaría hacia su casa; había decidido ir caminando para que en el trayecto se le quitara el olor a licor y a noche de hotel que llevaba encima.

- Sólo son unas veinte cuadras – se dio ánimo – llego a Tacna, luego hasta el Paseo Colón, de allí a la Plaza Bolognesi, entro a la Av. Arica y en media hora más estoy en casa.


Pocos años antes se había mudado de Barrios Altos a Breña después de evaluar muchas posibilidades y precisamente había escogido Breña porque consideraba que era un punto al cual podía llegar fácilmente a pie.

Llevaba muchas cosas en mente pero difícilmente lograba concentrarse en otra que no fuera Caeli, los momentos que habían pasado juntos durante esta aventura comenzaron a mezclarse en su mente, todos eran de felicidad, la habían pasado bien; entonces ¿por qué tenemos que dejar de vernos? ¿es necesario? ¿no habrá otra manera de sobrellevar esta situación? ¿si le explico mi condición actual ella me seguirá queriendo igual?

Su cuerpo se estremecía con interrogantes que por el momento no tenían respuestas conocidas o porque las respuestas no lo favorecerían. Eran tiempos muy difíciles no solo para ellos, para todo el mundo. Después de estar encerrados por la pandemia, periodo durante el cual habían sorteado muchas situaciones a veces peligrosas para poder verse, por fin podían hacerlo casi a diario, como antes, al recuperarse las actividades laborales. Ambos habían sido considerados para seguir trabajando en la empresa aunque con recortes significativos de sus ingresos. Quizás por culpa de esta nueva situación, con nuevas necesidades ella había comenzado a pedirle algunas cosas. Era muy extraño para ambos, hasta ahora, por decisión de Caeli, todos los gastos habían sido compartidos, incluidos los almuerzos, cenas, hoteles y tragos, no era su estilo pedirle dinero, lo que hacían, ambos lo hacían por amor.

- Eres una gran mujer, Caeli, única, inteligente, hermosa, gracias por elegirme.

Ahora caminaba por la avenida Tacna, como otras veces, al pasar por la iglesia donde antes funcionaba el cine Tacna, se le vino a la memoria Zavalita, el alter ego de Vargas Llosa, preguntándose “¿En qué momento se jodió el Perú?” Pregunta que tampoco nunca tendría respuesta. Cruzó la avenida Emancipación y la cantidad de piedras tiradas, pedazos de ladrillos y baldosas extraídas de las mismas veredas, trapos, papeles y palos a medio quemar le indicaron que la manifestación cuyo barullo todavía le llegaba a los oídos había sido de gran magnitud. Aligeró su paso entre piquetes de policías y algunos transeúntes que evidentemente no formaban parte de la protesta, para alcanzar la avenida Wilson.

Su mente alborotada seguía trabajando y todo su ser se ensombrecía a cada momento por la tristeza que con la ayuda del aire recién comenzaba a aquilatar. ¿Podría dejarla fácilmente? Le parecía imposible. La conversación con ella la noche anterior antes de embriagarse por completo había sido sencilla, habían quedado que ésta sería la última vez que se verían, y se entregaron a la noche sabiendo que no habría otra. Pero ya la extrañaba, parecía que parte de su vida se quedaba con ella, era recomenzar una nueva vida, no una etapa, sino toda una vida sin Caeli. ¿Cómo serían los siguientes días si ahora por cada cuadra que se alejaba el sentimiento de angustia y de pena crecía, proporcionalmente a la distancia que avanzaba hacia su casa?

Sacó el pañuelo limpio y bien planchado del bolsillo y se secó el sudor que comenzaba a brotar en su frente, la delicadeza de la tela sobre su piel le hizo recordar su familia, su casa, sus hijos, sus responsabilidades; comenzó a rebuscar qué excusa usaría ahora, enumeraba las que recordaba para evitar repetir y quizás ser descubierto, aunque ya casi no le importaba pues no habría necesidad de una siguiente excusa. O quizás haría como en muchas ocasiones, le diría a su esposa que luego le contaría y se iría a dormir mientras se le ocurría la justificación adecuada.

Pensó otra vez en Caeli, aspiró desesperadamente como si acabara de salir de aguas profundas con la esperanza de que le llegara alguna molécula del aroma de ella, no distinguió nada. Volvió a aspirar pero esta vez cerró fuertemente los ojos mientras fijaba la imagen de ella en su mente, ahora si, le llegó hasta el fondo del alma el aroma de ella, su pelo, sus manos, su cuerpo, su mirada, su sonrisa, todo tenía un aroma que hacía que sintiera su interior iluminarse. ¿Cómo haría para vivir sin estas emociones que lo motivaban a seguir las rutinas de días casi siempre aburridos sin ella? ¿Cómo quitarse esta sensación de encontrarse a punto de llorar que comenzó a crecer dentro de él apenas dejó aquella habitación de hotel? ¿Cómo superar la ausencia de la mujer que se quiere con todo el corazón? ¿Cómo resignarse a vivir sin verla, sin tocarla, sin tenerla? ¿Cómo soportar los días pensando que estará siendo feliz en los brazos de otro? ¿Cómo sobrellevar la idea de que con cada día que pasa la distancia entre ellos será mayor? ¿Cómo no perder interés en la vida sabiendo que nunca más la verás?

Sintió el sabor frío y salado que cubría sus labios, pasó su lengua pensando que sería sudor, comprendió que estaba llorando. Se detuvo y se arrinconó contra una ventana inmensa tras la cual se veía un viejo televisor encendido y a todo volumen, su idea era quedarse parado un rato hasta que el viento secara por completo el rastro de las lágrimas que seguían cayendo por su mejilla, con la mente en blanco veía las imágenes que pasaban, la policía resistiendo, la policía disparando, la multitud tirando piedras inmensas cuyo sonido al caer sobre las pistas o los escudos de los policías imaginaba a la perfección. Alcanzó a leer el banner sobre las imágenes “Renunció Merino”. ¿Se alegró? más que alegría sintió un extraño alivio. Quizás le diría a su señora que estuvo detenido erróneamente por la policía. Si, podría ser. Se animó y continuó su camino. Pasó por un edificio en el cual muchas personas golpeaban ollas y cacerolas por las ventanas. Sonrió y se preguntó:

- ¿Cuándo se jodió el Perú otra vez?



LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...