LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

jueves, 27 de septiembre de 2012


LA TARDA
(José María Eguren)
Despunta por la rambla amarillenta,
donde el puma se acobarda;
viene de lágrimas exenta
la Tarda.
Ella del esqueleto madre
al puente baja inescuchada,
y antes que el rondín ladre
a la alborada
lanza ronca carcajada…

Ahora que me pongo a pensar me doy cuenta que no son pocas las cosas que he experimentado en esta etapa de mi vida que espero culminar pronto, estoy frente a mi Escuela Normal, mirando con orgullo sus altas paredes verdes y cómo la idea que tenía de lo que había dentro ha cambiado radicalmente en estos últimos tres años, recuerdo el temor que me invadía cuando como postulante me acercaba al portón de madera, entonces misterioso, y lo poco que alcanzaba a ver siempre me atemorizaba, pese a lo simpáticas que se veía a las normalistas caminando por los jardines, uniformadas con sus faldas y sacos azules, sus blusas blancas y esa especie de boina que llamábamos bonete de color guinda que descuidada adecuadamente, siempre a punto de caer, adornaba sus cabezas, algunos sobre trenzas o moños. Entonces jamás creí que alcanzaría la meta de ser una de ellas, pero ahora después de tres años no me parece un gran logro el estar a punto de egresar.
En esta institución encargada de formar a futuras técnicos en pedagogía y personal administrativo que luego laborarían en el magisterio convivíamos un promedio de ciento ochenta normalistas, por año ingresaban sesenta y la carrera se alcanzaba en tres años, de las sesenta anuales que ingresábamos 30 lo hacían en la modalidad de internado de tal manera que éramos noventa las que vivíamos prácticamente encerradas con salidas los días sábado después de misa para recogernos los domingos a las seis de la tarde. Todo el barrio se sentía orgulloso de tener su escuela normal, porque de alguna forma, el ver a las normalistas caminar uniformadas por las calles los sábados y domingos le daban un aire melancólico a las calles, la belleza de estas chicas próximas a la pedagogía era un motivo aparte de alegría y curiosidad, sobre todo por parte de los jóvenes que solían arremolinarse durante las salidas y retornos de las normalistas internas y se notaba un orgullo especial a flor de piel, por ser una normalista, en cada una de nosotras.
También éramos cotizadas para las fiestas, una fiesta, reunión social, pasacalle, función de cine o evento social no era importante si no estábamos presentes uniformadas, le poníamos la prestancia a todos los eventos, nos llegaban las invitaciones de alcaldes, gobernadores, prefectos, sub prefectos, directores de colegios y todo tipo de autoridades para que participáramos en sus ceremonias y por lo tanto también teníamos una nutrida agenda social que quienes administraban la escuela normal se encargaban de compatibilizar con las horas de instrucción y estudios.
Las fiestas de fin de semana a las que solíamos asistir solían ser las más buscadas por hombres y mujeres pues eran la mejor oportunidad de socializar con chicas interesantes, que eso nos sentíamos por lo menos, además de bonitas e inteligentes algunas. Casi todos los sábados teníamos compromisos diferentes, juergas, discotecas, parrandas y todo tipo de diversión que pudiera conseguirse en este espacio de la tierra donde, como en todo el mundo, estábamos en la edad en la que por lo general mandan las hormonas, entre los diecisiete y veintitrés años.
Del grupo de internas la mayoría proveníamos de lugares lejanos y las que eran de la zona por lo general eran muy humildes, esto se debía a que gran parte del presupuesto para el funcionamiento de esta modalidad educativa provenían de las donaciones que hacía una compañía minera y por lo tanto, era un servicio casi gratuito. De las veintiseis chicas internas que conformábamos esta promoción, tres se habían retirado y una había fallecido (ojalá que un día me atreva a escribir su historia), solo dos éramos de la costa y la mayoría provenían de la selva y la sierra, lo cual hacía de la convivencia un experiencia sorprendentemente enriquecedora; para mi resulta más importante que la misma preparación para la docencia.
Si, estoy en lo cierto, las experiencias vividas junto a mis compañeras en estos casi tres años van a ser recuerdos importantes en nuestras vidas, especialmente las que me acompañaron como internas, a todas debo dejarles un espacio en mi corazón. Los momentos vividos, los sufrimientos iniciales, los exámenes, las fiestas, los secretos de amor intercambiados, los préstamos de ropa para que una de nosotras pudiera impresionar en una fiesta importante, las mentiras para encubrir las faltas de las compañeras y miles de anécdotas suficientes para escribir un gran libro.
Pero, mientras me dirijo a su encuentro en un estado de emoción especial, creo que hace mucho que estoy más interesada en Kristen que en el resto de mis compañeras.
Camino con los recuerdos revoloteando en mi cabeza y me viene a la memoria cuando Kristen ingresó a la escuela normal casi de casualidad, se sentó al costado de la más brillante de la promoción y su aguda vista le permitió copiar suficiente examen para poder alcanzar una vacante, claro que hasta ahora nadie se explica cómo, aquel profesor encargado de cuidar el examen, el más malo de todos, se quedó dormido durante esta importante evaluación, facilitando que la linda Kristen cumpliera su cometido casi en sus narices. Ya entonces parecía predestinada para alcanzar muchas cosas casi sin esfuerzo.
Al principio nadie se fijó en ella, se le veía como una muchachita más del montón, pero en estos casi tres años había experimentado un gran cambio, especialmente físico,  era increíble, parecía que hasta se le había aclarado el color de la piel. Cuando revisaba las fotos de nuestros inicios como normalistas no podía creer lo diferente que era Kristen por esos días. Nadie puede precisar en qué momento se volvió bonita, en qué momento el patito feo se convirtió en cisne. Por aquellos días su humildad podía percibirse con solo verla, vestida con prendas de moda pero usadas muchas veces y desvencijadas de tanto lavado, provenía de una familia muy pobre de la ciudad, donde además de sus padres, eran cinco hermanos, tres mujeres y un varón, ella era la menor, todos estaban casados pero ninguno había prosperado mucho; lo curioso de esta familia era que ninguno se parecía a Kristen ahora, quizás en la época de patito feo tuvieran algunas semejanzas, pero ya no, era diametralmente opuesta a las casi obesas hermanas.
Verla caminar, sobre todo cuando no llevaba el uniforme era todo un acontecimiento, a pesar de no ser muy alta, tenía una figura descollante, casi perfecta, sus movimientos se notaban atléticos, pese a que sabíamos que no era muy amiga de los ejercicios, tenía un cuello largo y cabello corto que cuando volteaba la cabeza para un lado parecía la posición natural de su cabeza, el busto, perfecto para su figura era sostenido por una cintura que parecía retocada por un cirujano y un experto del photo shop, pero las que la conocíamos sabían que era de buen diente, definitivamente la madre naturaleza la había bendecido con una espalda perfecta y unas piernas musculosas y firmes, aunque parecían flacas eran las más perfectas para su talle elegante, al caminar todo su cuerpo se movía en forma sincronizada con un efecto sensual e inocente a la vez, a ratos sumamente recatada y otros provocativa y desafiante. Y todo esto parecía no importarle. Lo que la hacía más interesante.
Me pasé muchas horas analizando su transformación, hasta ahora no le encuentro una explicación, de pronto todos nos dimos cuenta que era muy bonita y sobre todo muy femenina. Empecé a fijarme en ella durante las mañanas cuando en todas las formaciones terminaba de retocarse, se arreglaba el cabello, se ajustaba la falda por la cintura, lustraba sus zapatos sobándoles en la parte posterior de las medias, acomodaba la insignia hasta dejarla en posición perfecta, se acomodaba la blusa estirándola por un costado, jalándola de atrás, ponía en su lugar un mechón de cabello suelto, hasta el último instante en que mandaban firmes ella no dejaba de acicalarse muy coquetamente; si hacía calor se limpiaba el sudor del rostro con el anverso de la muñeca con una naturalidad, una delicadeza tal que cada uno de sus gráciles movimientos se convertían en una postal de femineidad, una poesía a la mujer bella pero a la vez parecían una invitación al desenfreno, era un acontecimiento diario el poder verla en esta situación, a veces, cuando se ponía nerviosa frente a algún profesor se limpiaba el sudor con ese mismo mohín que la hacían bella e indefensa y no les quedaba más remedio a los embobados profesores que pedirle disculpas pues ellos eran los imprudentes por ponerla nerviosa. Y tampoco parecía importarle estas situaciones que creaba.
Su belleza no radicaba en la perfección de sus rasgos y formas sino más bien en lo exótico de su rostro y la delicadeza y vigor de sus movimientos, no conozco a mujer alguna que tenga los movimientos más femeninos que ella. Digo que su apariencia es más bien exótica porque no es común, muchas veces hice el ejercicio de analizar cada una de las partes de su rostro y llegué a la conclusión que no tenía los ojos bonitos. Estos parecían haber sido girados sobre su eje horizontal y colocados en forma descuidada sobre su rostro, su nariz era en realidad fea si la pusiéramos en otro rostro, su boca no era atractiva, hasta que sonreía, entonces alcanzaban otra dimensión cuando mostraba los blancos dientes, un poco separados, que fuera de esa boca hasta podrían ser desagradables. Pero la naturaleza había hecho el trabajo de juntar todos estos defectos en un rostro adecuado alcanzando una inaudita perfección. Su voz también era exótica, cuando la escuché por primera vez me pareció escuchar a Rita Hayworth en “Gilda”, después de haberse amanecido bebiendo wiskhy y fumando. El mirar todo el rostro era diferente, la belleza no era de aquellas que te impresionan de golpe sino cuando tratas de recordarla por primera vez. Después de mirarla muchas veces llegué a la conclusión que era bella porque todo lo tenía en el lugar exacto, no era de las mujeres que pudieran lucir algo en especial de su cuerpo, no, ella era toda especial, tenía que lucirse toda. Por eso, aquella mañana de domingo cuando nos encontrábamos en mi cuarto, recién cambiadas para irnos de paseo al club de la empresa minera donde almorzaríamos después de un chapuzón en la piscina, en que me preguntó, después de pararse en las puntas de los pies y levantarse el cabello con ambas manos mientras daba una vueltita para mostrarse toda:
-       ¿Crees que parezco una “pirañita”?, así me han dicho ayer -, le contesté sin reparos
-       Pues si, me parece que si te vieron de la forma cómo vas vestida ahora pues si, ese short tan pequeño que pretende resaltarte el culo y las piernas, con esa especie de polera que parece varias tallas más grande y esas sandalias que no encuadran con tu figura te dan una apariencia de “pirañita”, no necesitas resaltar nada de tu cuerpo, hacerlo significaría aceptar que sólo una parte de ti es hermosa, en tu caso es diferente, no tienes partes hermosas, tú eres hermosa.
Me salió del corazón y estoy segura que lo dije sin ningún interés, recordé que alguien me dijo alguna vez que todas las cosas tienen su belleza pero no todos podemos verlas. Como también sin ningún interés la apoyé económicamente muchas veces sin que me lo pidiera.
Ella sería incapaz de pedir algo, menos dinero, no directamente, le bastó contarme que estaba pasando apremios pues su papá había sido despedido del trabajo y una de sus hermanas cuyo marido tampoco tenía trabajo se había enfermado, para ofrecerle, sin ningún compromiso, casi toda la mensualidad que mis padres me habían enviado; la forma como lo agradeció, con un beso helado en mi mejilla, pues sus labios siempre parecían helados, me impidieron cobrarle nunca pues me consideraba suficientemente pagada. Y no recuerdo ahora cuántas veces más le adiviné y solucioné sus apremios económicos por el mismo agradecimiento. Alguna vez intenté cobrarle y solo logré sentirme como la “mujer ballena” de Alonso Cueto, susurrando.
Kristen siempre parecía distraída, no se daba cuenta cómo se les iban los ojos a los profesores durante sus clases, cómo algunos hasta babeaban, muchos hacían las clases sólo para ella, se paraban delante de su carpeta y no se movían hasta finalizar su hora, claro que este efecto de su belleza fue después del tiempo en que pasó desapercibida en el internado, cuando terminó de convertirse en cisne. En una ocasión, después de un examen nada fácil, ella me confesó que había contestado sólo dos de las seis preguntas por lo que daba por seguro que tendría una nota desaprobatoria. Como el profesor que nos había examinado era uno de aquellos que hacía la clase con la mandíbula dislocada por el efecto Kristen estuve atenta el día de entrega de resultados, el profesor comenzó a llamar una a una en orden alfabético, cuando ella recibió su examen contenta me lo mostró, tenía diecisiete de veinte puntos, entonces le hice recordar que sus temores había sido exagerados. Ella revisó nuevamente el examen, lo tiró sobre la carpeta, le dio una mirada al profesor, quien también la observaba, mientras la hoja caía sobre el tablero de la carpeta, dijo “el llenó mi examen” y se distrajo casi de inmediato enfrascándose en una conversación intrascendente con la compañera de atrás.
En lo que si se le notaba permanentemente interesada era en la lectura, durante las horas libres casi no conversaba, prefería pasarla leyendo, y descubrí que era lectora asidua de poemas y poesías románticas, las releía muchas veces, parecía estar aprendiéndolas de memoria, se notaba que se esforzaba pero nunca le escuché declamar alguna, siempre supuse que las recitaba al oído a algún enamorado furtivo, nunca dio la impresión de interesarse por otro tipo de lectura. En cambio a mí nunca me gustó el verso, todas mis lecturas fueron novelas y cuentos, me sentí avergonzada de no haber pasado de aprender algunas poesías de Jose María Eguren durante mi etapa de escolar, poesías que, además, nunca entendí.
Siempre se le veía distraída, parecía nada llamarle la atención, a excepción del enamorado de turno. Durante estos casi tres años le conocí, cuatro. El primero un muchacho de su edad, medio mongo llamado Johny, al cual después de cuatro meses dejó porque era muy “hijito de mamá”, claro que cuando estuvo con el todas sus miradas fueron solo para el mientras que para el resto del mundo siempre se mostraba distraída.
Luego se enamoró de un tal Jordi, un tremendo muchacho al que conoció en una fiesta en la que el era la atracción, con este joven quizás mayor que ella por un par de años estuvo unos dos meses y luego lo dejó por mujeriego, así de pronto, apenas se enteró que lo habían visto coqueteando con otra chica. Del estado “te dedico todas mis miradas” pasó a “ya no me interesas y por eso no te miro”. Siempre me resultó increíble como superaba cada una de estas experiencias amorosas como si no le costara nada. Nunca se le borró la sonrisa y menos se le vio apenada por alguno de los amores perdidos. Luego entró a su vida un tipo al que sólo conocimos como Wilmer, con el estuvo algo más de un año, definitivamente no era para ella, era un tipo grosero, se notaba no muy amigo del aseo, recuerdo haberlo visto más veces borracho que sobrio, siempre andaba con dinero y nadie sabía de dónde, la venía a recoger cuando salía del internado a veces en motocicleta otras en una camioneta. Y claro, durante el tiempo que pasó con el no tuvo ojos para nadie más, se les vio en discotecas, fiestas, restaurantes y lugares públicos de la zona siempre abrazados, siempre de la mano, parecían la pareja más feliz del mundo y eran la pareja del momento. Pero de pronto, otra vez, ella se dio cuenta que el  no era para ella, era un tipo sin dignidad, agresivo y borracho, lo dejó de la noche a la mañana, por supuesto que en la mañana la sonrisa de ella seguía siendo la misma, esta ruptura también pareció no significarle nada. No puedo decir lo mismo de ellos. A todos se les percibía el dolor de la pérdida, buscaron refugio en otros brazos pero cuando la veían no podían de dejar de torcer el pescuezo por verla, el último, se convirtió en un borracho empedernido, se pasó días enteros, llorando en las paredes de la normal pretendiendo recuperar el amor de Kristen y amenazando con lo peor, pero “ya fue”, como suele decir ella.
Ahora me dicen que anda con un tal Steven, el hermano menor de tres herederos de una de las mayores fortunas de la zona, le lleva seis años de edad, algunas veces he visto al muchacho y tampoco me parece que vaya a durarle mucho tiempo a Kristen, aunque imaginándolos juntos parecen la pareja ideal, lo digo porque para muchos como para mi el susodicho suertudo tiene más bien tendencias a gustos más modernos, he llegado a escuchar que los más felices son sus familiares pues nunca le habían conocido enamorada alguna (y si muchos amiguitos raros) pese a sus años y a ser un buen partido. En fin, el tiempo lo dirá.
Claro que en el internado todos los días no fueron de felicidad para la bella Kristen, tuvo sus días difíciles, como cuando casi la expulsan porque un borracho se quiso propasar con ella cuando se la cruzó en el camino mientras ella iba saliendo de un restaurante, parece que el tipo se confundió e intentó persuadirla para que subiera a su vehículo creyendo que se trataba de una alegre y fácil muchacha como las había por todo el pueblo. En este caso no le cuestionaron el ataque en si o haberlo provocado sino el lugar en donde se había producido, puesto que las normalistas teníamos prohibido transitar por lugares de dudosa reputación y esta era una pulpería en la que sabían recalar muchos borrachos, cerca de uno de los barrios de peor fama del pueblo, lo que nadie sabía es que una de sus hermanas trabajaba allí. Todas la apoyamos, especialmente yo, le hice las tareas, la ayudé en los exámenes, la acompañé a la Dirección para que diera sus descargos, me convertí en su abogada gratuita y hasta hablé con mis padres para que usaran alguna influencia a favor de ella. Y todo salió bien. Lo admirable fue darme cuenta como esta situación casi extrema tampoco pareció afectarla mucho, la sonrisa nunca se le borró del rostro y ni siquiera perdió el apetito ni le afectó un ápice a su belleza.
Ahora, caminando despacio, recordando cómo la semana anterior, cuando estábamos en el cine viendo una película de terror, ella, yo y el tal Steven, cada apretón que me dio cuando reemplacé al enamorado las dos veces que se fue al baño, presionando mi brazo y acurrucándose a mi lado en los momentos de mayor acción de la película sentí sus turgentes pechos y sus manos sudorosas mientras esa misma sensación que hoy me acompaña me invadía cada momento haciendo volar mi espíritu fuera de mi hacia espacios de libertad donde se permiten nuevas sensaciones. Percibí muy de cerca su perfume, de inmediato me trajo la sensación de estar cerca de una mujer pura, dulce, sencilla y enorme, una mujer que sin esfuerzo estaba destinada a ser buena hija, buena hermana, buena esposa, en resumen buena mujer. Y esa noche antes de dormirme pensé en la suerte de aquellos que pudieron estar cerca de ella y ser dueños, aunque sea por poco, de sus miradas y sus atenciones.
En mi vida he transitado por muchos caminos, algunos de verdad difíciles, a pesar de ser joven soy una mujer de no poca experiencia. He tomado decisiones difíciles y siempre me enorgullezco de haberlo hecho rápido. Así que ahora también, rápidamente, hace una semana tomé la decisión de transitar por los caminos que me conduzcan a Lesbos en busca de mi propia Safo, en la noche en que invité a Kristen a cenar solas en esta fonda famosa porque en ella suelen hacerse muchas citas de amor. Este es el origen de la sensación que permanentemente me acompaña mientras me dirijo al encuentro de Kristen.
Ya estoy en la esquina señalada como lugar del encuentro, me siento sobre un pequeño murito en el que se puede leer el nombre de la calle, con la intención de esperar muchos minutos más, pero de pronto, aparece la figura de ella caminando hacia donde estoy, a contraluz la percibo más mujer que nunca, más femenina que todas nosotras como siempre, pero también más distraída que ocasión alguna que recuerde. Mi corazón corre desbocadamente, mis venas y arterias arden por mi sangre que hierve, mi cuerpo todo percibe a la distancia el aroma de Kristen. Ella sigue caminando hacia mi. Me ve sin mirarme y pasa de largo, acelerando el paso, para cobijarse en el pecho de Steven que la espera con los brazos extendidos hacia ella y con una sonrisa que juro igual a la de Carlos Kacho. Entonces toda la sensación que tenía se convirtió en un malestar que de inmediato se apoderó de todo mi ser. ¿Era pena por mi misma? ¿Autocompasión? ¿Cólera? ¿Celos? ¿Impotencia?. No lo se. Me sentí mal y creo que para siempre.
Mi mente se aclaró de pronto y descubrí para quien escribió Eguren.

…Y con sus epitalamios rojos,
sus vacíos ojos
y su extraña belleza,
pasa sin ver por la senda bravía,
sin ver que hoy me he muerto de tristeza
y de monotonía.
Va a la ciudad, que duerme parda,
por la muerta avenida,
sin ver el dolor, distraída,
la Tarda.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...