LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

miércoles, 17 de febrero de 2010

MATAR, PARA QUÉ

“La noche del 27 de enero último en su casa de Lince, Elizabeth Espino Vásquez, su enamorado Fernando González Asenjo, de 24 años, y su amigo Jorge Eduardo Cornejo Ruiz, de 21 años, planificaron y ejecutaron el asesinato de la abogada Elizabeth Vásquez Marín, madre de la primera. La joven fue detenida el 13 de febrero a las 11.45 de la mañana. A las 5:23 de la tarde fue arrestado Fernando González Asenjo, pareja sentimental de Espino Vásquez, y el tercer cómplice, Jorge Cornejo, a las 10:11 de la noche. Aunque en un principio intentó negarlo todo, Fernando González terminó por confirmar la declaración de su enamorada y su participación en el asesinato”.

Mientras leía el periódico sentado en su sillón especial, como lo hacía todos los domingos César Tomás sintió que su hijo se acomodaba en la mesa de la cocina para tomar su desayuno. Instintivamente miró el reloj de su muñeca y pensó “más temprano que de costumbre”. Así era, Fernando hace tiempo solía no tomar desayuno los domingos, sino levantarse cerca del mediodía, bañarse apresuradamente y salir casi corriendo a recoger a su enamorada para comerse un ceviche y apagar el caldero que la borrachera de cada sábado por la noche le dejaba. Este domingo era diferente. Sintió como había llenado su taza con agua recién hervida, escuchó el sonido inconfundible que producía al destapar la lata de “nescafé” con el mango de la cucharita, también escuchó el campanilleo rítmico que hacía cuando vaciaba sus cinco cucharaditas de azúcar en la taza y luego más de un minuto de revolver la mezcla caliente de la taza hasta dejar el sabor uniforme. Aunque esta vez le parecieron más lentas las vueltas de cuchara no había nada en su actitud que pudiera preocuparle.

“¿Habrá peleado con su enamorada?, ¿será por eso que estos últimos días casi no lo veo?, en fin, cosa de muchachos”, se dijo para sí mientras volvía a extender de par en par la edición dominical de El Comercio que había empezado a leer hace más de una hora, pero como siempre, le llevaría casi hasta el almuerzo terminarla.

De pronto reparó casi sin querer en la fecha del diario que leía, 7 de febrero, recordó que era su aniversario de bodas, como siempre, igual que cuando ella estaba viva lo había olvidado, y por eso tuvieron muchas peleas. Su esposa le reclamaba una falta de romanticismo pues aún cuando recordaba a tiempo la fecha jamás se emocionaba ni hacía nada por darle un sentido especial a ese día.

Y un recuerdo lo llevó al otro.

Hacía casi ocho años que su esposa Ana había fallecido. De pronto toda su vida se le complicó. El todavía no recuperada su trabajo en el ministerio de educación, de donde fue despedido durante el fujimorato. El sustento de la casa era Ana, era la contadora principal de una empresa que vendía autos de lujo, la muerte la sorprendió cuando retornaba a casa del trabajo. Recordó que era un día sábado, y, el auto de la empresa en el que viajaba fue embestido por una camioneta conducida por una persona ebria.

Se quedó solo con sus dos hijos Fernando con dieciséis años a punto de dejar el colegio y Ana Sofía de diez años, además de un sinnúmero de deudas a punto de vencer. Recordó el calvario que recorrió por oficinas y juzgados para reclamar el seguro de su querida Ana. Recordó cómo un poco más de dos años después del accidente, cuando Fernando ya tenía dieciocho, juntos los tres en la mesa, durante un viernes santo, el con lágrimas en los ojos les decía a sus hijos que había perdido las esperanzas de cobrar el seguro y que en adelante las cosas serían peor, les pidió que se prepararan para vender su último recurso, la casa donde vivían en Miraflores, y mudarse a un lugar mucho más barato, había pensado en mudarse a Santa Anita o a los Olivos, distritos mucho más baratos para poder sobrevivir.

Volvieron a resonar en sus oídos las palabras de su hijo Fernando diciéndole que en memoria de su madre no podían abandonar la lucha por cobrar el seguro y que el mismo estaba dispuesto de ser posible a dormir en las oficinas del seguro y en las que fuera necesario. Y así lo hizo, fue fotografiado por un periódista cuando pernoctaba en la puerta principal del seguro y esto le sirvió para que casi de inmediato fuera entrevistado por un canal de televisión. El efecto fue casi inmediato. El seguro pagó casi doscientos mil dólares, dinero que les trajo tranquilidad. Más aún, con parte de el contrató un abogado y también le cobró al Estado por devengados y recuperó su trabajo en el ministerio y casi de inmediato se jubiló, ganando en esta operación el suficiente dinero para vivir de pequeñas inversiones en las que cuidadosamente se aventuraba.

Recordó también cómo, después de haber cobrado el seguro, Fernando le pidió que lo matriculara en la Universidad de Lima, le dijo que quería estudiar derecho, pero además, tenía la gran posibilidad de encontrar a la mujer de sus sueños, única hija de una familia adinerada, que según el propio Fernando, abundaban en esta Universidad. Y César Tomás aceptó.

Y aceptó también de buena gana, hace unos meses, comprarle un auto de segunda, “para poder movilizarme entre tantos pitucos de la universidad” como le había dicho.

César Tomás tenía la seguridad de que su hijo había nacido con una predisposición para elegir adecuadamente las mejores opciones, no sólo para el, también para toda la familia. A pedido de el matriculó a Ana Sofía en uno de los institutos de cocina más caros de Lima, “la comida peruana está de moda y ella tiene pasta para ser una buena chef” había asegurado Fernando premonitoriamente, pues apenas año y medio después fue contratada ventajosamente por un hotel cinco estrellas como asistente de cocina.

Una sensación de agrado profundo acompañado de una modorra que lo hizo acurrucarse en el mullido sillón lo invadió, sabía que se iba a dormir, “no importa, estoy feliz" pensó, alcanzó a leer uno de los titulares de El Comercio, antes de dormirse y dejar caer el diario al piso “Horror: hija y pareja mataron a la abogada Elizabeth Vásquez”.

Y se durmió. Nunca sabría cuánto tiempo. Y soñó. Soñó con el día que Fernando le anunciara que por fin había encontrado a la mujer de sus sueños y que la traería a casa esa tarde. En sus sueños volvió a vivir aquella tarde, entraron a la casa como enamorados, el la cogía del brazo y con el rostro brillando de alegría le dijo “Papito ella es Elízabeth, ¿no es bonita?”, “Si hijito, te felicito, bueno los felicito a los dos por que creo que ambos son buenos muchachos”. Y volvió a sentir los besos en la mejilla, primero el frío y solemne de ella y después el tibio y alegre de el. Y entonces como ahora en el sueño, después de los besos, se percató que ella más que enamorada parecía un pollito buscando el cobijo de las alas de la gallina, una desahuciada aferrándose a la última esperanza de vida. Esa mirada brumosa, sin brillo le llamó la atención, pensó que era su imaginación. No volvió a prestarle atención. Pero ahora en sus sueños vio que los ojos de ella habían cambiado, tenían un brillo hechicero que reflejaban un mal presagio, no eran amenazantes pero si atemorizantes, pero como antes intentó no darles mayor atención.

Fue entonces cuando volteó la mirada y se encontró con la de Fernando. Tuvo la certeza de que esos ojos no eran los de su hijo, eran los de Elízabeth, sí, Fernando era ahora, por su mirada, un desahuciado en sus últimas horas, un condenado a muerte antes de la última confesión. Esa mirada parecía más un lamento, una oración a la muerte, un grito de auxilio desesperado. Y entonces despertó.

Estaba sudando. Tenía una desagradable sensación en todo su cuerpo.

Fernando estaba frente a él. Los brazos laxos a ambos lados, los ojos a punto de llorar y pudo percibir un ligero temblor en sus rodillas.

Sonó el timbre de la casa.

- ¿Qué hora es?, le preguntó a su hijo.

- Cerca de las cinco y media, le respondió Fernando.

El timbre volvió a sonar, recordó que en sus sueños también había escuchado el timbre.

- ¿Porqué no abres?, ¿Quién será?, preguntó apurado

- Es la policía – contestó su hijo intentando no darle ninguna expresión a sus palabras.

Sin embargo a su padre le sonó como su última exhalación.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...