Miró el reloj sobre la mesita de noche que marcaba las cinco y veinte y le pareció una eternidad la media hora que había pasado desde que lo mirara por última vez, cambió de posición cuidadosamente sobre su otro costado para no despertar a su consorte, no se sentía incómodo por la falta de sueño, ya estaba acostumbrado, recordaba que los padecía desde siempre en forma cíclica, desde muy joven, solo que ahora podía identificar la causa y a veces hasta combatirlo.
El origen de esta nueva etapa insomne de su vida se debía a la
proximidad de la celebración de su aniversario matrimonial, sus bodas de
porcelana. No sentía que hubieran pasado veinte años desde que se casara, en
cambio, le parecía tan cerca el día en que entró a la iglesia del brazo de su
madre para esperar en el altar a la que sería su esposa, tenía veintiocho años
de edad y la había conocido a los veinticinco; increíble que sean tantos años
de casado, su señora prefería sumarle los tres años desde que se conocieron y
se hicieron pareja, él le llevaba cinco años y además ella parecía mucho más
joven, no aparentaba ser la madre de dos jóvenes ni la señora próxima a los
veinte años de casada, todavía era una mujer lozana. Era la que más se
emocionaba con la celebración de los aniversarios, a él se le olvidaban
frecuentemente pero para ella esto parecía muy importante como si se tratara de
un mecanismo para mantener la llama del amor durante tantos años, a fin de
cuentas, ella se enamoró cuando bordeaba los 20 años e iniciaba sus estudios
universitarios, no pensó que le duraría tanto el encanto, ahora esperaba que
fuera para toda la vida.
Nuevamente cambió de posición en la cama con el mismo cuidado; apenas se
le iba el sueño por las madrugadas, para sentir correr el tiempo le gustaba
hacer un inventario de su vida, cada vez recordaba un nuevo aspecto que sumaba
o restaba a sus logros, pero siempre terminaba sintiendo que su vida no estaba
todavía completa, sus resultados no eran suficientes para todo lo que se había
esforzado. Le pasó la mano por la frente a su pareja con mucho cuidado tratando
de identificar la ternura que debía recorrer su cuerpo y se dijo
-
Carajo, que
rápido han pasado veinte años de nuestras vidas juntos.
Cinco años atrás, para sus bodas de cristal, le pasó lo mismo, tuvo una
crisis de insomnio desde unas semanas antes de la celebración, solía
despertarse apenas pasada las cuatro de la mañana y ya no conseguía conciliar
el sueño. En aquella ocasión después de admitir que el motivo del insomnio era
la cercana celebración del aniversario, lo superó apenas terminó de memorizar
durante esas largas jornadas sin poder pegar los ojos “El poema de la espera”
de José Angel Buesa y de filosofar profundamente sobre aquello de que “en amor
el último vale más que el primero” y “mi amor es tan largo y la vida tan
corta”; pero, a diferencia de aquella ocasión, ahora se pasaba las horas de
desvelo pensando en su gran amor.
Se le había dado por recordar muchos detalles de aquella época, de
improviso se le venían recuerdos que no sabía que había guardado, confundido,
constantemente se preguntaba si era pena, frustración o simplemente la
evocación que sospechaba seguramente a todos les pasa cuando un aniversario tan
importante se acerca.
Sentía su cuerpo acelerarse cuando recordaba la figura de ella, casi
perfecta, una permanente tentación que lo atraía, lo ataba, lo domesticaba. A
su lado no pasaba el tiempo, siempre encontraban un motivo para prolongar
cualquier conversación o justificar un encuentro inmediato, se preguntaba
cuánto mejor le hubiera ido si en aquella época hubieran contado con la
tecnología actual. Los celulares, internet, las redes sociales se habrían
puesto de su lado, seguramente, para inmortalizar el amor que se profesaban.
Cada una de estas madrugadas de insomnio le habían servido para iniciar
el tránsito por sus recuerdos desde el primer encuentro con ella, aquella
ocasión en que de forma inesperada, sin nada planeado se conocieron, “todo
fluyó”, era la expresión que le gustaba para la relación, como fluyen las cosas
que están destinadas a durar, como seguramente fluye el verdadero amor, el
eterno.
Consumía su tiempo con gusto reviviendo cada instante de su vida amorosa
pasada, las citas a escondidas como seguro lo hacen los amantes, pero ellos lo
hacían por simplemente ocultar su amor de los ojos de sus padres, familiares y
amigos, no deseaban someterse al juicio de nadie, lo que hacían era puro y no
necesitaba el consentimiento más que de ellos.
Mentalmente, en ese estado en el que se sumerge el desvelo, volvía a
recorrer las calles por donde andaban abrazados y de pronto apartarse el uno
del otro por la presencia cercana de algún sospechoso de ser conocido, que por
lo general resultaba un ignoto, para luego arrancar las risas por el susto. Las
visitas a los huariques caletas donde después de saborear algún gustito se
regalaban caricias y arrumacos hasta que los obligaban a salir porque se
mostraban atrevidos o porque iban a cerrar el lugar; esos mismos huariques
donde aprendieron a fumar. Las veces que tuvieron que esperar el uno al otro,
bajo el sol, la lluvia o atravesados por los estiletes del viento invernal
limeño con la angustia de que la espera fuera vana. Las justificaciones que
tuvieron que inventar con sus respectivas familiar para poder verse. Las veces
que subían a los buses con un destino elegido pero cambiaban su rumbo porque se
sentían muy a gusto entre la gente o cobijándose mutuamente por lo general en
el último asiento.
Se le venían a la mente muchos momentos de emoción que evitaban que
pudiera conciliar el sueño, las veces que habían ido al cine, las películas que
habían visto juntos, o aquella ocasión en que salieron de la tienda Monterrey
sin pagar las gafas que a ella le gustaban y el había escondido en el bolsillo
interior de su casaca. Aquellas ocasiones en que sus familias coincidían en
alguna fiesta y se la pasaban bailando de lo más serio intentando evitar las
señales que pudieran advertir que entre ellos había una relación, las muchas
formas que ella tuvo que resistir a otros muchachos interesados en su belleza o
en bailar más de una vez para poder pedirle su número de teléfono o su
dirección con la esperanza de conquistarla. También recordó cómo aprovechaban
para escaparse aunque sea por minutos a un lugar en donde solos pudieran
disfrutar de la compañía del otro.
Ahora, después de mucho, volvía a recorrer con su imaginación cada
centímetro de piel, cada lunar, cada curva, cada imperfección que había
guardado del cuerpo de ella en las contadas noches en que podían convertir su
amor puro en un emocionante intercambio de caricias lúbricas antes de
entregarse al placer, amor del verdadero, de ese que queda grabado como un
tatuaje indeleble en algún lugar de cada célula y que no se hará visible sino a
través de nuestros recuerdos, ese que será la percepción que tendrás por
siempre del primer amor.
En el silencio de su amanecer, solamente interrumpido por la respiración
calmada de la esposa dormida, a ratos parecían invadir todos sus sentidos los
gemidos de ella, gemidos que aún ahora le enervan por completo hasta dejarlo en
un estado de subconciencia de donde solo podía retornar avivado por las
caricias de aquellas manos, delicadas
manos, frágiles, fibrosas, que parecían tener vida propia cuando bailaba.
Se esforzaba por traer a su mente los diálogos que habían sostenido y
trataba de reconstruirlos palabra por palabra, como si fuera un arqueólogo
armando pieza por pieza el rompecabezas que finalmente sería un templo
ancestral y conseguía conversaciones muy sublimes y elaboradas, inusuales para
jóvenes como ellos, que no podía precisar si las había recordado o acababa de
inventarlas y que sin importar ello, cada noche evaluaba qué hubiera pasado si
cambiaba alguna de aquellas palabras, se preguntaba con ansia dónde estarían
hoy, seguro que podría estar mejor, como decía ella ésta era una relación de ganar-ganar,
no había otra opción; y de seguro tendrían más hijos.
Suspiró hasta exhalar el último hálito para poder inhalar a gusto y
llenar sus pulmones con aire nuevo, aire que parecía desintoxicarlo de sus
pensamientos y que eran reemplazados por la preocupación de terminar con estos
insomnios, sabía que podía combatirlos, ya lo había hecho.
Dedujo que, si antes lo había superado analizando los versos de un
poema, llevándolos a la observación filosófica desde su particular punto de
vista, quizás ahora, con un ejercicio similar podría conseguir conciliar el
sueño y curarse de esta vigilia que aunque no lo quisiera reconocer terminaba
alterando sus emociones.
Tomó lo que tenía a la mano, acababa de leer “La llama doble” de Octavio
Paz y comenzó a llenar su cabeza de preguntas que pudiera contestar con algún
argumento extraído de aquella obra y mezclado con lo que había leído de Schopenhauer
y de Platón respecto al amor.
Se hacía pregunta tras pregunta y ensayaba muchas respuestas hasta
quedarse con la que parecía ser la mejor, trataba de elaborar una conclusión
por cada una de estas respuestas finales para memorizarlas, tal vez así
conseguiría no solo terminar con su falta de sueño sino con encontrarle alguna
explicación a estas emociones que se despertaban con sus recuerdos.
Había normalizado que cada día se levantara memorizando una idea que
luego retomaba la madrugada siguiente para declararla irrebatible o continuar
con su análisis filosófico.
-
Por hoy queda: el
primer amor no es el que por lo general te desvirga ni el que llega en ese
orden - se dijo, lo repitió mentalmente varias veces para hacerlo perdurable en
su recuerdo y comenzar con el la siguiente madrugada.
Se sentó al borde de la cama para terminar de estirarse como era su
costumbre, a punto de levantarse se le vino de la nada una pregunta a la mente,
la última del insomnio, aquella que parecía haber estado luchando por salir y
recién lo conseguía, de aquellas que por lo general no quieres hacerla aunque
ya sabes la respuesta. Su cuerpo se llenó de la extraña energía que generan los
buenos recuerdos.
-
¿Cuántos años
teníamos cuando empezamos a amarnos? Yo quince y tu diecisiete.