Acabo de terminar la llamada y me siento más tranquila, como más aliviada, sabiendo que puedo tomarme el tiempo para hacer mis cosas. Mi novio actual acaba de pedirme que el desayuno de hoy domingo, previsto desde un par de días atrás, lo posterguemos, es difícil ser pareja de un ingeniero que trabaja en una mina no tan cercana, no todos los días puede visitarme, algunas ocasiones, generalmente entre semana, tiene que quedarse a dormir en el campamento minero; así que, respiro profundo con el alivio que ya no tendré que estar pendiente de la hora.
Como ya
hice lo más difícil, ordenar el outfit casual de domingo, decido que después de
peinarme con calma iré a misa de mediodía y de la iglesia a almorzar, así me
ahorro el desayuno, como lo he hecho muchas veces estos últimos meses.
Se me
escapa un suspiro al recordar, más por costumbre que por otra razón, que ya
tengo más de medio año desde que terminé mi convivencia, de dos años, con aquel
otro hombre, el maltratador, que, según todos, me estaba asfixiando. Yo misma
no logro entender por qué soporté tanto, éramos tan incompatibles, aunque nunca
llegamos a la agresión física, lo que al principio parecía un paraíso con los
días se trocaba en infierno, ambos sabíamos que teníamos que cortar, hasta
ahora no puedo asegurar quién dio el primer paso, demasiado postergado, tanto
que tampoco nos pondríamos de acuerdo en quien dejó a quien. Los dos años
vividos en medio de conflictos originados por sus celos parecen muchos menos,
como si los problemas de pareja de alguna manera hubieran diluido la noción del
tiempo en mi memoria, los días, semanas y meses de permanente pendencia los
había fusionado como un tumor inocuo que pasaba desapercibido en la dinámica de
mi cerebro.
Bueno,
ahora tengo que seguir viviendo. Tengo más de un mes saliendo con mi reciente
compromiso, mi ingeniero, a quien confío mi tiempo y mi lealtad, cada día voy
descubriendo en él cosas que había olvidado que un hombre puede dar.
Caramba,
cómo pasan los minutos cuando pienso en lo vivido. Si no me apuro voy a llegar
al final de la misa aunque también odio llegar antes de que se inicie, no me
gusta esperar. Es domingo y pienso caminar hasta allá, si voy con mi auto es
probable que mientras encuentre un lugar seguro para estacionar la misa haya
terminado.
Las calles
están menos concurridas, debo caminar unas seis cuadras, las miradas de hombres
y mujeres con los que me cruzo me indican que mi outfit casual podría no ser
tan aparente para ir a misa, menos mal que traje una chaqueta larga y ligera
con la cual me cubro para abreviar mi sensualidad; se que soy una mujer
atractiva, a veces muy sugestiva. Muchas amigas me han dicho que envidian esta
cualidad con la que he tenido que batallar para aprender a vivir, la misma que
generaba los celos de mi ex conviviente, el maltratador.
La puerta
de la iglesia está llena de fieles en oración y decidida me abro paso hacia el
interior. Hay dos cosas que me gustan de las misas. Llegar y buscar donde
sentarme sabiendo que, pese a estar llena, siempre habrá un lugar el que muchos
por extrañas razones renuncian a ocupar; decidí ubicarme en una de las bancas
más lejanas del altar, mientras miro a los ojos a las personas a las que pido
permiso llego a ocupar mi lugar y percibo en las miradas expresiones claramente
diferenciables; es fácil darse cuenta de la envidia, la admiración y el deseo,
que son las emociones que rápidamente he aprendido a identificar. También me
gusta y me causa una agradable sensación el rito de la paz, aquel momento
sublime en que las personas esconden tras la mirada el evidente deseo de
acercarse y tocarse entre ellas, la mayoría premeditadas y que disimuladamente
rozan la lascivia y, otras que van hacia el otro extremo, hacia los límites del
santo respeto.
El
sacerdote recién comienza con la Gloria, no me he perdido mucho. Empiezo a
ordenar mis ideas para tener centrado a quién o qué dedicar mis oraciones, qué
pedir, con la poca fe que me queda, cierro los ojos para rezar el Padre Nuestro
y el Ave María, que son las únicas oraciones que he aprendido.
Me vuelvo
a persignar y al abrir los ojos mi vista queda clavada en el hombre que está un
par de filas delante de mí. Mi corazón salta. Es una silueta conocida, única.
Por un momento vivo mi aleluya personal. Cierro los ojos con fuerza, hasta
sentir dolor, los abro, enfoco mi mirada, si, es el.
Es el
hombre al que en un momento consideré el más grande de mi vida, aquel que me
aguantó tres años como su novia, aquel con el que hice planes, con el que tuve
grandes sueños que nacieron, crecieron y murieron. Mi primer gran amor, todos
tenemos un gran amor que nos cuesta olvidar, aunque no es mi caso porque ya lo
superé.
Pero me
costó, vaya que me costó.
Trabajábamos
en el mismo edificio y casi siempre le veía de lejos, sobre todo cuando
salíamos a almorzar y ocasionalmente a la entrada o salida, nos cruzábamos en
el ascensor donde algunas veces nos
sorprendimos mirándonos por los espejos.
Apenas
había cumplido los veintidós, él cuatro años mayor. Fue en el cumpleaños de mi
mejor amiga que por fin nos conocimos, mi alcahuete, mi correveidile, ella fue la
que me apañó y me consoló muchas veces durante esa relación.
Cómo
olvidar la primera cita, planeada por mi trotaconventos, nunca me sentí tan
emocionada, lo esperé en la esquina del trabajo y hasta ahora recuerdo cómo me
temblaban las piernas. Intentaba pararme alejando mis rodillas una de otra porque
era evidente el choque entre ellas, nunca me había pasado. Lo curioso es que
muchos meses después de iniciada nuestra relación, cuando tenía que esperarlo,
el temblor de piernas era evidente. Recuerdo cuando se lo comenté a mi
confidente y me contestó “Ahí es, si te dejó las piernas temblando, ahí es” con
evidente malicia.
Era muy
ilustrado, detallista y atento, su preocupación por enseñarme “las cosas de la
vida” era permanente, me parecía romántico pero bastante maduro para su edad,
me acostumbró a esperar cada mañana su particular saludo con palabras de
ánimo, definitivamente, construyó y
elevó mii autoestima, me hizo suficiente y audaz, no le temía a nada con él y,
me preparó para grandes cosas. Era un ávido lector y siempre tenía las palabras
perfectas para arreglar cualquier diferencia, decía que la vida era una
aventura con pequeñas metas para alcanzar día a día. “Los problemas son
oportunidades que la vida nos da” y “mi segundo nombre es solución” lo aprendí
de él. Definitivamente un soñador.
Vivimos
muy enamorados, viajamos algunas veces e hicimos planes para toda la vida. Como
es normal tuvimos algunas peleas siempre terminábamos reconciliándonos unos
días después, gracias a los esfuerzos que él ponía. Quizás esto me hizo sentir
que lo tenía en la palma de la mano, que el vínculo entre nosotros era
indestructible. Estaba segura que había hallado a la persona correcta, aquella
que se encuentra al otro lado del hilo rojo.
Siempre me
pareció inaudita nuestra última pelea, con actitud autosuficiente le tiré la
puerta en la cara porque, por segunda vez consecutiva canceló una salida
dejándome ya lista, con los crespos hechos; me llamó para explicarme los
motivos y después de escucharlo seguí con mi actitud. Quería darle una lección.
No le contesté los siguientes mensajes y cuando nos cruzábamos le rehuía,
calculé que podía mantener esta situación dos semanas, luego nos
reconciliaríamos y todo volvería a la felicidad. Estaba tan segura de lo que
hacía que planifiqué la reconciliación para un sábado, cumpleaños de mi mejor
amiga, el no se negaría a acompañarme a la fiesta y seguro que la
reconciliación sería de antología.
Algo salió
mal, el sábado al levantarme leí su mensaje que decía “Bueno, si así lo
quieres, así será”. Recién al mediodía, muy segura de mi misma le contesté con
otro mensaje, le dije que había recapacitado y quería verlo. No me contestó, ni
siquiera lo vio, tardé hasta la noche para darme cuenta que me había bloqueado
y ya no figuraba ni siquiera entre sus amigos. Más por rabia que por otra cosa
esa noche no dormí, me sentía muy humillada. Pero, si lo tenía calculado al
milímetro ¿Qué pasó? ¿Se cansó de la espera? ¿También se sintió humillado?
¿Herí tan profundo su orgullo? ¿O simplemente se quebró el amor?
Al día
siguiente comencé a vivir una de las etapas más dramáticas de mi existencia. No
comí nada ese día, me levanté, me bañé y regresé a la cama. Una melancolía
extraña me consumía, muchas dudas saltaban desde mi interior con cada latido,
con cada pulso. Con el paso de las horas mi desconcierto se comió a mi
autoestima y mi orgullo. La pena se hizo intensa y el sufrimiento por amor, que
nunca había experimentado, parecía acabar conmigo.
Lloré como
nunca lo había hecho, no podía sacármelo de la cabeza, todo el día pensaba en
él y mis continuos suspiros daban evidencia de mi sufrimiento. Evitaba regresar a casa
muy temprano porque tener mucho tiempo sin hacer nada me sumía en lagunas de recuerdos donde lo único que existía eran nuestras vivencias, me prohibí escuchar la música que nos gustaba y de visitar los
lugares que recorrimos pero invariablemente terminaba pensando en él. Me
refugié en la comida y engordé algunos kilos, apenas me di cuenta que la ropa
me ajustaba demasiado adopté una actitud bulímica, vomitaba después de comer y
lloraba a escondidas.
Fue, cuando
en lo más profundo de esta crisis, mi mejor amiga me llevó a rastras a un psiquiatra, allí tomé conciencia que mi situación se estaba
saliendo de control, las terapias me sirvieron y recuperé mis ganas de vivir,
mi autoestima y hasta podría decir que, empecé de cero y era otra mujer. “Un
clavo saca otro clavo” fue la mejor recomendación que recibí del siquiatra y tal
vez por hacerle caso me involucré con mi maltratador, aun contra la opinión de
mi celestina, que desde que lo conoció no le dio muchas posibilidades a esa
relación.
Siempre lo
tuve claro, use la relación para superar mi fracaso. Durante ese tiempo siempre
estuve pendiente de la vida de mi novio anterior, por eso cuando me enteré que se
había comprometido busqué una oportunidad para cruzármelo en el restaurante
donde almorzaba, me fue mal, me pareció que todavía no lo superaba pues apenas
verlo me comenzaron a temblar las piernas.
A partir
de esta vez, lo volví a ver muchas otras, pero siempre me sucedía lo mismo, me
temblaban las piernas, para mi era la clara evidencia de que aún no lo
superaba. Tenía que conseguirlo, todavía estaba herida, mortificada con él pero
tenía que olvidarlo, sacarlo de mi vida, olvidarlo sería la prueba para
demostrar mi absoluta independencia de cualquier hombre.
Recuerdo ese
día que justo coincidimos a la salida de esta iglesia con mi gran amor, al
verlo venir acompañado de una joven simpática, tomados de la mano, consideré
normal sentir temblar mis rodillas, con mucho esfuerzo me asenté bien sobre mis
zapatos para evitar cualquier muestra de debilidad. Como si fuera de rutina me
saludó con un beso en la mejilla y me presentó a su novia señalándome y
diciéndole “Mi ex”.
“Qué
fresco”, recuerdo haber pensado, evité entrar en shock e intentaba mostrarme
atenta, en el acto me dije que esa muchacha no podía ser mejor que yo, la miré
a los ojos sin parpadear obligándola a bajar la mirada, cual rito atávico, tomé
esta señal como la aceptación de mi superioridad y, entonces sucedió, mis
piernas dejaron de temblar y supe que jamás temblarían por él.
La misa va
a terminar y de manera silenciosa salgo para cruzarme con el fuera de la
iglesia, ya me di cuenta que está solo, ésta será la última oportunidad para
comprobar que ya lo superé, tengo la necesidad de verificar que mis rodillas
jamás volverán a temblar. Por él no.
Ya en la
calle busco su auto, lo ubico por el color y por esa pegatina tan particular
que lleva en una de sus ventanas. Camino dando vueltas lentamente, como cuando
una fiera enfrenta a una presa peligrosa antes del ataque final. Lo veo salir y
camino directamente hacia él, cuidando de no cruzar su mirada hasta el último
instante, como si se tratara de un encuentro casual.
Así
sucede, veo su sonrisa sincera por encontrarme y también verifico que las
rodillas no me tiemblan. Una sensación de satisfacción me invade. Conversamos
cosas sin importancia durante unos minutos, le cuento mis cosas, estoy tentada
de decir que también estoy en una relación pero lo evito, mejor le pregunto por
su novia. Su sonrisa se estremece por un segundo pero la recupera, con mucha
naturalidad me dice que hace más de un mes terminó con ella. El brillo en sus
ojos que acompañan esa mirada sincera es el mismo que iluminó mi vida durante
un tiempo muy feliz. Pienso que es mejor despedirnos, pero ofrece acompañarme,
le acepto pero tengo que tomarle el brazo porque casi caigo, me tambaleo, ese
maldito temblor de piernas otra vez.