LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

miércoles, 18 de agosto de 2021

LOS OJOS DEL ANIMAL

Había dejado su cama antes de que amaneciera, no pudo conciliar el sueño pensando en ir por aquella pelota, aquella que se metió a una chacra cuando se jugaba la final del campeonato en el que participaron equipos muy conocidos de las haciendas más cercanas, durante la tarde anterior, domingo, en honor al patrón local San Lorenzo, o Tayta Lencho como le  llamaban los lugareños. Había ido con el patrón don Gonzalo desde muy temprano a ver los partidos, porque el patrón que era muy querido y respetado, todos los años se hacía cargo de los premios para los campeones, este año no fue la excepción, aunque muchos no lo esperaban porque don Gonzalo había viajado a Huancayo por motivos de salud, esa misma madrugada había regresado a Chapi, la hacienda de su propiedad y, con las justas había salido a apadrinar el campeonato como tantas otras veces.

Para Alex era un honor acompañar al patrón, cargar a la tolva de la camioneta los porongos de aguardiente y algunas cajas de cerveza, regalos, pelotas y hasta un carnero que iba maneado, rumiando quizás su mala suerte de haber sido elegido como premio mayor. Disfrutaba viajar al lado de la carga y gozar del viento restregándose en su cara mientras el polvo se acumulaba en todo su cuerpo para luego, con saltos desempolvarse creando una nube a su alrededor que se encargaba de disipar con las manos y soplidos. A sus doce años, huérfano y sin futuro, viviendo bajo el amparo de don Gonzalo, que parecía ser la única persona que le daba muestras de afecto, sus mayores alegrías eran aquellas que el mismo se podía dar.

Por eso, había escogido la misma piedra en donde se sentó muchas veces, buscando un lugar un poco alejado desde donde podía gozar en soledad todo lo que pasaba en los encuentros de “fútbol cholo” que se iban sucediendo uno a uno. Desde allí, pudo observar cuando una de las pelotas que el había cargado y que el patrón había regalado para el campeonato salió despedida muy lejos de la polvorienta cancha y se metió entre un brote de pacha mulakas y carrizos. Algunos mozos fueron en busca de la pelota para devolverla al juego pero Alex veía con sorpresa cómo pasaban muy cerca de ella y no la llegaron a advertir, hasta que, después de muy poco desistieron, pues habían tantas pelotas nuevas que una no importaba.

Se pasó el resto de la tarde vigilando desde su puesto; cuando comenzó a anochecer y todos retornaban después de haberse acabado el aguardiente y la cerveza  que llevó el patrón, Alex quiso sacar la pelota de su escondite ocasional y llevársela con él, pero desistió porque alguien podía darse cuenta.

-      Mejor regreso mañana – pensó con una sonrisa que desde sus labios llegaba a sus cejas y se aseguró, hasta que subió de regreso a la camioneta de don Gonzalo, que nadie había reclamado la pelota que seguía perdida.

La noche la pasó casi en vela, durmiendo como si el dormir se tratara de una sucesión de puntos suspensivos, donde cada uno de ellos guardara un sueño irreal o real pero que no tenían relación con el otro, imaginando por ratos aquella pelota, nueva, lustrosa, turgente, sin ningún rasguño todavía, que le estaba esperando; y, soñando episodios cercanos y lejanos que no podía precisar si los había vivido o solo eran evocaciones de momentos que se habían acurrucado en su memoria.

En una de esas recordaciones le vino a la mente la maestra Elicha, tan airosa ella, pero últimamente misteriosa, sigilosa, preguntándole todas las mañanas por cosas de don Gonzalo, si eran parientes, porqué le había matriculado en el colegio, si tenía más hijos, que hacían durante la semana, a dónde iban, a qué hora se acostaban en la hacienda, cuántos la cuidaban, si tenían escopetas o solo zunchos, a dónde viajaba y porqué se había ido a Huancayo. Y cómo le había agradecido la maestra cuando le comentó, el último sábado al mediodía después de finalizar las clases, que el patrón regresaría en la madrugada pues por nada se perdía el campeonato ni las fiestas en honor del Tayta Lencho.

Su cuerpo se puso más tenso después que calculó que si caminaba apurado hasta el lugar en donde se encontraba la pelota de sus sueños tardaría dos horas en ir y venir, tenía que salir cuando el gallo cantara por primera vez para que don Gonzalo no se diera cuenta. Con la ansiedad que le causaban estos pensamientos se vistió y esperó sentado en la cama, cubriéndose con el uncu que alguna vez había sido del patrón, apenas aleteó el gallo se puso en marcha, muy sigiloso pero contento porque comenzaba a construirse un episodio feliz de su vida en el que aquella pelota sería una protagonista importante.

Cuando retornaba feliz con su trofeo envuelto en la chompa que se había sacado porque la mañana comenzaba a elevar la temperatura escuchó aquellas explosiones, como de bombardas, le recordaron que en honor a Tayta Lencho durante la semana se quemaban bombardas y cohetes de hasta siete tiempos que anunciaban el inicio de las misas diarias en su honor, se apuró pues parecían que habían sido en la hacienda, quizás el patrón estaba celebrando, con lo alegre que era; y apuró el paso.

Le faltaban unos dos kilómetros para llegar cuando vio que por el camino que bajaba venían en sentido contrario un grupo de unas veinte personas, desconocidos, algunos con escopetas y armas colgadas al hombro o enfundadas en la cintura; pensó en esconderse como reacción natural pero estaban a una distancia que ya no podía hacerlo sin que lo notaran, no había ningún lugar propicio cerca al sendero así que tras asegurarse que no conocía a nadie de ellos continuó su marcha pues no tenían porqué meterse con él.

Los primeros que cruzó eran niños apenas mayores que él, algunas jovencitas, en el centro el que parecía el jefe, un hombre joven, de unos veinticinco años, con la ropa avejentada por el uso continuo, llevaba una gorra muy parecida a la que tenía don Gonzalo colgada en el centro de la habitación que usaba como oficina, alguna vez le comentó que la tenía colgada como recuerdo del tiempo que había trabajado en el ejército; cuando parecía que ya habían pasado sintió la voz aquella que se grabó en su memoria para siempre:

-       Hey, chiuchi ¿de dónde vienes?

Se detuvo casi de inmediato y volteó lentamente mientras aquel que parecía el jefe estaba casi sobre él. Miró a los ojos del extraño y percibió esa mirada profunda que tenía extraños destellos de desprecio, de rencor, de rabia contenida, de deseos de sangre, como los ojos que una vez había visto en una muca que le atacó cuando accidentalmente invadió su madriguera, ojos de muca que amenazaban, no eres culpable pero igual tienes que pagar con tu sangre, sin que importe otra cosa, tu sangre.

Ahí estaban esos ojos acercándose a el, tras unos lentes de intelectual que más bien parecían vidrios especiales para ampliar el odio y la violencia que reflejaban, Alex pensó rápidamente y contestó:

-       De la banda, papay….

-      ¿De la banda? ¿Has visto policías por ese lado? – volvió a preguntarle el extraño personaje, mientras se acomodaba el arma que llevaba colgada al hombro dejando ver en un gesto ensayado un collar que colgaba de su cuello, al niño le pareció que aquella extraña gargantilla estaba hecha con orejas humanas momificadas, pero eso era imposible, ni al shapi se le ocurriría tal cosa.

-      No papay, allá no hay ni puesto siquiera – tratando de ocultar toda traza de nerviosismo.

-      Cuidado que me mientas, carajo, porque yo soy peor que los pishtacos ¿Qué llevas allí? – le preguntó mientras con la mano le hacía indicaciones para que mostrara el paquete que  quería ocultar.

-      Ah, ésta pelota que me han regalado por mi santo, tayta.

-      ¿Cómo? En lugar de pensar en la revolución, en la guerra popular estás pensando en cosas de la oligarquía, tu eres peón no patrón.

Aguantando las lágrimas a más no poder Alex presenció como aquel sujeto sacó el cuchillo que llevaba en la cintura y con verdadera fruición y un enfermizo deleite la atravesó dejándola cortada en dos pedazos. Lo volvió a mirar con esos ojos que solo podían ser del diablo y poniéndole el cuchillo a la altura de su cara le gritó:

-       Cuidado me mientas porque regreso por ti.

 

El resto del camino hasta la hacienda Chapi lo hizo corriendo, llegó bastante agitado y lo que encontró le produjo tal impresión que recién al día siguiente recuperó el habla. La casa había sido saqueada, los campesinos que el día anterior habían estado en la celebración deportiva ahora se repartían las cosas de la hacienda, los animales, los víveres, los muebles y hasta la ropa. Corrió sin rumbo entre la multitud que enloquecida saqueaba el lugar, no sabía lo que había pasado pero estaba claro que tendrían que haberle hecho algo a don Gonzalo, el no permitiría este vandalismo.

Cuando encontró aquel cuerpo destrozado, irreconocible, que parecían colgajos de distintos cadáveres reunidos por algún artista perverso, sospechó que se trataba del patrón, no tenía forma de identificarlo, la masa que la sangre había formado con el polvo no permitían reconocer de quien se trataba, pero cuando reconoció parte de la ropa y sobre todo aquel calzado militar que conservaba adentro una parte de la pierna era señal indiscutible que el cadáver era de don Gonzalo. Todo era irreal, parecían las pinturas de Théodore Géricault, de uno de los libros que el patrón se empeñaba en mostrarle. La mente se le nubló en ese momento.

 

Cincuenta y cinco años después, Alex, hoy retirado del ejército desde un lustro antes, sentado en el sillón reclinable, comprado especialmente para el, frente al televisor vuelve a revivir parte de esas sensaciones que lo marcaron para siempre. Cuando creció se enlistó en el ejército donde después de casi cuarenta años de trabajo se había retirado, durante su servicio había laborado por mucho tiempo en la sierra central y en la zona de selva combatiendo al terrorismo, esta etapa de su vida le dejó algunas cicatrices y males que hoy padece, agravados por la edad; su vida, como muchos de los héroes olvidados del país, transcurría frente al televisor, aunque no se perdía uno o dos noticieros al día se había visto seducido con aquellos documentales sobre historias del holocausto judío y sobre los juicios de Núremberg, el seguimiento y la captura de estos asesinos; se había quedado impresionado con el caso de Rudolph Hess, “el animal de Auschwitz”, el arquitecto y corresponsable del exterminio de más tres millones de judíos.

Esos ojos bajos dos cejas pobladas le habían impresionado, esa mirada que siempre le había parecido el tránsito entre la locura y la maldad, mirada que como el camaleón cambiaba de tono, como si el color proviniera de esas pupilas y no de la luz, mirada alimentada de odio nacido en lo profundo de un alma de nigromante. En lo más profundo de su ser, sin querer reconocerlo, rehuía la casi certeza de reconocer en esa mirada la maldad que había visto reflejada en el larguirucho extraño aquel que cambió su vida en la hacienda Chapi. En muchas de sus noches en vela se pasaba horas escapando del recuerdo de aquellas miradas, sentía que desde su interior una voz le advertía que no intentara siquiera compararlas porque descubriría un pasaje a la oscuridad, al averno, al corazón de la maldad, una crueldad perpetua, holística.

Sus manos se crisparon, su corazón se disparó y una efervescente sensación que no debía dejar que lo invadiera por completo pues podría tratarse de esa “deficiencia cardíaca” que algún doctor le diagnosticó. El noticiero de la mañana de un canal opositor al gobierno recién instalado había propalado, a toda pantalla la imagen del nuevo ministro de relaciones exteriores bajo el titular “El canciller de la muerte”.

Aquel anciano, parado al lado del pabellón nacional, con el fajín de ministro lo miraba con menosprecio, con encono, con esa conjugación perfecta de locura y odio que había visto en el “animal de Auschwitz” y aquel furibundo sujeto que atacó Chapi, con la misma expresión que quizás vio Abel en el rostro de su hermano. Alex se paralizó, quiso encontrar la explicación cuerda de porqué ese asesino había llegado a tal posición. Sintió la necesidad de escapar de la realidad, era preciso, se negaba a aceptar este contexto, de pronto, el demonio disfrazado de anciano, con la mirada más cruel que vería en su vida, le señaló, como si se tratara del Tío Sam más siniestro imaginable y le dijo:

-       ¡Por fin te encontré…!

  

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...