Había
dejado su cama antes de que amaneciera, no pudo conciliar el sueño pensando en
ir por aquella pelota, aquella que se metió a una chacra cuando se jugaba la
final del campeonato en el que participaron equipos muy conocidos de las
haciendas más cercanas, durante la tarde anterior, domingo, en honor al patrón
local San Lorenzo, o Tayta Lencho como le
llamaban los lugareños. Había ido con el patrón don Gonzalo desde muy
temprano a ver los partidos, porque el patrón que era muy querido y respetado,
todos los años se hacía cargo de los premios para los campeones, este año no fue
la excepción, aunque muchos no lo esperaban porque don Gonzalo había viajado a
Huancayo por motivos de salud, esa misma madrugada había regresado a Chapi, la
hacienda de su propiedad y, con las justas había salido a apadrinar el
campeonato como tantas otras veces.
Para Alex
era un honor acompañar al patrón, cargar a la tolva de la camioneta los
porongos de aguardiente y algunas cajas de cerveza, regalos, pelotas y hasta un
carnero que iba maneado, rumiando quizás su mala suerte de haber sido elegido
como premio mayor. Disfrutaba viajar al lado de la carga y gozar del viento restregándose
en su cara mientras el polvo se acumulaba en todo su cuerpo para luego, con
saltos desempolvarse creando una nube a su alrededor que se encargaba de
disipar con las manos y soplidos. A sus doce años, huérfano y sin futuro, viviendo
bajo el amparo de don Gonzalo, que parecía ser la única persona que le daba
muestras de afecto, sus mayores alegrías eran aquellas que el mismo se podía
dar.
Por eso,
había escogido la misma piedra en donde se sentó muchas veces, buscando un
lugar un poco alejado desde donde podía gozar en soledad todo lo que pasaba en
los encuentros de “fútbol cholo” que se iban sucediendo uno a uno. Desde allí,
pudo observar cuando una de las pelotas que el había cargado y que el patrón
había regalado para el campeonato salió despedida muy lejos de la polvorienta
cancha y se metió entre un brote de pacha mulakas y carrizos. Algunos mozos
fueron en busca de la pelota para devolverla al juego pero Alex veía con
sorpresa cómo pasaban muy cerca de ella y no la llegaron a advertir, hasta que,
después de muy poco desistieron, pues habían tantas pelotas nuevas que una no
importaba.
Se pasó el
resto de la tarde vigilando desde su puesto; cuando comenzó a anochecer y todos
retornaban después de haberse acabado el aguardiente y la cerveza que llevó el patrón, Alex quiso sacar la
pelota de su escondite ocasional y llevársela con él, pero desistió porque
alguien podía darse cuenta.
-
Mejor regreso
mañana – pensó con una sonrisa que desde sus labios llegaba a sus cejas y se
aseguró, hasta que subió de regreso a la camioneta de don Gonzalo, que nadie
había reclamado la pelota que seguía perdida.
La noche
la pasó casi en vela, durmiendo como si el dormir se tratara de una sucesión de
puntos suspensivos, donde cada uno de ellos guardara un sueño irreal o real
pero que no tenían relación con el otro, imaginando por ratos aquella pelota,
nueva, lustrosa, turgente, sin ningún rasguño todavía, que le estaba esperando;
y, soñando episodios cercanos y lejanos que no podía precisar si los había
vivido o solo eran evocaciones de momentos que se habían acurrucado en su
memoria.
En una de
esas recordaciones le vino a la mente la maestra Elicha, tan airosa ella, pero
últimamente misteriosa, sigilosa, preguntándole todas las mañanas por cosas de
don Gonzalo, si eran parientes, porqué le había matriculado en el colegio, si
tenía más hijos, que hacían durante la semana, a dónde iban, a qué hora se
acostaban en la hacienda, cuántos la cuidaban, si tenían escopetas o solo zunchos,
a dónde viajaba y porqué se había ido a Huancayo. Y cómo le había agradecido la
maestra cuando le comentó, el último sábado al mediodía después de finalizar
las clases, que el patrón regresaría en la madrugada pues por nada se perdía el
campeonato ni las fiestas en honor del Tayta Lencho.
Su cuerpo se
puso más tenso después que calculó que si caminaba apurado hasta el lugar en
donde se encontraba la pelota de sus sueños tardaría dos horas en ir y venir, tenía
que salir cuando el gallo cantara por primera vez para que don Gonzalo no se
diera cuenta. Con la ansiedad que le causaban estos pensamientos se vistió y
esperó sentado en la cama, cubriéndose con el uncu que alguna vez había sido
del patrón, apenas aleteó el gallo se puso en marcha, muy sigiloso pero
contento porque comenzaba a construirse un episodio feliz de su vida en el que
aquella pelota sería una protagonista importante.
Cuando
retornaba feliz con su trofeo envuelto en la chompa que se había sacado porque
la mañana comenzaba a elevar la temperatura escuchó aquellas explosiones, como
de bombardas, le recordaron que en honor a Tayta Lencho durante la semana se
quemaban bombardas y cohetes de hasta siete tiempos que anunciaban el inicio de
las misas diarias en su honor, se apuró pues parecían que habían sido en la
hacienda, quizás el patrón estaba celebrando, con lo alegre que era; y apuró el
paso.
Le
faltaban unos dos kilómetros para llegar cuando vio que por el camino que bajaba
venían en sentido contrario un grupo de unas veinte personas, desconocidos,
algunos con escopetas y armas colgadas al hombro o enfundadas en la cintura;
pensó en esconderse como reacción natural pero estaban a una distancia que ya
no podía hacerlo sin que lo notaran, no había ningún lugar propicio cerca al
sendero así que tras asegurarse que no conocía a nadie de ellos continuó su
marcha pues no tenían porqué meterse con él.
Los
primeros que cruzó eran niños apenas mayores que él, algunas jovencitas, en el
centro el que parecía el jefe, un hombre joven, de unos veinticinco años, con
la ropa avejentada por el uso continuo, llevaba una gorra muy parecida a la que
tenía don Gonzalo colgada en el centro de la habitación que usaba como oficina,
alguna vez le comentó que la tenía colgada como recuerdo del tiempo que había
trabajado en el ejército; cuando parecía que ya habían pasado sintió la voz
aquella que se grabó en su memoria para siempre:
-
Hey, chiuchi ¿de
dónde vienes?
Se detuvo
casi de inmediato y volteó lentamente mientras aquel que parecía el jefe estaba
casi sobre él. Miró a los ojos del extraño y percibió esa mirada profunda que
tenía extraños destellos de desprecio, de rencor, de rabia contenida, de deseos
de sangre, como los ojos que una vez había visto en una muca que le atacó
cuando accidentalmente invadió su madriguera, ojos de muca que amenazaban, no
eres culpable pero igual tienes que pagar con tu sangre, sin que importe otra
cosa, tu sangre.
Ahí
estaban esos ojos acercándose a el, tras unos lentes de intelectual que más
bien parecían vidrios especiales para ampliar el odio y la violencia que
reflejaban, Alex pensó rápidamente y contestó:
-
De la banda,
papay….
-
¿De la banda?
¿Has visto policías por ese lado? – volvió a preguntarle el extraño personaje,
mientras se acomodaba el arma que llevaba colgada al hombro dejando ver en un
gesto ensayado un collar que colgaba de su cuello, al niño le pareció que
aquella extraña gargantilla estaba hecha con orejas humanas momificadas, pero
eso era imposible, ni al shapi se le ocurriría tal cosa.
-
No papay, allá no
hay ni puesto siquiera – tratando de ocultar toda traza de nerviosismo.
-
Cuidado que me
mientas, carajo, porque yo soy peor que los pishtacos ¿Qué llevas allí? – le
preguntó mientras con la mano le hacía indicaciones para que mostrara el
paquete que quería ocultar.
-
Ah, ésta pelota
que me han regalado por mi santo, tayta.
-
¿Cómo? En lugar
de pensar en la revolución, en la guerra popular estás pensando en cosas de la
oligarquía, tu eres peón no patrón.
Aguantando
las lágrimas a más no poder Alex presenció como aquel sujeto sacó el cuchillo
que llevaba en la cintura y con verdadera fruición y un enfermizo deleite la
atravesó dejándola cortada en dos pedazos. Lo volvió a mirar con esos ojos que
solo podían ser del diablo y poniéndole el cuchillo a la altura de su cara le
gritó:
-
Cuidado me
mientas porque regreso por ti.
El resto
del camino hasta la hacienda Chapi lo hizo corriendo, llegó bastante agitado y
lo que encontró le produjo tal impresión que recién al día siguiente recuperó
el habla. La casa había sido saqueada, los campesinos que el día anterior
habían estado en la celebración deportiva ahora se repartían las cosas de la
hacienda, los animales, los víveres, los muebles y hasta la ropa. Corrió sin
rumbo entre la multitud que enloquecida saqueaba el lugar, no sabía lo que
había pasado pero estaba claro que tendrían que haberle hecho algo a don
Gonzalo, el no permitiría este vandalismo.
Cuando
encontró aquel cuerpo destrozado, irreconocible, que parecían colgajos de
distintos cadáveres reunidos por algún artista perverso, sospechó que se
trataba del patrón, no tenía forma de identificarlo, la masa que la sangre
había formado con el polvo no permitían reconocer de quien se trataba, pero
cuando reconoció parte de la ropa y sobre todo aquel calzado militar que
conservaba adentro una parte de la pierna era señal indiscutible que el cadáver
era de don Gonzalo. Todo era irreal, parecían las pinturas de Théodore
Géricault, de uno de los libros que el patrón se empeñaba en mostrarle. La
mente se le nubló en ese momento.
Cincuenta
y cinco años después, Alex, hoy retirado del ejército desde un lustro antes,
sentado en el sillón reclinable, comprado especialmente para el, frente al
televisor vuelve a revivir parte de esas sensaciones que lo marcaron para
siempre. Cuando creció se enlistó en el ejército donde después de casi cuarenta
años de trabajo se había retirado, durante su servicio había laborado por mucho
tiempo en la sierra central y en la zona de selva combatiendo al terrorismo,
esta etapa de su vida le dejó algunas cicatrices y males que hoy padece,
agravados por la edad; su vida, como muchos de los héroes olvidados del país,
transcurría frente al televisor, aunque no se perdía uno o dos noticieros al
día se había visto seducido con aquellos documentales sobre historias del
holocausto judío y sobre los juicios de Núremberg, el seguimiento y la captura
de estos asesinos; se había quedado impresionado con el caso de Rudolph Hess,
“el animal de Auschwitz”, el arquitecto y corresponsable del exterminio de más
tres millones de judíos.
Esos ojos
bajos dos cejas pobladas le habían impresionado, esa mirada que siempre le
había parecido el tránsito entre la locura y la maldad, mirada que como el
camaleón cambiaba de tono, como si el color proviniera de esas pupilas y no de
la luz, mirada alimentada de odio nacido en lo profundo de un alma de
nigromante. En lo más profundo de su ser, sin querer reconocerlo, rehuía la
casi certeza de reconocer en esa mirada la maldad que había visto reflejada en
el larguirucho extraño aquel que cambió su vida en la hacienda Chapi. En muchas
de sus noches en vela se pasaba horas escapando del recuerdo de aquellas miradas,
sentía que desde su interior una voz le advertía que no intentara siquiera
compararlas porque descubriría un pasaje a la oscuridad, al averno, al corazón
de la maldad, una crueldad perpetua, holística.
Sus manos
se crisparon, su corazón se disparó y una efervescente sensación que no debía
dejar que lo invadiera por completo pues podría tratarse de esa “deficiencia
cardíaca” que algún doctor le diagnosticó. El noticiero de la mañana de un
canal opositor al gobierno recién instalado había propalado, a toda pantalla la
imagen del nuevo ministro de relaciones exteriores bajo el titular “El
canciller de la muerte”.
Aquel
anciano, parado al lado del pabellón nacional, con el fajín de ministro lo
miraba con menosprecio, con encono, con esa conjugación perfecta de locura y
odio que había visto en el “animal de Auschwitz” y aquel furibundo sujeto que
atacó Chapi, con la misma expresión que quizás vio Abel en el rostro de su
hermano. Alex se paralizó, quiso encontrar la explicación cuerda de porqué ese
asesino había llegado a tal posición. Sintió la necesidad de escapar de la
realidad, era preciso, se negaba a aceptar este contexto, de pronto, el demonio
disfrazado de anciano, con la mirada más cruel que vería en su vida, le señaló,
como si se tratara del Tío Sam más siniestro imaginable y le dijo:
-
¡Por fin te
encontré…!