LA PENSION

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sábado, 31 de diciembre de 2022

LA TÍA LUCY

 

-       ¡La tía Lucy viene la próxima semana!

Hasta hoy suenan en mis oídos las palabras de mi madre cuando nos anunció la visita de su hermana antes de la navidad de hace dos años.

Eran los últimos días de noviembre y en Lima ya se vivían aires de navidad, especialmente en los grandes centros comerciales, malls y otras instalaciones capitalistas que utilizan las fiestas religiosas, en realidad cualquier ocasión, para convertirnos en compradores compulsivos.

Mi primera reacción fue intentar pasar desapercibida la noticia, mi madre nos había hablado tanto de ella que nos hizo perder la emoción que debe sentir cualquier sobrino cuando una tía viene de Estados Unidos después de diez años. La tía Lucy era la segunda de nueve hermanos, mi mamá era la tercera, de una familia pobre y no todos los hermanos pudieron terminar siquiera la secundaria. Como en muchas familias pobres, donde no existe la presencia de un padre, tuvieron que buscar trabajo siendo aún adolescentes.

Se me vinieron a la mente todas las anécdotas y aventuras que mamá contó sobre la tía Lucy. Las dos hermanas eran inseparables, pero apenas terminada la adolescencia tuvieron que apartarse. Mi madre salió en cinta y se marchó a vivir con mi padre mientras que Lucy comenzó a trabajar en una fábrica textil donde ganaba lo suficiente para mantenerse y apoyar a toda la familia, especialmente a los que aún no habían conseguido trabajo.

Después de tener su cuarto hijo mi padre salió un día de casa, sin haber superado la resaca del día anterior, para buscar dinero para el desayuno y no regresó jamás, lo mejor que le pudo haber pasado es que el alcohol de pronto lo privó de la memoria y lo alejó de su familia, cosa que no nos entristeció mucho, teniendo en cuenta la vida de maltrato y miseria que nos daba.

Pero fue después de esto que la tía Lucy cobró importancia. Primero se auto tituló madrina mía y de mis tres hermanos y colaboró con la educación de cada uno de nosotros. Le consiguió trabajo a mamá, en la misma fábrica, claro que con un sueldo menor, insuficiente para las necesidades de un hogar disfuncional con cuatro hijos por mantener, todos en edad escolar; por eso, cada fin de mes, la tía llevaba a mamá de compras y la apoyaba con aquellas cosas que nos permitieran seguir sobreviviendo. Para los cumpleaños y las fiestas ella siempre estaba presente, a veces con la torta, el panetón o el pollo a la brasa, otras veces con un regalito por algún onomástico o una propina por haber terminado el colegio, en sus visitas casi semanales siempre traía algo de ropa para uno de nosotros.

El haberlo vivido, valgan verdades, no lo recuerdo, todo llegó a mi a través de los relatos de mamá.

Cuando la tía Lucy se casó, las cosas cambiaron por completo, se volvió una tacaña y miserable, nunca más aparecieron las propinas o los pollos a la brasa, siempre que nos visitaba llegaba con las manos vacías, para entonces, mi madre y mis hermanos, trabajaban en lo que podían para poder mantener la pequeña casa en donde vivíamos.

Yo la recordaba siempre con la misma ropa, al lado de un señor con lentes oscuros que no se los sacaba ni en noches de lluvia. Era su esposo, un tipo que no trabajaba, que vivía de los ingresos de la tía, del que se decía que era “un choro plantado”, por suerte no tuvieron hijos.

Mi madre perdió su trabajo por quiebra de la empresa y entonces se vinieron años muy difíciles para todos nosotros, dependíamos casi exclusivamente del sueldo de mi hermano mayor, aún después de que éste ya formara su nueva familia.

La tía Lucy jamás nos visitó, nunca nos volvió a traer nada y cuando coincidíamos en alguna reunión familiar ella estaba con la misma ropa siempre y nunca le vi gastar un sol, recuerdo que en algunas reuniones familiares se quedaba hasta el final, recién a partir de las seis de la mañana se retiraba, tomando su combi para evitar el gasto del taxi; su fama de miserable se extendió más allá del ámbito familiar.

Un día nos enteramos que el motivo de su extrema tacañería era ahorrar y poder viajar a Estados Unidos. Vaya que lo consiguió, le dieron visa de turista para ella y su marido, ¿cómo lo hizo?, hasta ahora es un misterio. Pero se fueron en busca de fortuna, como ilegales, con las esperanzas con las que miles de peruanos se fueron para allá.

Esto que cuento fue hace unos veinte años, hoy, la tía ya es ciudadana con todos sus derechos, tiene una casa de su propiedad en Orlando, sigue viviendo con su marido, no tuvo ningún hijo pero se dedicó a trabajar muy duro consiguiendo ser toda una ciudadana norteamericana que puede pasearse libremente por el mundo.

Mi madre vive con dos de mis hermanos en casa de uno de ellos, yo ya me independicé hace años pero creo que sigo siendo una persona en busca de un futuro solvente, sin apremios económicos, por ahora vivo en un departamento alquilado y soy, como millones de limeños, un sufrido usuario del transporte público.

Hace unos cinco años, la tía Lucy regresó al Perú por primera vez desde que se marchó. Vino sola sin su marido, se hospedó en casa de mi madre y su visita duró un mes y medio. Las referencias que tengo es que sigue igual de tacaña, enemiga de dar propinas, solo toma desayuno y almuerza, era evidente que  no cenaba para no gastar, su apoyo en los días que estuvo en casa fue el de comprar pan para el lonche, cuando alguien la visitaba y de proveer cajitas de té filtrante para que nunca faltara algo de tomar. Al marcharse le regaló un cenicero a mi madre, que decía que era de loza china, sabiendo que en casa nadie fuma.

Se imaginan entonces que con esas referencias nadie se alegró cuando mamá anunció su llegada.

Pero pronto las cosas cambiaron, la tía Lucy comenzó a comunicarse por WhatsApp con mamá y otros familiares. Increíblemente les pedía las tallas de sus hijos para traerles ropa y zapatillas “de marca”.

La conmoción fue general. Familiares cercanos y no tan cercanos comenzaron a anotarse y para todos tenía una respuesta, “¿Qué color te gusta? ¿Eres talla chica o grande? ¿Quieres una marca en especial? ¿Eso es todo?” Era increíble cómo todos nos olvidamos del pasado reciente de la tía.

Y me tocó vivir una parte muy especial de esta historia. Fue el destino, cuando pedí mis vacaciones para diciembre nunca pensé que me iban a designar como chaperón de la tía Lucy. Fui designado para recogerla del aeropuerto y para apoyarla en todo aquello que la hiciera feliz durante su estadía; así que me comuniqué con ella para coordinar su llegada y lo primero que me preguntó era que quería que me trajera:

-       Cualquier cosa tía – le dije, pero me acordé que necesitaba una Tablet y había visto una al alcance de mi presupuesto, así que agregué – Más bien tía, te voy a depositar 290 dólares para que me compres una Tablet que venden por delivery.

Ella se comprometió a traerme una más cara y me sentí afortunado porque de pronto la navidad se coloreó para mi.

Su llegada estuvo prevista para la una de la mañana de una madrugada helada, estuve en el aeropuerto muriéndome de frío desde las once de la noche, sin embargo el avión llegó casi a las tres y la tía salió de la sala de embarque a las cuatro.

Éramos un grupo de algo más de diez familiares los que la recibimos, abrazos con todos, lo extraño fue que en el porta equipaje traía dos maletas pequeñas, todos nos preguntamos con las miradas ¿y las cosas para nosotros?.

Después de las acostumbradas bienvenidas y los besos y saludos, la tía sacó un ticket de uno de sus bolsillos y enseñándolos a todos nos advirtió:

-       Estamos con mala suerte, las dos maletas con las cosas no han llegado, se quedaron por error de la aerolínea en Panamá, pero no se preocupen, en máximo una semana estarán aquí para recogerlas.

Esto que pudo ser una noticia desalentadora fue mas bien una suerte de renovación de la esperanza que nuestras navidades vendrían con un regalo especial, a todos nos pareció un hecho anecdótico pues recientemente otro familiar llegado de Estados Unidos tuvo el mismo percance que fue superado en pocos días.

Como guía oficial de la tía Lucy me correspondió embarcarme en el taxi con ella hacia la casa donde vivía mi madre, a unos quince minutos del aeropuerto. Al llegar se produjo uno de aquellos hechos que son parte de las muchas contradicciones en torno a su visita. Me dijo antes de bajar:

-       ¿Podrías pagar el taxi por favor? Después te devuelvo, con tanto ajetreo me olvidé de cambiar mis dólares – en lugar de quedar sorprendido o perplejo un extraño aire navideño me envolvió, convirtiéndome en una suerte de duende que ante la proximidad de Papa Noel no tenía otra alternativa que sentirse feliz.

Claro que pagué y nunca me devolvió, era como una pequeña penitencia en tanto mi Tablet llegara.

Esa madrugada se celebró la visita de la tía hasta pasado el mediodía, luego no recuerdo mucho, solo el café cargado que tuve que tomar para despabilarme al día siguiente, apenas levantarme y poder acudir a acompañar y atenderla.

La llevé a curarse los dientes, a medirse la vista, a visitar a uno y otro familiar. Me quedaba en casa de mi madre, donde estaba cómodamente hospedada, hasta que se acostaba, al día siguiente llegaba temprano para poderla acompañar a atender diversos asuntos; había uno al que la tía le estaba dedicando mucho tiempo, era la gestión para recibir una pensión por el tiempo que había trabajado en aquella fábrica textil, visitamos muchas oficinas, abogados y notarios para completar los trámites, pero me hizo saber que tendría que gestionar unos documentos en Estados Unidos para completar su expediente.

Lo cierto es que, había pasado más de una semana y ya estaba cansado, los continuos viajes en combi, en el metropolitano o en tren y las interminables caminatas me estaban consumiendo, ella nunca viajaba en taxi, pero creo que la esperanza de recibir las maletas olvidadas en Panamá mantenía vivo mi interés en servirle de lazarillo.

Hasta una mañana en que me dijo que nos tocaba ir al aeropuerto para recoger las benditas maletas. Mi excitación se fue al límite, el día tan esperado estaba aquí.

-       Tengo un amigo que nos puede alquilar una camioneta – le ofrecí emocionado.

-       No es necesario, creo que las podemos traer cómodamente en un taxi.

Para mi no había diferencia, las expectativas por tener aquella Tablet soñada en mis manos calmaba cualquier arresto de incomodidad.

Nos fuimos al aeropuerto, ella ingresó sola, tuve que esperarla afuera porque la  seguridad se había extremado después de un paro del personal que operaba el aeropuerto. No me importó en absoluto, esperé casi dos horas. Y me llamó mucho la atención verla salir con un sobre un poco abultado y nada más.

-       ¿Qué pasó? – pregunté algo tolondro.

-       No sabes, las maletas han sido devueltas a Orlando y ya las han entregado en casa, acabo de hablar con tu tío y están conforme; gracias a Dios me envió los documentos que me faltaban.

Esa tarde las comunicaciones entre los familiares fue de grado militar, iban y venían de un lado y de otro, todos se preguntaban cómo haría la tía para pedir las maletas, unos sugerían hacer “una chancha” para pagar  el envío, otros decían que era responsabilidad de la tía; hasta que ella misma lo explicó.

-       Antes de irme les voy a devolver su dinero a todos aquellos que me encargaron algo, como ya compré todo lo que me pidieron, apenas llegue a casa les voy a enviar las maletas para que repartan todas las cosas que pensaba entregarles personalmente, a los que me enviaron dinero sus pedidos les va a salir gratis, es la forma en que se me ocurre compensarles por el mal rato que les hice pasar.

Nada que discutir, todos nos mostramos conformes. Y así fue, dos días antes de su partida, después de haber celebrado un año nuevo como se debe, donde la tía tomó, bailó y comió como nadie, nos volvimos a reunir.

Estaba casi la familia completa, la casa de mi madre resultó pequeña para tanta gente, la tía comenzó a llamar a cada uno de los que le habíamos enviado dinero y nos lo devolvía con un gesto angelical, con una expresión que todavía resumía navidad por todos sus poros. Al terminar no se nos ocurrió mejor idea que comprar trago, comida y poner música para despedirla. Celebramos hasta las diez de la mañana porque tenía que viajar a la medianoche, sino la seguíamos.

Me devolvió los 290 dólares pero gasté 150 en su despedida, recuerdo que me volví solvente y mandé pedir tres pollos a la brasa, qué importaba, total, pronto tendría mi Tablet y 140 dólares ahorrados.

Con el mismo entusiasmo de siempre, la llevé al aeropuerto, me volví a comer el frío de la madrugada pero sentía un calor interno que me mantenía optimista, cada hora que pasaba estaba más cerca de mi sueño tecnológico.

No dormí y me mantuve pendiente de los mensajes de la tía, me consumía la ansiedad, había calculado su tiempo de vuelo, el transporte hasta su casa, el tiempo que le tomaría descansar, las cosas urgentes que tendría que resolver después de su viaje y la hora en que tenía que comunicarse con nosotros.

Unas horas después de mis cálculos por fin tuvimos noticias de ella.

Con bastante dolor nos comunicaba que mientras su esposo fue a recogerla al aeropuerto unos ladrones se metieron a su casa y la desvalijaron, se llevaron electrodomésticos, joyas, dinero en efectivo, muebles, adornos, hasta la ropa de cama, es decir los dejaron con lo que traían puesto en ese momento. Ah! por supuesto, su dolor era tanto que nadie se atrevió a preguntar por las maletas, todos intuimos que también se las llevaron los ladrones.

Personalmente me sentí perplejo, confuso, no lograba cuajar en mi un vil pensamiento que culpara injustamente los esfuerzos de la tía Lucy, ella era quizás el resultado de una situación desgraciada que no merecía vivir.

Le escuché decir entre dientes a mi madre:

-       Pobre Lucy, no ha cambiado.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...