LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

lunes, 27 de enero de 2025

LAURITA


Hoy amanecí peor que los últimos días, aunque los dolores son los mismos mi estado de ánimo está mejor, me siento como si tuviera una deuda pendiente por mucho tiempo a punto de pagar, como si hubiera dejado algo muy importante para mi pero no logro identificar qué; aunque a veces pienso que es otra de esas “resacas” de abstemio que suele hundirme en una espantosa depresión que he estado sintiendo casi todos los días. Pero hoy la siento diferente, quizás más intensa.

El cuarto huele a alguna sustancia láctica, puede deberse al incienso que alcanzo a ver sobre la mesita donde coloco mis medicinas, hoy, sin fuerzas para moverme, solo percibo ese olor que le da a todos mis sentidos otro matiz, el cuarto me parece más pulcro e iluminado; definitivamente la luz no proviene del foco ahorrador ni de alguna lámpara, es culpa del incienso que le da esta representación.

La puerta se abre, la penumbra se vuelve claridad, la silueta de ella al cruzar el umbral es clásica en mi consciencia, la he visto durante meses. Laurita lleva una colección de palitos para sahumerio entre sus manos, pegadas a su pecho, camina en puntitas, como una bailarina de ballet clásico calentando antes de su rutina. Escoge dos o tres y los enciende al lado de aquellos que apenas echan humo como si estuvieran luchando por mantenerse encendidos,

La veo orar ante la imagen a la que también oraba mi madre, posiblemente también mi abuela, sin voltear a mirarme, acaba su oración y alcanzo a oír una parte de la petición, los nombres de mis padres, el mío y de familiares que casi no recuerdo. Esta niña tiene un alma inmensa, no pide para ella y espera que sus oraciones tengan efecto sobre las personas que quiere.

Digo niña pues en mis recuerdos se han mantenido frescos los días de su llegada, cuando apenas era una niñita de siete años. Fue mi madre que en uno de sus viajes a su tierra la trajo, tenía un vínculo familiar con nosotros; quizás, la partida del hogar de mis dos hermanas mayores le dejaron un vacío que intentó llenar con Laurita. Mi madre siempre decía que la había traído para que sea su compañía y la ayudara en algunas cosas de la casa, a cambio tendría el calor de un hogar, educación de calidad, alimentación, en resumen, la trataría como una hija, aunque este hogar comenzaba a desmoronarse con la partida de las hijas que, como es natural, formaron sus propias familias.

Quedaba solo yo en casa, soy el tercer y último de los hijos. Aunque siempre conté con el apoyo de mis padres no logré ser profesional, trabajaba en lo que encontrara y vivo de la asignación que mi padre me ha concedido. Siento que por eso, mis hermanas me relegan y me perciben como un vividor, que vive a costillas de sus padres.

No toman en cuenta la dedicación que tuve con ellos, muchos años antes de morir papá quedó relegado a una silla de ruedas debido a una DLC prematura que le diagnosticaron y que fui yo quien lo atendió hasta su muerte, relegando mis propias expectativas. No me dejó tiempo para estudiar o para hacerme de un trabajo estable, sobre la marcha tuve que aprender a cuidar de una persona desvalida con todos los detalles médicos que involucra. Fui yo quien lo cargó a cada una de sus citas médicas, lo alimenté hasta que no pudo pasar bocados, no alcanzo a sumar las horas que le dediqué para mantenerlo limpio, sano y darle calidad de vida hasta el último de sus días.

También quedé solo con mamá, esta etapa fue peor, tratar a una anciana que sufre de eremofobia y nictofobia ni siquiera está documentado. Viví a su lado porque era imposible dejarla sola; a pesar de todo lo que hice, creo que el abandono de sus hijas aceleró su crepúsculo.

Laurita se hizo indispensable entonces. Si, Laurita, la hija menor de mis padres por voluntad de ellos, se hizo cargo de las necesidades de mi madre, aquellas que no podía atender y las que mi madre pedía.

Fue Laurita quien también le puso un poco de brillo a los últimos días de papa. Se daba tiempo para asistir a la universidad y atender a mis padres. Tenía una fortaleza que nunca he visto en mujer alguna, se sobreponía al impacto de cualquier dolor y controlaba la situación, parecía no conmoverse por nada, pero, créanme, la vi llorar muchas veces pidiendo por todos nosotros a la imagen que acababa de orar.

Creció durante los años en que papá estuvo postrado, asumiendo responsabilidades de una persona adulta, quizás por eso nadie se dio cuenta que aquella niñita de trenzas largas que llegó a casa ya se había convertido en una mujer. Tampoco me di cuenta hasta aquel día.

Hacía calor y llevaba despierto buen tiempo dando vueltas en la cama, ya había amanecido y esperaba que dieran las seis y media para levantarme e ir a comprar el pan, mi primera tarea diaria; me levanté somnoliento, creo que los últimos minutos me quedé dormido, tenía que darme un duchazo para comenzar el día fresco, abrí la puerta del baño y allí estaba Laurita. Había terminado de bañarse y estaba secando su cuerpo cuando la interrumpí. La sorpresa de sus ojos se convirtió rápidamente en la calma que siempre mostraba en los momentos difíciles.

-           Disculpa, creo que no cerré bien la puerta, fue mi culpa – me dijo como si nos hubiéramos cruzado en un pasillo, como si la prioridad fuera disculparse antes que cubrir la desnudez de su cuerpo.

Entonces me di cuenta de que estaba frente a una mujer, una de aquellas capaz de traerse un imperio abajo, la niña de las trenzas largas había quedado en algún lugar y cual mariposa había pasado a convertirse en una mujer. Desde aquella vez ya no fui el mismo, me dediqué a observarla, a memorizar cada centímetro de ella, yo tengo buena memoria. Qué placer sentía al verla caminar por la casa despreocupada mientras imaginaba la piel que tenía bajo cada centímetro de ropa, era imposible olvidarse de aquel cuerpo, de aquella mirada, de esa naturalidad salvaje que mostró ante el incidente.

Mi cambio empezó por quedarme en casa mientras ella estaba, a veces dejaba a mi madre sola y la seguía por varias cuadras sin que me notara, de lejos parecía mucho más hermosa, su caminar, su porte, aquella gracias que solo he visto en las modelos de pasarela. Definitivamente, no tenía consciencia de su belleza.

Mis sueños se enfangaron y en todos estaba ella, algunas veces éramos pareja, otras era un esclavo de una reina de infinita sabiduría que manejaba hasta mis instintos con una mirada, cada sueño hacía crecer este sentimiento que entonces negaba que fuera amor. No la puedo amar, sería como intentar tener a una hermana como novia, nadie lo aceptaría; aunque mis hermanas no tienen interés en nada de lo que pasara en esta casa seguro que se opondrían. La decisión está tomada, tengo que tener paciencia, quizás cuando mi madre haya partido podré abrazarla libremente sin la culpa de sentir amor y avidez por tenerla para mi.

Aunque corta, la espera fue un verdadero martirio, teniéndola tan cerca, rozándola descuidadamente, escuchando su respiración sobre mi cara, sintiendo su mano sobre mis brazos y hombros, hirviendo por dentro sin la certeza de que algún día ella se diera cuenta de mi situación.

Mi madre falleció, ahora estábamos solos, más cerca de mis sueños.

Maldito destino que le pone circunstancias negativas a nuestro camino, caí enfermo y tuve que guardar cama, los médicos no concuerdan con el diagnóstico, pero parece grave, no estoy seguro desde cuándo estoy aquí, pero espero, algún día ponerme bien y entonces las cosas se pondrán de mi lado.

No recuerdo haber soñado algo la noche anterior, no me siento peor que antes, pero esta sensación con la cual desperté me causa una gran incomodidad.

Aprovecho para intentar dormir un poco más, cierro mis ojos y como siempre viene la imagen de ella. Cuánta belleza en una sola persona. Qué delicadeza en cada una de las cosas que hace, sus movimientos naturales pero impetuosos la cubren de un halo misterioso. Es una mujer como ninguna.

Tengo algunos sentimientos que no puedo describirlos, solo se que hacen crecer el amor que tengo por ella.

No se de dónde trajo esa costumbre de lavar los pies a los muertos, pero cuando lo hizo con mis padres mientras la miraba, mi corazón se hacía débil pero sentía cada pulso directo a cada una de mis células, el amor por ella se hizo colosal admirando cada uno de sus movimientos. La vuelvo a ver, arrodillada, pasando el trapo húmedo por los pies ya sin vida, movimientos ordenados, lentos, en cada uno de ellos una mujer diferente ¿Podría ella ser varias mujeres? Seguro que sí, pero todas tendrán que ser mías.

Mientras frotaba los pies y acompasadamente remojaba y escurría la toalla en la pequeña tina blanca, agachándose, dejando ver la voluptuosidad de su pecho como si no existiera nadie delante suyo, supe que le pediría que lo hiciera conmigo antes de entregarnos a la dictadura de nuestros sentidos.

En medio de estos pensamientos la puerta se vuelve a abrir, Laurita camina intentando que no la sienta, cierro mis ojos para no incomodarla, se sienta al borde de la cama, su olor mesclado con el incienso me pone en otro plano, me siento inmortal.

Percibo que levanta la sábana dejando libres mis pies. Veo la tina blanca de la que sobresale una toalla también blanca.

Su silueta al contraste de la puerta que quedó abierta me parece una figura inmortal, una diosa, una mujer genuina.

-       Pero ¿qué haces Laurita? ¿Me vas a lavar los pies?

 

 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...