Hoy amanecí peor que los últimos días, aunque los dolores son los mismos
mi estado de ánimo está mejor, me siento como si tuviera una deuda pendiente
por mucho tiempo a punto de pagar, como si hubiera dejado algo muy importante
para mi pero no logro identificar qué; aunque a veces pienso que es otra de
esas “resacas” de abstemio que suele hundirme en una espantosa depresión que he
estado sintiendo casi todos los días. Pero hoy la siento diferente, quizás más
intensa.
El cuarto huele a alguna sustancia láctica, puede deberse al incienso
que alcanzo a ver sobre la mesita donde coloco mis medicinas, hoy, sin fuerzas
para moverme, solo percibo ese olor que le da a todos mis sentidos otro matiz,
el cuarto me parece más pulcro e iluminado; definitivamente la luz no proviene
del foco ahorrador ni de alguna lámpara, es culpa del incienso que le da esta
representación.
La puerta se abre, la penumbra se vuelve claridad, la silueta de ella al
cruzar el umbral es clásica en mi consciencia, la he visto durante meses.
Laurita lleva una colección de palitos para sahumerio entre sus manos, pegadas
a su pecho, camina en puntitas, como una bailarina de ballet clásico calentando
antes de su rutina. Escoge dos o tres y los enciende al lado de aquellos que
apenas echan humo como si estuvieran luchando por mantenerse encendidos,
La veo orar ante la imagen a la que también oraba mi madre, posiblemente
también mi abuela, sin voltear a mirarme, acaba su oración y alcanzo a oír una
parte de la petición, los nombres de mis padres, el mío y de familiares que
casi no recuerdo. Esta niña tiene un alma inmensa, no pide para ella y espera
que sus oraciones tengan efecto sobre las personas que quiere.
Digo niña pues en mis recuerdos se han mantenido frescos los días de su
llegada, cuando apenas era una niñita de siete años. Fue mi madre que en uno de
sus viajes a su tierra la trajo, tenía un vínculo familiar con nosotros;
quizás, la partida del hogar de mis dos hermanas mayores le dejaron un vacío
que intentó llenar con Laurita. Mi madre siempre decía que la había traído para
que sea su compañía y la ayudara en algunas cosas de la casa, a cambio tendría
el calor de un hogar, educación de calidad, alimentación, en resumen, la
trataría como una hija, aunque este hogar comenzaba a desmoronarse con la
partida de las hijas que, como es natural, formaron sus propias familias.
Quedaba solo yo en casa, soy el tercer y último de los hijos. Aunque
siempre conté con el apoyo de mis padres no logré ser profesional, trabajaba en
lo que encontrara y vivo de la asignación que mi padre me ha concedido. Siento
que por eso, mis hermanas me relegan y me perciben como un vividor, que vive a
costillas de sus padres.
No toman en cuenta la dedicación que tuve con ellos, muchos años antes
de morir papá quedó relegado a una silla de ruedas debido a una DLC prematura
que le diagnosticaron y que fui yo quien lo atendió hasta su muerte, relegando
mis propias expectativas. No me dejó tiempo para estudiar o para hacerme de un
trabajo estable, sobre la marcha tuve que aprender a cuidar de una persona
desvalida con todos los detalles médicos que involucra. Fui yo quien lo cargó a
cada una de sus citas médicas, lo alimenté hasta que no pudo pasar bocados, no
alcanzo a sumar las horas que le dediqué para mantenerlo limpio, sano y darle
calidad de vida hasta el último de sus días.
También quedé solo con mamá, esta etapa fue peor, tratar a una anciana
que sufre de eremofobia y nictofobia ni siquiera está documentado. Viví a su
lado porque era imposible dejarla sola; a pesar de todo lo que hice, creo que
el abandono de sus hijas aceleró su crepúsculo.
Laurita se hizo indispensable entonces. Si, Laurita, la hija menor de
mis padres por voluntad de ellos, se hizo cargo de las necesidades de mi madre,
aquellas que no podía atender y las que mi madre pedía.
Fue Laurita quien también le puso un poco de brillo a los últimos días de papa. Se daba tiempo para asistir a la
universidad y atender a mis padres. Tenía una fortaleza que nunca he visto en
mujer alguna, se sobreponía al impacto de cualquier dolor y controlaba la
situación, parecía no conmoverse por nada, pero, créanme, la vi llorar muchas
veces pidiendo por todos nosotros a la imagen que acababa de orar.
Creció
durante los años en que papá estuvo postrado, asumiendo responsabilidades de
una persona adulta, quizás por eso nadie se dio cuenta que aquella niñita de
trenzas largas que llegó a casa ya se había convertido en una mujer. Tampoco me
di cuenta hasta aquel día.
Hacía
calor y llevaba despierto buen tiempo dando vueltas en la cama, ya había
amanecido y esperaba que dieran las seis y media para levantarme e ir a comprar
el pan, mi primera tarea diaria; me levanté somnoliento, creo que los últimos
minutos me quedé dormido, tenía que darme un duchazo para comenzar el día
fresco, abrí la puerta del baño y allí estaba Laurita. Había terminado de
bañarse y estaba secando su cuerpo cuando la interrumpí. La sorpresa de sus
ojos se convirtió rápidamente en la calma que siempre mostraba en los momentos
difíciles.
-
Disculpa, creo que no
cerré bien la puerta, fue mi culpa – me dijo como si nos hubiéramos cruzado en
un pasillo, como si la prioridad fuera disculparse antes que cubrir la desnudez
de su cuerpo.
Entonces me di cuenta de que estaba frente a una mujer, una de aquellas
capaz de traerse un imperio abajo, la niña de las trenzas largas había quedado en
algún lugar y cual mariposa había pasado a convertirse en una mujer. Desde
aquella vez ya no fui el mismo, me dediqué a observarla, a memorizar cada
centímetro de ella, yo tengo buena memoria. Qué placer sentía al verla caminar
por la casa despreocupada mientras imaginaba la piel que tenía bajo cada
centímetro de ropa, era imposible olvidarse de aquel cuerpo, de aquella mirada,
de esa naturalidad salvaje que mostró ante el incidente.
Mi cambio empezó por quedarme en casa mientras ella estaba, a veces
dejaba a mi madre sola y la seguía por varias cuadras sin que me notara, de
lejos parecía mucho más hermosa, su caminar, su porte, aquella gracias que solo
he visto en las modelos de pasarela. Definitivamente, no tenía consciencia de
su belleza.
Mis sueños se enfangaron y en todos estaba ella, algunas veces éramos
pareja, otras era un esclavo de una reina de infinita sabiduría que manejaba
hasta mis instintos con una mirada, cada sueño hacía crecer este sentimiento
que entonces negaba que fuera amor. No la puedo amar, sería como intentar tener
a una hermana como novia, nadie lo aceptaría; aunque mis hermanas no tienen
interés en nada de lo que pasara en esta casa seguro que se opondrían. La
decisión está tomada, tengo que tener paciencia, quizás cuando mi madre haya
partido podré abrazarla libremente sin la culpa de sentir amor y avidez por tenerla
para mi.
Aunque corta, la espera fue un verdadero martirio, teniéndola tan cerca,
rozándola descuidadamente, escuchando su respiración sobre mi cara, sintiendo
su mano sobre mis brazos y hombros, hirviendo por dentro sin la certeza de que
algún día ella se diera cuenta de mi situación.
Mi madre falleció, ahora estábamos solos, más cerca de mis sueños.
Maldito destino que le pone circunstancias negativas a nuestro camino,
caí enfermo y tuve que guardar cama, los médicos no concuerdan con el diagnóstico,
pero parece grave, no estoy seguro desde cuándo estoy aquí, pero espero, algún
día ponerme bien y entonces las cosas se pondrán de mi lado.
No recuerdo haber soñado algo la noche anterior, no me siento peor que
antes, pero esta sensación con la cual desperté me causa una gran incomodidad.
Aprovecho para intentar dormir un poco más, cierro mis ojos y como
siempre viene la imagen de ella. Cuánta belleza en una sola persona. Qué
delicadeza en cada una de las cosas que hace, sus movimientos naturales pero impetuosos
la cubren de un halo misterioso. Es una mujer como ninguna.
Tengo algunos sentimientos que no puedo describirlos, solo se que hacen
crecer el amor que tengo por ella.
No se de dónde trajo esa costumbre de lavar los pies a los muertos, pero
cuando lo hizo con mis padres mientras la miraba, mi corazón se hacía débil
pero sentía cada pulso directo a cada una de mis células, el amor por ella se hizo
colosal admirando cada uno de sus movimientos. La vuelvo a ver, arrodillada,
pasando el trapo húmedo por los pies ya sin vida, movimientos ordenados,
lentos, en cada uno de ellos una mujer diferente ¿Podría ella ser varias
mujeres? Seguro que sí, pero todas tendrán que ser mías.
Mientras frotaba los pies y acompasadamente remojaba y escurría la
toalla en la pequeña tina blanca, agachándose, dejando ver la voluptuosidad de
su pecho como si no existiera nadie delante suyo, supe que le pediría que lo
hiciera conmigo antes de entregarnos a la dictadura de nuestros sentidos.
En medio de estos pensamientos la puerta se vuelve a abrir, Laurita
camina intentando que no la sienta, cierro mis ojos para no incomodarla, se
sienta al borde de la cama, su olor mesclado con el incienso me pone en otro
plano, me siento inmortal.
Percibo que levanta la sábana dejando libres mis pies. Veo la tina
blanca de la que sobresale una toalla también blanca.
Su silueta al contraste de la puerta que quedó abierta me parece una
figura inmortal, una diosa, una mujer genuina.
-
Pero ¿qué haces Laurita?
¿Me vas a lavar los pies?
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