LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

viernes, 22 de abril de 2022

ENTRE DOS ESTACIONES

 CAMILA

Ella se sabía bonita y además tenía el futuro asegurado, la herencia familiar que administraban sus padres era suficiente para garantizar el futuro de las siguientes generaciones, es más, no le preocupa el futuro. En los colegios caros en los que estudió aprendió que no sólo tenía que ser la mejor sino además demostrarlo, por eso estudia derecho en la Universidad de Lima, viste ropa solo de moda y cara, todo lo que usa, toca, come o está relacionado con ella tiene que ser lo mejor y costoso. Es vital ser glamorosa.

A su edad una muchacha de su posición estaría conduciendo un vehículo de lujo seguramente, pero ella no, no le gusta manejar, por eso, si no tiene un carro con chofer solo usa taxis de aplicativo, entiende que tener un coche a su disposición es asumir responsabilidades que se las quitaba a un chofer, tenía muchas otras cosas de qué preocuparse.

No es modesta ni sencilla, se cree detallosa y hasta vanidosa, lo asume con responsabilidad, con dignidad. Camina por la vida segura de si misma, por donde pasa causa admiración, su perfume, su gracia, su elegancia nunca quedan desapercibidas.

Siempre escoge solo lo mejor, tiene muy claro que lo perfecto no existe y por eso no lo persigue, se conforma con estar muy cerca. Sabe que la mejor arma del vanidoso es la humildad.

A pesar que todos en la universidad quieren conocerla tiene pocos amigos, muy parecidos a ella, la imitan pero saben que no estarán a su altura, para complacerlos, les muestra las cosas que piensa comprar o cómo quiere vestirse para que se sientan importantes opinando, creyendo que su opinión fue tomada en cuenta. Su autoestima es indestructible.

Todos sus novios fueron evaluados por sus amigos y amigas más cercanos, a quienes les dio la oportunidad de opinar haciendo que aquellos que acertaron se sintieran más cerca de ella, aunque finalmente la decisión fue únicamente suya.

Había estado con los mejores chicos de su entorno, a todos los dejó cuando creyó que era el momento, por no estar a su nivel o simplemente no demostrar estarlo, les faltaba ambiciones o “carácter”, tal cual ella los describía; aunque decía no tener interés en la posición económica de sus pretendientes era necesario que fueran bellos, una belleza como ella sólo se permitía amigos y pretendientes con presencia de verdaderos modelos. En su vida las apariencias eran muy importantes. 

Por eso, quedó convencida de aceptar a su actual enamorado, cuando, después de una encuesta entre sus más allegados, todos opinaron que era un joven muy atractivo, un verdadero proyecto con un futuro muy promisor, no tenía una gran posición económica como la suya pero era un aplicado estudiante de medicina en su etapa final de interno, culto, fino y educado, “culto, mago, delirante, loco” le decía ella, parafraseando un poema que alguna vez publicaron cada uno en su perfil de sus redes como muestra de su amor.

Sabía que lo tenía, por lo menos hasta cuando lo decidiera, si nada cambiaba, estaba completamente entregado a ella, como le gustaba tenerlos, “comiendo de mi mano” como lo pensaba constantemente; nunca, ninguna de sus parejas la había terminado, no, ni pensarlo, ella había tomado esas decisiones, en algunos casos “porque era políticamente correcto” como los justificó oportunamente.

Sabía que su vida era perfecta, tal como lo tenía planeado.


VALENTINA

Se había esforzado tanto por conseguir este trabajo de enfermera porque que era  muy importante para su proyecto de vida. Para sus familiares era una esperanza de tener por fin un profesional de quien enorgullecerse; cuando les comentó que además de trabajar había comenzado a estudiar medicina le hicieron una fiesta para reconocer su esfuerzo, fue la ocasión perfecta para ponerla de ejemplo y así motivar a los más jóvenes de la familia.

Le interesaba mucho ser objetiva, equilibrada y culta, por eso cultivaba su intelecto, se le veía permanentemente leyendo y parecía estar siempre ocupada en algo además del trabajo y los estudios. Sudaba seguridad y entereza por todos sus poros, pero también era bonita, tenía la belleza calmada y serena de las mujeres que poseen claras sus ideas, sus movimientos parecían estudiados para impresionar a quien la mirara, sus formas, aunque no llamativas, eran consideradas perfectas para los que la conocían fuera de las batas y mascarillas que usaba cuando trabajaba.

No le gustaba hablar de ella misma, hasta parecía no importarle el futuro pero los pasos que daba eran previamente analizados y no avanzaba si no estaba segura, no le interesaban las apariencias y prefiere mantener su situación sentimental siempre reservada, no publica en redes nada sobre esto porque está convencida que casi siempre publicas sobre aquello que careces.

Era admirable el esfuerzo que le ponía a todas las cosas que hacía, aún cuando se le viera caer su cara no dejaba de mostrar optimismo, su  mirada es un himno a la confianza. Confiaba en sus habilidades plenamente y resumía empatía por cada uno de sus poros.

Tiene una relación que está segura que no llegará a buen puerto pero en el fondo espera que algo suceda y cambie esta situación, siempre actúa con fe y es creyente de que la esperanza es lo último que muere, que las cosas siempre suceden por algo, ni un copo de nieve cae sin alguna razón. Por las cosas que averiguó sabe que solo es una aventura para él, no puede asegurarlo pero si se lo pide podrían hacer una pareja para toda la vida, aunque es consciente que forma una pareja de aquellas que terminan en cualquier momento, sabe que es la que más perdería, la que quedaría sumida en la pena y dolor. Incluso para eso se estaba preparando, se sentía prevenida. La vida tiene que continuar “Lo que no es para mí, nunca lo será” se decía intentando conservar su pragmatismo.

Como todas las mujeres tiene sueños y aunque ahora lo ocupaban sus principales objetivos, terminar la carrera y ascender en el trabajo, parte de sus noches imaginaba tener la familia soñada al lado de él.


ANDRÉS

Era domingo, uno de aquellos que le dejaban tiempo para hacer otras cosas que no fuera estudiar, después de correr casi una hora y luego de un frugal desayuno, de revisar algunas anotaciones de clases a la vez que programaba los trabajos que tendría que entregar en la universidad durante la semana, se dirigió a la estación del tren mientras revisaba su celular. 

Sentado esperando el siguiente tren contestó aquellos mensajes que tenía pendientes en el celular. Le gustaba jugar a decidir, a cuál de las chicas visitar; cada domingo, lo hacía en el camino, la casa de la primera de ellas quedaba a siete estaciones y la otra a doce.

Se sentía feliz de vivir este juego confuso de tener dos enamoradas. Sabía que una de ellas era el camino a la estabilidad económica y de seguro a la felicidad, la otra era una aventura, un episodio en su vida que no tendría por qué terminar mal. Pero también estaba al corriente que en cualquier momento podía perder todo. Pero confiaba en que todo saldría bien y que como sea tenía que asegurar su futuro.

Se decidió por hacer la primera llamada. Se colocó los audífonos mientras el celular llamaba.

- ¡Hola amor – escuchó la voz delicada al otro lado del teléfono - ¿Cómo estás? ¿Todo bien?

- Si. Reyna, todo bien – contestó – Y tú ¿Qué tal?

- Recién levantándome y extrañándote ¿Vas a estar ocupado hoy o vas a poder venir?

- No se todavía, en unos minutos termino mi guardia, si no hay nada, seguro que me dejan – se produjo un silencio, recordó las decenas de veces que le ofreció ir a verla sabiendo que no cumpliría, ella aceptaba las disculpas siempre de buena gana – el lado bueno es que podremos disfrutar aunque el tiempo sea corto.

- No te preocupes mi amor, no pienso salir hoy, me avisas si vienes porque voy a quedarme en la cama – dijo ella a modo de despedida.

- Ok, te aviso entonces, te quiero mucho princesa, besos.

- Besos para ti mi amor – y colgó la llamada.

Se sintió feliz con el juego, ahora volvería a hacer otra llamada y en el camino decidiría donde bajarse.

Mientras escuchaba el tono en el teeléfono vio a lo lejos venir el tren y se puso de pie para abordarlo.

- Hola, que tal ¿Cómo estas? – preguntó la mujer, con voz evidentemente agitada.

- Que tal babe, extrañándote – le dijo, entusiasmado por la respiración de ella - ¿recién levantándote?

- Jajaja…nooo…acabo de correr cinco kilómetros y estoy recuperándome – con una voz cantarina – sucede que ayer me designaron entre las enfermeras para representar al hospital en esta mini maratón por el día de la mujer, no te conté para no preocuparte.

- Caramba, que bien, se ve que estás en forma, por eso es que me gustas tanto – un espeso silencio siguió a sus palabras.

En ese momento subió al tren que momentos antes se había detenido, se mezcló entre la gente subiendo y bajando.

El silencio parecía eterno, recordó cómo se inició esta relación, cómo aceptó ella que el tuviera otra enamorada y le prometiera “darle un tiempo porque no era nada seguro”, cómo se pusieron de acuerdo para tener intimidad con las reglas de ella “de no enamorarse”.

- Terminé de correr, llegué sexta, puta mare, pude llegar antes, ahora me arrepiento, había premios hasta el quinto puesto – se quejó.

- No te preocupes babe, se que tu eres buena y estás preparada para todo, para grandes cosas – trató de animarla – después te doy tu premio.

- Traje chocolate, de consuelo – dijo quejumbrosa – era hasta el quinto lugar para los premios y demás consideraciones, el quinto puesto se ganó una bicicleta y yo nada. Pude conseguirlo, me siento como esos niños picones.

Andrés sintió que la voz se quebraba, percibió que estaba llorando, se enterneció hasta sentir erizarse su piel, invadido por un calor sicalíptico.

- ¿Estás llorando babe? 

- Sip…sólo una lagrima – la voz de ella casi como un suspiro.

- Como quisiera estar a tu lado para secarla con un beso, un beso que acabe con esa pena innecesaria que tu alma corajuda libera, como un grito rebelde por este que consideras un fracaso, darte un beso de esos que se graban para la eternidad, de esos besos a las almas valientes…

- Jajajaja…no sigas por favor – le interrumpió – tú como siempre poeta, o poetizando, pero te contesto que justo ahora necesito tu presencia, tu calor, tu luz, esa que siempre encuentro cuando alguna sombra cruza mi camino, esa que me llena de fortaleza cuando mis debilidades comienzan a desbocarse, esa que alegra mi corazón cuando la tristeza me desanima…¿Ya ves? También puedo calentarte los oídos.

- Jajajaja…babe, no sabes lo orgulloso que me siento de tenerte – le contestó casi gritando, entonces cortó la llamada y apagó su teléfono – El viejo truco de “perdí la señal” – pensó.

Era un movimiento táctico que usaba para ganar un poco de tiempo cuando se encontraba en apuros, manejar su vida entre dos afectos con diferentes rasgos requería de mucho cuidado, cuando sentía que tenía que pensar con claridad o que ponía en peligro el futuro que se estaba construyendo.

Con más calma intentó pensar cuál era el peligro que lo llevó a apagar el teléfono, qué precaución tenía que tomar, por qué necesitaba un momento de claridad, se sorprendió al no encontrar una respuesta, fue una reacción fuera de control.

Metió el teléfono en el bolsillo y se dio cuenta que su cuerpo temblaba, tenía un calor interior pero su piel se estaba cubriendo de un sudor helado, tenía la sensación de estar viviendo una metamorfosis, que de entre sus trémulas ropas saldría un nuevo Andrés. Y sintió una gran inquietud por saber cómo sería ese nuevo Andrés, no sospechaba que esa inquietud lo acompañaría toda su vida.

Entonces, bajo el influjo de esta especie de renovación o resurrección, encendió su teléfono y supo en que estación tenía que bajar, en la que bajaría siempre a partir de ahora.


lunes, 14 de febrero de 2022

FEMALE

 Era la tercera o cuarta vez que pasaba frente al gran ventanal de la florería, con igual o más indecisiones que las anteriores veces, a través de los vidrios puede ver que hay algunas personas esperando ser atendidas, parece resuelta a ingresar pero en el último instante se decide por seguir de frente. La plazoleta del gran centro comercial hierve de gente que transita apresuradamente poniéndole el ambiente a este día de San Valentín, rebautizado como “día de la amistad” probablemente con fines puramente comerciales.

-          -  ¿Por qué Dios mío, tengo tantas dudas? ¿Por qué me muestro tan insegura?

Preguntas que no desea responder por ahora, será después, inmediatamente piensa en lo que la gente le suele decir sobre ella, sobre todo, lo que él siempre dice para animarla, que es una mujer de decisiones, que tiene sus objetivos claros, que no tiene miedo de caer y que si la han visto caer siempre se ha levantado con más ganas y sobre todo con un particular estilo, muy femenino.

-       - ¿Acaso esta inseguridad es culpa de mamá por ser tan protectora? ¿O de papá, por haberme criado como el hijo que nunca pudo tener? – se dice.

Siguiendo los pasos de la multitud continuó sin rumbo, merodeando la tienda de flores y regalos, se detenía en algunos aparadores para curiosear, pero sobre todo para hacer tiempo y darse valor para un siguiente intento en el negocio aquel que ahora la atemorizaba.

-      -   ¿Tal vez mis temores sean porque nunca se ha visto algo parecido? ¿Quién ha visto alguna vez que una mujer enamorada le envía un ramo de flores a su novio? No es muy común ¿Pero por qué no hacerlo? No es malo ni está prohibido – suspiró hondamente para tomar valor y continuar en su propósito.

-      -  ¿Será por el temor a la burla y al escándalo al que sería sometido por sus compañeros de oficina si recibiera un presente por el día de los enamorados?

Se detuvo en un gran aparador con artículos para oficina, posiblemente una librería, adornado con grandes globos y corazones rojos. De reojo miraba el reflejo de las imágenes en las grandes lunas y disimuladamente vigilaba lo que sucedía en la florería.

Se abstrajo en si por un momento, dejando que afloraran algunos recuerdos, se le vino a la mente el día no muy lejano en que recibió un gran ramo de rosas rojas rodeadas por magnolias rosadas, junto a un peluche, una botella de champán, finos chocolates y una tarjeta en donde él le deseaba feliz cumpleaños con aquellas palabras que siempre recordaría, cosas así nunca se olvidan. No podía calcular si fueron dos, tres o cuatro semanas en las que todos los días era el centro de la chacota, compañeros y compañeras no dejaban de enviarle indirectas y frases cargadas de sarcasmo que precedían a momentos interminables de risitas y carcajeos, la primera vez y pocos días después se sonrojaba, sintió vergüenza y hasta ganas de llorar, sin embargo, al pasar de los días se convenció que éste era un comportamiento habitual de los grupos humanos, la felicidad de alguno siempre era la envidia de otros que la manifestaban a través de la chanza.

Ahora ya nadie la molestaba, habían olvidado el suceso, a pesar de que su relación se había hecho evidente y que algunas veces su novio la dejó en la oficina.

-      -  Si, lo peor que le puede pasar a él es algo similar – pensó – algunos compañeros de seguro que se van a burlar, quizás haga falta que lo acompañe algunas veces a su oficina para que las cosas se normalicen más pronto.

Miró su reflejo y se sonrió, era evidente que su belleza se recalcaba cuando se encontraba feliz, como ahora, se arregló el cinturón que llevaba sobre el vestido y se pasó la palma de la mano por el cabello que le caía sobre la frente, dos jóvenes que pasaron cerca la miraron atrevidamente, uno de ellos volteando la cabeza le dijo modulando su voz como si le hablara al oído:

-         -    ¡Buenos  días mamacita…! Hay que ser tonto para dejarte solita…

Sintió que se llenaba de valor, era evidente que había sido una señal, la decisión estaba tomada, le enviaría un arreglo floral, quizás anturios rojos con narcisos amarillos, unas latas de cerveza alemana, el osito de peluche con la camiseta de su equipo y una enorme tarjeta donde escribiría “De tu estrella, porque éste y todos los días estaré donde me necesitas, aunque esté nublado o llueva”.

Se alisó el vestido con ambas manos, apretó la cartera que llevaba colgada del hombro y con esa actitud resuelta de la que muchos hablaban y de la que más de uno se había enamorado cruzó la plazoleta con dirección al negocio aquel, mientras imaginaba la alegría del novio al recibir este imprevisto presente. Seguro que se consolidaría el amor entre ellos.

Caminó directamente a la entrada de la florería, cada paso parecía acercarla muy poco, tenía la impresión que ahora eran kilómetros los que la separaban de su destino, sintió el sudor frío correrle por la espalda pero no se acobardó para nada, a la distancia pudo darse cuenta que no había clientes, sus venas y arterias parecían bailar al rataplán de un lejano kpanlongo africano que retumbaban en un eco amortiguado en sus sienes, todo en su ser le gritaba que se apurara, que corriera pero de algún lugar recóndito de su conciencia nacía una orden que la detenía, que le quitaban libertad a sus movimientos, como si de pronto sus piernas pudieran discernir por ella, este momento era único, se sintió en una escena ralentizada de Matrix, su cuerpo se había convertido en una antena que percibía cada movimiento que sucedía a su alrededor. Todo estaba tan calmado pero tenía la conciencia de que unos pocos segundos transcurridos ahora le parecían interminables minutos. Estaba a dos metros de la puerta, su sueño de San Valentín podría darse por cumplido.

De pronto todo recuperó su movimiento, su velocidad habitual, el mundo cambió, tenía que darse prisa; quiso estirar el brazo para tirar de la manija de la puerta, pero su cuerpo no le obedeció y apuró el paso pasando de frente como las veces anteriores.

-       -  ¿Qué paso? ¿Qué acabo de hacer? No lo puedo creer – se dijo, como esperando respuestas del mismo lugar de su conciencia que antes le ordenaba detenerse.

No encontraba explicación a este comportamiento que la dominaba, por un momento la invadió una confusión, pero se repuso, no era día para andar con vacilaciones, se detuvo, volteó a mirar la florería sabiendo que ya no entraría y retomó su camino hacia otro lugar, otro asunto. Quizás sería mejor evitarle vergüenzas a su novio.

Una mezcla de resignación, conformidad, abatimiento la invadió, respiró y para justificarse pensó:

-       -   Tal vez sea mejor no hacerlo, mi marido y la señora de él podrían enterarse.

sábado, 5 de febrero de 2022

EL HOMBRE Y EL FUTURO (Casi una fábula)

 Sentado en su sillón de madera tallada de la cual se había perdido su procedencia y su tiempo, como todos los días, después del desayuno y también del almuerzo, el hombre intentaba leer unas líneas de un libro de tapas grasosas donde el título era lo que menos se notaba, frente a una gran ventana abierta de par en par. De rato en rato espantaba las moscas que se paraban sobre el o revoloteaban por su cara. Desde muchos días atrás que no avanzaba una página, en realidad ya no leía, solo miraba las líneas y trataba de encontrar entre ellas las respuestas a las preguntas que últimamente le devoraban la paciencia, sumiéndolo en una duda perpetua con preguntas que día a día se repetía.

Sus recuerdos se entreveraban en un remolino en cuyo centro oscuro, negro, se reservaba espacio para aquellas memorias que le ocasionaban una gran inquietud que no estaba dispuesto volver a sufrir. Levantó la rodilla derecha para frotarse porque se le había adormecido sin que pudiera precisar desde cuándo. Le preocupaban los males que ahora le agobiaban. Tenía la seguridad de que su vida ya no tenía futuro.

Cavilaba que hace solo un año se paseaba por donde quería y a la hora que le apetecía conduciendo un Mustang rojo hoy abandonado sabe Dios dónde, sin mayores ansiedades que el pensar en su futuro precario, era viudo y todos sus hijos vivían con sus propias familias. Faltaban pocas semanas para que cumpliera sesenta y cinco años pero se sentía y tenía el aspecto de más de ochenta, pero ¿Cómo empezó todo? se preguntó por enésima vez.

Claro, en aquella fiesta, donde estaba tan a gusto hasta que sorprendió a la mujer que decía querer terminar sus días junto a él en los brazos de otro. Fue una gran impresión, de pronto todo su mundo erigido para ser feliz por siempre se desmoronó, desapareció, la realidad le pegó un duro golpe que estaba acabando con él; primero fue un gran mareo, después le comenzó a faltar aire, el dolor de cabeza crecía en proporción con el alcohol que consumía casi con desesperación con la esperanza de que todo fuera una pesadilla, hasta que perdió el conocimiento. Volvió en sí, en la cama de un hospital, conectado a varios aparatos y con varias agujas clavadas en el brazo por las cuales discurrían preparados, que sentía helados cuando ingresaban en su torrente sanguíneo.

Cuando dejó el hospital pertenecía al club de los hipertensos, ese maldito “asesino silencioso”, era el principio de todo. Aquella mujer se llevó su futuro, o lo que quedaba de el.

A las semanas comenzaron a dolerle las rodillas y otras articulaciones, solo buscó asistencia médica cuando le era muy difícil caminar, entonces le diagnosticaron artrosis: Después se vio forzado a usar lentes porque su visión se degeneraba muy rápidamente. Además, comenzaron a manifestarse los males que oprimen a los hombres de avanzada edad. Pero prefería dedicarle más tiempo a sus pensamientos, a los recuerdos, que a su salud. Parecía vivir de aquellos que guardaba de su última relación, los momentos vividos durante unos pocos meses ocupaban todo su espacio, tenía la esperanza de volver atrás, quería volver atrás. Quizás por eso no pasó mucho para que le diagnosticaran una depresión, de aquellas en las que las noches se volvían interminables por la ausencia del sueño y convertían sus horas de vigilia en un tormento.

Sus recuerdos se convirtieron en su aliento de vida, era más importante recordar que alimentarse, comenzó a perder peso y a desinteresarse por su salud. Pasaron pocas semanas para que le diagnosticaran, además de todo lo que padecía, una fribromialgia. quizás como consecuencia de somatizar sus recuerdos.

Los dolores lo envejecieron pronto y le redujeron su vida a una rutina reducida, como la de un condenado a trabajos forzados. La historia que había acumulado durante su vida se redujo a levantarse muy temprano y ubicarse en la misma silla durante todos los días, si bien al principio la lectura lo ayudaba mucho, ahora ni siquiera eso le interesaba, sus movimientos estaban reducidos al espacio que tenía que transitar hasta el comedor y el baño. Dependía para casi todo de una mujer que gracias a la gestión de sus hijos le atendía, se encargaba del aseo y de las comidas.

Había amanecido con un dolor en los dedos, sus males se comenzaban a convertir en impredecibles, no había día en que algún padecimiento no le apareciera o por lo menos le recrudeciera. Estaba estresado porque a sus recuerdos le agregaba la preocupación por cuál sería el siguiente malestar.

-       Maldita sea, ya no tengo futuro – murmuró fingiendo que conversaba con alguien - ¿Para qué seguir viviendo de ésta manera? Prefiero morir que vivir sin futuro.

Suspiró y le dolió un pulmón. O por lo menos creyó sentir un dolor. Así era su vida, disimular que su cuerpo padecía. Con el aire contenido y cerrando fuertemente los ojos intentó pararse, pero el dolor de sus rodillas y su columna se lo impidieron y volvió a tirarse con fuerza sobre el sillón.

-       ¿Quién fue el que dijo que la vejez era una bendición? Se ve que no llegó a viejo o no pensó en el futuro – se preguntó en voz alta – ¿Qué futuro tiene un hombre que la edad lo tiene postrado? ¿Cuál es mi futuro, Dios mío? Concédeme la gracia de conocerlo o de acabar con este sufrimiento.

Cuando iba cayendo sintió una brisa de aire frío, filoso, cortante, apenas abrió los ojos vio frente a el, enhiesto como si siempre hubiera estado allí y recién se hiciera visible, observándole, a ese hombre mucho más viejo, que creía haber imaginado alguna vez, con múltiples arrugas que atravesaban su rostro, sus brazos, sus piernas, dándole una apariencia milenaria. No se sobresaltó como lo hubiera hecho años antes, ahora todo lo tomaba con calma y con paciencia. Intentando no mostrar sus emociones lo observó mejor mientras evaluaba exactamente qué palabras usar. Fácilmente lo identificó, era un quipucamayo, lo indujo fácilmente por el gran quipu que llevaba, tenía un llauto en la cabeza de color rojo avejentado por el sudor, no llevaba borla o plumas como los incas de la nobleza pero sus orejas estaban atravesadas por tulumpis de alguna semilla desconocida cubiertas con plata, cubría todo su cuerpo con una llacolla desgastada, que daba la impresión ser lo único que lo vestía, sus sandalias de cuero crudo, ennegrecidas por el uso continuo decían que había caminado bastante.

-       Seguro que eres el futuro, mi futuro – le dijo, tratando de parecer tranquilo y acentuando la última parte de sus palabras.

-       Casi, casi. Soy El futuro, el único, el de todos, no soy exclusivo de nadie pero especial para todos – contestó el aparecido y se calló esperando la respuesta.

-       Y supongo que ese quipu tiene la historia de mi vida y estás escribiendo mi futuro – intentó adivinar.

El quipucamayo acomodó el inicio de la cuerda gruesa del quipu, que parecía estar urdida de muchos hilos de colores diversos sobre su hombro derecho mientras lo dejaba caer por su brazo de tal manera que con ambas manos podía extender la parte final.

-       Es cierto, este quipu contiene la historia de tu vida, acá están registrados los hechos importantes que te tocaron vivir, y cada nudo, el grosor y el color de cada una de estas cuerdas cuentan tu vida – agregó mientras abanicaba las diversas cuerdas de colores que conformaban el quipu.

El hombre, que era culto, que había leído mucho sobre historia y que siempre mostró especial interés por la época inca, observó detenidamente el quipu que le mostraba. Los nudos eran variados, de una, dos y más vueltas, unos cruzados y otros planos, a diferentes distancias de la cuerda principal, también tenían diferentes tamaños.

-       Bueno, supongo que ya sabes mi futuro, puedes decírmelo por cruel que éste sea – casi suplicó al quipucamayo, al mirar sus ojos percibió esa mirada, piadosa, tierna, como aquella que refleja la pena del secuestrador por el secuestrado al que se ha encariñado.

-       No, las cosas no funcionan así, este quipu registra sólo tu presente, cada una de estas cuerdas representa un ciclo, una parte de tu vida y cuando comienza un ciclo el anterior se convierten en pasado.

-       Pero yo invoqué al futuro no a un escribano – casi desesperado le retrucó el hombre – no necesito a nadie para saber qué hice y qué no hice en mi vida.

-       Me dicen, futuro, porque te puedo recordar todo lo que hiciste, solo eso, pero sabiendo lo que hiciste sabrás lo que recibirás – mientras anudaba una cuerda nueva, delgada, color tierra, o quizás blanca manchada, que sacó de un quipe que llevaba colgado al hombro y que recién advirtió el hombre – Ahora empiezas una nueva etapa de tu vida, ya sabrás que cada cuerda es para eso.

-       No lo sabía, pensé que cada cuerda delgada era una cantidad de años, una edad por la que atravesé ¿No es así?

El quipucamayo ajusto la última cuerda que había agregado al quipu y armó un nudo con un movimiento que demostraba la gran destreza que tenía para esta labor.

-       No, cada cuerda es un ciclo en tu vida, el color tiene relación con cómo te sientes durante esta etapa y la cantidad de nudos con las decisiones importantes que tomaste dentro de ese ciclo, por eso puedes tener cuerdas de un solo nudo – Entonces escogió una cuerda delgada del quipu, de color ocre y la leyó – Esta es la que nos cuenta de tu paso por la universidad, tu primer trabajo y hasta cundo falleció tu papá.

-       ¿Y por qué ese color? – preguntó el hombre alarmado - ¿No fue una buena etapa en mi vida? ¿Por qué ese ciclo empieza con la universidad y termina con la partida de mi viejo? No le veo relación alguna.

El quipucamayo se puso en cuclillas y extendió el gran quipu en el suelo mostrando su grandiosidad, sobre el contraste del piso encementado de inmediato se hicieron notorios los colores variados de las cuerdas delgadas de diferentes extensiones que impresionaron al hombre; las había moradas, verdes, amarillas, rojas, en diversas tonalidades, también pudo ver algunas negras, que no eran muchas, supuso que eran los pasajes tristes de su vida. Sí, porque habían sido pocos.

Quiso inclinarse sin abandonar la silla para tocar ese majestuoso quipu pero un dolor intenso en su columna le recordó que tenía algunos movimientos limitados. Señalando con el dedo hacia el extremo inicial del quipu indagó

-       ¿La primera cuerda es blanca y pequeña porque todos nacemos inocentes?

-       Si, es igual para todos en cuanto al color pero no el tamaño ni los nudos, como supondrás – levantó la cuerda para que se notaran los nudos y sobre todo su corto tamaño – Eras blanco y te sentías de ese color hasta que falleció tu mamá.

-       Si, fue cuando tenía tres años, ya no la recuerdo pero te diré que mi infancia continuó después de eso, no tendría por qué cambiar de color.

-       Cada cuerda registra los acontecimientos de tu vida que se originan por una decisión tuya, a excepción de las blancas, el color lo decide el estado de satisfacción con que vives esa etapa de tu vida – hurgando entre las cuerdas el quipucamayo volvió a tomar la ocre – por ejemplo ésta, se inicia con la elección de presentarte a la universidad, fue una decisión que te llevó a sentirte pleno, lleno de confianza, con ganas de hacer cosas grandes. Así te sentiste hasta que falleció tu papá, que consta en el último nudo, también registra que entonces decidiste cambiar tu actitud frente a la vida, dejaste de enfrentar la vida con el optimismo y las ganas que venías haciéndolo, entonces cambiamos de cuerda y de color. La cuerda que registra tu última decisión antes de tu muerte también es blanca.

El hombre además de la sorpresa que le causó este entendimiento analizó las cuerdas sobre el piso, contó algunas ocres más, repasó y se sintió satisfecho al constatar que las cuerdas de colores vivos, verdes, amarillas, rojas eran abundantes y sólo veía tres o cuatro cuerdas oscuras, casi negras. todas ellas cortas, con seguridad sus momentos de tristeza o de fracasos pues eran muchos menos que los de alegría.

-       Entiendo, supongo que estas cuerdas negras fueron mis momentos de tristeza.

El quipucamayo se puso de pie, se volvió a echar el quipu sobre el hombro dejando la parte final de la cuerda principal entre sus manos, lo cual le permitiría adicionar otra cuerda.

-       No, estas cuerdas negras son tus momentos de felicidad.

Con los ojos inflados por la sorpresa el hombre le exigió una respuesta

-       Pero ¿cómo es eso? ¿lo podrías explicar?

-       Ya te dije que el color de las cuerdas refleja tu estado de ánimo, la forma cómo ves la vida, cómo la enfrentas, es tu respuesta frente a una decisión, cuando eres feliz dejan de importarte muchas cosas, te aíslas, vives en una burbuja, las personas no se dan cuenta pero en alguna medida todas se vuelven egoístas cuando son felices, quieren conservar ese estado por siempre a costa de lo que sea, generalmente a costa del sufrimiento ajeno ¿No te has dado cuenta que hasta el amor significa sacrificio para uno de ambos? ¿Nunca pensaste en que la otra persona podría estar sacrificando más que tú? ¿Ni siquiera lo pensaste o no te importó? Para que un objeto se vea negro significa que no deja escapar ningún otro color, se queda con ellos, de igual forma, las personas cuando son felices se quedan con la luz de los demás, perdemos el interés por el color de los demás, está en la naturaleza humana. Entonces tu felicidad se tiene que ver de color negro. Hasta que tomas la decisión de cambiar este estado, esa decisión es el último nudo de esa cuerda, como los últimos nudos de cada cuerda. Finalmente queda registrado el pasado en las cuerdas anteriores mientras que el presente es el ciclo representado por la cuerda a la que le falta el último nudo. El futuro no existe, es el resultado de las decisiones anteriores. Y esto solo se lo explico a personas elegidas.

Entonces el quipucamayo metió la mano en su quipe con la clara intención de sacar una cuerda nueva.

Recién el hombre interpretó las últimas palabras del quipucamayo y sintió un gran temor ancestral, como el pánico que a veces se siente por una decisión mal tomada, un miedo que le obligó a cerrar los ojos y desear con todas sus fuerzas que no saliera de aquel quipe una cuerda blanca.

 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

CAELI

 Empecé el día con mucha actitud, hoy cumplo seis meses de mi separación, el divorcio está cada vez más cerca y ya tengo un par de candidatos para celebrarlo en la noche, tengo ganas de un sábado de aquellos.

Desde que me separé, después de haber soportado la convivencia con un hombre completamente inseguro, inmaduro y celoso, que pretendía decidir en todas mis acciones quitándome los espacios a los que estaba acostumbrada, comencé a recuperar esa parte de mi vida que me gustaba vivirla intensamente, independiente, con pasos seguros, sin preocuparme demasiado por el futuro, por lo menos tratando de no convertir una meta en un condicionante que gobierne mis días. ¿Por qué aguanté tanto? Cuatro años. Quizás porque me casé enamorada, o lo creía estar, o porque con mi separación temía no satisfacer las expectativas de todas aquellas personas a las que les tengo afecto, a mi madre, a mi familia. Aguanté, vaya que sí, desde antes de cumplir un año de casada, los problemas, cada vez se hacían más serios, mi madre decía que mi relación se había vuelto tóxica, con idas y venidas, pero también me recomendaba postergar algunas cosas para bien de mi matrimonio, por ejemplo un hijo.

Yo veía todo como si se tratara de un problema sólo de él, que tenía que solucionarlo él, el tóxico, no yo. Qué tonta, tardé demasiado en darme cuenta que la tóxica podría ser yo, o ambos. Cuando se presentó una de nuestras peleas en la que reconoció su responsabilidad, la aproveché para separarme, en el fondo era lo que esperaba, una ocasión en la cual la culpa era de él; en los casos anteriores tenía la sensación de ser la culpable de haber originado el pleito.

Me sorprendió lo bien que lo tomaron en mi familia, me dieron todo su apoyo, mi madre, con quien me había distanciado por culpa de mi matrimonio, comenzó a visitarme más seguido, aunque yo me forzaba a llevar el duelo todavía, mis pensamientos estaban enfocados en rehacer mi vida, recuperar el tiempo perdido, hacer las cosas que me prohibí durante mi lapso de casada.

Sin la preocupación y el estrés que te ocasiona el mal clima hogareño retomé los proyectos en mi trabajo y hace poco más de tres meses me habían ascendido a jefa de departamento, estoy atravesando por una buena etapa y me siento como en mis mejores tiempos, aquellos cuando me repetía “tengo que ser río, en lugar de ser laguna”.

Con mi ascenso llegó esta nueva oficina para mi sola, amplia, con baño propio, con un pequeño privado y bien equipada. Encendí el aire acondicionado, activé el equipo de sonido desde mi laptop, elegí un playlist de merengues y me acomodé en el ergonómico sillón ejecutivo de cuero.

Me aseguré de dejar la puerta entre abierta de tal manera que desde mi lugar pudiera ver el sofá de la antesala de la oficina. Abrí mi mochila, soy de las que prefieren mochilas y bolsos deportivos en lugar de carteras, saqué un par de avioncitos de papel, uno azul y otro amarillo, tenía algunos días practicando este modelito, lo copié de youtube, de un canal especializado en origamis. Los revisé, volví a fijar los dobleces para que parecieran perfectos, me habían salido igual a los modelos del video, eran dos avioncitos modelo F-15, bien elaborados, los coloqué en una esquina de mi escritorio, bien al borde, de tal manera que quien se sentara en el sillón de la antesala pudiera verlos sin problemas.

Me paré, fui hasta la puerta y me cercioré de que se pudieran ver, que fuera lo primero que viera quien se sentara en la antesala.

Regresé a la comodidad de mi sillón, hoy, como todos los sábados, solo se trabaja hasta la una, no hay atención al público y además de dedicarnos a la limpieza, el tiempo lo usamos para revisar los pendientes de la semana, si es que  los hubiera.

Miré mi reloj, miré el sillón de la antesala, volví a acomodar los avioncitos y tomé uno de los documentos de la bandeja de pendientes para comenzar a revisarlos.

Se me escapó un suspiro, por un instante ansié que entrara una llamada a alguno de mis teléfonos, que fuera la confirmación para una salida de sábado por la noche; durante la semana había tenido llamadas insistentes de un antiguo enamorado, pero estaba descartado de plano, el agua del río no pasa por el mismo lugar dos veces, y de un par de amigos que tímidamente intentaron convencerme para acompañarlos, en la idea que me estaban ayudando a romper el duelo de mi fracasado matrimonio. Pero el suspiro que me salió de lo más hondo, como aquellos que solía tener cuando el amor llenaba de mariposas mi estómago, pareció contener el deseo de recibir esa llamada, más bien me llenó de ansiedad por la demora de la niña que, desde que ocupé esta oficina, todos los sábados se sentaba en el sillón de la antesala; a excepción de la semana anterior, que no vino porque su madre, una empleada de mi departamento, que la traía sólo estos días, había pedido diez días de permiso.

Recuerdo mi primer sábado como jefa en esta oficina, había empezado a revisar los documentos pendientes cuando salí para dar instrucciones a algunos empleados y la vi, estaba sentada en el borde del sofá, como intentando ocultarse de que la pudiera ver desde mi sillón, hojeaba una revista especializada que difícilmente un niño le encontraría interés, me llamó la atención lo bien que estaba arreglada, tenía el cabello bastante corto pero adornado con un bonito lazo rojo que la hacían verse más pálida. Me miró directamente a los ojos, con esa mirada de respeto y admiración que sólo un niño puede transmitir.

- Buenos días señorita – me dijo, dibujando una gran sonrisa donde resaltaban dos grandes incisivos y una gran encía mientras sus ojos no dejaban de brillar.

- Hola – le contesté, extendiéndole la mano que ella recibió amablemente y poniéndose de pie – siéntate por favor - y sin mayor diplomacia continué con mis quehaceres.

Esa mañana la pasé sin salir de mi nueva oficina, me dediqué a mover muebles, tirar algunas cosas viejas a la basura, imprimir fotos familiares, en realidad mías y de mi madre acomodar adornos y útiles en el escritorio y llenar la gran credenza para que pareciera una oficina interesante; no soy muy creyente y me centré en sacar un cuadro de un santo que hasta ahora no identifico, me mantuvo ocupada hasta pasada la una de la tarde en que salí y entonces me di cuenta que la niña ya no estaba. Me detuve y comencé a revisar las revistas que se encontraban en la mesita central de la antesala, todas eran muy especializadas, me pareció más atrayente colocar algunas revistas que también pudieran interesar a los niños o jóvenes, total, no todas mis visitas tendrían por qué ser entendidos en nuestra línea comercial.

El lunes, llegué temprano a la oficina y coloqué entre las revistas de la antesala algunas de interés general, sobre todo entretenidas, que encontré en casa, dos de “National Geographic”, dos “Cosas”, dos “15 Minutos” y tres “Condoritos”, no muy recientes, las acomodé prometiéndome recatadamente renovar el material de lectura cada quince días. 

El siguiente sábado, a media mañana, al salir por café para abastecer mi cafetera recién asignada, me encontré otra vez con la niña, estaba hojeando una de las “National Geographic”, apenas notó mi presencia se paró y me saludó.

- Buenos días señorita – otra vez esa sonrisa encantadora, aunque ahora tenía una rendija de alegría en la comisura de sus labios, o algo parecido que no llegué a identificar.

- Hola preciosa ¿Cómo estás? – le pregunté sin esperar respuesta.

- Bien señorita, leyendo estas revistas que están entretenidas – miré de soslayo y me di cuenta que tenía una de “National Geographic” – si no la termino ¿me la puede prestar? – me sorprendió con su respuesta y la seguridad con que conversaba.

- Claro que si – le dije – puedes tomar cualquiera – tratando de ser agradable con ella.

- Gracias señorita, si la termino hasta mañana mi mamita la puede traer el lunes.

- Por supuesto, si no la terminas la traes tu misma el próximo sábado – le contesté deseando que me corroborara que me vendría a visitar todos los sábados.

- Es usted bastante gentil – mientras hacía un rollo con la revista y la pegaba a su pecho y su rostro se iluminaba con una luz que partía de su sonrisa.

- Me llamo Caeli y mi mamita Alessia – adelantándose a la pregunta que no llegó a salir de mi boca, otra vez me embobó su madurez mientras una oleada de confianza que nacía de su voz me atravesaba.

Caeli, me dije, debe ser uno de esos nombres que forman los padres con las iniciales o alguna sílaba de sus propios nombres o los de los abuelos, en mi familia había muchos casos, Joel por José y Elena, Mya por Marina y Alicia, Elen por Elcira y Enrique, mis propias hermanas Adalú y Nadia tenían nombres construidos así. Pero Caeli lo escuchaba por primera vez, es bonito.

Durante los siguientes minutos me contó a qué colegio iba, que su santo era en febrero. cómo estaba en los estudios, qué cursos le gustaban, qué veía en la tv; también, que tenía un hermano mayor, que vivía solo con su mamá y a su papá lo veía dos veces al año, para su santo y navidad, qué le gustaba comer y otras cosas más. Le tuve que cortar la conversación haciéndole creer que había olvidado algo, después de consultar mi reloj.

Los siguientes sábados la esperaba impaciente porque me gustaba conversar con ella, me alegraba el día, me estaba acostumbrando a su presencia para terminar bien el fin de semana, tenía la sensación de que había coincidido su aparición con las oportunidades que se le presentaban a mi vida sentimental.

Tan pronto llegar a la oficina, revisaba que las revistas fueran de interés para ella y luego ponía un playlist con canciones que preparaba durante la semana, dejaba la puerta abierta para que Caeli las pudiera escuchar, a veces tenía que cambiar uno o dos playlists para encontrar uno que le gustara, me lo hacía saber con el tamborileo de uno de sus tacos a la base del sillón. A media mañana le invitaba un jugo o una gaseosa y a veces me aceptaba un paquete de galletas que no las comía, se las guardaba, aprovechaba para conversar con ella lo suficiente como para quedar compensada todo el fin de semana.

Unos sábados atrás, antes de ir a la oficina tuve una reunión de importancia en la matriz de la empresa, con los preparativos y los nervios olvidé actualizar las revistas de la sala de espera y cuando llegué la encontré sentada en el mismo lugar, con los brazos cruzados, las revistas sobre la mesa de centro estaban desordenadas y algunas abiertas, señal de que las había revisado todas y les había perdido interés.

La saludé como siempre y me contestó amablemente, disimulando su malestar si acaso lo tenía, después del establecido jugo y galletas con una conversación intrascendente me acomodé en mi sillón para pensar cómo entretenerla pues sentía que la había desilusionado. Pero mi mente, más preocupada por los acuerdos de la reunión que antes había tenido, no encontraba la forma, o quizás ni siquiera quería pensarlo; se entrecruzaban algunos recuerdos de mi niñez con los compromisos del trabajo y pizcas de mi vida sentimental, era un espacio en el que estaba presente y a la vez no lo estaba, me controlaba mi subconsciente. Sólo se me ocurrió tomar una hoja de papel y construir un avioncito, si, un avioncito, de esos simplones que me enseñó papá cuando se le daba por jugar conmigo como si fuera el hijo varón que nunca tuvo. Y se lo regalé a Caeli.

No había visto hasta ahora esa mirada sorprendida y gozosa que sólo una niña puede regalarnos, no solo se hizo intenso el brillo de sus ojos, sino que toda ella brillaba. Se quedó muda como cuando se recibe el mejor regalo de nuestra vida, su rostro era una pintura de Wai Ming. Volví a mi oficina y fui testigo de la máxima expresión de alegría que jamás había visto en una niña.

Al principio, le daba vueltas sobre su rostro como si volara, sin desprenderse de esa fascinante sonrisa, luego se paró, lo lanzó de un lado a otro de la sala repetidas veces, lo volvía a tomar y simular despegues y aterrizajes sobre los muebles, perdió el interés en la música y hasta en la lectura. Ese sábado terminé sorprendida y la semana también terminó bien para mí, en todos los frentes de mi vida.

Los siguientes sábados hice avioncitos de papel de todos los colores, les pinté puertas, ventanas, logos de empresas conocidas, pilotos y hasta pasajeros, Caeli quedó encantada con cada uno de ellos.

Hace dos semanas, cuando cerraba mi oficina dispuesta a comenzar mi fin de semana me sorprendió encontrar todavía a Caeli, estaba acompañada de su mamá.

- Buenas tardes señora, soy la mamá de Caeli, trabajo en la sección importaciones – me di cuenta de dónde salió la sonrisa de la pequeña, mientras nos estrechábamos las manos – discúlpeme por abusar de su confianza y dejar a mi hija los sábados en la salita, es que de aquí tenemos que irnos a la rehabilitación.

- Debes ser Alessia, Caeli me habló de ti, te felicito tienes una niña bien educada y encantadora – le dije.

- Gracias, es sólo que ella quiere despedirse de usted – me dijo, sin perder la sonrisa.

- ¿Se van de viaje? – pregunté sorprendida por la noticia.

- No, para nada señora, es que el martes la van a operar y es seguro que el sábado siga convaleciente.

- No es nada serio – terció la niña, sus ojos habían perdido intensidad y el avioncito que le había armado con una hoja de papel amarillo, parecía más simplón que nunca entre sus manitos que repasaban los dobleces – el sábado siguiente si podré venir.

Leí en  sus ojos que tenía ganas de abrazarme así que abrí los brazos con las palmas de las manos hacia arriba, invitándola, y recibí aquel abrazo que me hizo sentir tan  genial como nunca, creció en mi la certeza de que hace seis meses había tomado la decisión correcta, tenía que seguir en busca de la vida que quería no resignarme a la que me ofrecían y descubrí que se puede amar tanto como a un familiar cercano a una niña que de la nada se hace trascendente en tu vida.

- Te quiero mucho, Caeli – me salió del corazón y ella me sonrió con esa sonrisa única, inolvidable, épica, eterna.

Ese mismo sentimiento me abruma mientras la espero, poco a poco la impaciencia me satura, comencé a mirar el reloj en forma compulsiva, la sigo esperando. Intento no dejar que la preocupación  me invada mirando cada uno de los bien logrados avioncitos de papel al borde de mi escritorio, imagino la sonrisa de Caeli cuando los viera ¿Cuál sería su preferido, el azul o el amarillo?. Vuelvo a mirar el reloj y ya pasó la hora en la que suele llegar.

Pienso que en realidad no es un esfuerzo grandioso el haber conseguido armar los avioncitos de papel, lo que en realidad rescato de este cometido es que después de muchos meses hago algo con verdadero cariño para alguien, espero que le gusten, que después de la operación sean un motivo de alegría para acompañar su recuperación. A propósito, Alessia nunca me comentó de qué la operarían. Qué falta de delicadeza la mía. Decido bajar a ver que noticias tiene de la niña, es probable que siga convaleciente.

Bajo el volumen del equipo y subo la intensidad del aire acondicionado antes de cerrar la puerta, llevo los avioncitos conmigo, si Caeli sigue convaleciente no tendré más remedio que pedirle a Alessia que se los entregue.

Distingo a Alessia trabajando en uno de los escritorios, está pálida y ojerosa, trae el pelo recogido y lleva aquel lazo rojo que traía su hija cuando la conocí. Qué parecidas.

- Hola – le digo y ella levanta la mirada, sus ojos tienen la misma opacidad de los que viven aferrados a una esperanza sabiendo que nunca la alcanzarán..

Toda ella es una imagen de la desolación, me quedo muda, todas las preguntas se desvanecieron en mi cerebro. Qué extraña sensación, parecida a la que sentí al tomar la decisión de separarme pero nace en otro lado de mí, más profundo, desconocido.

La expresión de su mirada me obliga a sentarme, sigo muda. 

- Ay señora – comienza Alessia en un tono lastimero – mi niña tenía un tumorcito en el cerebro causado por la cisticercosis – sentí entonces cómo todo el aire que tenía comenzó a ser expulsado lentamente, como si mis pulmones tuvieran vida propia, en una interminable exhalación destinada a nunca convertirse en suspiro – sufría de ataques de epilepsia, ya el médico me había dicho que cada ataque era más peligroso, tenían que controlarse, por eso que debía operarse urgentemente – tomó un pañuelito de papel de su escritorio y se secó una lágrima tímida que intentaba caer, respiró hondamente, reconocí en su mirada el carácter de las personas que evitan llorar aún cuando tengan un dolor profundo porque creen que ya lloraron lo suficiente.

- La noche anterior a la operación, cuando estábamos cenando, le dio un ataque bien largo, nunca había tenido uno así, dejó de convulsionar pero no abrió los ojos, parecía profundamente dormida, así que la llevé al hospital. Apenas la recibieron en emergencia me dijeron que tenían que operarla, como ya tenía su riesgo quirúrgico, en la sala de operaciones, antes de iniciar siquiera la operación Dios se la llevó para siempre.

Sentí la necesidad de odiar, hasta mis pequeñas pendencias guardadas y secretamente escondidas se convirtieron en odio profundo, odié a casi todo, un calor pérfido salía de dentro de mi y había poseído todo mi cuerpo. No se por qué le digo en tono amenazante

- Así es tu Dios…

- No diga eso señora, hay que respetar la voluntad de Dios, es una prueba más de su voluntad divina, mi niña tenía más de cuatro años sufriendo, ahora está descansando al lado del Señor – puso los codos en el escritorio y juntó ambas manos en su frente como si comenzara una oración mentalmente.

- Debió llevarse a un maleante, un asesino…o un político, no a Caeli – comenzaron a hervirme las entrañas.

Hubo un silencio prolongado, eterno, sin saber qué decir.

Alessia pareció regresar del lugar en donde se había refugiado mentalmente y como un verso aprendido me dijo

- Hay que respetar la voluntad de Dios.

- ¿Por qué éste sufrimiento? – grité, pero mi voz no salió de mi boca, la cólera la convirtió en mirada candente y la vomitó por mis ojos y Alessia lo entendió.

- Sufrimiento el de la madre macabea que vio morir a todos sus hijos, el de Job, Dios nos prueba con sacrificios, como el de Ana, madre de Samuel o el de Abraham al caminar con su hijo rumbo al altar del sacrificio – dijo ella, no le entiendo nada.

Me pongo de pie, siento que el cuerpo me hierve, salgo de la oficina y la luz del sol me agrede, tengo la mano derecha en puño, cerrada con fuerza hasta casi clavarme las uñas en la palma de la mano, voy aflojando suavemente y separando mis dedos cuidadosamente. Como dos avecillas estirándose para abandonar el nido e intentar su primer vuelo veo los dos avioncitos de papel. Los dejo caer con la esperanza de que levanten vuelo.


sábado, 20 de noviembre de 2021

MANÍA

 

¿Cuántas horas llevaba frente a la computadora investigando? ¿seis? ¿ocho? ¿diez? Había perdido la cuenta, recordó que no había probado bocado desde el desayuno, miró su reloj que indicaba 20:48, entonces calculó unas doce horas de trabajo incesante. Apagó el monitor y se puso una casaca ligera, el clima había comenzado a cambiar; se cercioró de llevar las llaves de la casa consigo palpando de memoria la cadena del llavero sujeto del lado izquierdo de su correa que terminaba con el manojo de llaves dentro del bolsillo posterior de sus pantalones, como lo hacía hace ¿veinte?, ¿veinticino? o treinta años quizás. De sólo pensarlo un temblor sonoro le recorrió la espalda.

Como todos los domingos se dirigió a la misma pollería, apenas se sentó se le acercó un mozo y con acento que no lograba identificar si era colombiano o venezolano le dijo mientras pasaba un trapo nuevo sobre la mesa y acomodaba los cubiertos dentro de una servilleta de papel de color rojo con el logo de la pollería:

-       Buenas noches señor ¿Lo de siempre verdad?

-      Buenas. Si, por favor, pero no me traigas una gaseosa sino un café, después que termine – contestó sin mirarlo, a la vez que vertía un chorro apreciable de alcohol en gel del gran dispensador que ahora reemplazaba a las flores y otros adornos en las mesas de todos los negocios de comida.

Durante toda la cena se dedicó a revisar mentalmente la información que afanosamente había estado buscando todo el día, mientras posaba sus ojos en un programa dominical en el gran televisor que tenía frente a él, porque no lo veía, su mirada parecía más lejana; no se sentía seguro si había despejado sus dudas o mas bien se multiplicaron. Su investigación en internet sobre la manía que se le pegó sin darse cuenta, que se había apoderado de él poco a poco, imperceptiblemente, lo tenía inconforme. Ablutomanía, era lo más cercano que había encontrado para lo que le pasaba. Esta es la definición a la obsesión y compulsión crónica por lavarse las manos, considerado un trastorno obsesivo compulsivo (TOC) por lo tanto era una enfermedad, una enfermedad siquiátrica.

Sin embargo, estimaba que de ninguna manera lo de él era una enfermedad siquiátrica, no podía ser un enajenado y a la vez un buen profesional y encima buena persona, porque eso era él, se lo decían sus compañeros, sus amigos, sus familiares y todos aquellos que tenían una relación con él. Estaba claro que, como eran muchos los que tenían esa opinión de él, había que tomarlo por cierto. Entonces lo suyo no era un TOC, no era una enfermedad, tal vez una manifestación temporal e involuntaria como respuesta a algún evento significativo en su vida.

Como cuando de niño comenzó a arrancarse los pelos, esta mala costumbre le apareció de pronto, sin siquiera darse cuenta, apenas su mamá lo notó le sometió a un tratamiento contra los piojos, pediculosis, lo recordó por la mañana durante su investigación. Así como apareció de pronto se fue, claro que los tratamientos que soportó fueron mayúsculos. Al principio su mamá pensó que con solo untarle los cabellos con un fijador o con vaselina sería suficiente, él intentaba justificar lo que hacía porque no estaba contento con su peinado, quería mejorarlo, además sus compañeros se burlaban de él por eso. Pero no respondió a esta medicina. Luego le untaban la cabeza, primero con pasta de limón, luego con café molido y hasta con el agua con que humedecían el tabaco durante una noche, para desalentarlo al sentir el sabor amargo cuando se llevara los pelos a la boca. Y nada. Hasta que un día, así como le vino esta mala costumbre se le fue.

Acababa de descubrir que esto podría ser una manifestación de un TOC, se le conoce como tricotilomanía o tricofagia, es una de las más difícil de tratar, la recuperación de los pacientes toma tiempo. Entonces lo de el no había sido una enfermedad, solo una manía temporal. Duró ¿meses? ¿años? No podía precisarlo. Lo que si había conseguido, aunque todavía no estaba seguro de su exactitud, es relacionar este periodo de su vida con el evento condicionador. Todavía no lo daba por cierto pero había trabajado con fechas y la la primera vez que se arrancó el pelo, fue el día en que sus padres tuvieron una discusión bastante subida de tono y que casi los llevó a la agresión. De eso estaba seguro, entonces, se metió bajo un escritorio y cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos. Permaneció acurrucado mucho después de que su padre se fuera de casa para retornar horas después borracho, dando por terminado el incidente; pero él, permaneció allí acurrucado todo este tiempo, rezando para que Dios lo ayudara e hiciera un milagro que juntara a sus padres como antes. Llegó a pensar que la discusión era por su culpa, se sintió un malhechor, su plegaria ya no pedía un milagro que volviera a unir a sus padres, sino uno que le hiciera pagar su culpa. El portazo anunciando la llegada de su papá ebrio lo transformó, le dio vida propia a cada uno de sus órganos, de sus músculos, entonces jaló un mechón de pelo de su cabeza pensando sentir dolor pero fue insensible, pensó que con eso pagaría la voluntad divina de reunir a sus padres plenos de amor, como antes.

Cuánto tiempo ha pasado y cuántas cosas han sucedido en su vida pero hasta ahora se daba cuenta que ésta había sido una sucesión de manías, de obsesiones quizás pero para nada enfermedades, no, lo suyo era controlable, no hay por qué preocuparse.

Hoy había identificado como dermatofagia la costumbre que tuvo durante algún tiempo de arrancarse la piel de alrededor de las uñas de la mano, de morderse y pellizcarse los callos o las partes donde la piel era gruesa, a veces hasta sangrar, para arrancar pequeños pedazos de piel, pellejitos, que luego devoraba como si se tratara de la comida postergada de un náufrago. Casi había olvidado esta parte de su vida, ¿por qué durante tanto tiempo no le había dado importancia? quizás tenía un motivo para no recordar, para olvidar.

Sin lugar a dudas había tenido costumbres extrañas de las que recién hoy, con su investigación tomaban importancia en su pasado; tenía que haberlas recordado, es más, era necesario recordarlas porque lo contrario sería aceptar que se trataban de verdaderos trastornos, TOCs, como dicen los médicos. Pero no, lo de él no eran enfermedades siquiátricas de ninguna manera.

Encontró otro capricho que también lo acompañó durante un tiempo, se llamaba ablutomanía, fue la mala costumbre que desarrolló también de manera imprevista de lavarse las manos a cada rato, le vino de la nada, sin darse cuenta de pronto sentía un impulso por lavarse las manos, las sentía sucias no porque la estuvieran sino porque un cambio de temperatura, un ruido alto, el paso de un vehículo a velocidad, la caída de un objeto banal de manera casual fueron algunas de las causas que lo impulsaban a buscar apremiadamente un baño, un lugar donde lavarse las manos. Pero quizás esto podría haber sido una misofobia, es decir un excesivo temor a los gérmenes y bacterias, temor que antes lo invadía muchísimas veces en un día. Luego desapareció misteriosamente como llegó.

Pero solo para dar paso a otro capricho, las compras, su deseo por visitar esas tiendas grandes que ahora invadían la ciudad y adquirir algo, cualquier cosa, algunas sin estar seguro si las necesitaba o si aunque sea le gustaban; se obligó a levantarse apenas amanecía para cubrir su horario laboral más temprano y dedicarle el resto del día a deambular por los centros comerciales, siempre hasta que cerraran, de donde salía con el dinero justo para su pasaje, cuando no tenía carro, después de haber gastado la última moneda que llevaba. Sus finanzas andaban en rojo y se olvidó de socializar, prefería estar solo y quizás andaba buscando la compañía  de las cosas que compraba, como quien adquiere amigos. Llegó a padecer hambre por que le debía a medio mundo, lo que cobraba con las justas le alcanzaba para alimentarse y pagar algunas deudas obligado a dejar otras para después.

Con la información encontrada durante su investigación de hoy, sabe que se trata de la oniomanía, claro, cuando nos referimos a una obsesión enfermiza, un mal siquiátrico, que definitivamente no era su caso.

Y fue éste estado de necesidad en el que se encontraba, apurado por las deudas, la misma que lo sacó de esta situación, decidió no comprar nada más cuando se dio cuenta que ya no disponía de créditos y que su relación con los bancos sólo eran por las deudas por pagar hasta que equilibrara su presupuesto.

Definitivamente que el recurso fue genial, quién lo hubiera hecho igual, reemplazó hacer compras por hacer regalos, comenzó a obsequiar una a una las cosas que había adquirido, casi todas aún nuevas, primero las que tenía guardadas porque eran inútiles para él, pero quizás valieran algo para otros, luego siguió con las cosas que consideraba menos importantes entre las que le quedaban. Pronto le agarró ese gustito que se siente cuando uno recibe un premio o una palmadita en el hombro, se sentía mejor cuando también comenzó a recibir regalos de otras personas, salía de casa con algún objeto para regalar en el trabajo a alguien que previamente había decidido pero, habitualmente lo regalaba por el camino. Pronto se dio cuenta que era una manía, cuando comenzó a perder cosas que apenas entregarlas tomaba en cuenta que eran necesarias. Si, claro, entre los Trastornos obsesivos, compulsivos es conocido como doromanía, es decir el trastorno siquiátrico que te impulsa a dar y recibir regalos, que tampoco era su caso.

El mozo se acercó con su pedido y le puso otra servilleta, la que había en la mesa se había transformado en un origami, como siempre no podía identificar de buenas a primeras a qué o quién representaba, lo haría al recoger la mesa, había encontrado palomas, sapos, dinosaurios, osos, aviones, le daba curiosidad ver de qué se trataba en esta ocasión, por eso se retiró mirando de reojo la pequeña figura de papel que parecía un adorno más de la mesa.

Volvió a esparcir abundante alcohol en gel sobre sus manos y frotárselas con una toalla invisible como si se las secara apenas lavarlas, luego las levantó y las abanicó con fuerza cerca de sus hombros como un músico en un cierre sinfónico con panderetas imaginarias, frotó sus cubiertos limpios en la servilleta nueva y con movimientos parecidos al de un neurocirujano a punto de operar comenzó a comer el chaufa humeante.

Las cosas que había encontrado durante su última navegación en internet giraban alrededor de su cabeza, intentaba controlar sus ideas pero cual carrusel musical y colorido las imágenes que había analizado durante todo el día lo llenaban todo dentro de su conciencia.

Hipnomanía, así se llamaba una de los trastornos siquiátricos que había revisado hace poco, no podía establecer en qué época de su vida había pasado por una etapa en que se le dio por dormir, se levantaba apremiado por su horario de entrada al trabajo, pero en el trayecto hacia el, en el transporte público, buscaba la manera de echarse una dormidita un ratito, había adquirido la habilidad de dormitar apenas se sentaba y de despertarse una cuadra antes de llegar a su paradero; una vez en casa, cenaba y veía televisión por un rato y con un libro bajo el brazo se iba a dormir de inmediato. Pero también dormía en el trabajo, había acondicionado un rincón en un almacén donde se escondía para darse una “pestañeada”, aunque nunca pasó de cuarenta minutos, era una necesidad que se le aparecía de pronto ¿una manía? Claro que no. El controlaba la situación, decidía la hora y el lugar en donde dormir, lo había hecho inclusive de pie en el tren eléctrico o en el metropolitano, en el interior de un baño y por esa época si iba al cine era solo para dormir.

Claro, de ninguna manera podía tratarse de una manía.

Dejó los cubiertos un rato, volvió a verter un chorro del alcohol en gel sobre sus manos y se las frotó ávidamente hasta que hubiera desaparecido rastros de humedad sobre su piel.

-           Qué rico… – se dijo en voz no muy baja, como cuando se le habla a una persona cercana a uno – Estoy seguro que esto no es una manía, es el gusto de sentir como el gel poco a poco se desvanece de la piel, cómo cambia de temperatura pasando a dejarte ese frío que es la metáfora de la vida, de lo efímero, de lo que tiene que acabar ¿por qué todo tiene  un final? ¿por qué no tenemos algo eterno? – se dio cuenta que estaba hablando solo y se reacomodó en la silla que parecía estar hecha para su cuerpo -      bueno, por lo menos no es ablutomanía, de eso estoy seguro.

Dejó los cubiertos sobre el  plato y se limpió los labios y parte de la cara con la servilleta nueva, procurando no deformarla.

¿Por qué tengo que pensar que algo que me gusta es una manía? ¿Si no lo acepto significa que estoy loco? Y si lo acepto también, no me dejan alternativa – pensó a la vez que soltaba un suspiro discreto que nacía de la sensación que le había dejado las cosas encontradas en internet durante el día – acaso acostumbrarse a algo tiene que ser una manía, no, en mi caso es orden, responsabilidad, eso que le dicen disciplina.

Sacó un papel doblado del bolsillo de su camisa, lo alisó sobre la mesa, a un costado del plato y lo alejó hacia el centro de la misma pero no tanto como para no poder leerlo, eran las fechas y los acontecimientos de su vida que había comenzado a ordenar a medida que avanzaba su investigación. Después de aceptar la primera coincidencia de que su comportamiento maníaco de arrancarse los cabellos y comérselos cuando niño podría haber sido una tricofagia y, tras haberse convencido de que la causa fue el inicio de la violencia entre sus padres y que terminó cuando ellos se separaron, encontró que las otras manías que desarrolló también coincidían con fechas de eventos importantes que podrían ser los desencadenantes. Pero, con seguridad esto se debía a su necesidad de ser disciplinado pues de otra manera no sería lo que ahora es.

Miró las fechas, al costado de cada una de ellas había hecho una anotación, leyó la primera, decía “compromiso de mamá”. La dermatofagia que lo persiguió durante una parte de su vida coincidía con la fecha en que su mamá se comprometió con quien hasta hoy es su marido, a él le gustó la idea al principio, pero cuando percibió que su madre ya no era solo para él las cosas cambiaron, comenzó a morderse las uñas frente a la televisión, muchas veces lo mandaron a dormir temprano creyendo que se ponía nervioso con los programas que veía pero su comportamiento se agravó. Su madre lo llevó al médico y aunque nunca recibió el diagnóstico frente a él, sospechaba que no era una enfermedad, pues de pronto pasó, se acabó, desapareció, de ser una manía la tendría hasta ahora. Sonrío levemente mientras bebía el café que le habían traído y que parecía seguir hirviendo.

A través de la nube de vapor volvió a mirar el papel sobre la mesa y leyó “la bonita dos veces”. Así llamaba a su primer amor, si aquella bella muchacha, de delicada figura y mirada coqueta de la que se enamoró ¿o se enamoraron? Era maravillosa, al principio, luego cambió un poco ¿qué será de su vida? ¿habrá conseguido sus sueños? Estoy seguro que si, era bien decidida, y bastante lúcida para su edad. Se llevaban muy bien hasta que escuchó a alguien decir que era mucha mujer para él. Entonces vino lo de lavarse las manos a cada rato.

Al principio tampoco le prestó importancia, recién lo consideró un problema cuando ella se lo dijo. Pero ¿por qué se lo dijo así? “Si no te controlas, te dejo” Fue peor, sus ansias de lavarse las manos se volvieron irreprimibles, probó muchas formas para esconder esta manía que le costaba muchas burlas, usó guantes, hidratantes, humectantes, astringentes entre otros productos pero, nada le quitaba ese deseo constante e intenso, parecía crecer cada día, lo enfermaba, no lo dejaba llevar una vida normal, imagínense, todo el día pensando en lavarse la mano. Lo peor era que cada vez le tomaba más tiempo jabonarse y enjuagarse, como si un sudor que brotaba de sus manos que contenía los olores de las cosas que había tocado y había imaginado se hiciera más espeso cada día.

Y claro que esta manía también se le fue, cuando ella le dijo que no le volvería a ver, después de haberla avergonzado quedándose atorado en el baño de una fiesta a la que fueron juntos. La verdad era que él puso seguro a la puerta para no salir pues no podía pasar más de cinco minutos sin lavarse, entonces todos se darían cuenta y hubiera sido peor. Ella se fue y se llevó la ablutomanía, ¿eso era posible? clínicamente no, por eso siempre digo que no era un trastorno obsesivo compulsivo, era una manía cualquiera.

Se dio valor respirando profundo y volvió a beber el café que parecía no haberse enfriado, leyó la siguiente línea escrita que decía “adiós”, se refería a la etapa en que comenzó a vivir solo. Desde muy joven consiguió trabajo pero parte de lo que ganaba tenía que gastarlo en mantener la casa, por disposición del marido de su mamá, al que nunca llamó papá, para entonces había nacido su primer hermanastro y para contentar a su mamá y porque se había encariñado con el recién nacido, todos los días, al retornar de trabajar le compraba algo, generalmente pequeñeces, chupones, baberos, mitones, biberones y cosas como esas. Cuando se marchó porque vivir con su padrastro se hizo insoportable comenzó la manía de comprar, la que hoy sabía que se llamaba oniomanía. Claro, para el no había sido ningún trastorno emocional sino un pasatiempo, una manera de sentirse bien, hasta que su situación económica se hizo insoportable. Parecía que nunca terminaría, no distinguía solución a la vista hasta que consiguió un nuevo empleo, mucho mejor pagado, entonces con el empleo anterior también se fue la  oniomanía. En Buena hora.

Entrecerró los ojos para leer otra vez “chamba nueva” decía, si, con mejores ingresos que le permitieron pagar todas sus deudas e inclusive comprarse su primer carro, el bólido como lo llamaba. Claro, pensándolo con más calma, la idea de comprarse un carro se volvió el impulso de sus días ¿una nueva manía? ¡Por supuesto que no! Sólo quería mejorar, como cualquier persona y, lo logró, alcanzó su meta entonces no está relacionado para nada con un TOC ¿o acaso a las personas exitosas por alcanzar sus sueños se les considera maniáticas? claro que no, pero después de este logro comenzaron esos días de regalo, de esa compulsión por regalarlo todo, doromanía, también por recibir regalos, era una sensación que lo completaba cuando daba y recibía, se sentía una persona importante, un personaje. Nadie me puede decir que por eso soy un sicópata.

-       Peruvian Psycho – dijo y soltó una risa que casi de inmediato tuvo que reprimir pues unas señoras que comían en la mesa frente a la suya lo miraban entre curiosas y alarmadas.

Volvió a beber del café amargo y reparó en el gran televisor que colgaba del techo, una banda peruana tocaba frente a una multitud que acompasadamente movía sus cuerpos como si bailaran bailes diferentes, leyó el banner de la pantalla “Glastonbury Festival – Cumbia all star from Perú”, qué bien se siente esa música pensó, mientras parecía que sus vísceras se encogían y una extraña evocación de recuerdos se disparó dentro de el como si su cuerpo sólo fueran neuronas, nada de huesos, músculos ni órganos. Esa remembranza en que se había convertido lo paseó por unos segundos a través de toda su vida, en realidad a través de toda la música que había escuchado, de todo tipo, desde la clásica hasta la urbana actual, había vivido etapas, pequeños ciclos en los que por razones que no deseaba recordar había preferido un solo tipo de música, no fue difícil reconocer de inmediato la canción que el televisor reproducía, “Cuando se quiere como te quise no logra cerrar la herida que me abriste…” cantó mentalmente por un momento con un profundo recogimiento acompañando la música:

-       Esa es “Traicionera”, de los Destellos – se dijo – claro, es una composición de Manuel Mantilla, año 1977.

Se quedó embelesado mirando la pantalla mientras pensaba que ésta podría haber sido otra de sus manías, la música; pero no, sólo fue una cuestión de gustos, los gustos pueden cambiar cada tanto, hasta el amor cambia y en el caso de la música es una necesidad explorar todos los géneros para decidir cuál es el que preferimos ¿o acaso nos casamos con la primera persona de la que nos enamoramos?.

Tampoco es una manía usar siempre zapatos marrones, ni la ropa interior color blanca o azul o que todos tus pañuelos sean blancos o celestes, usar la billetera en el mismo bolsillo durante años y que tus pantalones sean azules o negros tampoco, menos juntar lapiceros de distintos colores o agendas con una página por cada día del año, o escaparse para fumar cigarritos de canela de esos que se invitan a las chicas en las discotecas, o usar mantequilla de cacao para tener los labios como los de las mujeres que no pueden vivir sin ponerse labial, o bañarse con agua fría todo el año. “Oye traicionera aunque me muera, donde yo me encuentre rogaré por tu alma…” volvió a acompañar la música.

Durante unos minutos esperó que terminara la canción para seguir con sus pensamientos, mientras se dejaba llevar por esa sensación que provocaba la música, que lo ponía en estado de indefensión, como si cayera en un pozo sin fondo en un viaje agradable del que no pudiera salir mientras tuviera los ojos cerrados.

Abrió los ojos apenas terminó la canción y reparó en los dos pequeños grupos de arroz que había dejado en el plato.

-      Vaya manía la mía, no logro relacionar esto con nada en mi vida, por lo  menos no hasta hoy.

Volvió a contar cada uno de los montoncitos de arroz que quedaron de su comida, era llamativo ver los retos de comida agrupados en un solo lado del plato mientras al otro  aparecían estos dos grupos de arroz, “como esas montañas solitarias en Marte”.

Con el filo del cuchillo los iba separando sabiendo ya lo que encontraría.

-       Treinta y dos en el de la izquierda y ciento cincuenta en el de la derecha.

Era lo que esperaba, siempre que comía solo, casi todos los días, inconscientemente formaba estos dos montoncitos de arroz en el plato, no lo entendía, no encontraba una relación entre estos números y algún acontecimiento en su vida ¿Qué significaban? ¿por qué se repetían? Gruñó y volvió a sus anteriores pensamientos.

Con la canción recordó que ésta estaba asociada a la etapa en que su manía era dormir, lo hacía para escuchar la música romántica que por entonces se le había metido en la cabeza, por eso se sentía seguro que la hipnomanía que lo afligió un tiempo no era una enfermedad, solo era su deseo de aislarse para sentir la esencia de cada canción. Claro que por eso ésta desapareció; entonces volvió a mirar el papel y leyó al lado de la última fecha que había escrito, “Babe” decía.

Suspiró con fuerza y los aromas de ella parecían invadirlo otra vez, recordó cada una de las emociones que sintió y los momentos que vivió con ella, su última relación, la que para él fue la única, la mejor, la mujer más grande que había conocido, a la única que le alcanzó ese adjetivo “babe”, la dos veces bella mujer o lo que es lo mismo, mujer con doble mayúscula. Le había costado mucho conquistarla, nunca imaginó tener a una hembra así en su vida. Ahora ya no estaba, se había ido, le dejó sólo porque su destino era otro, lo que él le podía dar no era suficiente para una mujer brillante, intensa, insolente, ella se merecía mucho más. Y se fue. Le dolió y la recordaba siempre. Pero el lo entendió.

Claro, ahora reconocía que la fecha coincidía con esta especie de manía, no era ablutomanía, ya la había padecido y superado, ahora era el extraño gusto que sentía después de rociarse abundante alcohol en gel en las manos y frotarlas, dejar que el gel comenzara a secarse primero, dejando sus manos como de cuero, resistentes al frotamiento, luego, a medida que cambiaban de temperatura, de caliente a frío y luego a normal, se iba diluyendo esta sensación de papel hasta pasar a una tersura comparada con la piel de un niño, o de una mujer como aquella. Y que suerte que haya coincidido con esta pandemia, así donde fuera siempre encontraría y tendría una justificación para echarse abundante gel en las manos y volver a sentir que por un instante pasaba de no tener nada a rozar la piel de ella.

Era una metáfora del amor, porque así como el gel el amor también se va desvaneciendo, ahora, mañana o más tarde, se hará nada, se va a evaporar después de habernos regalado gratas sensaciones, al final solo será un recuerdo, un momento grabado en nuestra mente, de donde cada vez que lo evoquemos emergerán alucinaciones que extrañamos. Pero ¿cuánto tiempo sobrevivirá? A veces igual que el gel.

Pagó su cena y muy despacio se levantó, se acomodó la correa y los pantalones, se puso el cubre bocas, suspiró antes de colocarse las ligas en las orejas y volvió a rociarse abundante alcohol en gel sobre las manos, se las frotó, separó y movió los dedos como si tecleara un teclado imaginario.

-      Treinta y dos y ciento cincuenta – pensó – sicópata peruano…jajaja – río de buena gana, sobre todo porque sabía que nadie se daría cuenta por la mascarilla, mientras por un instante sentía la piel de ella en sus manos.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...