Era la tercera o cuarta vez que pasaba frente al gran ventanal de la florería, con igual o más indecisiones que las anteriores veces, a través de los vidrios puede ver que hay algunas personas esperando ser atendidas, parece resuelta a ingresar pero en el último instante se decide por seguir de frente. La plazoleta del gran centro comercial hierve de gente que transita apresuradamente poniéndole el ambiente a este día de San Valentín, rebautizado como “día de la amistad” probablemente con fines puramente comerciales.
- - ¿Por qué Dios mío,
tengo tantas dudas? ¿Por qué me muestro tan insegura?
Preguntas
que no desea responder por ahora, será después, inmediatamente piensa en lo que
la gente le suele decir sobre ella, sobre todo, lo que él siempre dice para
animarla, que es una mujer de decisiones, que tiene sus objetivos claros, que
no tiene miedo de caer y que si la han visto caer siempre se ha levantado con
más ganas y sobre todo con un particular estilo, muy femenino.
- - ¿Acaso esta inseguridad
es culpa de mamá por ser tan protectora? ¿O de papá, por haberme criado como el
hijo que nunca pudo tener? – se dice.
Siguiendo
los pasos de la multitud continuó sin rumbo, merodeando la tienda de flores y
regalos, se detenía en algunos aparadores para curiosear, pero sobre todo para
hacer tiempo y darse valor para un siguiente intento en el negocio aquel que
ahora la atemorizaba.
- - ¿Tal vez mis
temores sean porque nunca se ha visto algo parecido? ¿Quién ha visto alguna vez
que una mujer enamorada le envía un ramo de flores a su novio? No es muy común
¿Pero por qué no hacerlo? No es malo ni está prohibido – suspiró hondamente
para tomar valor y continuar en su propósito.
- - ¿Será por el
temor a la burla y al escándalo al que sería sometido por sus compañeros de
oficina si recibiera un presente por el día de los enamorados?
Se detuvo
en un gran aparador con artículos para oficina, posiblemente una librería,
adornado con grandes globos y corazones rojos. De reojo miraba el reflejo de
las imágenes en las grandes lunas y disimuladamente vigilaba lo que sucedía en
la florería.
Se abstrajo
en si por un momento, dejando que afloraran algunos recuerdos, se le vino a la
mente el día no muy lejano en que recibió un gran ramo de rosas rojas rodeadas
por magnolias rosadas, junto a un peluche, una botella de champán, finos
chocolates y una tarjeta en donde él le deseaba feliz cumpleaños con aquellas
palabras que siempre recordaría, cosas así nunca se olvidan. No podía calcular
si fueron dos, tres o cuatro semanas en las que todos los días era el centro de
la chacota, compañeros y compañeras no dejaban de enviarle indirectas y frases
cargadas de sarcasmo que precedían a momentos interminables de risitas y
carcajeos, la primera vez y pocos días después se sonrojaba, sintió vergüenza y
hasta ganas de llorar, sin embargo, al pasar de los días se convenció que éste
era un comportamiento habitual de los grupos humanos, la felicidad de alguno
siempre era la envidia de otros que la manifestaban a través de la chanza.
Ahora ya
nadie la molestaba, habían olvidado el suceso, a pesar de que su relación se
había hecho evidente y que algunas veces su novio la dejó en la oficina.
- - Si, lo peor que
le puede pasar a él es algo similar – pensó – algunos compañeros de seguro que
se van a burlar, quizás haga falta que lo acompañe algunas veces a su oficina
para que las cosas se normalicen más pronto.
Miró su
reflejo y se sonrió, era evidente que su belleza se recalcaba cuando se
encontraba feliz, como ahora, se arregló el cinturón que llevaba sobre el
vestido y se pasó la palma de la mano por el cabello que le caía sobre la
frente, dos jóvenes que pasaron cerca la miraron atrevidamente, uno de ellos
volteando la cabeza le dijo modulando su voz como si le hablara al oído:
- - ¡Buenos días mamacita…! Hay que ser tonto para dejarte
solita…
Sintió que
se llenaba de valor, era evidente que había sido una señal, la decisión estaba
tomada, le enviaría un arreglo floral, quizás anturios rojos con narcisos
amarillos, unas latas de cerveza alemana, el osito de peluche con la camiseta
de su equipo y una enorme tarjeta donde escribiría “De tu estrella, porque éste
y todos los días estaré donde me necesitas, aunque esté nublado o llueva”.
Se alisó
el vestido con ambas manos, apretó la cartera que llevaba colgada del hombro y
con esa actitud resuelta de la que muchos hablaban y de la que más de uno se
había enamorado cruzó la plazoleta con dirección al negocio aquel, mientras
imaginaba la alegría del novio al recibir este imprevisto presente. Seguro que
se consolidaría el amor entre ellos.
Caminó directamente
a la entrada de la florería, cada paso parecía acercarla muy poco, tenía la
impresión que ahora eran kilómetros los que la separaban de su destino, sintió
el sudor frío correrle por la espalda pero no se acobardó para nada, a la distancia
pudo darse cuenta que no había clientes, sus venas y arterias parecían bailar
al rataplán de un lejano kpanlongo africano que retumbaban en un eco amortiguado
en sus sienes, todo en su ser le gritaba que se apurara, que corriera pero de
algún lugar recóndito de su conciencia nacía una orden que la detenía, que le
quitaban libertad a sus movimientos, como si de pronto sus piernas pudieran
discernir por ella, este momento era único, se sintió en una escena ralentizada
de Matrix, su cuerpo se había convertido en una antena que percibía cada
movimiento que sucedía a su alrededor. Todo estaba tan calmado pero tenía la
conciencia de que unos pocos segundos transcurridos ahora le parecían
interminables minutos. Estaba a dos metros de la puerta, su sueño de San
Valentín podría darse por cumplido.
De pronto
todo recuperó su movimiento, su velocidad habitual, el mundo cambió, tenía que
darse prisa; quiso estirar el brazo para tirar de la manija de la puerta, pero
su cuerpo no le obedeció y apuró el paso pasando de frente como las veces
anteriores.
- - ¿Qué paso? ¿Qué
acabo de hacer? No lo puedo creer – se dijo, como esperando respuestas del
mismo lugar de su conciencia que antes le ordenaba detenerse.
No encontraba
explicación a este comportamiento que la dominaba, por un momento la invadió una
confusión, pero se repuso, no era día para andar con vacilaciones, se detuvo,
volteó a mirar la florería sabiendo que ya no entraría y retomó su camino hacia
otro lugar, otro asunto. Quizás sería mejor evitarle vergüenzas a su novio.
Una mezcla
de resignación, conformidad, abatimiento la invadió, respiró y para
justificarse pensó:
- - Tal vez sea mejor
no hacerlo, mi marido y la señora de él podrían enterarse.
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