Se acomodó la mascarilla más por causa del frío viento que parecía haber escogido a propósito correr por toda la avenida Los Próceres que por una real conciencia de seguridad, a sus diez años no comprendía perfectamente la gravedad de la pandemia ni lo que significaba contagiarse. Había calculado su viaje hasta el Hospital del Niño preguntando a sus amigos, era la primera vez que se alejaría tanto de su casa solo, inicialmente pretendió usar el tren eléctrico pero cuando comprobó que el control era mayor para impedir que los niños menores de catorce circulen sin sus padres en las estaciones del tren, decidió viajar en la línea “E”, que él conocía como “los morados”. Palpó en el interior de su bolsillo las monedas que usaría para viajar mientras que con la otra mano presionó debajo de la casaca cortavientos asegurando la bolsa de plástico que contenía el tesoro que había conseguido reunir durante cuatro meses.
Parado
en una esquina esperaba el micro junto a un grupo de personas, cada uno
concentrado en sus problemas, cada uno preocupado de mantener la distancia,
pero todos dispuestos a olvidarse de las precauciones con tal de viajar rápido.
Los miró de uno en uno tratando de identificar a algún conocido del barrio y le
sorprendió lo parecidas que resultaban las personas cuando se cubrían medio
rostro, lo desconocido que se podía hacer cualquiera sin necesidad de ocultarse
y cómo se perdía la expresión del rostro. Le atribuyó alguna propiedad mágica a
los cubrebocas porque conseguían que todos tuvieran una expresión muy parecida,
triste, melancólica, con mirada vidriosa, sin esperanzas, sin alegría. Prefirió
concluir que esto sería el resultado más bien de la permanente zozobra por
evitar el contagio. El COVID 19, con su amenaza mortal había venido no solo
para dejar muerte sino también para llevarse la alegría, la frescura, la
esperanza de los rostros y dejarnos a todos como los zombies que tanto le
gustaba ver en la televisión.
Subió al
micro confundido entre la gente apurada, nadie le tomó en cuenta, se dejó caer
en el asiento del fondo, ancho y cómodo, donde podían sentarse hasta seis
personas pero ahora solo lo hacían tres. Aseguró el paquete que llevaba bajo la
casaca y separó dos soles cincuenta para el pasaje, que era lo que los amigos
del barrio le habían dicho costaba.
Contemplando
el rápido paso de los edificios por las grandes ventanas comenzó a adormecerse
y algunos recuerdos quisieron asomar en su memoria, parecía que el sueño lo
vencería, cosa que quería evitar para no pasarse del destino, aunque sabía que
era un viaje largo; entonces el sonido de las monedas tintineando en las manos
del cobrador le volvieron a la realidad, le entregó dos soles cincuenta por el
pasaje pero el cobrador le siguió mirando esperando que le dijera hasta dónde
iba.
-
Hospital
del niño – dijo, pretendiendo una voz más gruesa y sin atreverse a mirarle a
los ojos.
-
Hospital
– dijo el cobrador mientras arrancaba un boleto con mucha destreza de uno de
tantos taloncitos que llevaba en la mano y se lo entregaba.
La
cantidad de talonarios con boletos que había acomodado en una mano el cobrador
le llamó la atención, parecía una suerte de tahúr jugando con las cartas antes
de lanzar la que significaba ganar o perder.
Para
Moisés, la vida como hijo único y abandonado por su padre no había sido tan
sufrida como es frecuente en estos casos, sobre sus diez años se notaba el
trabajo de su madre como mujer sola al mando del hogar sin un marido a su lado,
se tendría que tomar como exitosa, tenía una existencia feliz, por lo menos
para el. Frecuentemente cuestionaba la mala suerte de no tener un hermano más
que la falta de un padre, la vida escolar le había hecho sentir esta ausencia
con mayor notoriedad. Sentía envidia de aquellos compañeros cuando se referían
a sus hermanos, se sentía vacío, incompleto, intrascendente por la falta de
amor filial, mientras que, el amor por su padre lo había sustituido por
completo con el cariño a su mamá. No necesitaba querer a su papá, para qué.
Había
llegado a los diez años solo, inventando personajes imaginarios con quienes
llenaba sus horas de juego que de otra manera hubieran sido vacías, se había
acostumbrado a la compañía etérea de amigos inexistentes que le aconsejaban
coincidentemente las mismas cosas en que pensaba.
Había
encontrado que los momentos más difíciles del día eran aquellos instantes
previos a levantarse y después de acostarse, antes de conciliar el sueño, era
entonces que una melancolía fría que trasuntaba las sábanas y cobijas, una pena
que equivalía a las esperanzas rotas que pueden atormentar el alma de un niño
lo invadían y, aunque luchaba contra ello le condicionaban el día, peor si
durante el colegio o algún encuentro con los amigos se hacía una referencia a
los hermanos.
Cuántas
veces trató de encontrar culpables de que su vida fuera así. ¿Quizás su madre?
¿Su ausente padre? ellos debieron prever que la vida no era fácil para un hijo
único ¿Quizás él mismo? por dejarse abrumar por la necesidad de un hermano que
lo apoye, que lo oriente, o porqué no, a quien enseñar, a quien proteger, a
quien contarle cada uno de los secretos que ahora guardaba y no sabía para qué
¿No es mejor tener un secreto compartido con un hermano?
Todo lo
que sabía lo había aprendido por propio esfuerzo, con sus riesgos, enfrentando
al barrio, al colegio, de la manera que su madre le había enseñado, la única
con la que un niño resuelto podría atreverse. El barrio le había moldeado el
carácter y el espíritu y su madre lo había encausado dentro del camino por
donde debe transitar una persona de bien. Era considerado por la pandilla como
un compañero con futuro a quien se tenía que cultivar y preparar, así se
sentía, y se había comprometido a no defraudar esa consideración con su
“mancha”, casi toda la pandilla estaba conformada por niños que bordeaban los
quince años, todos mayores que él.
La vida
con su madre, provechosa, pese a que nunca había sentido mayores necesidades,
no había dejado de tener el sufrimiento que acarrea ser hijo único en una
familia disfuncional. A su papá lo había reemplazado con los amigos, los tíos y
los compañeros de clase, pero no había podido reemplazar la falta de un
hermano.
Quizás
esta necesidad fue la que hizo que se encariñara con Gabriel.
Gabriel
era su primo, hijo de la hermana de su mamá. Lo había conocido unos meses
atrás, en enero, cuando ambos llegaron de Cerro de Pasco y se alojaron en su
casa mientras su tía, profesora, realizaba unos trámites ante el ministerio de
educación.
De
inmediato congeniaron, aunque Gabriel tenía un hermano y una hermana parecía
haber encontrado el primo perfecto en Moisés, a él le confió muchas cosas que
no había confiado a sus hermanos.
Fueron
las mejores vacaciones de sus vidas pero fue Moisés quien más las disfrutó,
para él eran las primeras vacaciones con un compañero permanente, casi a
dedicación exclusiva, como un ensayo de lo que sería la vida con un hermano.
Se
dedicó a él. Las noches se volvieron divertidas pues se acostaban tarde porque
aprovechaba hasta el último minuto que les permitían sus padres para ver
televisión comentando o explicándole a Gabriel los detalles que veían, pues en
Cerro de Pasco no tenían televisión por cable. Sus horas de sueño se habían
acortado pues se despertaba impaciente por levantarse y comenzar el día de
aventuras al lado del nuevo primo, había dejado de sentir el frío que antes
sentía al cobijarse en la cama.
Apenas
terminado el desayuno se ponían a ordenar y asear la casa acompañado siempre de
Gabriel, conforme le había enseñado su mamá, después hacían los mandados
corriendo a la tienda o al mercado de Ciudad de Dios, que quedaba a cinco
cuadras de la casa y siempre terminaban rápido para tener más tiempo para “sus
cosas”.
Moisés
trataba siempre de enseñarle algo nuevo a su primo, le agradaba ver como se
mostraba sorprendido por cosas tan triviales como las técnicas para “gorrear”
un carro, el esperar después de un rompe muelles o de algún bache grande para
subirse y agarrarse de los parachoques posteriores del carro y viajar colgado
hasta el siguiente bache o semáforo en donde tenían que bajarse evitando que
los choferes, especialmente cobradores, se dieran cuenta.
Les
gustaba subir al tren eléctrico y cruzar Lima muchas veces de ida y vuelta por
el costo de un pasaje, Moisés había memorizado las estaciones en las que se
podía cambiar de sentido de viaje sin abandonar las instalaciones, esto lo
habían hecho muchas mañanas hasta que el hambre los hacía regresar a casa para
almorzar.
Durante
algunas mañanas también acompañaban a sus mamás al mercado de Ciudad de Dios,
para ver a las “hermanas verdura”, dos simpáticas muchachas de trece y quince
años que ayudaban a su mamá en la venta de verduras, ellas, ni bien ver llegar
a Gabriel comenzaban a llamarlo “novio” o “colorado”, destacando los extraños
ojos celestes, aunque tristes, que tenía. Gabriel era uno de los integrantes de
la familia materna que había sacado los ojos celestes de su abuelo, aunque la
mirada triste era exclusiva de él; además tenía la cara llena de pecas,el
cabello casi rubio y ensortijado.
Durante muchas tardes se habían dedicado a pasear en la bicicleta de
Moisés a la que tuvieron que acomodar un par de tubos en la corona posterior
para poder andar juntos habiéndose aventurado a pedalear hasta los cerros que
limitaban con Lurín en donde chapotearon
en los pocos canales que quedaban y después de atrapar lagartijas y algunos
alacranes, las soltaban por las tardes en un parque cerca de su casa antes de
ir a tomar el lonche; en estas visitas a las zonas casi campestres de Lima,
Moisés le enseñó a su primo el arte secreto de hacer “hondas” o “jebes” para
cazar palomas utilizando una cámara de bicicleta vieja, y se divertían haciendo
“tiro al blanco” con latas y botellas que recogían de entre la basura, que era
también abundante por esa zona. Se habían esforzado mucho en intentar cazar
alguna paloma pero solo habían conseguido victimar un par de gaviotas, que
finalmente resultaban un blanco fácil cuando se encontraban amontonadas entre
los basurales.
Los sábados después del almuerzo caminaban unas diez cuadras hasta una
carpa al costado de un colegio donde se dedicaban a interminables horas de
lectura de historietas y “chistes” pagando treinta céntimos por el alquiler,
solían ponerse uno a espalda del otro para intercambiarlas después de haberlas
leído y pagar menos. Para conseguir el dinero, cuando los mandaban a comprar en
la tienda de la esquina ellos se iban corriendo hasta el mercado conseguían las
cosas más baratas y se quedaban con la diferencia.
Los primos disfrutaban juntos cada momento del día, eran reclamados para
“pelotear” junto a la pandilla pues con Gabriel completaban dos equipos de seis
que se enfrentaban en épicos partidos en la canchita de “La Estaca”, la iglesia
Mormona del barrio; también lo eran para sentarse en cualquier vereda y dejar
pasar las horas mientras se conversaba de todo y se agarraba de punto a alguien
para “hacer hora”; para sentarse en las tardes en las gradas del Instituto de
Capacitación Municipal, esperando que llegue la noche y “cochinear” a las
muchachas que salían, en su mayoría empleadas del hogar y para ir a las fiestas
infantiles en las que eran los más bailarines y “armaban” la jarana causando la
algarabía y admiración de los otros chicos.
Los días pasaron volando como pasan las horas cuando estás en buena
compañía, hasta que llegó la despedida al terminar la primera quincena de marzo.
Esa mañana amaneció nublada en el corazón de ambos primos, en las calles
todavía hacía calor, parecía que evitaban hablar entre ellos, ya durante la
noche previa se habían puesto de acuerdo de cómo se iban a comunicar, hicieron
planes para cuando se volvieran a ver durante las vacaciones del mes de julio,
ya sabían que la mamá de Gabriel tenía que regresar a Lima por asuntos
profesionales, y habían conversado hasta después de que cantó el gallo
anunciando el nuevo amanecer.
Cuando partió el bus llevándose a su tía y a su primo Moisés sintió una
pena tan profunda como nunca había sentido, las lágrimas que rodaron por su
cara hasta la comisura de sus labios le parecieron más saladas que nunca. Se
extrañó pues como hijo único criado por una madre luchadora se había prometido
que sólo lloraría cuando ella muriera. Y por nadie más.
El viaje en la mototaxi junto a su madre de regreso a casa fue en
absoluto silencio, ambos miraban hacia la ventana de su lado, parecía que no
querían cruzar sus miradas.
Cuando se encontraron dentro de la casa ella le dijo:
-
¡Qué triste
parece la casa ahora! -
El le contestó, secándose las lágrimas con la manga de la camisa sin que
ella lo viera y ocultando una mascarilla humedecida que siempre llevaba cuando
salía a la calle.
Llegó el mes de julio, julio de fiestas patrias, de mensajes
presidenciales, de desfiles, de circo, de vacaciones, pero también de creciente
pandemia. Todos los viajes se postergaron y con ellos muchas esperanzas, muchos
encuentros, muchas despedidas, muchas ilusiones.
Dos días antes había escuchado a su madre conversando por celular con la
mamá de Gabriel, le oyó decir que era una pena lo que había pasado, él no
comprendía o prefirió no comprenderlo, pero se enteró del resto de la
conversación haciéndose al dormido. Así pudo saber que llegarían en la mañana,
pero se irían de frente al hospital del niño, calculaban que su llegada sería a
las cuatro de la mañana. Entonces decidió que tenía que ir a verlos, tenía que
saludar a Gabriel, contarle cómo había aprendido a bailar salsa, contarle que
ahora tenía una pelota y zapatillas Adidas® como la mayoría de muchachos de la
patota, enseñarle el celular que su mamá le había comprado y los juegos que
había descargado, hasta le prestaría el celular todo el día para que
aprendiera.
¡Ah! pero decidió que llevaría los dulces que con tanto esfuerzo había
acumulado. A Gabriel le gustaban mucho los chocolates Sorrento® y los CuáCuá® y
juntando centavo a centavo, guardando los vueltos y los pasajes que le quedaban
y la propina que su mamá le daba había conseguido comprar de uno en uno una
bolsa con estos chocolates además de caramelos y otros dulces que recibía en
las fiestas infantiles. Al principio su mamá se preocupó, cuando le veía con
chocolates y dulces que guardaba en los bolsillos de los que nunca encontraba
los restos que indicaran que los había comido, hasta que un día mientras hacía
limpieza encontró entre las tablas de la cama, debajo del colchón, varias
bolsas acondicionadas que guardaban chocolates y dulces que Moisés había
juntado, por el calor algunos se habían derretido y embarrado una parte de su
contenido, ella, en su afán de limpiar, abrió las bolsas y arrojó a la basura
los que consideraba malogrados, no tenía idea del propósito de su hijo. Cuando
Moisés se enteró se enfadó con su madre, pero luego de calmarse le confesó que
eran dulces que estaba juntando para la visita de Gabriel, eran para él.
Moisés se bajó del “moradito” entre un grupo de personas, todas parecían
ir en la misma dirección, se dejó llevar por este pequeño tropel. Cuando llegó
al hospital no supo qué hacer, deambuló durante una hora entre grandes salas de
espera y pasadizos hasta que llevado por su intuición calculó que se encontraba
en el hall por donde todos tenían que entrar o salir, el cansancio le obligó a
sentarse en una gran banca pegada a la pared.
Estaba cavilando qué hacer o simplemente dejaba pasar el tiempo cuando
advirtió la silueta conocida de su tía, contento se levantó y fue hacia ella,
la abrazó y sintió caer sobre su hombro algunas lágrimas. Pensó que su tía
también se encontraba emocionada como él por este encuentro. Ella, dejó las
cosas que tenía en las manos sobre un macetero sin plantas, le tomó la cara con
ambas manos y acercó la suya: Allí estaban los mismos ojos de Gabriel.
¡Gabriel!...¿porqué no estaba con ella?. Quiso preguntarle pero entonces reparó
en lo que le estaba susurrando al oído.
Todo su ser se paralizó, luego comenzó a temblar repentinamente, Moisés
se había prometido no volver a llorar y no tuvo la sensación de estar
haciéndolo pero entonces porqué ese sabor entre los labios. Su cabeza se llenó
de recuerdos y momentos que aparecieron violentamente como el flash de una
cámara, sabía que los estaba repasando para grabarlos para siempre, para
eternizarlos, para guardarlos en su memoria y disfrutarlos en cualquier
momento, para que nunca se escaparan.
Las palabras de su tía le atravesaban por todos lados haciendo difícil
entenderlas, además de que la voz entrecortada de una madre triste las
convierte en filosas espinas que vuelan y te traspasan una y otra vez.
¿Cuando tiempo estuvieron abrazados o atados por un llanto mútuo? Era
imposible calcularlo. Solo entendió lo necesario. Nunca más vería a Gabriel, no
volvería a disfrutar de aquellos momentos que pensaba repetir, jamás tendría el
hermano que quería, la imagen de Gabriel que encajaba perfecta en esa silueta
del hermano ideal se desvanecía, solo quedaban sombras, dolor, mucho dolor.
Había salido del hospital y caminado casi inconscientemente por la
avenida Brasil hasta la plaza Bolognesi, le dio algunas vueltas mientras
esperaba que sus ojos dejaran de llorar como si las lágrimas estuvieran
limitadas a una capacidad que el intentaba alcanzar.
Ya había oscurecido cuando decidió cruzar la pista hacia el paradero del
“moradito”. Dejó pasar dos o tres porque estaban muy llenos y quería ir
sentado. Había decidido subir en el próximo. Se limpió la cara levantando la
camisa y acomodándose la mascarilla porque las mangas las tenía muy húmedas y
se dio cuenta que tenía la bolsa con dulces y chocolates que había juntado para
Gabriel. Se desconcertó por un instante, quizás su tía se los habría recibido.
Entonces se dio cuenta del niño que se encontraba a su lado.
Como todos llevaba una mascarilla, pero a diferencia de aquellos su
rostro tenía una expresión, mejor dicho sus ojos, de profunda tristeza, le
hicieron recordar la extraña y triste mirada de Gabriel, quedaron mirándose
inmóviles durante interminables segundos.
Extendiéndole la bolsa le dijo:
-
Toma, te los
regalo - y subió casi corriendo al “moradito”.