Cuando llegó
a esta gran oficina a gestionar su trámite tenía la seguridad que no le llevaría
más de media hora terminarlos, pero hacía ya buen rato que permanecía en una
cola que avanzaba muy lentamente y que parecía mas grande de lo que era, por
que entre persona y persona se conservaba mas de un metro de distancia y todos
llevaban mascarillas de protección que les tapaba nariz y boca; algunos
llevaban mascarillas blancas, otros celestes, hasta verdes, también las habían
con diseños y dibujos diversos, desde personajes animados hasta mandíbulas de
ultratumba. Los que parecían más inseguros o habían tomado con mayor
responsabilidad su protección personal llevaban una máscara protectora con
visores transparentes que les cubrían toda la cara, otros, además traían trajes
especiales de plásticos que incluían máscara de protección, guantes de látex y
hasta botas especiales, como astronautas preparados para una caminata ligth.
Nunca había
formado una cola de buena gana, no le gustaban como a la mayoría de personas,
pero quizás, considerando que no tenía muchos lugares a donde ir, pues las
restricciones por la pandemia continuaban, lo más cercano a hacer una vida
normal era someterse a estos trámites para salir del encierro domiciliario al
que estaba obligado. Por eso también prefirió salir de casa muy temprano y
caminar hacia estas oficinas para disfrutar de la calle, de la gente pasando
sin la menor intención de cruzarse con algún conocido, de los ambulantes, del
ruido de los vehículos que imprudentemente pretendían ganarle a los semáforos y
competían siempre entre ellos, todas estas cosas que hacían agitada la vida
común de la ciudad, aunque ahora en mucho menor volumen por las restricciones
debido a la pandemia.
Al principio
le pareció novedoso respirar bajo la mascarilla N95, no le costó mucho
acostumbrarse, aunque inicialmente tuvo la impresión de que todos lo miraban
luego esta sensación fue cambiada mas bien por la incomodidad que comenzó a
sentir por inhalar, cada vez con mayor esfuerzo, lo que era cómodo, ahora,
comenzó a preocuparle; en algún momento, sin darse cuenta colocó la mascarilla bajo
la cara para poder respirar con naturalidad, se percató cuando más de una
persona lo miró extrañada y apuradamente se la volvió a colocar. El leve calor
de la mañana parecía haberse concentrado y volverse bochorno dentro de la
mascarilla, la humedad le daba un olor que sabía lo llevaría a las nauseas y su
cuerpo se puso rígido por que calculó todo lo que tendría que pasar hasta terminar sus gestiones y retornar a casa para
sacarse, arrancarse la mascarilla.
La cola
avanzó unos veinte metros, todos aceleraron el paso ante el imprevisto
movimiento pero también se detuvieron de improviso y ordenadamente, dando la
impresión de un extraño ballet que obedecía a una música imperceptible para los
oídos, este movimiento orquestado le recordó aquellas películas futuristas que
de pequeño le habían atemorizado, sentía un resquemor por todo aquello que se
pareciera a trajes o batas de hospital debido a una permanencia de meses que
tuvo durante niño cuando le operaron por haber padecido de paladar hendido.
Pensó que la
mejor manera de evitar el estado vomitivo que lo comenzaba a invadir era escuchar
música y se colocó los pequeños auriculares que tenía conectados al celular
pero, sumados a la mascarilla, se sintió preso, atrapado, sin movimientos, agobiado
así que se los quitó y decidió que lo mejor era comenzar a recordar cosas
agradables para obligarse a pensar, sin proponérselo trajo a su mente aquellos
días en que fue operado de ese particular mal, paladar hendido; esta
malformación, que por lo general es
acompañada de labios leporinos, en su caso sólo lo afectó internamente, debido
a lo cual fue detectada después de que cumpliera los cinco años, cuando comenzó
a mostrar ciertos problemas de pronunciación, a esta edad la operación era más
complicada pues se tenía que trabajar dentro de la boca y el post operatorio era
más doloroso, por eso pasó tres meses hospitalizado.
Siempre que
hacía un repaso de lo que le tocó vivir en esos días terminaba recordando lo
que su madre y sus hermanas le decían, que lo bueno de haber nacido con el
paladar hendido era que la operación le había dejado un extraño movimiento
sensual en los labios que les gustaba mucho a las chicas. Le gustaba recordar
esto, creía que lo había comprobado, todas las mujeres que estuvieron con el
habían coincidido en que la parte más sensual y atractiva era su boca, la forma
de sus labios, el movimiento que les daba, la sonrisa perfecta. También le
señalaban que el era otra persona sonriendo, sabía que una sonrisa suya siempre
era una promesa de buenas relaciones con las chicas.
Muchos
minutos después, por fin le tocó su turno, se acercó a la ventanilla, entregó
los papeles que había preparado y le explicó a la mujer que lo atendía lo que
necesitaba tramitar, ella, además de la obligatoria mascarilla, en este caso de
color rosado con unas pequeñas y estilizadas letras negras que no alcanzaba a
leer, llevaba guantes blancos de látex, para evitar los contagios.
Cuando la
mujer giró su silla para ingresar algunos datos en la computadora que tenía al
costado pudo darse cuenta que detrás del barbijo y el mandil blanco de
oficinista que llevaba puesto había una mujer joven, de formas atractivas, de
movimientos portentosos y delicados, con el rostro, por lo menos lo que podía
ver de el, deliciosamente maquillado. Aspiró pretendiendo oler su perfume,
gesto que se le salió más por costumbre pues sabía que la mascarilla que
llevaba se lo impediría.
El agradable
calor que comenzó a invadir su cuerpo le confirmó que se encontraba ante una
linda mujer y pretendió ser seductor a pesar de saber que podía ser tomado por
acosador. Con su vista recorrió uno a uno los centímetros de la mujer que
comenzó a incomodarse por la mirada
disimulada pero atrevida que profanaban sus espacios. La muchacha llevaba un
marbete metálico a la altura del pecho que el se esforzó en leer, entonces le
dijo:
- Marisol…qué
bonito nombre tiene señorita, no sabe como me acaba de levantar el ánimo con
tan solo pensar en el mar, sobre todo en estos días en que es casi
imposible visitar alguna playa.
- Mmmm
– casi carraspeando pero ondeando las cejas como si estuviera sonriendo bajo la
mascarilla masculló la empleada.
- Y
si completamos su nombre tenemos los elementos con mayor culto y admiración que
cualquier otra cosa sobre el planeta, incluso más que el amor: el mar y el sol.
Pero créame que tan maravilloso nombre es lo justo para honrar su belleza.
La muchacha
entornó sus ojos lo miró y mientras el meneo de su mascarilla parecía decir “gracias”
aceleró los registros que venía haciendo; y, puso tanta gracia en el movimiento
de sus manos que él imaginó que debajo de los guantes de látex hubieran un par
de manos bien cuidadas, delgadas, gráciles y frágiles, como de vidrio, que encarnaran
la belleza de un alma prodigiosa, los sentimientos de una mujer primorosa,
amorosa, inteligente y sensual. Estaba acostumbrado a percibir todo de una
mujer con tan solo mirar sus manos, pensaba que era su don, más de una vez se
había enamorado de una mujer por sus manos pero no lo había hecho nunca de una
que llevara guantes. El calor que traía ahora se hizo más fuerte al pensar que
podría enamorarse por las manos enguantadas de una que llevaba el rostro y el
cuerpo casi completamente cubiertos.
Prefirió
quedarse callado mientras las manos de la chica se llevaban toda su atención,
observaba, cual científico al microscopio ante un gran descubrimiento, cada
movimiento de esas manos.
La chica,
nerviosa y sublime, acercó los papeles para que el firmara, rompiendo el
distanciamiento social, estaban a unos cuarenta centímetros, mientras le
señalaba con el dedo dónde debía firmar y posando su mirada en el barbijo de
el, le dijo
-
Esto se está
prolongando demasiado – refiriéndose a la pandemia – también extraño la playa
¡Ya somos dos ¿no?...! – invitándolo a sonreir, había percibido que debajo del
material aislante que le tapaba la cara se escondía una sonrisa varonil,
sensual y delicadamente salvaje, de aquellas que la ponían “patas arriba”, como
ella misma reconocía.
Estaba
convencida que a los buenos hombres se les conoce por la forma y el movimiento
de los labios, era jugar a seguro, lo había comprobado, los ojos del muchacho
que tenía frente a ella eran expresivos, inspiraban confianza, pero para ella
no eran suficiente, necesitaba saber cómo eran sus labios. Los hombres se
conocen por su sonrisa, eso no falla jamás, los ojos sin una sonrisa no son
nada, los ojos podrán ser el espejo del alma pero la sonrisa es el alma misma,
la ilustración del interior de la persona, el marco de las palabras del hombre
bueno, solo unos labios finos pueden sustentar ideas y discursos bellos e
inteligentes. Tenía su propia teoría sobre el nacimiento del pecado, cuando Eva
entregó a Adán el objeto del desliz bíblico, lo primero que tocaron fueron sus
labios, desde entonces estos se volvieron el instrumento más sensual del hombre,
más erótico, en espera del pecado; pero también lo tocaron las manos de Eva,
por eso las mujeres deben llevar las manos siempre bellas, como las llevaba
ella. Necesito ver esos labios se dijo.
-
Tengo tiempo y
ganas de sobra pero no se puede, aunque sea sola iría – sonriendo e invitándolo
a hacerlo, esperaba notar la sonrisa de el, era imprescindible, quizás se
trataba del amor que estaba buscando.
-
Ten la seguridad
que iría a los siete infiernos de Dante con una bella como tu – le dijo el
joven mientras sus manos tocaban su mascarilla como si se los fuera a quitar y
dirigiendo sus miradas de los ojos a las manos de ella.
Fue un instante casi eterno, ambos
sintieron la luz que los iluminaba, una sustancia más espesa que el aire que
transmitía oleadas de calor y frío los envolvía, todo se había detenido, la
vida parecía depender de una mascarilla y unos guantes de bioseguridad.
Cuando la mano de el tocaban su
mascarilla le vino un estornudo imprevisto, fulminante, que apenas le dejó
tiempo para agachar su cabeza hacia un lado, ella se sorprendió tanto que no
sabía que hacer, el también pareció sobrecogido, se recompuso y cogiendo los
papeles que le entregaban, casi inexpresivo alcanzó a decir “gracias” mientras
se retiraba.
Ella veía como el muchacho se alejaba,
su andar, su actitud, su espalda y todo el halo que parecía despedir le
gustaban mucho, intentó mover la cabeza a un costad para seguir mirándolo pero
la siguiente persona en la cola ya se había colocado delante de ella.
- El
que sigue…
El joven,
todavía perturbado, hacía esfuerzos por respirar bajo la mascarilla, el sol
ahora en el cenit hacía que le quemara la garganta y que la calle despidiera un
brillo que lo deslumbraba, llevaba la boca abierta y la mente casi en blanco.
Después de un rato, ya mas calmado, relajó su cuerpo y pensó que quizás habría perdido
una oportunidad, nunca lo sabría. Pero necesitaba darse ánimo, sentir que no
había perdido una oportunidad, quizás para consolarse se dijo muy bajito “las
manos bellas se tienen que notar aunque lleven guantes”.
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