No sabía
cuándo exactamente se le pegó la afición por la música, que es un decir porque
sabía que su verdadera afición, adicción, era a los audífonos, aunque siempre
llegaba a creer que fue aquella primera vez en que usó unos, cuando su padre le
regaló en su octavo cumpleaños un iPod Nano®, que quedó enganchado con ellos,
se convirtieron en un apéndice de su cuerpo, un cordón que lo ataba a una
realidad paralela a la que se había adaptado perfectamente llegando a vivir su
propia realidad de manera “normal”, sin que siquiera se percataran que mientras
hacía sus cosas, tanto las complejas como las de rutina, parte de él se
encontraba atento a la música, atento al funcionamiento constante de los
audífonos.
Al principio
nadie le tomó en cuenta, se trataba de un muchacho más, como casi todos los que
se ven por las calles, milenials, escuchando su música, la música de moda,
aquella que solo agrada a los de su edad, ensimismados, ausentes para todo
aquello que no provenga de sus audífonos; se acostaba con ellos, se levantaba
igual, como si no se hubieran movido durante el sueño, ingresaba a ducharse con
los audífonos puestos, nadie podía saber si se los quitaba para ducharse. Sus
mayores problemas los tuvo durante su etapa de escolar pues el uso de cualquier
artefacto está prohibido en los colegios, sus padres tuvieron que asistir a
entrevistas con los profesores a recibir las quejas, fueron obligados a acudir
ante un psicólogo y ante un psiquiatra cuyas opiniones fueron necesarias para
matricularlo durante toda la secundaria.
A las pocas
semanas de usar su iPod se le malograron los audífonos, quedaron inútiles,
aunque podía escuchar por un lado le pareció que era un insulto, una gran
infamia pretender escuchar buena música de esta manera, era la primera vez que
sintió esta especie de angustia, de expiación de un pecado no cometido, de
vergüenza impropia que le impelía a reemplazar esa pequeña cápsula, sin vida,
que cuando se insertaba en su oreja se convertía en una especie de mensajero de
los dioses, transportando buenas nuevas transformadas en sensaciones
indescriptibles que sólo la música podía contener en cada uno de sus sonidos
amplificados por la modernidad de estos pequeños serafines tecnológicos. A
partir de aquí me referiré a estos aparatitos como auriculares, pues así lo
hacía Carlo Paolo, de quien trata esta historia, para él, audífonos solo eran aquellos diseñados exclusivamente para las personas
que tenían problemas para escuchar y le doy la razón, aunque a veces parecía
exagerado el empeño que ponía para que la gente entendiera esa diferencia e
hiciera uso correcto de los términos.
Fue su padre
quien le volvió a regalar otro par de auriculares para reemplazar a los
averiados después de mucha insistencia, eran unos Sony ® de color azul
metálico, grandes, le cubrían las orejas por completo, con almohadillas cómodas
y con un sonido impecable pero diferente a los anteriores, diferencia para
muchos imperceptible pero para el bastante notoria; además de haberse dado
cuenta de estas diferencias, a partir de aquí nació en Carlo Paolo una gran
curiosidad por descubrir nuevos sonidos, sobre todo una mayor y mejor veracidad,
una aproximación a la pureza de la melodía, a lo que verdaderamente quería
expresar el intérprete, un tributo a la exactitud, fidelidad le dicen en este
ambiente.
Al principio
no le pareció tan importante este detalle pero a medida que descubría mas
calidad comprendió que era todo un universo nuevo y por descubrir muy cercano a
sus oídos, pero a la vez lejano, porque también comprendió que cambiar de auriculares
no era cosa sencilla, por el costo, a mayor calidad mayor precio; además, comenzó
a tomar en cuenta nuevos factores como la ergonomía, el material, la
resistencia y otros que fueron haciendo de su búsqueda un camino que nunca
pensó tan difícil.
Crecer para
el, al parecer no fue ningún problema pues sus preocupaciones se centraron en
la música, en oírla lo más claro y definida posible, en buscar y encontrar los
audífonos mejores que los que usaba y luego, encontrar también a quien se los
regalara, esta última tarea la más difícil, cada día eran menos las personas
que estuvieran dispuestas a comprarle audífonos, a veces caros, y que le
duraban poco tiempo.
Terminó el
colegio como un alumno más, anónimo, sin sobresalir en nada, sin tener muy
claro su futuro, pero también era uno de los pocos que tenía un objetivo
trazado y dispuesto a alcanzarlo, lo tenía claro, tenía que terminar la
universidad rápido y encontrar un trabajo que le permitiera una independencia
económica, su camino tenía un itinerario y nada podría interponérsele; y así
transcurrió su vida universitaria, estudiando a conciencia, con buenas notas,
pero siempre encerrado entre dos audífonos, que a manera de lóbregos
paréntesis, encerraban su libertad, su vida, su espíritu, manteniéndolo alejado
de todo aquello que no estuviera ligado directamente a alcanzar su objetivo
profesional que en realidad no era sino el medio para conseguir siempre los
mejores audífonos.
Al terminar
su vida universitaria en la facultad de Arquitectura consiguió trabajo casi de
inmediato, era eficiente en lo que hacía, a los pocos meses comenzó a estudiar
una maestría, en la que sus notas se lucieron más que el, en la especialidad de
materiales y diseños de interiores. La elección de este pos grado fue tan
pronto se dio cuenta que para ejercerla era necesario mucha concentración,
análisis y trabajo de escritorio, casi siempre en solitario, un trabajo que
parecía estar en perfecta simbiosis con su afición por los audífonos.
Aunque Carlo
Paolo se sentía casi un hombre exitoso en el plano profesional aún creía no
haber conseguido ese mismo éxito en el plano familiar, tenía cuatro años de
matrimonio con Sarah Vanessa, a quien había conocido durante su paso por la
maestría y todavía no habían decidido tener familia, ella también era arquitecta
y ejercía su profesión con algún éxito y vivían cómodamente, comodidad que el
aprovechaba para dedicarle más tiempo a su vicio por los audífonos.
Creo no
mentir si digo que todas las personas soñamos con tener una biblioteca dentro
de nuestros hogares, porque se ve bonito, nos da caché, como reflejo de nuestra
cultura, como ilusión de todo lo que quisiéramos haber leído, o por lo que fuera,
Carlo Paolo tenía, en cambio, un útero, una matriz, de la cual se renunciaba a
salir, este útero tenía la forma de una
moderna biblioteca donde cada libro había sido reemplazado por cajas de
auriculares, de todos los colores y modelos ordenados siguiendo un patrón que
era visualmente efectivo e impresionante, por gusto no había estudiado su
maestría, además, cada una de estas cajas contenían el cordón umbilical que lo
mantenía ligado a la música y que se convertía en una metáfora de una ejemplar madre.
En la parte central de la estantería principal en un espacio especialmente
acondicionado sobre una base de mármol rosado y dentro de una urna de cristal,
como si se tratara de los incunables de una biblioteca, habían dos cajas
pequeñas, una de plástico, de esas que llamamos display, que tenía unos
auriculares Skullcandy® y la otra caja, más fina y metálica que no dejaba ver
lo que había dentro. En este espacio se había construido un pequeño mundo, un
lugar único, propio, inviolable, silente, en el cual le gustaba recluirse
cuando se sentía cansado, cuando quería estar solo para pensar, cuando buscaba
soluciones a problemas duros o simplemente cuando tenía ganas de aislarse para
escuchar música.
Y
con la música nunca era selectivo, no entendía cómo algunas personas tenían una
música preferida, cómo se podía despreciar alguna, si en los oídos las melodías
descifradas correctamente a través del medio adecuado, unos buenos auriculares,
terminaba siendo bella, dulce, misteriosa hasta incomprensible.
Antes
de salir de casa por las mañanas, se tomaba diez minutos para cargar toda la
música que escucharía durante el día, a veces una misma canción la repetía
durante dos o tres días, dependía de su estado de ánimo y de lo que esperaba
del día para seleccionarla, estaba seguro que una buena elección musical le
mejoraba el día, le ayudaba a solucionar problemas y hasta las escogía porque
había identificado cuáles le ayudaban o le traían suerte en la solución de
determinados problemas. Un día podía estar escuchando música urbana y al día
siguiente clásica o instrumental, su interés musical era ilimitado.
La música, el estilo musical, el autor o los
intérpretes parecían no ser importantes, solo eran una referencia o una
etiqueta con fines de identidad, más interés ponía siempre en los auriculares,
luego, en los parámetros adecuados que debería tener el reproductor, nunca eran
los que traía de fábrica los que le conformaban, ya sea de un celular, un
equipo de sonido o una computadora.
Después de
sus primeros auriculares que formaron parte del regalo por sus ocho años usó y
cambió muchísimos, algunos porque sufrieron desperfectos, otros porque
simplemente creyó que habían cumplido su ciclo y otros porque no cubrieron sus
expectativas; finalmente, sin importar lo que costaban o el estado en que
estaban quedaban archivados como fotografías que guardan recuerdos de momentos
de tu vida, por supuesto, algunos de estos momentos sin importancia.
Durante su etapa
escolar y al inicio de la universitaria probó todos los tipos de auriculares, desde
aquellos que con una enorme diadema o carcaza le cubrían las orejas hasta
pequeños casi como frijoles, inalámbricos, con bluetooth, wi-fi o infra rojos,
otros con micrófono notorio o imperceptibles, considerados como de gama media,
Sony®, Panasonic®, Motorola®, JBL®, Skullcandy® de todos los colores, tamaños y
modelos. Aunque a veces los compraba por que pensaba mejorar la calidad del
sonido era usual que se le ocurriera usar nuevamente aquellos que llevaban
meses e incluso años guardados.
Cuando
cursaba el cuarto ciclo en la universidad comenzó a realizar algunas prácticas
y a trabajar a medio tiempo en diferentes lugares que le reportaban pequeños
ingresos, estos, junto al dinero que sus padres le seguían proporcionando le
alcanzaron para llegar al siguiente nivel en auriculares, en esta etapa casi se
dedicó a probar los Skulcandy®, Pioneer®, Beats® y Bose® sin importarle acabar
con sus ingresos. Para cuando terminó la universidad y comenzó a ejercer, el
nivel de sus ingresos le permitieron probar el nivel más alto en auriculares,
parecía que sus oídos se habían afinado y solo podían percibir el sonido con la
fidelidad extraordinaria que le proporcionaban estas maravillas tecnológicas.
Los últimos que había adquirido y usaba de “diario” eran unos V-Moda® que había
comprado por casi cuatro mil euros en su último viaje a España, que no eran los
más caros que poseía pues en casa, al lado de la urna de cristal tenía un sitio
especial para unos Sennheiser HE1 que ni su esposa sabía cuánto le habían
costado, su secreto era que aún no los terminaba de pagar y se acordaba de
usarlos cada vez que amortizaba la deuda por internet.
También se
estaba despidiendo de unos auriculares Onkyo, los había comprado con el dinero
de la venta de un vehículo que su padre le había regalado para su matrimonio,
quizás por eso los llevaba en la guantera de su auto y los usaba cada vez
menos.
Siempre que
decidía cambiar el auricular que debía usar ese día, entre los de gama alta que
poseía, cerraba los ojos y por unos segundos soñaba y llenaba sus pulmones de
aire como si con el vinieran las ganas, el impulso que acelerara los
acontecimientos y le permitieran encontrarse en posición de comprarse unos
auriculares Focal®, hasta ahora inalcanzables, pero que abrigaba serias esperanzas
de conseguirlos, no sabía cuándo, pero los conseguiría.
Alrededor de
sus auriculares había hilvanado la historia de su vida, todos los hechos
anecdóticos y que lo habían marcado tenían una ligazón con ellos.
A Carlo
Paolo le conocían con el sobrenombre de “characato”, en una ocasión, mientras
discutía en su trabajo sobre un problema de rutina se sacó uno de los pequeños
auriculares que entonces usaba y lo dejó colgando sobre sus hombros, su jefe,
llevado por una inocultable curiosidad se acercó y se lo puso:
-
¿Eres arequipeño,
Carlo? – le dijo con la sorpresa dibujada en su rostro – Ah, caramba, eras
“characato”, te lo tenías guardado, conozco esa canción de cuando trabajaba por
allá, “Hay justo cielo” de los Errantes de Chuquibamba.
-
No, para nada, me
gustaría, pero soy del Callao – se apresuró en contestar para ganar tiempo y
justificar la música, no era la primera vez que le pasaba algo así, parecía que
la gente calificaba a sus pares por su preferencia musical – es que estoy
escuchando música de un podcast que acabo de instalar y todavía no aprendo a
seleccionarla.
-
¡Nooo, tu no me
engañas, tu eres “characato”…y de los serranos! – concluyó con sorna el jefe
mientras se retiraba.
Así Carlo Paolo quedó rebautizado como
“characato” para algunos.
También habían sido importantes en su
vida unos auriculares Skullcandy®, pequeños, con los colores de la bandera de
Jamaica, como si fuera un implemento rasta la calavera que identifica la marca
estaba atravesada por los colores verde, amarillo y rojo; pese a su tamaño
tenían buena calidad, los compró por casualidad, en el interior de un terminal
de buses cuando se disponía a viajar y se dio cuenta que los que llevaba se
habían averiado. Sin dudarlo los escogió por el precio, tratándose de un lugar
populoso tuvo la idea que comprar algo barato le iba a resultar un fiasco así
que escogió los más caros. Apenas se los puso se dio cuenta que su compra había
sido correcta.
Cuando invitó a salir por primera vez a
Sarah Vanessa llevaba estos auriculares, los eligió apresuradamente teniendo en
cuenta que no debería llevar algo que llamara la atención y que pudiera ser
fácil de manipular, pero también por que tuvo un corazonada. Después de pasear
un rato el la invitó a cenar en un chifa, mientras esperaban que les sirvieran
tuvieron una conversación sobre la música, contrariamente a su forma de pensar,
ella parecía no estar tan interesada por la música.
-
La música es muy
importante en nuestras vidas pero creo que he aprendido a vivir sin ella –
comentó Sarah Vanessa – tampoco me gusta mucho bailar porque soy bastante
descoordinada.
-
En cambio yo no
sabría vivir sin la música, pero te diré que tampoco soy bueno bailando.
- ¿Y
qué música es la que te gusta? – preguntó la muchacha.
-
Es difícil de creer
pero me gusta todo tipo de música, creo que me basta con que tenga una buena
melodía – mientras se sacaba un auricular y se lo ofrecía a ella.
Sarah Vanessa lo puso en el centro de
la palma de su mano y cubrió su oreja ahuecando su mano, como cuando escuchamos
el sonido del mar en una concha marina, sus movimientos parecían más tímidos
que delicados.
- Bonita
canción ¿De quién es? – preguntó retóricamente.
- Se
llama “You may be right”, de Billy Joel.
Antes de
terminar ese primer encuentro Carlo Paolo ya sentía que algo no llegaba a
cuajar, que la cita estaba acabando mal, no tuvo el suficiente tiempo para
conocerla, sólo había llegado a la conclusión que era una mujer linda, culta,
inteligente, como a el le gustaban. No recordaba haberlo planeado pero al
despedirse puso los audífonos dentro de la gran cartera que ella llevaba, sin
que se diera cuenta, así tendría una oportunidad más de verla aunque ella no
quisiera cuando se los reclamara. Y hubo un segundo encuentro en el que ella le
devolvió los auriculares, ese fue mejor que el primero y de allí al romance que terminó en el matrimonio no pasó
mucho. Esos auriculares ahora yacían en el interior de la urna.
También fueron
auriculares de Skullcandy® elegidos por ella misma, el primer regalo que él le hizo después de
convertirse en su enamorada, quedó tan encantada, que en contra de sus hábitos los usaba a menudo; hasta que un ladronzuelo
se los quiso arrancar por la ventana de su automóvil, el tirón fue tan fuerte
que el malhechor sólo se llevó un lado de los auriculares; la diadema que quedó
le sirvió a Carlo Paolo para adaptarlo a un mouse que hasta ahora usaba con sus
computadoras.
La temporada
de calor estaba por terminar, las calles seguían llenas de movimiento hasta
casi la medianoche y las avenidas se colmaban de vehículos con gente apurada
por llegar a casa, Carlo Paolo al llegar a la suya, agobiado por el tránsito pesado, después de
cenar con su esposa, se acomodó en el sillón que usaba cuando quería pensar, dejó
a un lado los V-Moda que venía usando y encendió los HE1, continuó
escuchando la versión de “Hotel
California” de Vocal Sampling, como todo el día, era de aquellos días en los
que se le pegaba una canción.
Se estiró como
invadido por la flojera cuando Sarah Vanessa se acomodó a su lado, aunque era
un mueble individual perfectamente cabían ambos, le pasó el brazo sobre los
hombros y comenzó a jugar con su cabello.
- ¿Qué
escuchas mi amor? Preguntó ella.
- Es
una canción que la escuché hace unos días por primera vez, un grupo que sin ningún
instrumento interpreta “Hotel California” como una banda completa.
- Me
gustaría escucharla con la claridad que tu lo haces – replicó con voz apenada.
- Algún
día amor, algún día.
Continuó
acariciando sus cabellos y puso mucho cuidado cuando sintió bajo su mano el
agarre del audífono ortopédico que ella llevaba.
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