Hubo un
tiempo en el que fui supervisor de una gran empresa, una de las primeras y
principales franquicias instaladas en Lima, en la que pese al puesto que
ocupaba, más cerca de la primera línea que de las gerencias, tuve tiempo para
conocer historias de personas que terminan por convencernos que mucho de la
literatura fantástica o mágica-real es una realidad que a veces ocurre en
nuestras narices, pero también, de aquellas cosas casi intrascendentes que pasan
muy cerca nuestro y que arrastran tras de si impresionantes historias de
personas, de vidas, de situaciones increíbles por tan básicas pero
trascendentes para quienes les tocó vivirlas, historias sorprendentes que están
allí pero no lo sabemos.
Pese a tener
pocos años trabajando fui muy afortunado al vivir uno de los eventos más
tradicionales de la empresa, una renovación de personal de planta. Era una política
establecida que los gerentes y empleados de alto nivel extranjeros se renovaban
cada dos años, provenientes de algunas de las plantas generalmente en Estados
Unidos, mientras que cada diez años se hacía una selección de personal para
reemplazar a los que se habían jubilado y a los eventuales contratados por
alguna emergencia, todos obreros y empleados de nivel operativo, de los cuales
siempre más de la mitad eran previamente seleccionados en el interior del país.
En mi caso, había ascendido a supervisor recientemente y fueron asignados a mi
responsabilidad quince “calichines”, como solíamos llamarlos los trabajadores
más antiguos, eran cinco señoritas y diez muchachos, todos ellos tenían que ser
entrenados bajo mi supervisión.
Han pasado
muchos años desde aquella vez y ahora recuerdo todas las historias que trajeron
consigo y aquellas que se construyeron durante el tiempo que trabajé con ellos,
fueron muchas e increíbles, sin embargo, siempre recuerdo una en particular, la
de Morena Morales, quizás porque fue una de las primeras en las que me tocó
representar mi papel de supervisor y jefe.
La política
era que todos ellos serían asignados a las labores de producción, en estas
áreas se formaban dos grupos de trabajadores, nosotros los llamábamos los “punches”
y los “burócratas”. Los primeros eran llamados así porque eran los operarios de
las máquinas de la empresa, eran quienes tenían la responsabilidad de mantener
la producción constante de la empresa y trabajaban en tres turnos rotativos
quincenalmente de ocho horas, mientras que los “burócratas”, tenían a su cargo
las tareas de apoyo para que la producción no se detuviera, tenían un horario
de oficina cuya entrada era entre las siete y diez de la mañana y la salida
ocho horas y cuarenta minutos después, es decir si un trabajador elegía entrar
a las diez su hora de salida era minutos antes de las siete de la noche, ellos
trabajaban ocho horas más el tiempo de su refrigerio.
Morena
Morales era una jovencita que no aparentaba tener veinticuatro años, parecía de
diecisiete o dieciocho, era bonita, mas bien callada, muy dedicada a las tareas
que se le asignaba y me había pedido que le asignara el turno de entrada a las
diez de la mañana porque pretendía estudiar diseño y marketing, lo conversamos
y accedí, pese a que mi política era asignarles el horario desde las siete de
la mañana a todos los “calichines”. No era yo un jefe de buen carácter, todos
los que estaban a mi cargo me consideraban un jefe drástico, de pocas palabras,
recto, que no aguantaba pulgas. Quizás esta muchacha fue una oportunidad que
tomé para que la gente humanizara más mi imagen y dejaran de mostrarse
temerosos cuando conversábamos.
Después de
unos tres o cuatro meses me encontré con Morena en el comedor, ella estaba sola
en una mesa para cuatro personas y me senté a su lado; cuando era yo el que
estaba solo nunca se sentaba nadie en mi mesa, por eso que siempre que visitaba
la cafetería prefería ocupar una mesa en la que ya había uno o dos trabajadores
con la intención de que percibieran que ser recto y disciplinado no significaba
ser malvado.
- ¡Qué
tal! ¿Cómo van los estudios – pregunté para entrar en confianza con la chica, a
la que escruté bien y con agrado me di cuenta que en realidad era una mujer muy
bonita.
- Bien
– me dijo – aunque debería esperar las notas finales de este primer ciclo, pero
por el momento todo bien.
- Qué
bueno, tienes que tener presente siempre que es una inversión, tu inversión,
para tu futuro – siempre yo tratando de dar consejos para la posteridad.
Así fue como
iniciamos una larga conversación en la que me contó gran parte de su vida, me
enteré que era la única mujer de tres hermanos, que cuando tenía dos años sus
padres se separaron, sus dos hermanos se fueron a vivir con su papá mientras
ella quedaba al cuidado de su madre y que antes de cumplir los ocho su mamá se
volvió a casar con Augusto, un ingeniero divorciado y con un hijo que estudiaba
en un colegio tipo internado. Me reseñó que sus problemas comenzaron apenas
cumplir los catorce años, cuando el hijo de su padrastro, Frank, comenzó a
molestarla, se mostraba muy interesado en ella y aprovechaba cualquier ocasión
para intentar declararle su admiración por su belleza, su amor infinito y
tentarla o restregarse en ella, cuando lo acusó con su madre ella le pidió que
no le dijera nada a su padrastro porque conversaría con ambos para corregir
esta situación. Pero nunca hubo un cambio, por el contrario los arrestos de
Frank se hacían más seguidos y se vio obligada a capear esta situación por
bastante tiempo, a los dieciséis huyó de su casa y se fue a vivir con su abuela
paterna.
Me enseñó
las fotos de sus redes sociales y me mostró a toda su familia, así conocí a su
padre, que vivía en la selva, a sus hermanos que ahora estaban casados y tenían
familia, a su madre, de quien había heredado mucho de su alborozada belleza, a
su padrastro y a su hermanastro Frank. Me mostró la foto del medio hermano y
abundó en detalles comentándome que hacía un año se había recibido de médico y
que pese a haberse casado y tener una hijita de pocos meses aún seguía
acosándola, la llamaba casi todos los días y hasta en las madrugadas, prometiéndole
que seguiría enamorado de ella toda la vida y que solo esperaba un si para
correr a su lado; claro que ella nunca quiso nada con el pero entendió que
mejor era “hacerse a la loca” que darle mucha importancia al asunto.
- ¡Pobrecita!
–recuerdo haber pensado, pero no lo dije porque no estaba seguro de cuál sería
su reacción. Aquella reunión la terminamos intercambiando nuestras redes
sociales, cosa poco frecuente con mis subordinados.
Unos meses
después de este evento ella vino a mi oficina y me pidió oficialmente dos días
de permiso a partir de esa misma mañana, se notaba un poco consternada y
nerviosa, no mencionó el asunto pero dijo que era muy importante y urgente; sin
ningún problema accedí y me ofrecí a ayudarla en todo lo que fuera necesario
para solucionar el asunto que la aquejaba e intenté aprovechar este encuentro
para darle más consejos para la posteridad.
-
He notado que has
cambiado tu horario y estás entrando a las siete ¿Terminaste tu ciclo? ¿algún
problema.
-
No, ninguno, lo que
pasa es que he tomado cursos en la noche y prefiero salir temprano para prepararme – me contestó
sin alterarse.
-
Otra cosa, algunos
chismosos me han dicho que estás saliendo con el sub gerente de producción, te
han visto en su carro varias veces ¿sabes que el es casado, no?
Se sonrojó y
su rostro más que expresar sorpresa expresaba un gran desconcierto y un
desencanto como si jamás hubiera esperado esa pregunta de mi; me arrepentí de
haberla hecho, me dolió verla desamparada, sola, luchando contra los
comentarios de algunos chismosos y el permanente acoso de su hermanastro. Para
intentar corregir la situación le dije:
-
Si tienes algún
problema solo dímelo y te ayudo, cualquier cosa...
- Muchas
gracias jefe, pero es algo que solo yo puedo solucionar – y salió apurada como
quien va a enfrentar la pelea final de su vida.
Ese día me
sentí sucio, urgido de un buen baño y apenas culminé mi horario salí disparado
a casa en busca de ese anhelado duchazo.
Cuando me
dirigía al estacionamiento fui testigo de un suceso, vi a Morena Morales, junto a un hombre unos años
mayor que ella, parando un taxi en la esquina, ella iba contrita sosteniendo
una gran cartera contra su pecho con ambas manos, a su lado el hombre, con un
pantalón verde agua, chaqueta blanca y con un maletín colgado del hombro,
definitivamente indumentaria de hospital, apuradamente transaba con el chofer
del taxi antes de subir. A lo lejos distinguí la figura del hermanastro, era
Frank, estaba igual a las fotos que me había mostrado Morena, se le notaba
abusivo, imponente, déspota, inicuo, acosador tal como me lo imaginaba; antes
de subir al taxi Morena se le acercó intentando claramente darle un beso de
despedida pero él le puso una mano sobre el hombro para mantenerla alejada. El
taxi partió y me apresuré a darle el encuentro a aquel abusivo.
-
¡Hola, que tal! Tú
debes ser el hermano de Morena – le dije a manera de saludo.
-
Si, el mismo, mucho
gusto, Frank – estirando una mano y esperando que me presentara.
-
Soy su jefe y ella
me ha contado algunos problemas que la tienen intranquila – le dije mientras
examinaba su rostro en busca de una expresión que me permitiera interpretar su
estado de ánimo.
-
¡Ah,
caramba!...entonces le sugiero que le de un par de días más de permiso.
-
Si claro, para que
abuses de ella y sigas acosándola, para que te tires como un animal de presa
sobre su víctima y saciar sus instintos, para que te aproveches de una mujer
joven y sola…acosador de mierda… - pensé decirle.
Frank me
seguía mirando con sus ojos profundos y oscuros, sin fin, cansados, y entiendo
que la expresión de mi rostro eran el reflejo de ese odio que acababa de
descubrir contra el, me imagino las interrogantes que acudieron a su mente en
ese momento.
-
Pensé que
trabajabas en provincias – le dije, intentando hilvanar una conversación.
-
Así es, tuve que
venir de emergencia hoy por el llamado de Morena, hace casi dos años que no nos
veíamos.
-
¿Por el llamado de
Morena o porque no puedes controlar tus instintos?...bestia – lo callé otra
vez, mis labios no se movieron.
Continuó
mirándome y después de exhalar un suspiro con el cual pareció irse parte de su
cansancio me dijo como evitando que alguien lo escuchara.
-
Por favor concédale
dos días más de permiso. Vine a ayudarla por que está en cinta…bueno…ya no lo
está más.