LA TARDA
(José María Eguren)
Despunta por la rambla amarillenta,
donde el puma se acobarda;
viene de lágrimas exenta
la Tarda.
Ella del esqueleto madre
al puente baja inescuchada,
y antes que el rondín ladre
a la alborada
lanza ronca carcajada…
Ahora que me pongo a pensar me doy cuenta que no son pocas las cosas que he
experimentado en esta etapa de mi vida que espero culminar pronto, estoy frente
a mi Escuela Normal, mirando con orgullo sus altas paredes verdes y cómo la
idea que tenía de lo que había dentro ha cambiado radicalmente en estos últimos
tres años, recuerdo el temor que me invadía cuando como postulante me acercaba
al portón de madera, entonces misterioso, y lo poco que alcanzaba a ver siempre
me atemorizaba, pese a lo simpáticas que se veía a las normalistas caminando
por los jardines, uniformadas con sus faldas y sacos azules, sus blusas blancas
y esa especie de boina que llamábamos bonete de color guinda que descuidada adecuadamente,
siempre a punto de caer, adornaba sus cabezas, algunos sobre trenzas o moños.
Entonces jamás creí que alcanzaría la meta de ser una de ellas, pero ahora
después de tres años no me parece un gran logro el estar a punto de egresar.
En esta institución encargada de formar a futuras técnicos en pedagogía y
personal administrativo que luego laborarían en el magisterio convivíamos un
promedio de ciento ochenta normalistas, por año ingresaban sesenta y la carrera
se alcanzaba en tres años, de las sesenta anuales que ingresábamos 30 lo hacían
en la modalidad de internado de tal manera que éramos noventa las que vivíamos
prácticamente encerradas con salidas los días sábado después de misa para
recogernos los domingos a las seis de la tarde. Todo el barrio se sentía
orgulloso de tener su escuela normal, porque de alguna forma, el ver a las
normalistas caminar uniformadas por las calles los sábados y domingos le daban
un aire melancólico a las calles, la belleza de estas chicas próximas a la
pedagogía era un motivo aparte de alegría y curiosidad, sobre todo por parte de
los jóvenes que solían arremolinarse durante las salidas y retornos de las
normalistas internas y se notaba un orgullo especial a flor de piel, por ser
una normalista, en cada una de nosotras.
También éramos cotizadas para las fiestas, una fiesta, reunión social,
pasacalle, función de cine o evento social no era importante si no estábamos
presentes uniformadas, le poníamos la prestancia a todos los eventos, nos
llegaban las invitaciones de alcaldes, gobernadores, prefectos, sub prefectos,
directores de colegios y todo tipo de autoridades para que participáramos en
sus ceremonias y por lo tanto también teníamos una nutrida agenda social que
quienes administraban la escuela normal se encargaban de compatibilizar con las
horas de instrucción y estudios.
Las fiestas de fin de semana a las que solíamos asistir solían ser las más
buscadas por hombres y mujeres pues eran la mejor oportunidad de socializar con
chicas interesantes, que eso nos sentíamos por lo menos, además de bonitas e
inteligentes algunas. Casi todos los sábados teníamos compromisos diferentes,
juergas, discotecas, parrandas y todo tipo de diversión que pudiera conseguirse
en este espacio de la tierra donde, como en todo el mundo, estábamos en la edad
en la que por lo general mandan las hormonas, entre los diecisiete y veintitrés
años.
Del grupo de internas la mayoría proveníamos de lugares lejanos y las que
eran de la zona por lo general eran muy humildes, esto se debía a que gran
parte del presupuesto para el funcionamiento de esta modalidad educativa
provenían de las donaciones que hacía una compañía minera y por lo tanto, era
un servicio casi gratuito. De las veintiseis chicas internas que conformábamos
esta promoción, tres se habían retirado y una había fallecido (ojalá que un día
me atreva a escribir su historia), solo dos éramos de la costa y la mayoría
provenían de la selva y la sierra, lo cual hacía de la convivencia un
experiencia sorprendentemente enriquecedora; para mi resulta más importante que
la misma preparación para la docencia.
Si, estoy en lo cierto, las experiencias vividas junto a mis compañeras en
estos casi tres años van a ser recuerdos importantes en nuestras vidas, especialmente
las que me acompañaron como internas, a todas debo dejarles un espacio en mi
corazón. Los momentos vividos, los sufrimientos iniciales, los exámenes, las
fiestas, los secretos de amor intercambiados, los préstamos de ropa para que
una de nosotras pudiera impresionar en una fiesta importante, las mentiras para
encubrir las faltas de las compañeras y miles de anécdotas suficientes para
escribir un gran libro.
Pero, mientras me dirijo a su encuentro en un estado de emoción especial,
creo que hace mucho que estoy más interesada en Kristen que en el resto de mis
compañeras.
Camino con los recuerdos revoloteando en mi cabeza y me viene a la memoria
cuando Kristen ingresó a la escuela normal casi de casualidad, se sentó al
costado de la más brillante de la promoción y su aguda vista le permitió copiar
suficiente examen para poder alcanzar una vacante, claro que hasta ahora nadie
se explica cómo, aquel profesor encargado de cuidar el examen, el más malo de
todos, se quedó dormido durante esta importante evaluación, facilitando que la
linda Kristen cumpliera su cometido casi en sus narices. Ya entonces parecía
predestinada para alcanzar muchas cosas casi sin esfuerzo.
Al principio nadie se fijó en ella, se le veía como una muchachita más del
montón, pero en estos casi tres años había experimentado un gran cambio, especialmente
físico, era increíble, parecía que hasta
se le había aclarado el color de la piel. Cuando revisaba las fotos de nuestros
inicios como normalistas no podía creer lo diferente que era Kristen por esos
días. Nadie puede precisar en qué momento se volvió bonita, en qué momento el
patito feo se convirtió en cisne. Por aquellos días su humildad podía
percibirse con solo verla, vestida con prendas de moda pero usadas muchas veces
y desvencijadas de tanto lavado, provenía de una familia muy pobre de la
ciudad, donde además de sus padres, eran cinco hermanos, tres mujeres y un
varón, ella era la menor, todos estaban casados pero ninguno había prosperado
mucho; lo curioso de esta familia era que ninguno se parecía a Kristen ahora,
quizás en la época de patito feo tuvieran algunas semejanzas, pero ya no, era
diametralmente opuesta a las casi obesas hermanas.
Verla caminar, sobre todo cuando no llevaba el uniforme era todo un
acontecimiento, a pesar de no ser muy alta, tenía una figura descollante, casi
perfecta, sus movimientos se notaban atléticos, pese a que sabíamos que no era
muy amiga de los ejercicios, tenía un cuello largo y cabello corto que cuando
volteaba la cabeza para un lado parecía la posición natural de su cabeza, el
busto, perfecto para su figura era sostenido por una cintura que parecía
retocada por un cirujano y un experto del photo shop, pero las que la
conocíamos sabían que era de buen diente, definitivamente la madre naturaleza
la había bendecido con una espalda perfecta y unas piernas musculosas y firmes,
aunque parecían flacas eran las más perfectas para su talle elegante, al
caminar todo su cuerpo se movía en forma sincronizada con un efecto sensual e
inocente a la vez, a ratos sumamente recatada y otros provocativa y desafiante.
Y todo esto parecía no importarle. Lo que la hacía más interesante.
Me pasé muchas horas analizando su transformación, hasta ahora no le
encuentro una explicación, de pronto todos nos dimos cuenta que era muy bonita
y sobre todo muy femenina. Empecé a fijarme en ella durante las mañanas cuando
en todas las formaciones terminaba de retocarse, se arreglaba el cabello, se
ajustaba la falda por la cintura, lustraba sus zapatos sobándoles en la parte
posterior de las medias, acomodaba la insignia hasta dejarla en posición
perfecta, se acomodaba la blusa estirándola por un costado, jalándola de atrás,
ponía en su lugar un mechón de cabello suelto, hasta el último instante en que
mandaban firmes ella no dejaba de acicalarse muy coquetamente; si hacía calor
se limpiaba el sudor del rostro con el anverso de la muñeca con una
naturalidad, una delicadeza tal que cada uno de sus gráciles movimientos se
convertían en una postal de femineidad, una poesía a la mujer bella pero a la
vez parecían una invitación al desenfreno, era un acontecimiento diario el
poder verla en esta situación, a veces, cuando se ponía nerviosa frente a algún
profesor se limpiaba el sudor con ese mismo mohín que la hacían bella e
indefensa y no les quedaba más remedio a los embobados profesores que pedirle
disculpas pues ellos eran los imprudentes por ponerla nerviosa. Y tampoco
parecía importarle estas situaciones que creaba.
Su belleza no radicaba en la perfección de sus rasgos y formas sino más
bien en lo exótico de su rostro y la delicadeza y vigor de sus movimientos, no
conozco a mujer alguna que tenga los movimientos más femeninos que ella. Digo
que su apariencia es más bien exótica porque no es común, muchas veces hice el
ejercicio de analizar cada una de las partes de su rostro y llegué a la
conclusión que no tenía los ojos bonitos. Estos parecían haber sido girados
sobre su eje horizontal y colocados en forma descuidada sobre su rostro, su
nariz era en realidad fea si la pusiéramos en otro rostro, su boca no era
atractiva, hasta que sonreía, entonces alcanzaban otra dimensión cuando
mostraba los blancos dientes, un poco separados, que fuera de esa boca hasta
podrían ser desagradables. Pero la naturaleza había hecho el trabajo de juntar
todos estos defectos en un rostro adecuado alcanzando una inaudita perfección. Su
voz también era exótica, cuando la escuché por primera vez me pareció escuchar a
Rita Hayworth en “Gilda”,
después de haberse amanecido bebiendo wiskhy y fumando. El mirar todo el rostro era diferente, la
belleza no era de aquellas que te impresionan de golpe sino cuando tratas de
recordarla por primera vez. Después de mirarla muchas veces llegué a la
conclusión que era bella porque todo lo tenía en el lugar exacto, no era de las
mujeres que pudieran lucir algo en especial de su cuerpo, no, ella era toda especial,
tenía que lucirse toda. Por eso, aquella mañana de domingo cuando nos
encontrábamos en mi cuarto, recién cambiadas para irnos de paseo al club de la
empresa minera donde almorzaríamos después de un chapuzón en la piscina, en que
me preguntó, después de pararse en las puntas de los pies y levantarse el
cabello con ambas manos mientras daba una vueltita para mostrarse toda:
-
¿Crees
que parezco una “pirañita”?, así me han dicho ayer -, le contesté sin reparos
-
Pues
si, me parece que si te vieron de la forma cómo vas vestida ahora pues si, ese
short tan pequeño que pretende resaltarte el culo y las piernas, con esa
especie de polera que parece varias tallas más grande y esas sandalias que no
encuadran con tu figura te dan una apariencia de “pirañita”, no necesitas
resaltar nada de tu cuerpo, hacerlo significaría aceptar que sólo una parte de
ti es hermosa, en tu caso es diferente, no tienes partes hermosas, tú eres
hermosa.
Me salió del corazón y estoy segura que lo dije sin ningún interés, recordé
que alguien me dijo alguna vez que todas las cosas tienen su belleza pero no
todos podemos verlas. Como también sin ningún interés la apoyé económicamente
muchas veces sin que me lo pidiera.
Ella sería incapaz de pedir algo, menos dinero, no directamente, le bastó
contarme que estaba pasando apremios pues su papá había sido despedido del
trabajo y una de sus hermanas cuyo marido tampoco tenía trabajo se había
enfermado, para ofrecerle, sin ningún compromiso, casi toda la mensualidad que
mis padres me habían enviado; la forma como lo agradeció, con un beso helado en
mi mejilla, pues sus labios siempre parecían helados, me impidieron cobrarle
nunca pues me consideraba suficientemente pagada. Y no recuerdo ahora cuántas
veces más le adiviné y solucioné sus apremios económicos por el mismo
agradecimiento. Alguna vez intenté cobrarle y solo logré sentirme como la
“mujer ballena” de Alonso Cueto, susurrando.
Kristen siempre parecía distraída, no se daba cuenta cómo se les iban los
ojos a los profesores durante sus clases, cómo algunos hasta babeaban, muchos
hacían las clases sólo para ella, se paraban delante de su carpeta y no se
movían hasta finalizar su hora, claro que este efecto de su belleza fue después
del tiempo en que pasó desapercibida en el internado, cuando terminó de
convertirse en cisne. En una ocasión, después de un examen nada fácil, ella me
confesó que había contestado sólo dos de las seis preguntas por lo que daba por
seguro que tendría una nota desaprobatoria. Como el profesor que nos había
examinado era uno de aquellos que hacía la clase con la mandíbula dislocada por
el efecto Kristen estuve atenta el día de entrega de resultados, el profesor
comenzó a llamar una a una en orden alfabético, cuando ella recibió su examen
contenta me lo mostró, tenía diecisiete de veinte puntos, entonces le hice
recordar que sus temores había sido exagerados. Ella revisó nuevamente el
examen, lo tiró sobre la carpeta, le dio una mirada al profesor, quien también
la observaba, mientras la hoja caía sobre el tablero de la carpeta, dijo “el
llenó mi examen” y se distrajo casi de inmediato enfrascándose en una
conversación intrascendente con la compañera de atrás.
En lo que si se le notaba permanentemente interesada era en la lectura,
durante las horas libres casi no conversaba, prefería pasarla leyendo, y
descubrí que era lectora asidua de poemas y poesías románticas, las releía
muchas veces, parecía estar aprendiéndolas de memoria, se notaba que se
esforzaba pero nunca le escuché declamar alguna, siempre supuse que las
recitaba al oído a algún enamorado furtivo, nunca dio la impresión de interesarse
por otro tipo de lectura. En cambio a mí nunca me gustó el verso, todas mis
lecturas fueron novelas y cuentos, me sentí avergonzada de no haber pasado de
aprender algunas poesías de Jose María Eguren durante mi etapa de escolar,
poesías que, además, nunca entendí.
Siempre se le veía distraída, parecía nada llamarle la atención, a excepción
del enamorado de turno. Durante estos casi tres años le conocí, cuatro. El
primero un muchacho de su edad, medio mongo llamado Johny, al cual después de
cuatro meses dejó porque era muy “hijito de mamá”, claro que cuando estuvo con
el todas sus miradas fueron solo para el mientras que para el resto del mundo
siempre se mostraba distraída.
Luego se enamoró de un tal Jordi, un tremendo muchacho al que conoció en
una fiesta en la que el era la atracción, con este joven quizás mayor que ella
por un par de años estuvo unos dos meses y luego lo dejó por mujeriego, así de
pronto, apenas se enteró que lo habían visto coqueteando con otra chica. Del
estado “te dedico todas mis miradas” pasó a “ya no me interesas y por eso no te
miro”. Siempre me resultó increíble como superaba cada una de estas
experiencias amorosas como si no le costara nada. Nunca se le borró la sonrisa
y menos se le vio apenada por alguno de los amores perdidos. Luego entró a su
vida un tipo al que sólo conocimos como Wilmer, con el estuvo algo más de un
año, definitivamente no era para ella, era un tipo grosero, se notaba no muy
amigo del aseo, recuerdo haberlo visto más veces borracho que sobrio, siempre
andaba con dinero y nadie sabía de dónde, la venía a recoger cuando salía del
internado a veces en motocicleta otras en una camioneta. Y claro, durante el
tiempo que pasó con el no tuvo ojos para nadie más, se les vio en discotecas,
fiestas, restaurantes y lugares públicos de la zona siempre abrazados, siempre
de la mano, parecían la pareja más feliz del mundo y eran la pareja del
momento. Pero de pronto, otra vez, ella se dio cuenta que el no era para ella, era un tipo sin dignidad,
agresivo y borracho, lo dejó de la noche a la mañana, por supuesto que en la
mañana la sonrisa de ella seguía siendo la misma, esta ruptura también pareció
no significarle nada. No puedo decir lo mismo de ellos. A todos se les percibía
el dolor de la pérdida, buscaron refugio en otros brazos pero cuando la veían
no podían de dejar de torcer el pescuezo por verla, el último, se convirtió en
un borracho empedernido, se pasó días enteros, llorando en las paredes de la
normal pretendiendo recuperar el amor de Kristen y amenazando con lo peor, pero
“ya fue”, como suele decir ella.
Ahora me dicen que anda con un tal Steven, el hermano menor de tres
herederos de una de las mayores fortunas de la zona, le lleva seis años de
edad, algunas veces he visto al muchacho y tampoco me parece que vaya a durarle
mucho tiempo a Kristen, aunque imaginándolos juntos parecen la pareja ideal, lo
digo porque para muchos como para mi el susodicho suertudo tiene más bien
tendencias a gustos más modernos, he llegado a escuchar que los más felices son
sus familiares pues nunca le habían conocido enamorada alguna (y si muchos
amiguitos raros) pese a sus años y a ser un buen partido. En fin, el tiempo lo
dirá.
Claro que en el internado todos los días no fueron de felicidad para la bella
Kristen, tuvo sus días difíciles, como cuando casi la expulsan porque un
borracho se quiso propasar con ella cuando se la cruzó en el camino mientras
ella iba saliendo de un restaurante, parece que el tipo se confundió e intentó
persuadirla para que subiera a su vehículo creyendo que se trataba de una
alegre y fácil muchacha como las había por todo el pueblo. En este caso no le
cuestionaron el ataque en si o haberlo provocado sino el lugar en donde se
había producido, puesto que las normalistas teníamos prohibido transitar por
lugares de dudosa reputación y esta era una pulpería en la que sabían recalar
muchos borrachos, cerca de uno de los barrios de peor fama del pueblo, lo que
nadie sabía es que una de sus hermanas trabajaba allí. Todas la apoyamos,
especialmente yo, le hice las tareas, la ayudé en los exámenes, la acompañé a
la Dirección para que diera sus descargos, me convertí en su abogada gratuita y
hasta hablé con mis padres para que usaran alguna influencia a favor de ella. Y
todo salió bien. Lo admirable fue darme cuenta como esta situación casi extrema
tampoco pareció afectarla mucho, la sonrisa nunca se le borró del rostro y ni
siquiera perdió el apetito ni le afectó un ápice a su belleza.
Ahora, caminando despacio, recordando cómo la semana anterior, cuando
estábamos en el cine viendo una película de terror, ella, yo y el tal Steven,
cada apretón que me dio cuando reemplacé al enamorado las dos veces que se fue
al baño, presionando mi brazo y acurrucándose a mi lado en los momentos de mayor
acción de la película sentí sus turgentes pechos y sus manos sudorosas mientras
esa misma sensación que hoy me acompaña me invadía cada momento haciendo volar
mi espíritu fuera de mi hacia espacios de libertad donde se permiten nuevas
sensaciones. Percibí muy de cerca su perfume, de inmediato me trajo la
sensación de estar cerca de una mujer pura, dulce, sencilla y enorme, una mujer
que sin esfuerzo estaba destinada a ser buena hija, buena hermana, buena
esposa, en resumen buena mujer. Y esa noche antes de dormirme pensé en la
suerte de aquellos que pudieron estar cerca de ella y ser dueños, aunque sea
por poco, de sus miradas y sus atenciones.
En mi vida he transitado por muchos caminos, algunos de verdad difíciles, a
pesar de ser joven soy una mujer de no poca experiencia. He tomado decisiones
difíciles y siempre me enorgullezco de haberlo hecho rápido. Así que ahora
también, rápidamente, hace una semana tomé la decisión de transitar por los
caminos que me conduzcan a Lesbos en busca de mi propia Safo, en la noche en
que invité a Kristen a cenar solas en esta fonda famosa porque en ella suelen
hacerse muchas citas de amor. Este es el origen de la sensación que
permanentemente me acompaña mientras me dirijo al encuentro de Kristen.
Ya estoy en la esquina señalada como lugar del encuentro, me siento sobre
un pequeño murito en el que se puede leer el nombre de la calle, con la
intención de esperar muchos minutos más, pero de pronto, aparece la figura de
ella caminando hacia donde estoy, a contraluz la percibo más mujer que nunca,
más femenina que todas nosotras como siempre, pero también más distraída que
ocasión alguna que recuerde. Mi corazón corre desbocadamente, mis venas y
arterias arden por mi sangre que hierve, mi cuerpo todo percibe a la distancia
el aroma de Kristen. Ella sigue caminando hacia mi. Me ve sin mirarme y pasa de
largo, acelerando el paso, para cobijarse en el pecho de Steven que la espera
con los brazos extendidos hacia ella y con una sonrisa que juro igual a la de
Carlos Kacho. Entonces toda la sensación que tenía se convirtió en un malestar
que de inmediato se apoderó de todo mi ser. ¿Era pena por mi misma?
¿Autocompasión? ¿Cólera? ¿Celos? ¿Impotencia?. No lo se. Me sentí mal y creo
que para siempre.
Mi mente se aclaró de pronto y descubrí para quien escribió Eguren.
…Y con sus epitalamios rojos,
sus vacíos ojos
y su extraña belleza,
pasa sin ver por la senda bravía,
sin ver que hoy me he muerto de tristeza
y de monotonía.
Va a la ciudad, que duerme parda,
por la muerta avenida,
sin ver el dolor, distraída,
la Tarda.