LA PENSION

LA PENSION
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sábado, 8 de septiembre de 2012

NO PARECEN TANTOS.


Parece tan poco que es increíble que hayan pasado treintaicinco años desde que me inicie en esta vida institucional, desde que se iniciaron nuevos sueños relacionados con el aspecto profesional, después de haberse hecho realidad otros pocos. Si me pongo a recordar los buenos y malos momentos vividos tendría que pasar una nueva parta de mi vida intentando juntarlos todos. Las experiencias y emociones han sido tantas que ponerme a recordar se convierte en una confusión de hechos y fechas.
Cuando me veo en aquellos años increíblemente siento que no hubiera cambiado mucho, las mismas ideas, los mismos conceptos, casi los mismos sueños el mismo horizonte, ¿los mismos principios? (No creo que esto deba ser evaluado por uno mismo), claro que las motivaciones son diferentes, las esperanzas otras y las posibilidades también. El tiempo, padre de la edad, hace su trabajo inexorablemente llevándose consigo esperanzas y posibilidades y trayendo otras nuevas; a pesar que las esperanzas las relacionamos con el deseo de recibir algo bueno tras una situación difícil, siempre he sentido que estas son primas del optimismo, por eso a aquello de “mientras hay vida, hay esperanza” debo aumentarle “también optimismo”.
Pero cualquier ejercicio de remembranza o añoranza siempre linda con la tristeza, por lo no conseguido, por lo perdido, por las cosas que se fueron y las que no fueron o simplemente, porque ineludiblemente nos acercamos al final de todo (la muerte es el final de todo para el que se va para no volver jamás), tristeza, porque siempre una vida será insuficiente para hacer todo lo que quisiéramos hacer, una vida no será suficiente para ver lo que quisiéramos ver, como nuestros antecesores no vieron, por ejemplo, la caída del muro de Berlín, la tv en colores, el cine en 3D, los automóviles sofisticados o cualquiera de los alcances de la cibernética, los micro ondas o las teleconferencias, y mucho por reseñar.
En muchas ocasiones (me sirve para darme cuenta que ya estoy en la parte rápida del tobogán, la bajada),  cuando me encuentro con alguien de mi generación ya se me ha hecho habitual recibir alguna mención a mi atuendo, que a veces parece demasiado joven y otras fuera de lugar simplemente. Y yo les comento que tengo un hijo que terminando sus estudios quiere seguir la inexistente, por ahora, carrera de ingeniería artística, otra hija que quiere ser emo y modelo a la vez, y por si fuera poco, una más que se niega a aprender la tabla del dos cuando ya debería saber la del seis pero se ha memorizado todos los integrantes de esa serie paupérrima de moda “Combate”, entonces fluye la necesidad de conectarme a sus tiempos a sus momentos para poder entenderlos y encontrar juntos lo mejor para ellos.
Definitivamente siento que aún tengo que realizar grandes esfuerzos en la vida, sólo estoy quemando una etapa, como se suele decir, todo lo vivido no es más que el principio de algo que todavía falta alcanzar, así como nunca es tarde para aprender algo nuevo, nunca es tarde para vivir algo nuevo, para continuar o retomar algo que dejamos en el camino con las fuerzas y la experiencia que antes no teníamos.
Soy de los que prefieren mirar para adelante y seguir caminando que sentarme para ver cuánto he avanzado, creo que todavía tengo camino por recorrer, mi espíritu es joven (quisiera que de esto se enterara mi corazón, mi hígado, mis riñones y mi próstata) y tengo mucho por hacer. Me alegra saber que para algunas sociedades todavía podría ser considerado un afortunado que no ha alcanzado su adultez, porque para ellos, japoneses por ejemplo, uno es adulto cuando pierde a sus dos padres, y por Gracia de Dios todavía tango a los míos vivos y espero, por esa misma Gracia sea por rato.
Y creo que me estoy yendo por la tangente y hasta parecería esta una apología a la madurez, cuando lo que quiero resaltar son estos treintaicinco años de vida institucional.
Si, son treintaicinco años, iniciados el 1 de setiembre de 1977, cuando tenía diecisiete, en la Gloriosa y Benemérita Guardia Civil del Perú, a la que le debo mucho, frase que sonaría totalmente retórica si no completo la idea de cuánto ha significado para mi, y seguro que para toda la promoción “Los Comandos” estos (primeros) treintaicinco años.
Una familia está compuesta por personas, de diferentes edades, unidas por un vínculo pero en la que ninguno de ellos escogió a sus compañeros, los que ingresamos ese 1 de setiembre a la BGCP, somos también una familia, nadie escogió a nadie, solo elegimos una propuesta de futuro compartida, convivimos tres años y medio, dentro de las mismas paredes, sufriendo, gozando, viviendo las mismas situaciones, carencias, triunfos, penas y alegrías, tuvimos hermanos mayores, todos ellos hoy recordados, (no intento nombrar a nadie no porque no lo merezcan sino porque sería una falta de respeto mencionar solo a algunos en este escrito irreverente), y la familia que se formó ese día es para siempre. Entre algunos nos encontramos durante estos treintaicinco años, otros no nos hemos vuelto a ver, y seguro que de hacerlo la alegría será inversamente proporcional al tiempo que nos dejamos de ver.
He conversado con muchos de ellos y en todos se nota la misma alegría de siempre, los conocidos por habilosos y relajados son los mismos, claro que las canas y las arrugas nos hacer ver que tras de ellos existe una familia con toda la esencia de sus responsabilidades, los estudiosos y responsables siguen siendo los mismos, los impredecibles, por lo menos para mí lo son todavía, y en todos ellos coinciden la alegría, el cariño y el respeto entre todos. Como en mi caso creo que solo debo agradecimientos a cada uno de “Los Comandos” sin ningún reproche, reconociendo en los que llegaron más alto o anduvieron más rápido los méritos, nuestro sentimiento y permanente compañía a aquellos que quedaron en el camino, generalmente por causas ajenas a su voluntad y a aquellos que se adelantaron en este valle de lágrimas para dirigirse al lugar del eterno descanso nuestro recuerdo permanente.
Pero ningún espacio será suficiente para el agradecimiento que le debo a la BGCP, que me cobijó y me dio los mayores éxitos de mi vida, me hizo conocer el valor de la lealtad y la disciplina como parte fundamental de mi existencia (no como principio enumerativo o metáfora de lo que alguna vez quisiéramos), institución de la que hasta hoy me vanaglorio de pertenecer por el cariño que nunca se ha dejado de sentir de la gente, incluso en estos días de ataque inmisericorde por parte de la prensa que aprovecha el comportamiento desubicado de unos pocos policías. ¿Cómo describir la alegría que sentí cuando hace unos pocos meses, estando por la selva norte del Perú, un poblador al vernos acercar a su vivienda salió alegre a recibirnos diciéndonos “Hace tiempo que la Guardia Civil no viene por estos lugares”? Esa satisfacción hace que cualquier acto de injusticia recibido durante nuestra función quede olvidado y  zanjado.
Pero, a veces, sobre todo al levantarme después de algún trabajo pesado, me pregunto si no hubiera sido mejor abandonar este “apostolado” aquella vez de la unificación, así como lo hicieron algunos y hoy son, por lo menos para mí un ejemplo por el respeto, el cariño y la dignidad con que decidieron enfrentar esta combinación de especialidades, la respuesta nunca la tendré, sólo me queda el consuelo de haberme seguido comportando como un Guardia Civil con cada una de sus letras, de haber mantenido los principios que me inculcaron en el CIGC de estar seguro que nadie podrá levantar el dedo para señalarme y ofender a mi gran Guardia Civil.
Por último, pese a que el color de los hábitos que hoy todavía llevo no son los que escogí, me siento obligado, como muestra de agradecimiento por haberme permitido alcanzar estos treintaicinco años de servicio que, sin lugar a dudas muchos quisieran haber vivido, a llevar como mortaja cuando me muera el glorioso y hoy más que nunca digno uniforme de mi querida Guardia Civil del Perú.

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