LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

viernes, 20 de mayo de 2022

LOS TRONQUITOS

 

Como casi todos aquellos domingos y feriados cuando me despierto a las seis de la mañana, hoy también aprovecho unas horas para revisar mis correos y otros mensajes que acostumbro recibir a través de internet mientras todos duermen, por lo general tengo entre dos a tres horas de mucha tranquilidad para dedicarme exclusivamente a lo mío. Con mi bata dominguera me acomodo en el escritorio, enciendo la computadora y voy a la cocina por un buen café caliente y negro; para no volver por otro café uso una gran taza que me regaló el menor de mis hijos por el día del padre algunos años atrás.

 

De regreso en el escritorio, mientras comienzo a ubicar el playlist que ahora me apetece escuchar como compañía, advierto que a través de las cortinas de la ventana que está casi sobre mi hombro derecho se trasluce la claridad del día, el sol ha salido temprano, aunque estamos en la última semana de abril y el frio comienza a apoderarse de toda la ciudad. Después de revisar mi correspondencia comienzo a navegar casi sin conciencia de lo que busco, partiendo de las noticias que recibo de suscripciones a páginas especializadas, esto lo hago casi automáticamente, se que más pronto que tarde encontraré algo que se quede con mi atención. “Mitos y realidades sobre el consumo de huevos”, parece interesante, sobre todo que no tengo claro si mi desayuno de lunes a viernes, dos huevos cocidos a la inglesa, con la yema un poco dura, no es nociva.

 

La lectura me atrae, es bastante interesante, tiene mucha información, me atrapa. Tomo un gran sorbo de café todavía caliente, ahuecando la boca para no quemarme, el súbito calor me obliga a abrir la ventana aunque sin correr las cortinas, el viento helado de esta hora me envuelve trayendo a mi mente una serie de evocaciones y sensaciones que yacían en algún lugar de mi inconciencia en espera de un estímulo como el de ahora.

 

El viento acerado y la música que escogí para esta mañana me obligan a acomodarme en el sillón mientras que con un escalofrío emergen evocaciones que acumulé durante las visitas a la hacienda del tío César Cabero, pariente de mi madre, allá en Santa María del Valle, como a una hora de Huánuco en la carretera hacia Tingo maría. Se dibujan en mi mente tantos momentos agradables de mi niñez y juventud, el primer viaje en bus por más de doce horas a mis diez años, con mi hermana menor, pese al tiempo lo recuerdo con nitidez. Fueron tres los viajes que hicimos en familia, después de esa primera vez, viajamos dos veces más, cada uno exactamente cinco años después del anterior. El primer viaje en bus y los dos siguientes en la camioneta roja de mi padre, una Chevrolet Blazer, que fue mía, cuando vieja, por unos pocos años antes de cambiar de propietario; la primera ocasión fuimos una familia de cuatro y las siguientes de cinco con el nacimiento de mi última hermana.

 

El tío César era un tipo de un metro ochenta, de apariencia atlética, de tez blanca quemada por el sol, sus ojos eran grises, claros, característica de mi rama familiar materna, hablaba casi a gritos gesticulando con ese dejo tan particular de los huanuqueños y siempre vestía pantalones vaqueros con camisa a cuadros de manga larga, cuando lo vi por primera vez tuve la impresión de encontrarme con un hacendado, impresión que nunca se me borró.

 

El tío ya tenía seis hijos, su tercera esposa, la tía Adelina, era una mujer también alta, diría de un metro setenta, tenía el cabello negro y largo que siempre llevaba suelto a la espalda, sería unos veinte años más joven que él, todo el día parecía atareada y no podía desaparecer la gran sonrisa de su cara que era el marco perfecto para sus grandes dientes, de un blanco casi perfecto y brillosos, en aquella época poco comunes. Dos de los seis hijos el tío los tuvo con ella, obviamente los menores; lo curioso era que el tío había tenido también dos hijos con cada una de sus mujeres anteriores, en cada caso una niña y un niño, claro que los de su primer matrimonio ya no eran niños, el mayor tenía diecinueve años cuando lo conocí, se llamaba igual que el papá, su hermana tenía diecisiete años y supongo que Josie también era el nombre de su madre, los dos hijos de la segunda esposa, Dina y Domingo, tenían doce y diez años y los dos menores de siete y cuatro años eran Fabio y Andrea. El tío jamás los llamaba por su nombre sino por su apellido materno, así, los dos mayores eran Cisneros y Cisneras, les seguían García y Garcío y finalmente estaban López y Lópeza.

 

Me parece sentir el mismo frío de las mañanas cuando salíamos temprano a pescar a orillas del Río Huallaga, los más grandes usaban una atarraya y los pequeños usábamos un carrizo largo, para atar unos metros de cordel con una cueca, como le llamaban a la lombriz de tierra, ensartada en el anzuelo. Sonrío mientras recuerdo mi primera pesca, un “huasaco” de treinta centímetros que junto a varios “cachuelos”, pececillos pequeños como las mojarrillas, se convirtieron en el almuerzo muy celebrado aquella vez, acompañado con licor y un guitarrista que cantaba canciones que nunca había escuchado y que hasta hoy recuerdo.

 

Eran fabulosas las tardes en que después del almuerzo nos dirigíamos todos los varones a un afluente del Huallaga al que para llegar teníamos que caminar cerca de una hora, no recuerdo cómo se llamaba el río o si alguna vez me lo dijeron, el “cañón del pato”, a decir del tío César, para cazar patillos y patos que íbamos a encontrar nadando descuidadamente. Nunca encontramos un solo pato, al final de la tarde, el tío nos dejaba disparar la escopeta de dos cañones contra piedras o pedazos de tronco que colocaba a no mas de cinco metros. Una vez disparó a un panal de abejas silvestres y nos hizo correr hasta la casa para que las abejas no nos picaran.

 

Eran grandiosas también las cabalgatas de los días domingos. Tomábamos desayuno temprano, luego ensillábamos los caballos, los más pequeños montábamos con un adulto y nos íbamos a misa de nueve de la mañana; el regreso era una carrera, para ver quien llegaba primero, el tío César siempre se dejaba ganar. Lo que venía después era el cierre de la semana con un domingo de fiesta, almorzábamos en compañía de algún invitado, que siempre traían niños de nuestra edad y nos pasábamos la tarde jugando mientras los adultos se entretenían jugando al sapo y tomando bastante licor.

 

Los recuerdos también me trajeron las imágenes, las sensaciones de aquellos días en que nos metíamos a una gran poza formada por la acequia de regadío que corría por el límite más lejano de la propiedad del tío, llevábamos una cámara parchada de la llanta de una camioneta y después de inflarla a puro pulmón la usábamos para construir nuestro circuito de canotaje por las aguas tranquilas de este no muy profundo brazo de agua. Para un niño que procedía de la capital esto era aventura pura.

 

Y no podía olvidar los desayunos que el tío nos obligaba a tomar, pan fresco y caliente que todos los días le traía un panadero, a veces en bicicleta, otras en motocicleta y hasta en burro, panes horneados con leña a la manera de la Sierra, acompañados de un jugo de maracuyá recién cosechado de las enredaderas que producían un aroma increíble o de papaya, endulzados con chancaca de la casa, tajadas de queso fresco y grandes filetes de carne de res o de cerdo montados con un huevo frito que nunca faltaban, completaban el desayuno. Los domingos se reemplazaba el jugo por un tazón de avena con leche o un jugo especial de lúcuma. Al finalizar cada desayuno el tío César obligaba a sus hijos, cosa que el también hacía, a comerse un huevo crudo, que mis hermanas y yo rechazábamos hacerlo.

 

-       No saben lo que se pierden sobrinos – nos decía ante nuestra negativa – un huevo crudo al día te hace fuerte, sano, atlético y además es bueno para el desarrollo, ustedes serían más altos si se comieran uno al día, yo fui criado así, a la antigua, como los campesinos, comiendo un huevo crudo al día – y lanzaba una carcajada, que no se por qué la comparé con los eructos de los vikingos después de beber un jarrón de licor, que vi hace poco en la televisión.

 

Claramente no es un recuerdo desagradable, casi lo había olvidado, pero ahora me parece escuchar la carcajada de ese hombre bueno, noble, que no pretendía burlarse de nosotros sino dejarnos una lección para toda la vida.

 

Cada una de las tres visitas a la hacienda del tío Cabero pasan por mi mente, vuelvo a tomar unos sorbos del café que se resiste a perder su temperatura, me acerco al monitor de la computadora y reviso algunas publicaciones, luego me vuelvo a estirar y comienzo a evocar acontecimientos de la última visita a Santa María del Valle.

 

En aquella ocasión yo tenía ya veinte años, el mayor de los primos Cabero veintinueve y la menor catorce. Después de esa visita, junto a mis hermanas, no recuerdo exactamente a quién se le ocurrió, les pusimos a los primos “los tronquitos”, debido a su apariencia, todos ellos medían entre un metro sesenta y un metro sesenta y cinco, eran de contextura gruesa, se notaban fornidos sin que se les pudiera calificar de gordos; lo curioso era que todos eran hijos de padres de estatura alta.

 

En esa última visita, por primera vez participé de una de aquellas noches en la “ramada” construida bajo las plantas de maracuyá similares a los que se construyen en la costa bajo grandes parras de las que cuelgan serenos racimos de uva en proceso de maduración; en estas reuniones, en la que después de haber pasado una tarde jugando al sapo, los mayores continuaban sus conversaciones regadas por el ron artesanal que se producía en la hacienda, donde las carcajadas se prolongaban hasta bien entrada la noche, bajo  la luz de lámparas petromax ahora reemplazadas por un par de luminarias atraían polillas e insectos desconocidos que el pleno vuelo eran cazados por murciélagos que no dejaban de revolotear. Qué agradable era conversar de todo con el tío y los primos, siempre intentaba prolongar todo lo posible las conversaciones midiendo mi consumo de licor.

 

La última reunión quedamos hasta el final solos el tío César y yo. Recuerdo cada una de sus palabras casi letra por letra.

 

-       ¿Sabes por qué me casé tres veces? – me dijo, mi silencio lo empujó a continuar – siempre quise tener hijos altos, más altos que yo, escogí mujeres altas para conseguirlo, pensé que con más de una aumentaba las probabilidades.

 

Encendió un cigarrillo, le dio algunas aspiradas como si el humo fuera necesario para ordenar sus ideas, se movió en su sillón de paja y continuó aunque sus palabras ahora tenían un tono que interpreté como tristeza.

 

-       Hasta planifiqué el sexo de mis hijos, el primero en nacer se lo dejé a la voluntad de Dios, pero el segundo no, con cada una de mis esposas usé un método que leí en un libro y vaya que conseguí lo que quería – volvió a aspirar profundamente el cigarrillo – pero siento que en algo fallé, algo molestó a Dios, hasta ahora no encuentro que puede ser, tus primos, son el castigo de Dios, que acepto aunque me duela, Dios los dejó casi enanos.

 

-       Pero no te preocupes tío, mis primos son bajos pero jamás los calificarán de enanos – recuerdo haberle dicho – tus nietos de seguro que van a salir altos, está en tus genes, además, no creo que hayas hecho algo tan malo para que Dios prolongue su castigo, si es que fuera el caso – terminé a manera de consuelo.

 

Recuerdo la expresión de su cara cuando me dijo

 

-       No cambiaría nada por la felicidad que ellos me dan, no reniego de la voluntad de Dios, pero no estoy seguro si puedo considerar que mi vida sea exitosa.

 

El frío se mete a través de las cortinas y me alcanza como una flecha lanzada desde muy lejos y que da en el blanco. Tomo apurado los últimos sorbos de café para que no se enfríe, arrastrando el sillón con mi cuerpo me acerco al monitor y vuelvo a leer mi descubrimiento de esta mañana: “…la Avidina es una sustancia contenida en la clara del huevo que, se ha probado hace treinta años, su consumo prolongado inhibe el crecimiento. Sus efectos se anulan con las temperaturas de cocción…”.

 

Dios no nos castiga, él deja que nos castiguemos, pensé.

 

viernes, 22 de abril de 2022

ENTRE DOS ESTACIONES

 CAMILA

Ella se sabía bonita y además tenía el futuro asegurado, la herencia familiar que administraban sus padres era suficiente para garantizar el futuro de las siguientes generaciones, es más, no le preocupa el futuro. En los colegios caros en los que estudió aprendió que no sólo tenía que ser la mejor sino además demostrarlo, por eso estudia derecho en la Universidad de Lima, viste ropa solo de moda y cara, todo lo que usa, toca, come o está relacionado con ella tiene que ser lo mejor y costoso. Es vital ser glamorosa.

A su edad una muchacha de su posición estaría conduciendo un vehículo de lujo seguramente, pero ella no, no le gusta manejar, por eso, si no tiene un carro con chofer solo usa taxis de aplicativo, entiende que tener un coche a su disposición es asumir responsabilidades que se las quitaba a un chofer, tenía muchas otras cosas de qué preocuparse.

No es modesta ni sencilla, se cree detallosa y hasta vanidosa, lo asume con responsabilidad, con dignidad. Camina por la vida segura de si misma, por donde pasa causa admiración, su perfume, su gracia, su elegancia nunca quedan desapercibidas.

Siempre escoge solo lo mejor, tiene muy claro que lo perfecto no existe y por eso no lo persigue, se conforma con estar muy cerca. Sabe que la mejor arma del vanidoso es la humildad.

A pesar que todos en la universidad quieren conocerla tiene pocos amigos, muy parecidos a ella, la imitan pero saben que no estarán a su altura, para complacerlos, les muestra las cosas que piensa comprar o cómo quiere vestirse para que se sientan importantes opinando, creyendo que su opinión fue tomada en cuenta. Su autoestima es indestructible.

Todos sus novios fueron evaluados por sus amigos y amigas más cercanos, a quienes les dio la oportunidad de opinar haciendo que aquellos que acertaron se sintieran más cerca de ella, aunque finalmente la decisión fue únicamente suya.

Había estado con los mejores chicos de su entorno, a todos los dejó cuando creyó que era el momento, por no estar a su nivel o simplemente no demostrar estarlo, les faltaba ambiciones o “carácter”, tal cual ella los describía; aunque decía no tener interés en la posición económica de sus pretendientes era necesario que fueran bellos, una belleza como ella sólo se permitía amigos y pretendientes con presencia de verdaderos modelos. En su vida las apariencias eran muy importantes. 

Por eso, quedó convencida de aceptar a su actual enamorado, cuando, después de una encuesta entre sus más allegados, todos opinaron que era un joven muy atractivo, un verdadero proyecto con un futuro muy promisor, no tenía una gran posición económica como la suya pero era un aplicado estudiante de medicina en su etapa final de interno, culto, fino y educado, “culto, mago, delirante, loco” le decía ella, parafraseando un poema que alguna vez publicaron cada uno en su perfil de sus redes como muestra de su amor.

Sabía que lo tenía, por lo menos hasta cuando lo decidiera, si nada cambiaba, estaba completamente entregado a ella, como le gustaba tenerlos, “comiendo de mi mano” como lo pensaba constantemente; nunca, ninguna de sus parejas la había terminado, no, ni pensarlo, ella había tomado esas decisiones, en algunos casos “porque era políticamente correcto” como los justificó oportunamente.

Sabía que su vida era perfecta, tal como lo tenía planeado.


VALENTINA

Se había esforzado tanto por conseguir este trabajo de enfermera porque que era  muy importante para su proyecto de vida. Para sus familiares era una esperanza de tener por fin un profesional de quien enorgullecerse; cuando les comentó que además de trabajar había comenzado a estudiar medicina le hicieron una fiesta para reconocer su esfuerzo, fue la ocasión perfecta para ponerla de ejemplo y así motivar a los más jóvenes de la familia.

Le interesaba mucho ser objetiva, equilibrada y culta, por eso cultivaba su intelecto, se le veía permanentemente leyendo y parecía estar siempre ocupada en algo además del trabajo y los estudios. Sudaba seguridad y entereza por todos sus poros, pero también era bonita, tenía la belleza calmada y serena de las mujeres que poseen claras sus ideas, sus movimientos parecían estudiados para impresionar a quien la mirara, sus formas, aunque no llamativas, eran consideradas perfectas para los que la conocían fuera de las batas y mascarillas que usaba cuando trabajaba.

No le gustaba hablar de ella misma, hasta parecía no importarle el futuro pero los pasos que daba eran previamente analizados y no avanzaba si no estaba segura, no le interesaban las apariencias y prefiere mantener su situación sentimental siempre reservada, no publica en redes nada sobre esto porque está convencida que casi siempre publicas sobre aquello que careces.

Era admirable el esfuerzo que le ponía a todas las cosas que hacía, aún cuando se le viera caer su cara no dejaba de mostrar optimismo, su  mirada es un himno a la confianza. Confiaba en sus habilidades plenamente y resumía empatía por cada uno de sus poros.

Tiene una relación que está segura que no llegará a buen puerto pero en el fondo espera que algo suceda y cambie esta situación, siempre actúa con fe y es creyente de que la esperanza es lo último que muere, que las cosas siempre suceden por algo, ni un copo de nieve cae sin alguna razón. Por las cosas que averiguó sabe que solo es una aventura para él, no puede asegurarlo pero si se lo pide podrían hacer una pareja para toda la vida, aunque es consciente que forma una pareja de aquellas que terminan en cualquier momento, sabe que es la que más perdería, la que quedaría sumida en la pena y dolor. Incluso para eso se estaba preparando, se sentía prevenida. La vida tiene que continuar “Lo que no es para mí, nunca lo será” se decía intentando conservar su pragmatismo.

Como todas las mujeres tiene sueños y aunque ahora lo ocupaban sus principales objetivos, terminar la carrera y ascender en el trabajo, parte de sus noches imaginaba tener la familia soñada al lado de él.


ANDRÉS

Era domingo, uno de aquellos que le dejaban tiempo para hacer otras cosas que no fuera estudiar, después de correr casi una hora y luego de un frugal desayuno, de revisar algunas anotaciones de clases a la vez que programaba los trabajos que tendría que entregar en la universidad durante la semana, se dirigió a la estación del tren mientras revisaba su celular. 

Sentado esperando el siguiente tren contestó aquellos mensajes que tenía pendientes en el celular. Le gustaba jugar a decidir, a cuál de las chicas visitar; cada domingo, lo hacía en el camino, la casa de la primera de ellas quedaba a siete estaciones y la otra a doce.

Se sentía feliz de vivir este juego confuso de tener dos enamoradas. Sabía que una de ellas era el camino a la estabilidad económica y de seguro a la felicidad, la otra era una aventura, un episodio en su vida que no tendría por qué terminar mal. Pero también estaba al corriente que en cualquier momento podía perder todo. Pero confiaba en que todo saldría bien y que como sea tenía que asegurar su futuro.

Se decidió por hacer la primera llamada. Se colocó los audífonos mientras el celular llamaba.

- ¡Hola amor – escuchó la voz delicada al otro lado del teléfono - ¿Cómo estás? ¿Todo bien?

- Si. Reyna, todo bien – contestó – Y tú ¿Qué tal?

- Recién levantándome y extrañándote ¿Vas a estar ocupado hoy o vas a poder venir?

- No se todavía, en unos minutos termino mi guardia, si no hay nada, seguro que me dejan – se produjo un silencio, recordó las decenas de veces que le ofreció ir a verla sabiendo que no cumpliría, ella aceptaba las disculpas siempre de buena gana – el lado bueno es que podremos disfrutar aunque el tiempo sea corto.

- No te preocupes mi amor, no pienso salir hoy, me avisas si vienes porque voy a quedarme en la cama – dijo ella a modo de despedida.

- Ok, te aviso entonces, te quiero mucho princesa, besos.

- Besos para ti mi amor – y colgó la llamada.

Se sintió feliz con el juego, ahora volvería a hacer otra llamada y en el camino decidiría donde bajarse.

Mientras escuchaba el tono en el teeléfono vio a lo lejos venir el tren y se puso de pie para abordarlo.

- Hola, que tal ¿Cómo estas? – preguntó la mujer, con voz evidentemente agitada.

- Que tal babe, extrañándote – le dijo, entusiasmado por la respiración de ella - ¿recién levantándote?

- Jajaja…nooo…acabo de correr cinco kilómetros y estoy recuperándome – con una voz cantarina – sucede que ayer me designaron entre las enfermeras para representar al hospital en esta mini maratón por el día de la mujer, no te conté para no preocuparte.

- Caramba, que bien, se ve que estás en forma, por eso es que me gustas tanto – un espeso silencio siguió a sus palabras.

En ese momento subió al tren que momentos antes se había detenido, se mezcló entre la gente subiendo y bajando.

El silencio parecía eterno, recordó cómo se inició esta relación, cómo aceptó ella que el tuviera otra enamorada y le prometiera “darle un tiempo porque no era nada seguro”, cómo se pusieron de acuerdo para tener intimidad con las reglas de ella “de no enamorarse”.

- Terminé de correr, llegué sexta, puta mare, pude llegar antes, ahora me arrepiento, había premios hasta el quinto puesto – se quejó.

- No te preocupes babe, se que tu eres buena y estás preparada para todo, para grandes cosas – trató de animarla – después te doy tu premio.

- Traje chocolate, de consuelo – dijo quejumbrosa – era hasta el quinto lugar para los premios y demás consideraciones, el quinto puesto se ganó una bicicleta y yo nada. Pude conseguirlo, me siento como esos niños picones.

Andrés sintió que la voz se quebraba, percibió que estaba llorando, se enterneció hasta sentir erizarse su piel, invadido por un calor sicalíptico.

- ¿Estás llorando babe? 

- Sip…sólo una lagrima – la voz de ella casi como un suspiro.

- Como quisiera estar a tu lado para secarla con un beso, un beso que acabe con esa pena innecesaria que tu alma corajuda libera, como un grito rebelde por este que consideras un fracaso, darte un beso de esos que se graban para la eternidad, de esos besos a las almas valientes…

- Jajajaja…no sigas por favor – le interrumpió – tú como siempre poeta, o poetizando, pero te contesto que justo ahora necesito tu presencia, tu calor, tu luz, esa que siempre encuentro cuando alguna sombra cruza mi camino, esa que me llena de fortaleza cuando mis debilidades comienzan a desbocarse, esa que alegra mi corazón cuando la tristeza me desanima…¿Ya ves? También puedo calentarte los oídos.

- Jajajaja…babe, no sabes lo orgulloso que me siento de tenerte – le contestó casi gritando, entonces cortó la llamada y apagó su teléfono – El viejo truco de “perdí la señal” – pensó.

Era un movimiento táctico que usaba para ganar un poco de tiempo cuando se encontraba en apuros, manejar su vida entre dos afectos con diferentes rasgos requería de mucho cuidado, cuando sentía que tenía que pensar con claridad o que ponía en peligro el futuro que se estaba construyendo.

Con más calma intentó pensar cuál era el peligro que lo llevó a apagar el teléfono, qué precaución tenía que tomar, por qué necesitaba un momento de claridad, se sorprendió al no encontrar una respuesta, fue una reacción fuera de control.

Metió el teléfono en el bolsillo y se dio cuenta que su cuerpo temblaba, tenía un calor interior pero su piel se estaba cubriendo de un sudor helado, tenía la sensación de estar viviendo una metamorfosis, que de entre sus trémulas ropas saldría un nuevo Andrés. Y sintió una gran inquietud por saber cómo sería ese nuevo Andrés, no sospechaba que esa inquietud lo acompañaría toda su vida.

Entonces, bajo el influjo de esta especie de renovación o resurrección, encendió su teléfono y supo en que estación tenía que bajar, en la que bajaría siempre a partir de ahora.


lunes, 14 de febrero de 2022

FEMALE

 Era la tercera o cuarta vez que pasaba frente al gran ventanal de la florería, con igual o más indecisiones que las anteriores veces, a través de los vidrios puede ver que hay algunas personas esperando ser atendidas, parece resuelta a ingresar pero en el último instante se decide por seguir de frente. La plazoleta del gran centro comercial hierve de gente que transita apresuradamente poniéndole el ambiente a este día de San Valentín, rebautizado como “día de la amistad” probablemente con fines puramente comerciales.

-          -  ¿Por qué Dios mío, tengo tantas dudas? ¿Por qué me muestro tan insegura?

Preguntas que no desea responder por ahora, será después, inmediatamente piensa en lo que la gente le suele decir sobre ella, sobre todo, lo que él siempre dice para animarla, que es una mujer de decisiones, que tiene sus objetivos claros, que no tiene miedo de caer y que si la han visto caer siempre se ha levantado con más ganas y sobre todo con un particular estilo, muy femenino.

-       - ¿Acaso esta inseguridad es culpa de mamá por ser tan protectora? ¿O de papá, por haberme criado como el hijo que nunca pudo tener? – se dice.

Siguiendo los pasos de la multitud continuó sin rumbo, merodeando la tienda de flores y regalos, se detenía en algunos aparadores para curiosear, pero sobre todo para hacer tiempo y darse valor para un siguiente intento en el negocio aquel que ahora la atemorizaba.

-      -   ¿Tal vez mis temores sean porque nunca se ha visto algo parecido? ¿Quién ha visto alguna vez que una mujer enamorada le envía un ramo de flores a su novio? No es muy común ¿Pero por qué no hacerlo? No es malo ni está prohibido – suspiró hondamente para tomar valor y continuar en su propósito.

-      -  ¿Será por el temor a la burla y al escándalo al que sería sometido por sus compañeros de oficina si recibiera un presente por el día de los enamorados?

Se detuvo en un gran aparador con artículos para oficina, posiblemente una librería, adornado con grandes globos y corazones rojos. De reojo miraba el reflejo de las imágenes en las grandes lunas y disimuladamente vigilaba lo que sucedía en la florería.

Se abstrajo en si por un momento, dejando que afloraran algunos recuerdos, se le vino a la mente el día no muy lejano en que recibió un gran ramo de rosas rojas rodeadas por magnolias rosadas, junto a un peluche, una botella de champán, finos chocolates y una tarjeta en donde él le deseaba feliz cumpleaños con aquellas palabras que siempre recordaría, cosas así nunca se olvidan. No podía calcular si fueron dos, tres o cuatro semanas en las que todos los días era el centro de la chacota, compañeros y compañeras no dejaban de enviarle indirectas y frases cargadas de sarcasmo que precedían a momentos interminables de risitas y carcajeos, la primera vez y pocos días después se sonrojaba, sintió vergüenza y hasta ganas de llorar, sin embargo, al pasar de los días se convenció que éste era un comportamiento habitual de los grupos humanos, la felicidad de alguno siempre era la envidia de otros que la manifestaban a través de la chanza.

Ahora ya nadie la molestaba, habían olvidado el suceso, a pesar de que su relación se había hecho evidente y que algunas veces su novio la dejó en la oficina.

-      -  Si, lo peor que le puede pasar a él es algo similar – pensó – algunos compañeros de seguro que se van a burlar, quizás haga falta que lo acompañe algunas veces a su oficina para que las cosas se normalicen más pronto.

Miró su reflejo y se sonrió, era evidente que su belleza se recalcaba cuando se encontraba feliz, como ahora, se arregló el cinturón que llevaba sobre el vestido y se pasó la palma de la mano por el cabello que le caía sobre la frente, dos jóvenes que pasaron cerca la miraron atrevidamente, uno de ellos volteando la cabeza le dijo modulando su voz como si le hablara al oído:

-         -    ¡Buenos  días mamacita…! Hay que ser tonto para dejarte solita…

Sintió que se llenaba de valor, era evidente que había sido una señal, la decisión estaba tomada, le enviaría un arreglo floral, quizás anturios rojos con narcisos amarillos, unas latas de cerveza alemana, el osito de peluche con la camiseta de su equipo y una enorme tarjeta donde escribiría “De tu estrella, porque éste y todos los días estaré donde me necesitas, aunque esté nublado o llueva”.

Se alisó el vestido con ambas manos, apretó la cartera que llevaba colgada del hombro y con esa actitud resuelta de la que muchos hablaban y de la que más de uno se había enamorado cruzó la plazoleta con dirección al negocio aquel, mientras imaginaba la alegría del novio al recibir este imprevisto presente. Seguro que se consolidaría el amor entre ellos.

Caminó directamente a la entrada de la florería, cada paso parecía acercarla muy poco, tenía la impresión que ahora eran kilómetros los que la separaban de su destino, sintió el sudor frío correrle por la espalda pero no se acobardó para nada, a la distancia pudo darse cuenta que no había clientes, sus venas y arterias parecían bailar al rataplán de un lejano kpanlongo africano que retumbaban en un eco amortiguado en sus sienes, todo en su ser le gritaba que se apurara, que corriera pero de algún lugar recóndito de su conciencia nacía una orden que la detenía, que le quitaban libertad a sus movimientos, como si de pronto sus piernas pudieran discernir por ella, este momento era único, se sintió en una escena ralentizada de Matrix, su cuerpo se había convertido en una antena que percibía cada movimiento que sucedía a su alrededor. Todo estaba tan calmado pero tenía la conciencia de que unos pocos segundos transcurridos ahora le parecían interminables minutos. Estaba a dos metros de la puerta, su sueño de San Valentín podría darse por cumplido.

De pronto todo recuperó su movimiento, su velocidad habitual, el mundo cambió, tenía que darse prisa; quiso estirar el brazo para tirar de la manija de la puerta, pero su cuerpo no le obedeció y apuró el paso pasando de frente como las veces anteriores.

-       -  ¿Qué paso? ¿Qué acabo de hacer? No lo puedo creer – se dijo, como esperando respuestas del mismo lugar de su conciencia que antes le ordenaba detenerse.

No encontraba explicación a este comportamiento que la dominaba, por un momento la invadió una confusión, pero se repuso, no era día para andar con vacilaciones, se detuvo, volteó a mirar la florería sabiendo que ya no entraría y retomó su camino hacia otro lugar, otro asunto. Quizás sería mejor evitarle vergüenzas a su novio.

Una mezcla de resignación, conformidad, abatimiento la invadió, respiró y para justificarse pensó:

-       -   Tal vez sea mejor no hacerlo, mi marido y la señora de él podrían enterarse.

sábado, 5 de febrero de 2022

EL HOMBRE Y EL FUTURO (Casi una fábula)

 Sentado en su sillón de madera tallada de la cual se había perdido su procedencia y su tiempo, como todos los días, después del desayuno y también del almuerzo, el hombre intentaba leer unas líneas de un libro de tapas grasosas donde el título era lo que menos se notaba, frente a una gran ventana abierta de par en par. De rato en rato espantaba las moscas que se paraban sobre el o revoloteaban por su cara. Desde muchos días atrás que no avanzaba una página, en realidad ya no leía, solo miraba las líneas y trataba de encontrar entre ellas las respuestas a las preguntas que últimamente le devoraban la paciencia, sumiéndolo en una duda perpetua con preguntas que día a día se repetía.

Sus recuerdos se entreveraban en un remolino en cuyo centro oscuro, negro, se reservaba espacio para aquellas memorias que le ocasionaban una gran inquietud que no estaba dispuesto volver a sufrir. Levantó la rodilla derecha para frotarse porque se le había adormecido sin que pudiera precisar desde cuándo. Le preocupaban los males que ahora le agobiaban. Tenía la seguridad de que su vida ya no tenía futuro.

Cavilaba que hace solo un año se paseaba por donde quería y a la hora que le apetecía conduciendo un Mustang rojo hoy abandonado sabe Dios dónde, sin mayores ansiedades que el pensar en su futuro precario, era viudo y todos sus hijos vivían con sus propias familias. Faltaban pocas semanas para que cumpliera sesenta y cinco años pero se sentía y tenía el aspecto de más de ochenta, pero ¿Cómo empezó todo? se preguntó por enésima vez.

Claro, en aquella fiesta, donde estaba tan a gusto hasta que sorprendió a la mujer que decía querer terminar sus días junto a él en los brazos de otro. Fue una gran impresión, de pronto todo su mundo erigido para ser feliz por siempre se desmoronó, desapareció, la realidad le pegó un duro golpe que estaba acabando con él; primero fue un gran mareo, después le comenzó a faltar aire, el dolor de cabeza crecía en proporción con el alcohol que consumía casi con desesperación con la esperanza de que todo fuera una pesadilla, hasta que perdió el conocimiento. Volvió en sí, en la cama de un hospital, conectado a varios aparatos y con varias agujas clavadas en el brazo por las cuales discurrían preparados, que sentía helados cuando ingresaban en su torrente sanguíneo.

Cuando dejó el hospital pertenecía al club de los hipertensos, ese maldito “asesino silencioso”, era el principio de todo. Aquella mujer se llevó su futuro, o lo que quedaba de el.

A las semanas comenzaron a dolerle las rodillas y otras articulaciones, solo buscó asistencia médica cuando le era muy difícil caminar, entonces le diagnosticaron artrosis: Después se vio forzado a usar lentes porque su visión se degeneraba muy rápidamente. Además, comenzaron a manifestarse los males que oprimen a los hombres de avanzada edad. Pero prefería dedicarle más tiempo a sus pensamientos, a los recuerdos, que a su salud. Parecía vivir de aquellos que guardaba de su última relación, los momentos vividos durante unos pocos meses ocupaban todo su espacio, tenía la esperanza de volver atrás, quería volver atrás. Quizás por eso no pasó mucho para que le diagnosticaran una depresión, de aquellas en las que las noches se volvían interminables por la ausencia del sueño y convertían sus horas de vigilia en un tormento.

Sus recuerdos se convirtieron en su aliento de vida, era más importante recordar que alimentarse, comenzó a perder peso y a desinteresarse por su salud. Pasaron pocas semanas para que le diagnosticaran, además de todo lo que padecía, una fribromialgia. quizás como consecuencia de somatizar sus recuerdos.

Los dolores lo envejecieron pronto y le redujeron su vida a una rutina reducida, como la de un condenado a trabajos forzados. La historia que había acumulado durante su vida se redujo a levantarse muy temprano y ubicarse en la misma silla durante todos los días, si bien al principio la lectura lo ayudaba mucho, ahora ni siquiera eso le interesaba, sus movimientos estaban reducidos al espacio que tenía que transitar hasta el comedor y el baño. Dependía para casi todo de una mujer que gracias a la gestión de sus hijos le atendía, se encargaba del aseo y de las comidas.

Había amanecido con un dolor en los dedos, sus males se comenzaban a convertir en impredecibles, no había día en que algún padecimiento no le apareciera o por lo menos le recrudeciera. Estaba estresado porque a sus recuerdos le agregaba la preocupación por cuál sería el siguiente malestar.

-       Maldita sea, ya no tengo futuro – murmuró fingiendo que conversaba con alguien - ¿Para qué seguir viviendo de ésta manera? Prefiero morir que vivir sin futuro.

Suspiró y le dolió un pulmón. O por lo menos creyó sentir un dolor. Así era su vida, disimular que su cuerpo padecía. Con el aire contenido y cerrando fuertemente los ojos intentó pararse, pero el dolor de sus rodillas y su columna se lo impidieron y volvió a tirarse con fuerza sobre el sillón.

-       ¿Quién fue el que dijo que la vejez era una bendición? Se ve que no llegó a viejo o no pensó en el futuro – se preguntó en voz alta – ¿Qué futuro tiene un hombre que la edad lo tiene postrado? ¿Cuál es mi futuro, Dios mío? Concédeme la gracia de conocerlo o de acabar con este sufrimiento.

Cuando iba cayendo sintió una brisa de aire frío, filoso, cortante, apenas abrió los ojos vio frente a el, enhiesto como si siempre hubiera estado allí y recién se hiciera visible, observándole, a ese hombre mucho más viejo, que creía haber imaginado alguna vez, con múltiples arrugas que atravesaban su rostro, sus brazos, sus piernas, dándole una apariencia milenaria. No se sobresaltó como lo hubiera hecho años antes, ahora todo lo tomaba con calma y con paciencia. Intentando no mostrar sus emociones lo observó mejor mientras evaluaba exactamente qué palabras usar. Fácilmente lo identificó, era un quipucamayo, lo indujo fácilmente por el gran quipu que llevaba, tenía un llauto en la cabeza de color rojo avejentado por el sudor, no llevaba borla o plumas como los incas de la nobleza pero sus orejas estaban atravesadas por tulumpis de alguna semilla desconocida cubiertas con plata, cubría todo su cuerpo con una llacolla desgastada, que daba la impresión ser lo único que lo vestía, sus sandalias de cuero crudo, ennegrecidas por el uso continuo decían que había caminado bastante.

-       Seguro que eres el futuro, mi futuro – le dijo, tratando de parecer tranquilo y acentuando la última parte de sus palabras.

-       Casi, casi. Soy El futuro, el único, el de todos, no soy exclusivo de nadie pero especial para todos – contestó el aparecido y se calló esperando la respuesta.

-       Y supongo que ese quipu tiene la historia de mi vida y estás escribiendo mi futuro – intentó adivinar.

El quipucamayo acomodó el inicio de la cuerda gruesa del quipu, que parecía estar urdida de muchos hilos de colores diversos sobre su hombro derecho mientras lo dejaba caer por su brazo de tal manera que con ambas manos podía extender la parte final.

-       Es cierto, este quipu contiene la historia de tu vida, acá están registrados los hechos importantes que te tocaron vivir, y cada nudo, el grosor y el color de cada una de estas cuerdas cuentan tu vida – agregó mientras abanicaba las diversas cuerdas de colores que conformaban el quipu.

El hombre, que era culto, que había leído mucho sobre historia y que siempre mostró especial interés por la época inca, observó detenidamente el quipu que le mostraba. Los nudos eran variados, de una, dos y más vueltas, unos cruzados y otros planos, a diferentes distancias de la cuerda principal, también tenían diferentes tamaños.

-       Bueno, supongo que ya sabes mi futuro, puedes decírmelo por cruel que éste sea – casi suplicó al quipucamayo, al mirar sus ojos percibió esa mirada, piadosa, tierna, como aquella que refleja la pena del secuestrador por el secuestrado al que se ha encariñado.

-       No, las cosas no funcionan así, este quipu registra sólo tu presente, cada una de estas cuerdas representa un ciclo, una parte de tu vida y cuando comienza un ciclo el anterior se convierten en pasado.

-       Pero yo invoqué al futuro no a un escribano – casi desesperado le retrucó el hombre – no necesito a nadie para saber qué hice y qué no hice en mi vida.

-       Me dicen, futuro, porque te puedo recordar todo lo que hiciste, solo eso, pero sabiendo lo que hiciste sabrás lo que recibirás – mientras anudaba una cuerda nueva, delgada, color tierra, o quizás blanca manchada, que sacó de un quipe que llevaba colgado al hombro y que recién advirtió el hombre – Ahora empiezas una nueva etapa de tu vida, ya sabrás que cada cuerda es para eso.

-       No lo sabía, pensé que cada cuerda delgada era una cantidad de años, una edad por la que atravesé ¿No es así?

El quipucamayo ajusto la última cuerda que había agregado al quipu y armó un nudo con un movimiento que demostraba la gran destreza que tenía para esta labor.

-       No, cada cuerda es un ciclo en tu vida, el color tiene relación con cómo te sientes durante esta etapa y la cantidad de nudos con las decisiones importantes que tomaste dentro de ese ciclo, por eso puedes tener cuerdas de un solo nudo – Entonces escogió una cuerda delgada del quipu, de color ocre y la leyó – Esta es la que nos cuenta de tu paso por la universidad, tu primer trabajo y hasta cundo falleció tu papá.

-       ¿Y por qué ese color? – preguntó el hombre alarmado - ¿No fue una buena etapa en mi vida? ¿Por qué ese ciclo empieza con la universidad y termina con la partida de mi viejo? No le veo relación alguna.

El quipucamayo se puso en cuclillas y extendió el gran quipu en el suelo mostrando su grandiosidad, sobre el contraste del piso encementado de inmediato se hicieron notorios los colores variados de las cuerdas delgadas de diferentes extensiones que impresionaron al hombre; las había moradas, verdes, amarillas, rojas, en diversas tonalidades, también pudo ver algunas negras, que no eran muchas, supuso que eran los pasajes tristes de su vida. Sí, porque habían sido pocos.

Quiso inclinarse sin abandonar la silla para tocar ese majestuoso quipu pero un dolor intenso en su columna le recordó que tenía algunos movimientos limitados. Señalando con el dedo hacia el extremo inicial del quipu indagó

-       ¿La primera cuerda es blanca y pequeña porque todos nacemos inocentes?

-       Si, es igual para todos en cuanto al color pero no el tamaño ni los nudos, como supondrás – levantó la cuerda para que se notaran los nudos y sobre todo su corto tamaño – Eras blanco y te sentías de ese color hasta que falleció tu mamá.

-       Si, fue cuando tenía tres años, ya no la recuerdo pero te diré que mi infancia continuó después de eso, no tendría por qué cambiar de color.

-       Cada cuerda registra los acontecimientos de tu vida que se originan por una decisión tuya, a excepción de las blancas, el color lo decide el estado de satisfacción con que vives esa etapa de tu vida – hurgando entre las cuerdas el quipucamayo volvió a tomar la ocre – por ejemplo ésta, se inicia con la elección de presentarte a la universidad, fue una decisión que te llevó a sentirte pleno, lleno de confianza, con ganas de hacer cosas grandes. Así te sentiste hasta que falleció tu papá, que consta en el último nudo, también registra que entonces decidiste cambiar tu actitud frente a la vida, dejaste de enfrentar la vida con el optimismo y las ganas que venías haciéndolo, entonces cambiamos de cuerda y de color. La cuerda que registra tu última decisión antes de tu muerte también es blanca.

El hombre además de la sorpresa que le causó este entendimiento analizó las cuerdas sobre el piso, contó algunas ocres más, repasó y se sintió satisfecho al constatar que las cuerdas de colores vivos, verdes, amarillas, rojas eran abundantes y sólo veía tres o cuatro cuerdas oscuras, casi negras. todas ellas cortas, con seguridad sus momentos de tristeza o de fracasos pues eran muchos menos que los de alegría.

-       Entiendo, supongo que estas cuerdas negras fueron mis momentos de tristeza.

El quipucamayo se puso de pie, se volvió a echar el quipu sobre el hombro dejando la parte final de la cuerda principal entre sus manos, lo cual le permitiría adicionar otra cuerda.

-       No, estas cuerdas negras son tus momentos de felicidad.

Con los ojos inflados por la sorpresa el hombre le exigió una respuesta

-       Pero ¿cómo es eso? ¿lo podrías explicar?

-       Ya te dije que el color de las cuerdas refleja tu estado de ánimo, la forma cómo ves la vida, cómo la enfrentas, es tu respuesta frente a una decisión, cuando eres feliz dejan de importarte muchas cosas, te aíslas, vives en una burbuja, las personas no se dan cuenta pero en alguna medida todas se vuelven egoístas cuando son felices, quieren conservar ese estado por siempre a costa de lo que sea, generalmente a costa del sufrimiento ajeno ¿No te has dado cuenta que hasta el amor significa sacrificio para uno de ambos? ¿Nunca pensaste en que la otra persona podría estar sacrificando más que tú? ¿Ni siquiera lo pensaste o no te importó? Para que un objeto se vea negro significa que no deja escapar ningún otro color, se queda con ellos, de igual forma, las personas cuando son felices se quedan con la luz de los demás, perdemos el interés por el color de los demás, está en la naturaleza humana. Entonces tu felicidad se tiene que ver de color negro. Hasta que tomas la decisión de cambiar este estado, esa decisión es el último nudo de esa cuerda, como los últimos nudos de cada cuerda. Finalmente queda registrado el pasado en las cuerdas anteriores mientras que el presente es el ciclo representado por la cuerda a la que le falta el último nudo. El futuro no existe, es el resultado de las decisiones anteriores. Y esto solo se lo explico a personas elegidas.

Entonces el quipucamayo metió la mano en su quipe con la clara intención de sacar una cuerda nueva.

Recién el hombre interpretó las últimas palabras del quipucamayo y sintió un gran temor ancestral, como el pánico que a veces se siente por una decisión mal tomada, un miedo que le obligó a cerrar los ojos y desear con todas sus fuerzas que no saliera de aquel quipe una cuerda blanca.

 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

CAELI

 Empecé el día con mucha actitud, hoy cumplo seis meses de mi separación, el divorcio está cada vez más cerca y ya tengo un par de candidatos para celebrarlo en la noche, tengo ganas de un sábado de aquellos.

Desde que me separé, después de haber soportado la convivencia con un hombre completamente inseguro, inmaduro y celoso, que pretendía decidir en todas mis acciones quitándome los espacios a los que estaba acostumbrada, comencé a recuperar esa parte de mi vida que me gustaba vivirla intensamente, independiente, con pasos seguros, sin preocuparme demasiado por el futuro, por lo menos tratando de no convertir una meta en un condicionante que gobierne mis días. ¿Por qué aguanté tanto? Cuatro años. Quizás porque me casé enamorada, o lo creía estar, o porque con mi separación temía no satisfacer las expectativas de todas aquellas personas a las que les tengo afecto, a mi madre, a mi familia. Aguanté, vaya que sí, desde antes de cumplir un año de casada, los problemas, cada vez se hacían más serios, mi madre decía que mi relación se había vuelto tóxica, con idas y venidas, pero también me recomendaba postergar algunas cosas para bien de mi matrimonio, por ejemplo un hijo.

Yo veía todo como si se tratara de un problema sólo de él, que tenía que solucionarlo él, el tóxico, no yo. Qué tonta, tardé demasiado en darme cuenta que la tóxica podría ser yo, o ambos. Cuando se presentó una de nuestras peleas en la que reconoció su responsabilidad, la aproveché para separarme, en el fondo era lo que esperaba, una ocasión en la cual la culpa era de él; en los casos anteriores tenía la sensación de ser la culpable de haber originado el pleito.

Me sorprendió lo bien que lo tomaron en mi familia, me dieron todo su apoyo, mi madre, con quien me había distanciado por culpa de mi matrimonio, comenzó a visitarme más seguido, aunque yo me forzaba a llevar el duelo todavía, mis pensamientos estaban enfocados en rehacer mi vida, recuperar el tiempo perdido, hacer las cosas que me prohibí durante mi lapso de casada.

Sin la preocupación y el estrés que te ocasiona el mal clima hogareño retomé los proyectos en mi trabajo y hace poco más de tres meses me habían ascendido a jefa de departamento, estoy atravesando por una buena etapa y me siento como en mis mejores tiempos, aquellos cuando me repetía “tengo que ser río, en lugar de ser laguna”.

Con mi ascenso llegó esta nueva oficina para mi sola, amplia, con baño propio, con un pequeño privado y bien equipada. Encendí el aire acondicionado, activé el equipo de sonido desde mi laptop, elegí un playlist de merengues y me acomodé en el ergonómico sillón ejecutivo de cuero.

Me aseguré de dejar la puerta entre abierta de tal manera que desde mi lugar pudiera ver el sofá de la antesala de la oficina. Abrí mi mochila, soy de las que prefieren mochilas y bolsos deportivos en lugar de carteras, saqué un par de avioncitos de papel, uno azul y otro amarillo, tenía algunos días practicando este modelito, lo copié de youtube, de un canal especializado en origamis. Los revisé, volví a fijar los dobleces para que parecieran perfectos, me habían salido igual a los modelos del video, eran dos avioncitos modelo F-15, bien elaborados, los coloqué en una esquina de mi escritorio, bien al borde, de tal manera que quien se sentara en el sillón de la antesala pudiera verlos sin problemas.

Me paré, fui hasta la puerta y me cercioré de que se pudieran ver, que fuera lo primero que viera quien se sentara en la antesala.

Regresé a la comodidad de mi sillón, hoy, como todos los sábados, solo se trabaja hasta la una, no hay atención al público y además de dedicarnos a la limpieza, el tiempo lo usamos para revisar los pendientes de la semana, si es que  los hubiera.

Miré mi reloj, miré el sillón de la antesala, volví a acomodar los avioncitos y tomé uno de los documentos de la bandeja de pendientes para comenzar a revisarlos.

Se me escapó un suspiro, por un instante ansié que entrara una llamada a alguno de mis teléfonos, que fuera la confirmación para una salida de sábado por la noche; durante la semana había tenido llamadas insistentes de un antiguo enamorado, pero estaba descartado de plano, el agua del río no pasa por el mismo lugar dos veces, y de un par de amigos que tímidamente intentaron convencerme para acompañarlos, en la idea que me estaban ayudando a romper el duelo de mi fracasado matrimonio. Pero el suspiro que me salió de lo más hondo, como aquellos que solía tener cuando el amor llenaba de mariposas mi estómago, pareció contener el deseo de recibir esa llamada, más bien me llenó de ansiedad por la demora de la niña que, desde que ocupé esta oficina, todos los sábados se sentaba en el sillón de la antesala; a excepción de la semana anterior, que no vino porque su madre, una empleada de mi departamento, que la traía sólo estos días, había pedido diez días de permiso.

Recuerdo mi primer sábado como jefa en esta oficina, había empezado a revisar los documentos pendientes cuando salí para dar instrucciones a algunos empleados y la vi, estaba sentada en el borde del sofá, como intentando ocultarse de que la pudiera ver desde mi sillón, hojeaba una revista especializada que difícilmente un niño le encontraría interés, me llamó la atención lo bien que estaba arreglada, tenía el cabello bastante corto pero adornado con un bonito lazo rojo que la hacían verse más pálida. Me miró directamente a los ojos, con esa mirada de respeto y admiración que sólo un niño puede transmitir.

- Buenos días señorita – me dijo, dibujando una gran sonrisa donde resaltaban dos grandes incisivos y una gran encía mientras sus ojos no dejaban de brillar.

- Hola – le contesté, extendiéndole la mano que ella recibió amablemente y poniéndose de pie – siéntate por favor - y sin mayor diplomacia continué con mis quehaceres.

Esa mañana la pasé sin salir de mi nueva oficina, me dediqué a mover muebles, tirar algunas cosas viejas a la basura, imprimir fotos familiares, en realidad mías y de mi madre acomodar adornos y útiles en el escritorio y llenar la gran credenza para que pareciera una oficina interesante; no soy muy creyente y me centré en sacar un cuadro de un santo que hasta ahora no identifico, me mantuvo ocupada hasta pasada la una de la tarde en que salí y entonces me di cuenta que la niña ya no estaba. Me detuve y comencé a revisar las revistas que se encontraban en la mesita central de la antesala, todas eran muy especializadas, me pareció más atrayente colocar algunas revistas que también pudieran interesar a los niños o jóvenes, total, no todas mis visitas tendrían por qué ser entendidos en nuestra línea comercial.

El lunes, llegué temprano a la oficina y coloqué entre las revistas de la antesala algunas de interés general, sobre todo entretenidas, que encontré en casa, dos de “National Geographic”, dos “Cosas”, dos “15 Minutos” y tres “Condoritos”, no muy recientes, las acomodé prometiéndome recatadamente renovar el material de lectura cada quince días. 

El siguiente sábado, a media mañana, al salir por café para abastecer mi cafetera recién asignada, me encontré otra vez con la niña, estaba hojeando una de las “National Geographic”, apenas notó mi presencia se paró y me saludó.

- Buenos días señorita – otra vez esa sonrisa encantadora, aunque ahora tenía una rendija de alegría en la comisura de sus labios, o algo parecido que no llegué a identificar.

- Hola preciosa ¿Cómo estás? – le pregunté sin esperar respuesta.

- Bien señorita, leyendo estas revistas que están entretenidas – miré de soslayo y me di cuenta que tenía una de “National Geographic” – si no la termino ¿me la puede prestar? – me sorprendió con su respuesta y la seguridad con que conversaba.

- Claro que si – le dije – puedes tomar cualquiera – tratando de ser agradable con ella.

- Gracias señorita, si la termino hasta mañana mi mamita la puede traer el lunes.

- Por supuesto, si no la terminas la traes tu misma el próximo sábado – le contesté deseando que me corroborara que me vendría a visitar todos los sábados.

- Es usted bastante gentil – mientras hacía un rollo con la revista y la pegaba a su pecho y su rostro se iluminaba con una luz que partía de su sonrisa.

- Me llamo Caeli y mi mamita Alessia – adelantándose a la pregunta que no llegó a salir de mi boca, otra vez me embobó su madurez mientras una oleada de confianza que nacía de su voz me atravesaba.

Caeli, me dije, debe ser uno de esos nombres que forman los padres con las iniciales o alguna sílaba de sus propios nombres o los de los abuelos, en mi familia había muchos casos, Joel por José y Elena, Mya por Marina y Alicia, Elen por Elcira y Enrique, mis propias hermanas Adalú y Nadia tenían nombres construidos así. Pero Caeli lo escuchaba por primera vez, es bonito.

Durante los siguientes minutos me contó a qué colegio iba, que su santo era en febrero. cómo estaba en los estudios, qué cursos le gustaban, qué veía en la tv; también, que tenía un hermano mayor, que vivía solo con su mamá y a su papá lo veía dos veces al año, para su santo y navidad, qué le gustaba comer y otras cosas más. Le tuve que cortar la conversación haciéndole creer que había olvidado algo, después de consultar mi reloj.

Los siguientes sábados la esperaba impaciente porque me gustaba conversar con ella, me alegraba el día, me estaba acostumbrando a su presencia para terminar bien el fin de semana, tenía la sensación de que había coincidido su aparición con las oportunidades que se le presentaban a mi vida sentimental.

Tan pronto llegar a la oficina, revisaba que las revistas fueran de interés para ella y luego ponía un playlist con canciones que preparaba durante la semana, dejaba la puerta abierta para que Caeli las pudiera escuchar, a veces tenía que cambiar uno o dos playlists para encontrar uno que le gustara, me lo hacía saber con el tamborileo de uno de sus tacos a la base del sillón. A media mañana le invitaba un jugo o una gaseosa y a veces me aceptaba un paquete de galletas que no las comía, se las guardaba, aprovechaba para conversar con ella lo suficiente como para quedar compensada todo el fin de semana.

Unos sábados atrás, antes de ir a la oficina tuve una reunión de importancia en la matriz de la empresa, con los preparativos y los nervios olvidé actualizar las revistas de la sala de espera y cuando llegué la encontré sentada en el mismo lugar, con los brazos cruzados, las revistas sobre la mesa de centro estaban desordenadas y algunas abiertas, señal de que las había revisado todas y les había perdido interés.

La saludé como siempre y me contestó amablemente, disimulando su malestar si acaso lo tenía, después del establecido jugo y galletas con una conversación intrascendente me acomodé en mi sillón para pensar cómo entretenerla pues sentía que la había desilusionado. Pero mi mente, más preocupada por los acuerdos de la reunión que antes había tenido, no encontraba la forma, o quizás ni siquiera quería pensarlo; se entrecruzaban algunos recuerdos de mi niñez con los compromisos del trabajo y pizcas de mi vida sentimental, era un espacio en el que estaba presente y a la vez no lo estaba, me controlaba mi subconsciente. Sólo se me ocurrió tomar una hoja de papel y construir un avioncito, si, un avioncito, de esos simplones que me enseñó papá cuando se le daba por jugar conmigo como si fuera el hijo varón que nunca tuvo. Y se lo regalé a Caeli.

No había visto hasta ahora esa mirada sorprendida y gozosa que sólo una niña puede regalarnos, no solo se hizo intenso el brillo de sus ojos, sino que toda ella brillaba. Se quedó muda como cuando se recibe el mejor regalo de nuestra vida, su rostro era una pintura de Wai Ming. Volví a mi oficina y fui testigo de la máxima expresión de alegría que jamás había visto en una niña.

Al principio, le daba vueltas sobre su rostro como si volara, sin desprenderse de esa fascinante sonrisa, luego se paró, lo lanzó de un lado a otro de la sala repetidas veces, lo volvía a tomar y simular despegues y aterrizajes sobre los muebles, perdió el interés en la música y hasta en la lectura. Ese sábado terminé sorprendida y la semana también terminó bien para mí, en todos los frentes de mi vida.

Los siguientes sábados hice avioncitos de papel de todos los colores, les pinté puertas, ventanas, logos de empresas conocidas, pilotos y hasta pasajeros, Caeli quedó encantada con cada uno de ellos.

Hace dos semanas, cuando cerraba mi oficina dispuesta a comenzar mi fin de semana me sorprendió encontrar todavía a Caeli, estaba acompañada de su mamá.

- Buenas tardes señora, soy la mamá de Caeli, trabajo en la sección importaciones – me di cuenta de dónde salió la sonrisa de la pequeña, mientras nos estrechábamos las manos – discúlpeme por abusar de su confianza y dejar a mi hija los sábados en la salita, es que de aquí tenemos que irnos a la rehabilitación.

- Debes ser Alessia, Caeli me habló de ti, te felicito tienes una niña bien educada y encantadora – le dije.

- Gracias, es sólo que ella quiere despedirse de usted – me dijo, sin perder la sonrisa.

- ¿Se van de viaje? – pregunté sorprendida por la noticia.

- No, para nada señora, es que el martes la van a operar y es seguro que el sábado siga convaleciente.

- No es nada serio – terció la niña, sus ojos habían perdido intensidad y el avioncito que le había armado con una hoja de papel amarillo, parecía más simplón que nunca entre sus manitos que repasaban los dobleces – el sábado siguiente si podré venir.

Leí en  sus ojos que tenía ganas de abrazarme así que abrí los brazos con las palmas de las manos hacia arriba, invitándola, y recibí aquel abrazo que me hizo sentir tan  genial como nunca, creció en mi la certeza de que hace seis meses había tomado la decisión correcta, tenía que seguir en busca de la vida que quería no resignarme a la que me ofrecían y descubrí que se puede amar tanto como a un familiar cercano a una niña que de la nada se hace trascendente en tu vida.

- Te quiero mucho, Caeli – me salió del corazón y ella me sonrió con esa sonrisa única, inolvidable, épica, eterna.

Ese mismo sentimiento me abruma mientras la espero, poco a poco la impaciencia me satura, comencé a mirar el reloj en forma compulsiva, la sigo esperando. Intento no dejar que la preocupación  me invada mirando cada uno de los bien logrados avioncitos de papel al borde de mi escritorio, imagino la sonrisa de Caeli cuando los viera ¿Cuál sería su preferido, el azul o el amarillo?. Vuelvo a mirar el reloj y ya pasó la hora en la que suele llegar.

Pienso que en realidad no es un esfuerzo grandioso el haber conseguido armar los avioncitos de papel, lo que en realidad rescato de este cometido es que después de muchos meses hago algo con verdadero cariño para alguien, espero que le gusten, que después de la operación sean un motivo de alegría para acompañar su recuperación. A propósito, Alessia nunca me comentó de qué la operarían. Qué falta de delicadeza la mía. Decido bajar a ver que noticias tiene de la niña, es probable que siga convaleciente.

Bajo el volumen del equipo y subo la intensidad del aire acondicionado antes de cerrar la puerta, llevo los avioncitos conmigo, si Caeli sigue convaleciente no tendré más remedio que pedirle a Alessia que se los entregue.

Distingo a Alessia trabajando en uno de los escritorios, está pálida y ojerosa, trae el pelo recogido y lleva aquel lazo rojo que traía su hija cuando la conocí. Qué parecidas.

- Hola – le digo y ella levanta la mirada, sus ojos tienen la misma opacidad de los que viven aferrados a una esperanza sabiendo que nunca la alcanzarán..

Toda ella es una imagen de la desolación, me quedo muda, todas las preguntas se desvanecieron en mi cerebro. Qué extraña sensación, parecida a la que sentí al tomar la decisión de separarme pero nace en otro lado de mí, más profundo, desconocido.

La expresión de su mirada me obliga a sentarme, sigo muda. 

- Ay señora – comienza Alessia en un tono lastimero – mi niña tenía un tumorcito en el cerebro causado por la cisticercosis – sentí entonces cómo todo el aire que tenía comenzó a ser expulsado lentamente, como si mis pulmones tuvieran vida propia, en una interminable exhalación destinada a nunca convertirse en suspiro – sufría de ataques de epilepsia, ya el médico me había dicho que cada ataque era más peligroso, tenían que controlarse, por eso que debía operarse urgentemente – tomó un pañuelito de papel de su escritorio y se secó una lágrima tímida que intentaba caer, respiró hondamente, reconocí en su mirada el carácter de las personas que evitan llorar aún cuando tengan un dolor profundo porque creen que ya lloraron lo suficiente.

- La noche anterior a la operación, cuando estábamos cenando, le dio un ataque bien largo, nunca había tenido uno así, dejó de convulsionar pero no abrió los ojos, parecía profundamente dormida, así que la llevé al hospital. Apenas la recibieron en emergencia me dijeron que tenían que operarla, como ya tenía su riesgo quirúrgico, en la sala de operaciones, antes de iniciar siquiera la operación Dios se la llevó para siempre.

Sentí la necesidad de odiar, hasta mis pequeñas pendencias guardadas y secretamente escondidas se convirtieron en odio profundo, odié a casi todo, un calor pérfido salía de dentro de mi y había poseído todo mi cuerpo. No se por qué le digo en tono amenazante

- Así es tu Dios…

- No diga eso señora, hay que respetar la voluntad de Dios, es una prueba más de su voluntad divina, mi niña tenía más de cuatro años sufriendo, ahora está descansando al lado del Señor – puso los codos en el escritorio y juntó ambas manos en su frente como si comenzara una oración mentalmente.

- Debió llevarse a un maleante, un asesino…o un político, no a Caeli – comenzaron a hervirme las entrañas.

Hubo un silencio prolongado, eterno, sin saber qué decir.

Alessia pareció regresar del lugar en donde se había refugiado mentalmente y como un verso aprendido me dijo

- Hay que respetar la voluntad de Dios.

- ¿Por qué éste sufrimiento? – grité, pero mi voz no salió de mi boca, la cólera la convirtió en mirada candente y la vomitó por mis ojos y Alessia lo entendió.

- Sufrimiento el de la madre macabea que vio morir a todos sus hijos, el de Job, Dios nos prueba con sacrificios, como el de Ana, madre de Samuel o el de Abraham al caminar con su hijo rumbo al altar del sacrificio – dijo ella, no le entiendo nada.

Me pongo de pie, siento que el cuerpo me hierve, salgo de la oficina y la luz del sol me agrede, tengo la mano derecha en puño, cerrada con fuerza hasta casi clavarme las uñas en la palma de la mano, voy aflojando suavemente y separando mis dedos cuidadosamente. Como dos avecillas estirándose para abandonar el nido e intentar su primer vuelo veo los dos avioncitos de papel. Los dejo caer con la esperanza de que levanten vuelo.


LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...