Como casi todos
aquellos domingos y feriados cuando me despierto a las seis de la mañana, hoy
también aprovecho unas horas para revisar mis correos y otros mensajes que
acostumbro recibir a través de internet mientras todos duermen, por lo general
tengo entre dos a tres horas de mucha tranquilidad para dedicarme
exclusivamente a lo mío. Con mi bata dominguera me acomodo en el escritorio,
enciendo la computadora y voy a la cocina por un buen café caliente y negro;
para no volver por otro café uso una gran taza que me regaló el menor de mis
hijos por el día del padre algunos años atrás.
De regreso
en el escritorio, mientras comienzo a ubicar el playlist que ahora me apetece
escuchar como compañía, advierto que a través de las cortinas de la ventana que
está casi sobre mi hombro derecho se trasluce la claridad del día, el sol ha
salido temprano, aunque estamos en la última semana de abril y el frio comienza
a apoderarse de toda la ciudad. Después de revisar mi correspondencia comienzo
a navegar casi sin conciencia de lo que busco, partiendo de las noticias que
recibo de suscripciones a páginas especializadas, esto lo hago casi automáticamente,
se que más pronto que tarde encontraré algo que se quede con mi atención.
“Mitos y realidades sobre el consumo de huevos”, parece interesante, sobre todo
que no tengo claro si mi desayuno de lunes a viernes, dos huevos cocidos a la
inglesa, con la yema un poco dura, no es nociva.
La lectura
me atrae, es bastante interesante, tiene mucha información, me atrapa. Tomo un
gran sorbo de café todavía caliente, ahuecando la boca para no quemarme, el
súbito calor me obliga a abrir la ventana aunque sin correr las cortinas, el
viento helado de esta hora me envuelve trayendo a mi mente una serie de
evocaciones y sensaciones que yacían en algún lugar de mi inconciencia en
espera de un estímulo como el de ahora.
El viento
acerado y la música que escogí para esta mañana me obligan a acomodarme en el
sillón mientras que con un escalofrío emergen evocaciones que acumulé durante
las visitas a la hacienda del tío César Cabero, pariente de mi madre, allá en
Santa María del Valle, como a una hora de Huánuco en la carretera hacia Tingo
maría. Se dibujan en mi mente tantos momentos agradables de mi niñez y
juventud, el primer viaje en bus por más de doce horas a mis diez años, con mi
hermana menor, pese al tiempo lo recuerdo con nitidez. Fueron tres los viajes
que hicimos en familia, después de esa primera vez, viajamos dos veces más,
cada uno exactamente cinco años después del anterior. El primer viaje en bus y
los dos siguientes en la camioneta roja de mi padre, una Chevrolet Blazer, que
fue mía, cuando vieja, por unos pocos años antes de cambiar de propietario; la
primera ocasión fuimos una familia de cuatro y las siguientes de cinco con el
nacimiento de mi última hermana.
El tío
César era un tipo de un metro ochenta, de apariencia atlética, de tez blanca
quemada por el sol, sus ojos eran grises, claros, característica de mi rama
familiar materna, hablaba casi a gritos gesticulando con ese dejo tan
particular de los huanuqueños y siempre vestía pantalones vaqueros con camisa a
cuadros de manga larga, cuando lo vi por primera vez tuve la impresión de
encontrarme con un hacendado, impresión que nunca se me borró.
El tío ya
tenía seis hijos, su tercera esposa, la tía Adelina, era una mujer también
alta, diría de un metro setenta, tenía el cabello negro y largo que siempre
llevaba suelto a la espalda, sería unos veinte años más joven que él, todo el
día parecía atareada y no podía desaparecer la gran sonrisa de su cara que era
el marco perfecto para sus grandes dientes, de un blanco casi perfecto y brillosos,
en aquella época poco comunes. Dos de los seis hijos el tío los tuvo con ella,
obviamente los menores; lo curioso era que el tío había tenido también dos
hijos con cada una de sus mujeres anteriores, en cada caso una niña y un niño,
claro que los de su primer matrimonio ya no eran niños, el mayor tenía
diecinueve años cuando lo conocí, se llamaba igual que el papá, su hermana
tenía diecisiete años y supongo que Josie también era el nombre de su madre, los
dos hijos de la segunda esposa, Dina y Domingo, tenían doce y diez años y los
dos menores de siete y cuatro años eran Fabio y Andrea. El tío jamás los
llamaba por su nombre sino por su apellido materno, así, los dos mayores eran
Cisneros y Cisneras, les seguían García y Garcío y finalmente estaban López y
Lópeza.
Me parece
sentir el mismo frío de las mañanas cuando salíamos temprano a pescar a orillas
del Río Huallaga, los más grandes usaban una atarraya y los pequeños usábamos
un carrizo largo, para atar unos metros de cordel con una cueca, como le
llamaban a la lombriz de tierra, ensartada en el anzuelo. Sonrío mientras
recuerdo mi primera pesca, un “huasaco” de treinta centímetros que junto a
varios “cachuelos”, pececillos pequeños como las mojarrillas, se convirtieron
en el almuerzo muy celebrado aquella vez, acompañado con licor y un guitarrista
que cantaba canciones que nunca había escuchado y que hasta hoy recuerdo.
Eran
fabulosas las tardes en que después del almuerzo nos dirigíamos todos los
varones a un afluente del Huallaga al que para llegar teníamos que caminar
cerca de una hora, no recuerdo cómo se llamaba el río o si alguna vez me lo
dijeron, el “cañón del pato”, a decir del tío César, para cazar patillos y
patos que íbamos a encontrar nadando descuidadamente. Nunca encontramos un solo
pato, al final de la tarde, el tío nos dejaba disparar la escopeta de dos
cañones contra piedras o pedazos de tronco que colocaba a no mas de cinco
metros. Una vez disparó a un panal de abejas silvestres y nos hizo correr hasta
la casa para que las abejas no nos picaran.
Eran grandiosas
también las cabalgatas de los días domingos. Tomábamos desayuno temprano, luego
ensillábamos los caballos, los más pequeños montábamos con un adulto y nos
íbamos a misa de nueve de la mañana; el regreso era una carrera, para ver quien
llegaba primero, el tío César siempre se dejaba ganar. Lo que venía después era
el cierre de la semana con un domingo de fiesta, almorzábamos en compañía de
algún invitado, que siempre traían niños de nuestra edad y nos pasábamos la
tarde jugando mientras los adultos se entretenían jugando al sapo y tomando
bastante licor.
Los
recuerdos también me trajeron las imágenes, las sensaciones de aquellos días en
que nos metíamos a una gran poza formada por la acequia de regadío que corría
por el límite más lejano de la propiedad del tío, llevábamos una cámara
parchada de la llanta de una camioneta y después de inflarla a puro pulmón la
usábamos para construir nuestro circuito de canotaje por las aguas tranquilas
de este no muy profundo brazo de agua. Para un niño que procedía de la capital
esto era aventura pura.
Y no podía
olvidar los desayunos que el tío nos obligaba a tomar, pan fresco y caliente
que todos los días le traía un panadero, a veces en bicicleta, otras en
motocicleta y hasta en burro, panes horneados con leña a la manera de la Sierra,
acompañados de un jugo de maracuyá recién cosechado de las enredaderas que
producían un aroma increíble o de papaya, endulzados con chancaca de la casa, tajadas
de queso fresco y grandes filetes de carne de res o de cerdo montados con un
huevo frito que nunca faltaban, completaban el desayuno. Los domingos se
reemplazaba el jugo por un tazón de avena con leche o un jugo especial de
lúcuma. Al finalizar cada desayuno el tío César obligaba a sus hijos, cosa que
el también hacía, a comerse un huevo crudo, que mis hermanas y yo rechazábamos
hacerlo.
-
No saben lo que
se pierden sobrinos – nos decía ante nuestra negativa – un huevo crudo al día
te hace fuerte, sano, atlético y además es bueno para el desarrollo, ustedes
serían más altos si se comieran uno al día, yo fui criado así, a la antigua,
como los campesinos, comiendo un huevo crudo al día – y lanzaba una carcajada,
que no se por qué la comparé con los eructos de los vikingos después de beber
un jarrón de licor, que vi hace poco en la televisión.
Claramente
no es un recuerdo desagradable, casi lo había olvidado, pero ahora me parece
escuchar la carcajada de ese hombre bueno, noble, que no pretendía burlarse de
nosotros sino dejarnos una lección para toda la vida.
Cada una
de las tres visitas a la hacienda del tío Cabero pasan por mi mente, vuelvo a
tomar unos sorbos del café que se resiste a perder su temperatura, me acerco al
monitor de la computadora y reviso algunas publicaciones, luego me vuelvo a
estirar y comienzo a evocar acontecimientos de la última visita a Santa María
del Valle.
En aquella
ocasión yo tenía ya veinte años, el mayor de los primos Cabero veintinueve y la
menor catorce. Después de esa visita, junto a mis hermanas, no recuerdo
exactamente a quién se le ocurrió, les pusimos a los primos “los tronquitos”,
debido a su apariencia, todos ellos medían entre un metro sesenta y un metro
sesenta y cinco, eran de contextura gruesa, se notaban fornidos sin que se les
pudiera calificar de gordos; lo curioso era que todos eran hijos de padres de
estatura alta.
En esa
última visita, por primera vez participé de una de aquellas noches en la
“ramada” construida bajo las plantas de maracuyá similares a los que se
construyen en la costa bajo grandes parras de las que cuelgan serenos racimos de
uva en proceso de maduración; en estas reuniones, en la que después de haber
pasado una tarde jugando al sapo, los mayores continuaban sus conversaciones
regadas por el ron artesanal que se producía en la hacienda, donde las
carcajadas se prolongaban hasta bien entrada la noche, bajo la luz de lámparas petromax ahora
reemplazadas por un par de luminarias atraían polillas e insectos desconocidos
que el pleno vuelo eran cazados por murciélagos que no dejaban de revolotear.
Qué agradable era conversar de todo con el tío y los primos, siempre intentaba
prolongar todo lo posible las conversaciones midiendo mi consumo de licor.
La última
reunión quedamos hasta el final solos el tío César y yo. Recuerdo cada una de
sus palabras casi letra por letra.
-
¿Sabes por qué me
casé tres veces? – me dijo, mi silencio lo empujó a continuar – siempre quise
tener hijos altos, más altos que yo, escogí mujeres altas para conseguirlo,
pensé que con más de una aumentaba las probabilidades.
Encendió
un cigarrillo, le dio algunas aspiradas como si el humo fuera necesario para
ordenar sus ideas, se movió en su sillón de paja y continuó aunque sus palabras
ahora tenían un tono que interpreté como tristeza.
-
Hasta planifiqué
el sexo de mis hijos, el primero en nacer se lo dejé a la voluntad de Dios,
pero el segundo no, con cada una de mis esposas usé un método que leí en un
libro y vaya que conseguí lo que quería – volvió a aspirar profundamente el
cigarrillo – pero siento que en algo fallé, algo molestó a Dios, hasta ahora no
encuentro que puede ser, tus primos, son el castigo de Dios, que acepto aunque
me duela, Dios los dejó casi enanos.
-
Pero no te
preocupes tío, mis primos son bajos pero jamás los calificarán de enanos –
recuerdo haberle dicho – tus nietos de seguro que van a salir altos, está en
tus genes, además, no creo que hayas hecho algo tan malo para que Dios
prolongue su castigo, si es que fuera el caso – terminé a manera de consuelo.
Recuerdo
la expresión de su cara cuando me dijo
-
No cambiaría nada
por la felicidad que ellos me dan, no reniego de la voluntad de Dios, pero no
estoy seguro si puedo considerar que mi vida sea exitosa.
El frío se
mete a través de las cortinas y me alcanza como una flecha lanzada desde muy
lejos y que da en el blanco. Tomo apurado los últimos sorbos de café para que
no se enfríe, arrastrando el sillón con mi cuerpo me acerco al monitor y vuelvo
a leer mi descubrimiento de esta mañana: “…la Avidina es una sustancia
contenida en la clara del huevo que, se ha probado hace treinta años, su
consumo prolongado inhibe el crecimiento. Sus efectos se anulan con las
temperaturas de cocción…”.
Dios no
nos castiga, él deja que nos castiguemos, pensé.