LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

sábado, 29 de agosto de 2020

CHOCOLATES PA MI PRIMO

 Se acomodó la mascarilla más por causa del frío viento que parecía haber escogido a propósito correr por toda la avenida Los Próceres que por una real conciencia de seguridad, a sus diez años no comprendía perfectamente la gravedad de la pandemia ni lo que significaba contagiarse. Había calculado su viaje hasta el Hospital del Niño preguntando a sus amigos, era la primera vez que se alejaría tanto de su casa solo, inicialmente pretendió usar el tren eléctrico pero cuando comprobó que el control era mayor para impedir que los niños menores de catorce circulen sin sus padres en las estaciones del tren, decidió viajar en la línea “E”, que él conocía como “los morados”. Palpó en el interior de su bolsillo las monedas que usaría para viajar mientras que con la otra mano presionó debajo de la casaca cortavientos asegurando la bolsa de plástico que contenía el tesoro que había conseguido reunir durante cuatro meses.

Parado en una esquina esperaba el micro junto a un grupo de personas, cada uno concentrado en sus problemas, cada uno preocupado de mantener la distancia, pero todos dispuestos a olvidarse de las precauciones con tal de viajar rápido. Los miró de uno en uno tratando de identificar a algún conocido del barrio y le sorprendió lo parecidas que resultaban las personas cuando se cubrían medio rostro, lo desconocido que se podía hacer cualquiera sin necesidad de ocultarse y cómo se perdía la expresión del rostro. Le atribuyó alguna propiedad mágica a los cubrebocas porque conseguían que todos tuvieran una expresión muy parecida, triste, melancólica, con mirada vidriosa, sin esperanzas, sin alegría. Prefirió concluir que esto sería el resultado más bien de la permanente zozobra por evitar el contagio. El COVID 19, con su amenaza mortal había venido no solo para dejar muerte sino también para llevarse la alegría, la frescura, la esperanza de los rostros y dejarnos a todos como los zombies que tanto le gustaba ver en la televisión.

Subió al micro confundido entre la gente apurada, nadie le tomó en cuenta, se dejó caer en el asiento del fondo, ancho y cómodo, donde podían sentarse hasta seis personas pero ahora solo lo hacían tres. Aseguró el paquete que llevaba bajo la casaca y separó dos soles cincuenta para el pasaje, que era lo que los amigos del barrio le habían dicho costaba.

Contemplando el rápido paso de los edificios por las grandes ventanas comenzó a adormecerse y algunos recuerdos quisieron asomar en su memoria, parecía que el sueño lo vencería, cosa que quería evitar para no pasarse del destino, aunque sabía que era un viaje largo; entonces el sonido de las monedas tintineando en las manos del cobrador le volvieron a la realidad, le entregó dos soles cincuenta por el pasaje pero el cobrador le siguió mirando esperando que le dijera hasta dónde iba.

-       Hospital del niño – dijo, pretendiendo una voz más gruesa y sin atreverse a mirarle a los ojos.

-       Hospital – dijo el cobrador mientras arrancaba un boleto con mucha destreza de uno de tantos taloncitos que llevaba en la mano y se lo entregaba.

La cantidad de talonarios con boletos que había acomodado en una mano el cobrador le llamó la atención, parecía una suerte de tahúr jugando con las cartas antes de lanzar la que significaba ganar o perder.

 

Para Moisés, la vida como hijo único y abandonado por su padre no había sido tan sufrida como es frecuente en estos casos, sobre sus diez años se notaba el trabajo de su madre como mujer sola al mando del hogar sin un marido a su lado, se tendría que tomar como exitosa, tenía una existencia feliz, por lo menos para el. Frecuentemente cuestionaba la mala suerte de no tener un hermano más que la falta de un padre, la vida escolar le había hecho sentir esta ausencia con mayor notoriedad. Sentía envidia de aquellos compañeros cuando se referían a sus hermanos, se sentía vacío, incompleto, intrascendente por la falta de amor filial, mientras que, el amor por su padre lo había sustituido por completo con el cariño a su mamá. No necesitaba querer a su papá, para qué.

Había llegado a los diez años solo, inventando personajes imaginarios con quienes llenaba sus horas de juego que de otra manera hubieran sido vacías, se había acostumbrado a la compañía etérea de amigos inexistentes que le aconsejaban coincidentemente las mismas cosas en que pensaba.

Había encontrado que los momentos más difíciles del día eran aquellos instantes previos a levantarse y después de acostarse, antes de conciliar el sueño, era entonces que una melancolía fría que trasuntaba las sábanas y cobijas, una pena que equivalía a las esperanzas rotas que pueden atormentar el alma de un niño lo invadían y, aunque luchaba contra ello le condicionaban el día, peor si durante el colegio o algún encuentro con los amigos se hacía una referencia a los hermanos.

Cuántas veces trató de encontrar culpables de que su vida fuera así. ¿Quizás su madre? ¿Su ausente padre? ellos debieron prever que la vida no era fácil para un hijo único ¿Quizás él mismo? por dejarse abrumar por la necesidad de un hermano que lo apoye, que lo oriente, o porqué no, a quien enseñar, a quien proteger, a quien contarle cada uno de los secretos que ahora guardaba y no sabía para qué ¿No es mejor tener un secreto compartido con un hermano?

Todo lo que sabía lo había aprendido por propio esfuerzo, con sus riesgos, enfrentando al barrio, al colegio, de la manera que su madre le había enseñado, la única con la que un niño resuelto podría atreverse. El barrio le había moldeado el carácter y el espíritu y su madre lo había encausado dentro del camino por donde debe transitar una persona de bien. Era considerado por la pandilla como un compañero con futuro a quien se tenía que cultivar y preparar, así se sentía, y se había comprometido a no defraudar esa consideración con su “mancha”, casi toda la pandilla estaba conformada por niños que bordeaban los quince años, todos mayores que él.

La vida con su madre, provechosa, pese a que nunca había sentido mayores necesidades, no había dejado de tener el sufrimiento que acarrea ser hijo único en una familia disfuncional. A su papá lo había reemplazado con los amigos, los tíos y los compañeros de clase, pero no había podido reemplazar la falta de un hermano.

Quizás esta necesidad fue la que hizo que se encariñara con Gabriel.

Gabriel era su primo, hijo de la hermana de su mamá. Lo había conocido unos meses atrás, en enero, cuando ambos llegaron de Cerro de Pasco y se alojaron en su casa mientras su tía, profesora, realizaba unos trámites ante el ministerio de educación.

De inmediato congeniaron, aunque Gabriel tenía un hermano y una hermana parecía haber encontrado el primo perfecto en Moisés, a él le confió muchas cosas que no había confiado a sus hermanos.

Fueron las mejores vacaciones de sus vidas pero fue Moisés quien más las disfrutó, para él eran las primeras vacaciones con un compañero permanente, casi a dedicación exclusiva, como un ensayo de lo que sería la vida con un hermano.

Se dedicó a él. Las noches se volvieron divertidas pues se acostaban tarde porque aprovechaba hasta el último minuto que les permitían sus padres para ver televisión comentando o explicándole a Gabriel los detalles que veían, pues en Cerro de Pasco no tenían televisión por cable. Sus horas de sueño se habían acortado pues se despertaba impaciente por levantarse y comenzar el día de aventuras al lado del nuevo primo, había dejado de sentir el frío que antes sentía al cobijarse en la cama.

Apenas terminado el desayuno se ponían a ordenar y asear la casa acompañado siempre de Gabriel, conforme le había enseñado su mamá, después hacían los mandados corriendo a la tienda o al mercado de Ciudad de Dios, que quedaba a cinco cuadras de la casa y siempre terminaban rápido para tener más tiempo para “sus cosas”.

Moisés trataba siempre de enseñarle algo nuevo a su primo, le agradaba ver como se mostraba sorprendido por cosas tan triviales como las técnicas para “gorrear” un carro, el esperar después de un rompe muelles o de algún bache grande para subirse y agarrarse de los parachoques posteriores del carro y viajar colgado hasta el siguiente bache o semáforo en donde tenían que bajarse evitando que los choferes, especialmente cobradores, se dieran cuenta.

Les gustaba subir al tren eléctrico y cruzar Lima muchas veces de ida y vuelta por el costo de un pasaje, Moisés había memorizado las estaciones en las que se podía cambiar de sentido de viaje sin abandonar las instalaciones, esto lo habían hecho muchas mañanas hasta que el hambre los hacía regresar a casa para almorzar.

Durante algunas mañanas también acompañaban a sus mamás al mercado de Ciudad de Dios, para ver a las “hermanas verdura”, dos simpáticas muchachas de trece y quince años que ayudaban a su mamá en la venta de verduras, ellas, ni bien ver llegar a Gabriel comenzaban a llamarlo “novio” o “colorado”, destacando los extraños ojos celestes, aunque tristes, que tenía. Gabriel era uno de los integrantes de la familia materna que había sacado los ojos celestes de su abuelo, aunque la mirada triste era exclusiva de él; además tenía la cara llena de pecas,el cabello casi rubio y ensortijado.

Durante muchas tardes se habían dedicado a pasear en la bicicleta de Moisés a la que tuvieron que acomodar un par de tubos en la corona posterior para poder andar juntos habiéndose aventurado a pedalear hasta los cerros que limitaban con Lurín en donde  chapotearon en los pocos canales que quedaban y después de atrapar lagartijas y algunos alacranes, las soltaban por las tardes en un parque cerca de su casa antes de ir a tomar el lonche; en estas visitas a las zonas casi campestres de Lima, Moisés le enseñó a su primo el arte secreto de hacer “hondas” o “jebes” para cazar palomas utilizando una cámara de bicicleta vieja, y se divertían haciendo “tiro al blanco” con latas y botellas que recogían de entre la basura, que era también abundante por esa zona. Se habían esforzado mucho en intentar cazar alguna paloma pero solo habían conseguido victimar un par de gaviotas, que finalmente resultaban un blanco fácil cuando se encontraban amontonadas entre los basurales.

Los sábados después del almuerzo caminaban unas diez cuadras hasta una carpa al costado de un colegio donde se dedicaban a interminables horas de lectura de historietas y “chistes” pagando treinta céntimos por el alquiler, solían ponerse uno a espalda del otro para intercambiarlas después de haberlas leído y pagar menos. Para conseguir el dinero, cuando los mandaban a comprar en la tienda de la esquina ellos se iban corriendo hasta el mercado conseguían las cosas más baratas y se quedaban con la diferencia.

Los primos disfrutaban juntos cada momento del día, eran reclamados para “pelotear” junto a la pandilla pues con Gabriel completaban dos equipos de seis que se enfrentaban en épicos partidos en la canchita de “La Estaca”, la iglesia Mormona del barrio; también lo eran para sentarse en cualquier vereda y dejar pasar las horas mientras se conversaba de todo y se agarraba de punto a alguien para “hacer hora”; para sentarse en las tardes en las gradas del Instituto de Capacitación Municipal, esperando que llegue la noche y “cochinear” a las muchachas que salían, en su mayoría empleadas del hogar y para ir a las fiestas infantiles en las que eran los más bailarines y “armaban” la jarana causando la algarabía y admiración de los otros chicos.

Los días pasaron volando como pasan las horas cuando estás en buena compañía, hasta que llegó la despedida al terminar la primera quincena de marzo.

Esa mañana amaneció nublada en el corazón de ambos primos, en las calles todavía hacía calor, parecía que evitaban hablar entre ellos, ya durante la noche previa se habían puesto de acuerdo de cómo se iban a comunicar, hicieron planes para cuando se volvieran a ver durante las vacaciones del mes de julio, ya sabían que la mamá de Gabriel tenía que regresar a Lima por asuntos profesionales, y habían conversado hasta después de que cantó el gallo anunciando el nuevo amanecer.

Cuando partió el bus llevándose a su tía y a su primo Moisés sintió una pena tan profunda como nunca había sentido, las lágrimas que rodaron por su cara hasta la comisura de sus labios le parecieron más saladas que nunca. Se extrañó pues como hijo único criado por una madre luchadora se había prometido que sólo lloraría cuando ella muriera. Y por nadie más.

El viaje en la mototaxi junto a su madre de regreso a casa fue en absoluto silencio, ambos miraban hacia la ventana de su lado, parecía que no querían cruzar sus miradas.

Cuando se encontraron dentro de la casa ella le dijo:

-     ¡Qué triste parece la casa ahora! -

El le contestó, secándose las lágrimas con la manga de la camisa sin que ella lo viera y ocultando una mascarilla humedecida que siempre llevaba cuando salía a la calle.

-     Ni creas...

 

Llegó el mes de julio, julio de fiestas patrias, de mensajes presidenciales, de desfiles, de circo, de vacaciones, pero también de creciente pandemia. Todos los viajes se postergaron y con ellos muchas esperanzas, muchos encuentros, muchas despedidas, muchas ilusiones.

 

Dos días antes había escuchado a su madre conversando por celular con la mamá de Gabriel, le oyó decir que era una pena lo que había pasado, él no comprendía o prefirió no comprenderlo, pero se enteró del resto de la conversación haciéndose al dormido. Así pudo saber que llegarían en la mañana, pero se irían de frente al hospital del niño, calculaban que su llegada sería a las cuatro de la mañana. Entonces decidió que tenía que ir a verlos, tenía que saludar a Gabriel, contarle cómo había aprendido a bailar salsa, contarle que ahora tenía una pelota y zapatillas Adidas® como la mayoría de muchachos de la patota, enseñarle el celular que su mamá le había comprado y los juegos que había descargado, hasta le prestaría el celular todo el día para que aprendiera.

¡Ah! pero decidió que llevaría los dulces que con tanto esfuerzo había acumulado. A Gabriel le gustaban mucho los chocolates Sorrento® y los CuáCuá® y juntando centavo a centavo, guardando los vueltos y los pasajes que le quedaban y la propina que su mamá le daba había conseguido comprar de uno en uno una bolsa con estos chocolates además de caramelos y otros dulces que recibía en las fiestas infantiles. Al principio su mamá se preocupó, cuando le veía con chocolates y dulces que guardaba en los bolsillos de los que nunca encontraba los restos que indicaran que los había comido, hasta que un día mientras hacía limpieza encontró entre las tablas de la cama, debajo del colchón, varias bolsas acondicionadas que guardaban chocolates y dulces que Moisés había juntado, por el calor algunos se habían derretido y embarrado una parte de su contenido, ella, en su afán de limpiar, abrió las bolsas y arrojó a la basura los que consideraba malogrados, no tenía idea del propósito de su hijo. Cuando Moisés se enteró se enfadó con su madre, pero luego de calmarse le confesó que eran dulces que estaba juntando para la visita de Gabriel, eran para él.

 

Moisés se bajó del “moradito” entre un grupo de personas, todas parecían ir en la misma dirección, se dejó llevar por este pequeño tropel. Cuando llegó al hospital no supo qué hacer, deambuló durante una hora entre grandes salas de espera y pasadizos hasta que llevado por su intuición calculó que se encontraba en el hall por donde todos tenían que entrar o salir, el cansancio le obligó a sentarse en una gran banca pegada a la pared.

Estaba cavilando qué hacer o simplemente dejaba pasar el tiempo cuando advirtió la silueta conocida de su tía, contento se levantó y fue hacia ella, la abrazó y sintió caer sobre su hombro algunas lágrimas. Pensó que su tía también se encontraba emocionada como él por este encuentro. Ella, dejó las cosas que tenía en las manos sobre un macetero sin plantas, le tomó la cara con ambas manos y acercó la suya: Allí estaban los mismos ojos de Gabriel. ¡Gabriel!...¿porqué no estaba con ella?. Quiso preguntarle pero entonces reparó en lo que le estaba susurrando al oído.

Todo su ser se paralizó, luego comenzó a temblar repentinamente, Moisés se había prometido no volver a llorar y no tuvo la sensación de estar haciéndolo pero entonces porqué ese sabor entre los labios. Su cabeza se llenó de recuerdos y momentos que aparecieron violentamente como el flash de una cámara, sabía que los estaba repasando para grabarlos para siempre, para eternizarlos, para guardarlos en su memoria y disfrutarlos en cualquier momento, para que nunca se escaparan.

Las palabras de su tía le atravesaban por todos lados haciendo difícil entenderlas, además de que la voz entrecortada de una madre triste las convierte en filosas espinas que vuelan y te traspasan una y otra vez.

¿Cuando tiempo estuvieron abrazados o atados por un llanto mútuo? Era imposible calcularlo. Solo entendió lo necesario. Nunca más vería a Gabriel, no volvería a disfrutar de aquellos momentos que pensaba repetir, jamás tendría el hermano que quería, la imagen de Gabriel que encajaba perfecta en esa silueta del hermano ideal se desvanecía, solo quedaban sombras, dolor, mucho dolor.

Había salido del hospital y caminado casi inconscientemente por la avenida Brasil hasta la plaza Bolognesi, le dio algunas vueltas mientras esperaba que sus ojos dejaran de llorar como si las lágrimas estuvieran limitadas a una capacidad que el intentaba alcanzar.

Ya había oscurecido cuando decidió cruzar la pista hacia el paradero del “moradito”. Dejó pasar dos o tres porque estaban muy llenos y quería ir sentado. Había decidido subir en el próximo. Se limpió la cara levantando la camisa y acomodándose la mascarilla porque las mangas las tenía muy húmedas y se dio cuenta que tenía la bolsa con dulces y chocolates que había juntado para Gabriel. Se desconcertó por un instante, quizás su tía se los habría recibido.

Entonces se dio cuenta del niño que se encontraba a su lado.

Como todos llevaba una mascarilla, pero a diferencia de aquellos su rostro tenía una expresión, mejor dicho sus ojos, de profunda tristeza, le hicieron recordar la extraña y triste mirada de Gabriel, quedaron mirándose inmóviles durante interminables segundos.

Extendiéndole la bolsa le dijo:

-       Toma, te los regalo - y subió casi corriendo al “moradito”.

 

jueves, 30 de julio de 2020

MORENA O UNA HISTORIA COMÚN


Hubo un tiempo en el que fui supervisor de una gran empresa, una de las primeras y principales franquicias instaladas en Lima, en la que pese al puesto que ocupaba, más cerca de la primera línea que de las gerencias, tuve tiempo para conocer historias de personas que terminan por convencernos que mucho de la literatura fantástica o mágica-real es una realidad que a veces ocurre en nuestras narices, pero también, de aquellas cosas casi intrascendentes que pasan muy cerca nuestro y que arrastran tras de si impresionantes historias de personas, de vidas, de situaciones increíbles por tan básicas pero trascendentes para quienes les tocó vivirlas, historias sorprendentes que están allí pero no lo sabemos.
Pese a tener pocos años trabajando fui muy afortunado al vivir uno de los eventos más tradicionales de la empresa, una renovación de personal de planta. Era una política establecida que los gerentes y empleados de alto nivel extranjeros se renovaban cada dos años, provenientes de algunas de las plantas generalmente en Estados Unidos, mientras que cada diez años se hacía una selección de personal para reemplazar a los que se habían jubilado y a los eventuales contratados por alguna emergencia, todos obreros y empleados de nivel operativo, de los cuales siempre más de la mitad eran previamente seleccionados en el interior del país. En mi caso, había ascendido a supervisor recientemente y fueron asignados a mi responsabilidad quince “calichines”, como solíamos llamarlos los trabajadores más antiguos, eran cinco señoritas y diez muchachos, todos ellos tenían que ser entrenados bajo mi supervisión.
Han pasado muchos años desde aquella vez y ahora recuerdo todas las historias que trajeron consigo y aquellas que se construyeron durante el tiempo que trabajé con ellos, fueron muchas e increíbles, sin embargo, siempre recuerdo una en particular, la de Morena Morales, quizás porque fue una de las primeras en las que me tocó representar mi papel de supervisor y jefe.
La política era que todos ellos serían asignados a las labores de producción, en estas áreas se formaban dos grupos de trabajadores, nosotros los llamábamos los “punches” y los “burócratas”. Los primeros eran llamados así porque eran los operarios de las máquinas de la empresa, eran quienes tenían la responsabilidad de mantener la producción constante de la empresa y trabajaban en tres turnos rotativos quincenalmente de ocho horas, mientras que los “burócratas”, tenían a su cargo las tareas de apoyo para que la producción no se detuviera, tenían un horario de oficina cuya entrada era entre las siete y diez de la mañana y la salida ocho horas y cuarenta minutos después, es decir si un trabajador elegía entrar a las diez su hora de salida era minutos antes de las siete de la noche, ellos trabajaban ocho horas más el tiempo de su refrigerio.
Morena Morales era una jovencita que no aparentaba tener veinticuatro años, parecía de diecisiete o dieciocho, era bonita, mas bien callada, muy dedicada a las tareas que se le asignaba y me había pedido que le asignara el turno de entrada a las diez de la mañana porque pretendía estudiar diseño y marketing, lo conversamos y accedí, pese a que mi política era asignarles el horario desde las siete de la mañana a todos los “calichines”. No era yo un jefe de buen carácter, todos los que estaban a mi cargo me consideraban un jefe drástico, de pocas palabras, recto, que no aguantaba pulgas. Quizás esta muchacha fue una oportunidad que tomé para que la gente humanizara más mi imagen y dejaran de mostrarse temerosos cuando conversábamos.
Después de unos tres o cuatro meses me encontré con Morena en el comedor, ella estaba sola en una mesa para cuatro personas y me senté a su lado; cuando era yo el que estaba solo nunca se sentaba nadie en mi mesa, por eso que siempre que visitaba la cafetería prefería ocupar una mesa en la que ya había uno o dos trabajadores con la intención de que percibieran que ser recto y disciplinado no significaba ser malvado.
-      ¡Qué tal! ¿Cómo van los estudios – pregunté para entrar en confianza con la chica, a la que escruté bien y con agrado me di cuenta que en realidad era una mujer muy bonita.
-      Bien – me dijo – aunque debería esperar las notas finales de este primer ciclo, pero por el momento todo bien.
-      Qué bueno, tienes que tener presente siempre que es una inversión, tu inversión, para tu futuro – siempre yo tratando de dar consejos para la posteridad.

Así fue como iniciamos una larga conversación en la que me contó gran parte de su vida, me enteré que era la única mujer de tres hermanos, que cuando tenía dos años sus padres se separaron, sus dos hermanos se fueron a vivir con su papá mientras ella quedaba al cuidado de su madre y que antes de cumplir los ocho su mamá se volvió a casar con Augusto, un ingeniero divorciado y con un hijo que estudiaba en un colegio tipo internado. Me reseñó que sus problemas comenzaron apenas cumplir los catorce años, cuando el hijo de su padrastro, Frank, comenzó a molestarla, se mostraba muy interesado en ella y aprovechaba cualquier ocasión para intentar declararle su admiración por su belleza, su amor infinito y tentarla o restregarse en ella, cuando lo acusó con su madre ella le pidió que no le dijera nada a su padrastro porque conversaría con ambos para corregir esta situación. Pero nunca hubo un cambio, por el contrario los arrestos de Frank se hacían más seguidos y se vio obligada a capear esta situación por bastante tiempo, a los dieciséis huyó de su casa y se fue a vivir con su abuela paterna.
Me enseñó las fotos de sus redes sociales y me mostró a toda su familia, así conocí a su padre, que vivía en la selva, a sus hermanos que ahora estaban casados y tenían familia, a su madre, de quien había heredado mucho de su alborozada belleza, a su padrastro y a su hermanastro Frank. Me mostró la foto del medio hermano y abundó en detalles comentándome que hacía un año se había recibido de médico y que pese a haberse casado y tener una hijita de pocos meses aún seguía acosándola, la llamaba casi todos los días y hasta en las madrugadas, prometiéndole que seguiría enamorado de ella toda la vida y que solo esperaba un si para correr a su lado; claro que ella nunca quiso nada con el pero entendió que mejor era “hacerse a la loca” que darle mucha importancia al asunto.
-      ¡Pobrecita! –recuerdo haber pensado, pero no lo dije porque no estaba seguro de cuál sería su reacción. Aquella reunión la terminamos intercambiando nuestras redes sociales, cosa poco frecuente con mis subordinados.
Unos meses después de este evento ella vino a mi oficina y me pidió oficialmente dos días de permiso a partir de esa misma mañana, se notaba un poco consternada y nerviosa, no mencionó el asunto pero dijo que era muy importante y urgente; sin ningún problema accedí y me ofrecí a ayudarla en todo lo que fuera necesario para solucionar el asunto que la aquejaba e intenté aprovechar este encuentro para darle más consejos para la posteridad.
-       He notado que has cambiado tu horario y estás entrando a las siete ¿Terminaste tu ciclo? ¿algún problema.
-       No, ninguno, lo que pasa es que he tomado cursos en la noche y prefiero  salir temprano para prepararme – me contestó sin alterarse.
-       Otra cosa, algunos chismosos me han dicho que estás saliendo con el sub gerente de producción, te han visto en su carro varias veces ¿sabes que el es casado, no?
Se sonrojó y su rostro más que expresar sorpresa expresaba un gran desconcierto y un desencanto como si jamás hubiera esperado esa pregunta de mi; me arrepentí de haberla hecho, me dolió verla desamparada, sola, luchando contra los comentarios de algunos chismosos y el permanente acoso de su hermanastro. Para intentar corregir la situación le dije:
-       Si tienes algún problema solo dímelo y te ayudo, cualquier cosa...
-      Muchas gracias jefe, pero es algo que solo yo puedo solucionar – y salió apurada como quien va a enfrentar la pelea final de su vida.
Ese día me sentí sucio, urgido de un buen baño y apenas culminé mi horario salí disparado a casa en busca de ese anhelado duchazo.
Cuando me dirigía al estacionamiento fui testigo de un suceso, vi a  Morena Morales, junto a un hombre unos años mayor que ella, parando un taxi en la esquina, ella iba contrita sosteniendo una gran cartera contra su pecho con ambas manos, a su lado el hombre, con un pantalón verde agua, chaqueta blanca y con un maletín colgado del hombro, definitivamente indumentaria de hospital, apuradamente transaba con el chofer del taxi antes de subir. A lo lejos distinguí la figura del hermanastro, era Frank, estaba igual a las fotos que me había mostrado Morena, se le notaba abusivo, imponente, déspota, inicuo, acosador tal como me lo imaginaba; antes de subir al taxi Morena se le acercó intentando claramente darle un beso de despedida pero él le puso una mano sobre el hombro para mantenerla alejada. El taxi partió y me apresuré a darle el encuentro a aquel abusivo.
-       ¡Hola, que tal! Tú debes ser el hermano de Morena – le dije a manera de saludo.
-       Si, el mismo, mucho gusto, Frank – estirando una mano y esperando que me presentara.
-       Soy su jefe y ella me ha contado algunos problemas que la tienen intranquila – le dije mientras examinaba su rostro en busca de una expresión que me permitiera interpretar su estado de ánimo.
-       ¡Ah, caramba!...entonces le sugiero que le de un par de días más de permiso.
-       Si claro, para que abuses de ella y sigas acosándola, para que te tires como un animal de presa sobre su víctima y saciar sus instintos, para que te aproveches de una mujer joven y sola…acosador de mierda… - pensé decirle.
Frank me seguía mirando con sus ojos profundos y oscuros, sin fin, cansados, y entiendo que la expresión de mi rostro eran el reflejo de ese odio que acababa de descubrir contra el, me imagino las interrogantes que acudieron a su mente en ese momento.
-       Pensé que trabajabas en provincias – le dije, intentando hilvanar una conversación.
-       Así es, tuve que venir de emergencia hoy por el llamado de Morena, hace casi dos años que no nos veíamos.
-       ¿Por el llamado de Morena o porque no puedes controlar tus instintos?...bestia – lo callé otra vez, mis labios no se movieron.
Continuó mirándome y después de exhalar un suspiro con el cual pareció irse parte de su cansancio me dijo como evitando que alguien lo escuchara.
-       Por favor concédale dos días más de permiso. Vine a ayudarla por que está en cinta…bueno…ya no lo está  más.


lunes, 6 de julio de 2020

LOS NUEVOS CAMPEONES

Estaba apurado, la entrevista para la cadena MBC Sports había demorado demasiado, se sentía un poco molesto pues pensaba que por ser una empresa coreana la entrevista pactada dos meses atrás tendría que haber sido más fluida, sin embargo, se presentaron algunos inconvenientes que alargaron el evento y regresaba a su hotel con cuatro horas de retraso.
Al llegar se encontró con un grupo de periodistas locales y tuvo que declarar por media hora más y cuando por fin pudo subir al piso donde estaba concentrado su equipo respiró con tranquilidad al comprobar que todos los jugadores se encontraban en sus habitaciones, se dirigió a su suite dispuesto a dormir hasta tarde, pero primero se daría una remojada en el jacuzzi.
Con pocas ganas dejó el agua tibia para acostarse, sentía tan bien el hidromasaje que envolvía su cuerpo con potentes chorros de agua que era un sacrificio desistir de este placer, después de acomodar la ropa deportiva que usaría el día siguiente se puso el pijama y se acomodó en la gran cama King size apenas cubierto por una sábana y mientras se persignaba y oraba casi rutinariamente revisó los mensajes de su celular, más pedidos de entrevistas, felicitaciones para el y sus jugadores, algunos mensajes subidos de tono, todo lo que usualmente recibía. Apagó el celular y se arrellanó entre un grupo de níveas y grandes almohadas, cinco o seis y cerró los ojos para dormir, mañana tendría un día ajetreado.
Si, mañana. No pudo evitar la ansiedad de pensar en lo que podría suceder mañana, quizás saldría todo de acuerdo a lo planificado o podría ser mejor, le gustaba pensar en forma optimista, soñar; si las cosas salían mal, que también era una posibilidad, no le gustaba planear algo para este caso, era su cábala, lo malo siempre se corrige sobre la marcha, es mejor, si lo planificas, sin querer estás invocándolas, pensaba. El silencio de la habitación se sentía como un lejano viento que atravesaba sus oídos poniéndolo alerta, como si se tratara de una voz que le traía distantes augurios, tensaba todo su cuerpo intentando entender que le quería decir esta brisa que se sentía fría dentro de su cabeza, era la indicación de que sería una noche de insomnio, de aquellas en las que al llegar el sueño no encontraba el límite entre estar lúcido o dormido, cuerdo o ido, como un astronauta en el espacio sin saber dónde es arriba o abajo.
Suspiró cuando recordó que tan solo tres años atrás su equipo de fútbol, el equipo que dirigía como entrenador se encontraba en la liga de tercera distrital, en un año campeonó en la tercera división y al siguiente en la segunda, lo que le permitió llegar a la liga profesional, estaba terminando su primer año y a punto de disputar la final, dependía del resultado de mañana para que su equipo saliera campeón de la primera división. Aunque sabía que campeonar era posible no lo veía como una meta cercana, todos los objetivos que se habían trazado, junto con la dirigencia del equipo, habían sido ya conseguidos. Los dirigentes, al inicio del campeonato le encargaron que trabajara para evitar la baja, como sucedía con los equipos “chicos” como el suyo, en cambio, ya habían logrado un cupo para el principal torneo internacional de clubes y tenía la posibilidad de ser el campeón nacional. Lo de mañana era imposible, ya había enfrentado dos veces al mismo rival y las dos habían perdido, no esperaba ganar ahora, total, nadie llega en un año desde la segunda a un campeonato internacional.
Sabía que esta noche no dormiría y se puso a recordar, memorias que hace mucho no evocaba pero que tal vez ahora le servirían para poder dormir.
Después de veinte años como profesor de educación física y de diez de haber recibido su autorización para dirigir un equipo de fútbol profesional, César García consiguió el tan ansiado segundo trabajo que había buscado para superar su casi permanente estado de carencia económica, el colegio particular donde estudiaba su hijo, que tenía un equipo de fútbol que por enésima vez participaba en el campeonato de tercera división, lo contrató como entrenador; a medio año, después de cuatro derrotas sucesivas, los dueños del colegio despidieron al entrenador que tenían, además de los malos resultados porque consideraban que ganaba demasiado, con la esperanza de recuperarse un poco y conservar la categoría cuando todavía faltaba la mitad del campeonato. Tuvo una suerte increíble, a eso atribuyó siempre este primer logro de su carrera, pero siempre había peleado a puño limpio y con la camisa remangada.
Cuando faltaban tres partidos para culminar el campeonato en la tercera división ya había campeonado, ningún rival podría alcanzarlo, era una gran hazaña pocas veces vista, pero el se lo atribuía siempre al destino, la prensa conoció a este modesto equipo y lo bautizó como “los campeones” en clara alusión al anime japonés. Y fue cuando sucedió el gran cambio que lo llevaría a donde se encuentra hoy.
Dando vueltas en la cama con la seguridad de que no podría dormir volvió a sentirse emocionado recordando aquel domingo, día en que jugaban su primer partido después de haberse declarado campeones de la tercera división tres fechas antes del final, ese domingo se celebraba el “Día internacional de la persona con discapacidad”; como quiera que ya estaba asegurado el primer puesto, los dirigentes pidieron permiso para que durante ese partido se incluyera en su equipo a un representante de los discapacitados, un alumno del colegio que pudiera jugar como actividad central del aniversario y así convocar más gente y más prensa al encuentro deportivo, se les concedió el permiso y le dieron la autorización para que pudiera ingresar durante los últimos minutos del partido. En el primero que pensó el entrenador fue en su propio hijo, Gabriel, un adolescente de diecisiete años que era autista, pero el colegio le exigió que además escogiera a uno de sus estudiantes, para resaltar el mensaje de que eran un colegio inclusivo, en este caso, cada uno jugaría algunos minutos. Recordó cuando se presentó aquel padre de familia con su hijo de diecisiete años para ponerlo a prueba en el equipo, había visto ya a dos muchachos con síndrome de down y si las cosas iban como hasta ahora jugarían su hijo y uno de ellos. Pero la conversación que tuvo ese día con el padre del muchacho hizo que cambiara de decisión.
-      ¿De qué padece su hijo señor? – preguntó César García al padre del muchacho mientras tocaba el hombro del joven para entrar en confianza.
-      Discúlpeme profesor pero mi hijo no padece de nada – le contestó con voz firme y agradable el padre – Mi hijo más que padecer disfruta del síndrome de moebius, si, lo disfruta, y nos hace disfrutar a todos en casa, nos mantiene alegres, unidos, es una fuente interminable de momentos felices, nos da paz, es un ejemplo para nosotros, porque conociendo sus limitaciones nunca dice no puedo si es que antes no lo intentó varias veces, no tiene miedo a tropezar o caer porque confía que se levantará, solo o con ayuda, y tiene un corazón donde no hay cabida para la mentira, la envidia o la maldad, es como tener un ángel en casa, nunca terminaremos de agradecer a Dios por habernos encargado su crianza.
Quedó conmovido por esta declaración y reconoció que tenía razón el padre de familia, el adolescente irradiaba felicidad, confianza, un halo de tranquilidad y paz lo cubría, mirar sus ojos era mirar un alma limpia e inocente a través de un cristal que reflejaba la luz que venía de su alma.
Así empezó esta gran aventura para César García que lo condujo a este momento, a esta situación.
Con tan solo tres cortos entrenamientos aquel día al iniciar el segundo tiempo puso a su hijo, el partido lo ganaban fácilmente tres por cero, el joven autista alcanzó a recibir un pase y luego perdió el interés en la pelota, era lo esperado, lo reemplazó diez minutos después por Luis Ernesto, el joven moebius.
Lo que pasó fue increíble, el muchacho no tenía las habilidades del resto de futbolistas pero el empeño que ponía era evidente, sus movimientos, muchos más lentos y predecibles que los demás jugadores, más forzados, parecía que inevitablemente le harían perder la pelota, pero lograba salir de la jugada y luego entregaba la pelota a un compañero, uno de sus pases les permitió terminar el  partido con cuatro goles a favor; cuando terminó el partido salió ovacionado y en hombros de sus compañeros.
Los dirigentes volvieron a solicitar que Luis Ernesto jugara los siguientes partidos. Así lo hizo, jugó los últimos quince minutos de cada uno de ellos y demostró la misma entrega, la misma habilidad para devolver la pelota y ponerla casi en el pie o en el lugar exacto para que uno de sus compañeros lo aprovechara. Aunque el equipo perdió los puntos “en mesa”, pues las autoridades deportivas no autorizaron su presentación, el equipo ganó una gran hinchada pues muchos se identificaron con este muchacho, se ganó el cariño de la prensa deportiva.
El éxito conseguido fue tal que cuando “los campeones” iniciaron su presentación en la segunda división llevaron como jugador oficialmente inscrito a Luis Ernesto.
Para César García los primeros partidos fueron de un gran dilema, una gran duda, no tenía la confianza para poner al joven moebius ni siquiera los diez minutos finales, para el era más importante asegurar los puntos, ponerlo, en este nivel deportivo, era dar ventajas al adversario, era como si se jugara con uno menos. Se calmó un poco y decidió ponerlo los últimos diez o quince minutos en cada partido cuando encontró estadísticas que señalaban que más del 80% de equipos que habían sufrido la expulsión de un jugador durante los 20 minutos finales terminaban sin variar el resultado; además, Luis Ernesto había demostrado tener una efectividad del 100% de pases realizados y decidió, pasara lo que pasara, ponerlo en todos los partidos.
En la quietud de su dormitorio con el insomnio galopante sintió como si de pronto las almohadas de su gran cama se enfriaran al recordar aquellos días, podría deberse al aire acondicionado.
Ese segundo año a cargo del equipo para César García fue otro año perfecto, logró campeonar otra vez cuatro fechas antes del final del campeonato, ganó en premios lo que nunca había soñado, apenas conseguir su clasificación a primera los dirigentes consiguieron que firmara por el siguiente año, ya en la máxima división profesional, con una prima de doscientos mil dólares, dinero pagado por publicidad de la UNICEF en las camisetas, su sueldo mensual y los premios eran asumidos por donaciones destinadas a ese organismo internacional.
Su vida había cambiado, de vivir en un cuarto de una azotea, alquilada, en la avenida Granda en San Martín de Porres había pasado a un condominio de su propiedad en Monterrico, vivía con holgura y sus hijos estudiaban en las mejores universidades privadas. Su equipo era uno de los que más patrocinadores tenía interesados, los problemas económicos habían desaparecido y toda esta bonanza había llegado con la decisión de hacer jugar a Luis Ernesto.
Pero hasta ahora no podía identificar cuál era la base de este éxito, intentaba atribuírselo a César García pero no era suficiente, tenía que ser algo más, también pensó que era debido a las estrategias que había aplicado, esto lo señalaba la prensa también, decían que era un mago, le pusieron el sobrenombre de “el hechicero”; para el, tampoco era suficiente esta condición, sabía que algunas de las estrategias no habían dado el resultado esperado, se había equivocado y bastante, los partidos perdidos eran la consecuencia directa. Y debieron ser más los resultados negativos sin los pases acertados del joven moebius. Le parecía sorprendente que el muchacho no errara ningún pase. En aquellos en los que parecía que había fallado, en realidad, después de analizarlos en los videos, habían sido perfectos sino que el compañero a quien estaban dirigidos no había puesto el empeño necesario o no había entendido a tiempo sus intenciones. Por César García estaba seguro que las ocho inteligencias que proponía la teoría de las inteligencias múltiples existían, el joven tenía una Inteligencia corporal-cinestésica, innata, que le permitía resolver las situaciones difíciles durante el fútbol mejor que muchos. Sin embargo esto tampoco explicaba el éxito alcanzado.
Suspiró y decidió pensar en otra cosa porque era mejor mantener esto en el misterio.
Entonces trajo a su mente las publicaciones aparecidas en la mañana, habían coincidido en gran parte los principales diarios deportivos en considerarlo como un candidato futuro para dirigir la selección, algunos pidieron que se le asignara un cargo al lado del entrenador oficial para que fuera “aprendiendo”, mientras que otros más atrevidos señalaban que ya estaba para dirigir el primer equipo nacional. Por primera vez comenzó a considerar esta idea en serio. Y le agradaba, bastante.
Cerró los ojos y se paseó por estadios imaginarios, llenos de fanáticos, que coreaban su nombre y el de la selección, se vio bien trajeado como aquellos entrenadores europeos que admiraba, respondiendo a la prensa a través de intérpretes. No pudo evitar sentir un escalofrío de satisfacción. Se dijo “ya veremos mañana, que sea lo que Dios quiera”.
Y comenzó a llegarle el sueño, quizás un poco tarde, otra vez esa sensación de vacío, como perdido en el espacio sin identificar el arriba o el abajo, al cerrar los ojos sentía que mas bien los abría.

miércoles, 10 de junio de 2020

DETRAS DE LOS BARBIJOS


Cuando llegó a esta gran oficina a gestionar su trámite tenía la seguridad que no le llevaría más de media hora terminarlos, pero hacía ya buen rato que permanecía en una cola que avanzaba muy lentamente y que parecía mas grande de lo que era, por que entre persona y persona se conservaba mas de un metro de distancia y todos llevaban mascarillas de protección que les tapaba nariz y boca; algunos llevaban mascarillas blancas, otros celestes, hasta verdes, también las habían con diseños y dibujos diversos, desde personajes animados hasta mandíbulas de ultratumba. Los que parecían más inseguros o habían tomado con mayor responsabilidad su protección personal llevaban una máscara protectora con visores transparentes que les cubrían toda la cara, otros, además traían trajes especiales de plásticos que incluían máscara de protección, guantes de látex y hasta botas especiales, como astronautas preparados para una caminata ligth.
Nunca había formado una cola de buena gana, no le gustaban como a la mayoría de personas, pero quizás, considerando que no tenía muchos lugares a donde ir, pues las restricciones por la pandemia continuaban, lo más cercano a hacer una vida normal era someterse a estos trámites para salir del encierro domiciliario al que estaba obligado. Por eso también prefirió salir de casa muy temprano y caminar hacia estas oficinas para disfrutar de la calle, de la gente pasando sin la menor intención de cruzarse con algún conocido, de los ambulantes, del ruido de los vehículos que imprudentemente pretendían ganarle a los semáforos y competían siempre entre ellos, todas estas cosas que hacían agitada la vida común de la ciudad, aunque ahora en mucho menor volumen por las restricciones debido a la pandemia.
Al principio le pareció novedoso respirar bajo la mascarilla N95, no le costó mucho acostumbrarse, aunque inicialmente tuvo la impresión de que todos lo miraban luego esta sensación fue cambiada mas bien por la incomodidad que comenzó a sentir por inhalar, cada vez con mayor esfuerzo, lo que era cómodo, ahora, comenzó a preocuparle; en algún momento, sin darse cuenta colocó la mascarilla bajo la cara para poder respirar con naturalidad, se percató cuando más de una persona lo miró extrañada y apuradamente se la volvió a colocar. El leve calor de la mañana parecía haberse concentrado y volverse bochorno dentro de la mascarilla, la humedad le daba un olor que sabía lo llevaría a las nauseas y su cuerpo se puso rígido por que calculó todo lo que tendría que pasar hasta  terminar sus gestiones y retornar a casa para sacarse, arrancarse la mascarilla.
La cola avanzó unos veinte metros, todos aceleraron el paso ante el imprevisto movimiento pero también se detuvieron de improviso y ordenadamente, dando la impresión de un extraño ballet que obedecía a una música imperceptible para los oídos, este movimiento orquestado le recordó aquellas películas futuristas que de pequeño le habían atemorizado, sentía un resquemor por todo aquello que se pareciera a trajes o batas de hospital debido a una permanencia de meses que tuvo durante niño cuando le operaron por haber padecido de paladar hendido.
Pensó que la mejor manera de evitar el estado vomitivo que lo comenzaba a invadir era escuchar música y se colocó los pequeños auriculares que tenía conectados al celular pero, sumados a la mascarilla, se sintió preso, atrapado, sin movimientos, agobiado así que se los quitó y decidió que lo mejor era comenzar a recordar cosas agradables para obligarse a pensar, sin proponérselo trajo a su mente aquellos días en que fue operado de ese particular mal, paladar hendido; esta malformación, que por lo general  es acompañada de labios leporinos, en su caso sólo lo afectó internamente, debido a lo cual fue detectada después de que cumpliera los cinco años, cuando comenzó a mostrar ciertos problemas de pronunciación, a esta edad la operación era más complicada pues se tenía que trabajar dentro de la boca y el post operatorio era más doloroso, por eso pasó tres meses hospitalizado.
Siempre que hacía un repaso de lo que le tocó vivir en esos días terminaba recordando lo que su madre y sus hermanas le decían, que lo bueno de haber nacido con el paladar hendido era que la operación le había dejado un extraño movimiento sensual en los labios que les gustaba mucho a las chicas. Le gustaba recordar esto, creía que lo había comprobado, todas las mujeres que estuvieron con el habían coincidido en que la parte más sensual y atractiva era su boca, la forma de sus labios, el movimiento que les daba, la sonrisa perfecta. También le señalaban que el era otra persona sonriendo, sabía que una sonrisa suya siempre era una promesa de buenas relaciones con las chicas.
Muchos minutos después, por fin le tocó su turno, se acercó a la ventanilla, entregó los papeles que había preparado y le explicó a la mujer que lo atendía lo que necesitaba tramitar, ella, además de la obligatoria mascarilla, en este caso de color rosado con unas pequeñas y estilizadas letras negras que no alcanzaba a leer, llevaba guantes blancos de látex, para evitar los contagios.
Cuando la mujer giró su silla para ingresar algunos datos en la computadora que tenía al costado pudo darse cuenta que detrás del barbijo y el mandil blanco de oficinista que llevaba puesto había una mujer joven, de formas atractivas, de movimientos portentosos y delicados, con el rostro, por lo menos lo que podía ver de el, deliciosamente maquillado. Aspiró pretendiendo oler su perfume, gesto que se le salió más por costumbre pues sabía que la mascarilla que llevaba se lo impediría.
El agradable calor que comenzó a invadir su cuerpo le confirmó que se encontraba ante una linda mujer y pretendió ser seductor a pesar de saber que podía ser tomado por acosador. Con su vista recorrió uno a uno los centímetros de la mujer que comenzó a  incomodarse por la mirada disimulada pero atrevida que profanaban sus espacios. La muchacha llevaba un marbete metálico a la altura del pecho que el se esforzó en leer, entonces le dijo:
-       Marisol…qué bonito nombre tiene señorita, no sabe como me acaba de levantar el ánimo con tan solo pensar en el mar, sobre todo en estos días en que es casi imposible  visitar alguna playa.
-       Mmmm – casi carraspeando pero ondeando las cejas como si estuviera sonriendo bajo la mascarilla masculló la empleada.
-       Y si completamos su nombre tenemos los elementos con mayor culto y admiración que cualquier otra cosa sobre el planeta, incluso más que el amor: el mar y el sol. Pero créame que tan maravilloso nombre es lo justo para honrar su belleza.
La muchacha entornó sus ojos lo miró y mientras el meneo de su mascarilla parecía decir “gracias” aceleró los registros que venía haciendo; y, puso tanta gracia en el movimiento de sus manos que él imaginó que debajo de los guantes de látex hubieran un par de manos bien cuidadas, delgadas, gráciles y frágiles, como de vidrio, que encarnaran la belleza de un alma prodigiosa, los sentimientos de una mujer primorosa, amorosa, inteligente y sensual. Estaba acostumbrado a percibir todo de una mujer con tan solo mirar sus manos, pensaba que era su don, más de una vez se había enamorado de una mujer por sus manos pero no lo había hecho nunca de una que llevara guantes. El calor que traía ahora se hizo más fuerte al pensar que podría enamorarse por las manos enguantadas de una que llevaba el rostro y el cuerpo casi completamente cubiertos.
Prefirió quedarse callado mientras las manos de la chica se llevaban toda su atención, observaba, cual científico al microscopio ante un gran descubrimiento, cada movimiento de esas manos.
La chica, nerviosa y sublime, acercó los papeles para que el firmara, rompiendo el distanciamiento social, estaban a unos cuarenta centímetros, mientras le señalaba con el dedo dónde debía firmar y posando su mirada en el barbijo de el, le dijo
-              Esto se está prolongando demasiado – refiriéndose a la pandemia – también extraño la playa ¡Ya somos dos ¿no?...! – invitándolo a sonreir, había percibido que debajo del material aislante que le tapaba la cara se escondía una sonrisa varonil, sensual y delicadamente salvaje, de aquellas que la ponían “patas arriba”, como ella misma reconocía.
Estaba convencida que a los buenos hombres se les conoce por la forma y el movimiento de los labios, era jugar a seguro, lo había comprobado, los ojos del muchacho que tenía frente a ella eran expresivos, inspiraban confianza, pero para ella no eran suficiente, necesitaba saber cómo eran sus labios. Los hombres se conocen por su sonrisa, eso no falla jamás, los ojos sin una sonrisa no son nada, los ojos podrán ser el espejo del alma pero la sonrisa es el alma misma, la ilustración del interior de la persona, el marco de las palabras del hombre bueno, solo unos labios finos pueden sustentar ideas y discursos bellos e inteligentes. Tenía su propia teoría sobre el nacimiento del pecado, cuando Eva entregó a Adán el objeto del desliz bíblico, lo primero que tocaron fueron sus labios, desde entonces estos se volvieron el instrumento más sensual del hombre, más erótico, en espera del pecado; pero también lo tocaron las manos de Eva, por eso las mujeres deben llevar las manos siempre bellas, como las llevaba ella. Necesito ver esos labios se dijo.
-              Tengo tiempo y ganas de sobra pero no se puede, aunque sea sola iría – sonriendo e invitándolo a hacerlo, esperaba notar la sonrisa de el, era imprescindible, quizás se trataba del amor que estaba buscando.
-              Ten la seguridad que iría a los siete infiernos de Dante con una bella como tu – le dijo el joven mientras sus manos tocaban su mascarilla como si se los fuera a quitar y dirigiendo sus miradas de los ojos a las manos de ella.
Fue un instante casi eterno, ambos sintieron la luz que los iluminaba, una sustancia más espesa que el aire que transmitía oleadas de calor y frío los envolvía, todo se había detenido, la vida parecía depender de una mascarilla y unos guantes de bioseguridad.
Cuando la mano de el tocaban su mascarilla le vino un estornudo imprevisto, fulminante, que apenas le dejó tiempo para agachar su cabeza hacia un lado, ella se sorprendió tanto que no sabía que hacer, el también pareció sobrecogido, se recompuso y cogiendo los papeles que le entregaban, casi inexpresivo alcanzó a decir “gracias” mientras se retiraba.
Ella veía como el muchacho se alejaba, su andar, su actitud, su espalda y todo el halo que parecía despedir le gustaban mucho, intentó mover la cabeza a un costad para seguir mirándolo pero la siguiente persona en la cola ya se había colocado delante de ella.
-       El que sigue…
El joven, todavía perturbado, hacía esfuerzos por respirar bajo la mascarilla, el sol ahora en el cenit hacía que le quemara la garganta y que la calle despidiera un brillo que lo deslumbraba, llevaba la boca abierta y la mente casi en blanco. Después de un rato, ya mas calmado, relajó su cuerpo y pensó que quizás habría perdido una oportunidad, nunca lo sabría. Pero necesitaba darse ánimo, sentir que no había perdido una oportunidad, quizás para consolarse se dijo muy bajito “las manos bellas se tienen que notar aunque lleven guantes”.


sábado, 2 de mayo de 2020

HEADPHONES MAN


No sabía cuándo exactamente se le pegó la afición por la música, que es un decir porque sabía que su verdadera afición, adicción, era a los audífonos, aunque siempre llegaba a creer que fue aquella primera vez en que usó unos, cuando su padre le regaló en su octavo cumpleaños un iPod Nano®, que quedó enganchado con ellos, se convirtieron en un apéndice de su cuerpo, un cordón que lo ataba a una realidad paralela a la que se había adaptado perfectamente llegando a vivir su propia realidad de manera “normal”, sin que siquiera se percataran que mientras hacía sus cosas, tanto las complejas como las de rutina, parte de él se encontraba atento a la música, atento al funcionamiento constante de los audífonos.
Al principio nadie le tomó en cuenta, se trataba de un muchacho más, como casi todos los que se ven por las calles, milenials, escuchando su música, la música de moda, aquella que solo agrada a los de su edad, ensimismados, ausentes para todo aquello que no provenga de sus audífonos; se acostaba con ellos, se levantaba igual, como si no se hubieran movido durante el sueño, ingresaba a ducharse con los audífonos puestos, nadie podía saber si se los quitaba para ducharse. Sus mayores problemas los tuvo durante su etapa de escolar pues el uso de cualquier artefacto está prohibido en los colegios, sus padres tuvieron que asistir a entrevistas con los profesores a recibir las quejas, fueron obligados a acudir ante un psicólogo y ante un psiquiatra cuyas opiniones fueron necesarias para matricularlo durante toda la secundaria.
A las pocas semanas de usar su iPod se le malograron los audífonos, quedaron inútiles, aunque podía escuchar por un lado le pareció que era un insulto, una gran infamia pretender escuchar buena música de esta manera, era la primera vez que sintió esta especie de angustia, de expiación de un pecado no cometido, de vergüenza impropia que le impelía a reemplazar esa pequeña cápsula, sin vida, que cuando se insertaba en su oreja se convertía en una especie de mensajero de los dioses, transportando buenas nuevas transformadas en sensaciones indescriptibles que sólo la música podía contener en cada uno de sus sonidos amplificados por la modernidad de estos pequeños serafines tecnológicos. A partir de aquí me referiré a estos aparatitos como auriculares, pues así lo hacía Carlo Paolo, de quien trata esta historia, para él, audífonos solo eran aquellos  diseñados exclusivamente para las personas que tenían problemas para escuchar y le doy la razón, aunque a veces parecía exagerado el empeño que ponía para que la gente entendiera esa diferencia e hiciera uso correcto de los términos.
Fue su padre quien le volvió a regalar otro par de auriculares para reemplazar a los averiados después de mucha insistencia, eran unos Sony ® de color azul metálico, grandes, le cubrían las orejas por completo, con almohadillas cómodas y con un sonido impecable pero diferente a los anteriores, diferencia para muchos imperceptible pero para el bastante notoria; además de haberse dado cuenta de estas diferencias, a partir de aquí nació en Carlo Paolo una gran curiosidad por descubrir nuevos sonidos, sobre todo una mayor y mejor veracidad, una aproximación a la pureza de la melodía, a lo que verdaderamente quería expresar el intérprete, un tributo a la exactitud, fidelidad le dicen en este ambiente.
Al principio no le pareció tan importante este detalle pero a medida que descubría mas calidad comprendió que era todo un universo nuevo y por descubrir muy cercano a sus oídos, pero a la vez lejano, porque también comprendió que cambiar de auriculares no era cosa sencilla, por el costo, a mayor calidad mayor precio; además, comenzó a tomar en cuenta nuevos factores como la ergonomía, el material, la resistencia y otros que fueron haciendo de su búsqueda un camino que nunca pensó tan difícil.
Crecer para el, al parecer no fue ningún problema pues sus preocupaciones se centraron en la música, en oírla lo más claro y definida posible, en buscar y encontrar los audífonos mejores que los que usaba y luego, encontrar también a quien se los regalara, esta última tarea la más difícil, cada día eran menos las personas que estuvieran dispuestas a comprarle audífonos, a veces caros, y que le duraban poco tiempo.
Terminó el colegio como un alumno más, anónimo, sin sobresalir en nada, sin tener muy claro su futuro, pero también era uno de los pocos que tenía un objetivo trazado y dispuesto a alcanzarlo, lo tenía claro, tenía que terminar la universidad rápido y encontrar un trabajo que le permitiera una independencia económica, su camino tenía un itinerario y nada podría interponérsele; y así transcurrió su vida universitaria, estudiando a conciencia, con buenas notas, pero siempre encerrado entre dos audífonos, que a manera de lóbregos paréntesis, encerraban su libertad, su vida, su espíritu, manteniéndolo alejado de todo aquello que no estuviera ligado directamente a alcanzar su objetivo profesional que en realidad no era sino el medio para conseguir siempre los mejores audífonos.
Al terminar su vida universitaria en la facultad de Arquitectura consiguió trabajo casi de inmediato, era eficiente en lo que hacía, a los pocos meses comenzó a estudiar una maestría, en la que sus notas se lucieron más que el, en la especialidad de materiales y diseños de interiores. La elección de este pos grado fue tan pronto se dio cuenta que para ejercerla era necesario mucha concentración, análisis y trabajo de escritorio, casi siempre en solitario, un trabajo que parecía estar en perfecta simbiosis con su afición por los audífonos.
Aunque Carlo Paolo se sentía casi un hombre exitoso en el plano profesional aún creía no haber conseguido ese mismo éxito en el plano familiar, tenía cuatro años de matrimonio con Sarah Vanessa, a quien había conocido durante su paso por la maestría y todavía no habían decidido tener familia, ella también era arquitecta y ejercía su profesión con algún éxito y vivían cómodamente, comodidad que el aprovechaba para dedicarle más tiempo a su vicio por los audífonos.
Creo no mentir si digo que todas las personas soñamos con tener una biblioteca dentro de nuestros hogares, porque se ve bonito, nos da caché, como reflejo de nuestra cultura, como ilusión de todo lo que quisiéramos haber leído, o por lo que fuera, Carlo Paolo tenía, en cambio, un útero, una matriz, de la cual se renunciaba a salir, este útero tenía la forma de una  moderna biblioteca donde cada libro había sido reemplazado por cajas de auriculares, de todos los colores y modelos ordenados siguiendo un patrón que era visualmente efectivo e impresionante, por gusto no había estudiado su maestría, además, cada una de estas cajas contenían el cordón umbilical que lo mantenía ligado a la música y que se convertía en una metáfora de una ejemplar madre. En la parte central de la estantería principal en un espacio especialmente acondicionado sobre una base de mármol rosado y dentro de una urna de cristal, como si se tratara de los incunables de una biblioteca, habían dos cajas pequeñas, una de plástico, de esas que llamamos display, que tenía unos auriculares Skullcandy® y la otra caja, más fina y metálica que no dejaba ver lo que había dentro. En este espacio se había construido un pequeño mundo, un lugar único, propio, inviolable, silente, en el cual le gustaba recluirse cuando se sentía cansado, cuando quería estar solo para pensar, cuando buscaba soluciones a problemas duros o simplemente cuando tenía ganas de aislarse para escuchar música.
Y con la música nunca era selectivo, no entendía cómo algunas personas tenían una música preferida, cómo se podía despreciar alguna, si en los oídos las melodías descifradas correctamente a través del medio adecuado, unos buenos auriculares, terminaba siendo bella, dulce, misteriosa hasta incomprensible.
Antes de salir de casa por las mañanas, se tomaba diez minutos para cargar toda la música que escucharía durante el día, a veces una misma canción la repetía durante dos o tres días, dependía de su estado de ánimo y de lo que esperaba del día para seleccionarla, estaba seguro que una buena elección musical le mejoraba el día, le ayudaba a solucionar problemas y hasta las escogía porque había identificado cuáles le ayudaban o le traían suerte en la solución de determinados problemas. Un día podía estar escuchando música urbana y al día siguiente clásica o instrumental, su interés musical era ilimitado.
La música, el estilo musical, el autor o los intérpretes parecían no ser importantes, solo eran una referencia o una etiqueta con fines de identidad, más interés ponía siempre en los auriculares, luego, en los parámetros adecuados que debería tener el reproductor, nunca eran los que traía de fábrica los que le conformaban, ya sea de un celular, un equipo de sonido o una computadora.
Después de sus primeros auriculares que formaron parte del regalo por sus ocho años usó y cambió muchísimos, algunos porque sufrieron desperfectos, otros porque simplemente creyó que habían cumplido su ciclo y otros porque no cubrieron sus expectativas; finalmente, sin importar lo que costaban o el estado en que estaban quedaban archivados como fotografías que guardan recuerdos de momentos de tu vida, por supuesto, algunos de estos momentos sin importancia.
Durante su etapa escolar y al inicio de la universitaria probó todos los tipos de auriculares, desde aquellos que con una enorme diadema o carcaza le cubrían las orejas hasta pequeños casi como frijoles, inalámbricos, con bluetooth, wi-fi o infra rojos, otros con micrófono notorio o imperceptibles, considerados como de gama media, Sony®, Panasonic®, Motorola®, JBL®, Skullcandy® de todos los colores, tamaños y modelos. Aunque a veces los compraba por que pensaba mejorar la calidad del sonido era usual que se le ocurriera usar nuevamente aquellos que llevaban meses e incluso años guardados.
Cuando cursaba el cuarto ciclo en la universidad comenzó a realizar algunas prácticas y a trabajar a medio tiempo en diferentes lugares que le reportaban pequeños ingresos, estos, junto al dinero que sus padres le seguían proporcionando le alcanzaron para llegar al siguiente nivel en auriculares, en esta etapa casi se dedicó a probar los Skulcandy®, Pioneer®, Beats® y Bose® sin importarle acabar con sus ingresos. Para cuando terminó la universidad y comenzó a ejercer, el nivel de sus ingresos le permitieron probar el nivel más alto en auriculares, parecía que sus oídos se habían afinado y solo podían percibir el sonido con la fidelidad extraordinaria que le proporcionaban estas maravillas tecnológicas. Los últimos que había adquirido y usaba de “diario” eran unos V-Moda® que había comprado por casi cuatro mil euros en su último viaje a España, que no eran los más caros que poseía pues en casa, al lado de la urna de cristal tenía un sitio especial para unos Sennheiser HE1 que ni su esposa sabía cuánto le habían costado, su secreto era que aún no los terminaba de pagar y se acordaba de usarlos cada vez que amortizaba la deuda por internet.
También se estaba despidiendo de unos auriculares Onkyo, los había comprado con el dinero de la venta de un vehículo que su padre le había regalado para su matrimonio, quizás por eso los llevaba en la guantera de su auto y los usaba cada vez menos.
Siempre que decidía cambiar el auricular que debía usar ese día, entre los de gama alta que poseía, cerraba los ojos y por unos segundos soñaba y llenaba sus pulmones de aire como si con el vinieran las ganas, el impulso que acelerara los acontecimientos y le permitieran encontrarse en posición de comprarse unos auriculares Focal®, hasta ahora inalcanzables, pero que abrigaba serias esperanzas de conseguirlos, no sabía cuándo, pero los conseguiría.
Alrededor de sus auriculares había hilvanado la historia de su vida, todos los hechos anecdóticos y que lo habían marcado tenían una ligazón con ellos.
A Carlo Paolo le conocían con el sobrenombre de “characato”, en una ocasión, mientras discutía en su trabajo sobre un problema de rutina se sacó uno de los pequeños auriculares que entonces usaba y lo dejó colgando sobre sus hombros, su jefe, llevado por una inocultable curiosidad se acercó y se lo puso:
-              ¿Eres arequipeño, Carlo? – le dijo con la sorpresa dibujada en su rostro – Ah, caramba, eras “characato”, te lo tenías guardado, conozco esa canción de cuando trabajaba por allá, “Hay justo cielo” de los Errantes de Chuquibamba.
-              No, para nada, me gustaría, pero soy del Callao – se apresuró en contestar para ganar tiempo y justificar la música, no era la primera vez que le pasaba algo así, parecía que la gente calificaba a sus pares por su preferencia musical – es que estoy escuchando música de un podcast que acabo de instalar y todavía no aprendo a seleccionarla.
-              ¡Nooo, tu no me engañas, tu eres “characato”…y de los serranos! – concluyó con sorna el jefe mientras se retiraba.
Así Carlo Paolo quedó rebautizado como “characato” para algunos.
También habían sido importantes en su vida unos auriculares Skullcandy®, pequeños, con los colores de la bandera de Jamaica, como si fuera un implemento rasta la calavera que identifica la marca estaba atravesada por los colores verde, amarillo y rojo; pese a su tamaño tenían buena calidad, los compró por casualidad, en el interior de un terminal de buses cuando se disponía a viajar y se dio cuenta que los que llevaba se habían averiado. Sin dudarlo los escogió por el precio, tratándose de un lugar populoso tuvo la idea que comprar algo barato le iba a resultar un fiasco así que escogió los más caros. Apenas se los puso se dio cuenta que su compra había sido correcta.
Cuando invitó a salir por primera vez a Sarah Vanessa llevaba estos auriculares, los eligió apresuradamente teniendo en cuenta que no debería llevar algo que llamara la atención y que pudiera ser fácil de manipular, pero también por que tuvo un corazonada. Después de pasear un rato el la invitó a cenar en un chifa, mientras esperaban que les sirvieran tuvieron una conversación sobre la música, contrariamente a su forma de pensar, ella parecía no estar tan interesada por la música.
-              La música es muy importante en nuestras vidas pero creo que he aprendido a vivir sin ella – comentó Sarah Vanessa – tampoco me gusta mucho bailar porque soy bastante descoordinada.
-              En cambio yo no sabría vivir sin la música, pero te diré que tampoco soy bueno bailando.
-       ¿Y qué música es la que te gusta? – preguntó la muchacha.
-              Es difícil de creer pero me gusta todo tipo de música, creo que me basta con que tenga una buena melodía – mientras se sacaba un auricular y se lo ofrecía a ella.
Sarah Vanessa lo puso en el centro de la palma de su mano y cubrió su oreja ahuecando su mano, como cuando escuchamos el sonido del mar en una concha marina, sus movimientos parecían más tímidos que delicados.
-       Bonita canción ¿De quién es? – preguntó retóricamente.
-       Se llama “You may be right”, de Billy Joel.
Antes de terminar ese primer encuentro Carlo Paolo ya sentía que algo no llegaba a cuajar, que la cita estaba acabando mal, no tuvo el suficiente tiempo para conocerla, sólo había llegado a la conclusión que era una mujer linda, culta, inteligente, como a el le gustaban. No recordaba haberlo planeado pero al despedirse puso los audífonos dentro de la gran cartera que ella llevaba, sin que se diera cuenta, así tendría una oportunidad más de verla aunque ella no quisiera cuando se los reclamara. Y hubo un segundo encuentro en el que ella le devolvió los auriculares, ese fue mejor que el primero y de allí al  romance que terminó en el matrimonio no pasó mucho. Esos auriculares ahora yacían en el interior de la urna.
También fueron auriculares de Skullcandy® elegidos por ella misma,  el primer regalo que él le hizo después de convertirse en su enamorada, quedó tan encantada, que en contra de sus hábitos  los usaba a menudo; hasta que un ladronzuelo se los quiso arrancar por la ventana de su automóvil, el tirón fue tan fuerte que el malhechor sólo se llevó un lado de los auriculares; la diadema que quedó le sirvió a Carlo Paolo para adaptarlo a un mouse que hasta ahora usaba con sus computadoras.

La temporada de calor estaba por terminar, las calles seguían llenas de movimiento hasta casi la medianoche y las avenidas se colmaban de vehículos con gente apurada por llegar a casa, Carlo Paolo al llegar a la suya,  agobiado por el tránsito pesado, después de cenar con su esposa, se acomodó en el sillón que usaba cuando quería pensar, dejó a un lado los V-Moda que venía usando y encendió los HE1, continuó escuchando  la versión de “Hotel California” de Vocal Sampling, como todo el día, era de aquellos días en los que se le pegaba una canción.

Se estiró como invadido por la flojera cuando Sarah Vanessa se acomodó a su lado, aunque era un mueble individual perfectamente cabían ambos, le pasó el brazo sobre los hombros y comenzó a jugar con su cabello.
-       ¿Qué escuchas mi amor? Preguntó ella.
-       Es una canción que la escuché hace unos días por primera vez, un grupo que sin ningún instrumento interpreta “Hotel California” como una banda completa.
-       Me gustaría escucharla con la claridad que tu lo haces – replicó con voz apenada.
-       Algún día amor, algún día.
Continuó acariciando sus cabellos y puso mucho cuidado cuando sintió bajo su mano el agarre del audífono ortopédico que ella llevaba.


LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...