Estaba
apurado, la entrevista para la cadena MBC Sports había demorado demasiado, se
sentía un poco molesto pues pensaba que por ser una empresa coreana la
entrevista pactada dos meses atrás tendría que haber sido más fluida, sin
embargo, se presentaron algunos inconvenientes que alargaron el evento y
regresaba a su hotel con cuatro horas de retraso.
Al llegar se
encontró con un grupo de periodistas locales y tuvo que declarar por media hora
más y cuando por fin pudo subir al piso donde estaba concentrado su equipo
respiró con tranquilidad al comprobar que todos los jugadores se encontraban en
sus habitaciones, se dirigió a su suite dispuesto a dormir hasta tarde, pero
primero se daría una remojada en el jacuzzi.
Con pocas
ganas dejó el agua tibia para acostarse, sentía tan bien el hidromasaje que
envolvía su cuerpo con potentes chorros de agua que era un sacrificio desistir
de este placer, después de acomodar la ropa deportiva que usaría el día
siguiente se puso el pijama y se acomodó en la gran cama King size apenas
cubierto por una sábana y mientras se persignaba y oraba casi rutinariamente
revisó los mensajes de su celular, más pedidos de entrevistas, felicitaciones
para el y sus jugadores, algunos mensajes subidos de tono, todo lo que
usualmente recibía. Apagó el celular y se arrellanó entre un grupo de níveas y
grandes almohadas, cinco o seis y cerró los ojos para dormir, mañana tendría un
día ajetreado.
Si, mañana.
No pudo evitar la ansiedad de pensar en lo que podría suceder mañana, quizás
saldría todo de acuerdo a lo planificado o podría ser mejor, le gustaba pensar
en forma optimista, soñar; si las cosas salían mal, que también era una
posibilidad, no le gustaba planear algo para este caso, era su cábala, lo malo
siempre se corrige sobre la marcha, es mejor, si lo planificas, sin querer
estás invocándolas, pensaba. El silencio de la habitación se sentía como un
lejano viento que atravesaba sus oídos poniéndolo alerta, como si se tratara de
una voz que le traía distantes augurios, tensaba todo su cuerpo intentando entender
que le quería decir esta brisa que se sentía fría dentro de su cabeza, era la
indicación de que sería una noche de insomnio, de aquellas en las que al llegar
el sueño no encontraba el límite entre estar lúcido o dormido, cuerdo o ido,
como un astronauta en el espacio sin saber dónde es arriba o abajo.
Suspiró
cuando recordó que tan solo tres años atrás su equipo de fútbol, el equipo que
dirigía como entrenador se encontraba en la liga de tercera distrital, en un
año campeonó en la tercera división y al siguiente en la segunda, lo que le
permitió llegar a la liga profesional, estaba terminando su primer año y a
punto de disputar la final, dependía del resultado de mañana para que su equipo
saliera campeón de la primera división. Aunque sabía que campeonar era posible
no lo veía como una meta cercana, todos los objetivos que se habían trazado,
junto con la dirigencia del equipo, habían sido ya conseguidos. Los dirigentes,
al inicio del campeonato le encargaron que trabajara para evitar la baja, como
sucedía con los equipos “chicos” como el suyo, en cambio, ya habían logrado un
cupo para el principal torneo internacional de clubes y tenía la posibilidad de
ser el campeón nacional. Lo de mañana era imposible, ya había enfrentado dos
veces al mismo rival y las dos habían perdido, no esperaba ganar ahora, total,
nadie llega en un año desde la segunda a un campeonato internacional.
Sabía que
esta noche no dormiría y se puso a recordar, memorias que hace mucho no evocaba
pero que tal vez ahora le servirían para poder dormir.
Después de
veinte años como profesor de educación física y de diez de haber recibido su
autorización para dirigir un equipo de fútbol profesional, César García
consiguió el tan ansiado segundo trabajo que había buscado para superar su casi
permanente estado de carencia económica, el colegio particular donde estudiaba
su hijo, que tenía un equipo de fútbol que por enésima vez participaba en el
campeonato de tercera división, lo contrató como entrenador; a medio año,
después de cuatro derrotas sucesivas, los dueños del colegio despidieron al
entrenador que tenían, además de los malos resultados porque consideraban que
ganaba demasiado, con la esperanza de recuperarse un poco y conservar la
categoría cuando todavía faltaba la mitad del campeonato. Tuvo una suerte
increíble, a eso atribuyó siempre este primer logro de su carrera, pero siempre
había peleado a puño limpio y con la camisa remangada.
Cuando
faltaban tres partidos para culminar el campeonato en la tercera división ya
había campeonado, ningún rival podría alcanzarlo, era una gran hazaña pocas
veces vista, pero el se lo atribuía siempre al destino, la prensa conoció a
este modesto equipo y lo bautizó como “los campeones” en clara alusión al anime
japonés. Y fue cuando sucedió el gran cambio que lo llevaría a donde se
encuentra hoy.
Dando
vueltas en la cama con la seguridad de que no podría dormir volvió a sentirse
emocionado recordando aquel domingo, día en que jugaban su primer partido
después de haberse declarado campeones de la tercera división tres fechas antes
del final, ese domingo se celebraba el “Día internacional de la persona con
discapacidad”; como quiera que ya estaba asegurado el primer puesto, los
dirigentes pidieron permiso para que durante ese partido se incluyera en su
equipo a un representante de los discapacitados, un alumno del colegio que
pudiera jugar como actividad central del aniversario y así convocar más gente y
más prensa al encuentro deportivo, se les concedió el permiso y le dieron la
autorización para que pudiera ingresar durante los últimos minutos del partido.
En el primero que pensó el entrenador fue en su propio hijo, Gabriel, un
adolescente de diecisiete años que era autista, pero el colegio le exigió que
además escogiera a uno de sus estudiantes, para resaltar el mensaje de que eran
un colegio inclusivo, en este caso, cada uno jugaría algunos minutos. Recordó
cuando se presentó aquel padre de familia con su hijo de diecisiete años para
ponerlo a prueba en el equipo, había visto ya a dos muchachos con síndrome de
down y si las cosas iban como hasta ahora jugarían su hijo y uno de ellos. Pero
la conversación que tuvo ese día con el padre del muchacho hizo que cambiara de
decisión.
- ¿De
qué padece su hijo señor? – preguntó César García al padre del muchacho
mientras tocaba el hombro del joven para entrar en confianza.
- Discúlpeme
profesor pero mi hijo no padece de nada – le contestó con voz firme y agradable
el padre – Mi hijo más que padecer disfruta del síndrome de moebius, si, lo
disfruta, y nos hace disfrutar a todos en casa, nos mantiene alegres, unidos,
es una fuente interminable de momentos felices, nos da paz, es un ejemplo para
nosotros, porque conociendo sus limitaciones nunca dice no puedo si es que
antes no lo intentó varias veces, no tiene miedo a tropezar o caer porque
confía que se levantará, solo o con ayuda, y tiene un corazón donde no hay
cabida para la mentira, la envidia o la maldad, es como tener un ángel en casa,
nunca terminaremos de agradecer a Dios por habernos encargado su crianza.
Quedó conmovido por esta declaración y
reconoció que tenía razón el padre de familia, el adolescente irradiaba
felicidad, confianza, un halo de tranquilidad y paz lo cubría, mirar sus ojos
era mirar un alma limpia e inocente a través de un cristal que reflejaba la luz
que venía de su alma.
Así empezó esta gran aventura para
César García que lo condujo a este momento, a esta situación.
Con tan solo tres cortos entrenamientos
aquel día al iniciar el segundo tiempo puso a su hijo, el partido lo ganaban
fácilmente tres por cero, el joven autista alcanzó a recibir un pase y luego
perdió el interés en la pelota, era lo esperado, lo reemplazó diez minutos
después por Luis Ernesto, el joven moebius.
Lo que pasó fue increíble, el muchacho
no tenía las habilidades del resto de futbolistas pero el empeño que ponía era
evidente, sus movimientos, muchos más lentos y predecibles que los demás
jugadores, más forzados, parecía que inevitablemente le harían perder la
pelota, pero lograba salir de la jugada y luego entregaba la pelota a un
compañero, uno de sus pases les permitió terminar el partido con cuatro goles a favor; cuando
terminó el partido salió ovacionado y en hombros de sus compañeros.
Los dirigentes volvieron a solicitar
que Luis Ernesto jugara los siguientes partidos. Así lo hizo, jugó los últimos
quince minutos de cada uno de ellos y demostró la misma entrega, la misma
habilidad para devolver la pelota y ponerla casi en el pie o en el lugar exacto
para que uno de sus compañeros lo aprovechara. Aunque el equipo perdió los
puntos “en mesa”, pues las autoridades deportivas no autorizaron su
presentación, el equipo ganó una gran hinchada pues muchos se identificaron con
este muchacho, se ganó el cariño de la prensa deportiva.
El éxito conseguido fue tal que cuando
“los campeones” iniciaron su presentación en la segunda división llevaron como
jugador oficialmente inscrito a Luis Ernesto.
Para César García los primeros
partidos fueron de un gran dilema, una gran duda, no tenía la confianza para
poner al joven moebius ni siquiera los diez minutos finales, para el era más
importante asegurar los puntos, ponerlo, en este nivel deportivo, era dar
ventajas al adversario, era como si se jugara con uno menos. Se calmó un poco y
decidió ponerlo los últimos diez o quince minutos en cada partido cuando encontró
estadísticas que señalaban que más del 80% de equipos que habían sufrido la
expulsión de un jugador durante los 20 minutos finales terminaban sin variar el
resultado; además, Luis Ernesto había demostrado tener una efectividad del 100%
de pases realizados y decidió, pasara lo que pasara, ponerlo en todos los
partidos.
En la quietud de su dormitorio con el insomnio
galopante sintió como si de pronto las almohadas de su gran cama se enfriaran
al recordar aquellos días, podría deberse al aire acondicionado.
Ese segundo año a cargo del equipo
para César García fue otro año perfecto, logró campeonar otra vez cuatro fechas
antes del final del campeonato, ganó en premios lo que nunca había soñado,
apenas conseguir su clasificación a primera los dirigentes consiguieron que
firmara por el siguiente año, ya en la máxima división profesional, con una
prima de doscientos mil dólares, dinero pagado por publicidad de la UNICEF en
las camisetas, su sueldo mensual y los premios eran asumidos por donaciones
destinadas a ese organismo internacional.
Su vida había cambiado, de vivir en un
cuarto de una azotea, alquilada, en la avenida Granda en San Martín de Porres
había pasado a un condominio de su propiedad en Monterrico, vivía con holgura y
sus hijos estudiaban en las mejores universidades privadas. Su equipo era uno
de los que más patrocinadores tenía interesados, los problemas económicos
habían desaparecido y toda esta bonanza había llegado con la decisión de hacer
jugar a Luis Ernesto.
Pero hasta ahora no podía identificar
cuál era la base de este éxito, intentaba atribuírselo a César García pero no
era suficiente, tenía que ser algo más, también pensó que era debido a las
estrategias que había aplicado, esto lo señalaba la prensa también, decían que
era un mago, le pusieron el sobrenombre de “el hechicero”; para el, tampoco era
suficiente esta condición, sabía que algunas de las estrategias no habían dado
el resultado esperado, se había equivocado y bastante, los partidos perdidos
eran la consecuencia directa. Y debieron ser más los resultados negativos sin
los pases acertados del joven moebius. Le parecía sorprendente que el muchacho
no errara ningún pase. En aquellos en los que parecía que había fallado, en
realidad, después de analizarlos en los videos, habían sido perfectos sino que
el compañero a quien estaban dirigidos no había puesto el empeño necesario o no
había entendido a tiempo sus intenciones. Por César García estaba seguro que
las ocho inteligencias que proponía la teoría de las inteligencias múltiples
existían, el joven tenía una Inteligencia corporal-cinestésica, innata, que le
permitía resolver las situaciones difíciles durante el fútbol mejor que muchos.
Sin embargo esto tampoco explicaba el éxito alcanzado.
Suspiró y decidió pensar en otra cosa
porque era mejor mantener esto en el misterio.
Entonces trajo a su mente las
publicaciones aparecidas en la mañana, habían coincidido en gran parte los
principales diarios deportivos en considerarlo como un candidato futuro para
dirigir la selección, algunos pidieron que se le asignara un cargo al lado del
entrenador oficial para que fuera “aprendiendo”, mientras que otros más
atrevidos señalaban que ya estaba para dirigir el primer equipo nacional. Por
primera vez comenzó a considerar esta idea en serio. Y le agradaba, bastante.
Cerró los ojos y se paseó por estadios
imaginarios, llenos de fanáticos, que coreaban su nombre y el de la selección,
se vio bien trajeado como aquellos entrenadores europeos que admiraba,
respondiendo a la prensa a través de intérpretes. No pudo evitar sentir un
escalofrío de satisfacción. Se dijo “ya veremos mañana, que sea lo que Dios
quiera”.
Y comenzó a llegarle el
sueño, quizás un poco tarde, otra vez esa sensación de vacío, como perdido en
el espacio sin identificar el arriba o el abajo, al cerrar los ojos sentía que
mas bien los abría.