LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

miércoles, 10 de junio de 2020

DETRAS DE LOS BARBIJOS


Cuando llegó a esta gran oficina a gestionar su trámite tenía la seguridad que no le llevaría más de media hora terminarlos, pero hacía ya buen rato que permanecía en una cola que avanzaba muy lentamente y que parecía mas grande de lo que era, por que entre persona y persona se conservaba mas de un metro de distancia y todos llevaban mascarillas de protección que les tapaba nariz y boca; algunos llevaban mascarillas blancas, otros celestes, hasta verdes, también las habían con diseños y dibujos diversos, desde personajes animados hasta mandíbulas de ultratumba. Los que parecían más inseguros o habían tomado con mayor responsabilidad su protección personal llevaban una máscara protectora con visores transparentes que les cubrían toda la cara, otros, además traían trajes especiales de plásticos que incluían máscara de protección, guantes de látex y hasta botas especiales, como astronautas preparados para una caminata ligth.
Nunca había formado una cola de buena gana, no le gustaban como a la mayoría de personas, pero quizás, considerando que no tenía muchos lugares a donde ir, pues las restricciones por la pandemia continuaban, lo más cercano a hacer una vida normal era someterse a estos trámites para salir del encierro domiciliario al que estaba obligado. Por eso también prefirió salir de casa muy temprano y caminar hacia estas oficinas para disfrutar de la calle, de la gente pasando sin la menor intención de cruzarse con algún conocido, de los ambulantes, del ruido de los vehículos que imprudentemente pretendían ganarle a los semáforos y competían siempre entre ellos, todas estas cosas que hacían agitada la vida común de la ciudad, aunque ahora en mucho menor volumen por las restricciones debido a la pandemia.
Al principio le pareció novedoso respirar bajo la mascarilla N95, no le costó mucho acostumbrarse, aunque inicialmente tuvo la impresión de que todos lo miraban luego esta sensación fue cambiada mas bien por la incomodidad que comenzó a sentir por inhalar, cada vez con mayor esfuerzo, lo que era cómodo, ahora, comenzó a preocuparle; en algún momento, sin darse cuenta colocó la mascarilla bajo la cara para poder respirar con naturalidad, se percató cuando más de una persona lo miró extrañada y apuradamente se la volvió a colocar. El leve calor de la mañana parecía haberse concentrado y volverse bochorno dentro de la mascarilla, la humedad le daba un olor que sabía lo llevaría a las nauseas y su cuerpo se puso rígido por que calculó todo lo que tendría que pasar hasta  terminar sus gestiones y retornar a casa para sacarse, arrancarse la mascarilla.
La cola avanzó unos veinte metros, todos aceleraron el paso ante el imprevisto movimiento pero también se detuvieron de improviso y ordenadamente, dando la impresión de un extraño ballet que obedecía a una música imperceptible para los oídos, este movimiento orquestado le recordó aquellas películas futuristas que de pequeño le habían atemorizado, sentía un resquemor por todo aquello que se pareciera a trajes o batas de hospital debido a una permanencia de meses que tuvo durante niño cuando le operaron por haber padecido de paladar hendido.
Pensó que la mejor manera de evitar el estado vomitivo que lo comenzaba a invadir era escuchar música y se colocó los pequeños auriculares que tenía conectados al celular pero, sumados a la mascarilla, se sintió preso, atrapado, sin movimientos, agobiado así que se los quitó y decidió que lo mejor era comenzar a recordar cosas agradables para obligarse a pensar, sin proponérselo trajo a su mente aquellos días en que fue operado de ese particular mal, paladar hendido; esta malformación, que por lo general  es acompañada de labios leporinos, en su caso sólo lo afectó internamente, debido a lo cual fue detectada después de que cumpliera los cinco años, cuando comenzó a mostrar ciertos problemas de pronunciación, a esta edad la operación era más complicada pues se tenía que trabajar dentro de la boca y el post operatorio era más doloroso, por eso pasó tres meses hospitalizado.
Siempre que hacía un repaso de lo que le tocó vivir en esos días terminaba recordando lo que su madre y sus hermanas le decían, que lo bueno de haber nacido con el paladar hendido era que la operación le había dejado un extraño movimiento sensual en los labios que les gustaba mucho a las chicas. Le gustaba recordar esto, creía que lo había comprobado, todas las mujeres que estuvieron con el habían coincidido en que la parte más sensual y atractiva era su boca, la forma de sus labios, el movimiento que les daba, la sonrisa perfecta. También le señalaban que el era otra persona sonriendo, sabía que una sonrisa suya siempre era una promesa de buenas relaciones con las chicas.
Muchos minutos después, por fin le tocó su turno, se acercó a la ventanilla, entregó los papeles que había preparado y le explicó a la mujer que lo atendía lo que necesitaba tramitar, ella, además de la obligatoria mascarilla, en este caso de color rosado con unas pequeñas y estilizadas letras negras que no alcanzaba a leer, llevaba guantes blancos de látex, para evitar los contagios.
Cuando la mujer giró su silla para ingresar algunos datos en la computadora que tenía al costado pudo darse cuenta que detrás del barbijo y el mandil blanco de oficinista que llevaba puesto había una mujer joven, de formas atractivas, de movimientos portentosos y delicados, con el rostro, por lo menos lo que podía ver de el, deliciosamente maquillado. Aspiró pretendiendo oler su perfume, gesto que se le salió más por costumbre pues sabía que la mascarilla que llevaba se lo impediría.
El agradable calor que comenzó a invadir su cuerpo le confirmó que se encontraba ante una linda mujer y pretendió ser seductor a pesar de saber que podía ser tomado por acosador. Con su vista recorrió uno a uno los centímetros de la mujer que comenzó a  incomodarse por la mirada disimulada pero atrevida que profanaban sus espacios. La muchacha llevaba un marbete metálico a la altura del pecho que el se esforzó en leer, entonces le dijo:
-       Marisol…qué bonito nombre tiene señorita, no sabe como me acaba de levantar el ánimo con tan solo pensar en el mar, sobre todo en estos días en que es casi imposible  visitar alguna playa.
-       Mmmm – casi carraspeando pero ondeando las cejas como si estuviera sonriendo bajo la mascarilla masculló la empleada.
-       Y si completamos su nombre tenemos los elementos con mayor culto y admiración que cualquier otra cosa sobre el planeta, incluso más que el amor: el mar y el sol. Pero créame que tan maravilloso nombre es lo justo para honrar su belleza.
La muchacha entornó sus ojos lo miró y mientras el meneo de su mascarilla parecía decir “gracias” aceleró los registros que venía haciendo; y, puso tanta gracia en el movimiento de sus manos que él imaginó que debajo de los guantes de látex hubieran un par de manos bien cuidadas, delgadas, gráciles y frágiles, como de vidrio, que encarnaran la belleza de un alma prodigiosa, los sentimientos de una mujer primorosa, amorosa, inteligente y sensual. Estaba acostumbrado a percibir todo de una mujer con tan solo mirar sus manos, pensaba que era su don, más de una vez se había enamorado de una mujer por sus manos pero no lo había hecho nunca de una que llevara guantes. El calor que traía ahora se hizo más fuerte al pensar que podría enamorarse por las manos enguantadas de una que llevaba el rostro y el cuerpo casi completamente cubiertos.
Prefirió quedarse callado mientras las manos de la chica se llevaban toda su atención, observaba, cual científico al microscopio ante un gran descubrimiento, cada movimiento de esas manos.
La chica, nerviosa y sublime, acercó los papeles para que el firmara, rompiendo el distanciamiento social, estaban a unos cuarenta centímetros, mientras le señalaba con el dedo dónde debía firmar y posando su mirada en el barbijo de el, le dijo
-              Esto se está prolongando demasiado – refiriéndose a la pandemia – también extraño la playa ¡Ya somos dos ¿no?...! – invitándolo a sonreir, había percibido que debajo del material aislante que le tapaba la cara se escondía una sonrisa varonil, sensual y delicadamente salvaje, de aquellas que la ponían “patas arriba”, como ella misma reconocía.
Estaba convencida que a los buenos hombres se les conoce por la forma y el movimiento de los labios, era jugar a seguro, lo había comprobado, los ojos del muchacho que tenía frente a ella eran expresivos, inspiraban confianza, pero para ella no eran suficiente, necesitaba saber cómo eran sus labios. Los hombres se conocen por su sonrisa, eso no falla jamás, los ojos sin una sonrisa no son nada, los ojos podrán ser el espejo del alma pero la sonrisa es el alma misma, la ilustración del interior de la persona, el marco de las palabras del hombre bueno, solo unos labios finos pueden sustentar ideas y discursos bellos e inteligentes. Tenía su propia teoría sobre el nacimiento del pecado, cuando Eva entregó a Adán el objeto del desliz bíblico, lo primero que tocaron fueron sus labios, desde entonces estos se volvieron el instrumento más sensual del hombre, más erótico, en espera del pecado; pero también lo tocaron las manos de Eva, por eso las mujeres deben llevar las manos siempre bellas, como las llevaba ella. Necesito ver esos labios se dijo.
-              Tengo tiempo y ganas de sobra pero no se puede, aunque sea sola iría – sonriendo e invitándolo a hacerlo, esperaba notar la sonrisa de el, era imprescindible, quizás se trataba del amor que estaba buscando.
-              Ten la seguridad que iría a los siete infiernos de Dante con una bella como tu – le dijo el joven mientras sus manos tocaban su mascarilla como si se los fuera a quitar y dirigiendo sus miradas de los ojos a las manos de ella.
Fue un instante casi eterno, ambos sintieron la luz que los iluminaba, una sustancia más espesa que el aire que transmitía oleadas de calor y frío los envolvía, todo se había detenido, la vida parecía depender de una mascarilla y unos guantes de bioseguridad.
Cuando la mano de el tocaban su mascarilla le vino un estornudo imprevisto, fulminante, que apenas le dejó tiempo para agachar su cabeza hacia un lado, ella se sorprendió tanto que no sabía que hacer, el también pareció sobrecogido, se recompuso y cogiendo los papeles que le entregaban, casi inexpresivo alcanzó a decir “gracias” mientras se retiraba.
Ella veía como el muchacho se alejaba, su andar, su actitud, su espalda y todo el halo que parecía despedir le gustaban mucho, intentó mover la cabeza a un costad para seguir mirándolo pero la siguiente persona en la cola ya se había colocado delante de ella.
-       El que sigue…
El joven, todavía perturbado, hacía esfuerzos por respirar bajo la mascarilla, el sol ahora en el cenit hacía que le quemara la garganta y que la calle despidiera un brillo que lo deslumbraba, llevaba la boca abierta y la mente casi en blanco. Después de un rato, ya mas calmado, relajó su cuerpo y pensó que quizás habría perdido una oportunidad, nunca lo sabría. Pero necesitaba darse ánimo, sentir que no había perdido una oportunidad, quizás para consolarse se dijo muy bajito “las manos bellas se tienen que notar aunque lleven guantes”.


sábado, 2 de mayo de 2020

HEADPHONES MAN


No sabía cuándo exactamente se le pegó la afición por la música, que es un decir porque sabía que su verdadera afición, adicción, era a los audífonos, aunque siempre llegaba a creer que fue aquella primera vez en que usó unos, cuando su padre le regaló en su octavo cumpleaños un iPod Nano®, que quedó enganchado con ellos, se convirtieron en un apéndice de su cuerpo, un cordón que lo ataba a una realidad paralela a la que se había adaptado perfectamente llegando a vivir su propia realidad de manera “normal”, sin que siquiera se percataran que mientras hacía sus cosas, tanto las complejas como las de rutina, parte de él se encontraba atento a la música, atento al funcionamiento constante de los audífonos.
Al principio nadie le tomó en cuenta, se trataba de un muchacho más, como casi todos los que se ven por las calles, milenials, escuchando su música, la música de moda, aquella que solo agrada a los de su edad, ensimismados, ausentes para todo aquello que no provenga de sus audífonos; se acostaba con ellos, se levantaba igual, como si no se hubieran movido durante el sueño, ingresaba a ducharse con los audífonos puestos, nadie podía saber si se los quitaba para ducharse. Sus mayores problemas los tuvo durante su etapa de escolar pues el uso de cualquier artefacto está prohibido en los colegios, sus padres tuvieron que asistir a entrevistas con los profesores a recibir las quejas, fueron obligados a acudir ante un psicólogo y ante un psiquiatra cuyas opiniones fueron necesarias para matricularlo durante toda la secundaria.
A las pocas semanas de usar su iPod se le malograron los audífonos, quedaron inútiles, aunque podía escuchar por un lado le pareció que era un insulto, una gran infamia pretender escuchar buena música de esta manera, era la primera vez que sintió esta especie de angustia, de expiación de un pecado no cometido, de vergüenza impropia que le impelía a reemplazar esa pequeña cápsula, sin vida, que cuando se insertaba en su oreja se convertía en una especie de mensajero de los dioses, transportando buenas nuevas transformadas en sensaciones indescriptibles que sólo la música podía contener en cada uno de sus sonidos amplificados por la modernidad de estos pequeños serafines tecnológicos. A partir de aquí me referiré a estos aparatitos como auriculares, pues así lo hacía Carlo Paolo, de quien trata esta historia, para él, audífonos solo eran aquellos  diseñados exclusivamente para las personas que tenían problemas para escuchar y le doy la razón, aunque a veces parecía exagerado el empeño que ponía para que la gente entendiera esa diferencia e hiciera uso correcto de los términos.
Fue su padre quien le volvió a regalar otro par de auriculares para reemplazar a los averiados después de mucha insistencia, eran unos Sony ® de color azul metálico, grandes, le cubrían las orejas por completo, con almohadillas cómodas y con un sonido impecable pero diferente a los anteriores, diferencia para muchos imperceptible pero para el bastante notoria; además de haberse dado cuenta de estas diferencias, a partir de aquí nació en Carlo Paolo una gran curiosidad por descubrir nuevos sonidos, sobre todo una mayor y mejor veracidad, una aproximación a la pureza de la melodía, a lo que verdaderamente quería expresar el intérprete, un tributo a la exactitud, fidelidad le dicen en este ambiente.
Al principio no le pareció tan importante este detalle pero a medida que descubría mas calidad comprendió que era todo un universo nuevo y por descubrir muy cercano a sus oídos, pero a la vez lejano, porque también comprendió que cambiar de auriculares no era cosa sencilla, por el costo, a mayor calidad mayor precio; además, comenzó a tomar en cuenta nuevos factores como la ergonomía, el material, la resistencia y otros que fueron haciendo de su búsqueda un camino que nunca pensó tan difícil.
Crecer para el, al parecer no fue ningún problema pues sus preocupaciones se centraron en la música, en oírla lo más claro y definida posible, en buscar y encontrar los audífonos mejores que los que usaba y luego, encontrar también a quien se los regalara, esta última tarea la más difícil, cada día eran menos las personas que estuvieran dispuestas a comprarle audífonos, a veces caros, y que le duraban poco tiempo.
Terminó el colegio como un alumno más, anónimo, sin sobresalir en nada, sin tener muy claro su futuro, pero también era uno de los pocos que tenía un objetivo trazado y dispuesto a alcanzarlo, lo tenía claro, tenía que terminar la universidad rápido y encontrar un trabajo que le permitiera una independencia económica, su camino tenía un itinerario y nada podría interponérsele; y así transcurrió su vida universitaria, estudiando a conciencia, con buenas notas, pero siempre encerrado entre dos audífonos, que a manera de lóbregos paréntesis, encerraban su libertad, su vida, su espíritu, manteniéndolo alejado de todo aquello que no estuviera ligado directamente a alcanzar su objetivo profesional que en realidad no era sino el medio para conseguir siempre los mejores audífonos.
Al terminar su vida universitaria en la facultad de Arquitectura consiguió trabajo casi de inmediato, era eficiente en lo que hacía, a los pocos meses comenzó a estudiar una maestría, en la que sus notas se lucieron más que el, en la especialidad de materiales y diseños de interiores. La elección de este pos grado fue tan pronto se dio cuenta que para ejercerla era necesario mucha concentración, análisis y trabajo de escritorio, casi siempre en solitario, un trabajo que parecía estar en perfecta simbiosis con su afición por los audífonos.
Aunque Carlo Paolo se sentía casi un hombre exitoso en el plano profesional aún creía no haber conseguido ese mismo éxito en el plano familiar, tenía cuatro años de matrimonio con Sarah Vanessa, a quien había conocido durante su paso por la maestría y todavía no habían decidido tener familia, ella también era arquitecta y ejercía su profesión con algún éxito y vivían cómodamente, comodidad que el aprovechaba para dedicarle más tiempo a su vicio por los audífonos.
Creo no mentir si digo que todas las personas soñamos con tener una biblioteca dentro de nuestros hogares, porque se ve bonito, nos da caché, como reflejo de nuestra cultura, como ilusión de todo lo que quisiéramos haber leído, o por lo que fuera, Carlo Paolo tenía, en cambio, un útero, una matriz, de la cual se renunciaba a salir, este útero tenía la forma de una  moderna biblioteca donde cada libro había sido reemplazado por cajas de auriculares, de todos los colores y modelos ordenados siguiendo un patrón que era visualmente efectivo e impresionante, por gusto no había estudiado su maestría, además, cada una de estas cajas contenían el cordón umbilical que lo mantenía ligado a la música y que se convertía en una metáfora de una ejemplar madre. En la parte central de la estantería principal en un espacio especialmente acondicionado sobre una base de mármol rosado y dentro de una urna de cristal, como si se tratara de los incunables de una biblioteca, habían dos cajas pequeñas, una de plástico, de esas que llamamos display, que tenía unos auriculares Skullcandy® y la otra caja, más fina y metálica que no dejaba ver lo que había dentro. En este espacio se había construido un pequeño mundo, un lugar único, propio, inviolable, silente, en el cual le gustaba recluirse cuando se sentía cansado, cuando quería estar solo para pensar, cuando buscaba soluciones a problemas duros o simplemente cuando tenía ganas de aislarse para escuchar música.
Y con la música nunca era selectivo, no entendía cómo algunas personas tenían una música preferida, cómo se podía despreciar alguna, si en los oídos las melodías descifradas correctamente a través del medio adecuado, unos buenos auriculares, terminaba siendo bella, dulce, misteriosa hasta incomprensible.
Antes de salir de casa por las mañanas, se tomaba diez minutos para cargar toda la música que escucharía durante el día, a veces una misma canción la repetía durante dos o tres días, dependía de su estado de ánimo y de lo que esperaba del día para seleccionarla, estaba seguro que una buena elección musical le mejoraba el día, le ayudaba a solucionar problemas y hasta las escogía porque había identificado cuáles le ayudaban o le traían suerte en la solución de determinados problemas. Un día podía estar escuchando música urbana y al día siguiente clásica o instrumental, su interés musical era ilimitado.
La música, el estilo musical, el autor o los intérpretes parecían no ser importantes, solo eran una referencia o una etiqueta con fines de identidad, más interés ponía siempre en los auriculares, luego, en los parámetros adecuados que debería tener el reproductor, nunca eran los que traía de fábrica los que le conformaban, ya sea de un celular, un equipo de sonido o una computadora.
Después de sus primeros auriculares que formaron parte del regalo por sus ocho años usó y cambió muchísimos, algunos porque sufrieron desperfectos, otros porque simplemente creyó que habían cumplido su ciclo y otros porque no cubrieron sus expectativas; finalmente, sin importar lo que costaban o el estado en que estaban quedaban archivados como fotografías que guardan recuerdos de momentos de tu vida, por supuesto, algunos de estos momentos sin importancia.
Durante su etapa escolar y al inicio de la universitaria probó todos los tipos de auriculares, desde aquellos que con una enorme diadema o carcaza le cubrían las orejas hasta pequeños casi como frijoles, inalámbricos, con bluetooth, wi-fi o infra rojos, otros con micrófono notorio o imperceptibles, considerados como de gama media, Sony®, Panasonic®, Motorola®, JBL®, Skullcandy® de todos los colores, tamaños y modelos. Aunque a veces los compraba por que pensaba mejorar la calidad del sonido era usual que se le ocurriera usar nuevamente aquellos que llevaban meses e incluso años guardados.
Cuando cursaba el cuarto ciclo en la universidad comenzó a realizar algunas prácticas y a trabajar a medio tiempo en diferentes lugares que le reportaban pequeños ingresos, estos, junto al dinero que sus padres le seguían proporcionando le alcanzaron para llegar al siguiente nivel en auriculares, en esta etapa casi se dedicó a probar los Skulcandy®, Pioneer®, Beats® y Bose® sin importarle acabar con sus ingresos. Para cuando terminó la universidad y comenzó a ejercer, el nivel de sus ingresos le permitieron probar el nivel más alto en auriculares, parecía que sus oídos se habían afinado y solo podían percibir el sonido con la fidelidad extraordinaria que le proporcionaban estas maravillas tecnológicas. Los últimos que había adquirido y usaba de “diario” eran unos V-Moda® que había comprado por casi cuatro mil euros en su último viaje a España, que no eran los más caros que poseía pues en casa, al lado de la urna de cristal tenía un sitio especial para unos Sennheiser HE1 que ni su esposa sabía cuánto le habían costado, su secreto era que aún no los terminaba de pagar y se acordaba de usarlos cada vez que amortizaba la deuda por internet.
También se estaba despidiendo de unos auriculares Onkyo, los había comprado con el dinero de la venta de un vehículo que su padre le había regalado para su matrimonio, quizás por eso los llevaba en la guantera de su auto y los usaba cada vez menos.
Siempre que decidía cambiar el auricular que debía usar ese día, entre los de gama alta que poseía, cerraba los ojos y por unos segundos soñaba y llenaba sus pulmones de aire como si con el vinieran las ganas, el impulso que acelerara los acontecimientos y le permitieran encontrarse en posición de comprarse unos auriculares Focal®, hasta ahora inalcanzables, pero que abrigaba serias esperanzas de conseguirlos, no sabía cuándo, pero los conseguiría.
Alrededor de sus auriculares había hilvanado la historia de su vida, todos los hechos anecdóticos y que lo habían marcado tenían una ligazón con ellos.
A Carlo Paolo le conocían con el sobrenombre de “characato”, en una ocasión, mientras discutía en su trabajo sobre un problema de rutina se sacó uno de los pequeños auriculares que entonces usaba y lo dejó colgando sobre sus hombros, su jefe, llevado por una inocultable curiosidad se acercó y se lo puso:
-              ¿Eres arequipeño, Carlo? – le dijo con la sorpresa dibujada en su rostro – Ah, caramba, eras “characato”, te lo tenías guardado, conozco esa canción de cuando trabajaba por allá, “Hay justo cielo” de los Errantes de Chuquibamba.
-              No, para nada, me gustaría, pero soy del Callao – se apresuró en contestar para ganar tiempo y justificar la música, no era la primera vez que le pasaba algo así, parecía que la gente calificaba a sus pares por su preferencia musical – es que estoy escuchando música de un podcast que acabo de instalar y todavía no aprendo a seleccionarla.
-              ¡Nooo, tu no me engañas, tu eres “characato”…y de los serranos! – concluyó con sorna el jefe mientras se retiraba.
Así Carlo Paolo quedó rebautizado como “characato” para algunos.
También habían sido importantes en su vida unos auriculares Skullcandy®, pequeños, con los colores de la bandera de Jamaica, como si fuera un implemento rasta la calavera que identifica la marca estaba atravesada por los colores verde, amarillo y rojo; pese a su tamaño tenían buena calidad, los compró por casualidad, en el interior de un terminal de buses cuando se disponía a viajar y se dio cuenta que los que llevaba se habían averiado. Sin dudarlo los escogió por el precio, tratándose de un lugar populoso tuvo la idea que comprar algo barato le iba a resultar un fiasco así que escogió los más caros. Apenas se los puso se dio cuenta que su compra había sido correcta.
Cuando invitó a salir por primera vez a Sarah Vanessa llevaba estos auriculares, los eligió apresuradamente teniendo en cuenta que no debería llevar algo que llamara la atención y que pudiera ser fácil de manipular, pero también por que tuvo un corazonada. Después de pasear un rato el la invitó a cenar en un chifa, mientras esperaban que les sirvieran tuvieron una conversación sobre la música, contrariamente a su forma de pensar, ella parecía no estar tan interesada por la música.
-              La música es muy importante en nuestras vidas pero creo que he aprendido a vivir sin ella – comentó Sarah Vanessa – tampoco me gusta mucho bailar porque soy bastante descoordinada.
-              En cambio yo no sabría vivir sin la música, pero te diré que tampoco soy bueno bailando.
-       ¿Y qué música es la que te gusta? – preguntó la muchacha.
-              Es difícil de creer pero me gusta todo tipo de música, creo que me basta con que tenga una buena melodía – mientras se sacaba un auricular y se lo ofrecía a ella.
Sarah Vanessa lo puso en el centro de la palma de su mano y cubrió su oreja ahuecando su mano, como cuando escuchamos el sonido del mar en una concha marina, sus movimientos parecían más tímidos que delicados.
-       Bonita canción ¿De quién es? – preguntó retóricamente.
-       Se llama “You may be right”, de Billy Joel.
Antes de terminar ese primer encuentro Carlo Paolo ya sentía que algo no llegaba a cuajar, que la cita estaba acabando mal, no tuvo el suficiente tiempo para conocerla, sólo había llegado a la conclusión que era una mujer linda, culta, inteligente, como a el le gustaban. No recordaba haberlo planeado pero al despedirse puso los audífonos dentro de la gran cartera que ella llevaba, sin que se diera cuenta, así tendría una oportunidad más de verla aunque ella no quisiera cuando se los reclamara. Y hubo un segundo encuentro en el que ella le devolvió los auriculares, ese fue mejor que el primero y de allí al  romance que terminó en el matrimonio no pasó mucho. Esos auriculares ahora yacían en el interior de la urna.
También fueron auriculares de Skullcandy® elegidos por ella misma,  el primer regalo que él le hizo después de convertirse en su enamorada, quedó tan encantada, que en contra de sus hábitos  los usaba a menudo; hasta que un ladronzuelo se los quiso arrancar por la ventana de su automóvil, el tirón fue tan fuerte que el malhechor sólo se llevó un lado de los auriculares; la diadema que quedó le sirvió a Carlo Paolo para adaptarlo a un mouse que hasta ahora usaba con sus computadoras.

La temporada de calor estaba por terminar, las calles seguían llenas de movimiento hasta casi la medianoche y las avenidas se colmaban de vehículos con gente apurada por llegar a casa, Carlo Paolo al llegar a la suya,  agobiado por el tránsito pesado, después de cenar con su esposa, se acomodó en el sillón que usaba cuando quería pensar, dejó a un lado los V-Moda que venía usando y encendió los HE1, continuó escuchando  la versión de “Hotel California” de Vocal Sampling, como todo el día, era de aquellos días en los que se le pegaba una canción.

Se estiró como invadido por la flojera cuando Sarah Vanessa se acomodó a su lado, aunque era un mueble individual perfectamente cabían ambos, le pasó el brazo sobre los hombros y comenzó a jugar con su cabello.
-       ¿Qué escuchas mi amor? Preguntó ella.
-       Es una canción que la escuché hace unos días por primera vez, un grupo que sin ningún instrumento interpreta “Hotel California” como una banda completa.
-       Me gustaría escucharla con la claridad que tu lo haces – replicó con voz apenada.
-       Algún día amor, algún día.
Continuó acariciando sus cabellos y puso mucho cuidado cuando sintió bajo su mano el agarre del audífono ortopédico que ella llevaba.


martes, 7 de abril de 2020

POSTRE DE CUARENTENA


Pese a encontrarse en posición de casi sentado fue necesario que irguiera su tronco para alcanzar a ver por la ventana del cuarto hacia la calle, pero solo logró divisar los techos de algunas casas, las mismas de todos sus intentos, pues se encontraba en el piso décimo cuarto, se contentó con  un par de segundos, no tanto por que se sintiera satisfecho sino porque el cansancio que lo invadía casi por completo no le permitía más y se había cerciorado que aún no anochecía; había despertado hace unos instantes por enésima vez sin noción de si era de día, tarde o noche, le resultaba imposible llevar la cuenta del tiempo, no le interesaba tampoco, pensó que quizás el desánimo lo estaba invadiendo pero prefirió convencerse que era por la fiebre que no lo dejaba ¿cuántos días?, tres, cuatro, cinco. Tampoco le importaba demasiado solo tenía una pequeña preocupación por que le estaba durando demasiado.
La vida, su vida, o lo que le quedaba de ella, para Eduardo García se había convertido en una sucesión interminable de segundos, como un monótono rosario de mantras que le brotaban con dolor en alguna parte de la cabeza y se instalaban permanentemente en sus oídos; pero no tenía miedo, quizás el sentir que de pronto se había quedado sin futuro le había despojado de todo temor. Se esforzó por inhalar aire pese a que el respirador le ayudaba bastante, le habían dicho que si no mejoraba le tenían que entubar. Pensó que rezar de nuevo le haría sentirse mejor, lo dudaba, había rezado tanto desde que se enfermó, no recordaba que fue primero, sus oraciones compulsivas o el barullo de sus oídos; comenzó a mover los dedos de sus manos de uno en uno, luego siguió con los de sus pies, era un ejercicio que realizaba cada que despertaba, tenía la certeza que antes de que le llegara la muerte le llegaría la inmovilidad total de su cuerpo. Inhaló, expiró, lentamente, varias veces, evaluó si su dificultad para respirar se había agravado, le pareció que seguía igual, esto lo tranquilizaba. Tomó la botella de agua de la mesa con bastante trabajo, solo podía mover el brazo izquierdo porque el derecho lo tenia inmovilizado por las agujas de las vías conectadas a dos botellas extrañamente asimétricas, una grande la otra pequeña,  una transparente como agua la otra turbia como clara de huevo, sorbió un trago y sintió su boca amarga, como nunca, cada día más amarga que el anterior, intentó pensar en algún sabor para mejorar esta sensación tan angustiosa pero no pudo, últimamente comía tan poco que no recordaba exactamente cuando lo había hecho por última vez.
Quiso seguir bebiendo pero su cuerpo lo rechazó, a lo lejos el ulular de las ambulancias que entraban y salían frenéticamente del hospital lo devolvieron a su propia realidad. Se entristeció al punto que sintió que le brotaban lágrimas, desde que estaba internado nadie lo había visitado, nadie podía visitarlo, la emergencia sanitaria no permitía visitas, la intención era no arriesgar a mas personas al contagio, eso le hizo sentirse mejor, así ninguno de sus familiares se contagiaría ¿cuál de ellos? ¿había alguno? ¿le quedaba familia a sus cuarenta y dos años? Cuarenta y dos años, es la edad en la que esta enfermedad comienza a hacerse peligrosa, ¿por qué los jóvenes la superan sin problemas?.
Reparó que se hacía mas pesado el cansancio en sus ojos, iba a quedarse dormido, entonces una breve sonrisa, o una mueca que pretendía serlo, se dibujó en su macilento rostro, antes de dormirse le hacía feliz acordarse de ella, de la persona que lo había hecho muy feliz los días previos a su hospitalización, la que le dejó los recuerdos que hoy guarda como el mayor, el único, tesoro de su existencia, aquella a la que no culpa por nada y por la que gustoso podía dar su vida, aunque su vida ya no fuera una atractiva promesa.
Amelia Ramos era la mujer que le había robado el corazón, mas bien él se lo había entregado voluntariamente. Era una mujer joven, alta, espigada, con un rostro dulce que expresaba confianza, inteligencia y tenía la mirada que acompaña a las mujeres indescifrables, exóticas, inmortales. Ella, se sabía una mujer interesante y decidida, segura de lo que quería en la vida; provenía de una familia asentada en Huacho, en la que no se conocían las carencias, había decidido estudiar contabilidad en una universidad de Lima a donde se trasladó sin mayores dramas pese a que sabía que tenía que vivir sola, estudiando y trabajando. Trabajaba aunque no tenía necesidad de hacerlo, su padre podía costear sus estudios y su manutención pero ella quería siempre sentirse independiente, libre de ataduras, sobre todo económicas; le resultaba imprescindible ser independiente, no por que pudiera hacer lo que quisiera sino por que tenía la necesidad de sentirse igual que todos, tener las mismas posibilidades de triunfar y de fracasar, de ser la responsable de su destino, eso la animaba a ser fuerte y decidida.
Era una mujer sofisticada que sentía que iba por buen camino, se daba cuenta que la trataban con respeto, en algunos casos con admiración, siempre se cuidaba de ser amable con todos; por el lado sentimental había aprendido a tomarse las cosas no muy en serio, por lo menos a no parecer apresurada por establecer una relación, había tenido algunos compromisos y antes de involucrarse con Eduardo García entabló una relación, la más prolongada de su corta vida, tenía veintiocho años, con Jónathan. Los que los vieron juntos pensaron que estaban destinados a formar un hogar, parecían el uno para el otro, pero sin embargo terminó. Ella lo superó rápidamente, levantó la cabeza dignamente iniciando su siguiente relación mientras que el tal Jónathan parecía haberse llevado la peor parte, haber perdido a una mujer tan trascendente habían abreviado sus ganas de vivir, se le notaba muy desmejorado. ¿Pero en realidad Amelia lo había superado? Se sorprendió muchas veces haciéndose esa pregunta, inmediatamente reconocía que si, era un capítulo culminado y desviaba sus pensamientos pero sabía que el solo haberse preguntado era porque quedaba algo por saldar dentro de si, los recuerdos no se invocan sin alguna voluntad, se demandan porque tenemos algún interés, no nacen como las flores, los animales y cualquier ser vivo, que previamente fue concebido y sabes que en algún momento emergerá, no, los haces nacer tú en el tiempo deseado, cuando los necesitas o por lo menos crees que los necesitas; sin embargo, ella nunca reconoció interés alguno más bien puso empeño en reforzar su actual relación.
Eduardo y Amelia se habían conocido un año antes, desde que el la vio por primera vez se sintió impactado por su belleza pero prefirió mantener su distancia porque entonces ella era la enamorada oficial de Jónathan, Eduardo era un hombre maduro que provenía de una familia cañetana, su padre era el dueño de un restaurante muy exitoso y preferido por los turistas, en clara oposición a la tradición familiar, eligió no dedicarse al mismo negocio, aunque desde pequeño cocinaba prefirió la ingeniería y se graduó de ingeniero pesquero, se casó muy joven y se divorció veinte años después, llevaba dos años como divorciado oficialmente y cinco separado de su ex esposa con la que tuvo una hija, ellas se quedaron residiendo en Cañete mientras el buscó que rehacer su vida en Lima, en realidad solo buscaba huir del ambiente aquel que creía le hacía daño; había cultivado un extraño respeto por su esposa e hija y por eso vivía solo, en realidad solitario, tenía pocos amigos y no tenía muy claro si sería bueno para el un nuevo episodio sentimental hasta que la conoció a ella, a Amelia.
Se dedicó a admirarla y cultivar con mucho cuidado ese sentimiento que crecía dentro de si cuidándose de mantenerlo oculto, pensó si no sería necesario hacer algo que lo evidenciara, quizás algo extremo, hasta que se enteró que Amelia había terminado con Jónathan, entonces se decidió a conquistarla y después de ocho meses se hicieron enamorados.
Acababan de cumplir un mes cuando el gobierno anunció el inicio de una cuarentena como medida para combatir la pandemia del coronavirus o COVID-19, el vio los detalles de la noticia la noche de un domingo, después de dejar a Amelia en el cuarto donde ella vivía tras disfrutar de un día a su lado celebrando estos primeros treinta días de relación.
Tirado en la cama, intentando adivinar cómo influiría esta situación en su relación, la mayoría de personas no sabía qué cosas tendrían que modificarse en su comportamiento durante un estado de necesidad como el que les tocaba vivir, se le vino la idea que era una buena ocasión para aprovechar, para tener por más tiempo a Amelia a su lado, quizás era la oportunidad para convencerla que le dejara quedarse en su departamento, ella siempre evitaba invitarle a pasar, hasta había creado una regla que les impedía a ambos quedarse en el departamento del otro, pese a que ya habían tenido relaciones en hoteles.
No esperó más, la llamó por teléfono y después de media hora de conversación le propuso pasar la cuarentena juntos, en el departamento de él, con cierto recelo por el temor de recibir una respuesta negativa; pero no, ella aceptó de buena gana, con la condición de que pudiera retirarse en cualquier momento porque pensaba que en estos quince días que duraría la cuarentena se podría presentar algún problema familiar que la obligara a viajar a Huacho pues desde algunas semanas atrás su padre la reclamaba.
Esa noche Eduardo García no durmió, buscaba aprovechar esta ocasión para demostrar el gran compañero que podía ser, quería fortalecer su vínculo afectivo, atraparla para siempre, hacerla dependiente de el, convertirse en la pareja inolvidable, imprescindible, obligatoria, quizás inevitable.
Se había dado cuenta que a ella le encantaban los hombres hogareños, sobre todo los que cocinaban. Preparó un plan, calculó los tiempos y memorizó las cosas que tendría que hacer desde muy temprano, la emoción que sentía le puso impaciente, no durmió repasando cada una de las tareas del plan y hasta pensó en las formas de corregir las cosas sobre la marcha si acaso alguna de las tareas fallaran, para todo tenía un plan b.
La llamó muy temprano, apenas después de levantarse y se pusieron de acuerdo en que ella llegaría para almorzar juntos después de arreglar algunos asuntos pendientes en su trabajo. Sin desayunar salió al mercado cercano a su casa para comprar las cosas que necesitaba para cumplir todo lo planeado; durante las largas conversaciones que tuvieron se había dado cuenta que a Amelia no solo le gustaba un hombre que supiera cocinar sino que también supiera preparar dulces y postres, ella decía que la parte más importante de un almuerzo era el postre, porque concentraba no solo el arte y la experiencia del cocinero sino sus sentimientos, su espíritu todo metido en una porción que además terminaba transformándose de poesía en sabor, pasaba de ser una cantidad de ingredientes a la marca del espíritu del cocinero, encerraba y transmitía la calidez del alma de su autor. Tal era la importancia que ella le daba al postre.
Al mediodía Eduardo terminaba de preparar el almuerzo con el que esperaba encantar a Amelia, en el horno, recién apagado, reposaba una porción de lasagna. Por algún razonamiento que nació en su corazón o tal vez porque conocía poco de postres había decidido preparar lo único que le salía bien, dulce de camote o “camotillo”, como se le conoce en la región a una especie de mermelada endurecida hecha con camote, chancaca y especias, además, a última hora se le ocurrió también preparar unos vasos de un postre conocido como “carlota”, un batido con un poco de gelatina de diferentes sabores, ambos en el mismo recipiente pero separados.
Amelia llegó antes de lo esperado, él se desvivió en atenciones por ella y era notoria su emoción por pasar esta aventura juntos, sin darse cuenta se entregaron al amor como si fuera un ritual de iniciación, como una ceremonia por un servinacuy tácito.
Se ducharon juntos y en paños menores se sirvieron el almuerzo. La lasagna aún caliente fue el preámbulo perfecto para esta temporada de amor.
Cuando ella retiró el plato muy elegantemente hacia el centro de la mesa como señal de haber terminado el le dijo:
-       Te he preparado un dulce muy sencillo que me enseñó mi abuela, me parece que es una buena elección para un almuerzo familiar, por lo menos yo lo elegiría siempre.
-       ¿Qué es? – preguntó ella emocionada.
-       Un poco de “camotillo”, es un dulce de camote muy tradicional en mi región.
-       Ahhh…”camotillo” – replicó ella tratando de mostrarse más emocionada de lo que estaba – desde mi época de escolar que no lo he vuelto a probar, si me encanta.
El se levantó de la mesa lentamente, sin dejar de observarla para percibir su reacción, tratando de ser misterioso se acercó caminando, como si bailara, al fríobar que tenía en el departamento, lo abrió lentamente y por completo para que ella viera el dulce y los vasitos descartables llenos del batido con gelatina que nunca se juntaban. Esperaba una reacción favorable pero alcanzó a notar que el efecto fue mayor, ella se mostró más que sorprendida, quedó encantada y su rostro irradiaba mucha felicidad, sus ojos brillosos eran el reflejo de una gran emoción y despedían  gotas de luz que llenaban la habitación alejando la oscuridad de todos sus rincones; Eduardo sintió que había acertado, su corazón se enterneció y se llenó de tanto amor como nunca había sentido por aquella mujer que a pesar de su delgada pero formada figura transmitía una gran fuerza y un optimismo que contagiaba fácilmente a quien la mirara. Y el no dejó de mirarla por un gran rato pues una interrogante se incrustó en sus pensamientos ¿en dónde había visto esa mirada? quizás se parecía a la mirada de felicidad de su hija, no, este brillo en los ojos de Amelia es más de mujer, de pasión, de deseo en crecimiento, de corazón que pide amor, de mujer que sabe que ya lo encontró.
Pasaron tres días durante los cuales solo les interesó amarse y entregarse olvidándose de todo y de todos, solo les quedaba lugar para una pequeña noción del tiempo para preparar el almuerzo y el postre; él cocinaba mientras ella lo miraba extasiada como si quisiera guardar cada uno de estos momentos para toda la vida.
En la noche del tercer día, mientras ambos fumaban después de hacer el amor, tirados sobre la cama formando un nudo con sus cuerpos ella le dijo:
-       En verdad eres lo mejor que me ha pasado, eres el mejor que he conocido.
-       Creo que una mujer como tu vale cualquier esfuerzo, gracias por el halago querida, no podría decirte que tienes la razón porque sólo conocí a Jónathan y tendría que haber conocido a todos los que fueron en tu vida para evaluar aquello de lo mejor que te ha pasado – le contestó tratando de ser divertido.
-       Es mejor no hablar de él, ya es cosa del pasado, ya fue…
-       Bueno, bueno…pero recuerda que no hablar de el no quiere decir que no existe, al pobre lo vi hace unos días y parece que todavía no te supera, es más, no se si me miró con odio o con envidia – insistió Eduardo.
-       Si pues…– parecía como si ella acabara de echar a volar su pensamiento hacia un lugar lejano mientras lanzaba el humo del cigarrillo y su mirada se opacaba como si  una niebla, que baja del alma, la invadiera, pareció sobreponerse de inmediato  y alcanzó a decir – Pero contigo estoy mejor, Edú, eres mejor.
-       Sácame de una duda Ami – la llamó así para ponerse a tono con los diminutivos que a ella le encantaba usar y le desembuchó – ¿Por qué terminaron? ¿por qué lo dejaste? ¿o el te dejó?
-       Me llegó un correo con una foto donde estaba con otra en una situación complicada, me engañaba y yo cojudamente detrás de el – simultáneamente apagaba el cigarro metiéndolo en un vaso que todavía tenía un poco de vino del que habían tomado con la cena.
-       Qué buenos amigos tienes que se preocupan por ti – dijo Eduardo mientras besaba suavemente su nuca.
-       Fue un anónimo, un correo desconocido, no se quién podría haber sido, pero en todo caso se lo agradezco, de no ser por el todavía tendría una venda en los ojos y la oportunidad de conocerte se hubiera perdido, solo tengo agradecimientos para esa persona – le contestó empleando el tono que se emplea para acabar una conversación; pero Eduardo insistió:
-       Ah…¿y cambiaría algo si te enteras quién te envió esa foto? – preguntó con una extraña inquietud que quebraba su voz, era evidente que no había sido fácil hacerla y que la respuesta le preocupaba, ella le contestó rápidamente para ayudarlo a superar este momento embarazoso.
-       No, nada, para esa persona solo tengo mi agradecimiento – entonces se acomodó entre los brazos de el y le besó los labios, con un beso cálido, casi desesperado, mientras su respiración se agitaba como se agitan las olas en el preámbulo de las tormentas.
Muy temprano, mientras se bañaba Eduardo García ordenaba sus pensamientos, aprovechando la frescura del agua, esperaba no despertarla para hacerle un desayuno sorpresa, como una forma de prepararla para contarle un secreto; toda la noche una duda había martillado sus pensamientos, era de esas dudas que se convierten en un peso o una muralla que advertimos al menor movimiento y por eso precede a todos nuestros actos llenando nuestro espíritu de dudas mayores. No se sentía seguro aún, quizás observándola durante el desayuno podría percibir una señal que le animara o desanimara, no tenía una decisión todavía y se conformó pensando que podría postergar cualquiera sin ningún problema.
Mientras se secaba alcanzó a ver por la pequeña ventana del baño una figura de mujer que cruzaba la calzada alejándose, la comparó con la figura y el caminar de Amelia, se le había hecho una costumbre compararla con toda mujer bonita que se le atravesaba, siempre ganaba, no había mujer que le opacara su belleza, pensó que este sentimiento por ella era nuevo en el ¿sería por la diferencia de edades? ¿es lo que siente un hombre maduro por el amor de una mujer tan joven? Evitó responderse para no ampliar las dudas que esta mañana enfrentaba.
Sintió frío, como aquel que lo hace tiritar cuando está con fiebre, mientras salía del baño, se sorprendió de no ver a Amelia en la cama pues suponía que todavía dormía, el departamento solo tenía dos habitaciones y casi se inmediato se dio cuenta que no estaba ¿se habría marchado? Buscó con la mirada las cosas de ella y no vio ninguna. Sintió más frío, se tocó la frente y estaba sudando, hervía, definitivamente tenía fiebre. Abrió la ventana que daba a la calle de par en par y sacó el torso, buscó a ambos lados de la calle la figura de Amelia, aunque en el fondo presentía que se había ido.
Una corriente de aire frío de improviso le dio en la cara y apreció que la garganta le ardía, no era un ardor nuevo, advirtió que toda la noche lo había sentido pero la imagen de Jónathan derrotado, destruido, había disimulado toda sensación, cerró la ventana y se tiró en la cama escondiendo la cara en la almohada. Comenzó a toser desesperadamente, en cada convulsión de su pecho la imagen de Amelia lo invadía, lo consumía, Presintió que esta enfermedad no lo dejaría huir fácilmente, quizás ya estaba grave. Total ¿quién podría estar sano después de su partida?.

domingo, 15 de marzo de 2020

MIS SESENTA


Es común escuchar la expresión que el Perú  es un país de contrastes, donde los casos de antagonismos son frecuentes, tenemos los lugares más bellos pero ellos se convirtieron en refugio de terroristas y narcotraficantes cada cual mas sanguinario, tenemos las mentes más lúcidas, que son admiración del mundo pero también somos cuna de cada imbécil (la conformación del Congreso 2016-2019 dan fe de ello), contamos con la burguesía más refinada pero también con uno de los colchones mas grandes de pobreza extrema, tenemos colegios privados donde tu pensión mensual alcanzaría para pagar a todos los profesores de una escuela rural; y, así por el estilo, los contrastes se dan cada nada en nuestro querido país.
Y ahora que están de moda los destapes por los grandes casos de corrupción nos damos cuenta que esta especie de polaridad se puede demostrar más fácilmente con los políticos, algunos de ellos presos; lo podemos graficar con el caso de nuestro ex alcalde apodado “el mudo”, él, ha sido incluido recientemente en las investigaciones del caso Lava Jato, por haber recibido dinero sucio proveniente de Odebrecht para su campaña política (es evidente que algo le quedó para sus bolsillos), sin embargo, pese a las pruebas y a lo indudable de su accionar delincuencial, muchas personas todavía creen en el, o si no creen por lo menos justifican su accionar diciendo “roba pero construye”, y esas mismas personas son las que critican y piden el linchamiento de otros políticos quizás menos corruptos, como si existiera una escala para medir la corrupción.
O sea, los peruanos estamos normalizando una doble apreciación sobre un mismo punto, no me atrevería a decir doble moral porque me parece que no es intencional, es como una moda, como una protesta, como si quisiéramos gritar “basta”, entonces nos ponemos del lado de quien creemos que es una persona honesta, digna, sin conocer su otro lado (ahora estamos casi seguros que todos lo tenemos) o simplemente nos ponemos del lado de quien es diferente sin importar nada mas, como queriendo decir “yo elijo a quien me de la gana”; esta apreciación personal la confirmo con el resultado de las elecciones para congresistas 2020-2021, podría afirmar que quienes se harán cargo de lo que queda del ciclo legislativo del Congreso disuelto ni siquiera tienen las condiciones mínimas para representarnos, los escogimos en un rapto de sinrazón, de desprecio por el establishment impuesto por los defenestrados. En todo caso falta poco tiempo para saber si tengo o no razón.
Somos el país de “Pepe el vivo”, el país del “lorna”, del “caído del palto”, lo curioso es que la misma persona puede pasar de “Pepe el vivo” a “lorna” y después a “caído del palto”. Desde muy pequeños somos educados en nuestras familias con los moldes de “Pepe el vivo”. Cuando viajamos en el transporte público nuestros padres nos obligan a ocupar un asiento delante de ancianos o personas con alguna discapacidad, metiéndonos en la cabeza que eso es una viveza. Nos llevan al cine cuando ya hemos pasado la edad mínima para ser menores y nos obligan a mentir sobre ello para pagar menos, en nuestras casa se justifica la piratería de libros, música y videos porque esto es de vivos. Si cuando nos dan el vuelto el vendedor se equivoca y nos da más, jamás devolvemos el dinero, no serías un “vivazo” sino un “caído del palto”.
Entonces el peruano que es honesto, que cumple con sus obligaciones ciudadanas, que no se pasa el semáforo en rojo, que paga sus deudas regularmente, que es disciplinado y respeta a los demás y a si mismo es un “caído del palto”.
Hace algunos días cuando pasaba por el cine Tacna, en la avenida del mismo nombre se me vino a la memoria que por esas calles, el personaje “nobelesco” (si, con b, no con v, porque me refiero a que se merecía un premio Nobel), de Conversación en la Catedral, una de las mejores obras de Vargas Llosa, Santiago Zavala se preguntó “¿En qué momento se había jodido el Perú?”; y, con esa pregunta nos había vuelto a joder porque hasta ahora no encontramos una respuesta que pueda ser considerada correcta por todos, o por la mayoría  de peruanos. No tenemos noción de cuándo exactamente nos jodimos pero actuamos para seguir jodiéndonos entre nosotros.
Lo peor de este asunto es que hemos perdido la capacidad de darnos cuenta cuáles de nuestros actos son los que nos joden, no lo sabemos a ciencia cierta.
En el Perú se dan leyes para que se cumplan pero el peruano cree que antes de cumplirlas debe buscar la manera de evitarlas, si la encuentra entonces si está ejerciendo su rol de “Pepe el vivo”, solo a un vivazo se le puede permitir incumplir las normas, los que las cumplen son los otros, los “lornas” y los “caídos del palto”.
Hace unos días, conversando con un familiar, médico, me comentaba que durante sus guardias en el servicio de emergencias del hospital donde trabaja se había dado cuenta que en días lluviosos llegaban entre 1 a 5 personas adultas, algunos ancianos, a atenderse por golpes, a veces fracturas al haberse resbalado cuando caminaban sobre las rampas construidas en las aceras y que según reglamento tienen que estar señalizadas, pintadas de amarillo.
-       Creo que voy a hacer un informe para pedirle a la municipalidad que cuando construyan estas rampas las hagan con una superficie antideslizante para que las personas no se resbalen – me dijo orgulloso.
Me miró a los ojos esperando mi aprobación, o quizás un gesto de admiración por tan loable proceder, pero, lamentablemente estoy curtido con esto de las leyes que se cumplen y las que no, instintivamente me doy cuenta cuando alguien está quebrando alguna norma, no se por qué desarrollé esta cualidad. Entonces le respondí.
-       Creo que esas rampas están construidas para ser empleadas por las personas que se movilizan en sillas de ruedas. Lo que deberías hacer es llamar la atención de todos esos “lornas” por caminar sobre ellas, pues no les corresponde.
Vi la sorpresa reflejada en el rostro de mi interlocutor, es más, yo mismo me sorprendí de haber hecho un comentario casi autómata, ni siquiera lo había meditado, me salió así de repente.
Allí estaba probado otra vez que un mismo hecho es explicado, de acuerdo a la interpretación de cada quien, para algunos puede ser una “viveza” y para otros una “gran cojudez”.
Pero la cosa se agrava cuando se siguen dando leyes y normas que parecieran haberse diseñado para incumplirlas, para que la mayoría de peruanos, porque la mayoría nos creemos “pepes”, inmediatamente busquen y encuentren la manera de evitarlas o de favorecerse con ellas.
Una de estas es la ley de atención preferencial que otorga un derecho especial en la atención de mujeres embarazadas, personas discapacitadas y del adulto mayor (LEY Nº 28683) Esta norma es la que obliga, entre otras cosas, a separar cierta cantidad de asientos en todo transporte público para el uso de estas personas y de atenderlos en forma preferente tratando de evitarles las largas colas durante las gestiones de todo tipo.
Desde su entrada en vigencia he sido testigo de muchas formas que inventamos los peruanos par favorecernos de la ley.
He sido testigo de innumerables casos, algunos muy bien planeados, en los bancos, en las oficinas de servicios públicos, en los cines, en los hospitales, en las cajas del supermercado y hasta para subir a las “combis”, de “pepes” sacándole la vuelta al resto.
Peruanos vivazos que son capaces de prestarse el hijo de la vecina o usar a un sobrino para concurrir a hacer gestiones y acomodarse en las colas preferenciales; también vendarse un brazo o emplear un bastón para fingir alguna discapacidad que les permita este privilegio.
Recuerdo que una vez, mientras hacía una larga cola para actualizar mi DNI, atrás mío se encontraba una señora, joven aún, quizás de 38 o 40 años, que llamó con su celular a un familiar y le pidió que lo más rápido trajera a Paquita por que la necesitaba. Una hora después, cuando el sol nos torturaba en esta cola que parecía no avanzar, llegó otra joven trayendo de la mano a una niña con síndrome de Down, la mujer que había pedido su presencia, sin ningún rubor, la tomó de la mano y pasó de frente a la ventanilla. Nadie le dijo nada, yo tampoco, porque era evidente que una protesta no encontraría eco teniendo en cuenta la situación de la menor. Tanta fue mi cólera, que después de esa gestión tuve una cefalea que me duró dos días.
También he visto a muchos adultos mayores superar milagrosamente una cojera después de haber culminado su gestión por la directa, muchas veces, cuando estaba a punto de ser atendido se presentaban uno o dos personas en situación preferencial que eran atendidos antes que yo y me dejaban una extraña sensación de odio, odio a todo el mundo, a las leyes, a los vivazos. ¿Porqué tengo tan mala suerte?.
Por eso, cuando por la mañana llegué a la clínica dental, casi de urgencia porque tenía un dolor de muelas, de esos insoportables, que están prendidos todo el día, que intentaba paliar con pastillas para el dolor y anti inflamatorios auto medicados, sentí otra vez este odio que estoy seguro salía de mis genes, de mi estructura más interna, al retirar el clásico papelito para esperar mi turno. Mi número era el 63 y el televisor al frente con el sonido de campanitas navideñas anunciaba que era el turno del 39 para acercarse a una de las dos ventanillas y ser derivado a un consultorio. Esperé tragando abundante saliva y tratando de poner mi mente en blanco para perder voluntariamente la noción del tiempo, cosa que iba a lograr, cuando me di cuenta que había una cola preferencial que nunca pasaba de tres personas a quienes se les atendía casi de inmediato, tuve que cerrar los ojos e intentar cantar mentalmente para evitar pensamientos nocivos con tendencia a convertirme en asesino.
Después de mucho sufrimiento y un par de horas de por medio llegó mi turno. El televisor anunciaba que al 63 le correspondía la ventanilla 2, aunque esta vez no hubo campanita (podría haber jurado que hasta el televisor estaba en mi contra), respiré profundamente y me acerqué a la ventanilla mirando a mis costados, preparado para meterle un codazo de necesidad mortal a cualquier “preferencial” que intentara ganarme el turno.
Como era la primera vez que me atendían procedieron a generarme una historia clínica, me pidieron mis datos, y entre estos mi edad.
-              Sesenta recién cumplidos…- dije, lo más serio posible. La señorita que me atendía levantó la vista para mirarme mejor.
Si me dice “no parece” le meto un “combo” entre ceja y ceja, gracias a Dios, no me dijo nada y continuó con su trabajo. Me entregó otro papelito como contraseña para dirigirme al consultorio 703. Tomé aquel pequeño papel de la puntita esperando que no se ajara porque de pronto sentí temor, como una premonición de que algo tenía que pasar para que las cosas no me salieran tan bien.
-              Es un consultorio preferencial y le van a atender ahora mismo – me dijo. ¿Qué? No puedo creerlo, yo preferencial. Se iluminó todo el recinto, la voz era un arrullo angelical, me levanté y una nube me llevó hasta el consultorio 703, porque caminando no fui.
La puerta estaba entreabierta, cuando iba a tocar con los nudillos se abrió y el mismo odontólogo, ataviado con su ropaje verde y un tapaboca que le cubría más de medio rostro me indicó sin preámbulos – Tome asiento – señalándome la silla dental que ahora se me hacía como un cómodo diván en donde se quedaría mi dolor de muelas.
Media hora después, cuando salía de la clínica con el cachete izquierdo todavía adormecido por la anestesia, completamente aliviado de ese dolor que sonaba en el fondo de mi cabeza, me sentía otra persona, una entidad superior, un campeón, con la certeza que a partir de ahora no habría cola que pueda conmigo.
Agárrense el común de los mortales que todavía tiene que hacer colas, si agárrense de donde puedan por que acaba de nacer un “Pepe el vivo”.


LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...