Parece tan poco que es increíble que hayan pasado treintaicinco años desde
que me inicie en esta vida institucional, desde que se iniciaron nuevos sueños
relacionados con el aspecto profesional, después de haberse hecho realidad
otros pocos. Si me pongo a recordar los buenos y malos momentos vividos tendría
que pasar una nueva parta de mi vida intentando juntarlos todos. Las experiencias
y emociones han sido tantas que ponerme a recordar se convierte en una
confusión de hechos y fechas.
Cuando me veo en aquellos años increíblemente siento que no hubiera
cambiado mucho, las mismas ideas, los mismos conceptos, casi los mismos sueños
el mismo horizonte, ¿los mismos principios? (No creo que esto deba ser evaluado
por uno mismo), claro que las motivaciones son diferentes, las esperanzas otras
y las posibilidades también. El tiempo, padre de la edad, hace su trabajo
inexorablemente llevándose consigo esperanzas y posibilidades y trayendo otras
nuevas; a pesar que las esperanzas las relacionamos con el deseo de recibir
algo bueno tras una situación difícil, siempre he sentido que estas son primas
del optimismo, por eso a aquello de “mientras hay vida, hay esperanza” debo
aumentarle “también optimismo”.
Pero cualquier ejercicio de remembranza o añoranza siempre linda con la
tristeza, por lo no conseguido, por lo perdido, por las cosas que se fueron y
las que no fueron o simplemente, porque ineludiblemente nos acercamos al final
de todo (la muerte es el final de todo para el que se va para no volver jamás),
tristeza, porque siempre una vida será insuficiente para hacer todo lo que
quisiéramos hacer, una vida no será suficiente para ver lo que quisiéramos ver,
como nuestros antecesores no vieron, por ejemplo, la caída del muro de Berlín,
la tv en colores, el cine en 3D, los automóviles sofisticados o cualquiera de
los alcances de la cibernética, los micro ondas o las teleconferencias, y mucho
por reseñar.
En muchas ocasiones (me sirve para darme cuenta que ya estoy en la parte
rápida del tobogán, la bajada), cuando
me encuentro con alguien de mi generación ya se me ha hecho habitual recibir
alguna mención a mi atuendo, que a veces parece demasiado joven y otras fuera
de lugar simplemente. Y yo les comento que tengo un hijo que terminando sus
estudios quiere seguir la inexistente, por ahora, carrera de ingeniería
artística, otra hija que quiere ser emo y modelo a la vez, y por si fuera poco,
una más que se niega a aprender la tabla del dos cuando ya debería saber la del
seis pero se ha memorizado todos los integrantes de esa serie paupérrima de
moda “Combate”, entonces fluye la necesidad de conectarme a sus tiempos a sus
momentos para poder entenderlos y encontrar juntos lo mejor para ellos.
Definitivamente siento que aún tengo que realizar grandes esfuerzos en la
vida, sólo estoy quemando una etapa, como se suele decir, todo lo vivido no es
más que el principio de algo que todavía falta alcanzar, así como nunca es
tarde para aprender algo nuevo, nunca es tarde para vivir algo nuevo, para
continuar o retomar algo que dejamos en el camino con las fuerzas y la
experiencia que antes no teníamos.
Soy de los que prefieren mirar para adelante y seguir caminando que
sentarme para ver cuánto he avanzado, creo que todavía tengo camino por
recorrer, mi espíritu es joven (quisiera que de esto se enterara mi corazón, mi
hígado, mis riñones y mi próstata) y tengo mucho por hacer. Me alegra saber que
para algunas sociedades todavía podría ser considerado un afortunado que no ha
alcanzado su adultez, porque para ellos, japoneses por ejemplo, uno es adulto
cuando pierde a sus dos padres, y por Gracia de Dios todavía tango a los míos
vivos y espero, por esa misma Gracia sea por rato.
Y creo que me estoy yendo por la tangente y hasta parecería esta una
apología a la madurez, cuando lo que quiero resaltar son estos treintaicinco
años de vida institucional.
Si, son treintaicinco años, iniciados el 1 de setiembre de 1977, cuando
tenía diecisiete, en la Gloriosa y Benemérita Guardia Civil del Perú, a la que
le debo mucho, frase que sonaría totalmente retórica si no completo la idea de
cuánto ha significado para mi, y seguro que para toda la promoción “Los
Comandos” estos (primeros) treintaicinco años.
Una familia está compuesta por personas, de diferentes edades, unidas por
un vínculo pero en la que ninguno de ellos escogió a sus compañeros, los que
ingresamos ese 1 de setiembre a la BGCP, somos también una familia, nadie
escogió a nadie, solo elegimos una propuesta de futuro compartida, convivimos
tres años y medio, dentro de las mismas paredes, sufriendo, gozando, viviendo
las mismas situaciones, carencias, triunfos, penas y alegrías, tuvimos hermanos
mayores, todos ellos hoy recordados, (no intento nombrar a nadie no porque no lo
merezcan sino porque sería una falta de respeto mencionar solo a algunos en este
escrito irreverente), y la familia que se formó ese día es para siempre. Entre
algunos nos encontramos durante estos treintaicinco años, otros no nos hemos
vuelto a ver, y seguro que de hacerlo la alegría será inversamente proporcional
al tiempo que nos dejamos de ver.
He conversado con muchos de ellos y en todos se nota la misma alegría de
siempre, los conocidos por habilosos y relajados son los mismos, claro que las
canas y las arrugas nos hacer ver que tras de ellos existe una familia con toda
la esencia de sus responsabilidades, los estudiosos y responsables siguen
siendo los mismos, los impredecibles, por lo menos para mí lo son todavía, y en
todos ellos coinciden la alegría, el cariño y el respeto entre todos. Como en
mi caso creo que solo debo agradecimientos a cada uno de “Los Comandos” sin
ningún reproche, reconociendo en los que llegaron más alto o anduvieron más
rápido los méritos, nuestro sentimiento y permanente compañía a aquellos que
quedaron en el camino, generalmente por causas ajenas a su voluntad y a
aquellos que se adelantaron en este valle de lágrimas para dirigirse al lugar
del eterno descanso nuestro recuerdo permanente.
Pero ningún espacio será suficiente para el agradecimiento que le debo a la
BGCP, que me cobijó y me dio los mayores éxitos de mi vida, me hizo conocer el
valor de la lealtad y la disciplina como parte fundamental de mi existencia (no
como principio enumerativo o metáfora de lo que alguna vez quisiéramos),
institución de la que hasta hoy me vanaglorio de pertenecer por el cariño que
nunca se ha dejado de sentir de la gente, incluso en estos días de ataque
inmisericorde por parte de la prensa que aprovecha el comportamiento desubicado
de unos pocos policías. ¿Cómo describir la alegría que sentí cuando hace unos
pocos meses, estando por la selva norte del Perú, un poblador al vernos acercar
a su vivienda salió alegre a recibirnos diciéndonos “Hace tiempo que la Guardia
Civil no viene por estos lugares”? Esa satisfacción hace que cualquier acto de
injusticia recibido durante nuestra función quede olvidado y zanjado.
Pero, a veces, sobre todo al levantarme después de algún trabajo pesado, me
pregunto si no hubiera sido mejor abandonar este “apostolado” aquella vez de la
unificación, así como lo hicieron algunos y hoy son, por lo menos para mí un
ejemplo por el respeto, el cariño y la dignidad con que decidieron enfrentar
esta combinación de especialidades, la respuesta nunca la tendré, sólo me queda
el consuelo de haberme seguido comportando como un Guardia Civil con cada una
de sus letras, de haber mantenido los principios que me inculcaron en el CIGC
de estar seguro que nadie podrá levantar el dedo para señalarme y ofender a mi
gran Guardia Civil.
Por último, pese a que el color de los hábitos que hoy todavía llevo no son
los que escogí, me siento obligado, como muestra de agradecimiento por haberme
permitido alcanzar estos treintaicinco años de servicio que, sin lugar a dudas
muchos quisieran haber vivido, a llevar como mortaja cuando me muera el
glorioso y hoy más que nunca digno uniforme de mi querida Guardia Civil del
Perú.