LA PENSION

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jueves, 23 de diciembre de 2010

LA NAVIDAD DEL COMISARIO

Esta historia ha sido extraída, con autorización de su autor por supuesto, de una obra aun inédita, en etapa de corrección, que ha sido escrita por Kevin Olivas Cornejo, que en realidad es un seudónimo, cuyo título, hasta donde se, es “Hay tombo para rato”. No es copia fiel sino lo que puedo recordar de uno de sus capítulos después de haberla leído.


El Comisario desde el día anterior, que llegó de su casa a la Comisaría, trabajó con verdadero gusto, tenía un turno de veinticuatro por veinticuatro, que es como se llama a este tipo de servicio que le obliga a dormir una noche en la Comisaría y otra en su casa. Eran las dos de la tarde del día 24 de Diciembre y pensaba retirarse a su hogar después de pasar por el pavo que había mandado a hornear, su intención era regresar a la Comisaría después de almorzar con su familia para permanecer en su puesto hasta las once u once y media de la noche, total siempre las navidades son movidas, luego retirarse a su casa para recibir la navidad junto a su señora y sus hijos. Y con esta idea en mente, sin perder la noción que como policía pocas veces podía darse el lujo de pasar la navidad con su familia trabajo con verdadera motivación.

No dejaba de pensar en los detalles. Ya había comprado una cantidad apropiada de cohetes y fuegos artificiales para quemar con su hijo mientras terminaba la noche buena. Los regalos para sus dos hijos menores los había dejado junto al arbolito. A cada momento imaginaba el rostro de alegría que pondrían sus hijos cuando abrieran los regalos que habían pedido. Su hija mayor, adolescente, empezaba a tomar distancia de las celebraciones navideñas, como casi todos los adolescentes, y, prefirió que le regalara ropa de la tienda Ripley que recientemente habían abierto por el barrio.

Cuando daban las once de la noche más o menos, y ya había empaquetado adecuadamente los fuegos artificiales que llevaría a su casa, recibió la llamada de su jefe, el Coronel “Pechugas”, conocido por su permanente acoso a los Comisarios a quienes les exigía más de lo que el mismo daba, pero que con su carácter había sabido repartir presión y miedo por los lugares en donde prestó servicios, habiéndose construido una fama de “maldito”, quien ordenaba que los Comisarios, todos sin importar si les tocaba o no dormir en su casa, debían permanecer en sus puestos hasta que el pasara por cada una de las Comisarías.

El Comisario sintió una desazón que le quemaba desde el cardias hasta el píloro, pero como acostumbrado que estaba a este tipo de situaciones provenientes de “Pechugas” se calmó y llamó a su casa para comentarle a su esposa el inconveniente. Como siempre ella lo aceptó sin hacerse problemas, ya estaba acostumbrada a la vida de su esposo y convinieron en esperarlo hasta que pudiera llegar para quemar los fuegos artificiales, que se había convertido en la principal actividad de esta navidad, incluso más importante que la misa de gallo y la propia cena navideña. Nuestro Comisario tenía la esperanza que su Comisaría fuera una de las primeras visitadas por “Pechugas”, como nunca tenía un verdadero deseo de estar lo que quedaba de la navidad con su familia. Pensaba, que después de haberse dedicado con tanta vehemencia a su trabajo se lo merecía. Por eso les había prometido a sus hijos que pasarían esta navidad juntos, quemando cohetes, bengalas y todo tipo de luces.

No sabía cuántas vueltas había dado en el frontis de la Comisaría, se había comunicado con los otros Comisarios y “Pechugas” había sido visto cerca de algunas Comisarías pero no había ingresado a ninguna. Era su forma de intimidar.

Trató de olvidarse del asunto participando en cada uno de los casos que se presentaban en la Comisaría, la mayoría no revestían gravedad. Nunca miró la hora, era su forma de enfrentar sus tribulaciones, sabía que, con lo disciplinado que era, no tenía posibilidad de retirarse a su casa si no estaba autorizado.

A las cuatro y media de la mañana “Pechugas” autorizó a aquellos Comisarios que no les correspondía dormir en las Comisarías a retirarse a sus casas. Nuestro personaje apresuradamente acomodó los fuegos artificiales en una mochila y sin quitarse el uniforme se dirigió a su casa en su vehículo a toda velocidad. Cuando llegó a su casa sintió un poco de alegría al notar que las luces de la sala y del arbolito de navidad estaban prendidas. Con emoción giró la llave de la puerta para abrirla lentamente, pensando en sorprender a sus hijos, pero la sala estaba en silencio y su hijo dormía en un sillón, seguramente cansado de esperar, su esposa y sus hijas ya se habrían acostado. Antes de despertar a su hijo amontonó en el suelo, en el centro de la sala casi la mitad de los fuegos artificiales que había traído, luego, muy suavemente le movió la cabeza. Apenas le vio abrir los ojos le abrazó y le dijo “Feliz Navidad”, para evitar escuchar alguna queja, luego señalándole el montón de cohetes en el piso le dijo “Mira, vamos a divertirnos…”. Como lo había calculado, su hijo no tuvo tiempo para reaccionar sino con alegría al ver la cantidad de fuegos artificiales que prometían una gran diversión. La sonrisa de sorpresa y alegría reconfortó tremendamente al Comisario, estas eran las satisfacciones que como policía había aprendido a valorar, estas manifestaciones de alegría que casi siempre tenía que construir para acomodar las situaciones desafortunadas en que generalmente su trabajo le dejaba.

Salieron a la calle y estuvieron gran rato prendiendo cohetones, cohetecillos, “silbadores” y todo tipo de luces y bengalas, otros dos chiquillos se les unieron. Cuando se hubo consumido el último cohetecillo, el Comisario le dijo a su hijo que por haberlo esperado despierto se merecía un poco más de diversión y se dirigieron a la casa para sacar la mochila donde se encontraba el resto de productos pirotécnicos. Al ingresar a la casa, la hija menor se había despertado y corrió a abrazar a su papá, el la cargó, la llenó de besos y sobre sus hombros la sacó a la calle a mirar como, con el cuidado y las recomendaciones del caso, su otro hijo quemaba una a una la pirotecnia completa.

Cuando terminaron ya el sol había madurado la mañana, retornaron los tres a la casa, la hija menor abrazada de una pierna del papá. Fue ella precisamente quien pidió que le pusieran una película de terror que la habían visto muchas veces, pero que siempre la asustaba, era una pelea de más de una hora entre Jason, el de “Martes 13” y Freddy Krugger el de “Pesadilla en Elm Street”, un muerto cada dos minutos. Cada ataque de uno de estos monstruos significaba un abrazo fuerte de la hija al papá. El Comisario no se había dado cuenta hasta ahora. No era posible que una misma película vista tantas veces pudiera ocasionar miedo todavía. Entonces lo comprendió, era la excusa perfecta de su hija para abrazarlo fuerte, muchas veces y quedarse pegada a el.

Lo disfrutó como nunca. Trató de grabar en su interior cada abrazo de su hija sabiendo que por su trabajo no tenía segura las siguientes navidades.

Se durmieron los tres abrazados. Cuando despertó por el sonido de los trastos que su esposa lavaba en la cocina, muy suavemente separó a sus hijos todavía dormidos, tenía ambos brazos adormecidos por que por algunas horas, calculaba él, habían servido de almohadas para sus hijos.

Cuando pudo separarlos y acomodarlos en el mueble para que siguieran durmiendo con bastante paciencia, y, reconfortado por haber aprendido a disfrutar de los momentos simples que la vida le regalaba, se secó la humedad que le empañaba la visión de ambos ojos.

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